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inmigracion y literatura

 

 





Descripcion:
Indagar sobre la Inmigración en América es una cuestión nada sencilla, si se tiene en cuenta la multiplicidad de factores que afrontaron los inmigrantes del Viejo Mundo. Aunar, analizar, desentrañar los motivos que llevaron a esos viajeros a embarcarse hacia América, requiere un acopio de material diverso y una inserción teleológica por parte de María González Rouco que al lector le producirá asombro. Es que esta impresión es la que me ha acometido ya en las primeras páginas de esta sólida investigación. La autora, nieta de gallegos y bisnieta de lombardos, no ha escatimado esfuerzo al consustanciarse con una amplísima bibliografía, sobrepasando la Historia misma para entrar en el mundo de la ficción y de la poesía, como podrá apreciarse por la cantidad de notas al final de cada capítulo. Novelas, cuentos, poemarios, artículos de diarios y revistas, serán expuestos textualmente, y, al mismo tiempo, con una óptica objetiva, de los que el lector irá deduciendo conclusiones propias. Para darse una idea y sopesar la importancia de este trabajo, tras el primer capítulo, la bibliografía alcanzará a ochenta y dos notas. Judíos, gallegos, italianos, húngaros, rusos, irlandeses, estarán contemplados por el ojo avizor, sagaz y preciso en la contemplación, de María González Rouco, como viendo y comprendiendo el sentir de esos inmigrantes, indefensos, desprovistos de todo, que parecen estar entrando al puerto de Buenos Aires. Y digo “parecen” porque el tono admirativo de la autora implica, además de una vasta gama de contextos, una sensación de presencialidad: el dolor por el desarraigo de esos inmigrantes es uno de los motivos de esta investigación. Ver y comprender trasunta una identificación con las vicisitudes por las que irían a atravesar esos seres: marginaciones, explotación, enfermedades, muerte de niños. Es que me estoy refiriendo al sentir de María González Rouco, que se traduce en un homenaje a los inmigrantes que no tiene precedentes, ya que ha indagado en los escritores más representativos de la literatura argentina y ha puesto en escena secuencias narrativas y poemas emocionantes alusivos a la inmigración. No nos olvidemos que muchos de estos escritores fueron inmigrantes y otros, descendientes, herederos de esa epopeya, testigos insoslayables. María González Rouco ha saltado por el cerco inesquivable del ya clásico Los gauchos judíos de Alberto Gerchunoff –libro de “cabecera” de nuestra literatura argentina- y ha compendiado una cantidad apreciable de obras –muchas olvidadas-, estructurando una investigación abarcante. Así, motivos, viajes, costumbres y comidas, las primeras actitudes de asombro por parte de esos seres que se habían lanzado a una extraordinaria aventura, se irán presentando con una escritura grácil y un vuelo periodístico que agiliza la lectura. Otro mérito es el haber incorporado narradores recientes y a escritores de valía que están injustamente marginados de los circuitos comerciales de las editoriales de mayor marketing. La reproducción del Manual de inmigrantes italianos –al referirse la autora al Hotel de Inmigrantes- es conmovedora, como así también la travesía del húngaro judío Lajos Fehér, que consigue un pasaporte falso para embarcarse en el Augustus, o la dolorosa partida del asturiano Modesto Montoto que aborda el Alfonso XIII, quien escribe en su diario: “Con el corazón lanzo un adiós a los míos, a la Santina de Covadonga y a Asturias”. Otro testimonio que sacude los cimientos es el de José Wanza, un inmigrante que se establecerá en Tucumán: “En Buenos Ayres no he hallado ocupación y en el Hotel de Inmigrantes, una inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como si hubiésemos sido esclavos”. Esta inserción de María González Rouco excede los marcos de una investigación académica, precisa en la bibliografía y en los testimonios, va mucho más allá porque nos pone sobre el tapete cuestiones y problemáticas que ya traían esos inmigrantes, castigados en sus países de origen por las guerras y el hambre. Por esto, insisto en el tono de presencialidad que observan estas páginas de María González Rouco. De ahí que el término que he acuñado –inserción- implica una visión tan objetiva como de sentido homenaje a esos inmigrantes, entregados por el destino a la “buena de Dios” en las tierras de América. La reactualización de datos y cronologías, la nueva puesta en escena de títulos de obras de ficción a lo largo de un siglo y medio, como el relevamiento de artículos y ensayos, o de instituciones como The Jewish Inmigration Center, nos indican a las claras que este trabajo de María González Rouco significará un más que valioso aporte sobre el cruce de las culturas en general, y sobre la Inmigración, epopeya única e indivisible por su grandeza, en especial. Una investigación que debe ponernos orgullosos por su agudeza crítica y por la generosidad en la entrega, rasgos que ya han caracterizado la trayectoria curricular y periodística de María González Rouco.

Me propongo en este trabajo recuperar para los inmigrantes y sus descendientes esas historias cotidianas que nos describen la vida en la tierra nueva. Para ello, he recurrido a los testimonios de escritores, historiadores, actores, periodistas, y de los inmigrantes que conozco, incluidos los familiares. También transcribo testimonios de hijos y nietos de quienes llegaron de lejos. Encontré mucho material en librerías “de viejo” y en bibliotecas. Después de que se publicaron las monografías por separado, recibí mails desde diversos países –España, Francia, Israel y otros-, en los que me relataban experiencias; muchas de ellas fueron incorporadas a este trabajo. Archivando y preguntando, llegué a reunir los recuerdos transcriptos en esta obra, que intenta ser un homenaje a quienes vieron a la Argentina como la tierra de “paz, pan y trabajo”.

Los textos a los que me refiero, y que transcribo parcialmente, provienen de memorias, biografías, ficción, poesía y reportajes. Salvo algunos pasajes provenientes de dramas y films, el teatro, el cine y la televisión, tan ricos en expresiones acerca de la inmigración, no han sido reflejados en estas páginas; abordaré este aspecto en un futuro.

Escribir este libro llevó muchos meses, y un trabajo de archivo de años. Fue una tarea difícil en lo emotivo, porque muchos de los episodios relatados se referían a la crueldad humana y su reflejo en toda la sociedad, pero especialmente en los más desprotegidos. En América, esos inmigrantes encontraron una vida digna –aún debiendo soportar a los xenófobos-, pero su historia de hambre, persecuciones y torturas los acompaña, estén donde estén. Como contrapartida, asistimos también al relato de sus logros, los que alcanzaron con fe, laboriosidad y privaciones.

En un principio, tomé el lapso que va de 1880 a 1930 –entre esas fechas llegaron a Buenos Aires mis abuelos gallegos, y a Tandil, mis bisabuelos lombardos-; luego me di cuenta de que era necesario incorporar material relativo a décadas anteriores y posteriores a las mencionadas, sin el cual, el trabajo quedaría incompleto.

“Inmigración y literatura” fue el título del primer artículo periodístico que escribí sobre este tema. Esa visión literaria se fue ampliando con historias de vida, historietas, films y muchos otros aspectos que resultan valiosos a la hora de conocer una etapa. Doce de los capítulos que componen este volumen fueron publicados durante 2002 en el sitio

Faltan muchas historias, y hay colectividades representadas con más testimonios que otras. No hay una “razón de amor” –salvo en lo referido a los gallegos-; sucede que sobre algunas nacionalidades hay información más accesible que sobre otras. En las próximas actualizaciones me ocuparé de las comunidades menos abordadas en este trabajo.

Este libro, en el que hablan personalidades relevantes y otras que no lo son, es el tributo que rindo a esos hombres y mujeres, para que sus sacrificios, sus tradiciones, sus anécdotas, sean recordados por los protagonistas y conocidos por sus descendientes, quienes hoy quizás tientan suerte en la tierra de sus abuelos.

instantes en los que surge. La vemos afirmándose, madurando en esas mentes en las que la desesperación es un sentimiento tristemente cotidiano. Porque –como dice Gustavo Cirigliano, en sus “Disquisiciones tangueras”- “Todo aquel que dejó su país, su patria de origen, de hecho –nos guste o no- fue abandonado o aún expulsado por ella, fue impelido a irse al no ser protegido ni retenido. Se lo echó, dicho sin vueltas” (1).

José Luis Baltar Pumar, presidente de la diputación de Orense, se refirió en 1998 al sentimiento de los gallegos emigrantes: “Los gallegos han colaborado en la realización de la Argentina, pero nunca se han olvidado de su madre patria, cuando podría existir un sentimiento de rencor por no haberles dado la posibilidad de progresar en su lugar de nacimiento. Ellos saben que si Galicia no les ha dado oportunidades es porque no ha podido” (2).

En el sitio “Asturias en la emigración”, Luciano Méndez Muslera enumera los motivos que llevaron a los asturianos a emigrar; habla de la imitación e inculcación, la salida de los hidalgos segundones y gente acomodada, los “ganchos” o agentes de los armadores, la evasión del reclutamiento militar, y los motivos económicos o de población (3). Estos motivos, aunque con variantes, pueden aplicarse a ciudadanos de otros países, pero es necesario agregar otros: las guerras mundiales, los pogrom rusos –que el autor no menciona por referirse sólo a la emigración asturiana- y los dramas personales –los cuales, aunque mínimamente, también fueron causa de emigración.

Leopoldo Díaz, en el poema “Tierra prometida”, expresa: “¡América! te anuncia el nuevo día/ en que el arte y la ciencia te den gloria./ Serás del pensamiento la victoria,/ no la victoria de la guerra impía.// La voz del porvenir es la voz mía;/ mi palabra augural no es ilusoria;/ hecha de luz y lágrimas tu historia/ habla en mí con fervor de profecía.// El viejo mundo se desploma y cruje... El odio, entre la sombra acecha y ruge.../ Una angustia mortal tiene la vida...// Y como leve arena que alza el viento,/ a ti vendrán el paria y el hambriento/ soñando con la Tierra Prometida” (1).

El laúd y la guerra, libro de Martina Gusberti. Decidió emigrar “porque él, como vehemente socialista, fue apaleado varias veces por los camisas negras”. El anciano narra qué había sucedido: “Sabían que era músico, director de una banda, y me buscaron para colaborar, pero yo me negué a tocar la marcha fascista y por eso me ligué unos buenos bastonazos,

Syria Poletti evoca la guerra, por ejemplo, a través de los ojos de un personaje, en “Agua en la boca”. La protagonista se encuentra con un hombre que sufre las secuelas de la contienda. Así lo describe: “Comenzaba ya a bajar cuando vi que por el sendero empinado trepaba oscilante Chero, el loco, borracho como siempre. Para él, la guerra era un permanente estado de alerta, porque en ella había perdido un brazo y encontrado todas las alucinaciones que todavía lo trastornaban. Y sólo en el vino encontraba un ruidoso olvido” (3).

En “Desarraigo”, cuento de Ana María de Benedictis, el narrador, que piensa en emigrar de la agobiada Argentina del siglo XXI, se arrepiente, evocando una historia familiar vinculada con la guerra: “Recordó que una mañana muy temprano llegó una carta bordeada de una franja verde, blanca y roja; que la abrió su abuela materna y comenzó a secarse las lágrimas con el delantal; (...) esperaron en la vereda a su padre. (...) Su madre, Mariana, había muerto hacía ya quince días. El correo tardaba mucho y él hacía quince años que no la veía. Recordó el duelo a distancia y el dolor de tanta ausencia amontonada, de tantos besos perdidos y de tanta soledad impuesta por un país destruido por la guerra” (4).

La tierra incomparable, con la figura paterna. En un reportaje, Antonio Dal Masetto recuerda al italiano Narciso, un hombre valiente. De él dice: “era tremendamente trabajador, tremendamente amante de su familia y tremendamente testarudo. Durante la Segunda Guerra Mundial, él trabajaba en una fábrica. Su turno terminaba a medianoche. Había toque de queda desde las siete de la tarde, y muchos se quedaban a dormir en la fábrica, por temor. Mi padre volvía a casa. Su argumento era grande como una montaña. Decía:

También escapa del fascismo el padre de Roberto Raschella. El escritor narra: “Mi padre vino varias veces desde la primera preguerra, hasta que, perseguido por el fascismo, se quedó aquí para siempre en 1925. Mi madre, después de muchas dificultades para poder salir de Italia, llegó en 1929” (6).

Avanti, cuyo jefe de Redacción era Benito Mussolini, el futuro ‘Duce’. Diez años después, realizada ya la histórica marcha sobre Roma (1920), la represión sobre la izquierda se tornó violenta y obligó a muchos opositores al régimen a decidir su exilio. La familia Vergiati, integrada por Carlos, el padre, Amalia, la madre, y los tres hijos, dos mujeres y Amleto, no fue una excepción y viajó hacia la Argentina como casi la mayoría de los refugiados políticos de ese momento” (7).

Juan Fazzini recuerda que su madre los impulsó a emigrar: “Fue Rina quien alentó a la familia a dejar Italia y venirse a la Argentina para escapar de la miseria que había dejado la Segunda Guerra Mundial. ‘Es una tierra donde no hay hambre y no hay guerra’, le decía a su esposo Pedro, que era mecánico de vuelo” (8).

Blas Gurrieri nació en el pueblo de Conza, provincia de Raguna. “En la posguerra, allá por el 1948, el fantasma de la Guerra de Corea empezaba a convertirse en una amenaza peor a lo vivido y don José decidió embarcar a su familia a tierras más tranquilas” (9).

Hubo quien vino por un tiempo, y no pudo regresar. Finalmente, se estableció aquí: “Mi abuelo, un anárquico antifascista, había partido en 1926 por motivos políticos –comenta Laura Pariani, escritora italiana autora de

Quando Dio ballava il tango. Estaba convencido de que el fascismo caería de un momento a otro y de que su estadía en la Argentina, fruto de la necesidad, habría de durar poco. Mi madre tenía menos de un año cuando él partió. La idea de mi abuelo era regresar, pero el fascismo no cayó. Fue así como, postergando cada año el regreso, mi abuelo construyó su nueva vida en la Argentina, donde vivió sus últimos cuarenta años” (10).

Huyendo del Mariscal Tito venían los Ranni, de Trieste. Cuenta Rodolfo: “viví muchos años con el recuerdo del rincón donde había dejado mis juguetes, cuando nos escapamos. Fue una fuga como en el cine: mi hermano y yo escondidos en el altillo de la casa de mi padrino, que era el cura del pueblo; mi mamá, en un carro tirado por caballos de un padrino de mi papá. Y como estaba por dar a luz a mi hermano, en la frontera inglesa la dejaron pasar...” (11).

La piel, Curzio Malaparte dice que los difuntos “no pueden pagarse un billete para América, son demasiado pobres. No sabrán jamás lo que es la riqueza, la felicidad, la libertad. Han vivido siempre en la esclavitud; han sufrido siempre el hambre y el miedo. Incluso muertos serán siempre esclavos, sufrirán hambre y miedo. Es su destino, Jimmy. Si supieses que Cristo yace entre ellos, entre estos pobres muertos, ¿Lo abandonarías?” (12).

Vino de Italia –donde había emigrado anteriormente- el abuelo de José Eduardo Abadi. El nieto relata: “El abuelo paterno era juez, en Siria, pero como tuvo que abandonar el país por razones políticas, se mudó a Milán con toda la familia. Al poco tiempo, llegó el fascismo y tuvieron que volver a emigrar... Así llegaron a la Argentina” (13). Los sirio-libaneses llegaron “dejando atrás los conflictos producidos por la invasión del Imperio Otomano, para radicarse en zonas inhóspitas del Noroeste, San Juan y la Patagonia fronteriza” (14).

El croata Miro Kovacic padeció la guerra en su país de origen. Así recuerda el efecto de la contienda en los espíritus: “Se descubren tantas cosas en este otro mundo. El de los muertos vivientes. Descubrí que el ser humano tiene una capacidad de sufrimiento sorprendente y se adapta a las situaciones más difíciles. Es más. En esos momentos en los cuales la vida no vale una moneda (mucho menos que un cigarrillo), se dan situaciones en las que se puede notar una clara certeza de la existencia del otro a nuestro lado y un ‘darse’ a él que asombra a quien se ha acostumbrado a ver el lobo del hombre comiendo al contrario, o al mundo, y aún comiéndose a sí mismo. Es notable ver cómo alguien puede pasar de un acto de crueldad extrema a otro de la más sublime bondad en el mismo día. Cada uno lleva dentro de sí ángeles y monstruos. Esa es la lucha constante con la que debemos cargar” (15).

Pedro Opeka, sacerdote en Madagascar, “tiene cincuenta y cinco años y dos padres eslovenos que se establecieron en Argentina tras huir de la Yugoslavia comunista de posguerra. Junto a ellos y sus siete hermanos se crió en Ramos Mejía, donde aún viven doña María y don Luis” (16). También emigraron los eslovenos, entre ellos, los padres de un periodista: “Alfonso Pipan y Tatiana Svajgar, prófugos de su país natal terminada la Segunda Guerra Mundial, llegaron como inmigrantes en 1948 a la Argentina” (17).

A la vienesa Hedy Crilla, “el creciente antisemitismo de los nazis en el poder las empujó, como a tantos, al exilio: primero en París –donde vivió entre 1936 y 1940 y trabajó en teatro, radio y cine- y luego en la Argentina” (18).

Rojos y blancos, Ucrania, Rosalía de Flichman evoca el entorno en el que se desarrolló su infancia. Las persecuciones, la revolución, la guerra civil, las violaciones y los asesinatos –a los que se suman las inundaciones y el tifus- son el cuadro con el que Rosalía debe enfrentarse a muy corta edad: “Los blancos están en la ciudad, persiguen sin cesar a los judíos. Matan a los hombres, se apoderan de las mujeres jóvenes y hasta de las niñas. Estoy cansada de tanto horror. Y los cambios continúan. Hoy los blancos, mañana los rojos. Como somos despreciables burgueses, estos invaden la casa y nos reducen a dos habitaciones. El hambre se hace sentir, duele”.

Más adelante manifestará una preferencia, en su desgracia: “Quiero que vuelvan los rojos; cantan la ‘internacional’ y nos asustan, pero que vengan pronto. Los blancos son peores, ignorantes, desalmados, asesinos”. Afirma que ella y su familia eran perseguidos en su país de origen por dos motivos: su condición de judíos y de burgueses. Si estas dos causas motivaron la amenaza constante a la que estaban sometidos, también significaron la posibilidad de radicarse en nuestra tierra, ya que la madre se apoyó “en instituciones judías que ayudan a los emigrantes fugitivos que salen de Rusia”, y el hecho de ser pudientes les permitió una salvación que a otros estuvo negada (20).

De Ucrania a Basavilbaso, los relatos familiares sobre la razón que los llevó a emigrar. Los antepasados “Fueron casa por casa, puerta por puerta alertando sobre el peligro del próximo pogrom y la urgencia de partir hacia América en busca de libertad y de paz” (21).

José Muchnik recuerda la tragedia de sus mayores: “Argentina es el pulso de múltiples venas en un mismo estuario…por eso somos todos argentinos… Ahí anclaron , gallegos o andaluces, sicilianos o calabreses, franceses del Béarn o del Aveyron, portugueses, japoneses, libaneses, sirios, rusos, ucranianos, serbios, croatas… judíos expulsados por los pogroms, armenios huyendo del genocidio turco …paraguayos, bolivianos o brasileros…acentuaron el sabor latino de esas tierras…y hasta millares de coreaneos aportaron hace poco su encanto oriental a esta odisea. Argentina…raíces no sólo de tierra sino también de cielo. Mi palabra, estas palabras, no artículos y adjetivos, sí sangre y silencios…mi padre dejó madre y hermano degollados en un « shteitl » ukraniano antes de ser el más criollo de los criollos con sus mates de madrugada en la ferretería de Boedo, barrio de tango, barrio de mis primeros amores…” (22).

“Nací en Córdoba, Argentina –relata Perla Suez-, pero toda mi infancia transcurrió en Basavilbaso, provincia de Entre Ríos, lugar próximo a las tierras donde se radicaron mis abuelos cuando llegaron, a finales del siglo XIX, con la primera corriente de inmigrantes judíos que escaparon de la Rusia zarista” (23).

En Minsk, en 1941, a una adolescente y a sus padres les advertían el peligro: “a Tínkele –relata Manuela Fingueret- le asombra comprobar que gran parte de esos jóvenes vestidos a la usanza gentil son los primeros en hablar de las desgracias que sobrevendrán a los judíos si no huyen a tiempo hacia Palestina o América. Los religiosos oran y esperan pasivos el destino que Dios les depara. Esto la subleva porque sus padres oscilan entre ambos y ella, naturalmente opuesta a la generalidad, intuye que los que están en contacto con el mundo exterior pueden analizar mejor el futuro. Los padres de Leie también creen que hay que emigrar, pero no les es fácil movilizarse con una familia tan grande y sin dinero” (24).

El pequeño protagonista de “Historia con tango y misterio”, de Oche Califa, pregunta por qué sus abuelos emigraron de Rusia. El padre le contesta: “Por el ejército del zar. Cada vez que aparecían por la aldea donde vivía era para llevarse a los jóvenes a pelear en alguna guerra en la otra punta del país” (25).

Buma en idish) era la segunda hija del matrimonio formado por los rusos Elías Pizarnik y Rosa Bromiker, que en 1934 dejaron su Rovne natal (donde algunos años despúes los nazis masacraron a sus familias), para instalarse en los suburbios soleados de Avellaneda” (26).

Max Gurovitz, su esposa Fany y su hijo David emigran de Polonia, donde “Otra vez los gritos de ‘yid’ atronaban la calle. El viaje había sido inútil. Se culpó por haberla dejado sola mientras él iba al mercado. Aún tenía el uniforme ruso de inválido, si no ya estaría hecho pedazos. Para ellos la guerra había terminado pero no su odio por los judíos. (...) el celo polaco podía dejar atrás a los alemanes si de matar judíos se trataba. (...) También de Polonia debían irse” (27).

Alejandro Kokocinski, “hijo de un polaco y una rusa, nació en Italia pero creció en la Argentina. (...) Recién a los 21 años Alejandro Kokocinski consiguió una nacionalidad, la argentina. Hasta entonces era un apátrida. ‘Yo tengo una gran pasión por la Argentina, me considero muy argentino –aclara-. Recién me dieron la doble ciudadanía italiana de grande, porque como aquí rige la ley de sangre yo no tenía una patria. Mis padres eran dos refugiados corridos por la guerra, un polaco y una judía rusa’. (...) Los dos tuvieron la gran fortuna de que descarrilara el tren que los llevaba al campo de exterminio nazi de Treblinka ‘porque si no yo no estaría aquí’. Huyeron entre mil peripecias, estuvieron un año escondidos y llegaron a un campo de refugiados en Italia. (...) ‘En ese contexto dramático yo vine al mundo en 1948’. (...) Papá Kokocinski organizó con otros soldados la liberación de su pareja. Escaparon todos. Llegaron a Génova y se escondieron. Querían ir a la Argentina. ‘El cónsul se apiadó y los dio un salvoconducto’. Una carreta del mar los trajo a Buenos Aires” (28).

...Y elegirás la vida, “un libro de la periodista Adriana Schettini cuenta diez historias de sobrevivientes de la Shoah con quienes convivió dos años y medio, inmersa en la cotidianeidad de sus biografías. (...) Y vio en ellos ‘la encarnación del mandato bíblico: ... Y elegirás la vida’ (...) En los párrafos que siguen (29), apenas una parte de las historias que integran el libro”.

“En abril de 1943, José Rajchenberg estaba junto a los jóvenes que enfrentaron el poderío nazi con una cuantas botellas de gasolina, unas cuantas botellas de gasolina y una entereza arrolladora. ‘Los judíos, antes de tomar vino u otro alcohol, dicen Lejaim. ¿Qué significa Lejaim? Por la vida; para vivir, siempre. Después de tantas matanzas contra los judíos, después de tanta Inquisición y tanto pogrom, después de este tremendo Holocausto, aún se dice Lejaim. Así es la vida: fuerte, muy fuerte’ .

“Auschwitz, 24 de junio de 1943. Es la hora del crepúsculo. El tren se detiene (...), dos mil cuatrocientos judíos son empujados fuera de los vagones (...). Salomón Feldberg se aferra a la mano de su madre. La memoria de las razzias le dice que en segundos perderá ese contacto protector. Pero nadie le avisa que será para siempre. ‘Yo estaba derrotado; era un esqueleto; no servía para nada y, sin embargo, ellos me asignaron un trabajo horrible: juntar cadáveres. (...) Pero, a pesar de todo, yo siempre tenía una chispita de esperanza. (...) Ninguno de los que pasamos por los campos sabemos por qué sobrevivimos, pero todos sabemos que queríamos vivir. (...) Morir no es un acto heroico. El heroísmo es luchar por conservar la vida’ .

Relata Isak Lempert: Pasamos Iom Kipur en prisión. Mi papá dijo las oraciones que pudo recordar de memoria y ayunó. Sí, yo vi a mi papá ayunando en la prisión de Czernovits porque era el Día del Perdón.

A veces pienso cómo fue que después de la guerra tuvimos ganas de seguir viviendo, de pensar en ropa nueva o en ir al cine – manifiesta Elizabeth Szatmari de Marchak-. La vida sigue; la vida es muy fuerte. No sé explicar cómo ocurre, pero llega un bendito día en que uno vuelve a interesarse en una receta de cocina.

Dice Moniek Taub: ‘­Es que a mí me gusta tanto cantar...’ Si alguien le hubiera dicho en Auschwitz que iba a sobrevivir y que además iba a tener fuerzas para cantar, seguramente no le habría creído, ¿verdad? ‘En Auschwitz... ¿cómo iba uno a poder pensar algo así en Auschwitz, si estaba al lado del crematorio y veía que todo el tiempo entraba gente y salía humo?’ .

Moisés Borowicz recuerda: “Tuve muchos compañeros de colegio y de juegos que no eran judíos, como supongo tienen todos los chicos judíos en cualquier parte del mundo. Pero cuando Hitler subió al poder en Alemania, en Polonia surgió un enorme antisemitismo (...) No me puedo olvidar lo que me dijo un grupito de compañeros: ‘Cuando venga Hitler, los vamos a pasar por la máquina de picar carne y de ustedes vamos a hacer albóndigas’ .

Llegamos a Majdanek en abril de 1943 –relata Stella Knyszynska de Feigin-. Nos hicieron sacar toda la ropa. Eramos chicas jóvenes y teníamos pudor... Nos llevaron a los baños donde estaban las duchas (...) Estábamos vigiladas por kapos alemanes. Hasta el día de hoy me esfuerzo por no agobiar a los otros con mis penas. Creo que, por más que la gente te quiera, si sos intolerante, jodida y quejosa, a la larga no te pueden aguantar y te van dejando sola. Y a mí me gusta estar junto a los otros. (...) Tengo muchos problemas y llevo una enorme tristeza adentro, pero no soy una resentida.

‘Yo te quiero contar -dijo Sarita (Chakim de Rosenberg)-. Yo quiero que se sepa’. Supuse que aludía a los crímenes cometidos por Hitler, pero me equivoqué: ‘Yo quiero que se sepa que sé hablar idish y hebreo gracias a la escuela del ghetto –precisó-. Hay que contar que en el ghetto se había organizado un coro, y que cantábamos. Sí, en el ghetto de Vilna cantábamos y estudiábamos; a pesar de los nazis. Y de esto no habla nadie’ .

Es increíble –afirma Julio Pitluk-:: entre tantos habitantes y con semejantes sufrimientos, casi no hubo suicidios (en el ghetto de Bialystok). La gente tenía la ambición de salvarse. La inmensa mayoría se aferraba a cualquier esperanza, por mínima que fuera, con tal de seguir vivo.

Sostiene Regina Kenigstein de Hubel: Una vez por mes habría que hacer una lección para todos los jóvenes. Tienen que saber lo que fue Auschwitz, querida. Tienen que saberlo, para que nunca más le hagan a nadie lo que a nosotros nos hicieron ahí. (...) Hay que trabajar para que nunca nadie venga con ideas como las de Hitler, y la gente lo siga.

También escrito por Schettini, leemos “Un testimonio para la memoria Los últimos días de Auschwitz” (30), en el que entrevista a otra sobreviviente, quien le dice: “-Por favor, junto a mi nombre y apellido ponga mi número de prisionera en Auschwitz. Yo siempre firmo así, porque esa marca me la han tatuado en el brazo y en el alma. Ella es Mira Kniaziew de Stupnik, A 15538. A los 76 años, vive en el barrio porteño de Villa del Parque. Es viuda, tiene una hija, Eva, y dos nietos: Ellos me dan la fuerza para vivir, explica. El 1° de septiembre de 1939, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, tenía once años, y Adolf Hitler la condenó a muerte por ser lo que es: judía. Pasó la adolescencia en Auschwitz, el pozo más negro de la historia de la humanidad”.

“Se conmemoran los 60 años de la liberación de Auschwitz –escribe Enrique Valiente Noailles-. Y una de las definiciones que más impresionan es aquella de la sobreviviente Eugenia Unger: ‘Gente que no estuvo en Auschwitz nunca podrá entrar. Gente que estuvo ahí nunca podrá salir’. Por poco que uno se detenga en esta expresión, por poco que uno la habite, es posible advertir que la angustia que encierra es casi insondable” (31).

La historia que nunca les conté - El Libro de Gisela (Polonia 1943-1944), fue escrito por Mariano Fiszman y Roberto Raschella. “El protagonista de este relato –afirma Rubén Chababo- es Gisela Gleis, una joven judía de nacionalidad polaca, habitante de Stanislawow, un pequeño poblado, quien durante los años de la ocupación alemana se refugia junto a una treintena de personas de su pueblo natal en un sótano. Durante casi dos años, esperando el fin de la guerra y el cese de la ocupación, este grupo resiste la más absoluta de las adversidades. La posibilidad de ese refugio les es brindada por un hombre, vecino del lugar, de religión católica, llamado Staszek, quien ante la evidencia de la deportación y el asesinato masivo de miles de judíos llevada adelante por la Gestapo, decide arriesgar su vida para que ese puñado de perseguidos se salve de una muerte segura. Una vez terminada la guerra Gisela Gleis emigra a la Argentina junto a su marido Max, también habitante del sótano, y es en nuestro país donde viven y mueren ya ancianos, él en 1990 y ella en 2001. Los escritores Roberto Raschella y Mariano Fiszman fueron tras la voz de Gisela y durante tres años la entrevistaron en su casa del barrio de Flores, tratando de obtener la mayor información posible para que esta historia no fuera olvidada” (32).

Para proteger a su hija de lo que vendría es que una madre judía quiere que la niña deje Europa. Cumpliendo la última voluntad de su esposa, el belga Divas se traslada con su hija a Ensenada “a finales de los treinta”. La moribunda había dicho: “

pogroms. Los que han venido a la Argentina, sobre todo. No los movía, como a los italianos, el buscar una vida más confortable o huir de la miseria. Allá los judíos eran pobres, pero estaban acostumbrados a la pobreza. Amaban la vida en el

ghetto porque significaba la vida en común, en la gran familia, a tal extremo que mi abuela murió a los noventa y tantos años y hablando de su país de origen decía siempre ‘allí, en mi casa’. A pesar de que vivían en la miseria, era su hogar” (34).

“El país de Gales, viendo comprometido su antiquísimo patrimonio cultural ante la presión ejercida por Inglaterra, decidió responder a la política inmigratoria propuesta por la República Argentina. Así fue como algunos eligieron a la Patagonia cuya condición deshabitada alentó sus ideales” (35).

La Guerra Civil fue el motivo para que muchos españoles emigraran, entre ellos, el gallego Arturo Cuadrado Moure, pasajero del Massilia, quien recuerda ese trance: “En el año 1936 sube Franco, aquella tremenda traición en donde los hombres tuvieron que matar a los hombres. Surge la famosa guerra civil que duró tres años y donde han muerto casi dos millones de españoles. Nosotros, el ejército republicano, que dominábamos Madrid, Valencia y Barcelona, no teníamos fuerzas, teníamos la canción y teníamos a América” (36).

Durante la contienda, “los dirigentes del PNV (Partido Nacionalista Vasco) se refugiaron en las colonias vascas de América latina y buscaron el respaldo logístico y económico de Estados Unidos y Gran Bretaña. En nuestro país se produjo una movilización de la comunidad para favorecer la radicación de los fugitivos vascos, tanto de los que procuraban salir de España como de los que se habían establecido momentáneamente en Francia antes de que fuera ocupada por el ejército nazi. El presidente Roberto Ortiz, un descendiente de vascos, reconoció ya en 1940 a un comité de personalidades argentinas y españolas como intermediario para la rápida entrada de los que emigraban de Europa, con la garantía de que no tuvieran antecedentes comunistas” (37).

Emigró la española María Luisa Robledo, casada con el argentino Aleandro, hijo de italianos. Recuerda la actriz Norma Aleandro: “Estaban en la compañía de De Rosas en España, se conocieron, se enamoraron. Tuvieron a mi hermana y con la guerra se vinieron para acá. Con mi abuela, la madre de mi madre, de manera que yo nací en Buenos Aires” (38).

El humorista Quino es “nieto de una comunista militante e hijo de republicanos exiliados”. Acerca de sus mayores, expresó: “Mi abuela era una militante que vendía los bonos del partido. Mi padre no quería que lo hiciera. Y se armaban unas trifulcas terribles en mi casa. Cuando era niño, escuchaba radios de Moscú y de Pekín. Pero también admiraba a Bing Crosby y estaba enamorado de Mirtha Legrand. Yo tenía diez años” (39).

El guitarrista murciano Manolo Iglesias, en una entrevista, contó: “Primero vino mi padre solo a buscar trabajo en 1948, como inmigrante, escapado de la guerra civil en España. Al año siguiente vinimos mi madre y yo. Yo contaba sólo con dos años de edad cuando llegamos. (...) yo me crié aquí, llegué desde muy chico, tengo mi casa, mi familia, mi padre murió aquí, vivo con mi madre” (41).

La cita en Buenos Aires, Saga de una gran familia sefaradí, Vittorio Alhadeff, “oriundo de la ciudad de Rodas, hace desfilar ante el lector diversos episodios del dominio turco y de la ocupación italiana del Dodecaneso. Pero la tremenda verdad de las guerras da paso a la crueldad del fascismo y del nazismo para cerrarse con la llegada en los años 40 a Buenos Aires, donde se refugian los últimos miembros de una familia que creyó en el trabajo y en el progreso” (42).

“Acerca de las causas de la emigración, los armenios de la Argentina consideran que la misma fue forzada, a partir de las persecuciones políticas en el Imperio Otomano, antes de la Primera Guerra (matanzas de Adana, 1909) y durante ella (Genocidio de 1915)” (44).

En “A los que se encuentran en un pozo” (45), Gustavo Bedrossian homenajea a su abuelo: “esta es una historia real, crudamente real, maravillosamente real. La situación es la siguiente: el protagonista es un adolescente que ha perdido a su familia. Hace minutos vio cómo delante de sus narices mataron a parte de su familia a palazos. A él mismo luego de golpearlo lo arrojan a un pozo donde tiran los cadáveres de los que golpean y matan pensando que está muerto. Pero él no está muerto... Siguen matando gente y tirándola encima de este muchacho. Sangre, gritos, el propio dolor, el pánico. Un pozo... un pozo donde sólo se respira muerte. ¿Qué expectativas podemos tener de este muchacho? Quizá el más optimista puede suponer que sobreviva y termine con algún tipo de enfermedad mental. ¿Sabés cómo siguió la historia? Este chico, de nacionalidad armenia, que simuló estar muerto, por la noche, cuando se fueron los turcos, pudiendo sacarse algunos cuerpos de encima, logró escapar con otros muchachos más. Un detalle para agregar: un hermano suyo que sobrevivió prefirió quedarse en el pozo para estar con una mujer que suponía era su madre. Ese muchacho se llamó Agop Bedrossian. Fue mi abuelo”.

“ desde chica sufría tanto miedo a la calle. Se debía a que, japonesa de origen y nacida en 1937, había visto la Segunda Guerra Mundial hacer su tremenda carrera y terminar en derrota antes de cumplir los nueve años de edad. Peores eran sus circunstancias, porque a causa de una enfermedad infantil había quedado sin habla, con daños en el centro del habla del cerebro, y no podía entender las explicaciones que le daban la empleada doméstica y el coronel mismo, su padre”.

Gaijin. La aventura de emigrar a la Argentina (48), Maximiliano Matayoshi ganó el Premio Primera Novela UNAM-Alfaguara. En esa obra, relata un adolescente, poco antes de dejar Okinawa: “Quiero que vayamos todos juntos, dije. Mamá me miró y me tomó de las manos. No podemos ir todos, no tenemos el dinero, además Yumie es chica para viajar y yo debo quedarme a cuidarla. Irás solo. Si tu papá estuviera sería diferente, dijo”.

Nélida Boulgourdjian-Toufeksian destaca la labor de la prensa argentina, con respecto a la comunidad armenia: “Mientras el Genocidio armenio tuvo lugar en Turquía, numerosos escritos (testimonios de testigos oculares, informes de funcionarios de potencias europeas) salían a la luz para dar cuenta de un crimen que habría de constituirse en el antecedente de otros que sembraron de horror el siglo. La prensa europea y la americana plasmaron en sus páginas las noticias de hechos y situaciones patéticas que superaban con creces lo que el simple lector podía imaginar como posible. La prensa argentina no fue ajena a ello ya que desde el siglo XIX las matanzas de los armenios en el Imperio otomano de 1894-1896 fueron ampliamente documentadas, poniendo de manifiesto desde entonces la preocupación y la sensibilidad de los argentinos frente a hechos aberrantes que afectaron a un pueblo del cual poco o nada sabían. La frecuencia y el caudal de la información –noticias del día, editoriales y notas de fondo- así lo demuestran” (1).

Durante la primera guerra mundial, en Mendoza, “En San Rafael, que contaba con una colectividad italiana bastante representativa, se produjeron escenas de verdadero patriotismo. Especialmente los italianos de la alta Italia, oriundos de zonas fronterizas, salieron a la calle portando banderas de su país y realizaron desfiles en los que iban cantando viejas canciones guerreras. (...) El gobierno de Italia lanzó una proclama solicitando la inmediata incorporación de todos aquellos compatriotas que quisieran presentarse como voluntarios, quienes deberían regresar a su país cuanto antes. Muchos fueron los que lo hicieron, sobre todo aquellos que ostentaban un grado importante como reservas del ejército italiano” (2).

Los avatares de las contiendas se vivían con gran tristeza Lo recuerda María Trepicchio de Danna, a los 101 años: “Ah, la Primera Guerra se sufrió mucho porque todos los inmigrantes tenían a sus familiares en Europa”. La ayuda a los damnificados no se hizo esperar: “Con el Círculo de Damas Francesas tejí para los soldados partidarios de De Gaulle”. Cuando la guerra llega a su fin, también en la Argentina festejan: “la paz se celebró con locura, en casa entonamos La Marsellesa aquel día, con la bandera desplegada en el living” (3).

Las privaciones pasadas en el país de origen durante la guerra marcan a quienes emigraron. Una calabresa, llegada a la Argentina en 1933, acostumbra a sus nietos a aprovechar el alimento del que se puede disponer en la nueva tierra. Lo cuenta una nieta, Griselda García, en un poema: “mi abuela obligándonos a terminar el plato,/ haciendo bocaditos fritos con las sobras porque/ ‘ustedes por suerte no conocen lo que es la guerra, el hambre...’ “ (4).

En un poema de Marcos Silber se evoca la amargura de los que, en la nueva tierra, sabían que los suyos eran víctimas de la persecución. Desde la Argentina, quienes emigraron observan impotentes el genocidio. La angustia y la desolación son presentadas por medio de imágenes de los adultos, a los que un niño comprende desde su infinita sabiduría: “Mamá llorándole toda la cabeza al pequeño. Regándole/ el sueño, todo el juego. Mamá que regresa con papeles./ Cartas, papeles de adiós y tormento. Avisos de nuevos/ silencios. 1940” (5).

A un suceso de la infancia de Marcos Aguinis, se refiere Jorge Fernández Díaz: “El pibe tenía siete años y estaba parado junto a la puerta del dormitorio de sus padres escuchando exclamaciones y ruidos sordos. Había llegado por correo una carta desde Europa, y aquellos dos inmigrantes taciturnos se habían encerrado bajo llave a leerla en secreto. El hijo no entendía, en ese momento, por qué lo habían dejado afuera, donde permanecía con el aliento contenido. En esa vigilia y en ese desconcierto estaba cuando el padre salió despacio, doblado por el dolor, y entonces el hijo lo vio llorar por primera vez en toda su vida. La carta narraba sin eufemismos la suerte que habían corrido su abuelo y las dos tías que Marcos jamás llegaría a conocer, en la lejana República de Moldavia, donde los nazis arreaban judíos para hacinarlos en los campos de concentración o asesinarlos en los hornos de exterminio” (6).

Un episodio igualmente aciago relata Mito Sela en Babilonia chica: “Un día papá se encerró en su dormitorio ‘¿Por qué?’, le pregunté a mamá., ‘La carta de Palestina’, me respondió. La carta informaba a mi padre lo acontecido con su familia en los campos de exterminio en Europa. Pocos quedaron con vida. Mi madre y yo nos sentamos afuera y dejamos a papá llorar. Cuando salió, aún con lágrimas en los ojos, nos abrazó. Y yo sentí su cuerpo envejecido. Quise consolarlo, pero no pude. Quise llorar, pero no pude. Quise gritar, pero no pude. Nunca más lo vi llorar” (7).

Norma Manzur afirma: “Aunque en ese entonces lo ignoré, fueron años de mucho dolor y tristeza en nuestra familia. Las cosas importantes, serias y sobre todo la tristes se hablaban en idish, idioma que nunca aprendí. La guerra en Europa mataba a los judíos y los padres, hermanos y otros parientes de mamá y papá no escaparon a ese destino. Sólo después que Gerardo viajó a Polonia al 50 aniversario del Levantamiento del Ghetto de Varsovia, supe que mis abuelos maternos murieron en el campo de concentración de Treblinka. Qué pasó con el resto de la familia, mi abuela paterna y mis dos tías y otros parientes cuyo registro nunca tuve, no lo sé” (8).

“La shoá, el hecho traumático primigenio, es nuestro contexto presente desde el comienzo de nuestra vida -señala Diana Wang-. Lo hemos incorporado con la primera inhalación de aire, con el lenguaje corporal de los silencios, los vacíos, los llantos, los temores, las angustias, las prevenciones, los arrebatos, climas para o pre verbales preñados de pesos y signos amenazantes y oscuros. Más tarde, cuando las hubo, llegaron las palabras” (9).

Escribe Mauricio Goldberg que en una familia de inmigrantes judíos, “para el sábado era reservada esa única posibilidad en la semana de encontrarse todos alrededor de la mesa compartiendo la comida. Cualquier intento por modificar esa costumbre hallaba la cerrada oposición del padre y sus recuerdos que flotaban durante los almuerzos en la casa del abuelo. Ese abuelo que Mario no había conocido a resultas de la guerra, la misma que de una u otra forma se las arreglaba para hacerse presente entre ellos” (10).

Mónica Sifrim escribe: “No señor. En mis antepasados no hay diabéticos, hipertensos,/ cardíacos ¿Cómo explicarle? De cada diez antepasados míos,/ uno moría en las revoluciones, otro en las cámaras de gas/ y cuatro o cinco de melancolía” (11).

Los inmigrantes padecen las secuelas de la guerra. En un cuento de Sebastián Jorgi, un hombre dice a su mujer: “A la semana de vivir juntos, mamá Freda se largaba a llorar todas las noches en la habitación contigua. Vos me explicaste que estuvo en el Ghetto de Varsovia y no quiere dormir sola porque tiene mucho miedo de sólo pensar que los nazis la llevarán a la casona del fondo del campo” (12).

Los padres de Daniel Goldman, “ambos polacos, fueron sobrevivientes del Holocausto. Su padre fue un partisano (guerrilla que luchaba contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial) y su madre vivió tres años en un sótano después de escapar de un gueto. Se conocieron en Polonia y en 1948 emigraron juntos a un país que parecía sinónimo de una nueva vida. Pero en las valijas se trajeron todo el miedo, el espanto ante cualquier autoritarismo y un sentido profundo de que la vida es un tesoro a resguardar. Así es que en el hogar de los Goldman casi no se dormía: por las noches su madre visitaba los cuartos para asegurarse de que él y su hermana estuvieran bien, y a las 4 de la mañana todos estaban desayunando. De día, las pesadillas se contrarrestaban con una educación amiga del idealismo” (13).

Deutscher Klub, o Club Alemán de Buenos Aires, afirma Willy G. Bouillon: “Los dos conflictos bélicos mundiales del siglo XX fueron de efecto muy negativo para el DK. Durante el primero de ellos, el hundimiento de un buque argentino fue atribuido al ataque de un submarino alemán. La entidad sufrió un atentado y debió permanecer cerrada varios años, hasta 1921. En el segundo, la alineación argentina en contra del Eje provocó que se le retirara la personería jurídica y se confiscó la sede. En el 51 se dio marcha atrás con lo primero, pero no se restituyó el edificio social. Hubo entonces un nuevo traslado, esta vez a un petit hotel, en Arroyo 1034” (14).

Hotel Edén, escribe Luis Gusmán: “En el frente del edificio, el águila imperial había dominado el valle hasta que a comienzos del 45 Argentina declaró la guerra a Alemania. Seguramente todo el pueblo asistió a la demolición del águila, símbolo de un poder que se extinguía en el mundo. Posiblemente también ese mismo día destruyeron la antena de onda corta que estaba en la torre y permitía que se comunicaran clandestinamente con Alemania. (...) Observó el hueco que el águila había dejado y después localizó la fecha borrosa de la fundación del Edén. De inmediato vino a su mente el nombre de los primeros propietarios sobre los que caía, desde tiempos remotos, una leyenda negra” (15).

Señala Luis León: “El holocausto que impactó de lleno en todas las comunidades ashkenazíes de Europa, golpeó también a los sefaradíes de Grecia y los Balcanes. Por eso las noticias de los antecedentes que concluyeron con la declaración de la independencia del Estado de Israel, movilizó a los

djidiós en igual magnitud que a las otras comunidades judías de Buenos Aires. Un gran acto en el cine Villa Crespo de Corrientes al 5500, reunió a centenares d personas, aunque el acto central fue organizado en el estadio Luna Park.. En esa ocasión, un número importante de

, desde las que exteriorizaba su entusiasmo. Desde temprano, se formó una columna en que se destacaban los jóvenes, reunidos alrededor del mástil que en esa época se alzaba en el encuentro de las avenidas Corrientes y Canning, recuerda ‘L’. ‘Desde el balcón del quinto piso de uno de los escasos edificios de altura de esa época, mi abuela, gritaba alentando a la muchedumbre sin reflexionar si era o no escuchada por ellos. Yo que tenía seis años, iba y venía sobre mi triciclo haciendo sonar el timbre del manubrio, por simple entusiasmo de ver a mi abuela en esa actitud. Cuando la columna fue numerosa y comenzó a marchar hacia el centro, ella corrió hacia el ropero, extrajo una gran bolsa de confites de almendra y los arrojó hacia abajo a la gente, fina y cara costumbre que reservaba exclusivamente para los grandes acontecimientos, especialmente los nacimientos’ ” (16).

Afirma Carlos Szwarcer: “Pasaron los años y el Café lzmir se consolidó como referente de la colectividad. La Segunda Guerra Mundial agitaba los ánimos de sus habitués y sus paredes pintadas con arabescos —dibujos de palmeras y siluetas orientales que simulaban las Mil y una Noches—, eran parcialmente cubiertas por banderas de los países vencedores de la contienda” (17).

Con respecto a lo que acontecía en España -relata Ema Wolf-, en América, las opiniones estaban divididas: “En 1896 se creó la Asociación Patriótica Española. Organizó una bolsa de trabajo, se ocupó de repatriar a los que carecían de medios para hacerlo y colocó comisarios en los barcos para que controlaran las condiciones en que se hacían las travesías. Pero el motivo de su fundación fue la guerra entre España y Cuba”.

“A mediados de la década del ’90 la nutrida colonia hispana se conmovió al saber que cobraba fuerza en Cuba la lucha por la independencia, debido a la acción de José Martí y los grupos de patriotas. La Asociación promovió colectas para ayudar a la nación en guerra y a los soldados que se batían lejos de la patria. Las opiniones, sin embargo, no eran unánimes. Dentro de la colectividad había quienes apoyaban la causa cubana. A los gritos de ‘¡Viva España!’ y ‘¡Viva Martí!’ se trenzaban los dos bandos en las veredas de la Avenida de Mayo, y en una oportunidad volaron como proyectiles las sillas y mesas del café Tortoni. Cuarenta años más tarde, cuando la Guerra Civil partió a España en dos, se enfrentaron en el mismo escenario franquistas y republicanos. Nada de lo que sucedía allá resultaba indiferente a esta especie de sucursal de la península”.

“Al ser bombardeado en la bahía de La Habana el acorazado Maine, de la marina de los Estados Unidos, esta potencia encontró un pretexto para intervenir en Cuba e iniciar acciones contra España que, debilitada, ya no pudo defenderse. Los españoles en la Argentina manifestaron su indignación en mítines callejeros agitando banderas amarillas y rojas. Con festivales y suscripciones, la Asociación Patriótica logró reunir fondos para adquirir un buque de guerra, el crucero Río de la Plata, que donó a la armada de su país. Pero el enemigo ya era otro y muy dispares las fuerzas. España resignó su colonia, que no hizo sino cambiar de mano” (18).

Los españoles inmigrantes se organizaron para ayudar a sus compatriotas en guerra. Lo cuenta Manuel Castro: “Durante los años de la guerra civil, Dopazo y sus músicos, entre los que se encontraban sus hijos, eran llamados para recaudar fondos para la Madre Patria. Los del bando nacional lo hacían por medio de Lola Membrives en el Teatro Avenida y los republicanos en el Luna Park” (19).

Crítica nuestra población tomó partido a favor o en contra de Franco. Así fue, en toda la República una beligerancia polémica nos invadió. Y como en toda guerra, hubo hechos notables y ridículos, abnegados y aprovechados. El ‘no te metás’ desapareció. La Argentina vibró y se vivió pasionalmente un suceso que fue nuestro” (20).

Rodolfo Alonso recuerda que en el medio en el que él vivía “se hablaba de lo que ocurría en el mundo –y en el mundo ocurrían nada menos que la guerra civil española y el nazismo- o en nuestro propio país, este último vivido más bien a nivel de realidad cotidiana, y no sin reflejos del anterior” (21).

Cuando el tiempo era otro, un conflicto bélico relacionado con la vida cotidiana de los inmigrantes y sus hijos: “nunca he dudado de que la Guerra Civil también se libró en mi casa. El día del cumpleaños de mi hermana Chichita, el 17 de julio de 1936, Franco declaró el estado de guerra en las Canarias y ésa fue la señal para que el 18 se extendiera a toda España. El 1° de abril de 1939, a los veinte días de mudarnos a Rosario, terminó. En esos tres años, mientras yo estaba viva en Acebal, la mitad de España moría, muerta por la otra mitad. No sabíamos que había comenzado la matanza y ese día, como siempre, mis hermanos, mis primos y los chicos tomamos chocolate. Cuando hubo pasado tres años, Bebo, Chichita y yo supimos el día final porque entró Justo Vega y llorando lo dijo, ya no en mi casa natal sino en el departamento alquilado de Rosario donde vivíamos y yo, la niña que era entonces y hoy evoco, sé que sentí dolor por las lágrimas de Justo, por el silencio de mi padre y porque no pude aliviarlo con juegos en las calles del pueblo, que ya no estaban, y todavía yo no tenía con quién jugar” (22).

“En 1936, cuando en España comenzaba la Guerra Civil –relata Miguel Schapire-, mi padre creó la Editorial Schapire, (...) Mi padre solía decir que los exiliados eran hombres que habían perdido el barco, y ese barco era la República, es decir, la patria, sus ideales y esperanzas, y que él trataba de ayudarlos como podía, editando sus obras. Con casi todos ellos nos encontrábamos los veranos, en un hotelucho de la vieja Punta del Este, en la Punta punta, donde al anochecer se cantaba, se recitaba, se dibujaba, se interpretaban fragmentos de piezas teatrales a medida que se iban escribiendo. Era una especie de taller fabuloso. Yo era muy chico, pero todo eso me marcó” (24).

Antonio Gonzalo Soto Canalejo es recordado como el líder de la Patagonia Rebelde. “En 1936 cuando se declara la guerra civil en España Soto intenta ir a pelear por la República, pero su salud no se lo permite” (25).

En 1982, la guerra, que parecía tan lejana, tan europea, llegó a la Argentina. En “La noche de la cruz de plata”, Jorge Torres Zavaleta evoca otra contienda. En este cuento se narra la historia de una familia inglesa que vive en nuestro país. Tan argentino se siente el hijo que, cuando se declara la guerra de las Malvinas, se alista para combatir a los ingleses. Muere en el combate, luchando contra los soldados de la nación de sus padres. Miss Lucy, al enterarse de la muerte del joven, “pensó que de lejos, sin advertirlo, sus compatriotas la habían mutilado” (26).

Latas de cerveza en el Río de la Plata –novela de Jorge Stamadianos distinguida con el Premio Emecé 1994/95- aparece un padre gallego que oculta a su hijo, desertor en la Guerra de las Malvinas. Relata el protagonista: “Aunque no podía verle la cara al gallego porque me había quedado esperando en la planta baja, oía su voz retumbando a través de la escalera y me imaginaba la vena saltándole en la frente como una lombriz que no quiere subirse al anzuelo” (27).

El festejo del inicio de la Guerra de las Malvinas irrita a un italiano. En “16 de Junio de 1982”, escribe Marili Flores: “Esas idas a la Pza. Ramírez con la gurisada del barrio en mi Citroen en manifestaciones multitudinarias con vinchas y banderitas celestes y blancas se convertían ese atardecer en la violada utilería de una puesta de teatro del absurdo y nosotros, actores que grotescamente festejábamos un conflicto bélico. Esos bocinazos me aturdían, ahora. Esos con los que, estertóreamente expresábamos en patrioterismo de mundial de fútbol la dramaturgia horrorosa de una guerra. Lo que me impidió entenderlo al Nonno Juan, cuando en el asado de aquel domingo me preguntaba en su cocoliche, “ma caraco que festeca?! Una guera?” y pensé, cincuenta años en este país, pero no es argentino, no entiende . Esa tarde sentí al Nonno, creciendo otra vez desde su sabiduría, desde mi dolor” (28).

Wang, Diana: “La segunda generación de sobrevivientes. Su lugar en el escenario del genocidio”, en Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida; Toufeksian, Juan Carlos y Alemian, Carlos (eds.):

S/F: “Antonio Gallego Soto Líder de la Patagonia Rebelde”, Información tomada del folleto distribuido en Buenos Aires, Santa Cruz y Punta Arenas, durante los homenajes a Antonio Gallego Soto con motivo del centenario de su nacimiento en octubre de 1997. Ferrol 1897 - Punta Arenas 1963. Versión galega: “O “gallego” Antonio Soto, líder da Patagonia Rebelde” - Lois Pérez Leira -

“Principalmente los que tenían hijos varones necesitaban huir del largo e interminable servicio militar, que atrapaba a los adolescentes sin liberarlos antes de cinco años” (1), escribe Arcuschín.

Bajo el reinado del zar Alejandro II (1855-1881), “causó gran impacto entre los colonos alemanes la noticia de que el zar había resuelto dejar sin efecto la promesa formal de Catalina II que los eximía del servicio militar a ellos y a sus descendientes. Dicho servicio era particularmente temido puesto que duraba entre cinco y siete años –más nueve en la reserva- y se efectuaba en lugares muy alejados del Volga. Juan Denzel, que vino a la Argentina en 1914, recuerda que el principal motivo de descontento seguía siendo ése, tanto en su época como en la de su padre. Les resultaba intolerable e injusto ‘salir jóvenes de las colonias y volver con canas’. Por ello, muchos desertaban durante sus meses de licencia quedando así fuera de la ley y sin otra alternativa que la emigración. Desde luego que aquellos que permanecieron en Rusia hasta esa fecha siendo adultos, sumaban al temor de la milicia el de las guerras; primero la ruso-japonesa (1904-1905) y luego la primera guerra mundial, con la paralela situación de revolución interna” (2).

Luciano Méndez Muslera menciona como motivo de emigración de los asturianos la evasión del reclutamiento militar: “el sistema de reclutamiento era de tiempos de Carlos III y consistía en tomar a un mozo de cada cinco de reemplazo (de ahí que se les defina con la palabra ‘quintos’ a los reclutas) quedando así vinculado a la tropa por un período de ocho años, aunque por diversas causas económicas del estado español en aquellos tiempos, se llegaron a conceder licencias temporales (preferentemente durante las cosechas)”.

Los españoles no estaban de acuerdo con esa reglamentación: “El sistema de ‘quintos’ fue muy contestado (motín 1773 Barcelona) y también fue rechazado por algunas localidades como Madrid, así como también por profesiones como licenciados, clérigos, maestros de escuela, etc”. Como en todo reglamento, siempre había excepciones: “el sorteo no se hacía con rigor y el quinto sorteado era sustituido por un pobre o vagabundo, si el médico no lo declaraba incapacitado. Esto dio lugar a que los más desamparados o sin influencia alguna fuesen al servicio militar”. Además, “en 1837 quedó establecido que se podía sustituir la obligación militar por una cantidad de dinero, (...) estas cantidades estaban muy por encima de las posibilidades de los campesinos asturianos”.

El período de reclutamiento, ya largo, se extendió décadas más tarde: “En el año 1885 se estableció también que la duración del servicio militar se fijara en doce años, desde la entrada en la caja de reclutas hasta el término de la segunda reserva”. Y se agrega una nueva alternativa: “También se crea la figura del sustituto, otra de las posibilidades de librarse del servicio militar; los quintos destinados en ultramar podían buscarse un sustituto, que debería ser de la misma zona, soltero o viudo sin hijos y sin sobrepasar los treinta y cinco años. Esto dio lugar a que los dueños de las caserías llegaran a amenazar a sus inquilinos con perder la casería que tenían en régimen de alquiler si uno de sus hijos no hacía el servicio militar en sustitución de un hijo del dueño de las fincas”. Recién en la segunda década del siglo XX deja de llevarse a cabo esa práctica: “Estas reglamentaciones siguieron en vigor hasta 1912 en que se suprimieron y aparecieron otras formas de servicio militar”.

No sólo la posibilidad de ser reclutados alarmaba a los jóvenes: “Esta larga duración era suficiente para animar a la emigración, pero a esto se añadían las guerras (Cuba, Filipinas, carlistas en España y otras guerras coloniales, sobre todo la de Marruecos que fue la que más alto grado de emigración produjo)” (3).

El gallego Francisco Coira llegó a la Argentina en 1925, “como vienen todos los inmigrantes, para buscar algo mejor... y en realidad, escapando del servicio militar, que se hacía en Africa...(...) lo que significaba, con las pestes, la guerra y todo, casi ir a morirse...” (4).

Un dandy en la corte del rey Alfonso, María Esther de Miguel refiere a propósito de unas monedas, el motivo que llevó a su padre a emigrar y la situación económica en la que debió hacerlo: “todas habían pertenecido a mi papá, quien vino de España por no hacer la conscripción en Marruecos. Llegó con una mano atrás y otra adelante, en su maleta un mantón de mi abuela y... Y nada más. ¡Ah, sí: las monedas!” (6).

La pradera de los asfódelos, un hombre que se marchó cuando llamaron a su quinta, escribe a una madre española: “Cuando el muchacho crezca, mándamelo. Hay campos inmensos sin labrar que pueden dar dos o más cosechas al año. Los animales, que no se cuentan sino de tanto en tanto, andan sueltos. Aquí hará fortuna. Cuando convoquen a su quinta mándalo. Y si quieres venir tú con él, vente. No te arrepentirás. Sobra lugar y faltan manos”. La madre exclama: “No, hermano. Prefiero que lo manden a Marruecos antes de que escape a la Patagonia. De Marruecos regresan todos, de la Patagonia no vuelve ninguno” (7).

l´askierlik, el servicio militar obligatorio en Turquía, muy temido por lo prolongado y riesgoso. Sin dudarlo, pidió que avisara a su madre, y sin regresar a tomar siquiera un poco de ropa se subió al primer barco que estaba en el puerto, ignorando a dónde lo llevaría. Así llegó a Buenos Aires, allá por 1902 ó 1903.. (...) Trabajó muy fuerte y le fue muy bien” (8).

“Es de tener en cuenta también los factores económicos –dice Méndez Muslera-; con la desamortización de Mendizábal se agrava la situación de los campesinos, al elevar los propietarios las rentas de las caserías, forzando a los campesinos a emigrar, a la vez que impedía también el que los colonos pudieran acometer mejoras en la explotación. (...) También el factor poblacional es de tener en cuenta, ya que en la segunda mitad del siglo XIX las altas tasas de fertilidad alcanzadas no permitían ofrecer tierras a los hijos a través de nuevas particiones de caserías por alcanzar éstas una extensión mínima. Esto añadido a la elevación de las rentas y de los impuestos forma otro pilar fundamental como causa de emigración” (1). En otras regiones de Europa, la situación no era mejor.

Sobre los irlandeses, leemos: “Muy arraigados a su tierra, y con escasa inclinación a emigrar, es posible que la clase obrera y campesina nunca hubiese abandonado su país de no haberse producido la gran catástrofe de los años 1845 a 1849. Pero esos años fueron fatídicos y decisivos. Parecía como si de pronto todas las fuerzas de la naturaleza se hubieran confabulado para dar al traste con un pequeño país que, tras siglos de abandono y mala administración, carecía enteramente de reservas. Los verdes campos asolados por la terrible plaga de la papa; epidemias de tifus y escorbuto diezmando cruelmente a la población. En el breve período de aquellos cuatro años, dos millones aproximadamente de sus pobladores perecieron a causa del hambre o las fiebres, ya en su propia tierra, ya en el curso de los espantosos viajes a que les llevó el intento de salvarse” (2).

¿Qué motivos lo llevaron a Thomas Gaynor a emigrar a la República Argentina? De inmediato se puede señalar uno que alcanzó a ser dominante para muchísimos irlandeses de toda esa comarca: la noticia, insistentemente difundida, que se podía alcanzar muy pronto una gran prosperidad en dicho país a través del cultivo de la oveja que comenzaba a tener entonces un gran desarrollo en la ‘pampa bonaerense’. Todos esos jóvenes eran ovejeros desde su infancia y se creían capaces de convertir la lana pampeana velozmente en oro. Parece también que después de 1840 un cierto Michael Murray (apodado en Buenos Aires ‘Spanish Mickey Murray’ por sus aptitudes como lingüista), emigró de la región a Buenos Aires estableciéndose luego en Capilla del Señor y construyendo una gran fortuna en lanares. El éxito de ‘Spanish Mickey Murray’ sirvió de imán para muchos jóvenes ovejeros. En el caso de Thomas Gaynor, había también otro motivo para emigrar. La Irlanda de mediados de siglo pasado se hallaba muy agitada; no sólo por el motivo político de la dominación británica, sino también por el desgraciado sistema agrario que se venía heredando desde siglos atrás. El irlandés medio no era propietario de la tierra que labraba, era un simple arrendatario que podía ser desposeído en cualquier momento por su propietario, que las más de las veces, poseía su título fundado en conquista bélica y solía habitar lejos de las poblaciones a él sometidas. Cualquier mejoría introducida en la propiedad del arrendatario era motivo para un aumento de alquiler; se dio inclusive el caso de un arrendatario que vio aumentada su prima porque a su mujer se le había ocurrido plantar unas flores en la puerta de su cabinita. ‘Si tienen plata para flores, tienen plata para pagar un mejor alquiler’. ¡Mentalidad no totalmente desconocida tampoco en la República Argentina!. A mediados del siglo pasado los propietarios encontraron que podían aprovechar sus tierras echando a sus inquilinos, algunos de los cuales habían habitado el mismo sitio por centenares de años y, reemplazándolos con vacunos, cuya venta redituaría un interés mayor que el alquiler hasta entonces recabado. Estas medidas puestas en práctica, provocaron grandes reacciones entre la juventud de la población agrícola; estas se manifestaron no sólo en los sectores políticos, sino también mediante la proliferación de sociedades agrarias, más o menos secretas, más o menos violentas, dedicadas a la protección de la población indefensa frente a la agresividad brutal de los terratenientes. Estas sociedades accionaban contra los propietarios y también contra los ocupantes de tierra cuyas antiguas poblaciones habían sido ‘barridas’; como las leyes y la justicia estaban al servicio de los propietarios, se entiende como la policía, la milicia y el ejército, fueron pronto movilizados contras estos defensores del pobre. Thomas Gaynor se vinculó en su juventud con algunas de estas sociedades y atrajo sobre si la atención de los guardianes del orden y creyó prudente alejarse de su país. Su ‘pecado’ no pudo haber sido muy pequeño, porque al volver a Irlanda muchos años más tarde, con la intención de radicarse allí definitivamente, y habiendo ya elegido una propiedad donde pensaba constituir su hogar, tuvo noticias, por alguna vía reservada, que la policía andaba haciendo preguntas a fondo sobre su persona, circunstancia que lo indujo a tomarse prontamente el vapor y volver a la República Argentina” (3).

Hacia América parte un hombre desde Italia. Por amor al marido emigrado tiempo antes, la madre abandona a sus hijas, llevando al hijo varón, en el cuento “El tren de medianoche” de Syria Poletti. La escritora recuerda así este episodio: “En ese instante, momento en que mi madre me dejó para reunirse con mi padre en tierras de América, nacen el drama y la rebeldía, pero también la revelación de la soledad y su misterio. Fue como si de pronto se hubiesen abierto las compuertas de la vida adulta, y, al mismo tiempo, asomara la certeza de otro llamado. Al irse, mi madre respondía a un llamado ineludible. Yo también, con el tiempo, respondería a un llamado” (4).

es la novela de Mempo Giardinelli que obtuvo en 1993 el Premio Rómulo Gallegos. En ella narra, por boca del hijo mayor, las circunstancias en las que Antonio Domeniconelle y parte de su familia tuvieron que emigrar: “Padre y madre vinieron de Italia porque allá éramos

En un reportaje a Antonio Dal Masetto, se señala cuál fue la razón que lo trajo a América: “Después de la Segunda Guerra Mundial, la subsistencia se puso difícil en Italia y la familia emigró en 1950 a nuestro país” (7). En otro reportaje, se narra que “Narciso Dal Masetto llegó a la Argentina en 1948 desde Intra, un pueblo alpino italiano a los pies del lago Maggiore. Huía de los estragos de la guerra. Dos años después arribaron su mujer, doña María, y sus hijos, Rita y Antonio César” (8).

En algunas regiones, los factores climáticos agravaban la situación. Afirma Celia Vernaz: “El gobernador Juan Pujol, de Corrientes, había solicitado a las casas contratistas de Basilea el envío de colonos para su provincia. Esto era posible porque en la zona del Valais, Saboya y Piamonte se había generado una corriente emigratoria hacia América. Las causas eran varias: falta de trabajo, familias numerosas, pobreza en general, a lo que se sumaban cataclismos como avalanchas e inundaciones que diezmaban a las poblaciones de la montaña” (9).

Un personaje de Joel Franz Rosell cuenta las peripecias de una anciano emigrante: “-Tú sabes que Cuba fue colonia española hasta 1898. Después de la independencia, muchos españoles continuaron yendo allí a buscar fortuna. Entre esos emigrantes estuvo tío Fermín, que se fue muy joven y sin un duro. No sabemos cómo logró hacerse con tierras, montar una fábrica de conservas y otros negocios. Llegó a tener buenos amigos en el gobierno y eso acabó por traerle la desgracia cuando la revolución de 1959...” (10).

Para los gallegos de mi familia, había dos destinos: Buenos Aires y Cuba. Mi abuelo paterno y sus hermanos emigraron a Manzanillo; desde allí, mi abuelo se trasladó a Buenos Aires, mientras que sus hermanos quedaron en la isla.

De Galicia a Buenos Aires: “En aquella época las familias gallegas eran casi todas así de numerosas, y como nuestros padres sólo nos enseñaban a labrar las tierras y luego, de mayores, no alcanzaban las tierras para todos, era habitual mandar a algunos para el convento, otros para curas, uno se quedaba en la casa con los padres y los demás veníamos para América. Muchas veces yo le reproché a mi padre por tener tantos hijos, porque habiendo nacido en la casa de un gran labrador, nos dejó a todos en la ruina. Y él me contestaba que si tuviera tres o cuatro, yo no hubiera nacido y la mejor riqueza sería no tener que luchar con un truhán como yo” (11).

Aucario Pérez Cartoy afirma: “-Vine por la desesperación. Mi padre era herrero y mi madre agricultora, y la verdad es que no había comida. Las papas las sacábamos antes de que maduraran, por el hambre” (12).

Jesusa Pérez Iglesias se refiere a la falta de comida: “Yo me vine a los 18, para tratar de mandar dinero. Allá se pasaba hambre. Ibamos al matadero a buscar la sangre de la vaca. La hervíamos, la cortábamos en pedazos, si había aceite se freía y si no se comía hervida” (14).

Alberto Cortez escribe, a propósito de su canción “El abuelo”, acerca de la emigración de sus mayores: De alguna manera esta canción que viene es una historia de ida y vuelta. ¿Por qué?, pues simplemente porque mi abuelo se fue de emigrante y después de casi una vida yo, su nieto mayor recorrí el camino de regreso, ese camino que él no pudo realizar a lo largo de su larga vida, a pesar de su inmensa nostalgia. Murió a los ochenta y algunos años. (...) La Argentina en aquellos años de principio de siglo era una esperanza que ofrecía amplios horizontes para los jóvenes con ganas de trabajar y hacer fortuna. Los hermanos García habían dejado España y especialmente Galicia ya que esta “sua terriña” natal no podía ofrecerles más que una vida azarosa bastante cercana a la miseria. (...)” (15).

Caras y Caretas. En esa estampa, publicada en 1899, leemos: “La falta de pan y la sobra de hijos arrojaba a Dieguillo del hogar nativo. Tenía 12 años, saludables como las vetas de joven encina; cual aguilucho, ágil y fuerte, y bello además, como engendro de dos cuerpos torneados por duro trabajo” (17).

El portugués “Joaquín Alves, (...) formó una familia numerosa como era común en aquel entonces y él fue el primero de la familia que en un contexto general de hambre en Europa se decidió a venir a probar suerte a una tierra lejana y desconocida. Así que llegó a la Argentina alrededor de 1935 y trabajó en la fábrica Loma Negra en Olavarría. Luego de unos años, después de terminada la segunda guerra, Joaquín volvió a su tierra con intenciones de quedarse pero la situación no era como él pensaba. Luego de estar alejado de su familia por casi diez años en Europa casi nada había cambiado y en Portugal incluso las cosas eran más difíciles aún porque un dictador tomaba ahora las decisiones en el gobierno. Ante tal panorama, Zulmira, ya adolescente presionaba a su padre para que regrese a la Argentina pero esta vez con toda la familia. Y así fue” (18).

pasheico’, uno de los lugares más pobres y sombríos de Izmir. Como era costumbre en ese lugar y en esa época, sus hijos apenas llegaban a la adolescencia empezaban a noviar con vecinitas de la colectividad. Así, el mayor de mis tíos, Bohor por supuesto, se casó con Alegre Lereaj y nació mi primo, Felipe (se supone que es la traducción del nombre de mi abuelo) y se vinieron para Sudamérica. El segundo de los hermanos, Mordehai, le siguió los pasos, y al poco tiempo mandó a buscar a su novia Reyel, con quien se casó en Paraguay. Luego vino el tercer varón, José. En Izmir quedaba mi abuela, la única hija mujer, Yamila, que se había casado con Abraham Barsimantov, y mi padre Israel que contaba con 16 años y esperaba con ansiedad que sus hermanos le enviaran el pasaje hacia aquí. Este pasaje no era solamente el viaje a través del océano, sino el paso de la tristeza y el hambre a la alegría y la esperanza” (19).

Un informe publicado por la Asociación Caboverdeana de Ensenada – “la más antigua del mundo de todas las que nuclean a caboverdeanos en el exterior”-, destaca que “La inmigración caboverdeana llegó a principios del siglo XX, en consonancia con el resto de los inmigrantes. A diferencia de los 12 millones de africanos que llegaron a América entre los siglos XV y XVI, los caboverdeanos fueron los únicos que no llegaron como esclavos, sino en busca de trabajo y mejores horizontes para desarrollarse. A diferencia de los europeos, no llegaron empujados por guerra alguna. Por el carácter insular de Cabo Verde, sus hijos inmigrados eran expertos marineros y también habilidosos pescadores, por lo cual buscaron aquí sitios con puertos, como Ensenada y Dock Sud. Aquí, la mayoría de los caboverdeanos se empleó en la Marina Mercante y la Armada” (20).

Así explica Méndez Muslera uno de los motivos de emigración: “Según aumentaba el movimiento emigrador, parece que se fue rebajando la edad a la que se embarcaba, son dos los motivos principales, por un lado está la imitación del vecino del pueblo que se marcha y triunfa en América, volviendo con fortuna, por otro lado se les inculca a los niños la idea de que al llegar a los quince años tienen que partir para América, al lado de algún pariente o amigo. Este ‘echarles de casa’, que caracterizó la educación aldeana de Asturias, es el signo que encontramos con mayor imperativo entre la colonia asturiana del Uruguay. Se les decía: ‘tienes que ir a la escuela y aprender mucho para que luego te vayas a América’ ” (1).

“Venían a sobrevivir –escribe Jorge Riestra-, a intentar vivir una vida mejor, a hacer fortuna, por qué no, algo les habían contado de la generosidad de estas tierras, de la abundancia que desbordaba en las manos de quienes la trabajaban. Cuando se les hablaba del Nuevo Mundo, ellos pensaban en un mundo nuevo. Lo que les esperaba era el Hotel de Inmigrantes y luego la ciudad, las ciudades, y en las ciudades la dispersión, el enigma de las calles y de la gente, qué comerían y dónde dormirían” (2).

que en el español se operó una transformación completa: “de muchacho aldeano a rico y conspicuo miembro de una colectividad, fundador de clubes y protector de hospitales”. Cuando el próspero emigrante regresa a España junto con su familia, el escritor tenía seis años: “Un día del año 1892 era recibido a su entrada con alegre estrépito de cohetes, mientras que un coro de ceñidos danzantes tejía alrededor del nuevo indiano y los suyos, levantando el polvo, los típicos bailes del país. (...) Mi padre estaba de levita, muy atusado de bigote y mosca. No comprendía yo cómo, salido de la aldea tan pobre como cualquiera de aquellos rapaces que jugaban conmigo, por el hecho de haber pasado al nuevo mundo, se había transformado en un gran señor” (3).

Su único hijo, Leopoldo Alas retrata al americano Sariegos, “el más rico de la provincia, que podría aturdir a todos los Valcárcel del mundo envolviéndolos en papel del Estado y en acciones del Banco y otras mil grandezas” (4). El mensaje era que la riqueza estaba al alcance de cualquiera, salvo que fuera como “Elizabide el vagabundo”, protagonista de un cuento de Pío Baroja, que en América “estuvo muchas veces a punto de hacer fortuna, lo que no consiguió por indiferencia”. Cuando volvió, lo recibieron con desdén, y “todo el mundo recordó que antes de salir de la aldea, ya tenía fama de fatuo, de insustancial y de vagabundo”. No obstante, al hablar de sus viajes, “tuvo suspensos de sus labios a todos” (5).

La comida de las fieras, un personaje de Jaicnto Benavente expresa: “¿Por qué vivimos en Europa? En América el hombre significa algo; es una fuerza, una garantía...; se lucha, sí, con primitiva fiereza; cae uno y puede volver a levantarse pero en esta sociedad vieja, la posición es todo, el hombre nada..., vencido una vez, es inútil volver a luchar. Aquí la riqueza es un fin, no un medio para realizar empresas. La riqueza es el ocio; allí es la actividad. Por eso allí el dinero da triunfos... y aquí desastres... Pueblos de historia, de tradición; tierras viejas donde sólo cabe, como en las ciudades sepultadas de la antigüedad, la excavación, no las plantaciones de nueva vegetación y savia vigorosa” (6).

José Ortega y Gasset, en cambio, consideraba que “América, lejos de ser el porvenir era, en realidad, un remoto pasado, porque era primitivismo. Y también, contra lo que se cree, lo era y lo es mucho más América del Norte que la América del Sur, la hispánica” (7).

La maestrita de los obreros. Al ir a dar su clase, la protagonista encuentra que “Faltaba esa noche más de una docena de alumnos. La maestra investigó las razones de la ausencia, y supo que habían ido, con muchos otros, a pasar la velada en un establo, donde un viejo aldeano, de vuelta de América, un espíritu jovial y extraño, había invitado a medio arrabal para relatarle la historia de sus aventuras” (8).

Parte de Italia el matrimonio Vairoleto con su primogénito, porque “en aquella región las posibilidades de prosperar eran muy escasas para los aldeanos pobres, y Vittorio concibió el proyecto de ir a América. Algunos emigrantes, incluso un cura que había estado en la parroquia de la villa, escribían enviando noticias favorables desde la Argentina, un país donde hacía falta mano de obra y eran bienvenidos los labriegos italianos para poblar las colonias agrícolas. Ilusionados por esas perspectivas, Vittorio y Teresa se dispusieron a marchar al nuevo continente con su bebé recién nacido” (10).

Aguafuertes gallegas, Roberto Arlt se refiere a don Gumersindo Busto, y los hermanos Juan y Jesús García Naveira, filántropos que hicieron obras con parte de la riqueza acumulada en América (12).

Las ilusiones tras las que se marcharon los inmigrantes también son tema literario. Aunque muchos consideraron que habían logrado “hacer la América”, otros se sintieron defraudados. Esta frustración es la que evoca Carlos de la Púa, en su poema “Los bueyes”, en el que dice: “Vinieron de Italia, tenían veinte años,/ con un bagayito por toda fortuna/ y, sin aliviadas, entre desengaños,/ llegaron a viejos sin ventaja alguna” (13).

La pradera de los asfódelos, novela en la que un español recuerda las promesas y la realidad que le tocó vivir, escribe Rubén Benítez: “Aquí hay trabajo y riqueza para todos. Venid cuanto antes, nos decía. Y a pesar de los ruegos de las madres, nos fuimos. Durante un año trabajé muy duro en la salina, ahorrando céntimo tras céntimo, hasta que pude pagarme el regreso. Volví como había ido. Nada debo a aquella tierra. Sólo el desengaño. Aquí está nuestro pueblo, el terruño de nuestros abuelos, la finca de mi padre. Dos veces, hija, lloré en mi vida. Cuando me di cuenta de lo lejos que había quedado mi pueblo y cuando regresé a él” (14).

Crítica en el año 1927, tuve una mañana del mes de setiembre que hacer una crónica del suicidio de una sirvienta española, soltera, de veinte años de edad que se mató arrojándose bajo las ruedas de un tranvía que pasaba frente a la puerta de la casa donde trabajaba, a las cinco de la madrugada. Llegué al lugar del hecho cuando el cuerpo despedazado había sido retirado de allí. Posiblemente no le hubiera dado ninguna importancia al suceso (en aquella época veía cadáveres casi todos los días) si investigaciones que efectué posteriormente en la casa de la suicida no me hubieran proporcionado dos detalles singulares. Me manifestó la dueña de casa que la noche en que la sirvienta maduró su suicidio, la criada no durmió. Un examen ocular de la cama de la criada permitió establecer que la sirvienta no se había acostado, suponiéndose con todo fundamento que ella pasó la noche sentada en su baúl de inmigrante (hacía un año que había llegado de España). Al salir la criada a la calle para arrojarse bajo el tranvía se olvidó de apagar la luz. La suma de estos detalles me produjo una impresión profunda. Durante meses y meses caminé teniendo ante los ojos el espectáculo de una muchacha triste, que sentada a la orilla de un baúl, en un cuartujo de paredes encaladas, piensa en su destino sin esperanza, al amarillo resplandor de una lamparita de veinticinco bujías” (15).

En su poema “Inmigrante”, Cristina Pizarro evoca la misma desolación: “Yo era el que no tenía título,/ ni un doble apellido,/ el que deseaba vivir en un chalet de dos pisos/ con jardín/ y revestimientos de piedra Mar del Plata./ Era uno de esos/ originarios de tierras/ devastadas./ Ahora/ soy/ este aire ambiguo/ este daño/ que regresa/ y este adiós/ menoscabado” (16).

Monsieur Jaquin: “¿Dónde se hallaba el oro,/ de todos alabado?/ El oro estaba en un pequeño árbol;/ el oro era un engaño:/sólo pequeñas flores/ de oro perfumado./ Aromitos floridos,/ orillas del Salado”. En el mismo poema, una mujer escribe: “-Nos casamos./ La tierra es nuestra, ¡nuestra!/ Todo lo que tocamos/ va siendo nuestro:/ el buey, el horno, el rancho.../ Nuestros todos los árboles;/ nuestro un único árbol,/ tan grande, tan coposo,/ que da gusto mirarlo./ Es una nube verde/ asentada en el campo” (17).

En “La conquista de Buenos Aires”, de Enrique Loncán, Cicerón vuelve a la vida en el siglo XX y emprende un viaje del que se arrepentirá amargamente. Estas palabras lo impulsaron a realizar la travesía: “más allá del Atlante existe una ciudad nueva, maravillosa, pletórica de esperanzas. Es la tierra prometida de los inmigrantes, la meta de los destinos fantásticos y las riquezas fabulosas. Se cuentan por millares los hijos del Lacio que en Buenos Aires hicieron fortuna... ¿Por qué no la harías tú también, Marco Tulio Cicerón, que llevas en tu sangre lo más puro de la raza latina y en tu mente todo el genio de la estirpe inmortal?” (18).

“La salida de hidalgos segundones y gente acomodada cuando la emigración no era aún masiva, ha servido de apoyo a planteamientos como el que la emigración desde las provincias del norte de España excepto Galicia, no se debía a la falta de trabajo, ni a causa alguna física o económica, a diferencia de muchos levantinos que emigraban a causa de su miseria y que muchos emigrantes vascos, santanderinos y asturianos suelen llevar pequeños capitales y una formación cultural adecuada” (1). No hemos encontrado testimonios

“Uno de los motivos de la salida de los campesinos asturianos hacia la emigración –continúa Méndez Muslera-, era la propaganda ‘ilícita’ de los agentes o armadores por sus anuncios y reclamos notoriamente falsos. Estos agentes de los armadores, se dedicaban a hacer publicidad de los próximos viajes y también a arreglar los papeles para la salida de los campesinos. Ya avanzado este siglo esta especie de Agencias de Viajes para Ultramar pasaron a estar sometidas al control de las Inspecciones de Emigración (...), recibiendo el nombre de ‘Oficinas de Información y Despacho de Pasajes para Emigrantes’ condición que obligaba a llevar un ‘Libro de Registro’, con los datos relativos al comprador de cada uno de los pasajes y un ‘Copiador de Cartas’ con la correspondencia relativa al mismo asunto; ambos libros tenían que ser visados por la Inspección correspondiente” (1).

En 1857, Antoine Bonvin emigra desde Valais, y se queja amargamente del engaño de que ha sido víctima. Desde Buenos Aires lo trasladan en vapor al Ibicuy: “Llegamos al tercer día; se nos desembarcó en una vasta llanura que no tenía más que un poco de buen terreno; no se veían allí más que grandes pantanos o bosques, pero de madera toda espinosa. El agua era mala y llena de toda clase de insectos; un país muy malsano donde jamás nadie podía prosperar. Se tenía peligro de verse devorado por las bestias feroces, tal como el tigre, los cocodrilos y otros. Puedo decir que en este momento estábamos todos desesperados de vernos engañados de esta manera. Reclamábamos inútilmente la promesa que nos había sido hecha antes de nuestra partida: pero todo eso ya era inútil, ya no se podía más escapar, uno se creía exiliado en esta isla” (2).

Por otra parte –afirma Alejo Peyret-, los potenciales emigrantes eran tentados con ofertas de otros países: “Necesitamos poblaciones que no solamente tengan la actividad física, la laboriosidad en grado relativamente superior, sino que sean también superiores intelectualmente y exentas de las preocupaciones de la superstición y del fanatismo. Para conseguir nuestro propósito sería menester mantener agentes permanentes en Europa, que no dejemos un momento sin llamar la atención sobre estas comarcas. Sería menester acudir a los periódicos, a las publicaciones baratas, a folletos, avisos, etc. Sería menester combatir por la prensa y la propaganda oral la acción de los enganchadores que trabajan para los Estados Unidos y para Brasil” (4).

El laúd y la guerra, Martina Gusberti evoca uno de esos engaños. Dice que Resistencia “fue fundada por un puñado de inmigrantes italianos que, remontando el Río Negro y traídos por empresas contratistas con el señuelo de poblar tierras fértiles y prósperas, hallaron en cambio terrenos ásperos, cubiertos por bosques salvajes plagados de mosquitos. Era el 2 de febrero de 1878, durante un verano abrasador. Se dice que los colonizadores estuvieron varios días en el barco sin querer aposentarse en esa tierra inhóspita. Luego, vencidos por la circunstancia, no tuvieron otra opción que desembarcar con sus familias” (5).

Juan Faccioli, pionero friulano, narra también un episodio relacionado con la colonización chaqueña: “Según Faccioli, al llegar al Hotel de Inmigrantes se enteraron de que estaban destinados al Territorio Nacional del Chaco, donde les darían tierras que estaban habitadas por aborígenes: algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero luego de vagar sin conseguir trabajo ni comida volvieron y aceptaron llegar a Reconquista y, desde allí, a una colonia que se formaría al otro lado del arroyo El Rey” (6).

Desde Tucumán, donde sufre explotación, enfermedades, hambre y discriminación, José Wanza escribe, en 1891: “Aquí estoy sin comunicación con nadie en el mundo. Sé que las cartas que mandé a mis amigos no llegaron. Es probable que éstos nuestros patrones que nos explotan y nos tratan como a esclavos, intercepten nuestra correspondencia para que nuestras quejas no lleguen a conocerse. Vine al país halagado por las grandes promesas que nos hicieron los agentes argentinos en Viena. Estos vendedores de almas humanas sin conciencia, hacían descripciones tan brillantes de la riqueza del país y del bienestar que esperaba aquí a los trabajadores, que a mí con otros amigos nos halagaron y nos vinimos. Todo había sido mentira y engaño” (8).

Misericordia, Jesús, varias veces. Pero no era seguro que lo recordaran al día siguiente”. Acerca de los anglicanos expresa: “Pobres diablos. ¿Cómo no van a sentirse desengañados? Ya sabemos cómo hacen para reclutarlos. ¿Acaso no les pintan todo esto como un paraíso repleto de aldeas? Me imagino las fantasías que traen. ¿Y qué encuentran a su llegada?”.

La viuda del reverendo Dobson evoca los planes que hacìan sobre la emigraciòn, alentados por noticias tendenciosas: “Despuès de pasar una tarde en la Uniòn Misionera, volvìan a casa con su marido por un sendero de gramilla perfumada. Llevaba seis meses de casada con Dobson. Hicieron un alto en el parque y abrieron un paquete de bollos. Charlaron del futuro viaje a Sudamèrica. Dobson dibujò la misiòn sobre el papel de los bollos. Habìa un grupo de canaleses entonando sus himnos y un paquebote en el horizonte. Los canaleses figuraban como ‘naturales amistosos’

en todas las publicaciones del Almirantazgo, de modo que agregò un nativo haciendo cabriolas. Su mujer le suplicò que dibujara una huerta. Dobson puso la huerta y metiò algunas ovejas. Estuvo tentado de añadir el cementerio, pero desistiò a ùltimo momento. Ella estudiò bien el dibujo y concluyò que nada faltaba. Tratò vanamente de hallarle algùn parecido con su aldea de Sussex. Pero igual le propuso: ‘Pongàmosle Abingdon’. Pensò emocionada: ‘El Señor es mi pastor’ “ (9).

Gabriel Báñez evoca otra clase de engaños. La Zwi Migdal era una organización de trata de blancas que tenía en Ensenada el centro de sus operaciones. Casi todas las pupilas “venían de Varsovia, engañadas por un correo que les prometía casamiento y fortuna en la nueva tierra y con el cual refrendaban un contrato que avalaban los padres de las jóvenes. En cuanto pisaban puerto, debían enfrentarse sin embargo con la letra chica del contrato: la prostitución o el remate” (10).

Un personaje de Vázquez-Rial explica el procedimiento: en las aldeas judías de Polonia hay “mucha hambre. Más de la que se puede aguantar. Y lo más caro de todo, lo más inútil, son las hijas. Hay que librarse de ellas: casarlas o venderlas, que viene a ser lo mismo. (...) Yo nunca llegué a saber si esos viejos que vendían a las hijas creían o no en lo que hacían, pero lo hacían, y había que seguirles la corriente. (...) Eran jóvenes hermosas, criadas con miedo a Dios y obediencia absoluta al padre que las vendía. Ruth, digamos, por ponerle un nombre, respetuosa, humilde, delgada... La metían en un barco con un tipo como yo, la bajaban en Buenos Aires, la encerraban en un sitio inmundo, para que el quilombo, después, le pareciera el cielo, y a la semana o a los quince días la mandaban a la Boca: una pieza, o dos, o las que fueran, y el patio, con veinte, treinta hombres esperando a la luz de unas velas, cualquier hombre, los más horrorosos, carreros o cirujas..., cirujas también. Yo lo sabía, pero pensaba en la guita y tragaba saliva; y repetía la escena” (11).

En El infierno prometido, de Elsa Drucaroff, un personaje habla con el padre de una joven judía polaca. “Señor Hamer, yo soy un hombre práctico –dijo sonriendo-. Busco una buena judía trabajadora que pueda manejar mi casa y criar a mis hijos. Buenos Aires es una gran ciudad, con costumbres diferentes. No es fácil encontrar chicas bien preparadas para el matrimonio en una ciudad grande. Y en el caso de su hija, precisamente por lo que ella vivió, sé que va a valorar lo que voy a darle, y me lo va a retribuir como merezco. Porque va a ser muy difícl que encuentre a otro que pueda y esté dispuesto a dar lo que yo estoy ofreciendo” (12).

Se recuerda asimismo a “las ‘niñeras’ que bajo la promesa de venir a trabajar a la casa de un rico pariente lejano y enseñarlo modales europeos a sus hijos, terminaban pasando sus días y noches en los prostíbulos” (13).

Segio Pujol se refiere a las inmigrantes engañadas que observa en el tango: “muchas de las mujeres del imaginario tanguero enfermaban al errar el camino y dejarse tentar por las luces del centro. Un imaginario de la muerte como castigo ejemplar dejaba entrever, a su vez, una gama de posiciones. Estaban las mujeres engañadas por el sistema (como las francesitas que llegaban a Buenos Aires mal informadas o las provincianas que rodaban ‘una noche en el Maipú’), pero también estaban las pecadoras por voluntad propia” (14).

Don Segundo Sombra, Ricardo Güiraldes escribe acerca de ”la desvergüenza del gringo Culasso que había vendido por veinte pesos a su hija de doce años al viejo Salomovich, dueño del prostíbulo” (15).

El orensano Ramón Santamarina pierde, con pocas horas de diferencia, a su padre –que se suicidó- y a su madre, fallecida a causa de la trágica decisión de su marido. “Los tíos del niño Ramón –afirma Alberto Vilanova Rodríguez-, que no fueron capaces de acudir en su socorro, pero sí avergonzarse del inocente, pero pobre pariente, a pesar de que se había decidido a luchar por la vida, antes de lanzarse a la mendicidad, le agarraron y le depositaron en un orfanato, de donde muy pronto se fugó, ofreciéndose como grumete en un velero contrabandista que salía para Buenos Aires, con la decisión y energía que caracterizaron siempre su extraordinaria voluntad. En 1840, pues, ponía sus plantas en la Argentina, el país que con el correr de los años iba a ser testigo de sus virtudes y de su genio” (1).

La censura social impulsa allende el mar. En 1886 –escribe Claudio Savoia-, “zarpó el barco que sacaba de España al niño Manuel Miranda, alejado de su patra por su abuela para protegerlo –a él y a su madre- de la vergüenza de ser hijo natural” (2).

De su abuela dijo el periodista Vicente Muleiro: “Como decía Gila, mi abuela era una solterona... Tan solterona era doña Francisca Muleiro que a sus hijos les puso su apellido.(...) Murió cuando yo era un adolescente y se llevó el secreto de su infancia gallega y la íntima épica de su inmigración” (3).

Mientras la luz se va (4), Noemí Cohen relata lo sucedido a “Setti, a quien Elena conoce en el interminable viaje hacia América y que se ha embarcado para restañar la herida de haber sido repudiada por su marido y haber perdido contacto con su única hija” (5).

Herencia, dirigido por Paula Hernández, “es una inmigrante italiana que llegó a la Argentina tras la Segunda Guerra Mundial. Aunque nunca pudo encontrar al hombre cuyos pasos seguía, decidió adoptar a Buenos Aires como su ciudad” (6).

Un amor imposible causa la emigración de un italiano: “El mismo día en que Enrico se hizo cargo de la sastrería, el único auto de la villa se detuvo enfrente. El chofer entró: ‘La hija del Patrón se va a casar con un doctor de Zóppola, como él ha dispuesto; y aquí te manda este dinero a cuenta del traje de novia que le vas a confeccionar’. Enrico lo entregó y se embarcó. Para no ver jamás el mar viajó tierra adentro, hasta el centro de la Argentina; hasta su huerta, en medio de la manzana del medio del pueblo” (7).

Frontera sur, huye de la ira de su suegro: “Primero tuve que escapar yo. Pasé un mes en el monte. Me buscaron con perros, decididos a matarme”. Vuelve a buscar a su novia, y se casan en Cádiz. En Barcelona muere la mujer, dejando a un hijo. “Desde el momento en que la enterré –dice el viudo-, me entregué a un único propósito: ganar dinero, porque con dinero se puede todo. Quería comprar mi vida y la tuya, mi libertad y la tuya, y regresar para vengarme, empezando por tu abuelo...” (8).

En La trama del pasado (9), de Cristina Bajo, “Una joven aristócrata, Ignacia Arias de Ulloa, abandona a su marido y huye con una criada llevándose muy poco: su estuche de esgrima, y el halcón preferido de aquél. Al llegar a la casa solariega de su madre se encuentra con que ésta ha decidido regresar a las provincias del Río de la Plata, su tierra de nacimiento, para ajustar viejas cuentas. Sin pensarlo, Ignacia se embarca con ella” (10).

José, el asturiano que protagoniza la miniserie Vientos de agua, debe escapar de su pueblo porque, indignado por la muerte de su hermano en la mina, la hace volar, y es buscado. Con el dinero

Mestizo, una de las novelas de Feierstein, relata por qué emigraron sus padres: “Moishe Búrej realmente no quería venir a la Argentina, pero ¿qué iba a hacer? Se fueron los hijos mayores y después me fui yo, luego Carlos con mi hermana. ¿Quién quedaba? Nadie, salvo Jacobo, que vino con ellos, en 1936. Cuando viajaron ya había guerra civil en España, salieron justo, justo. En Polonia quedaron otros parientes, tíos y primos: nunca más supimos algo de ellos. La zona de Lemberg fue muy castigada durante la Segunda Guerra, los alemanes entraron allí. Me contaron después que han hecho un verdadero desastre de mi pueblo. Fue una masacre en el centro, la zona de la feria, donde vivían las famlias judías. A los ucranianos no les hicieron nada, porque estaban con ellos. Pero de los nuestros no quedó ninguno vivo. Por suerte, nosotros nos fuimos antes. Dijimos ‘no va más acá, el futuro está muerto’. Y nos fuimos” (11).

De aquí hasta el alba, novela de Eugenio Juan Zappietro, el cirujano belga Hubert Leroy debe huir de Francia pues durante una operación dio muerte intencionalmente a un ministro asesino: “Cuando Francia descubrió el crimen, Hubert Leroy estaba ya en América” (12).

Por miedo a unos acreedores que harían justicia por propia mano, es que el abuelo de Jorge Fernández Díaz llega a la Argentina: “En dos o tres aldeas, y en un pequeño municipio, mi abuelo había cobrado por anticipado trabajos que nunca terminó. Unos damnificados de pocas pulgas le habían dado un ultimátum y después habían prometido coserlo a navajazos. Vendrían de un momento a otro, y a José no le quedaba más alternativa que levantar los petates y largarse bien lejos. Consuelo, su hermana menor, había cruzado el Atlántico y llevaba una existencia decorosa en una ciudad monumental llamada Buenos Aires” (13).

En 1892, Jimmy –“nacido James Radburne”- (14) llegó a la Patagonia, “huyendo de la pobreza y los prejuicios ingleses, y pasó toda una vida improvisando oficios para sobrevivir y métodos para huir de las policías argentina y chilena”. Se dirigió a esa región pensándola

Por medio de una carta, Butch Cassidy comunica su paradero a sus amigos ilegales estadounidenses. Ese manuscrito “permitió certificar su estancia en la región décadas después de su muerte”. Lo relata Francisco N. Juárez en el trabajo titulado “Una carta de Butch Cassidy” (16), en el que escribe “Aunque la carta de Cholila ahora carece de la última carilla con su rúbrica (firmaría Bob, como las demás, pero es su caligrafía) resulta una maravillosa síntesis de la nueva vida del bandido. Elegantemente alude a ‘un tío (que) murió y dejó 30.000 dólares a nuestra pequeña familia de tres miembros. Tomé mis 10.000 y partí para ver un poco más del mundo’. En realidad, se refería al asalto de un banco de Winemuca en Nevada, el 10 de septiembre de 1900. Ahora estaba solo, es cierto, pero por pocos meses, de manera que mentía ese dato. Daba cuenta de su patrimonio ganadero: ‘300 cabezas de vacunos, 1500 ovinos, 28 caballos de silla’, además de dos peones y la alusión al rancho como ‘una buena casa de cuatro habitaciones’, galpones, establo y gallinero. Se quejaba de su soledad, la falta de una cocinera y su ‘estado de amarga soltería’. Luego, agregaba otras quejas. Se hablaba español, ‘pero el país, en cambio, es excelente’. Daba cuenta de la extensa y fértil región, la distancia con Buenos Aires y esperaba fortificar las ventas de ganado a Chile, ‘nuestro gran comprador de carne vacuna’, porque de allá habían abierto un camino cordillerano (se refería al sendero de Cochamó, el que denunció Clemente Onelli como contrario al laudo arbitral que expediría la corona británica ese mismo año)”.

En “El cura y el cowboy” se recuerda a “El Norteamericano”, que vivió en Santa Cruz: a principios del siglo XX: “Por la zona había un malvado y muy conocido bandolero... era ‘El Norteamericano’, el cual hablaba inglés y un poco de castellano bastante mal, por cierto. Este era de esos que donde ponía el ojo ponía la bala y hasta la policía le tenía terror a enfrentársele. Era ‘yankee’ en serio. Era común que cuando eran buscados por la justicia del país del norte y ya no había muchas chances por allá; se subían a algún barco en la zona de California para bajar en Punta Arenas... y seguir ‘ejerciendo’ en la Patagonia. Tal era el caso de este auténtico cowboy” (17).

“Al terminar la guerra, Eichmann se ocultó en un monasterio católico en Italia. Wiesenthal decidió dedicar ‘unos años’ a buscar justicia y se enroló para trabajar con los aliados en la recolección de evidencias de crímenes de guerra. En 1947, cuando Eichmann huyó a América del Sur usando un nombre falso, Wiesenthal creó el Centro Judío de documentación en Lidz, para reunir evidencias para juicios futuros. (...) Ese año la esposa de Eichmann trató de conseguir que se declarara muerto a su marido. (...) Aunque Wiesenthal tomó contacto con la Mossad nuevamente, y también con Nahum Goldman, presidente del Congreso Judío Mundial, no pasó nada hasta 1959, cuando Israel recibió la información de Alemania de que Eichmann estaba en Buenos Aires. Se organizó una operación encubierta. Un equipo de agentes secretos de la Mossad secuestraron al ex nazi y lo llevaron a Israel. (...) fue encontrado culpable de todos los cargos, sentenciado a muerte y colgado justo después de la medianoche el 1 de junio de 1962” (18).

Los gallegos en la Argentina. Buenos Aires, Ediciones Galicia, 1966. Tomo II. Pág. 760. Premio de Historia en el Concurso Extraordinario de 1957, celebrado para conmemorar el cincuentenario de la fundación del Centro Gallego de Buenos Aires. Prólogo de Claudio Sánchez-Albornoz.

Motivos no faltaron. Tristeza sobró a estos hombres y mujeres que, un día, debieron dejar su tierra y embarcarse hacia un país desconocido, en el que se establecieron y del que, quizás, nunca pudieron regresar.

La pradera de los asfódelos, nos dijo en un reportaje: “Ulises es tal vez literariamente el primer emigrante que sueña con el regreso a su entrañable tierra. Lo detienen los cantos de sirena y la magia de Circe”. Al igual que el griego, “el inmigrante europeo también partió y cayó en las mismas redes. El viaje o “nostos” griego, enlaza con la nostalgia, el dolor del regreso” (1).

En las páginas que leímos, encontramos la evocación de la travesía vista, no sólo como material literario, sino también como un momento de la vida propia o de los mayores que se desea reflejar, para dar testimonio y rendir homenaje a tantos seres que buscaron en otra tierra lo que en la suya no encontraban.

Marcelo Bazán Lascano señala que la Ley Avellaneda, de 1876, proporciona la definición de inmigrante. Distingue “entre los inmigrantes ‘sensu stricto’, o sea los que venían con pasaje de segunda o tercera clase por cuenta del gobierno u otras entidades, y los que entre el 25 de mayo de 1810 y el presente han arribado a nuestro territorio a su costa, como polizones o en cualquier otra forma clandestina o ilegal. Podría sostenerse, pues, que los segundos son, prima facie, definibles como inmigrantes ‘lato sensu’, aunque hubieran venido en primera clase y aunque lo hubiesen hecho con bienes de fortuna y hasta con títulos nobiliarios” (1).

Se ha señalado la diferencia entre inmigrantes y refugiados: “El inmigrante toma una decisión y asume el riesgo, aunque tenga que poner en peligro su vida. El exiliado no tiene capacidad u oportunidad para decidir. Otra de las diferencias fundamentales es la experiencia vivida antes de la partida. Muchos llegan heridos, con mutilaciones, han sido testigos de la muerte de personas conocidas y familiares. Sufrieron violaciones sexuales, (...). Luego está el trauma del desarraigo, la pérdida del punto de referencia, la destrucción de todos los bienes”.

Cuando se trata de un refugiado, por más que se esfuerce por sobreponerse, “El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de la vida. (...) En muchas ocasiones, el desplazado debe adaptarse a países con otro idioma, otra cultura, separado de sus seres queridos. No resulta extraño que sean frecuentes los intentos de suicidio, los conflictos conyugales, el retraimiento social, la sensación de peligro constante, la pérdida de creencias, las conductas agresivas... Un caso donde el desarraigo es especialmente doloroso es el de los ancianos, que desarrollan más cuadros depresivos que el resto. La falta de esperanza sirve para adelantar la muerte” (2).

Tomada la decisión, se emprende la travesía. Primero, por las oficinas que otorgan el permiso de embarque. No viajaba el que quería, sino el que conseguía la autorización imprescindible para embarcar. Giorgio Bortot escribe que a aquellos inmigrantes “se les exigió: 1) ser preferentemente europeo; 2) ser de sana y robusta constitución, exenta de enfermedades y malformaciones que alteren su capacidad laborativa presente o futura; 3) asegurar que no venían a practicar la mendicidad, y la mujer adulta, además, a ejercer la prostitución; 4) declarar su religión; 5) viajar en segunda o tercera clase; 6) residir en zonas determinadas; 7) al llegar, tomar otros recaudos para asegurar la

La enfermedad, la senectud, eran muchas veces objeto de discriminaciones que separaban a las madres de sus hijos, a los hermanos entre sí. Syria Poletti lo supo bien y lo narró en su novela

Gente conmigo, que fue distinguida en 1961 con el Premio Internacional de Novela convocado por la Editorial Losada. En esa obra alude a las trabas que se imponían a los disminuidos físicos para salir del país. Recuerda Nora Candiani, la protagonista: “Paso tras paso, con su carga de trabajo y el agobio de apuntalar a una familia dispersa, Bertina consiguió arrancar el permiso de embarque. (...) Mi viaje a América se resolvió así en una suerte de contrabando: yo era como un producto deteriorado que debía pasar inadvertido, entremezclado con los productos destinados a la exportación: los emigrantes aptos. Yo era el polizón que logra trepar al barco. Luego, la piedad me admitiría. De todos modos, lo importante era viajar. La vida impone las leyes y la vida enseña las trampas. Sólo que las trampas arañan” (4).

Un defecto físico impide la salida de una asturiana hacia América: “Cuando tenían todo arreglado para viajar, y ya no había retorno, el cónsul argentino se puso meticuloso con la visa. Despachaba a cientos de asturianos por hora y se daba el lujo de poner objeciones ridículas. Eran tan ridículas que parecían el cebo de alguna coima. El cónsul detectó un dedo mocho en la mano izquierda de Valentina y decretó que esa lesión la hacía inútil para el trabajo, y por lo tanto inviable para emigrar. Sin dinero, sin tiempo y sin chances, Marcial recurrió a su prima, que era cocinera del gobernador, y éste fue magnánimo y ejecutivo. El cónsul reculó y firmó los papeles a regañadientes, y el buque de carga Entre Ríos los llevó a la otra orilla del mundo” (5).

Lo mismo sucedía con quienes deseaban salir de la Argentina. El italiano Gemesio desea establecerse con su familia en la península. Durante la revisación médica, el galeno señala: “ ‘¡Esta criatura tiene fiebre! –y le sacó la gorrita, y cuando vio los granos exclamó: -¡Esta niña no puede viajar!’. Y quedó Elenita, que sólo tenía tres años, en brazos de la abuela Irene, mientras el Principessa Mafalda se alejaba de la costa, los pañuelos se agitaban en el puerto y Christina, a través de las lágrimas veía empequeñecerse las figuras familiares. Por primera vez miró a su marido con rencor” (6).

En 1891 “se abrió el comité del Barón de Hirsch. Fue una salvación para los judíos y empezó el registro de las familias. Aceptaban solamente familias con hijos varones. Los que no los tenían, se daban maña. Hacían inscribir a un soltero como hijo y la cosa marchaba” (7).

Alejo Peyret recuerda que para fundar la Colonia San José, en Entre Ríos, “Se ha aceptado apresuradamente todo cuanto se ha presentado, con la única condición de ser católico. Se han hecho adelantos de ingentes cantidades a familias desprovistas de todo, y que presentan muy pocas garantías de reembolso. Por decirlo, se ha gastado mucho dinero sin necesidad. (...) Suponiendo igual capacidad para el trabajo un colono protestante debe ser preferido al católico” (8).

El angel del Capitán, de Chuny Anzorreguy, son políticos los motivos de discriminación a los que debe enfrentarse Miro Kovacic cuando decide exiliarse. Un amigo le sugiere dirigirse al Instituto Croata de Cirilo y Método, donde se entera de que “Un país sudamericano había puesto a disposición del Instituto diez mil visas para los croatas que la necesitaran. No a los largos trámites. No a las profundas investigaciones. No al interminable papelerío”. A fines del 47, en Trieste, se completa el viaje iniciado mucho antes: “Subimos al tren Nada, Mía y yo. Nos internábamos en la oscuridad absoluta buscando al sol” (9).

Décadas antes había sucedido algo similar a un personaje de Ana María Shua. Por ser desertor, aguardó durante un año, escondido en la casa de la novia, que algún compatriota falleciera, para poder viajar con sus documentos: “Murió Gedalia Rimetka, medianamente joven, de bigotes. Con su documento fue el abuelo al consulado de América, la verdadera, la del Norte, y le dijeron que no. No lo bastante joven murió Gedalia, no lo bastante joven como para pasar por el abuelo. En Polonia siempre hacía frío, siempre había nieve. Cuando se derretía la nieve, había mucho barro. El barro también era frío. El barro de Tomachevo cruzó el abuelo, que quería cruzar el mar. Y llegó al consulado de esta pobre América. Allí, le habían dicho, no se fijan mucho, no entienden nada, les da lo mismo. Allí también es América, aunque no tanto. Lo que vale es salir de Europa, lo que vale es cruzar el mar. Desde una América ya será posible llegar a la otra. Y no se fijaron, o no les importó, o no entendían nada, y el abuelo pudo ponerse en camino para cruzar el mar” (10).

Clarín, expresa Erwin Auspitz: “ (...) en noviembre de 1938, con casi 10 años, vivía en mi ciudad natal, Viena, con mi familia de origen, judía. Mi padre fue detenido y quedó alojado en la Gestapo, de allí lo llevarían a Dachau. El cónsul argentino en Viena, Juan Giraldes, (...) No sólo extendió las anheladas e imprescindibles visas de tránsito para mis padres, mi hermana, mi abuela materna y para mí, sino que –además- lo hizo sin tener en cuenta una carta anónima que entregó a mi madre y que conservo hasta hoy; allí se denuncia la intención de nuestra familia de permanecer ilegalmente en Buenos Aires. Conseguidas las visas, mi madre logró que la Gestapo liberara a mi padre, previo el compromiso de dejar Austria en un plazo perentorio. Llegamos a estas tierras amadas en febrero de 1939, y aquí crecí, viví mi vida y formé mi familia” (12).

elata Tania, una polaca que huye del nazismo: “Con el anillo de brillantes de mi madre compré a uno de los comandantes y escapé. Vagué por cloacas, estuve en una iglesia donde un sacerdote me ayudó. Disfrazada de mendiga, pude llegar a la bahía de Gdansk. Y logré esconderme en el barco carguero en el que llegué”.

Lajos Fehér, húngaro judío, “consiguió un pasaporte falso a nombre de Alejandro Gross con una expresa mención del obispo de la zona que la religión profesada por el portador era la católica”. Logra llegar a Italia, donde “en una desesperada búsqueda de algún medio para salir de Europa, consiguió finalmente una visa para Ecuador y un lugar en el

Augustus que salía a la madrugada siguiente con ese destino. El lugar en ese barco le costó una buena parte de su dinero ya que, aún siendo reconocido como católico, no querían embarcar ciudadanos de países de Europa Central, por poner a la misma compañía marítima en actitud sospechosa” (14).

Otro documento falso permitió indirectamente la llegada al país de Pedro Roth, “el mayor cronista gráfico de la plástica argentina”, nacido en Budapest en 1938. El vivió en Hungría durante la Segunda Guerra Mundial y llegó a Buenos Aires –explica- “gracias a un negocio algo oscuro del doctor Liber, un primo segundo de Rosalía, mi madre, que le compró un pasaporte falso al cónsul argentino en Montecarlo el año de mi nacimiento. Puede que el funcionario fuese algo informal, pero le salvó la vida y nunca dejaremos de recordarlo. Bueno, Liber llegó e instaló una fábrica de jabón en San Martín. Mi madre, mi abuela Eugenia y yo llegamos en 1954 y nos establecimos en Florida” (15).

Jacques Arndt, nacido en Viena, relata: “ingresé en la Argentina a los 21 años, solito, como polizón, sin hablar una sola palabra de castellano y sin un peso. Me tuve que refugiar escapando de Viena luego de la entrada de los nazis en mi país y en una fuga y travesía casi cinematográfica. Escapando de los nazis logré llegar a Marsella y, con la anuencia de un marinero, me escondí en un barco” (16).

Juan Zorrilla de San Martín se exilia en la Argentina: “La actividad literaria emprendida por Zorrilla de San Martín y los ideales que lo animaban le habían ya impulsado a fundar, en 1878, el diario ‘El Bien Público’ (...) Las duras campañas periodísticas contra los gobiernos que no respondían a sus ideales religiosos y democráticos le atrajeron dolorosas persecuciones. En 1885, luego de sufrir el empastelamiento e incendio de su diario, amenazado hasta en el sagrado del hogar, se vio obligado a asilarse en la Legación del Brasil. Negadas las garantías que pidió la Legación para que Zorrilla de San Martín pudiera embarcarse con destino a Buenos Aires, el Ministro del Imperio lo condujo personalmente hasta una nave de guerra brasileña que lo llevó hasta aguas argentinas, en las cuales, con el fin de eludir el reclamo interpuesto por el gobierno ante la cancillería del Brasil para que el viajero fuera llevado nuevamente a Montevideo, el expatriado se trasladó en una ballenera que lo transportó a Buenos Aires. Pocos días después de este dramático episodio su esposa y sus pequeños hijos se le reunieron en el destierro” (17).

Roberto Ale se refiere a las condiciones de ingreso de los inmigrantes árabes: “Para entrar a la Argentina de esos tiempos no hacía falta pasaporte y era común que una familia traiga a otra y así practicamente aldeas enteras se trasladaron a nuestro país, esparciéndose de norte a sur y de este a oeste de estas ricas llanuras pampeanas. Tenían ventajas y privilegios sobre el mismo nativo, no tenían cargas militares, ni cívicas. Ante cualquier problema que pudiera surgir, tenían un Cónsul de su propio país que los protegía” (18).

Juan Carlos Coria señala, acerca de la inmigración africana: “las entrevistas mantenidas con africanos de distintos orígenes, permiten comprobar que, salvo casos muy excepcionales, ingresaron a la Argentina sin ningún inconveniente ni traba, salvo los ingresados como polizontes en buques de banderas europeas, que por regirse con las leyes de los respectivos países tenían la obligación de devolverlos al lugar de donde habían subido a los barcos. Por ser la Argentina de fronteras abiertas y por ello, un país de recepción casi indiscriminado, esos inmigrantes, lograron ubicarse, muchas veces precariamente, pero subsistieron, trabajando muy duro, obteniendo documentación, no siendo escasos los casos de negros africanos que se nacionalizaron. Superando la etapa de la población negra esclava y su descendencia, los nuevos negros africanos, que se fueron radicando, pueden datarse desde principios del siglo XX con continuos ingresos anuales hasta la década de 1930, en que disminuyen hasta casi desaparecer. Esa inmigración se reanuda con posterioridad a la terminación de la Segunda Guerra” (19).

Una vez logrado el permiso de embarque, el inmigrante debe dirigirse al puerto**, soportar varios días en el mar y, finalmente, arribar a Buenos Aires, donde algunos se establecerán, y desde donde otros seguirán viaje hacia el interior, a las colonias en las que quizás encuentren a algún ser querido. De este largo periplo dan cuenta muchas de las páginas que leímos.

Montero Bustamante, Raúl: “Juan Zorrilla de San Martín”, en Zorrilla de San Martín, Juan: Tabaré. Estudio preliminar y notas por Iber H. Verdugo. Buenos Aires, Editorial Kapelusz, 1965. 233 pp. (Biblioteca Grandes Obras de la Literatura Universal)

“Dejar la tierra propia, la de la pertenencia, puede ser una decisión personal o también una elección forzada, a veces violenta. Aunque existe el derecho de fuga, de descubrimiento, de encuentro, como dice el filósofo italiano Sandro Mezzadra, los migrantes suelen verse obligados a emprender un camino de ida en busca de un destino que no siempre es mejor que el abandonado” (1).

En El Cardedal, un pueblo de España, un anciano relata a Telma Luzzani la partida del abuelo de la periodista: “Un día de 1912, cincuenta y siete hombres se fueron para América. Yo tenía cinco años y todo el pueblo los siguió hasta la ladera entre lágrimas y buenos deseos. Entre ellos estaban mi padre y tu abuelo. Ese día comenzó la agonía del pueblo” (2).

Otro periodista, esta vez en la calle principal de Ottobiano, imagina a su abuelo: “un chico de doce años yéndose para siempre con su madre –escribe Miguel Frías. No sé lo que piensa en esa mañana de 1913 y ya no se lo puedo preguntar; tal vez, en el reencuentro con su padre, trabajador en las cosechas argentinas; tal vez, en la leña y las moras que debió robar para sobrevivir al invierno; tal vez, en la cocina del barco donde trabajará para cruzar el Atlántico” (3).

Addio patre e matre,,/ addio sorelli e fratelli’ Palabras que algún inmigrante-poeta habrá dicho al lado del viejo, en aquel momento en que el barco se alejaba de las costas del Regio o de Paola, y en que aquellos hombres y mujeres, con la vista puesta sobre las montañas de lo que en un tiempo fue la Magna Grecia, miraban más que con los ojos del cuerpo (débiles, precarios y finalmente incapaces) con los ojos de su alma, esos ojos que siguen viendo aquellas montañas y aquellos castaños a través de los mares y los años: fijos e insensatos, indominables por la miseria y las vicisitudes, por la distancia y la vejez” (4).

Oscuramente fuerte es la vida, recuerda, muchos años después, el día en que debió dejar su tierra, para reunirse con su marido: “Hasta último momento, yo seguía formulándome preguntas que no encontraban respuesta. Teníamos lo que habíamos querido siempre: la casa, el terreno, la posibilidad de trabajar. Habíamos defendido esas cosas, las habíamos mantenido durante esos años difíciles. Ahora, cuando aparentemente todo tendía a normalizarse, ¿por qué debíamos dejarlas? Me costaba imaginar un futuro que no estuviese ligado a esas paredes, esos árboles, esas montañas y esos ríos. Había algo en mí que se resistía, que no entendía. Sentía como si una voluntad ajena me hubiese tomado por sorpresa y me estuviese arrastrando a una aventura para la cual no estaba preparada. (...) Llevaba en la mano una bolsita de tela y la llené de tierra. Me acordé de mi abuelo abonando esa tierra, de mi padre punteando, sembrando hortalizas. (...) Entré en la casa, abrí una valija y guardé la bolsita con la tierra. Recorrí las habitaciones como había recorrido el terreno. Con el brazo extendido rocé las paredes, las puertas, las ventanas. Me senté en un rincón y me quedé ahí, sin moverme, hasta que fue la hora de despertar a Elsa y Guido” (5).

También alude a ese momento la calabresa Adelina C. Cela, en el poema “Madre Patria”, imaginando el sentimiento de su tierra: “Tú clamabas por mí/ como una madre divina,/ con lágrimas derramadas/ en nostálgica partida” (6).

tientan suerte en otra tierra: “Allá murió la infancia: / una caricia, una canción, / una plaza, una fragancia. / Los brazos viajaron, el corazón quedó./ Pero una estrella nos llama del sur./ Y un barco de esperanzas cruza el mar./ América, la tierra del sueño azul. / Es un vaso de vino, es un trozo de pan” (7).

Corazón recoge, sin embargo, sus mejores frutos en la crónica. En este fresco están todos los que vinieron a América, en su mayoría obreros y campesinos, cada uno con su sueño particular. Y el sueño –y el destrozo del sueño- empieza en el Galileo, como si el barco navegara en un mar de tierra y sus pasajeros, en los múltiples tipos y pasiones, representaran a la humanidad entera” (8).

María Rosa Lojo evoca la partida de su padre: “Antonio Lojo Ventoso, mi padre, era uno de esos exiliados. Para él ya había pasado lo peor: el riesgo de fusilamiento, la cárcel, la ‘redención de penas por el trabajo’. Sin embargo se despidió de los castañares centenarios y los caminos de piedra. Cedió a un hermano sus derechos sobre las fincas que le tocaban –magras por cierto, como miembro de una familia numerosa- hizo las valijas y cruzó el océano. Dejaba irremediablemente truncos los estudios que había iniciado cuando el mundo era otro, el sueño de convertirse en oficial de la Marina de la República. Dejaba negocios equivocados y proyectos irrealizables. Dejaba también (aunque de eso me enteré después de su muerte: era un hombre pudoroso) una cierta reputación juvenil de ‘mala cabeza’, y de

play-boy coruñés, que fascinaba a las muchachitas y escandalizaba a sus madres. Dejaba una España que para sus ojos había retrocedido siglos en el tiempo, donde no cabía la dimensión de su deseo. El futuro estaba afuera. Había resuelto que en las nuevas tierras haría otra cosa, y sería, casi, otra persona” (10).

De Galicia a Buenos Aires: “Dejaba yo en España algo que inconscientemente llevaba conmigo a bordo. Aquel caballo brioso no podía despegarlo en sueños de mi cerebro. También quedaba en Galicia un perro que se llamaba Sereno, que yo había criado de cachorro y con tanta pasión que me acompañaba en mis salidas de caza. No era un pointer de pura raza, pero sí un incansable rastreador y si ni él ni yo éramos excelentes cazadores, vaya si me había dado satisfacción por los montes de la campiña gallega. Aquellos fieles amigos yo los cuidaba como si fueran mis hijos. El negocio para mi casa hubiera sido que nos fuéramos los tres juntos. ¿quién los iba a cuidar ahora? Y en la incómoda posición de la litera, soñaba más que dormía, siempre en puro sobresalto, creyendo que a mis amigos les estaba pasando algo malo” (11).

María, la gallega que deja su tierra en Como si no hubiera que cruzar el mar, novela juvenil de Cecilia Pisos, pregunta en una carta por su mascota. “¿Cómo están todos allí? ¿Madre? ¿Padre?

Un mural pintado por Carlos Salatino y Beatriz Sevilla, en un restaurante de Buenos Aires, evoca el barco que trajo a emigrantes asturianos. A esa obra se refiere el realizador: “El mural que usted vio en FAME tiene una relación indirecta con el tema de la inmigración. Los fundadores de esa empresa son inmigrantes españoles y el nombre que eligieron para denominar su primer establecimiento gastronómico en gallego significa ‘hambre’, un hambre que España, caída en una profunda decadencia, carente de recursos, atrasada industrialmente, debilitada por guerras internas y perdidas sus últimas colonias, conoció en una escala aún mayor que la que aqueja a nuestro país hoy. Los fundadores de FAME llegaron con la oleada de inmigrantes españoles que buscaron aquí lo que sus países les negaban. Cuando nos tocó realizar el mural, tuvimos en cuenta estos factores pero no fuimos en absoluto literales. El puerto pudo ser cualquier puerto, obviamente también el de Buenos Aires, el barco se llama Virgen de Covadonga porque los fundadores de FAME son, como buenos asturianos, devotos de esa Virgen. Tal vez ellos al mirar el mural hayan recordado el barco que los trajo a esta tierra, aunque se llamara de otro modo y, ciertamente, si ellos no hubieran llegado, como tantos otros, a este país, FAME -que hoy ya es una cadena de cuatro grandes establecimientos- no existiría, y el mural tampoco” (13).

Pierre Cottereau, que no era inmigrante pero nunca volviò a Francia, escribe acerca de su valija: “Sobre la proa del barco/ la abracè con fuerza/ sin embargo no sabìa/ de nuestro ùltimo destino” (14).

Nora Ayala recrea el momento en que su abuela deja Alemania, en 1891: “El puerto de Bremen se iba empequeñeciendo en la lejanìa mientras Christina, con los ojos llenos de làgrimas, abrazaba fuertemente contra su pecho la estatuita del Bremer-Staedt-Musikanten que su padre le habìa regalado al despedirse. Ya no se veìan las figuras de herr Peter con Lina, Ana y Johan, agitando los pañuelos” (15).

De Rusia parte Jacobo Fijman, a los cuatro años de edad, en 1898. Muchos tiempo después, escribiría: “¡Ah! Yo soy uno de esos caminantes/ Que aún no han encontrado su camino;/ Pero he gustado un luminoso vino/ en huertos generosos y fragantes” (16).

El árbol de la gitana, de Alicia Dujovne Ortiz, los Dujovne “Se vistieron de negro riguroso, él con un hongo redondito en la cabeza, ella con un pañuelo y, de inmediato, se encontraron extraños. Parecían vestidos con ropa ajena. La crispación del hombro o la cadera hacía chingar la falda o la chaqueta. Se las habían puesto miles de veces, pero lo que ahora las hacía diferentes era la actitud de los cuerpos con el adiós adentro: nadie se para del mismo modo cuando parte para siempre. Al marcharse perdían su familia y su país pero también su nombre. Nadie más los llamaría Dujovne con el matiz exacto de la e, esa e tan ambigua, de origen tártaro, que se desliza entre la e y la y, mientras la lengua, casi pegada al paladar, deja pasar el aire. Lo sabían tan bien, que ya apartaban de sus rostros, como espantándose una mosca, la tentativa de explicar cómo se pronunciaba el apellido, admitiendo de entrada que Dujovnie se volviera Dujovne, con una e castellana sosa y desabrida como matse sin té” (17).

Un judío se despide de su mujer y su hija, en el cuento “Papá”, de Susana Goldemberg: “Miró a mamá. Se abrazaron fuerte, fuerte. A mí me pareció que mamá era más pequeña y más débil de lo que yo creía. Enseguida papá me alzó en sus brazos. Con torpes manos recorrió mi cara: los rulos sobre la frente, las cejas, el dibujo de mi nariz, la línea de los labios. Y pellizcó mi mentón, como siempre lo hacía cuando me daba el beso de las buenas noches. Cuando por fin me dejó en el suelo, tenía mojado mi pelo con sus lágrimas. Tomó su atadito y se lo echó a la espalda. Rodeó con el otro brazo los hombros de mamá y salieron al camino. Yo los seguí” (18).

En Tel-Aviv, el 8 de octubre de 1940, una inmigrante inicia la escritura del diario que recogerá sus impresiones durante la travesía en el “Arabia-Maru”, que arribó a Buenos Aires en diciembre de ese mismo año. Ella escribe: “A Iojanan y a mí por supuesto, nos dolía el estómago, como antes de cada situación conflictiva. Nos despedimos de la abuela y el abuelo. El taxi estaba afuera preparado, arreglamos las maletas y nos sentamos” (19).

A los ciento seis años, en Rosario, Agop Eujanián evoca “la madrugada en que a cambio de monedas de oro el enemigo les franqueó la salida. Atrás quedaba el solar paterno con sus curtiembre, ovejas y árboles. En ese grupo huían tres jóvenes, Agop y su hermano Toros, de 18 y 20 años, y el primo de ambos, Serbando, de 17. Los tres eran de Tarsus, un sitio bíblico que alude a San Pablo, situado al pie del monte Ararat, donde según el Antiguo Testamento se posó el Arca de Noé. Toda una herencia de fe y de epifanías que dejaron atrás para poder vivir. Dos años después y cuando habían juntado algunos recursos comenzaron el viaje del exilio en barcos colmados de seres doloridos que buscaban puertos, sin más certeza que eludir la muerte” (20).

A los inmigrantes “de alguna manera, los acompañaba la esperanza, aún teñida del dolor de dejar atrás pasado, historia, familia, amigos, afectos y recuerdos -escribe Silvia Fesquet. El dolor no era poco pero el equipaje*** que cargaban –liviano, muy liviano- estaba amarrado con sueños, ilusiones y mucha esperanza: la de encontrar amparo o un destino mejor, la de volver y devolverse a esa tierra que, por razones distintas, ahora los expulsaba” (21).

En su “Homenaje al inmigrante”, canta Betina Villaverde: “Sí, y fueron valientes, mares de por medio/ sus raices quedaron/ mas, no vacilaron, fijo en sus mentes un/ mapa brillaba, Argentina./ Abriéndose en abanico, ancha y hermosa/ Argentina los cobijó/ idiomas extraños, se entremezclaban, un fin/ lo mismo pedian, trabajo./ Santa palabra, paz, trabajo, hogar,/ sus norte marcaban/ su equipaje, la fe, la voluntad como arma/ la fortuna, sus manos” (22).

Memorias, Lucio V. Mansilla describe las condiciones en las que los inmigrantes realizaban el viaje hacia América: “El italiano no había comenzado aún su éxodo de inmigrante. De España, en general del Ferrol, de La Coruña, de Vigo sobre todo, sí llegaban muchos barcos de vela, rebosando de trabajadores, aprensados como sardinas (...) En cierto sentido eran como cargamento de esclavos” (2).

Los armenios en Buenos Aires, Nélida Boulgourdjián-Toufeksian expresa: “Las condiciones en que viajaban los inmigrantes no se correspondían con las descripciones de los folletos de propaganda distribuidos por el gobierno argentino. En 1907 se tomaron medidas para mejorar la travesía, disponiendo que cada pasajero tenía derecho a una superficie mínima de 1.30 metros cuadrados, a una cama de 1,80 metros de largo, a utilizar cocinas y baños a bordo así como al control médico” (3).

Cuenta un inmigrante asturiano que “Las camas consistían en unos cajones parecidos a la mitad de un ataúd que sirve de último reposo hombre y muchas veces al verme acostado venía a mi memoria el más triste de los recuerdos humanos ¡la muerte! El colchón no era otra cosa que un saco lleno de yerba seca, y por almohada teníamos unos pedazos de corcho unidos entre sí por unas cintas y cubiertos de lona, a los cuales llamaban salvavidas, además a cada persona le dieron una manta o cobertor para cubrirse” (4).

Para Valentìn Bianchi “transcurrieron muchas noches de insomnio, acostado en la estrecha cucheta del camarote, mientras pensaba en su nuevo destino y en cual serìa la suerte que le depararìa. Las incomodidades del barco carguero en el que viajaba tambièn le producìan desazòn. Tenìa que sobreponerse a las penurias del viaje y a sus interminables noches, cuando, con frecuencia, solìa sentir a las ratas correteando por sobre su cama” (5).

No faltaban pasajeros como el italiano Deyacobbi:, nacido en 1886, quien, a los dieciséis años, “se embarcó como polizón siendo descubierto a los pocos días quedando a cargo del panadero del barco que le enseñó su oficio y le dio al llegar a Buenos Aires una recomendación para la empresa Molinos Río de la Plata” (6).

Diario de ilusiones y naufragios, novela de María Angélica Scotti que mereció el premio Emecé 1995/6. “En verdad, es más lo que me contaron que lo que vi con mis propios ojos –continúa. No sólo porque era muy pequeña sino también porque hice la travesía encerrada en un camarote muy especial: viajé oculta bajo las faldas de mamita”, porque “apenas zarpamos de Barcelona, mamita notó que yo tenía el cuerpo y las mejillas repletos de manchuelas coloradas. Ella ya había oído decir que a los enfermos los obligaban a bajar en el primer puerto, y por eso resolvió esconderme” (7).

Remey Nuez Fontanals llegó desde Barcelona a la Argentina en 1947, a los veinte años. Recuerda el terrible viaje que debió soportar: “Viajamos en la bodega del barco Cabo de Nueva Esperanza. Los hombres por un lado y las mujeres por otro, en un lugar como un pozo, en el que para respirar, había sólo un tubo de lona que subía a la cubierta. Veintitrés días así... durmiendo en literas, en catres, como los judíos en los campos de concentración...” (8).

En la bodega pasa su luna de miel el turco Víctor: “Fue un mes de viaje. Una inolvidable luna de miel junto con... su suegra. Sí, Luna dormía con su suegra en un camarote y Víctor en la bodega, con los demás hombres” (9).

Francisco Lores Mascato, Presdente de la Federación de Asociaciones Gallegas, y su esposa, “En 1952 hicieron 10.000 kilómetros juntos, desde Ogrove a Buenos Aires, pero no cruzaron palabra. Quizás fue el mareo o la diferencia de edad: cuando se bajaron del vapor Entre Ríos, en el puerto de Buenos Aires, él tenía 19 y ella 8. Siete años después, un par de gaitas en San Telmo cambiaron las cosas.

bonita, le dijo Paco, y María del Carmen aceptó bailar un pasodoble en la Federación de Entidades Gallegas. Cuatro décadas después, Lorena, la hija de ambos, canta antiguas canciones celtas en el mismo salón” (10).

Cuando mira una foto, Elsa Carballeda imagina el viaje de su abuela “con sus tres primeros hijos en la bodega del barco (tres meses viajando en condiciones precarias y los sueños intactos)” (11).

A los trece emigra, desde los Bajos Pirineos, Bernardo Lalanne;. él relata en sus memorias: “En el año 1873 me vine a este hermoso país, la Argentina, con otros parientes del mismo pueblo, viajando bajo el cuidado de ellos hasta Buenos Aires” (13).

A pesar de la tristeza, “La música y las danzas abundaban en el barco –escribe Scotti. Algunos tocaban el acordeón, otros la flauta, y por encima de la baraúnda, el violín diáfano de Padrazo” (14).

En el océano, “cuando vino con otros/ encerrado en la panza de un buque”, aprendió el italiano del tango “La Violeta”, de Nicolás Olivari, la “canzoneta de pago lejano” que cantaba en la taberna (17).

Hacer juntos semejante travesía crea lazos. Lo afirma Sergio Pujol: “Uno baila con los de su clase social, sus paisanos, los de su provincia, los de su misma edad, con los inmigrantes que llegaron con uno en el barco” (18).

Johann Bodemann, quien emigró de Valais en 1857, recuerda: “Todo cambiaba cuando mejoraba el tiempo: se bailaba, se cantaba, se jugaba. El tiempo pasaba pronto. Con nosotros viajaban jóvenes alegres, quienes cantaban muy bien, más que todo al anochecer, cuando la luna hermosa alumbraba el mar tranquilo, y la brisa agradable soplaba del océano. Hemos visto una gran variedad de animales marinos. A veces bailábamos farándulas dando vueltas por todo el barco. Hemos pasado así muchas noches sobre el puente, hasta las doce o la una de la mañana, tan era eso hermoso” (19).

También se escuchaban narraciones. Ana Padovani dice: “mi abuelo me contaba que cuando vino en barco a la Argentina, los pasajeros de la primera clase bajaban a la bodega para oír los relatos de los inmigrantes de tercera clase” (20).

Muchos traían el manual que les ayudaría a manejarse en América: “los gobiernos preparaban manuales escritos por ‘doctores en viajes’ y no necesariamente basados en experiencias. Eran redactados para orientar a los futuros colonos y contenían precisas instrucciones acerca de lo que sería el viaje, la llegada y la posterior vida en un país extraño. Cómo sacar un boleto, cómo conseguir empleo, cómo cuidarse de los estafadores. Aconsejaban no quedarse en Buenos Aires, ya que más lejos de los centros urbanos, tendrían mayores probabilidades de hacer fortuna. Y otras curiosidades, como por ejemplo, consejos acerca de los hábitos de nuestro país y de otros, como Italia” (22).

Los que podían, traían ahorros. Cuando Lajos Fehér salió de su Hungría natal, “llevaba consigo todos los ahorros que había juntado en los últimos años, a los que había ocultado en dos partes diferentes: una mitad eran billetes cosidos dentro del forro de un inmenso sobretodo con el que acostumbraba enfrentar los rigurosísimos fríos de la Pusta Húngara, billetes de divisa internacional que habían sido acopiados lenta y cuidadosamente a través de los escasos medios para conseguirlos con que se contaba en la Europa en guerra de esos momentos. La otra mitad, eran monedas de oro que había colocado en el lugar del motorcito ausente de un gramófono portátil que formaba parte de su equipaje, motor que estaba a mano dentro de una de sus valijas, para cuando fuese necesario demostrar que el aparato musical era bueno y en funcionamiento” (23). En América, el hombre se enterará de que los billetes eran falsos. Lo habían engañado.

Rocco Capezzone viajó con una máquina de escribir: “Soy un escribidor de cartas a la gente desde hace muchos años. Lo hago a la antigua, con una vieja Remington que traje de mi lejana tierra tirolesa natal, a la que... le falta la eñe” (24).

Arturo Lezcano me escribe que la madre de José María Martín trajo desde Galicia un cuadro titulado “La abuela y el niño”, de Fernando Alvarez de Sotomayor. Pensaba procurarse con su venta algún dinero para establecerse en América.

tax, palabra que nunca pudo comprender, aunque le sonaba a crujido o a vidrios rotos, y resultaba amenazante en boca de un empleado de Aduana. Aquella palangana era como un tesoro familiar, al que su padre enaltecía cada vez que se bañaban”. Otro había traido un

hammám tazé, el tazón de bronce, para el baño, parecido a un plato encasquetado. En ese recipiente cargaban el agua tibia que, partiendo desde la cabeza, servía para arrastrar todo lo que dejaba de pertenecer al cuerpo. (...) El

Otros traìan secuelas de la tortura. Un inmigrante relata a su hijo: “Tù sabes que los turcos nos hicieron sufrir muchas humillaciones. Entre ellas, la de clavar herraduras en los pies de algunos armenios, como si fueran animales. Durante el viaje a la Argentina, en el barco, conocì a uno de ellos. Caminaba rengueando y usaba zapatos con plataforma”.

Y la culpa. Recuerda un armenio: en el barco “a los pocos días comencé a sentirme mal. No eran solamente los mareos. Sentía sobre mí una carga aplastante que iba creciendo. Mis compañeros creían que se debía a la alimentación y hasta me daban parte de sus escasas raciones. Yo no tenía apetito. Es sorprendente comprobar cómo las desventuras nos quitan hasta las ganas de comer y qué corta es la distancia entre el bienestar y las miserias. Yo escapaba mientras los míos quizás estaban muertos o muriendo, en el momento que más se necesita la compañía de los seres queridos. Pues, allí no estaba yo. Los muertos eran mejores que yo. Me di muchas respuestas que no sirvieron para aliviarme. Nacía en mí un sentimiento de culpa, pero la peor de todas, la más difícil de soportar: la culpa de sobrevivir a una tragedia familiar. Los otros polizones también escapaban, pero ninguno con mis cargas” (25).

Ema Wolf afirma que no sólo venían personas en los barcos. Venían también extraños personajes como el Mamucca, un duende que llegó desde Sicilia: “Con toda seguridad llegó acá en un barco. Lo habrá traído algún inmigrante en su bolsillo, en la bocamanga de los pantalones o en el pliegue del sombrero. Lo habrá traído sin querer, sin darse cuenta. Porque uno puede mudarse de continente llevando hasta un ropero, pero a nadie se le ocurriría cargar a propósito con algo tan fastidioso como el Mamucca” (27).

Al pasar la línea del Ecuador –relata Johann Bodemann-, los pasajeros debían someterse a una costumbre marinera: “El trece de junio habíamos pasado el ecuador, y estábamos del otro lado del hemisferio. Los marineros hicieron un gran fuego para festejarlo. Al día siguiente nos hicieron saber que todos debíamos someternos al bautismo de la línea, como era la costumbre sobre todos los barcos que cruzaban la línea del ecuador. Las personas adultas tenían que sentarse sobre una silla, mientras los marineros llegaban disfrazados: uno como cura con un gran libro en las manos, otro como peluquero con una navaja de madera, seguido por tres o cuatro hombres con grandes baldes de agua, y un último con una sábana mojada que arrollaba de esta manera: el peluquero pintaba de negro el cuerpo del bautizado y lo rascaba con un cuchillo de madera. De pronto surgían detrás de él, los hombres con baldes de agua que vaciaban sobre la cabeza del bautizado. Después el cura inscribía el nombre y el apellido en el gran libro. Una vez esto cumplido, el capitán llegaba y le hacía beber aguardiente. Fue así con cada uno de los hombres, fueran presidentes de la comuna o simples ciudadanos. Después le tocó el turno a los marineros, y para terminar, al capitán. Muchos rehusaron este juego, pero fueron más maltratados que los voluntarios. En cuanto a las personas del sexo femenino se les pedía solamente descalzarse y mojarse los pies en un balde de agua fría. A los chicos no se les hizo nada. Después los marineros nos pidieron la propina, se vistieron con trajes de fiesta y se divirtieron” (29).

“Alguien le hizo una broma al napolitano –escribe Dal Masetto-: le robó un zapato. El napolitano está parado en cubierta con un pie descalzo. Anda así desde hace varios días porque no tiene otro par. Habla en voz alta, acusa, está dolorido y furioso. Los demás lo miran desde lejos, divertidos y expectantes. Por fin el napolitano se quita el zapato que le queda, lo levanta sobre su cabeza, lo muestra y después lo arroja al mar. En ese momento, venido desde alguna parte, el otro zapato cruza el aire y cae a sus pies. El napolitano lo levanta y lo tira también por encima de la borda. ‘Ahora’, grita, ‘tendré que desembarcar descalzo’ “ (30).

Los aspectos desagradables de la travesía son evocados en muchos testimonios. “Había en ese barco a la vez, mucho hacinamiento y revoltijo –narra María Angélica Scotti. Yo no me acuerdo nada de eso, pero mamita contaba que era imposible encontrar un lugar limpio para sentarse porque el piso estaba lleno de mondaduras de frutas y restos de galletas o de comidas. Contaba que muchos se mareaban por el mal de mar, y que en los dormitorios flotaban olores nauseabundos, por los vómitos y porque las criaturas orinaban en cualquier rincón” (31).

El árbol de la gitana-, los judíos rezaban hamacándose hacia delante y hacia atrás. El movimiento del mar les cuadruplicaba el balanceo. Una hierática madre portuguesa derramaba sus senos sobre dos criaturas ya mayores, que mamaban sin pausa. De a ratos, los tres interrumpían la tarea para vomitar sobre un talit que alguna vez fue blanco, abandonado por su dueño que, por lo menos, vomitaba de boca al mar” (32).

Los olores no llegaban a la distinguida primera clase: “En el barco –relata Henestrosa-, los brillos y perfumes de los ricos estaban confinados en un salón, bien protegidos de los vahos de la chusma que se apiñaba en la bodega” (33).

“Dicen que el aire de mar a unos les provoca náuseas y a otros unas peculiares ansias –continúa Scotti. Padrazo contaba que a él el viaje se le hizo harto breve, que no sentía las molestias ni los calores de cuando alcanzaron el Ecuador y los trópicos,” (34).

En plena travesía, una mujer dio a luz. Lo relata Johann Bodemann: “Les tengo que indicar que durante el mareo, la mujer de Heimen, de Niederwal, tuvo familia, una hermosa niña. No pudimos ayudarla porque todos estábamos enfermos, nadie podía tenerse parado, y menos, caminar. Fueron los marineros quienes tuvieron que hacer de partera. El doctor mismo estaba enfermo. Menos mal que todo pasó pronto. En todo caso, a ese doctor le importaba un comino los pasajeros. Sin nuestro buen capitán el servicio hubiera sido muy miserable”. Fue el capitán quién solucionó a Bodemann y los suyos el problema de la alimentación en el barco (35).

También el diario de un asturiano que emigra ilegalmente a la Argentina nos habla de la alimentación a bordo (36). Mal la pasó una asturiana de quince años, a quien “unas manzanas deliciosas de Río Negro (...) la mantuvieron viva, aunque perdió cerca de diez kilos en dos semanas” (37).

Viajando en esas condiciones, era fácil que se propagaran las enfermedades. Acerca de la salud de los ucranios en el mar, relata María Arcuschín: “Los niños, más pequeños, con la inestabilidad propia de su edad y desconociendo los peligros, corrían de popa a proa, perseguidos por sus hermanos mayores. Todo lo querían curiosear. Hasta que, atacados algunos por estados febriles, quedaban atrapados en sus cuchetas, sin darle descanso a los mayores, con sus llantos y quejidos. Todo se soportó estoicamente” (38).

Cuenta Isaías Leo Kremer que una mujer murió durante la travesía: “Dicen que su madre había fallecido en el barco que la traía desde Rusia y que quince familias judías se juramentaron para cuidar al niño hasta su mayoría de edad, pues no poseía parientes cercanos conocidos en la Argentina” (39).

Gente conmigo lo sucedido a una pareja italiana: “El llegó primero; trabajó duro y construyó la casa. Entonces se casaron por poder y ella tomó el barco. Un barco hacia América, hacia él, hacia el nuevo hogar. Durante la travesía la contagió el tracoma y no pudo desembarcar. Las prescripciones sanitarias no lo permitieron. Y él tampoco pudo subir a la nave. Debió conformarse con agitar el pañuelo desde el muelle cuando el buque zarpó de regreso a Italia”. La narradora sabe bien por qué sucedió eso a la infortunada pareja de emigrantes: “Ella había contraído el tracoma por viajar junto a algún enfermo clandestino. Un enfermo a quien alguien –un médico o un traductor- habría posibilitado el embarco eludiendo o alterando un diagnóstico” (40).

Frontera sur, muere de fiebre amarilla en el barco. Su cuerpo fue cremado en el horno del lazareto de la Isla Martín García. La novia que lo esperaba “pone el brazo izquierdo sobre la mesa, la mano abierta, la palma arriba, y con la derecha se da un hachazo...” . Esa fue la espantosa forma en que se suicidó. (41).

A las enfermedades a bordo se refiere asimismo Claudio Savoia, quien afirma que la “fiebre inmigratoria” de 1907 fue bautizada así por los historiadores porque casi todos los pasajeros de los barcos llegaron a la Argentina con fiebre (42).

Guido de Andrés Rivera, a quién se le aplicó la Ley de Residencia 4144. Dice el hombre: “Estoy aquí, en un camarote o calabozo, de dos por dos y medio, tirado en una roñosa cucheta, vestido, el cigarrillo en la mano, roja la brasa del cigarrillo, y sobre mí, encendida, una lámpara que

ellos rodearon con tiras de metal. Idiotas, creen que trasladan a suicidas. (...) soy un tipo que se llama Guido Fioravanti y que los patrones de este desgraciado país, envían, como un saludo, a la bestia de la Romagna” (43).

Ierushalám, tierra prometida de leche y miel...” (44). En “Chacarita, Vísperas de Pésaj”, del mismo autor, un hombre recuerda con pesar esos “cuarenta días en el vapor” que “no fueron menos que cuarenta años en el desierto” (45).

la alemana Renate Schotellius, cuyo buque no llegó a tiempo, lo que alarmó a la adolescente: “Yo viajaría treinta y ocho días en barco y llegaría un día determinado, que mi tío sabía cuál era. El problema fue que el barco se atrasó tres días y, al llegar, era Carnaval. Me sentí muy asustada, porque pensaba que mi tío me dejaría allí y tendría que ir a los hoteles para inmigrantes. Finalmente llegó sin ningún problema, le habían avisado” (46).

Gyula Kósice dijo en una entrevista: “ ‘He viajado 28 días en barco, y lo único que veía eran las estrellas y el mar. Evidentemente, quedé influenciado por esa travesía’. Habla de su llegada a la Argentina, a los 4 años, proveniente de Kosice, un pueblo de Hungría” (47).

A Stéfano, protagonista que da el nombre a la novela de María Teresa Andruetto, le toca en suerte un viaje accidentado: “En medio de la noche los ha despertado la tormenta, el ruido del agua contra la banda de estribor. El llanto de un niño viene del camarote vecino o de otro que está más allá. Aquí donde ellos esperan, nadie grita, sólo el hombre de jaspeado dice que el mar esta noche no quiere calmarse y es todo lo que dice; habla con serenidad, pero Stéfano sabe que está asustado. Al llanto del niño se han sumado otros, pero nadie ha de tener más miedo que él, que quisiera que a este barco llegara su madre y lo apretara entre los brazos y le dijera, como cuando era pequeño y todavía no soñaba con América, duerme, ya pasarᔠ(48).

Los descendientes de una inmigrante cuentan la forma en que ella y sus hijos salvaron la vida: “Ana Dubroff vino vía Génova, con León (hijo) y Berta. Una señora que viajaba en el mismo barco se enfermo gravemente. Ana era o se hizo muy amiga y cuando el capitán del barco decidió que la enferma debía bajar en Génova por la gravedad de su estado, Ana decidió a su vez bajar con su familia y quedarse a cuidarla. El barco siguió su viaje y naufrago, sin llegar jamas a Argentina. Eso explica por que la familia Dubroff era de las pocas que arribo a Argentina sin samovar: la mayor parte de sus cosas se hundieron con el barco” (49).

Nada tenían que ver con el clima las desventuras de los intelectuales españoles que llegaron a bordo del Massilia, el 5 de noviembre de 1939. Esta noticia apareció al día siguiente en el diario

Noticias Gráficas: “Las medidas adoptadas contra el grupo de intelectuales y artistas españoles son de un rigorismo que sólo tratándose de peligrosos confinados se hubieran aceptado.... Un marinero nos informó que los españoles refugiados tenían orden de que nadie se aproximara a ellos y menos que se asomaran por los ojos de buey. Es lamentable lo que ha ocurrido. No sabemos ni nos interesa saber quién ha dado la orden terminante de que ese grupo de gente que representa de modos distintos a la cultura y el cerebro de España permanezca en la sombría situación de los delincuentes incomunicados” (50).

El escritor Rodolfo Alonso afirma, refiriéndose a los exiliados gallegos, que “si Buenos Aires –y con ella la Argentina- hacía ya mucho tiempo que estaba recibiendo a cientos de miles de inmigrantes (obligados a abandonar una Galicia feudal y sin futuro, que no podía mantenerlos ni educarlos), a partir de la injusta derrota republicana en 1939 vería llegar otra clase de viajeros: los exiliados. Eran poetas, artistas, políticos, periodistas, científicos, universitarios, sindicalistas, editores. Que, firmemente afianzados en su colectividad, entonces mayoritariamente republicana, y reunidos alrededor de una figura ejemplar: Alfonso R. Castelao, no sólo líder político sino en realidad un humanista, durante décadas convirtieron a Buenos Aires en la auténtica capital de la cultura gallega enmudecida en su tierra por el franquismo” (51).

Ottonello, Amalia: “Barco, barcos”, en Taller literario Museo Histórico Sarmiento: La esquina literaria Año 1996 Profesora Nenè D’Inzeo. Buenos Aires, Ediciones Tu Llave, 1996.

“Un día el barco atracó en la ribera/-dice el poema de Roberto Druetta- y dos mozalbetes bajaron de él,/ portando valijas llenas de ilusiones,/ repletas de sueños y de mucha fe” (2).

Cual ovejas sin pastor- tuvimos que navegar en carro y lancha unos diez kilómetros soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la médula de los huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio... Verano en el hemisferio Norte. Pero invierno aquí...” (3).

Frontera sur, uno de los tantos desembarcos de inmigrantes, en la década del 80: “Los buques anclaban muy lejos de la costa, y viajeros, equipajes y mercancías pasaban, o eran arrojados, a una gabarra o a varios botes pequeños, que lo llevaban todo a los carros en que, finalmente, salía del agua. Si el calado no resistía una quilla, por escasa que fuese, las irregularidades del fondo lo hacían en algunos puntos excesivo par alguna de las ruedas de los vehículos, que encallaban o volcaban, arrastrando su carga al desastre. Padre e hijo presenciaron un desembarco, pendientes del bamboleo y los sobresaltos de los carros, del griterío de los que temían ahogarse en aquel tramo de su odisea, que imaginaban último, y de las voces de quienes, de pie en los pescantes, guiaban a las bestias. Ramón abandonó la contemplación de las inmundicias que las llantas arrancaban del limo y sacaban a la superficie cuando su padre fue a reunirse con un mayoral de mirada torcida” (4).

Christoforo Colombo y primero bajan los hombres de negocio con su apoplética cerviz, con el paso resuelto de los acostumbrados a dar órdenes y ser obedecidos, los turistas ingleses con sus máquinas fotográficas y algunas señoras un tanto perplejas por no ver en el muelle indios con plumas y taparrabos. Por ese entonces, el viaje a Europa empezaba a otorgar prestigio social, y los argentinos que regresan cambian opiniones en alta voz sobre los modelos de París, el mobiliario inglés o la sinfonía escuchada en la Opera de Viena. Y, finalmente, aparecen los inmigrantes, tan fustigados en los azares de las proclamas políticas, un ‘enorme hormiguero’ que había viajado en el mayor hacinamiento. Rostros curtidos, exhaustos, azorados. En todos se presiente la pregunta: ¿Qué les deparará esta nueva tierra? De pronto, una mirada se ilumina o un brazo se agita en alto porque se ha reconocido a alguien en la muchedumbre que espera. Van bajando los hebreos de desgreñadas barbas y gastados levitones, los ‘turcos’ con sus espaldas combadas, los nórdicos enjutos, los napolitanos pequeños y retorcidos como raíces, los andaluces gárrulos, los gallegos pacientes, los holandeses esponjosos, los genoveses de músculo recio e insaciable voracidad. Una mujer besa la tierra que los acoge y tras su actitud ritual se adivina un pasado de penurias y recelos. Y agrega Pascarella: ‘La gran ciudad de calles dirigidas hacia el Oeste recibe en su seno aquella semilla que purificada en un ambiente de libertad (...) se reproducirá en su inmensidad desierta” (5).

Irresponsable, de M. T. Podestá: A lo lejos empezó a divisar una caravana de hombres, mujeres y niños, que parecían acudir a alguna feria. Era una larga fila de inmigrantes que cruzaban la plaza marchando detrás de sus equipajes que ellos mismos ayudaban a transportar. Jóvenes en su mayor parte, fuertes, vigorosos, con esa robustez peculiar de los hijos de las montañas. Vestían sus mejores trajes: los hombres, sus chaquetillas lustrosas, con botones de metal, colgadas del hombro derecho, y dejando ver su camisa blanca, amplia, de hilo crudo, sujeta al cuello con un pañuelo de seda multicolor; sombrero de fieltro, en cuya cinta habían colocado algunos una pluma; el brazo izquierdo desnudo, musculoso, férreo, caras plácidas, de hombres sanos, contentos, sanguíneos; hablaban fuerte en su dialecto especial, echando tal vez sus cuentas sobre la probabilidad de una próxima fortuna. Algunos llevaban en sus brazos criaturas rollizas, rubias, con la plasticidad exuberante de la buena pasta con que estaban amasados; otros iban encorvados, cargando sobre sus espaldas cuadradas sus baúles y sus valijas, jadeantes, colorados, dejando caer gruesas gotas de sudor sobre la arena caliente y brillante del suelo. Las mujeres, con sus trajes de aldeanas, de colores vivos, con sus caderas anchas, redondeadas, sobre las que apoyaban negligentemente su mano. De facciones correctas, y algunas hasta hermosas, con sus colores de manzana madura, sus grandes ojos negros, vivos y de mirar curioso; dentadura fuerte, blanca, compacta, y un seno elevado, turgente, capaz de alimentar tres chicuelos hambrientos; cubría su cabeza un pañuelo de lanilla de fondo gris con flores estampadas, atado delante con un nudo abierto: una simple vuelta para que los dos extremos de sus puntas simétricas caigan con igual armonía sobre los hombros; la garganta descubierta, blanca, ostentando vueltas de cadenas de gruesas cuentas de oro, en cuyo centro colgaban amuletos de coral o la imagen venerada de la

madona de su aldea. Iban caminando lentamente detrás del carro y sus equipajes: un gran carro, en el que se había apiñado una pirámide de baúles, de valijas, cestas nuevas, en cuyos escalones iban sentados algunos de los inmigrantes, en mangas de camisa, con el pecho descubierto, quemado por el sol, y a la sombra de grandes paraguas verdes y colorados para proteger a los niños que estaban allí prendidos al pecho de las madres recostadas cómodamente contra las valijas. Era una especie de marcha triunfal a las doce del día bajo los rayos del sol ardiente; parecía una ovación a este pedazo de la América, cuya fama corre hasta golpear las puertas de las aldeas más remotas, en busca de brazos vigorosos con la insignia de la mies y del arado. ¡Cuántos se acordarían de sus hogares y cielo, a quienes habían saludado por última vez al doblar el camino de sus queridas montañas; enviando una despedida cariñosa al campanario de su aldea que parecía asomarse empinado desde el fondo del valle para decirles una vez más: aquí los espero... ¡hasta la vuelta!” (6).

Una ciudad junto al río, el momento en que los extranjeros arriban a la nueva tierra: “Los inmigrantes, aunque vengan en el mismo barco, llegan y descienden aquí de manera diferente según sea su origen que nosotros, con sólo mirarlos y hasta a veces sin oírlos, hemos aprendido a determinar con riesgo escaso de equivocarnos”. Seguidamente, describe el desembarco de italianos, alemanes, españoles, judíos y árabes, señalando las peculiares características de cada grupo.

Y el desembarco de un enfermo: “Llegó la segunda tanda de ‘polacos’. Uno, vino enfermo. Lo bajaron dificultosamente del barco, lo llevaron casi arrastrándolo sobre la larga planchada y luego, alzándolo en vilo, lo trasladaron hasta debajo de los árboles donde se hallaban, en varios grupos, los demás. (...) De vez en cuando retorcíase y gemía, sin abrir los ojos. (...) Media hora después, llegó la ambulancia. Un carretón tétrico, tirado por cuatro alazanes bien alimentados, muy parecido a otro que sirve de fúnebre pero del que tiran unos caballos renegridos. Casi podría decirse que la variante consiste tan sólo en el color de los animales. Lo cargaron al enfermo sin que él se diese cuenta. Mantenía los ojos cerrados y los miembros blandos, sin fuerza, exhalando de vez en cuando un gemido corto”. Un largo rato después, el narrador recibe el legado del polaco: una bolsa conteniendo una colchoneta, varios tarros ennegrecidos por el humo de las fogatas y un paquete con hierbas de varias clases (7).

Zeballos imagina el estado de ánimo del inmigrante: “Mirad al colono en el muelle, pobre, desvalido, conducido hasta allí después de haber sido desembarcado á espensas del gobierno, sin relaciones, sin capital, sin rumbos ciertos, ignorante de la geografía argentina y de la lengua castellana, lleno de las zozobras y de las palpitaciones que agitan al corazón en el momento supremo en que el hombre se para frente a frente de su destino para abordar las soluciones del porvenir, con una energía amortiguada por la perplejidad que produce la falta de conocimiento del teatro que se pisa, y las rancias preocupaciones sobre nuestro carácter, el más hospitalario del mundo por redondo y el más vejado en Europa por nécias o pérfidas publicaciones. Solamente lo alientan en tan extraña situación de espíritu las aptitudes que lo adornan y la voluntad de hacerlas valer” (8).

Virgen, novela de Gabriel Báñez finalista en el Premio Planeta, aún anciana “podía escuchar el rolido de las aguas contra el casco del lanchón de amarre, los saludos violentos de la tripulación a lo lejos, y la mano aterrada de su padre mientras le ayudaba a bajar de la planchada. No iba a olvidarla jamás: era una mano con consistencia de pez, húmeda y avergonzada” (9).

Un pasajero es recordado por Susana Aguad, su nieta, en “Al bajar del barco”, donde escribe: “Se disipa la angustia de una travesía de dos meses que les quitó fuerza y salud. Sin embargo, a algunos se les llenan los ojos de lágrimas cuando miran por última vez al ‘Génova’ con sus dos banderas trenzando azules y verdes” (10).

La casa de Myra es la novela de Aurora Alonso de Rocha que mereció el Segundo Premio Xerox para autores inéditos, en 2001. En ella, la escritora relata qué sucedía, en el año 1874, cuando los inmigrantes descendían del barco: “Un mulato joven movía con el pie descalzo el pedal de la máquina. Con cada golpe una nube de cal pulverizada cubría la ropa, las manos, la cara, el equipaje de cada viajero” (11).

La noche lombarda, Atilio Betti recrea, al acostarse en su camarote del barco que lo lleva a Italia, el duro trance que sufrió el padre del protagonista, junto con otros pasajeros: “Un chorro de agua, un manguerazo brutal, le dio en la cara. Lo vi trastabillar, mojado. Lo vi llorar de indignación y afirmarse en los zapatos claveteados, agarrándose fuertemente del tirador negro, sobre el torso sin saco, para no caer bajo el golpe del agua. (...) En tropel, árabes y turcos aparecían y desaparecían alrededor de mi padre. Corrían, gritando, aullando, perros mojados, perros azotados a manguerazos, a refugiarse bajo mi cama mientras que papá, rascándose con furia las axilas, gritaba o gemía, o gritaba y gemía al mismo tiempo: ¡Piojosos! ¡Piojosos!” (12).

Otro escritor alude a esa práctica: “De aquella antigua inmigración que inspiró al dramaturgo Vacarezza, a la que desinfectaban con los chorros de fumigadores de animales sobre los muelles de Puerto Madero donde hoy se come con inmaculada vajilla, quedan sus jerarquizados descendientes –nosotros-, bruscamente sobresaltados”, afirma Orlando Barone (13).

Aún en América, en muchos inmigrantes el miedo persiste. El capitán croata Miro Kovacic recuerda que, cuando desembarcaron, había “un fotógrafo que se ofrecía a sacar fotos a las familias. Más de uno huía cuando lo veían aparecer porque en su gran mayoría los pasajeros no querían precisamente hacer pública su llegada, ni que su cara quedara fijada para siempre en un papel que podría ser utilizado por alguien más adelante. Todos veníamos con la intención de iniciar una nueva vida. Habíamos sufrido demasiado. Estuviéramos del lado que estuviéramos. De la guerra ningún ser humano sale indemne” (14).

En la nueva tierra, había reglamentos que cumplir. Samuel Watch, polaco, había llegado años antes; al arribar Raquel, “para poder bajar del barco se tuvieron que casar en el Hotel de Inmigrantes, casi sin conocerse” (15).

Y trámites que realizar: “Un pequeñísimo inmigrante ilegal. Así fue como arrancó su historia en este país Clorindo Testa, un bebé de tres meses que, a upa de su mamá, quedó demorado muchas horas en un barco mientras afuera, en el puerto de Buenos Aires, la discusiones en torno a su ingreso, que sí que no, arreciaban entre su padre y los funcionarios de migraciones. (...) Hijo de Juan Andrés, un médico radiólogo afincado en el país desde 1910, y de la argentina Ester García, Clorindo Testa (también Manuel José pero sólo de bautismo) nació el 10 de diciembre de 1923 en Nápoles, por designio romanticista de su papá, quien se embarcó con su mujer embarazada para que el primogénito conociera la luz en la tierra de sus mayores. ‘Pero al volver, al viejo no se le ocurrió que tenía que anotarme en el consulado argentino, pensó que si venía con ellos alcanzaría con el registro civil italiano’, explica” (16).

Finisterre. En 1832, “Buenos Aires era entonces una ciudad blanca y baja, quizá sólo atractiva desde la lejanía. Ilusionaba los ojos a la distancia pero a medida que los barcos iban acercándose a la entrada del río ancho y playo, donde resultaba imposible fondear, cedía el encantamiento. (...) Las calles eran irregulares y sucias, pantanosas de a trechos. Animales muertos y montones de desperdicios se acumulaban en algunas esquinas” (17).

Marcos Alpersohn destaca que, en 1891, “No se veía persona alguna en las calles. Edificios dañados, puertas y ventanas protegidas por rejas de hierro. Escasos tranvías se arrastraban perezosamente por las arterias céntricas, conduciendo a muy pocos pasajeros” (18).

La patria desconocida, recuerda.: “La primera impresión de mi madre, que tenía dieciocho años, y la de todos, fue formidable, ante aquel Buenos Aires chato de entonces, las veredas altísimas, las calles sin cloacas, así que cuando llovía se transformaban en verdaderos ríos y los transeúntes eran pasados a babuchas por alguien que se encargaba de ello. Las revueltas de la época, las calles empinadas en barricadas, las tropas que a todos les parecían siniestras después de los atildados soldados europeos. Aquellos días de lluvia interminables en que ni el pan ni la carne ni otro proveedor llegaban a las casas. En fin, los tranvías de caballos, con su cuarta y su corneta, y cuya dulce elegía a nadie he oído exhalar con tanta nostalgia como a mi madre” (19).

Oscar González, en “La anunciación”, brinda otra visión de la ciudad: la que tiene una mujer italiana, quien “desembarcó asombrada un día cualquiera,/ En un extraño puerto sin molinos ni cabras” (20).

Y Arcuschín, la de los judíos ucranios: “Al bajar se sorprendieron de la brillantez de la luz solar, la diafanidad del cielo y la cordialidad con que fueron recibidos. Buenos Aires hacia 1906, era una ciudad chata, de casas bajas, con un puerto pequeño y muy pocos medios de transporte. (...) Sin embargo, la primera impresión no dejó de desilusionarlos” (21).

Décadas después, el teniente coronel Walther Werner, de las fuerzas especiales nazis, intenta imaginar la ciudad en la que crece su hijo: “¿Cómo sería esa ciudad de Buenos Aires? Tengo referencias vagas, fotos vistas en un álbum de turismo. Imagino una ciudad de casas bajas, calles muy quietas, con avenidas largas y monótonas como las de ciertos barrios de Londres. Es un pueblo bastardo, pero casi blanco y amigo de Alemania”. Lo narra Abel Posse en

Del barco, al Registro Civil, donde se les proporcionará el documento argentino. Gabriel Báñez relata algunas anécdotas al respecto: “Las escenas más patéticas tenían lugar en el Registro Civil del puerto, sin embargo, ya que en el vértigo de las anotaciones los empleados de Inmigraciones, que no entendían ni medio, terminaban inscribiéndolos por aproximación, con traducciones bárbaras y fulminantes, así que cuando alguien decía Damianovich o Dimitropoulos, ellos copiaban Damián Vich o Demetrio Pulos. Nadie traspasaba las oficinas de documentación con el apellido indemne” (23).

Fruto de este accionar es el apellido de una familia de origen polaco. Así lo explica Ana María Shua: “ese Gedalia nunca se llamó exactamente Rimetka. El apellido Rimetka fue el producto de una combinación de la fineza auditiva y la arbitrariedad ortográfica de cierto empleado, sumadas a su particular forma de interpretar un documento escrito en una lengua desconocida, más su concepto personal sobre el apellido que debía llevar en el país un extranjero proveniente de Polonia: del empleado del registro civil que, en su momento, le tomó los datos al abuelo Gedalia para confeccionar su documento argentino. Como tantas otras familias de inmigrantes, los Rimetka tuvieron, así, un apellido intensamente nacional, un producto aborigen, mucho más auténticamente argentino que un apellido español correctamente deletreado, un apellido, Rimetka, que jamás existió en el idioma o en el lugar de origen del abuelo, que jamás existió en otro país ni en otro tiempo” (24).

“Hijo de Gerónimo, un capitán de barco yugoslavo apellidado Poklépovich, Caride llevó ese apellido hasta los 19 años, cuando harto de que lo transformaran en Lipoclepo o en Popoclopovich, se quedó con el Caride por parte de madre” (25).

En una reunión de inmigrantes armenios, “entre todos festejaron los errores de los apellidos actuales, ante la imposibilidad de los funcionarios de encontrar letras algunos sonidos del idioma armenio. No faltaban hermanos con distintos apellidos. El filoso sable del turco alcanzaba a seccionar algunos nombres. Esa primera generación llevaba nombres armenios, aunque o pasaran el riguroso examen del Registro Civil. Pero en familia se los llamaba por su nombre verdadero; el apócrifo era el de los documentos. Con las edades sucedía lo mismo. Algunos se agregaban años para poder viajar como mayores, porque no tenían ningún familiar. A otros, por falta de dinero, les quitaban años y pasaban como menores. Era cuestión de sobrevivir” (26).

Relata Carlos Prebble, descendiente de escoceses y españoles: “mi abuelo materno llegó, a principios del siglo XX, al puerto de Buenos Aires; viajaban con él muchos parientes. Cuando el empleado de Migraciones le preguntó su nombre, él dijo “Moisés José Almendra”. El empleado le contestó: “¿Cómo se van a apellidar Almendra, si son tantos?”. En el documento argentino que recibieron, todos ellos se apellidaban Almendros. Y así se apellidan sus descendientes argentinos.

En “Historia de una inmigración”, leemos: “Contaba una señora que el apellido de muchas familias tiene un origen particular: cuando comienza la inmigración, muchos no tenían siquiera un documento. Otros por cuestiones de la guerra dejaban a sus hijos a cuidados de otras familias, quienes los anotaban con el nombre de estas familias. Las familias representaban a los lugares de origen. La familia Huck, por ejemplo, era en alusión a un pueblo de nombre Huck en la zona de Rusia, Saratow” (27).

Así viajaban los inmigrantes hacia la “tierra de promisión”. Tristeza, incertidumbre, enfermedades, los acompañaban, pero también la esperanza de que en la Argentina encontrarían paz, libertad y bienestar.

Palais de Glace la muestra “El tesoro de la memoria”, ambientada como un buque. Aldo Galli escribe sobre la original presentación de la misma: “Guillermo D’Aiello, el curador, la presentó como si fuese un barco cuyos ocupantes reciben un ‘pasaporte’ rosado análogo al que se daba en Italia a los emigrantes y unos canillitas distribuyen el

*** Durante Casa FOA 2000, que tuvo lugar en el Desembarcadero y Hotel de Inmigrantes, las arquitectas Ellen Hendi y Emilia Rabuini expusieron baúles facilitados por los descendientes de los inmigrantes. Ellas –entrevistadas por Claudio Savoia- recuerdan que “Cuando la gente pasaba por delante de la muestra se detenía y, a los pocos minutos, muchos lloraban de emoción: los baúles habían despertado su propia historia”. Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en

La travesía ha llegado a su fin. Los pasajeros, con su documentación argentina, se encuentran con sus familiares, amigos, o empleadores, o se remiten a las instituciones que los orientan.

Algunos inmigrantes son esperados por sus parientes, a los que conocen en el momento de arribar a la Argentina. Así sucedió a Carmina, cuyos tíos “importaron a una hija de España porque el médico que operó a Consuelo de un fibroma tuvo al final que extirparle los ovarios. (...) Pedía una niña, y prometía cuidarla y educarla hasta que mi abuela pudiera viajar”. Al llegar la asturiana, de quince años, la tía le dice: “

Aquí no volverás a pasar hambre, querida”. “Le abrió una camita disimulada dentro de un mueble del comedor, y Carmen durmió, por primera vez en mucho tiempo, diez horas seguidas. Consuelo la despertó con medialunas, la bañó y despiojó, le dio ropa y zapatos nuevos (...) y la llevó a la peluquería”. También al médico: “Carmen venía con una bronquitis aguda, estaba desnutrida, mal desarrollada y probablemente raquítica. Le prescribieron jarabes, vitaminas y una dieta a base de alimentos ricos en hierro y calcio”.

Pero todo tiene su precio. “Pasados los primeros días, Marcelino envió a Consuelo con un mensaje: Carmen debía levantarse a las cinco, prepararles el desayuno y servírselos en la cama. Luego tendría que acompañarlos a la escuela, donde se dedicaría a limpiar el patio, a barrer las aulas, a cepillar los escalones, a fregar los mármoles y a encerar la dirección. Cumplida la tarea, recibiría un billete colorado y visitaría la feria de la calle Guatemala para hacer las compras, después limpiaría toda la casa y prepararía el almuerzo. Haría su tarea escolar y a las seis de la tarde entraría en la primaria para adultos que funcionaba en horas nocturnas del Fidel López”. Para colmo, “semana tras semana, en ausencia de Mino y de Consuelo, el hidalgo acosaba a su sobrina en el juego mudo, casi chaplinesco, del gato y el ratón” (1).

El padre de Gladys Onega “Llegó solito, y cuando fue a la casa de su tío Agapito Vega, hermano menor de mi terrible abuela Carmen, esa noche lo pusieron a dormir en la cochera y no en la cama más blanda, como aquella que le reservaban siempre al tío Agapito en la casa da pena de Galicia”. La escritora se pregunta: “¿El tío que lo encandiló en Galicia con la ilusión de América fue el primero que empezó la destrucción de la ilusión?” (2).

De Galicia a Buenos Aires- no se podía emigrar sin un contrato de trabajo, pero se hacía responsable de nosotros mi tío José, hermano de mi madre, que nos estaba esperando en el puerto, acompañado de la hija, mi prima Norma, que lucía un gorrito de punto muy blanco, y con una sonrisa y un beso nos levantó un poco el ánimo, sintiéndonos ya amparados en casa de nuestra familia americana, mis tíos habían emigrado hacía ya 30 años y, por supuesto, los hijos eran criollos. (...) La habitación también estaba lista para los dos huéspedes. Dos camitas plegables entre la pila de cajones de cerveza en la cocina del bar, que era además depósito de mercadería. Desfilaban las cucarachas de 5 ó 6 en fondo, pero yo ya desfilare varias veces con otros bichos, y si bien estaba familiarizado con las pulgas, había que acostumbrarse a convivir con todo bicho viviente” (3).

Cuando llegó en el “Bremen”, en 1929, mi abuela pasó en casa de unos parientes los pocos días que faltaban para su casamiento. Mi abuelo había llegado mucho tiempo antes, y vivía a unas cuadras.

“Generalmente los vascos casi no utilizaron el Hotel de Inmigrantes, del que se podía ser huésped por ocho días, ya que frecuentemente venían consignados, siendo muy jóvenes (12 0 14 años) a parientes o compadres que los estaban esperando” (4).

y llegó el primer giro los embarcaron como bestias apiñadas con rumbo a América. Cualquier cosa parecía mejor que lo vivido y además la esperanza, esa mariposa volando en el medio del pecho. (...) cuando llegaron al puerto de Buenos Aires los esperaban parientes. que los llevaron a comprar ropa decente a Gath y Chaves, el brillo que entonces tenia la gran ciudad los encegueció, Elías no se reconocía en los espejos que le devolvían una imagen pulcra y graciosa” (5).

Una inmigrante armenia dijo a la investigadora Nélida Boulgourdjian: “Al llegar a Buenos Aires, en 1924, vivimos ocho días en casa de mi cuñada, en la calle Niceto Vega. Después alquilamos una casa cerca de la calle Canning. Mi marido era carpintero, ganaba bien. A los pocos meses compramos un lote en Liniers, a pagar en diez años” (6).

Los que no tienen conocidos en la nueva tierra, sufren “las penurias del desembarco en Buenos Aires, Hotel de Inmigrantes y frustrada espera de un destino” (7). Algunos se hospedan en otros hoteles. Días después, se trasladarán a un conventillo; a una vivienda más digna, o viajarán hacia el interior.

Manual del emigrante italiano, y establecía, por ejemplo que “Después de cada comida, a la hora indicada por el reglamento, se deberán limpiar los utensilios que se le hayan entregado antes, sin lo cual no podrá ausentarse del Hotel. Por turnos, como se indicará, tendrán que limpiar las instalaciones y ocuparse del transporte de víveres. La parte destinada a los hombres, está separada de la de las mujeres; al igual que en el barco, está prohibida la promiscuidad. Con todo, se respetará el sagrado derecho de ayudar a su mujer y a sus niños. Una vez escuchado el timbre del silencio nocturno, está prohibido cualquier tipo de alboroto. Quien se sienta mal debe avisar a la dirección del establecimiento. Está permitido salir a determinadas horas, pero quien no haya regresado en el horario previamente fijado no podrá pasar la noche en el Hotel” (2).

Un pionero holandés se alojó allí: “En mayo de 1889, el vapor Leerdam trajo a los primeros inmigrantes holandeses a la Argentina. En este barco llegó, a los 10 años, Diego Zijlstra, quien en su libro,

Cual ovejas sin pastor, recuerda su llegada: ‘Desde el vapor hasta la costa tuvimos que navegar en lancha y carro unos diez kilómetros soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la médula de los huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio... Verano en el hemisferio Norte. Pero invierno aquí... Engarrotados de frío y medio hambrientos pisamos por fin tierra argentina. Desde Buenos Aires, y previo paso por el Hotel de Inmigrantes, un grupo llegó en tren hasta Tres Arroyos, mientras que otros se instalaron en Cascallares, en la llamada Colonia del Castillo‘ ” (3).

El friulano Juan Faccioli fue uno de los “integrantes de aquella primera migración que dejaron testimonios escritos”: “Según Faccioli, al llegar al Hotel de Inmigrantes se enteraron de que estaban destinados al Territorio Nacional del Chaco, donde les darían tierras que estaban habitadas por aborígenes: algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero luego de vagar sin conseguir trabajo ni comida volvieron y aceptaron llegar a Reconquista y, desde allí, a una colonia que se formaría del otro lado del arroyo El Rey” (4).

Por ese entonces, “La aglomeración de gente presentaba un cuadro poco edificante. En ‘La Nación’ (N° 2355), denunciaba el mal estado del hospedaje a los extranjeros. A un pedido de aclaración del ministro Laspiur, el Comisario de Inmigración informó que: ‘el Asilo de Inmigrantes está muy distante de ser lo corresponde al objeto que se destina. V:E: lo ha reconocido así y mandó levantar planos y presupuestos de la obra que debe construirse en el terreno que al efecto fue cedido por la Municipalidad en el bajo del Retiro...’ y agrega que nunca habían tenido enfermedades infecto-contagiosas, y que en un nuevo edificio, del fondo, se destinaba a los enfermos que eran visitados dos veces por día por el médico. Luego informa el señor Dillon: ‘Los inmigrantes permanecen poco tiempo en el Asilo y cuando llegan se envían al Río que está inmediato, lavan la ropa y se asean. Cuando no están en esa operación, la pasan en la Plaza, de manera que sólo en los días de lluvia se siente algún inconveniente, cuando existe mucha aglomeración, pero basta uno o dos días buenos para que todo esté seco, pues el aire y la luz penetran por todas partes” (5)

Marcos Alpersohn, pionero en la Colonia Mauricio, provincia de Buenos Aires, llegó a la Argentina en 1891. El se refiere al Hotel en sus memorias: “Las chalupas nos condujeron hasta el Hotel de Inmigrantes, enorme edificio de madera, vetusto, mugriento, cubierto de moho y musgo y dividido en infinidad de habitaciones. Allí encontramos a otros doscientos inmigrantes judíos llegados un par de días antes en el vapor Lisboa” (6).

Alberto Gerchunoff relata que “Del Hotel de Inmigrantes, de Buenos Aires, nos llevaron a Moisés Ville en la provincia de Santa Fe. Es la primera de las colonias fundadas por el Barón Hirsch”. Habían llegado al Hotel provenientes de Tulchin, Rusia, “Una ciudad sórdida y triste, sin alumbrado ni aceras, cuyo lujo arquitectónico se reducía al palacio semiderruído de los condes de Bazá y a un edificio llamado La Buena, sitio de paseos dominicales” (7).

Al Hotel llegaron, en 1906, judíos provenientes de Ucrania. Relata Maria Arcuschin: “Si nuestros viajeros hubiesen tenido la posibilidad de alejarse de los muros grises del Hotel de Inmigrantes, habrían podido apreciar varios notables progresos que señalaban el fin de la aldea colonial con el crecimiento de una futura ciudad” (8).

El Obrero, en 1891, José Wanza, un inmigrante establecido a su pesar en Tucumán, expresa: “En B. Ayres no he hallado ocupación y en el Hotel de Inmigrantes, una inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como si hubiésemos sido esclavos. Nos amenazaron de echarnos a la calle si no aceptábamos su oferta de ir como jornaleros para el trabajo en plantaciones a Tucumán. Prometían que se nos daría habitación, manutención y $20 al mes de salario. Ellos se empeñaron en hacernos creer que $20 equivalen a 100 francos, y cuando yo les dije que eso no era cierto, que $20 no valían más hoy en día que apenas 25 francos, me insultaron, me decían Gringo de m... y otras abominaciones por el estilo, y que si no me callara me iban hacer llevar preso por la policía”. En el Hotel de Inmigrantes tucumano no le va mucho mejor: “Al fin llegamos al hotel y pudimos tirarnos sobre el suelo. Nos dieron pan por toda comida. A nadie permitían salir de la puerta de calle. Estábamos presos y bien presos” (9).

José Arias expresó sus vivencias en el hotel de Puerto Madero, al que llegó en el 30: “Quiero dejar aquí constancia del trato y de la atención que las autoridades tenían con los inmigrantes. Nos daban comidas sanas y abundantes; para dormir, camas limpias y cómodas; en mi caso han pasado sesenta y ocho años, yo entonces tenía trece, pero nunca podré olvidar mi paso por el Hotel de Inmigrantes. Y como si esto fuera poco las autoridades de inmigración le sacaban el pasaje a destino y se lo pagaban, y hasta lo acompañaban hasta las estaciones, por lo menos en mi caso” (10).

Marta B. de Pellegrini escribe: “Llegar a un lugar donde todo era desconocido, la tierra, el idioma, la gente, predisponía en nosotros a aumentar la incertidumbre, hasta que fuimos llevados al Hotel de Inmigrantes. Era una especie de oasis, donde nos agruparon según la nacionalidad y, ya con el ánimo calmado, empezamos a mirar la realidad de esta suerte de

tierra prometida. Nos mantuvimos durante dos semanas en las que el hoy llamado ‘viejo hotel’ sirvió de nexo entre lo trágico y conocido, que había quedado atrás, y lo nuevo y desconocido que teníamos por delante. No creo que haya en el mundo otro refugio semejante para recibir y albergar a los inmigrantes” (11).

En el Hotel estuvo Jacobo Rendler, judío polaco, quien recuerda que el dormitorio “era un salón enorme con cuchetas de a tres camas. Cuando vimos las camas perdimos las ganas de acostarnos. Con Melcer convinimos dormir afuera sobre unos bancos de cemento que había. (...) Al día siguiente nos levantamos muy temprano. El barco de piedra era muy duro y estábamos a la intemperie pero las camas estaban tan sucias y tenían tantos bichos que teníamos miedo de amanecer de nuevo en Polonia”.

Va a visitar a unos paisanos: “Al salir del Hotel de Inmigrantes, el bulto con mis cosas estaba en el depósito. Las personas de la Asociación de ayuda a los inmigrantes me habían anotado en un papel en castellano la dirección y el apellido de la familia que buscaba. Era una especie de volante donde estaba impreso que era un inmigrante recién llegado y se pedía a la gente que lo leyera me ayudara a llegar a esa dirección, que era en la calle Jean Jaurés de la ciudad de Buenos Aires. Me indicaron tomar el tranvía número 2 y que le mostrase el papel que llevaba al motorman para que me indicara dónde bajar”.

Encuentra a la familia que buscaba, uno de cuyos miembros le asegura el empleo y promete pasar a buscarlo al día siguiente. ”Al volver al Hotel, Meltzer me estaba esperando. Me contó que había vuelto una de las personas de la Asociación de ayuda, que a él le habían conseguido en la casa de un relojero, a otros los habían ubicado con carpinteros o sastres, cada uno según su profesión y que a todos los iban a ir a buscar al día siguiente” (12).

Las huecos de tu cuerpo, Manuela Fingueret evoca a su madre, que se hospedó en el Hotel. La hija le dice: “Suspendida del verano/ como las/ glicinas de la calle Leiva/ ‘flor quieta y desnuda’*/ tus pies se arrastran/ en la noche/ como una alucinación/ que se desliza/ por las paredes/ del hotel de inmigrantes y/ tu cuerpo se estremece/ hija entre tantas/ en una aldea/ de Lituania” (13).

Allí nació, en 1947, Américo Fiorentini. Su hermana Aurora, afincada en Bariloche, escribe: “Ni bien llegué a la Argentina, junto a mis padres, en 1947, tuvimos que quedarnos más de un mes en el hotel de inmigrantes, cerca del puerto de Buenos Aires. Mi padre, profesor italiano en el exterior, enviado por el Gobierno italiano, tenía que presentarse en la Dante Alighieri de Santa Fe para asumir su dirección y mi madre también, como maestra. Mi madre estaba embarazada de 8 meses y a nuestra llegada resultó claro que el bebé no tenía intenciones de esperar demasiado para nacer. Trámites, mudanzas, trabajo no formaban parte de sus planes y por lo tanto ellos tuvieron que esperar a que naciera antes de retomar sus obligaciones. Mi hermano, de nombre Américo, nació 15 días después de nuestra llegada y mi madre salió en los diarios porque, como siempre, la prensa está a la caza de noticias algo extrañas. Puesto que en la Argentina está en vigor la ley de la sangre para lo que se refiere a la ciudadanía, los periodistas anunciaron que una inmigrante italiana, apenas llegada, había donado un hijo a su patria de adopción. Es de notar que el sensacionalismo no es un invento actual” (14).

En el Hotel de Puerto Madero, un panel reproducía las palabras del polaco Pablo Nowak (15). Este hombre, llegado a la Argentina en 1949 recuerda los magníficos asados que se hacían al mediodía y agradece las que califica como sus primeras buenas comidas en toda la vida. En otro panel se destaca aquello que escribió Teresa Joan en el libro de visitas: “Llegué a esta costa con 11 años, en el buque Madre Cabrini y fui hospedada aquí con mis paisanos. Recuerdo el olor a pan de trigo” (16).

Relatado por el profesor Ochoa, conocemos el testimonio de una húngara: “Es curioso algún recuerdo de una muchacha, hoy día una señora ya de edad que vino a los trece años con sus padres y contaba que en el desayuno se le servían unos enormes tazones de café con leche o mate cocido con leche –cosa que ellos no conocían, el sabor a la yerba mate- y se servían en regaderas –ése era el concepto de ella. Se refería a esas enormes cafeteras que tienen mango de costado con un pico largo, por supuesto sin la regadera, pero el pico estaba y para la mentalidad de la chica se servía con regaderas. (...) Ella estaba muy enojada cuando llegó porque no había visto las palmeras y cocoteros que imaginaba en el Puerto de Buenos Aires –era la visión europea de América- y después, como había estado en muy buena posición y habían quebrado en Hungría tuvieron que venirse acá sin nada, pero les quedaba el recuerdo de la vida de buen pasar y pensó que ella venía a un hotel de tres o cuatro estrellas actuales y se encontró con que venía a este hotel de cantidad de personas, grandes dormitorios para todos –los hombres de un lado, las mujeres y los niños de otro- y sintió desagrado, desagrado que dice que se le fue cuando empezaron a comer. Dice que nunca habían comido –ni aún en su posición buena primaria en Hungría-

En septiembre de 2000, se inauguró Casa FOA en el Hotel de Inmigrantes. El estudio de Laura Ocampo y Fabián Tanferna, que tuvo a su cargo la ambientación de uno de los dormitorios, “antes que una reconstrucción histórica, prefirió hacer un homenaje a todos aquellos que vinieron con el coraje de iniciar una nueva vida” (18). Para ello, contaron con la colaboración de algunos de los inmigrantes que se hospedaron en el Hotel, quienes narran sus historias en sendas grabaciones. Son estos hombres y mujeres los húngaros Antonieta Rubido Zichy de Eicket, Américo de Gosztonyi, Esteban Bergner y Eugenio Weisz; Ana Wasinger de Schaab, nieta de ruso alemanes, y el español José Pereira Barros.

Dora Schwarsztein presenta el testimonio de una española que llegó al Hotel. Dice la mujer: “Nos metieron en el Hotel de Inmigrantes. Salas muy limpias, pero, claro, una tristeza enorme. Nos agolpamos todas las mujeres españolas por un lado. Yo recuerdo las señoras más mayores que había, todas estaban tristes. Allí por primera vez vi un mate” (19).

El doctor Nicolás Rapoport narra sus recuerdos de la época en la que, siendo estudiante de medicina, colaboraba en la atención de los recién llegados en el hospital del Hotel. El relata: “Los que cursábamos medicina, a diario comprobábamos la angustia de los infelices, ignorantes del idioma, no entendiendo las preguntas que les dirigían los médicos en sus habituales interrogatorios. Los ojos tristes de los cuitados, las miradas despavoridas de los enfermos, nos sumían en íntima congoja y conmiseración. Todos los días los cuatro o cinco estudiantes judíos que asistíamos a los hospitales servíamos de intérpretes para llenar las historias clínicas. Era conmovedor ver cómo se iluminaban los ojos de los míseros al oír una palabra en idish o ruso. Revivían, lloraban dando escape a su dolor moral” (20).

Felipe Fistemberg Adler escribe que, al llegar a la Argentina, su madre y otros familiares se alojaron en el Hotel: “Desde Nizni Apsa, Checoslovaquia, el 30 de noviembre de 1930, llegaron a Buenos Aires, a bordo del barco ‘Massilia’, Abraham (Alter) Leibovich, su esposa Jane Adler, su hija Leique de un año de edad, y Rifke Adler, hermana de Jane. Rifke Adler era mi futura madre, que estaba por cumplir 26 años de edad. Las autoridades de la J.C.A., los alojaron inmediatamente en el entonces Hotel de Inmigrantes, donde permanecieron por una semana. Mi tío Alter venía destinado a la colonización con la promesa de obtener una parcela de tierra. El nuevo y provisorio destino, Buenos Aires, deslumbró a los varones inmigrantes, y ante el ocio de la permanencia en el humilde Hotel de Inmigrantes, un grupo se aventuró a sus calles y al regresar exhibieron el primer choque cultural: se habían afeitado sus

peies y barbas, atributos distintivos de la ortodoxia de la época, en la que todos ellos habían sido educados. Ese hecho les valió la reprimenda de las mujeres, que, en especial mi madre, conservaron las leyes y costumbres religiosas hasta sus últimos días”. Los representantes de la J.C:A: los alimentaron durante esa semana “con pan, aceitunas, alguna fruta y agua” (21).

Los alemanes del Admilral Graf Spee se alojaron en el Hotel de Inmigrantes. Uno de los militares de esa nacionalidad hospedados allí escribe en su diario: “Hace calor. En el patio de la inmigración florecen las hortensias y las acacias y no podemos creer que estemos cerca de la Navidad. Esto es bueno, porque la idea de esta fiesta, la más grande para nosotros los alemanes, nos llena de tristeza sin esperanzas. Para esta fecha deberíamos estar navegando rumbo a nuestra tierra y cada uno de nosotros habíamos soñado y hecho proyectos para el año nuevo, cuando estuviéramos en casa. Y ahora estamos aquí, en la Argentina, a 8000 millas de la patria, y con miras a ser internados hasta el fin de la contienda, que recién está en sus principios. ¿Qué será de nosotros? Esta es la pregunta que llena nuestros pensamientos” (22).

acá para Europa”, que se encontraba en el Río de la Plata. Marina relató sus recuerdos de aquella jornada memorable; en su relato se refirió al Hotel de Inmigrantes de Puerto Madero: “a las ocho de la noche de ese día lo hundió el mismo comandante, la misma tripulación. Un capitán, que después vivió en La Falda, Córdoba, fue el encargado de ponerle tres cargas de dinamita. Sacaron la pólvora de los cartuchos de las balas, formaron tres paquetes explosivos y los pusieron uno en la popa, otro en las máquinas y otro en la proa. Después el comandante hizo bajar a toda la tripulación a los remolcadores y desde una lancha fue el que accionó la percusión de los explosivos. Todos se salvaron y fueron al Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires”. (23).

En la biografía que escribió Chuny Anzorreguy, relata el capitán croata Miro Kovacic: “Fuimos a vivir al Hotel de Inmigrantes. Dejamos allí nuestros petates. Unos bolsos, un baúl..., y salimos a caminar. Como en Trieste. Pero la sensación era diferente. Caminábamos con alas en los pies” (24).

Valentín Bianchi, llegó a la Argentina. “Al desembarcar lo estaba esperando un paisano y amigo de la infancia: Angel Sardella. Este lo recibió eufórico saludándole en el dialecto fasanés. Estas cordiales expresiones tonificaron el ánimo de Valentín, que se sentía deprimido por el largo viaje y por las condiciones en que le había tocado realizarlo. Los recuerdos de su familia, de los amigos y el pueblo lo habían abrumado durante toda la travesía. Ahora, junto a su amigo, en cuya compañía se dirigió al hotel de inmigrantes, veía las cosas de un color muy distinto. (...) Aquella noche pernoctó en el hotel de inmigrantes y a la mañana siguiente, de acuerdo con las indicaciones que le diera Daniel, se presentó en las oficinas del Ferrocarril. Allí le informaron que debía trasladarse a la ciudad de Mendoza, la capital de esa provincia, en cuyas oficinas se desempeñaría como empleado contable” (25).

La transmisión oral tiene gran importancia en esta clase de evocaciones. En mi familia, como en tantas otras, el Hotel es recordado con gratitud. Uno de mis abuelos se hospedó en 1905 en el Hotel de Inmigrantes de La Boca. Su muerte temprana me privó de este testimonio que hubiera sido para mí el más preciado.

En novelas y cuentos encontramos testimonios acerca de la existencia de esta institución. Ellos, de diversa índole, nos hablan de la presencia del Hotel de Inmigrantes y de su importancia en la comunidad.

¿Inocentes o culpables?, publicada por primera vez en 1884, alude al establecimiento que albergaba a los extranjeros que no tenían trabajo al desembarcar. Afirma Argerich: “Al salir del Hotel de los Inmigrantes se juntó con una manada de compañeros que seguían la vía pública por la mitad de la calle. Había hecho relación con estos sus paisanos y todos á la vez buscaban trabajo” (26). Se refiere agresivamente a quienes de allí salían, asemejándolos a animales, recurso que también utiliza Cambaceres

treif, impura. Que no era para nosotros, judíos de fe”. ”Pero bien que extrañamos esos almuerzos cuando fuimos hacia el campo –agrega otro. Días y días casi sin masticar. Los niños enfermaban...”.

timaraná de Chesmé, igual a ese manicomio donde murió Doudou, su madre que nunca lo abandonaba, y comenzó a dejarlo un día, de a poco, en su cerebro, poco a poco hasta olvidar quién era su único hijo, y otro día se fue entre esas paredes ajenas. Esas inmensas salas llenas de camas, donde cada uno hablaba de lo suyo y sin que nadie los entienda”. El recuerdo de ese lugar es una pesadilla para el hombre: “Así llegó la oscuridad, invitándolos a dormir, y a soñar, cuando apenas había bajado el sol. Sueños pesados, adentro la

El libro de los recuerdos, de Ana María Shua. El inmigrante y sus “hermanos de barco” “Llegaron después a Buenos Aires, mucho más aceptablemente América. Comparable a Varsovia, Buenos Aires. Una ciudad. Durmió en el hotel de inmigrantes. Amigos lo esperaban. Hacía frío, no como en Polonia pero mucho más que ahora. Otro frío era el frío de los inmigrantes. Adentro de la ropa se ponían papeles de diario para calentarse. Los papeles de diario calientan bien, así, así, debajo de la camiseta papeles, diarios enteros” (30).

Frontera sur, para un puesto de maestra. Durante la entrevista se desmaya; es que –como explica en su trabajoso castellano- había comido por última vez en el barco, ya que no había parado en el Hotel de Inmigrantes (31).

Stéfano, de María Teresa Andruetto (32). En esa obra, la autora narra: “El hotel está a pocos pasos de la dársena; tiene largos comedores y un sinfín de habitaciones. Les ha tocado un dormitorio oscuro y húmedo. En la puerta, un cartel dice:

Se trata de un sacrificio que dura poco. (...) Los dormitorios de las mujeres están a la izquierda, pasando los patios. Por la tarde, después de comer y limpiar, después de averiguar en la Oficina de Trabajo el modo de conseguir algo, los hombres se encuentran con sus mujeres. Un momento nomás, para contarles si han conseguido algo. Después se entretienen jugando a la mura, a los dados o a las bochas”.

(33). En uno de los textos allí reunidos, la autora presenta a unos asturianos que “Se acomodaron en una pieza de pensión en La Boca, paso obligado para todo humilde recién llegado, después del Hotel de Inmigrantes y antes de alcanzar el soñado terrenito propio”.

Patricio Pron seleccionó para integrar una antología (34) un cuento en el que menciona un hotel anterior al que conocemos. El protagonista de “La espera” “era porteño. Había nacido allá por 1908 en La Boca, en el Hotel de Inmigrantes, un día de lluvias frías. Sus padres, llegados hacia días de Cataluña, le habían transmitido casi sin saberlo esa sensación de ya no pertenecer a ninguna parte, ni a Cataluña ni a Buenos Aires”.

Memorias para no olvidar, de Eduardo Bedrossian, un armenio “En Buenos Aires, apenas pasó por el Hotel de los Inmigrantes, que era para europeos, no para asiáticos. Además los piojos, entonces brazos armados de la ley, lo echaron a empujones. Vivió en la calle durmiendo por la noche sobre los bancos de las plazas, hasta que logró albergue en uno de los galpones del Ejército de Salvación de La Boca; allí tenía asegurado el techo y algo de comida. Los salvacionistas distribuían democráticamente lo poco que tenían entre muchos desarraigados y vagabundos hacia los que nadie quería mirar” (35).

Susana Aguad, escritora, recordó al Hotel en su texto “Al bajar del barco”. En esas líneas rememora los primeros instantes americanos de su abuelo, nacido en Italia, que emigró a los diecisiete años. Escribe Aguad: “El sol es tan fuerte como en Oleggio, donde se festeja este mismo día el comienzo del verano, mientras que aquí, en el confín del mundo, hace un frío polar. Cuando suben los agentes del Commissariato dell’Emigrazione ya están todos alineados frente al desembarcadero. A la derecha de la oficina de registro se levanta el edificio blanco del Hotel de Inmigrantes. Podrán alojarse gratuitamente durante cinco días y con sus tarjetas numeradas, entrar y salir libremente. Se disipa la angustia de una travesía de dos meses que les quitó fuerza y salud. Sin embargo, a algunos se les llenan los ojos de lágrimas cuando miran por última vez al ‘Génova’ con sus dos banderas trenzando azules y verdes” (36).

Finisterre, de María Rosa Lojo, llegan a Buenos Aires. Ella recuerda: “Nos alojamos al principio en un hotel español cercano al Fuerte: el Comercial, que nos habían recomendado por la calidad de la comida. Cuando mi marido cerró con llave la puerta de nuestro cuarto, me quité las botas, me aflojé el corsé, abrí el embozo de la cama y le tendí los brazos. Me parecía maravilloso estar con él a solas, tranquilos por fin sobre una tierra firme que sería la nuestra. Llegué a Buenos Aires casi recién casada. Nos habíamos elegido libremente, con el beneplácito de mi padre viudo que me entregó confiado a Tomás Farrell, doctor en medicina, como él, e hijo, como yo, de un irlandés y una gallega. (...) Tomás y yo no pensábamos afincarnos en Buenos Aires. Los médicos eran aún más apreciados en las provincias interiores que en el puerto cosmopolita, y ya nos esperaba un puesto vacante, en una villa cercana a la ciudad que se llama Córdoba, a imitación de la Córdoba española” (1).

María Pizzul de Russian nació en Mossa, talia, en 1901. Vive en Buenos Aires “desde 1924, cuando con su marido ‘fuimos a vivir a un conventillo de Chacarita que dejamos cuando compramos un terreno en Agronomía’, barrio que, desde entonces, nunca abandonó” (1).

“El secreto de cómo se produjo este pasaje de tanta gente de los cuartos del conventillo a una vivienda mejor reside seguramente en la comparación, durante todo el período, entre el precio medio de un cuarto en aquéllos y el nivel general de salarios en esta época de plena ocupación” (2), afirma Francis Korn.

El conventillo de la Paloma (1929), de Alberto Vacarezza, don Miguel, el encargado italiano -enamorado de la bella y esquiva protagonista que da nombre al conventillo y título al sainete-, dice, por ejemplo: ‘Sará carpincho, locura, amore, non só; ma giuro, per la ánema de san Genaro, que, ante de aflojare, le prendo fuego a lo conventillo’ ” (3).

El conventillo fue el escenario del sainete, como lo afirma Vacarezza en un conocido soneto: “La escena representa un conventillo./ Personajes: un grébano amarrete,/ un gallego que en todo se entromete,/ dos guapos, una paica y un vivillo.”(4). Allí “nació el lunfardo, que no es el idioma del delito, como Antonio Dellepiane tituló su libro sobre esta jerga porteña, publicado en 1894” (5).

En un conventillo vivió Carlitos Gardel, protagonista de una historia de Graciela Beatriz Cabal, quien relata que el pequeño ”se había ido por esas calles de Dios, colgado del pescante de algún carro lechero. Cuando aparecía de vuelta en el conventillo, la madre lo corría por el patio, con la chancleta en lo alto, las peinetas a medio salir y los pelos tapándole los ojos. -¿Dónde anduviste metido, desgraciado?- parece que quería decirle. Pero como estaba muy enojada se lo decía en francés (idioma rarísimo pero que era el de ella). Y entonces los vecinos, que habían sacado las sillitas a la puerta de las piezas para observar todo con detalle (sin intervenir porque una madre es una madre), se quedaban en ayunas” (6).

En su poema “En el conventillo” (7), Jevel Katz alude a las diferentes nacionalidades que lo habitaban, y su vida en común: “Mi novia Reizl vive en un conventillo/ y en Lavalle, al lado, en pleno centro,/ también yo vivo en un conventillo,/ siempre ruidoso, como una feria,/ gente y más gente”.

“Cuando los sefaradíes llegaban a Buenos Aires desde distintas partes del Imperio Otomano –señala Luis León-, el primer sitio conocido eran las inmediaciones de la calle 25 de Mayo. Enclavada en ‘el bajo’, parte vieja de la ciudad, era frecuentada por marineros en busca de alojamiento o diversión. Debido a su proximidad con el puerto, allí habitaban en pocas manzanas, numerosas familias sefaradíes que hicieron de ese sector de la ciudad, su propia ‘djudría’ ”. León transcribe el testimonio de Arouj de Bembasat, quien expresa: “Se vivía en grandes casas de múltiples habitaciones, los tradicionales conventillos, y en cada una había una familia.

Nosotros alquilábamos dos piezas que daban a patios, la de adelante, mi padre la convirtió en local, y en la otra vivíamos todos juntos, ellos y nosotros, los cinco hermanos. Recién cuando progresó, nos mudamos a una casa más amplia, separada de su local, donde le iba muy bien”.“En esa parte del barrio vivían no sólo sefaradíes, también otros inmigrantes, de los cuales algunos se destacaron. Por ejemplo la familia Alemann, dos de cuyos hijos fueron ministros de economía, “compartieron el conventillo con nosotros. Su madre los esperaba al venir del colegio para que no cruzaran solos la calle Reconquista. También Onassis, que se había hecho amigo de mi padre y vivía por allí. Papá acostumbraba tomar café en un bar muy humilde de la bajada de Viamonte donde lo atendía un mozo que apodaban ‘el griego’, que no era otro que el luego famosísimo multimillonario. Un día le regaló un barquito de marfil. ‘El griego’ contaba que iba y venía a Montevideo en bote todas las semanas haciendo negocios que nadie conocía’ ” (8).

El protagonista de “Hombre de recursos”, de Fernando Sorrentino, vivía, hacia el año del Centenario, en la calle Costa Rica, “en un cuartucho de un conventillo grisáceo, nos arrinconábamos mi madre y yo. Mi madre, llamada doña Ferdinanda y siempre vestida de negro, pertenecía, simultáneamente, a tres categorías (no incompatibles), a saber: a) santa viejecita; b) viuda; c) napolitana. A pesar de lo Rica que era la Costa de nuestra calle, vivíamos en la peor de las pobrezas y no teníamos ni dónde caernos muertos” (10).

También vivían en un conventillo los personajes de “No hagan olas”, de Elsa Bornemann: “En aquel conventillo de Buenos Aires, cercano al puerto y donde vivían hace muchos años, los inquilinos argentinos tenían la costumbre de poner apodos a los extranjeros que –también- alquilaban alguna pieza allí. No eran nada originales los motes, y errados la mayoría de las veces, ya que –para inventarlos- se basaban en el supuesto país o región de procedencia de cada uno. Tan supuesto que –así, por ejemplo- don José era llamado ‘el Ruso’, aunque hubiera nacido en Ucrania... A Sabadell, Berenguer y sus esposas les decían ‘los gallegos’, si bien habían llegado de Barcelona sin siquiera pisar Galicia... Apodaban ‘los turcos’ al matrimonio de sirilibaneses; ‘los tanos’, a la pareja de jóvenes italianos de Piamonte que jamás habían conocido Nápoles e –invariablemente- ‘el Chino’, a cualquier japonés que diera en fijar allí su transitorio domicilio. Sin embargo, podríamos deducir un poco más de conocimientos geográficos, de información y hasta cierto trabajo imaginativo por parte de aquellos pensionistas argentinos, de acuerdo con los sobrenombres que les habían adjudicado a la dueña de la casona y a su hijo. Ambos eran griegos. Por lo tanto ‘la Homera’ y ‘el Homerito’, en clara alusión al autor de La Ilíada y La Odisea, el genial Homero. Por supuesto, a todas las criaturas que habitaban esa construcción tipo ‘chorizo’ (cuartos en hilera, cocina y bañitos ídem, abiertos a ambos lados de un patio), los `rebautizaban’ con los mismos motes que sus padres, sólo que en diminutivo” (11).

Los conventillos más famosos fueron Las Catorce Provincias, El Universo y el Conventillo de la Paloma. En ellos “se compartían los baños, los lavatorios, las letrinas, la cocina y los lavaderos. En las piezas vivían familias enteras, a veces con seis o siete hijos, lo que provocaba hacinamiento y promiscuidad. (...) Para dormir, los más pobres tenían dos opciones: el sistema de “cama caliente”, en el que se alquilaba un lecho por turnos rotativos para descansar un par de horas, o la maroma, que eran sogas amuradas a la pared a la altura de los hombros. Quien optaba por ese método debía pasarse las sogas por debajo de las axilas, dejar caer el peso del cuerpo y dormir parado” (12). Esto nos da una idea del enorme sacrificio que debieron hacer muchos de los que venían en busca de un futuro mejor.

El aluvión inmigratorio tuvo que ver con las nuevas ideas sobre edificación. Lo afirma Andrés Carretero: “‘En 1887 la población total era de 404.173 habitantes, con una densidad de 89 habitantes por hectárea’, computó Carretero, pero ya el cambio comenzaba a operarse con la afluencia de la inmigración, ‘que modificó los amplios patios de las casas porteñas, que se dividieron para facilitar dos o tres pisos a las casas de bajo y aprovechar así mejor los terrenos’” (13).

“El plan del 80 naufraga –señala Sergio Pujol-: la presión de los inmigrantes y la tipología ‘degenerescente’ de la que hablan los analistas sociales se corporiza en la vida de hacinamiento de los conventillos y en la violencia nocturna, así como en las huelgas que de día suelen frenar el curso de las calles y las rutinas de un trabajo explotador” (14).

“A partir de fines del siglo XIX y para comienzos del XX –considera Francis Korn-, la proporción de los que vivían en conventillos comenzó a descender (al 18% en 1890, al 14% en 1904 y al 9% en 1919) y la proporción de conventillos sobre la edificación total también bajó de manera importante, Como es un hecho que durante todo el período considerado el conventillo fue la peor vivienda posible, puede deducirse que el problema general de la vivienda fue mejorando notablemente. Cómo se produjo esta mejora, aún sin haberla observado, puede llegar a visualizarse con cierta claridad si se considera que el ritmo de la construcción durante el período fue abrumador (entre 1904 y 1914, por ejemplo, se construyeron en la ciudad 31,66 metros cuadrados por habitante agregado por año) y que la mira de los recién llegados estaba puesta en alcanzar una mejor vivienda y, en lo posible, propia. Los que construían eran sobre todo inmigrantes: los datos muestran que entre 1887 y 1914 los propietarios de inmuebles de la ciudad crecieron proporcionalmente más que la población (un 400%); que si se compara la cantidad de propietarios con la cantidad de familias, se ve que los primeros constituían, entre 1909 y 1914, alrededor de un 60% sobre la cantidad de familias; que los extranjeros eran, durante todo el período, más del 50% de los propietarios de inmuebles y llegaron a ser el 60% en 1914; que esos propietarios extranjeros se distribuyeron por toda la ciudad, aun en las zonas de más alto valor de la tierra (como San Nicolás y el Socorro); que lo que se construía era de ladrillo en alrededor del 95%; que el financiamiento de todo esto salió fundamentalmente del bolsillo de los habitantes (el Banco Hipotecario aportó poco al financiamiento de la construcción privada, sólo el 6% en 1913, y, en general durante el período, nunca más del 10%). Una idea de por qué en tantos casos la ilusión de la mejor vivienda se convirtió en posible la puede dar la siguiente relación: si se compara el precio promedio mensual de un cuarto de conventillo con los peores salarios de la época, se ve que constituía el 22 % del salario más bajo (el de albañil) y el 15 % de los de un herrero o un carpintero. Si se piensa que no había población desocupada y que en cualquier otra actividad el porcentaje que representaba ese alquiler debía ser aún menor, se puede deducir que de esa ecuación salía parte, por lo menos, del capital empleado en la construcción de viviendas” (15).

Cuentos de criollos y de gringos, “Se acomodaron en una pieza de pensión en La Boca, paso obligado para todo humilde recién llegado, después del Hotel de Inmigrantes y antes de alcanzar el soñado terrenito propio” (16).

En una pensión vive sus primeros días porteños Silvio Gesell: “Para los argentinos el apellido Gesell es familiar, primero por la casa de venta de artículos para bebés y luego por la figura del pionero Carlos Gesell quien puso su apellido en la villa turística que fundó luego de domesticar la naturaleza de esa zona de la costa atlántica. Lo que pocos saben es que la villa hace honor a la memoria del padre de Carlos Gesell, Silvio Gesell, otro pionero en el mundo de los negocios primero y en el campo de las teorías económicas después. Silvio Gesell fue un próspero comerciante alemán, radicado en Argentina en 1887. A los 25 años llegó al país acompañado solamente por un cajón de madera repleto de instrumentos odontológicos, cajón que su hermano le había confiado para intentar fortuna en América. Liquidados los trámites aduaneros y con el cajón ya en su poder alquiló una modesta pieza de pensión donde se instaló sin más muebles que un armario y una mesa que usaba para comer y sobre la cual dormía de noche. En pocas semanas consiguió ubicar la mercadería en los consultorios de los odontólogos que visitó. Al tiempo y luego de un corto viaje a Alemania para organizar mejor las entregas, el moblaje de su pieza mejoró y ya compró una cama. Con el tiempo, aparecen también otros muebles hechos del material de los cajones que recibe regularmente con artículos desde Alemania. Trabajo y ahorro son sus lemas” (17).

La catalana Remey Nuez Fontanals llegó a Buenos Aires en 1947, a los veinte años. Sus primeros tiempos en la Argentina fueron muy difíciles. Lo recuerda más de cincuenta años después: “Llegamos a Buenos Aires y como mi marido no había hecho el servicio militar, lo llevaron preso, así que me quedé hasta que todo se arregló, sola. Después fregamos pisos... hicimos de todo. Vivíamos en un cuarto de pensión, con dos cajones de manzana y una tabla para comer; el colchón era de estopa, imagínate... Yo cocinaba con carbón y hervía los ravioles en una pava... pero más que nada comíamos hígado” (18).

Tantas voces, una historia, Eleonora María Smolensky y Vera Vigevani Jarach destacan que, cuando arribaron los judíos italianos, “Algunos amigos argentinos judíos asumieron el compromiso de mitigar las dificultades de los comienzos. Ellos se encargaron de alojar a los recién llegados en hoteles o pensiones donde, por lo general, permanecieron durante escasos días. (...) Un segundo momento, de imprevisibles consecuencias, transcurrió en las pensiones que los hospedaron durante los meses siguientes”. (19)

buen lugar, donde hoy hay una galería vidriada con fuente y enredadera, su abuelo Giuseppe armaba a mano zapatos que jamás pesaban más de 300 gramos –era su regla de oro—mientras mascaba tabaco y hablaba en un calabrés imposible con el loro que lo escoltaba sobre una percha” (20).

Trincado, un inmigrante que llega de España en 1910, construye su casa en Villa Pueyrredón: “Aquella casa era una pieza de madera y forrada por afuera de zinc, sobre una plataforma a 40 cm del piso, ya que estaba cerca del arroyo Medrano y se inundaba con frecuencia. La cocina estaba separada y el baño al fondo. Sin necesidad de televisión o radio para acostarse a dormir, bastaba con que las gallinas comenzaran a discutir dormidas desde el fondo o que, cuando empezaba a llover, las ranas se convirtieran en una orquesta sensacional para entretener a todos los ‘oyentes’. (...) Era una zona de quintas y los chicos jugaban en la calle. Aquel Pueyrredón era un gran campo con lagunas donde se cazaban ranas. Había casas bajas, con calles de tierra, cuna de tantas travesuras” (21).

En ese barrio también se establecen los Feierstein. Ricardo, uno de los hijos de los inmigrantes polacos, escribió: “un jardín lleno de flores y manzanas, un baldío con pasto hasta las rodillas y dos arcos de fútbol señalizados con ramas y latas, una calle de tierra con el hueco preparado para jugar a las bolitas, (...) y hay también casitas de tejas rojas y hogares a leñas y un estrecho zaguán de paredes encaladas que de pronto se resquebrajan por una de sus grandes grietas y derraman desde allí, desde lo alto, (...) sueños y juguetes, árboles para treparse” (22).

La manifestación, Jorge Asís escribe: “Cómo no recordarlo, cómo olvidar los picados en las calles, y de la gallega neurótica que no daba la pelota cuando caía en su casa, o la devolvía cortada, y los piedrazos que caían de noche en su techo de chapa” (23).

El ángel del capitán, de Chuny Anzorreguy. Cuando el propietario italiano exige un garante del alquiler, el croata le contesta: “Escúcheme. Acabamos de llegar de Europa. No conozco a nadie. No tengo nada. Nada más que mi honor, que para mí es mucho. Usted alquíleme el departamento y yo le aseguro que a fin de mes va a recibir el pago, aunque tenga que matarme para conseguirlo. Crea en mí” (24).

Por la Avenida de Mayo caminaban los inmigrantes. Lo recuerda Alvaro Yunque, quien escribe: “Rumbo al oeste, por la Avenida/ esta ruda familia de italianos: A la cabeza el padre, un hombrachote/ que lleva un chiquitiño entre sus brazos;/ atrás de él dos muchachas, dos gringuitas/ de trenzas rubias y de ojos garzos;/ detrás la madre cuyo vientre elévase/ con la promesa de algún nuevo vástago;/ y aún detrás cansadamente marchan/ dos chicuelos cogidos de la mano;/ y golpean los rudos zapatones/ y exhiben los vestidos aldeanos/ aquellos inmigrantes que contemplan/ todo con grandes ojos asombrados” (25). Leonie J. Fournier evoca a los hispanos: “andaluces, madrileños/ que la Avenida de Mayo/ es como la casa de ellos” (26).

Katz, Jevel: “En el conventillo”, en Weinstein, Ana E. y Toker, Eliahu: “La rama argentina de la literatura ídish, y rama ídish de la liteatura argentina”, en Weinstein, Ana E. y Toker, Eliahu:

El cuento argentino 1959-1970* antología A. Castillo, D. Sáenz, H. Conti y otros. Seminario Crítica Literaria Raúl Scalabrini Ortiz (sel., prólogo y notas). Buenos Aires, CEAL, 1981 (Capítulo).

Con esfuerzo, con nostalgia, vivieron los inmigrantes sus primeros días en nuestra tierra. Algunos volvieron a sus patrias, pero muchos se quedaron en esta nación de la que hoy emigran sus nietos.

La travesía ha llegado a su fin. Los pasajeros, con su documentación argentina, se encuentran con sus familiares, amigos, o empleadores, o se remiten a las instituciones que los orientan. Los que no tienen conocidos en la nueva tierra, sufren “las penurias del desembarco en Buenos Aires, Hotel de Inmigrantes y frustrada espera de un destino” (1). Días después, muchos viajarán hacia el interior. Hubo, también, quienes siguieron hacia los provincias sin bajar del barco en el que habían cruzado el mar.

En “La formación de una raza argentina”, José Ingenieros –nacido en Italia- se alegra de la adaptación al medio geográfico que se verifica en los inmigrantes: “Las variedades de la raza europea aquí trasplantadas sienten ya, en sus hijos argentinos, los efectos de la adaptación a otro medio físico, que engendra otras costumbres sociales. Los Andes, la Pampa, el Litoral, el Atlántico, la Selva, el Iguazú, son cosas nuestras, y solamente nuestras. Viviendo junto a ellas, las razas blancas inmigradas adquieren hábitos e ideas nuevas, hasta engendrar una variedad, distinta de las originarias” (2).

Barrio Gris, Joaquín Gómez Bas presenta a una española que vende leche en Sarandí: “El agua cubre ya la mitad de la calle. La gente comienza a utilizar el puente esquinero para atravesarla. Es un artefacto endeble y cimbreante que se yergue a más de cinco metros sobre el nivel del camino ordinario. Representa una hazaña ascender la escalera de carcomidos peldaños de madera, recorrer su piso de tablas inseguras y bajar por el extremo opuesto aferrándose a la barandilla resquebrajada por el sol y las lluvias. (...) Doña Micaela sube trabajosamente la escalera del puente acarreando un tarro de leche en cada mano. Trastabilla en los tramos y acompaña el peligroso tambaleo con imprecaciones más sucias que su indumentaria. Es grotesca como una vaca que bailara sobre sus patas traseras” (1).

los establecimientos de La Sulfúrica, perdió pie y cayó a un estanque de ácidos... siendo infructuosos los auxilios que le prestaron sus compañeros... Intervino la comisaría...” (2).

Buma en idish) era la segunda hija del matrimonio formado por los rusos Elías Pizarnik y Rosa Bromiker, que en 1934 dejaron su Rovne natal (donde algunos años despúes los nazis masacraron a sus familias), para instalarse en los suburbios soleados de Avellaneda” (3).

Para encontrar a Francisco Rapanaro hay que largarse hasta Lanús Este. Allí vive este artesano, de setenta años, con su familia. Ya jubilado, de su taller salen reproducciones metálicas de autos y carruajes a tracción a sangre a escalas casi perfectas. Nació en Grassano, en la región italiana de Basilicata, y a los diecinueve años llegó a la Argentina” (4).

En Temperley vivió el primero de los escoceses Prebble que pisó suelo argentino. Carlos Prebble resume la historia de sus antepasados: “Mi tatarabuelo Charles Prebble vino a la Argentina en el siglo XIX

En “Historia popular de Burzaco”, escribe Daniel Alberto Chiarenza: “A don Ignacio Irigoyen lo reemplazó el coronel José Inocencio Arias, quien asumió (como era costumbre) el 1º de mayo de 1910, siendo su vicegobernador Don Ezequiel de la Serna. Durante su gobierno se creó la Escuela Práctica de Fruticultura y Chacra Experimental de Agricultura en Dolores. Tal vez el último comentario esté relacionado con la llegada de los primeros colonos japoneses que establecieron granjas o se dedicaron a la floricultura, precisamente, en la zona de Burzaco. (...) Burzaco es una ciudad que cuenta con una numerosa colonia de inmigrantes japoneses. Tal es así que la Asociación Japonesa de la Argentina, desde 1940, tiene su campo de deportes en Roca y Monteverde” (5).

En Quilmes, La Plata y Berisso, “se desarrolló, durante la década de 1920, una importante concentración de armenios gracias a las fuentes de trabajo en los frigoríficos de la zona. En la localidad de Berisso estaba el frigorífico Armour La Plata S.A. que inició sus operaciones en 1915. Entre dicho año y 1930, el 60% de su población obrera estaba constituida por hombres y mujeres provenientes de Europa y Asia. Los armenios compartieron con los italianos, españoles, rusos y árabes, las pesadas tareas en desfavorables condiciones de trabajo” (6).

Pedro Opeka, sacerdote en Madagascar, “tiene cincuenta y cinco años y dos padres eslovenos que se establecieron en Argentina tras huir de la Yugoslavia comunista de posguerra. Junto a ellos y sus siete hermanos se crió en Ramos Mejía, donde aún viven doña María y don Luis” (7)

Latas de cerveza en el Río de la Plata, novela de Jorge Stamadianos que fue distinguida con el Premio Emecé 1994/95-: “El Acrópolis está ubicado sobre el andén de una estación de la zona norte del Gran Buenos Aires que años atrás, en la década del 50, había conocido su época de esplendor. El lugar había crecido rápidamente en esos años dando origen a una calle principal donde se amontonaron todo tipo de comercios. (...) Mi viejo había hecho pintar el Partenón sobre los vidrios como un símbolo triunfal de su país, pero el paso del tiempo descascaró el dibujo, metamorfoseando esa imagen idílica –pintada de dorado- en la actual del monumento en ruinas” (8).

Secretos de familia, de Graciela Beatriz Cabal, conoce a un alemán: “Doña Lola, que es la madre de mi novio, tiene anteojos azules y un diente negro. Don Oscar, que es el padre de mi novio, es alto y colorado. ‘Porque es alemán’, dice mi mamá. Pero éste no es maldito como los alemanes de Punta Mogotes y los que hacen la guerra: es alemán nomás, y arregla los barcos que se rompen” (9).

Mito Sela recuerda su infancia en San Martín, en la década del 30: “Crecí y me desarrollé en un barrio fuera de la Capital, ya provincia, sólo cruzando la Av. Gral. Paz. Este barrio –otro mundo- reunía en sus calles fábricas y galpones de la industria textil, que funcionaban sin descanso 24 horas diarias durante seis días a la semana. Junto a la industria se desarrolló un proletariado textil, formado por italianos, españoles y judíos, fervientes sindicalistas, que en su mayoría se identificaban con los distintos matices de la izquierda hasta la llegada del peronismo. En esos años agitados, de ruidos de telares y de efervescencia social, transcurrió mi niñez. La ubico entre los 6 y los 13 años” (10).

Entre los africanos –afirma Juan Carlos Coria-, “Las ocupaciones son muy variadas, pues van desde personal de a bordo, de distintas flotas comerciales o mercantes, hasta empleados en la administración pública, pasando por obreros, comerciantes al menudeo y muy pocos los que se han internado en las provincias, o se han dedicado a la agricultura ya como patrones o peones. (...) El asentamiento geográfico de la población de origen africano y de su descendencia, se concentra mayoritariamente en el Gran Buenos Aires, siendo muy pocos los que viven en la ciudad de Buenos Aires o en provincias del interior” (11).

En Miramar vivió el pampista Mauricio Chajchir. En sus memorias, el relata que en 1891 “se abrió el comité del Barón de Hirsch. Fue una salvación para los judíos y empezó el registro de las familias. Aceptaban solamente familias con hijos varones. Los que no los tenían, se daban maña. Hacían inscribir a un soltero como hijo y la cosa marchaba”. Cuando llegaron fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes: No sé de dónde surgió la versión que los cocineros y el personal eran judíos españoles y por consiguiente todo era kosher. Y ¡ah! Por primera vez durante todo el viaje, todo el pasaje disfrutó de una buena cena. Al día siguiente una comisión de mujeres fue a investigar a la cocina para ver si salaban la carne y se encontraron con una cabeza de cerdo sobre la mesa. Volvieron amargadas y tratando de vomitar lo que habían comido la noche anterior”. De Buenos Aires viajaron a Miramar y fueron hospedados en el Hotel Atlántico, donde permanecieron hasta que se inició el traslado a Entre Ríos. Chajchir escribe en sus memorias: “Lo que recuerdo de allí y lo conservo aún hoy día, es el gusto del té recocido y endulzado con azúcar negra, la que no era refinada y que hoy la llaman azúcar rubia. Ah! Hasta me parece que siento el gusto y el olor del té recocido con azúcar negra”. Recuerda en otro pasaje: “Nos habían dado matze para cuatro días, por lo que una delegación viajó a Villaguay y regresó al otro día en el tren con 5 bolsas de harina. De inmediato, al primer día hábil de la semana de Pésaj, jal-amoed, o mejor dicho la noche antes, calentaron y amasaron con palos improvisados. Una espuela de bota que se quitó un peón sirvió para cortar las hojas”. Cuenta una travesura que hizo con otros compañeros: “Yo sí que tomé clandestinamente un vaso de leche. Un día nos juntamos tres muchachos y fuimos por una senda a una casita, de la que habíamos oído que convidaban con leche a los visitantes. Fuimos repitiendo todo el camino la palabra leche para no olvidarnos. Llegamos, el más grande de nosotros dijo –leche-, largaron una carcajada y nos dieron un vaso de leche a cada uno. Como no sabíamos cómo decir gracias, hicimos una reverencia en señal de agradecimiento. Y hubo más carcajadas” (1).

Chupete le gusta su profesión, la misma de su padre y de sus dos abuelos italianos. Para ellos, toda la vida giró en torno a la pesca. ‘Mi abuelo llegaba a la casa, se lavaba y preparaba el chupín. Mientras se cocinaba, tejía la red. Todos los días un poquito. Terminaba de coser, comía, y se iba a dormir hasta el otro día, que volvía a pescar. Esa era la vida de él” (2).

José Navarro y Humberto Sánchez fundaron en Mar del Plata la tienda “Los gallegos”: “Con poca mercadería y muchas ganas de ganar dinero, los dos gallegos dormirían muchas noches sobre los dos únicos mostradores de la tienda vencidos por el cansancio de largas horas de trabajo y temerosos que un desborde del arroyo se llevara rápidamente las ganancias del mes”. A ellos se sumaron más tarde los empleados Enrique Martínez y José Vicario. “Recuerda doña ‘Conce’, la esposa de José Vicario que ‘cuando ellos (Vicario, Martínez y Navarro) iban al campo a hacer propaganda y vender, nosotras las mujeres, preparábamos las viandas. Es que estaban afuera varios días y debían llevar la comida. Sí, claro que con la señora de Martínez tratábamos de ayudar. Hubo épocas muy malas, como aquella de la crisis del 30... bueno, nosotras confeccionábamos ropa interior, camisetas y todas esas prendas para ser vendidas en la tienda...” (3).

La Capital en marzo de 2004 informa: “Desde ayer y hasta el sábado próximo se desarrolla en la ciudad de Mar del Plata la 50º edición de la Semana Fallera. La celebración es organizada por la Unión Regional Valenciana y se realiza en la céntrica plaza Colón. Todas las noches se ofrecen delicias gastronómicas y suben al escenario agrupaciones de música y baile de distintos puntos del país. (...) La celebración, con epicentro en la ciudad española de Valencia, alcanzará el máximo esplendor el sábado próximo cuando a partir de las 21 se realice un espectáculo de fuegos artificiales y luego, desde las 22, se proceda a la crema del monumento principal de la Falla 2004. La asistencia se estima entre 80 y 100 mil personas. (...) Este año la estructura del monumento principal instalado en la plaza Colón consiste en enormes castillos que simbolizan al Fondo Monetario Internacional y un galeón, que representa a nuestro país, que intenta alejarse del lugar. Entre los muñecos que forman parte de la escena se destaca la réplica del presidente Néstor Kirchner. La instalación tiene una altura de 31 metros y está confeccionada con madera y cartón. Precisamente el ritual de la crema consiste en prender fuego la obra de arte, que por lo general está inspirada en algún hecho saliente de la escena nacional o internacional” (4).

Hay gitanos en Mar del Plata. Algunas de sus composiciones han sido recopiladas por Perla Miguelí y transcriptas musicalmente por Pedro Leguizamón. Escribe Miguelí: “las canciones nuestras están basadas siempre en hechos reales, en acontecimientos que han pasado. Son anécdotas cantadas, inspiradas por el protagonista o por algún antepasado que transmitió el caso como canción. Pequeñas historias que pueden haber parecido importantes sólo para el grupo, en el momento de componerse, pero que con el paso de las generaciones adquieren una grandeza especial, una ternura, una bella sencillez, una frescura que nos cautivan a los que tenemos en nuestros oídos mucho más material de música (por discos, cassettes, compactos, radio, televisión, etc) que los que se podrían tener en otras épocas. Muy ocasionalmente, hoy en día en alguna fiesta o reunión se entonan canciones gitanas, para sorpresa y deleite de los presentes” (5).

En Villa Gesell vive Valeria Rodziewicz, “una encantadora ex enfermera polaca, sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial”. La anciana “nació en Wilno (Vilna hoy), Lituania, el 27 de diciembre de 1913. Por entonces, el territorio lituano pertenecía a la Rusia zarista”. Recuerda la guerra. En Polonia, en 1939, “La comida escaseaba, sólo teníamos arroz y la carne de los caballos muertos esparcidos por las calles. Cuando los alemanes llegaron al hospital, me echaron, con el pretexto de que no figuraba como enfermera estable. De golpe me quedé sin trabajo y me instalé en un albergue para estudiantes. Para poder comer tenía que vender mi sangre para las transfusiones” (6).

En Villa Gesell se estableció “el matrimonio que formaban la princesa María Windesgraetz y el conde Esteban Károlyi, de la nobleza húngara. Como tantos europeos de la posguerra, los Károlyi eligieron Villa Gesell para vivir y para ofrecer a turistas y amigos la mejor atención personal de la familia” (7).

En Necochea vive Amy Stirling –que “había sido inglesa, linda y joven”-, en un texto de María Esther de Miguel: “Cuando llegó a Necochea, no fue casualidad quedarse: cierto matiz del puerto le recordó suburbios de su ciudad. Yo la conocí una noche en Quequén: vieja, borracha y sentimental. Parecía un clown, exageradamente maquillada, propensa al disparate. Me informaron: está loca. Pero no lo creí” (8).

Entre Sofie y Tovelille Una historia de los inmigrantes daneses en la Argentina (1848-1930), “una versión revisada y abreviada” de su tesis doctoral, dirigida por Fernando Devoto. En esa obra, ella evoca a su abuela dinamarquesa, que vivía en Necochea: “Entre mis recuerdos infantiles guardaré para siempre aquellos viajes familiares que hacíamos desde Juan N. Fernández a Necochea para pasar el día en lo de la abuela Frida. Los ochenta kilómetros que separaban esos dos lugares resumían el tránsito imaginario a un mundo mucho más distante por el que yo sentía una profunda fascinación. En el porche de la casa los visitantes éramos recibidos por un elocuente anfitrión: un zueco rojo de madera que la abuela había traído de Dinamarca. Aquel zueco, que colgaba a un costado de la puerta principal y en el que nadie parecía reparar, me señalaba la entrada al mundo de Frida. Un mundo en el que esa mujer –por momentos inescrutable, que no hablaba bien el castellano y que se dirigía a mi padre casi siempre en danés- había recreado una parte de su pasado y de su tierra a la que ya sólo la unía la nostalgia y la certeza de que el retorno al lugar de nuestros orígenes nos condena a movernos en un paisaje de imágenes y sensaciones que ya no podemos reconocer” (9).

Cerca de Médanos abrieron la Proveeduría “El Progreso” los hermanos Martínez y la esposa de uno de ellos. “Tanto Paco como Pepe –relata Isaías Leo Kremer- eran medio duros de entendederas, pro nunca dejaron de pagar sus cuentas, ni de tener preparados los billetes para los proveedores, cuando estos presentaban sus facturas. (...) Los gallegos, no sólo eran muy trabajadores, sino que hacían todo solos, no contrataban personal alguno; esto, unido a una vida austera, hizo que pronto cimentaran su posición” (10).

Cual ovejas sin pastor: “Desde Buenos Aires, y previo paso por el Hotel de Inmigrantes, un grupo llegó en tren hasta Tres Arroyos, mientras que otros se instalaron en Cascallares, en la llamada Colonia del Castillo” (11).

El ensayo “La construcción de nuestra identidad”, de Angela Mónica Waksman, fue distinguido con una Mención de Honor en el Concurso AMIA 2004 Juana y Julio Kolonsky. En ese texto, ella relata que en Tres Arroyos vivieron sus antepasados: “Me pusieron ese nombre porque la tía mayor de papá había muerto tres meses antes de que yo naciera. Ese era mi nombre en castellano que, seguramente, mi bisabuela, pobre, copió de alguna vecina de Tres Arroyos. Allí había ido a vivir con sus hijos pequeños cuando mi bisabuelo, apenas llegado a tierras de Sudamérica, decidió buscar su propio ‘El Dorado’ en el norte del continente, abandonando a mi bisabuela, la

bobe Berta. Para su empresa conquistadora se llevó a sus hijos varones mayores y dejó a esa mujer fuerte, siempre vestida de negro y con un rodete encanecido y muy prolijo” (12).

SS City of Dresden con alrededor de dos mil pasajeros. Se dirigieron a Napostá, cerca de Bahía Blanca, desde donde, en 1891, quinientos veinte colonos regresaron a Buenos Aires, “

Go west! Esa era la consigna del padre Antonio Fahy, uno de los personajes más emblemáticos de la comunidad irlandesa en el país. ‘Entre 1840 y 1850, Fahy recibía a los irlandeses en el puerto de Buenos Aires y los convencía de que se fueran al campo, al Oeste, a criar ovejas. Después los visitaba y los iba casando entre ellos’, cuenta Teresa Deane” (14).

“ ‘A mi abuelo Gaynor lo cargaron los ingleses en un barco a los 19 años, por rebelde, en 1857. Los últimos quince días antes de embarcarse lo único que comió fueron ortigas hervidas, porque no había ni para pan. A su hermano lo mandaron a Tasmania, donde se convirtió en un bandolero legendario. Eran barcos de vela, los cargaban para que se hundieran en el mar, y si llegaban a algún lado era por obra de Dios. La gente venía desnutrida y muchos morían durante el viaje. Mi abuelo fue a dar al Hotel de Inmigrantes, con apenas 45 centavos en el bolsillo’. Mateo Kelly –botas y bombachas de gaucho- ofrece un mate en su casa de San Antonio de Areco. Tiene 86 años, una memoria prodigiosa y cientos de historias. ‘Los criollos les daban a los irlandeses mil ovejas y un pedazo de campo –sigue-. Exigían el 66 por ciento de los corderos y la lana. Los irlandeses se quedaban con el tercio restante y así, en ocho o diez años, salían a flote. Era una vida dura. Vivían en taperas, ranchos de adoba, con puertas de cuero de oveja y en la frontera con el indio. Pero así mi abuelo Gaynor, que llegó sin nada, pudo comprar campo en San Andrés de Giles” (15).

En 1878, ocho familias y tres solteros volguenses fundaron Kaminka, un pueblo que más tarde cambiaría su nombre: “Cuando los colonos llegaron a Hinojo ya contaban con casillas provisorias instaladas y, cumpliendo con lo prometido, el gobierno les cedió animales y un arado como así también medios para su manutención por un año” (16).

Los volguenses que fundaron Colonia San Miguel “de las bodegas del antiguo trasatlántico pasan a los incómodos asientos de un vetusto coche ferroviario de la empresa inglesa de ferrocarril que los traslada hasta su estación terminal, Azul, pues hasta allí llegaba. Para completar los treinta y cinco kilómetros que les faltaba para llegar a su destino definitivo, abordaron una tradicional carreta, cuyos pesados bueyes los conducen hasta un paraje denominado San Jacinto, en el partido de Olavarría (...) Dos años en ese lugar, en contínuos sobresaltos por la lucha contra los malones indígenas, con armas que ellos mismos implementaban, bastaron para determinar la búsqueda de un sector más propicio. Encontrando, algo más al este, tierras más aptas y más alejadas de los peligros del indio. (...) Por mayoría deciden establecer allí su definitivo asentamiento, que debía llevar el nombre de uno de los tres patriarcas de mayor edad: Juan Ruppel, Pedro Kessler y Miguel Stoessel. Echada fue la suerte y don Miguel Stoessel fue el favorecido para transmitir su nombre a la nueva colonia. De ahí en más se denominaría ‘Colonia San Miguel’ ” (17).

El bisabuelo de Zahira Juana Ketzelman llegó a Azul con su familia, pero, molesto por la actitud de los lugareños para con sus hijas casaderas, se fue de esa localidad (18). Otros, se quedaron: “Las diferentes expediciones realizadas con el fin de ensanchar los límites de la frontera eran complementadas por los gobiernos mediante el dictado de las leyes de enfiteusis. De esta manera atraían al colono y al extranjero. En virtud de ellas, legiones de inmigrantes vascos, franceses e italianos se introdujeron en el desierto a fin de explotar esas tierras que se les proporcionaba. Esos pobladores como don Pablo Acosta, don Miguel Rodríguez Machado se trasladaron a estas regiones y en virtud de salvaguardar sus vidas, su hacienda y, a fin de favorecer el comercio interno, se creó la línea de frontera del Arroyo Azul” (19).

De aquí hasta el alba. Roger Bary era “mercader en aquella esquina del infierno” y entra en tratativas con los indígenas, aún a costa de las vidas de sus hijas, sólo para salvar el pellejo”. En esa misma novela, el desierto alberga los restos de un estadounidense: “Un hombre delgado y macilento que era ingeniero del ejèrcito, habìa llegado para estudiar la posibilidad de trasladar el asiento de las tropas un poco màs hacia el mar. Se habìa llamado Jewison y era un americano de Tejas, muy golpeado por la enfermedad que habìa contraido al atravesar la Florida. Jewison tenìa treinta y cinco años y un Colt Forntier a la cintura; vestìa levitòn Prìncipe Alberto y fumaba cigarrillos muy suaves, ambarinos, de Virginia”. Una noche, “quedò con los ojos abiertos, mirando el techo de paja trenzada, inmòvil como una piedra. Habìa muerto sonriendo, cara a un cielo extraño, tal vez muy semejante al de las interminables noches de su Tejas natal” (20).

Hermana y sombra, de Bernardo Verbitsky, recuerda al español que les vendía leche: “Dejamos en Bahía Blanca varias cuentas impagas, pero la que realmente nos preocupaba era la del lechero, un español bajito y menudo, a quien se le formaban unas arruguitas alrededor de los ojos al sonreír, lo que hacía con frecuencia. Vestía algo parecido a un chaleco oscuro, sin magas, usaba faja, y un chambergo negro echado ligeramente hacia la nuca. Teóricamente, lepagábamos mensualmente los cinco litros que nos dejaba cada día pero siempre fue tolerante para el cobro, aceptando los pretextos con que explicábamos nuestra condición de deudores morosos. En los últimos meses no pudimos darle un centavo sin que él suspendiera el suministro de nuestro principal alimento. Nuestra convicción, reafirmada más de una vez por mamá, era que a ese pequeño español bondadoso debíamos el no haber muerto de hambre, sobre todo nuestra hermanita a quien no le faltaron nunca varias mamaderas diarias para suplir los pechos casi secos de mamᔠ(21).

En 1844, llegó a la Argentina el danés Juan Fugl, pionero que se estableció en Tandil cuando los indios habitaban la región. El “relató que después del sitio indígena de Tandil en el mes de noviembre de 1855, ‘Al fin de cuentas, los soldados que llegaron no habían resultado mucho mejor que los salvajes, pues en las casas abandonadas que encontraron, robaron todo lo que pudieron y les fuera útil’. Resultaba notorio que la Guardia Nacional por lo general llegaba después de que los indios habían hecho los peores destrozos” (22).

Señala John Lynch que “Los pioneros, en muchos casos, fueron los colonos inmigrantes y desde el comienzo de la década de 1880 la cría de ovejas también llegaría a Tandil. (...) Los inmigrantes también podían convertirse en víctimas de la especulación con la tierra; cuando los especuladores compraban tierras a bajo costo y las vendían a los recién llegados a precios más altos o cuando se subdividían o arrendaban las grandes propiedades” (23)

Otro lombardo afincado en Tandil, Martín Illia –quien más tarde sería padre del presidente-, logró “salvarse de un malón que arrasó con los pobladores de la zona” y regresó a Italia. Corría 1872, el año de la “masacre” –en la que no tuvieron que ver los indios- que costó la vida a muchos extranjeros. “En 1876, volvió solo al país, trabajando como jornalero en la construcción de ferrocarriles” (24).

Hugo Nario describió la dura vida de los picapedreros en Tandil: “Despeñarse, quedar aplastado por el desprendimiento de piedras o cascajo, perder un ojo reventado por una escalla o por un pinchote mal templado, morir destrozado por una voladura imprevista, caer bajo las ruedas de las zorras que bajaban cargadas de material desde lo alto de la pendiente, o carros cuyo control de descenso se perdía, y volcando arrastraban por el precipicio a caballos y conductor. Y en todo tiempo, el arresto, el allanamiento, las redadas, días y meses de encierro, la amenaza de la deportación, a veces sin proceso” (25).

Sobre Colonia Urquiza, escribe Gabriela Bovcon: “En sus comienzos, los primeros en ocupar estas tierras fueron: Guillermo Décker, de origen holandés, seguido por el inglés John Mhay, dueños originarios del territorio. A partir de la ley de Nacionalización de grandes latifundios, durante el gobierno de Juan Domingo Perón, estos terratenientes deciden negociar sus tierras La colonia fue pensada por el Consejo Agrario Nacional como resultado del segundo plan quinquenal para que, grupos de diversas nacionalidades europeas se instalaran y desempeñaran la actividad agrícola. Es así que las primeras familias en llegar al lugar fueron de origen italiano, entre ellas: la familia Di Carlo, Petíx, Fanara y Parrillo. (...) los italianos ingresaron a la colonia para trabajar la tierra, porque se les proporcionaba un territorio, en donde veían muchas posibilidades de progreso para ellos” (26).

“Baradero se convirtió en asiento de una de las primeras colonias, fundada por familias suizas, el 4 de febrero de 1856” (27). En noviembre de 2000 se llevó a cabo, en el Salón Azul del Honorable Congreso de la Nación, la muestra “De los Alpes a las pampas

siglo y medio de presencia suiza en Baradero” (28). La organizaron la Bibliotheque Cantonale et Universitaire de Fribourg, la Association Baradero-Fribourg (Suiza), la Sociedad Suiza de Baradero (Depto. Historia) y el Honorable Senado de la Nación”.

En el discurso pronunciado con ocasión de otorgársele la ciudadanía italiana y la Medalla de Oro a la Cultura Italiana en la Argentina, dijo Ernesto Sábato: “En el siglo pasado, mis padres llegaron a estas playas con la esperanza de fecundar una tierra de promisión. Se instalaron en la ciudad de Rojas, donde tuvieron un pequeño molino harinero” (29).

En su poema “La Condra”, Fulvio Milano canta: “Así la llamaba el abuelo italiano. No sé/ qué significa este nombre. Condra,/ la yegua blanca que atábamos al sulky./ ¿Qué voy a hacer, Dios mío, con este/ nombre raro/ a través de la gente, a través del olvido?/ La Condra, impredecible de caprichos en/ los caminos rurales,/ batía al aire los remos nerviosos, disparaba/ por fantásticos ríos/ tronaba el abuelo, y yo veía palidecer/ en tambaleante escorzo el angustioso sueño/ de la llanura” (30).

Aurora Alonso de Rocha se refiere a los editores de periódicos de Olavarría, localidad bonaerense: “Los españoles, dueños de un buen idioma hablado y, seguramente, monopolizadores del español escrito en un país babélico, eran los editores obligados” (31).

En “José Balbino, el portugués” (32), Maria Elena Massa de Larregle relata la historia de este inmigrante. “El había nacido en Portugal el 9 de marzo de 1900. Casado con Ana Brígida Ferreyra y padre de una niña (María, hoy señora de Elbey), pasó con ellas a Francia por un breve tiempo, y desde allí vinieron todos a la Argentina en 1930. Su lugar de radicación fue una cantera próxima a Villa Mónica, llamada según referencias Cerro del Aguila, donde trabajó como picapedrero. Era ése un oficio duro pero muy requerido en tiempos en que continuaba avanzando el empedrado en ciudades del interior (recién después del año 1938 fue desplazado por el asfalto, llegando esa tarea de recambio a Olavarría, hasta tiempos de la intendencia de Alfieri, en los años setenta”. Por participar en una huelga de obreros, se quedó sin empleo. “Una circunstancia fortuita lo constituyó en dueño de un colectivo marca Chevrolet: fue la forma de poder cobrar una suma que le adeudaban por salarios. Y con ese vehículo, tuvo la posibilidad de iniciar lo que sería su ocupación de allí en más: conducir el UNICO medio para viajar entre Bolívar y Olavarría en forma directa y en colectivo”. Años más tarde, la muerte se le anunció estando al volante: “Continuó en Olavarría un tiempo más en viajes particulares para CORPI, para escuelas de educación especial. En una de estas tareas de transporte, llevando en su viejo colectivo chicos de una Escuela Diferenciada (como se llamaban entonces) lo alcanzó el invisible rayo de su destino. Sintiéndose mal, tuvo lucidez y un último gesto de responsabilidad, por las vidas que transportaba, para quitar el pie del acelerador y llevar con suavidad la marcha hacia el borde de la vereda. Y dejó que el infarto hiciera su obra. Falleció a los cuatro días, el 30 de enero de 1968. Preguntó por ‘los chicos’ –los escolares- y cerró los ojos. Se había cumplido un ciclo en una vida”.

Antonio Dal Masetto llegó a Salto a los doce años, donde –afirma en una entrevista- “Empezó el duro aprendizaje, la transculturación. Cansado de que lo cargasen por su forma de hablar, decidió esforzarse para aprender el castellano. Para eso recurrió al arte. Su padre se asoció con su tío en una carnicería. Dal Masetto empezó a seleccionar las revistas que llegaban para envolver y, entre los globitos y el dibujo de las historietas, empezó a adentrarse en el idioma” (33).

En “Pleamar”, Oscar González evoca al capitán Griffith George, quien, tras naufragar en 1883, se radicó en la estancia “Los Yngleses”, en el Partido de General Lavalle (34).

Marcos Alpersohn fue pionero en la colonia Mauricio, en la provincia de Buenos Aires, y primer cronista de un asentamiento judío en la Argentina. “Dejó escrito su interesante testimonio sobre la llegada al país, en 1891”, en el que

manifiesta: “Nadie nos recibió en la estación: ningún empleado de la empresa colonizadora del Barón nos aguardaba. El jefe de la estación de Casares, un morocho alto, de tupida cabellera encrespada, salía a cada rato de su oficina y sonreía zalameramente a nuestras hermosas mujercitas; pero al ver que ninguna de ellas le prestaba la menor atención, irritóse, al parecer, sacudió su melena, se encerró en su oficina y no volvió a salir. Aquellos de nosotros que conservaban aún en sus hatillos un pedazo de pan, hicieron uso de él. Poco a poco los niños fueron sintiendo hambre y nos dispersamos por los almacenes en busca de pan, pero ese artículo no se encontraba en ninguna parte. Los ojos se nos salían de impaciencia mirando en todas las direcciones, por si llegaba alguien para conducirnos hacia nuestras chacras. Así pasaron horas tras horas, sin que apareciera nadie. La gente empezó a irritarse, cundió el descontento, primero quedamente y luego con fuerza cada vez mayor. Grupitos de los nuestros se ubicaron al lado de los rieles y peroraban gesticulando con las manos y los pies. Lentamente el desaliento y la desesperación fueron penetrando en los corazones, creciendo de instante en instante. Los ojos de todos se fijaron en los yuyales: íAhí vienen!, parecían decir. Algunos lanzaron, a cuenta de los negligentes funcionarios colonizadores, ciertos improperios en lengua rusa. Otros se diseminaron por los senderos de la maleza, pero al rato volvieron, jadeantes, sudorosos, cubiertos de abrojos. Así transcurrió el día hasta las dos de la tarde. Súbitamente se dejó oír el chasquido de un látigo y de entre los yuyos apareció una carreta de ruedas altísimas, uncida a una decena de caballos. Detrás de ella venía otra y otra, hasta completar ocho, todas sobre dos extrañas ruedas y se colocaron en fila, a lo largo de la vía férrea. Un joven rubio, montado en un caballo arisco, llegó al instante y ordenó algo a los negros que manejaban las carretas y acto seguido cada uno de ellos desparramó desde arriba, directamente sobre la hierba, una montaña de galletas secas. Otro señor, joven, blanco como la leche, de rasgos finos y delicados movimientos, llegó en un caballo lindamente enjaezado, nos saludó en alemán y se presentó como nuestro administrador, el señor Gerbil. El que tenga hambre, que coma de estas galletas -nos dijo. Debido a que nuestro pudor había quedado quebrantado en la frontera alemana, al primer bocado de misericordia que nos arrojaran los judíos tudescos, y debido también, en parte, al hambre que nos venía apretando, no demostramos ninguna resistencia ahora; sin dejarnos rogar nos lanzamos como salvajes sobre los panecillos de la mendicidad, disputándonoslos. Los rostros broncíneos de los argentinos, al ver esta escena, se contrajeron de espasmo; agitaron fuertemente las manos y viendo que las criaturas hambrientas no podían romper con sus tiernos dientes las galletas petrificadas, bajaron de las carretas y nos enseñaron cómo proceder con aquel manjar; golpearon las galletas contra las llantas de las ruedas y las quebraron como pedazos de vidrio; luego metieron los trozos en agua, y se los lanzaron a los chicos, hambrientos, murmurando: íPobres niños! íPobres inmigrantes! (...)” (35).

Mario Goloboff rercuerda su infancia en Carlos Casares: “fui un bilingüe auditivo de nacimiento. Lamentablemente, no hablé el idish, pero sin duda fue la primera lengua que oí y escuché en mi infancia. Y entre los dolores y terrores de la infancia y de la guerra (en aquel momento, en su esplendor), y en un pueblo como Carlos Casares (uno de las colonias judías más importantes que hubo en la provincia de Buenos Aires), me tocó vivir desde muy chico los temores familiares y las pocas esperanzas de que las cosas terminaran bien. Creo que esto, junto a la lengua, es lo que me ha marcado más profundamente” (36).

A su llegada a la Argentina él se instala en Gral. Villegas, Pcia. de Buenos Aires, con un negocio de zapatillas, telas y ropas. Lo ayudaban mi tío Aarón, (hermano de mamá que llegó de Turquía por 1910) y

mamá, que también hacía los trabajos de la casa. Los miércoles, papá salía a vender en el pueblo. (...) Mi tío Aarón, que vivía con nosotros, rezaba las oraciones en hebreo todas las mañanas, poniéndose en la cabeza una carpetita en forma de kipá (gorrita) con la cual a veces salía, sin darse cuenta,

primaria. En el segundo grado nos pegaba la maestra, Srita. Balán. Usábamos gorra de vasco, que debíamos sacárnosla cuando saludábamos a las mujeres; si no lo hacíamos nos tiraban de las orejas hasta dejárnoslas rojas. En 1933, recuerdo, hubo una gran invasión de langostas; las paredes se pusieron negras y tuvieron que eliminarlas con aplanadoras. En una ocasión, un zapatero italiano, cuando yo jugaba con su hijo a la pelota, agarró su cuchillo de zapatero y me dijo jugando: ‘ te corto, te corto’, y me hizo un corte en la pierna izquierda. Todavía tengo la marca. En Villegas me recibí de tenedor de libros en 1934. Mi hermana Victoria, debió estudiar obligatoriamente, en el Colegio, religión católica”. El entrevistado recuerda a General Villegas “como un pueblo agrícola-ganadero, de casas bajas, con dos cines, simpático y económicamente progresista. Había muchos ingleses,

exposiciones y ventas de ganado, con la intervención casi permanente del martillero Bullrich. Allí tenía amigos. Jugábamos a la pelota y con el trompo y las bolitas. Con ellos y mi familia,

Yo, Oskar Schindler (38), una recopilación de documentos fidedignos y originales, según su autora, Erika Rosenberg, intenta reivindicar la imagen de Schindler frente a la que presentó Steven Spielberg en su película sobre este empresario alemán salvador de miles de judíos. La escritora argentina, quien presentó en Budapest la versión húngara de este libro escrito originalmente en alemán y presentado el año pasado en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt, recalcó que siente ‘una obligación moral, como amiga de la viuda de Schindler, de borrar esa imagen de 'don Juan' y especulador que ofreció Spielberg en

La Lista de Schindler'. Rosemberg señaló que ‘quizás ésta sea una de las mejores formas de recordar la memoria de Oscar Schindler, fallecido en Alemania en 1974, y de la viuda de Schindler, Emilie, quien falleció hace una semana, a los 93 años de edad, en Brandemburgo’. Schindler, junto a su esposa, salvó la vida de más de 1.300 judíos al darles trabajo en su fábrica y protegerles así de la deportación, recalcó la autora del libro y biógrafa de Emilie Schindler. El industrial alemán, además, repartió más de dos millones de marcos entre los judíos a quienes salvó, según atestiguan los documentos, explicó Rosenberg. ‘Yo nunca vi que los estadounidenses hayan puesto en una película las buenas actuaciones de un alemán, así que Spielberg no podía hacer otra cosa que lo que hizo», señaló Rosenberg. ‘Una película nacida de un sentimiento estadounidense, dirigida por un director estadounidense y escrita por un australiano presentado al público como americano, no pudo tener otro resultado que

La lista de Schindler’, comentó la escritora argentina. ‘Es cierto que Spielberg no pudo utilizar la documentación que aparece en mi libro porque no sabía de su existencia, ya que la misma apareció en el año 1998, pero mi pregunta es que por qué no utilizó a la viuda’, recalcó Rosenberg. Agregó que, ‘según la carta que tengo en mi poder, Spielberg invitó a Emilie Schindler a Jerusalén para rodar las últimas imágenes de su película, como una sobreviviente y nada más’ “ (39).

Oskar Schindler “Después de la guerra, dirigió un rancho en Argentina (1949-1957), quebró y regresó a Alemania. En 1961 fue invitado a Israel, donde recibió la Cruz del Mérito en 1966 y una pensión del Estado en 1968. La novela de Thomas Keneally,

La lista de Schindler, en 1994 por el director Steven Spielberg, y obtuvo los premios Oscar más importantes, entre otros al mejor director y a la mejor película en ese año, dando a conocer las actividades de este héroe de guerra a un público mucho más numeroso” (40).

En Matanzas se afincó el gringo Sardetti, a quien Juan Moreira mata por haber negado la deuda que tenía con el gaucho. “Concluyamos que es tarde –dijo levantándose de pronto-. Amigo Sardetti, vengo a que me pague los diez mil pesos o a cumplir mi palabra empeñada. El pulpero vaciló, miró con espanto a Moreira, y dirigiendo una mirada de suprema súplica al paisano que había tratado de disuadir a aquel terrible acreedor, respondió de una manera humilde y quejumbrosa:

-Yo no tengo plata, amigo Moreira; espérese unos días, y le juro por Dios que le he de pagar hasta el último peso. -No espero más –contestó el paisano con suprema altivez-; vengan los diez mil pesos o te abro diez bocas en el cuerpo, para que por ellas puedas contar que Juan Moreira cumple lo que promete, aunque lo lleve el diablo.

Los paisanos habían quedado helados; Sardetti estaba más muerto que vivo, y Moreira, arrogante y altivo, con la daga en la mano y la manta de vicuña volcada sobre el brazo izquierdo, estaba allí como el ángel del exterminio.

Don Segundo Sombra, Ricardo Güiraldes escribe acerca de ”la desvergüenza del gringo Culasso que había vendido por veinte pesos a su hija de doce años al viejo Salomovich, dueño del prostíbulo” (42).

En San Nicolás vivió Frances Armstrong de Bessler, que había nacido en Elma, Estado de Nueva York, en 1862. Llegó a la Argentina en 1879. “Había cursado estudios en la escuela secundaria de Buffalo y se graduó como profesora en la escuela normal de Winona. Fue destinada a la Escuela Normal de Catamarca, donde actuó como secretaria y profesora. Luego de seis años de eficaz desempeño, en 1884 el gobierno le encargó la organización de la Escuela Normal de Córdoba, de donde pasó a San Nicolás para cumplir igual cometido. Permaneció veinticinco años al frente de este establecimiento, hasta que se retiró. Había contraido enlace con el doctor John Alfred Bessler y durante su permanencia en San Nicolás conquistó el cariño de discípulos y amistades. Lo mismo que su hermana Minnie, poseía condiciones naturales para la música. Cantó y tocó el órgano en una iglesia de Buenos Aires hasta que la parálisis atacó sus manos. Falleció en esta ciudad el 6 de mayo de 1928” (43).

La Nación 1999 de Cuento Infantil. En ese relato, que transcurre en Pellegrini, la escritora recuerda la oportunidad en que su padre, “un gallego fornido” le trajo un pichón. Acerca del texto premiado, afirma la autora: “Este cuento nació en un momento muy especial de mi vida, donde los recuerdos de la niñez se hacen vívidos, provocados por un hecho sutil: encontrarme de frente con los grandes ojos amarillos de un pichón de lechucita, parado en un alambre de un camino de tierra rumbo a un campo”.

En la provincia de Buenos Aires vive Francisco Sainz, “Hombre solo, siempre. De recién cumplidos 85 y costumbres rudas como el campo. Hijo de un español de Santander, el primero de la familia en meter la mano en esas tierras, hace cien años. La casa está en lo alto del terreno y todo alrededor es horizonte limpio. Un patrimonio de cuatro mil hectáreas compradas de a

En esa misma provincia se afinca el protagonista de un cuento de Arturo M. García: “Don Javier Echegaray y Tarragona, oriundo de San Sebastián en el país vasco y como su nación, fuerte de temperamento, férrea voluntad, constante en el trabajo y perseverante en sus ideas había llegado a la Argentina a los doce años con unas ansias inconmensurables de hacerse la América. Recaló en Buenos Aires, pero la ciudad que crecía no le brindaba muchas ilusiones y esperanzas, eran los resabios de la generación del 80 con su crisis económica, financiera y social y Javier evocando las praderas vascuences y las montañas pirenaicas, solo, se exilió de nuevo. Viajaba como linyera en trenes de carga hacia el Sur, comenzó a admirar las extensas pampas, se asombraba contemplando la cantidad de ganado pastando a la vera de los rieles del ferrocarril, asentándose por fin

como peón en las regiones de Pigüé, Coronel Suárez y Saavedra. Trabajó mucho y fuerte, ahorró dinero y junto con las pocas pesetas que le mandaban los tíos desde la patria, fue haciendo un capital que le permitió comprar primero unas pocas hectáreas, luego más terrenos, una granja después y por fin una estancia en la zona de Tornquist” (46).

Arturo M. García relata, en “Ella eligió así”, lo sucedido a Raquel Amanda Olascoaga, hija de vascos tomada cautiva por Biguá, con quien pidió contraer matrimonio cristiano, rehusando volver a la sociedad. Cuando la llevaron los indios, ella era una “mujer de treinta años de edad, dama de recio temple y extraordinaria hermosura, hija única de un matrimonio de origen vasco, que después de haber habitado muchos años en el Río de la Plata, donde cosecharon una ingente fortuna a través de negocios de importación de bebidas espirituosas, traídas de Europa, se volvieron a su país natal, dejando a su hija ya madura, al frente de sus casas en Buenos Aires y Montevideo” (47).

La casa de Myra (48), de Aurora Alonso de Rocha, fue distinguida en 2001 con el Segundo Premio para Autores Inéditos, en el “Concurso organizado por la Fundación El Libro, en el marco de la 27ª Exposición Feria Internacional de Buenos Aires ‘El libro del Autor al Lector’ ”. En esa obra, protagonizada por una gallega tomada cautiva por los indígenas, narra un personaje: “En unos meses se le puso la piel del color del cuero sobado, se le hicieron unos manchones del solazo debajo de los ojos y como no los tiene oscuros como las otras se ven como gemas transparentes. En lo que se ve del descote es pura mancha y peca y tiene el pelo cerdoso, enrulado y reseco de tanta agua e intemperie. Igual que las chinas va mezclada de cristiana y de india: le cuelgan unas ajorcas pesadas, se ata las clinas con seda trenzada y las botas son las de media caña, de pata de potro pero finísima, muy retobada (¡Que las quisiera para mí!), con lazos de colorines y bordados. Por arriba usa un vestidito de percal que ha de ser el que traía cuando la encontré en el puerto, según recuerdo, así que va medio disfrazada pero tan cargada de lazos y joyas como una princesa”.

dandy- que se casó con la hija de un cacique, y bebía la sangre ‘en la degolladera de los caballos’. Mansilla cuenta otros tantos episodios, y mi propia abuela, que era inglesa, conoció uno muy de cerca. Estaban en Junín con el abuelo Borges, que era jefe militar de la frontera, y una tarde se presentó en el pueblo una mujer rubia, vestida de india. Venía a abastecerse de ‘vicios’ (yerba mate, azúcar, aguardiente) y traía pieles, tejidos y plumas de avestruz para canjear en las pulperías. Mi abuela pidió hablar con ella, y la otra le contó su historia en un inglés rústico, que parecía un instrumento oxidado. Era una inglesa, cautivada por un malón cuando chica. No quiso saber nada de volver son los cristianos, aunque la abuela le ofreció todas las seguridades, para ella y para los hijos que tenía con un cacique. Tiempo después, volvió a encontrársela. Estaban en un bañado, degollando una oveja, y la india inglesa cruzó a caballo, y se tiró al suelo y bebió la sangre caliente...” (49)

En “Flandria, la ciudad-fábrica cuyo espíritu vive en una banda”, Jorge Iglesias se refiere al belga Julio Steverlynck; presenta, además, el testimonio de personas que estuvieron vinculadas a la Algodonera Flandria. Iglesias escribe: “Por cierto, en la Argentina de finales de los veinte, encontrar un obrero textil calificado era tarea de cíclopes. Así, Steverlynck le abrió las puertas de la fábrica a gran cantidad de inmigrantes españoles e italianos. Toda gente que había dejado sus raíces. Gente que venía a ‘hacer la América’. Mejor, ¿por qué no?: a hacer la Flandria... Pero, como la gente trabajando se hace, de los telares no sólo salieron telas, como se verá, también salieron ‘hombres de Flandria’ “ (50).

La decisión de María (51) es el libro que escribieron María Carmen Merbilhaa del Frate y Amalia María Calandra Merbilhaa. “Las autoras, al encontrar las cartas de su abuela, hija de inmigrantes bearneses que se establecieron en el campo a mediados del siglo XIX, descubren interesantes testimonios de vida en el pueblo de General Belgrano y en la ciudad de La Plata a principios del siglo XX. Ellas agregan comentarios y anécdotas propias o transferidas por sus familiares. Pretenden homenajear a su querida abuela y contar a sus descendientes, con un toque de humor, vivencias de la infancia que compartieron” (52).

La portuguesa Zulmira Rosa Alves recuerda a sus vecinos húngaros. Ella llegó a la Argentina en 1950 y se afincó en Villa Elisa. “Villa Elisa es una localidad de cerca de 50000 habitantes cercana a la ciudad de La Plata. Este es su hogar ahora, aquí tuvo su familia y vivió toda su vida desde vino a este país. Llegó cuando al regreso de su padre a la Argentina no pudo volver a trabajar en Loma Negra. Las tierras de Pereyra Iraola habían sido expropiadas en gran parte y esos terrenos eran alquilados a familias de inmigrantes que trabajaban la tierra. En una de esas tierras se instalaría su familia para comenzar a pelear en esta Argentina. Los primeros tiempos fueron difíciles, se encontraron en medio de una comunidad húngara con la que se hacía muy complicado comunicarse. Existía un importante asentamiento de portugueses que se dedicaban a la floricultura pero se encontraban del lado oeste de las vías del Ferrocarril Roca y no tenían contacto con los quinteros (húngaros) (53).

Nacido en Berisso, Esteban Peicovich, hijo de dálmatas, recuerda la localidad como “una sociedad compuesta por treinta y siete etnias diversas que, en medio de la crisis, hacía de la vida vecinal un acto religioso. No piqueteaban. Se defendían con el trueque, la huerta y la mano pronta al caído en desgracia mayor. Una red de asistencia que permitía preservar la costumbre traída: mantener lo genuino y sostener a los hijos en medio de la adversidad” (54).

En “Canción a Berisso”, Matilde Alba Swann recuerda las escuelas de esa localidad: “Yo le canto a tus niñas saliendo de la escuela:/ alemanas, rusitas, italianas, armenias,/ distintas lenguas todas e idéntico candor;/ y canto a las pequeñas hijas de mi tierra/ made in argentina levadura extrajera,/ raíces que se prenden a un destino mejor.// Le canto al influjo de tus academias/ alimentando el sueño de tu adolescencia/ por salir del hollín;/ y canto a tus escuelas nocturnas para adultos/ donde padres y abuelos aprenden a escribir” (55).

Virgen (56), novela finalista del Concurso Editorial Planeta 1997, en la que evoca la inmigración del belga Divas y su hija, Sara. La inmigrante, décadas después, recuerda: “Había llegado a Ensenada a finales de los treinta, con apenas nueve años y un padre belga que, además de venir huyéndole al antisemitismo, tenía la abstracta pretensión de vender sombreros en una tierra en que los hombres apenas si se cubrían las ideas con el sudor y los sueros del frigorífico inglés que se sostenía junto a las charcas del puerto. Todavía podía escuchar el rolido de las aguas contra el casco del lanchón de amarre, los saludos violentos de la tripulación a lo lejos, y la mano aterrada de su padre mientras le ayudaba a bajar de la planchada. No iba a olvidarla jamás: era una mano con consistencia de pez, húmeda y avergonzada. Desde ese día Sara Divas sintió la exacta revelación de qué cosa eran los hombres: personitas indefensas y minúsculas a las que había que proteger, pero en las que nunca se podía confiar. También conservaba una foto percudida y oxigenada de la casa natal, en Bruselas, y algunos moldes de cabezas humanas que su padre había ido descartando a medida que el país se le hacía carne o corned beef y se alejaba de los moldes ideales del pensamiento”.

Un informe publicado por la Asociación Caboverdeana de Ensenada – “la más antigua del mundo de todas las que nuclean a caboverdeanos en el exterior”-, destaca que “La inmigración caboverdeana llegó a principios del siglo XX, en consonancia con el resto de los inmigrantes. A diferencia de los 12 millones de africanos que llegaron a América entre los siglos XV y XVI, los caboverdeanos fueron los únicos que no llegaron como esclavos, sino en busca de trabajo y mejores horizontes para desarrollarse. A diferencia de los europeos, no llegaron empujados por guerra alguna. Por el carácter insular de Cabo Verde, sus hijos inmigrados eran expertos marineros y también habilidosos pescadores, por lo cual buscaron aquí sitios con puertos, como Ensenada y Dock Sud. Aquí, la mayoría de los caboverdeanos se empleó en la Marina Mercante y la Armada” (57).

En Córdoba vivió Gigliola Zecchin, más conocida como Canela. “Llegó al país a los diez años. Estudió Letras Modernas en la Universidad de Córdoba. En 1962 inició su carrera presentando los programas vespertinos del canal 10 de la Universidad de Córdoba. (5). ‘Recién ahora, cincuenta años más tarde, estoy logrando indagar sobre mi propia historia y sobre la guerra que me hizo llegar a Argentina separándome de mis padres y abuelos. El exilio tiene consecuencias terribles en los niños, sentimientos de miedo, insomnio, pesadillas. De esto se trata el desarraigo, de sacar algo de raíz’, concluyó” (6).

Ida y Walter Eichhorn, los dueños “más famosos” del Hotel Edén, de La Falda, “eran amigos personales del führer, y se sabe que no poco dinero de las arcas del Edén sirvió para solventar parte de la campaña de ascenso a la Cancillería de Hitler, en 1934”. El hotel llegó a manos de los Eichhorn en 1912: “Cuando arribaron por primera vez a La Falda desde Alemania, Walter y Bruno Eichhorn tenían 35 y 37 años. Bruno estaba casado con Gretel. Walter, con Ida, una mujer que, poco a poco, los superaría en liderazgo y se convertiría en el alma mater del hotel. Ida había llegado a la Argentina en 1909 a bordo del barco ‘Koning Friedrich August’ con una niña en sus brazos: Sigune Vitze. Tres años después se casó con Walter y opacó a sus tres socios. Se puso al frente del lugar. Y de la historia”.

Un cordobés aporta a la periodista Marta Platía su testimonio: “ ‘Doña Ida era una mujer hermosa. Hermosa y temible’, dice acariciándose su espesa cabellera blanca Héctor Montoya, un médico de 71 años. Su papá fue el primer cartero del pueblo. Montoya se recuerda a sí mismo, pequeño, de la mano de su padre y de punta en blanco para ir a saludar a ‘Tante (tía) Ida’, como todos la conocían por aquí. Era altísima, tenía unos ojos azules profundos, una cara redonda y su presencia imponía respeto. Yo la quería. Me acuerdo que me pasaba la mano por los rulos, me decía ‘Hola, negrito’ y abría un cajón de su escritorio. De allí sacaba una latita octogonal con unos bombones con los que yo soñaba día y noche. Se imagina. ¿De dónde, un chico como yo, hijo de un cartero de pueblo, podía sacar esos bombones finísimos? Mi infancia, cuando la recuerdo, tiene ese sabor’, rememora” (8).

Hotel Edén es un libro complejo, evasivo en una primera lectura. Una promesa de silencio pesa sobre la relación con Mónica y el pasado del hotel del título -¿Quién quiere hablar de una pesadilla?, le dirá Ochoa a su segunda mujer-, una construcción que de a poco se va resquebrajando, mostrando sucesivas capas que dejan al descubierto no la verdad de la historia sino su fondo oscuro de catástrofe, de cataclismo interior” (9).

En su novela, escribe Gusmán: “En el frente del edificio, el águila imperial había dominado el valle hasta que a comienzos del 45 Argentina declaró la guerra a Alemania. Seguramente todo el pueblo asistió a la demolición del águila, símbolo de un poder que se extinguía en el mundo. Posiblemente también ese mismo día destruyeron la antena de onda corta que estaba en la torre y permitía que se comunicaran clandestinamente con Alemania. (...) Observó el hueco que el águila había dejado y después localizó la fecha borrosa de la fundación del Edén. De inmediato vino a su mente el nombre de los primeros propietarios sobre los que caía, desde tiempos remotos, una leyenda negra” (10).

En “Breve historia de la llegada de mi abuelo a la Argentina”, relata un nieto: “Nicolas Kot, hombre de origen ruso, más precisamente polaco, ya que en esos momentos (principios de 1900) esas tierras de Rusia eran Polonia; llegó a la Argentina escapando de la guerra, creo, durante los años 1927-1929, ya que nació en 1909 y a los 18 años se despidió de su novia y demás familia que hoy viven en Bielorusia. Llegó al hotel de los Inmigrantes en Buenos Aires, en donde se alojó por unos días y después salió rumbo a Córdoba, en busca de trabajo. Ahí conoció a mi Abuela Segunda Funes (nació en 1917, Córdoba). (...) Hoy en la actualidad todos sus hermanos y los hijos de sus hermanos viven en Bielorusia, más precisamente en la ciudad de Pinsk y sus alrededores. Sus hijos, nietos, y bisnietos viven y vivieron en Argentina” (11).

A esa provincia se dirige el protagonista de un cuento de Santiago Korovsky: “Como tenía un poco de capital, pudo trasladarse a Córdoba, a probar suerte. Arrendó un campo, hizo los cálculos y pensó que en tres años iba a poder comprarlo, tener sus propios peones, y poder volver a su país con los bolsillos llenos de dinero, a encontrarse con su familia y sus amigos. Las cosas no eran tan fáciles como él esperaba, primero porque la tierra que le dieron era muy chica y poco rentable, segundo no tenía muchos animales, y tercero el clima no lo ayudó. Se dió cuenta que su proyecto no funcionaba, y que para poder tener un campo rentable iba a tener que esperar, por lo menos, diez años más. Si hubiera sido por él, se hubiera quedado, pero la plata no le daba para más” (12).

Luis León, a partir de escritos y documentos enviados por Maruca Rubín de Steinberg desde dicha provincia: “Córdoba fue una de las ciudades del interior preferidas por los sefaradíes llegados de las tierras del Imperio otomano como sitio de residencia definitiva. Generalmente arribaban al puerto de Buenos Aires, se alojaban provisoriamente en un sitio elegido previamente por un pariente o conocido, y en pocos días partían hacia esa ciudad con referencias previamente llegadas por carta a la ciudad turca que se disponían a dejar. No se puede precisar el número de

djidiós establecidos allí en la época de mayor asentamiento, considerando también que había un ir y venir de familias principalmente con Buenos Aires, pero si se puede afirmar que se formó una comunidad muy activa y decidida a nuclearse” (13).

En 1855 el médico francés Augusto Brougnes firma un contrato con el gobierno de la provincia de Corrientes, comprometiéndose a traer 1000 familias de agricultores europeos en el plazo de 10 años. Según el convenio, a cada familia correspondería una extensión de 35 hectáreas de tierra para cultivo, y se le proporcionaría harina, semillas, animales e instrumentos de labranza. En 1855 arribaron, creándose centros en Santa Ana, Yapeyú y en las proximidades de la ciudad de Corrientes” (1).

Afirma Celia Vernaz: “El gobernador Juan Pujol, de Corrientes, había solicitado a las casas contratistas de Basilea el envío de colonos para su provincia. Esto era posible porque en la zona del Valais, Saboya y Piamonte se había generado una corriente emigratoria hacia América. Las causas eran varias: falta de trabajo, familias numerosas, pobreza en general, a lo que se sumaban cataclismos como avalanchas e inundaciones que diezmaban a las poblaciones de la montaña. También debe ser considerado el sueño de hacerse ricos y la sed de aventuras en un continente todavía virgen. El proyecto mencionado estaba sustentado por Brougnes, pero al no cumplir el viaje dentro del plazo establecido, recibió la anulación del mismo cuando ya habían partido del puerto del Havre, en marzo de 1857, con más de cien familias en cuatro barcos que salieron sucesivamente, siendo el primero el Mary Mc Near. Al llegar a Buenos Aires se enteraron de que los contratos firmados no tenían ya valor. Entonces, Juan Lelong se dirigió al Presidente de la Confederación Argentina, D. Justo José de Urquiza, para que le diera una solución” (2).

Jennie E. Howard fue “una educadora venida a la Argentina para la organización de las escuelas normales. Nació en Boston, E.U.A., el 25 de julio de 1844 y realizó sus estudios en la escuela normal de profesores de Framingham, dirigida por Horace Mann, graduándose en 1866. Cuando llevaba dieciséis años de ejercicio de la docencia fue contratada por el gobierno argentino, con un grupo de colegas, y llegó a Buenos Aires en 1883. Ella y su compañera Edith Howe fueron enviadas a Paraná y posteriormente a Corrientes, para fundar la escuela normal, cuya regencia ocupó. Tras dieciséis años de tarea, la pérdida de la voz la obligó a pedir su retiro, que se le concedió, con una pensión extraordinaria, en 1908, en recompensa por su ‘inteligente y abnegada colaboración para el progreso de la enseñanza en nuestro país’. La escasez de la jubilación determinó que tuviese que dar lecciones particulares, pero un grupo de exalumnos, enterados de su situación, obtuvo del Congreso una pensión que permitió a la maestra vivir dignamente sus últimos años. En 1931 apareció su libro en inglés

En 1881, “El italiano Carlos Serravalle instala la primera fábrica de hielo de la provincia”. En 1890 “Circulan las primeras bicicletas, traidas por el italiano Pascual Fiore” (4).

Con la autora y su familia viajó una mucama. Pedro Dobrée relata: “Mucho tiempo después, en la década de 1980, en Berlín, María Brunswig de Bamberg -una de aquellas pequeñas con las cuales Berta llegó a la Argentina austral y que luego fue autora de ese muy simpático libro llamado

Allá en la Patagonia, editado por Vergara - asistía a una conferencia de Osvaldo Bayer. Al finalizar le preguntó si en sus trabajos de investigación sobre la vida patagónica había tomado conocimiento de Berta Freytag. ‘Cómo no -le contestó Bayer- Berta Freytag fue amante del comisario del pueblo durante muchos años, hasta que un día éste la ultimó de dos tiros, por celos’ (3).

Los vengadores de la Patagonia trágica. Rodada en momentos de gran tensión política, intenta una lectura aleccionadora de la historia. Para eso, el film se constituye en un vasto

flash back, que protagonizan los cabecillas Soto, Facón Grande y el alemán Schultze, seguido de la secuencia que marca el presente de la narración, con la muerte del teniente coronel Zabala (Varela, en la realidad). Completando este juego de tiempos, sobre el final, un plano detalle de la mirada desconcertada del militar, mientras le hacen oír una canción en inglés, envía al espectador a una reflexión sobre el futuro

A la Patagonia viajó en barco el asturiano Nicanor Fernández Montes, luego de un tiempo en el Hotel de Inmigrantes: “en una travesía marcada por olas de veinte metros... (...) Su primer destino fue Río Gallegos, donde no había ni veinte casas, y de ahí lo mandaron de puestero a una estancia. (...) En la Patagonia no había nada de lo que él sabía hacer, de modo que tuvo que improvisar, como todos los integrantes de una sociedad pionera. (...) Una vez, llegó a estar catorce meses solo en un puesto... catorce meses.... Desayunaba, comía, merendaba y cenaba cordero... no había otra cosa; lo notable es que le gustaba” (5).

Eduardo Morley, quien sobrevivió a treinta y cinco misiones sobre cielo alemán, “nació en Río Gallegos. Su padre era escocés y su madre inglesa. A los diez años fue a estudiar a las islas británicas y volvió con la edad justa para el servicio militar. Una vez concluido, se incorporó a la RAF. (...) Todavía conserva la libreta en la que dejó constancia de todos los vuelos y destinos” (6).

En “El cura y el cowboy” se recuerda a un bandido, que vivió en Santa Cruz: “Por la zona había un malvado y muy conocido bandolero... era ‘El Norteamericano’, el cual hablaba inglés y un poco de castellano bastante mal, por cierto. Este era de esos que donde ponía el ojo ponía la bala y hasta la policía le tenía terror a enfrentársele. Era yankee en serio. Era común que cuando eran buscados por la justicia del país del norte y ya no había muchas chances por allá; se subían a algún barco en la zona de California para bajar en Punta Arenas... y seguir ejerciendo en la Patagonia. Tal era el caso de este auténtico cowboy” (7).

María Sonia Cristoff señala que el dinamarqués Andreas Madsen “llegó a la Argentina como marinero buscavidas y a la Patagonia como parte de la Comisión de Límites que lideraba Francisco Moreno. Fue después el primero en asentarse en la zona del Lago Viedma y uno de los pocos pequeños propietarios que resistieron a las ofertas tentadoras –seguidas de estrategias amenazantes- de las grandes compañías que empezaron a adquirir enormes extensiones estratégicas de la Patagonia a partir de la primera mitad del siglo XX. Fue también uno de los propietarios de tierras que, durante los levantamientos obreros de 1921, logró acuerdos de no agresión mutua con los huelguistas, basados fundamentalmente en el conocimiento y en el respeto previo que se tenían. Volvió a Dinamarca únicamente para buscar a la novia de la infancia y defendió su decisión de radicarse en la Patagonia a pesar de las oportunidades que le ofrecían en otros lugares, con una epifanía de tinte darwiniano: ‘los desiertos campos patagónicos me llamaban con voz irresistible. La Patagonia, con sus tormentas de arena sobre las pampa desiertas en verano, y con el frío y la nieve en invierno, donde pasé tres inviernos con el mínimo de alimentación... y seis meses sin ver persona alguna, completamente solo entre los Andes. La mayoría dirá que no es gran cosa para extrañar; pero así es la naturaleza humana. A mí esa soledad me llamaba’ “

Las madres, por aquel entonces, no tenían otra posibilidad que dar a luz a sus hijos sobre un cuero de oveja, quizás totalmente solas, sin ningún tipo de asistencia médica. La educación de los chicos corría por cuenta de la familia, muchas veces en aislación total del resto del mundo. Cada cosa debía ser hecha con las manos con muchísimo esfuerzo y con pocas herramientas que a su vez eran caras y difíciles de obtener. (...) esta gente, no estaba en la zona sólo cuando brillaba el sol, también estaban en medio de la nieve, quizás aislados por varios meses. Por ejemplo, frutas y verduras frescas eran objeto de lujo ya que las mismas debían ser cultivadas en los meses de verano haciendo alambrados para evitar el robo de comida por los zorros u otros animales libres. Luchar contra pumas también era algo normal ya que la pérdida de un caballo por el ataque de un felino significaba un problema grandísimo!

“En 1881, bajo la inspiración de Carlos Calvo, el Presidente Roca –gran benefactor de los judíos- dictó un decreto específico, designando un agente de inmigración para que alentara la venida a nuestro suelo de los israelitas radicados en el territorio del imperio ruso. Enterados de esta buena predisposición argentina, los primeros colonos llegaron en 1888, por decisión espontánea; y nuevos grupos se les sumaron en los años siguientes. El 14 de agosto de 1889, 824 inmigrantes judíos de Rusia fundaron Moisésville, en Santa Fe, primera colonia agrícola judía. Llegaban de Ucrania, asesorados en París” (1).

“De aquellos años pioneros se conservan templos de principios de siglo y las sedes de la Biblioteca Popular Barón Hirsch, fundada en 1913, y de la Sociedad Kadima (1909). El patrimonio cultural y arquitectónico que guarda la ciudad la convirtió en poblado histórico. Además, la sinagoga Brener, fundada en 1905 y aún en pie con todo su mobiliario original, fue declarada monumento histórico nacional” (2).

Mijl Hacohen Sinay vivió en esa localidad: “En 1894 la familia Sinay emigró a la Argentina por la JCA y se instaló en Moisés Ville. Allí Mijl fue maestro en la primera escuela de esa colonia. (3).

En su “Autobiografía”, Alberto Gerchunoff relata que, luego de estar unos días en el Hotel de Inmigrantes, se dirigieron a la colonia santafesina, de la que guarda un terrible recuerdo (4).

La logia del umbral, de Ricardo Feierstein. Cuando fueron al campo, pasaron “Días y días sin masticar. Los niños enfermaban...”. Se refiere a Moisésville, donde se trasladaron desde el Hotel. Allí comprobaron que no tenían alimento ni dónde guarecerse. En la obra, Feierstein presenta el proyecto de cuatro generaciones de una familia, que se propone llegar a caballo desde Moisesville, provincia de Santa Fe, mediante postas de dos jinetes por vez, con una caja de madera de cerezo que contiene tierra de la primera colonia judìa en la Argentina y ‘una mezuzà, estuche de hueso con un trozo de papel escrito con letras hebreas’, hasta la Plaza de Mayo, donde la enterraràn bajo la Piràmide. Cuando el miembro màs joven de este grupo està por concretar la iniciativa de su familia y de èl mismo, al pasar frente a la AMIA, una terrible explosiòn lo “revolea por el aire. Todo se vuelve negro –rememora-, el rugido ensordecedor parece indicar que, con la oscuridad de un eclipse gigante, ha llegado el fin del mundo. En ese instante, cien años de vida familiar y comunitaria se atropellan para desfilar ante los ojos desorbitados de mi conciencia en fuga” (5).

podolier (como se conoció a esos primeros extranjeros oriundos de Podolia) fueron abandonados por Palacios en un galpón de ferrocarril, sin cumplir con ninguna de sus promesas de ayuda. Fue el médico higienista Wilhelm Loewenthal –un científico que estaba de paso por el país, en una misión de estudio encargada por el gobierno nacional- el primero que se conmovió por la desesperación de esos extranjeros humillados por el hambre y las enfermedades” (6).

Jonas Kovensky, “uno de los fundadores, y por muchos años presidente, de las Escuelas Zwischo-Schólem Aléijem ”, “nació a principios de 1900 en Slónim (Bielorusia), en un hogar de judíos humildes y devotos. El padre, Itzkjok, era herrero, y la madre, Beile Résnik, se ocupaba de las tareas domésticas y de los niños. Hasta los 8 años, Ioine (Jonas) estudió en el “jéider” (escuela hebrea elemental): Torá con los comentarios de Rashi y “Guemarᔠ(Talmud). En 1908, la familia Kovensky emigró a la Argentina, adonde años atrás había llegado el abuelo materno, Résnik, pionero de la colonia Moisés Ville, en la llanura santafecina. Precisamente allí se instalaron. (...)” (7).

Chaim Mordka Fersztenberg, padre de Felipe Fistemberg Adler y suegro de Jaime Barylko, “nacido en Wohanov, Provincia de Radum, Polonia, partió del puerto de Cherburgo, al sur de Francia. Su destino: América. Tenía apenas 17 años el 29 de octubre de 1926 cuando subió a las bodegas de Tercera Clase del barco B.M.S.P. “Arlanza” para arribar al puerto de Buenos Aires 22 días después, el 17 de noviembre del mismo año. Al descender del barco, el funcionario lo anotó como Jaime Marcos Fistenberg, y los empleados de la J:C:A:,

Jewish Colonization Asociation, inmediatamente lo acoplaron a un grupo que iba a Moisés Ville con la esperanza de encontrar trabajo para su sustento. Su primer trabajo, como el de muchos inmigrantes que no estaban habilitados para ser agricultores, por edad y por ser solteros, fue en las cuadrillas de la Comuna, dedicándose a la limpieza de los canales de desagüe de las calles del pueblo. Más tarde consigue ingresar como aprendiz en una panadería y poco a poco adquiere el oficio de panadero, al que se dedicó toda su vida. Con sus ahorros contribuye a traer de Polonia a sus padres, Salomón y Sara Berta y a su hermana Lea” (8).

“Dina Dolinsky nació en Santa Fe, Argentina. Médica diplomada en la Universidad del Litoral, se especializó en psiquiatría. Residió en Chile, México, Brasil, Francia y Argelia. Desde la década del ’60 tiene su hogar permanente en Cuba. Pasó largos momentos de su infancia en Moisés Ville (la primera colonia judía del país) y en las ‘Doce Casas’, como descendiente de los primeros inmigrantes provenientes de Lituania que arribaron al país en 1893, en el marco de la experiencia colonizadora del Barón Hirsch y la JCA. Colabora desde hace tiempo con crónicas y reportajes, en revistas y periódicos de habla castellana. En 1995 publicó un primer volumen de relatos breves y humorísticos titulados

Un amor en Moisésville (10), film dirigido por Antonio Ottone –que también escribió el guión- y protagonizado por Víctor Laplace y Cipe Lincovsky. Sobre esa película se afirmó: “Antonio Ottone regresa al cine de la mano de una historia ambientada en tiempos en los que un contingente de la colectividad judía procedente de Europa desembarcaba a principios de siglo en la provincia de Santa Fe. Víctor Laplace y Cipe Lincovsky hacen un homenaje desde sus personajes” (11).

Mandel Krupnik llegó “desde la fría Yeckhaterinoslav a Moisés Ville, desde los trineos tirados por perros fortachones y casas con paredes dobles, a los gauchos de Gerchunoff y las semillitas de girasol, tostadas y saladas, de la tarde” (12).

Monsieur Jaquin, José Pedroni canta, a partir del relato de una colonizadora, la muerte de Ana Esser en el litoral, al desembarcar: “Por bajar mirando al cielo/ cayóse de la planchada/ con todo el pelo rubio,/ con toda su carne blanca./ El Paraná, boca arriba,/tres días que la miraba,/ los ojos llenos de peces,/ ofreciéndole naranjas”.

A los catorce días de arribar a Colonia Esperanza, muere uno de los pioneros. Su mujer no tiene dónde enterrarlo: “No hay una caja para Peter Zimmermann/ muerto en la madrugada./ -‘Los ataúdes de Hintertiefenbach/ eran de pino y haya’-./ Anna Elisabeth Leiser/ está vaciando el arca./ Sin hablar, sus tres hijos/ míranla arrodillada./ Por el suelo la ropa, los retratos,/ la Biblia deshojada” (13).

Después de viajar durante cuatro años, los húngaros Horogh llegaron al Hotel de Inmigrantes porteño. “Por fortuna apareció allí un señor descendiente de suizos –propietario de un molino harinero- que buscaba emplear a un técnico electricista, la profesión de Béla. Así fue que de inmediato consiguió trabajo y la familia se trasladó a Estación Matilde, un pequeño pueblo del interior de la provincia de Santa Fe” (14).

A Santa Fe llegaron asimismo los italianos. Escribe Girolamo Bonesso, en Colonia Esperanza, en 1888: “Aquí, del más rico al más pobre, todos viven de carne, pan y minestra todos los días, y los días de fiesta todos beben alegremente y hasta el más pobre tiene cincuenta liras en el bolsillo. Nadie se descubre delante de los ricos y se puede hablar con cualquiera. Son muy afables y repetuosos, y tienen mejor corazón que ciertos canallas de Italia. A mi parecer, es bueno emigrar” (15).

Alfredo Coasollo “había nacido en 1875, en la provincia de Torino, comuna del Monasterio de Cantalupa. (...) A la edad de 15 años se embarcó en Génova rumbo a Buenos Aires, completamente solo, empleando 48 días en el viaje con el vapor ‘Manila’. El pasaje le costó 163 liras, y arribó al puerto de Buenos Aires con un capital de 7 liras y un inmenso entusiasmo de trabajar. El director del hotel de inmigrantes le entregó un pan de 4 kilos ya cortado y lo puso sobre el tren rumbo a estación Aurelia, en la provincia de Santa Fe” (16).

Los Vairoleto, emigrados desde el Piamonte, “siguieron hasta Rosario remontando el gran río Paraná. Al bajar en los muelles con sus bultos, mientras la sirena de la nave seguía anunciando el arribo, los emigrantes de tercera clase se encontraron con una cantidad de gente que les hablaba en piamontés, ofreciéndoles los más variados destinos y trabajos a cambio de alojamiento y comida. Todo les resultaba asombroso y no era fácil saber qué les convenía, pero tenían que hacer la prueba. Vittorio comenzó trabajando en la cosecha de esa temporada, y emprendieron un largo itinerario buscando un pedazo de tierra donde afincarse” (17).

La gran inmigración (18), de Ema Wolf y Cristina Patriarca, se incluyen algunas “Cartas de recién venidos”. Una de ellas es la que envía Luigi Basso, desde Rosario, en 1878, en la que escribe: “He pensado en marcharme a Montevideo, y si no hay trabajo me voy al Brasil, que allí hay más trabajo y al menos tienen buena moneda, no como aquí, en la Argentina, que el billete siempre pierde más del veinte (por ciento) y no se ve ni oro ni plata”.

Hacia América parte un hombre desde Italia. Por amor al marido emigrado tiempo antes, la madre abandona a sus hijas, llevando al hijo varón, en el cuento “El tren de medianoche” de Syria Poletti. La escritora recuerda así este episodio: “En ese instante, momento en que mi madre me dejó para reunirse con mi padre en tierras de América, nacen el drama y la rebeldía, pero también la revelación de la soledad y su misterio. Fue como si de pronto se hubiesen abierto las compuertas de la vida adulta, y, al mismo tiempo, asomara la certeza de otro llamado. Al irse, mi madre respondía a un llamado ineludible. Yo también, con el tiempo, respondería a un llamado” (20).

La Nación Enrique Bieganski-, llegado circunstancialmente a estas pampas (fue tripulante del acorazado alemán Graf Spee), siempre me decía que se había enamorado de Rosario a primera vista y amaba nuestro querido Paranᔠ(21).

A criterio de Alberto Abriata, la historia de Rosario “nos relata los grandes esfuerzos que inmigrantes italianos, españoles, judíos, sirios, alemanes, ingleses, paraguayos y de otras nacionalidades aportaron con sus conocimientos artesanales, científicos, artísticos y humanísticos, que se evidencian hoy en la mejorada y perfectible, sin duda, calidad de vida de los rosarinos” (22).

En “Los Fernández invaden Argentina”, el español José Luis Entrala Fernández recuerda a algunos de sus antepasados, que se establecieron en Santa Fe: “Antonio Fernández Osuna nació el 25 de febrero de 1841 en Encinas Reales (...) había salido del hogar paterno, para graduarse como maestro de enseñanza primaria tras unos estudios que probablemente haría en una Escuela privada de Maestros de Antequera y revalidaría en la Escuela Normal de Magisterio de Granada, o en la de Málaga. Antonio ejerció su profesión en Antequera, pueblo grande y rico en la provincia de Málaga. No hemos conseguido, hasta ahora, saber que clase de actividad desarrolló aunque lo más corriente en aquellos años era que los maestros impartieran clases en su propia casa. Seguramente Antonio trabajó así pero no podemos descartar que fuera profesor en alguna Escuela antequerana. Lo que sí sabemos es que se casó, apenas cumplidos los 20 años, con una sevillana de Gilena conocida por Gracia Hidalgo Cisneros (...) Gracia y Antonio pusieron casa en la Antequera de 1861 (...) No hay unanimidad de criterios sobre la economía de los Fernández Hidalgo pero no podemos ignorar que los sueldos de los maestros en aquellos años apenas llegaban para ir alimentando y vistiendo a la creciente prole que llenaba la casa (...) Seguían viviendo en Antequera hasta que la menor, Carmen, cumplió los 15 años. Fue entonces cuando desde Argentina se pidieron maestros españoles para trabajar en la campiña de la provincia de Santa Fe, con contratos por tres años y un sueldo de 60 pesos mensuales cuyo valor adquisitivo no acierto a fijar. Pero debía ser bastante porque Antonio, que ya tenía 48 años y cinco hijos en casa (todos menos la mayor, Pepa, ya casada, y Fernando, fallecido en la infancia) no dudó en emigrar hacia el Dorado que entonces representaba la Argentina para los españoles. Antonio, Gracia y sus cinco hijos se embarcaron en el trasatlántico “Provence” seguramente en Gibraltar, aunque la travesía se había originado en Barcelona, y se marcharon para no volver jamás a la Madre Patria. (...) En Argentina hacían falta maestros para enseñar en los pueblos. La ley de Educación Común de 1884, mediante la cual el gobierno de Juárez Celman quiso elevar el nivel de la enseñanza primaria en el país,

problema por la falta de maestros que las regentaran. Los escasos titulados de nacionalidad argentina no querían dejar las grandes ciudades. Así que el gobernador de la provincia de Santa Fe, Manuel Gálvez, cortó por lo sano y resolvió contratar 60 maestros trayéndolos de España por razones de idioma, raza y religión. Para ello se constituyó en Madrid una comisión encargada de buscar candidatos que, eso si, debían superar una larga serie de requisitos tales como celo por su trabajo, cumplimiento del deber, cumplimiento de la Fe Católica y resultados comprobados de eficiencia en la labor docente”. Antonio, cumplía todos los requisitos con su larga experiencia antequerana, y fue uno de los 60 seleccionados que viajaron entre febrero y junio de 1889. Concretamente llegó a tierras argentinas el 7 de abril de 1889 para incorporarse a la escuela de San Carlos Centro, pueblo muy cercano a Santa Fe de la Vera Cruz, capital de la provincia de su nombre donde tomó posesión el 13 de abril del mismo año. En el Archivo General de la provincia de Santa Fe (página 202 del “Registro Oficial de la Provincia de Santa Fe”) se guarda el “decreto sobre varios nombramientos escolares” con la cita expresa de Antonio Fernandez Osuna como “profesor de la graduada de varones de San Carlos Centro”. Está firmado, por el gobernador Gálvez y por Juan M. Caffarata, el 7 de junio de 1889

Cuando el tiempo era otro, un conflicto bélico relacionado con la vida cotidiana de los inmigrantes y sus hijos: “nunca he dudado de que la Guerra Civil también se libró en mi casa. El día del cumpleaños de mi hermana Chichita, el 17 de julio de 1936, Franco declaró el estado de guerra en las Canarias y ésa fue la señal para que el 18 se extendiera a toda España. El 1° de abril de 1939, a los veinte días de mudarnos a Rosario, terminó. En esos tres años, mientras yo estaba viva en Acebal, la mitad de España moría, muerta por la otra mitad. No sabíamos que había comenzado la matanza y ese día, como siempre, mis hermanos, mis primos y los chicos tomamos chocolate. Cuando hubo pasado tres años, Bebo, Chichita y yo supimos el día final porque entró Justo Vega y llorando lo dijo, ya no en mi casa natal sino en el departamento alquilado de Rosario donde vivíamos y yo, la niña que era entonces y hoy evoco, sé que sentí dolor por las lágrimas de Justo, por el silencio de mi padre y porque no pude aliviarlo con juegos en las calles del pueblo, que ya no estaban, y todavía yo no tenía con quién jugar” (23).

El 26 de octubre del año 1855 –escribe Roberto Zehnder- abandonamos Basilea, adonde hemos llegado antes del mediodía en omnibus. (N. Del A. Probablemente sea algún tipo de diligencia que lo llevaba desde su pueblo de origen hasta una ciudad importante como lo es Basilea), y nos alojamos en una hostería de nombre El Buey colorado. (...) La mitad de los pasajeros del Lord Ranglan fue trasladado en un barco a vapor chico a Santa Fé y alojados al norte de la ciudad; mientras la otra mitad abandonaba el puerto de Buenos Aires tres días antes de nosotros y llegaron al puerto de Santa Fé al mismo minuto para anclar. En el barco se encontraron Guillermo Hübeli, Ricardo Buffet, Buchard Griboldi, como viajeros del Lord Reglan (N. Del A.: Lord Raglan)” (24).

El belga Carlos de Mot fue el responsable de la segunda colonización de Sunchales, provincia de Santa Fe. Roxana Lusso lo evoca en un trabajo que transcribo parcialmente, en el que afirma: “El gobernador de Santa Fe, Mariano Cabal, con su obra de gobernar poblando, buscó a hombres de empresa para llevar a cabo sus proyectos, entre ellos estaba Carlos de la Mot o de Mot, de nacionalidad belga, de origen noble, a quien le encargaron la colonización de Los Sunchales. De Mot concibió la empresa de traer agricultores de Europa y afincarlos alrededor del Fuerte, en las mismas tierras de la colonización anterior. El 18 de mayo de 1868, se firmó el contrato de colonización con Carlos de Mot, y el 16 de julio de ese año se estableció la segunda colonización de Los Sunchales. Después de firmado el contrato con el gobierno de la provincia de Santa Fe, Carlos de Mot se trasladó a Europa a buscar las familias de agricultores. Después de un año, apareció con los primeros colonos, italianos, franceses, suizos, ingleses, españoles, alemanes y algunos belgas. (...)” (25).

Dennis Clifford Crisp, hijo de ingleses, relató: “Mis padres vinieron a la Argentina en 1910. Mi padre era empleado de La Forestal y se radicó en el Chaco Santafecino. Yo nací en Guillermina y mi hermano (que es veterano de la RAF) en Tartagal, así que mi primer idioma fue el guaraní” (26).

El nombre de la localidad “El Trébol” “surgió durante la construcción del ramal del Ferro Carril Central Argentino que partió de Cañada de Gómez hacia Las Yerbas, el cual fue financiado con capitales de origen británico, siendo esta empresa subsidiaria la encargada de la denominación de las estaciones que iban surgiendo. Seguramente el recuerdo de su patria natal, provocó que tres estaciones seguidas recibieran el nombre de los símbolos de la Gran Bretaña. Así surgieron Las Rosas por las rosas rojas y blancas del escudo de Inglaterra; Los Cardos en recuerdo de Escocia; y El Trébol en homenaje a la flor típica de Irlanda” (27).

“Thomas Bridges fue uno de los fundadores de la Misión evangélica anglicana en Ushuaia y su Director por muchos años, (...) ocupa lugar destacable entre lo pioneros fueguinos, establecidos en estas tierras en 1871. La estancia Harbenton fue la primera estancia de la Isla Grande de Tierra del Fuego, fundada en 1886 por Thomas Bridges, dándole dicho nombre como recuerdo del pueblo natal de su esposa, situado en Inglaterra” (7).

Soy Roca, biografía novelada escrita por Félix Luna, el protagonista se refiere a un viaje que hizo en 1899: “Nos detuvimos en la desembocadura del río Santa Cruz, visité alguna estancias de los alrededores, casi todas de ingleses, y seguimos a Río Gallegos, donde me hospedé en la casa del gobernador. (...) Cuando íbamos llegando a Ushuaia me llamaron la atención, en cierto punto de la costa, rebaños de ovejas y construcciones muy prolijas entre macizos de flores y espacios de césped; me dijeron que era la estancia de Thomas Bridges, el pastor anglicano que anteriormente había estado a cargo de la Misión en la isla; en 1886 renunció a su puesto y se vino a Buenos Aires a solicitar tierras allí. Me lo presentó el senador Antonio Cambaceres y lo recomendaba calurosamente el perito Moreno. Tuve el gusto de promover, pocas semanas antes de dejar la presidencia, una ley concediéndole 20.000 hectáreas en propiedad en Harberton, a unas quince leguas de Ushuaia hacia el este. Bridges había fallecido meses antes pero su estancia era la mejor de la isla, superando en actividad a la que había establecido al norte, en Río Grande, el asturiano José Menéndez. Me dieron ganas de visitar Harberton y lo hice en el acorazado de río ‘Independencia’, más chico que el ‘Belgrano’. Allí fui recibido por la viuda del antiguo misionero y su familia. En el jardín tomamos el té con sandwiches y frutillas de la zona con crema. Fue una tarde gloriosa para Gramajo, que decía estar harto del rancho del ‘Belgrano’... Por un momento no me pareció encontrarme en el confín del mundo sino en una casa de Sussex, o más bien, de Devon-shire, de donde era oriundo Bridges. Después visitamos los campamentos de los indios yaganes y onas que trabajaban en el establecimiento. Al menos aquí no se los perseguía, como había hecho aquel aventurero rumano Julio Popper, que en tiempos de mi concuñado instaló un lavadero de oro en el norte de la isla, y como también lo hacían, según los rumores que había escuchado, algunos capataces de Menéndez” (8).

Carlos Pellegrini, protagonista de la novela histórica escrita por Gastón Pérez Izquierdo, recuerda a Bridges: “Un predicador inglés, Mr. Thomas Bridges, había pasado una larga temporada en la Tierra del Fuego como misionero de la Iglesia Anglicana y de paso criando lanares que había introducido desde las Islas Malvinas. Estaba en Buenos Aires preparándose para embarcar a Inglaterra –y disfrutar una temporada de sus buenos negocios- de manera que no rehusó una invitación de la Sociedad Literaria Inglesa para pronunciar una conferencia sobre su inquietante experiencia” (9).

Fuegia (10), novela de Eduardo Belgrano Rawson. En esa obra, un sacerdote afirma acerca de los anglicanos: “Pobres diablos. ¿Cómo no van a sentirse desengañados? Ya sabemos cómo hacen para reclutarlos. ¿Acaso no les pintan todo esto como un paraíso repleto de aldeas? Me imagino las fantasías que traen. ¿Y qué encuentran a su llegada?”.

La viuda del reverendo Dobson evoca los planes que hacìan sobre la emigraciòn, alentados por noticias tendenciosas: “Despuès de pasar una tarde en la Uniòn Misionera, volvìan a casa con su marido por un sendero de gramilla perfumada. Llevaba seis meses de casada con Dobson. Hicieron un alto en el parque y abrieron un paquete de bollos. Charlaron del futuro viaje a Sudamèrica. Dobson dibujò la misiòn sobre el papel de los bollos. Habìa un grupo de canaleses entonando sus himnos y un paquebote en el horizonte. Los canaleses figuraban como ‘naturales amistosos’

en todas las publicaciones del Almirantazgo, de modo que agregò un nativo haciendo cabriolas. Su mujer le suplicò que dibujara una huerta. Dobson puso la huerta y metiò algunas ovejas. Estuvo tentado de añadir el cementerio, pero desistiò a ùltimo momento. Ella estudiò bien el dibujo y concluyò que nada faltaba. Tratò vanamente de hallarle algùn parecido con su aldea de Sussex. Pero igual le propuso: ‘Pongàmosle Abingdon’. Pensò emocionada: ‘El Señor es mi pastor’ “.

“Cuando les resultó evidente que habían echado mano a los mejores campos del mundo, los criadores de toda la isla resolvieron cruzar sus mediocres ovejas con padrillos europeos. Para entonces ya nadie soñaba con transformar a los lugareños en sus pastores perfectos. En realidad, a los parrikens les sobraban condiciones para el puesto: corrían treinta kilómetros de un tirón, podían dormir al sereno en invierno y resistían sin probar bocado como el más bruto de los galeses. Pero nada aborrecían más en el mundo que el trabajo de ovejeros, de modo que los criadores olvidaron por fin el asunto y junto con los padrillos importaron pastores de Escocia, quienes trajeron hasta los perros”

En Tierra del Fuego vivió Julius Popper. El fotógrafo y explorador nació en Bucarest en 1857 y falleció en Buenos Aires en 1893. “Estudió Ingeniería en Minas en París y realizó múltiples viajes por el resto de Europa, Oriente Medio, América del Norte, México y Cuba. Establecido en la Argentina, en 1866 viajó a Punta Arenas, Chile y descubrió oro en la bahía de San Sebastián, sobre el océano Atlántico. En 1887 realizó una muestra con sus fotografías tomadas en Tierra del Fuego, junto a mapas, armas, utensilios indígenas y muestras de arenas auríferas. Fundó la Compañía ‘Lavaderos de Oro del Sud’ “ (12).

También a las Islas Malvinas llegaron pioneros escoceses: “En 1842 llegaron dieciocho pobladores, en 1849 treinta y en 1859 otros treinta y cinco, con sus respectivas familias. El último contingente llegó en 1867. Poco a poco colonizaron todas las islas. Estos escoceses trasladaron a las Malvinas sus costumbres, entre otras la de criar ovejas, no vacunos. Sus descendientes forman la gran mayoría de la población malvinense nativa, de la población estable actual, porque las Malvinas tienen también una población inestable, de origen no escocés sino inglés: son los funcionarios y los militares” (13).

Amadeo Jacques (París, 1813; Buenos Aires, 1865), “En Francia, estudió en el Liceo de Borbón y en la Escuela Normal de París; dictó clases en Amiens y Versalles y, a los 24 años, obtuvo el doctorado en Letras en La Sorbona. Poco después se graduó como Licenciado en Ciencias Naturales en la Universidad de París. Luego de ejercer la docencia en otras instituciones francesas, en 1852 se trasladó a Montevideo, Uruguay, y más tarde se estableció en Entre Ríos, donde se dedicó a la daguerrotipia y a la agrimensura. En 1858 fue nombrado director del Colegio de San Miguel de Tucumán, donde desarrolló una obra renovadora de los sistemas pedagógicos. En 1860 se dedicó al periodismo, publicando proyectos de reglamentos sobre instrucción pública en diarios de la provincia de Tucumán. Por ofrecimiento del vicepresidente de la República, Marcos Paz, fue director y, años más tarde, rector del Colegio Nacional de Buenos Aires. En esa función transformó la enseñanza, introduciendo las nuevas ideas cientificistas que provenían de Europa y planeó la educación primaria, secundaria y universitaria.

Mary E. Conway (Boston, 1848) “Era hija de James Conway y prima del escritor Hugo Conway y vino a la Argentina durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, para cooperar en su obra en el campo del normalismo. Luego de estudiar castellano cuatro meses en Paraná, fue destinada a la Escuela Normal de Tucumán y realizó allí una meritoria labor, respaldada por su ilustración. Cuando la escuela se afianzó, hizo renuncia de su cargo y se instaló en Buenos Aires, donde fundó el prestigioso Colegio Americano. Allí dictó cátedras y pronunció numerosas conferencias, en las que desarrollaba los temas más diversos con gran facilidad de palabra. Este colegio estuvo instalado en tres edificios distintos, el último de los cuales se encontraba en Carlos Pellegrini y Juncal. Allí murió su fundadora el 3 de agosto de 1903” (2).

El Obrero, de un contenido tan valioso que no podemos resistir la tentación de reproducirla: Aprovecho la ida de un amigo a la ciudad para volver a escribirles. No sé si mi anterior habrá llegado a sus manos. Aquí estoy sin comunicación con nadie en el mundo. Sé que las cartas que mandé a mis amigos no llegaron. Es probable que éstos nuestros patrones que nos explotan y nos tratan como a esclavos, intercepten nuestra correspondencia para que nuestras quejas no lleguen a conocerse. Vine al país halagado por las grandes promesas que nos hicieron los agentes argentinos en Viena. Estos vendedores de almas humanas sin conciencia, hacían descripciones tan brillantes de la riqueza del país y del bienestar que esperaba aquí a los trabajadores, que a mí con otros amigos nos halagaron y nos vinimos. Todo había sido mentira y engaño. En B. Ayres no he hallado ocupación y en el Hotel de Inmigrantes, una inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como si hubiésemos sido esclavos. Nos amenazaron de echarnos a la calle si no aceptábamos su oferta de ir como jornaleros para el trabajo en plantaciones a Tucumán. Prometían que se nos daría habitación, manutención y $20 al mes de salario. Ellos se empeñaron hacernos creer que $20 equivalen a 100 francos, y cuando yo les dije que eso no era cierto, que $20 no valían más hoy en día que apenas 25 francos, me insultaron, me decían Gringo de m... y otras abominaciones por el estilo, y que si no me callara me iban hacer llevar preso por la policía. Comprendí que no había más que obedecer. ¿Qué podía yo hacer? No tenía más que 2,15 francos en el bolsillo. Hacían ya diez días que andaba por estas largas calles sin fin buscando trabajo sin hallar algo y estaba cansado de esta incertidumbre. En fin resolví irme a Tucumán y con unos setenta compañeros de miseria y desgracia me embarqué en el tren que salía a las 5 p.m. El viaje duró 42 horas. Dos noches y un día y medio. Sentados y apretados como las sardinas en una caja estábamos. A cada uno nos habían dado en el Hotel de Inmigrantes un kilo de pan y una libra de carne para el viaje. Hacía mucho frío y soplaba un aire heladísimo por el carruaje. Las noches eran insufribles y los pobres niños que iban sobre las faldas de sus madres sufrían mucho. Los carneros que iban en el vagón jaula iban mucho mejor que nosotros, podían y tenían pasto de los que querían comer. Molidos a más no poder y muertos de hambre, llegamos al fin a Tucumán. Muchos iban enfermos y fue aquello un toser continuo. En Tucumán nos hicieron bajar del tren. Nos recibió un empleado de la oficina de inmigración que se daba aires y gritaba como un bajá turco. Tuvimos que cargar nuestros equipajes sobre los hombros y de ese modo en larga procesión nos obligaron a caminar al Hotel de Inmigrantes. Los buenos tucumanos se apiñaban en la calle para vernos pasar. Aquello fue una chacota y risa sin interrupción. íAh Gringo! íGringo de m...a! Los muchachos silbaban y gritaban, fue aquello una algazara endiablada. Al fin llegamos al hotel y pudimos tirarnos sobre el suelo. Nos dieron pan por toda comida. A nadie permitían salir de la puerta de calle. Estábamos presos y bien presos. A la tarde nos obligaron a subir en unos carros. Iban 24 inmigrantes parados en cada carro, apretados uno contra el otro de un modo terrible, y así nos llevaron hasta muy tarde en la noche a la chacra. Completamente entumecidos, nos bajamos de estos terribles carros y al rato nos tiramos sobre el suelo. Al fin nos dieron una media libra de carne a cada uno e hicimos fuego. Hacían 58 horas que nadie de nosotros había probado un bocado caliente. En seguida nos tiramos sobre el suelo a dormir. Llovía, una garúa muy fina. Cuando me desperté estaba mojado y me hallé en un charco. íEl otro día al trabajo! y así sigue esto desde tres meses. La manutención consiste en puchero y maíz, y no alcanza para apaciguar el hambre de un hombre que trabaja. La habitación tiene de techo la grande bóveda del firmamento con sus millares de astros, una hermosura espléndida. íAh qué miseria! Y hay que aguantar nomás. ¿Qué hacerle? Hay tantísima gente aquí en busca de trabajo, que vejetan en miseria y hambre, que por el puchero no más se ofrecen a trabajar. Sería tontera fugarse, y luego, ¿para dónde? Y nos deben siempre un mes de salario, para tenernos atados. En la pulpería nos fían lo que necesitamos indispensablemente a precios sumamente elevados y el patrón nos descuenta lo que debemos en el día de pago. Los desgraciados que tienen mujer e hijos nunca alcanzan a recibir en dinero y siempre deben. Les ruego compañeros que publiquen esta carta, para que en Europa la prensa proletaria prevenga a los pobres que no vayan a venirse a este país. íAh, si pudiera volver hoy! íEsto aquí es el infierno y miseria negra! Y luego hay que tener el chucho, la fiebre intermitente de que cae mucha gente aquí. Espero que llegue ésta a sus manos: Salud.a ...” (3).

El naturalista Abraham Willink (Frisia,1924 - San Miguel de Tucumán, 1998) era “licenciado en Ciencias Naturales egresado de la Universidad Nacional de la Plata en 1944, se especializó en entomología. En la Universidad de Tucumán ocupó diversos cargos: fue profesor, director de la Fundación y del Instituto ‘Miguel Lillo’ y decano de la facultad de Ciencias Naturales. También fue investigador del CONICET y presidente de la Sociedad Entomológica Argentina. Formó parte de varias instituciones científicas del país y del exterior y obtuvo numerosos premios” (4).

Las ingratas Novela sentimental. Una de las gallegas que presenta en esa obra, se establece en Tucumán: “Griseldo Salazar había perdido los brazos a los dieciocho años: un trapiche azucarero se los había arrancado sin ninguna dulzura. Desde entonces llevaba un poco más abajo del codo unos muñones llenos de cicatrices. Después de varios meses en el hospital entre láudano y enfermeras, los médicos lo habían puesto en las calles de San Miguel de Tucumán sin manos para llevar el atadito de ropa, lo único que tenía en el mundo. (...) Todo se hizo rápido, con un trámite civil y una bendición del padre Agapito. No hubo almuerzo de festejo porque Griseldo no comía en público: cuando estaban a solas, Socorro le colocaba una gran servilleta en el cuello y lo alimentaba como a un bebé. (...) Roca colaboró con la compra de mercaderías, y hasta Cachito dio una mano para cargarlas en la caja del camión. Unos días después de la boda el asunto estaba resuelto, y Socorro, convertida en la señora de Salazar, estaba lista para instalarse en el lejano Norte e iniciar una nueva vida entre las sierras. No podía ni siquiera pensar en el futuro: los ojos y el aliento sólo le alcanzaban para contemplar un día a la vez” (5).

Al norte y al sur, al este y al oeste, se dirigieron los inmigrantes, en busca de un lugar donde establecerse, donde trabajar y criar a sus hijos. Muchos de sus descendientes siguen viviendo en la provincia elegida por sus ancestros, y es frecuente encontrarlos trabajando en el mismo rubro que sus antepasados, en empresas que crecieron a través de los años.

En 1910, el nicaragüense Rubén Darío escribió Canto a la Argentina, en el que expresa: ¡Argentina, región de la aurora!/ ¡Oh, tierra abierta al sediento/ de libertad y de vida,/ dinámica y creadora! (1).

El doctor Alberto Sarramone, autor de varios libros sobre la historia de la inmigración en nuestro país –algunos de ellos traducidos al francés-, afirma que La noción exacta y actual de emigración, en general, tiene dos referentes direccionales: emigración en un sentido estricto, cuando se busca significar la salida de personas o grupos de un país o región. Inmigración, noción relacionada con la recepción de población externa en un país o región determinado, y señala que ambas tienen su origen en el régimen de libertad instaurado a partir de la revolución francesa, con el reconocimiento de los derechos del hombre y del ciudadano y entre ellos el de emigrar, consagrados en la constitución del 31 de octubre de 1791. Con anterioridad, no se podía hablar de las formas modernas de emigración, que requieren como notas definitorias para la existencia plena del fenómeno, estar en un marco aunque sea imperfecto de libertad (2).

Ya hemos citado a Marcelo Bazán Lazcano, quien se refiere a la Ley Avellaneda, de 1876, la cual proporciona la definición de inmigrante (3). Pero –afirma Andrew Graham Yooll- algunos europeos no se sentían incluidos en esta definición, ya que los británicos se negaron tenazmente a ser categorizados como inmigrantes, lo que significaba un descenso en la clase social (4).

Félix Luna señala que la política de inmigración que llevaron adelante los gobiernos del Régimen Conservador fue muy amplia y nada discriminatoria. No se pusieron trabas a ningún tipo de inmigración. Incluso Roca, durante su primera presidencia, nombró a un agente especial de inmigración para que intentase desviar hacia la Argentina a la corriente de judíos rusos que huían de los pogroms, generalmente a Estados Unidos. Precisamente en esos últimos años del siglo, empezaron a instalarse algunas colonias de judíos en la ciudad de Buenos Aires. La política era pues muy amplia y, aunque en algún momento hubo voces que se levantaron para protestar contra algún tipo de inmigración que aparentemente no interesaría al país, en ningún momento se sancionaron leyes restrictivas (5).

¿Qué sucedió con los inmigrantes que llegaron a la Argentina? ¿Fueron aceptados o rechazados? La actitud que toman no será la misma, según el inmigrante sea anglosajón o italiano y español, y según la clase social a la que pertenezcan nativos y extranjeros. Aún dentro de la clase dirigente hay divergencia: mientras que Cané (6) y Cambaceres (7) alertan sobre el peligro de la inmigración, Ocantos (8) y Zeballos (9) la ven positiva. Los personajes de Fray Mocho entablan con el inmigrante una relación cordial; los criollos de Arias y Burgos lo aborrecen.

5.Luna, Félix: Breve historia de los argentinos. Buenos Aires, Planeta, 1995. Investigación gráfica: Graciela García Romero y Felicitas Luna. Fotografías: Graciela García Romero.

En 1845, escribió Sarmiento: ¿Hemos de cerrar voluntariamente la puerta a la inmigración europea que llama con golpes repetidos para poblar nuestros desiertos? (...) Después de la Europa, hay otro mundo cristiano civilizable y desierto que la América? ¿Hay en la América muchos pueblos que están como el argentino, llamados por lo pronto a recibir la población europea que desborda como líquido en un vaso? (...) ¡Oh! Este porvenir no se renuncia así nomás! (...) No se renuncia a un porvenir tan inmenso, a una misión tan elevada, por ese cúmulo de contradicciones y dificultades: ¡las dificultades se vencen, las contradicciones se acaban a fuerza de contradecirlas! (1).

A criterio de Fernando Sorrentino, Con la única excepción del gringuito cautivo / que siempre hablaba del barco (pasaje maestro de conmovedora y sobria ternura —II:853-858—), todos los gringos del Martín Fierro (I, 1872; II, 1879) son presentados en situaciones de error, de cobardía, de ridiculez. Es evidente que José Hernández (1834-1886) no sentía la menor simpatía por ellos. El mismo sentimiento muestra seis años antes Estanislao del Campo (1834-1880) en su Fausto (1866). En el diálogo con Anastasio el Pollo, don Laguna no pierde las dos oportunidades que se le presentan para verter expresiones desvalorizadoras hacia dos gringos, uno real y el otro hipotético. Al primero, remiso en pagarle una deuda, lo califica como gringo (...) de embrolla (119); al desconocido ladrón que, en el teatro, le ha robado el puñal a Anastasio, sin dudar lo identifica prejuiciosamente: —Algún gringo como luz / para la uña ha de haber sido (233-234). Estas opiniones de don Laguna, lejos de ser casuales, reflejan el desprecio que los gauchos sentían por los gringos, vocablo que genéricamente incluía a cualquier extranjero no hispanohablante (con la posible salvedad del portugués y del brasileño) y que, por simple acción de mayoritaria presencia, se refería con más frecuencia al italiano (2).

Eduardo Gutiérrez defendió, en Juan Moreira, al gaucho, que ha quedado desempleado ya que En la estancia, como en el puesto, prefieren al suyo el trabajo del extranjero, porque el hacendado que tiene peones del país está expuesto a quedarse sin ellos cuando se moviliza la guardia nacional, o cuando son arriados como carneros a una campaña electoral (3).

María Esther de Miguel evoca, en Un dandy en la corte del rey Alfonso, la actitud de los hombres del 80 ante el aluvión inmigratorio. Se trataba de una tanda de hombres intelectuales y bien pensantes que pasarían a la historia, según decían, porque se dedicaban a ser diplomáticos, escribir libros interesantes y sacar adelante el país, sobre todo por el esfuerzo de los inmigrantes que habían llegado para ‘laburar’, como decían ellos. Aunque los habían confinado en fábricas, saladeros y conventillos, los pobres se manejaban bien y sacrificadamente, y no pasaría mucho tiempo sin que la mayoría de ellos tuvieran, de acuerdo a los sueños que los habían transportado a América, ‘m’hijo el dotor’ (4).

En Doña Rita Material, relato de Juan Bautista Alberdi, una mujer se queja de la imparcialidad de un juez: Mi primo, el alcalde de este barrio, con quien nos hemos criado juntos, uña y carne con Donato, mi marido, que todos los días viene a casa, y muchas veces se queda a comer, a quien no hace tres días le mandé un pastel de choclos, ha tenido alma de sentenciar en contra nuestra, en una demanda que tenemos contra un gringo, ¡y contra un gringo, vea Ud!, por unos espejos que nos vendió muy caros, y se los quisimos devolver a los seis días (5).

Eugenio Cambaceres dejó en su novela En la sangre testimonio de su repudio a los extranjeros, a quienes veía como una fuerza poderosa y nociva para la nación. Cuando el protagonista busca ascender socialmente, el autor se indigna: Pero cómo, siendo quien era, iba a atreverse él, con el padre que había tenido, con la madre, una italiana de lo último, una vieja lavandera! (6).

A partir de la comparación de un pasaje de En la sangre referido al italiano y uno de Sin rumbo referido a un mestizo, afirma Gladys Onega: Por la confrontación de ambos ejemplos deducimos que la xenofobia fue sólo una de las formas que tomó en la elite el prejuicio racial, siempre en su propia defensa; a un objeto se agregó otro, pero el desprecio por el inmigrante es el mismo que se tuvo hacia el gaucho, en cuanto ambos provocaron sucesivamente la alarma, y resulta evidente que Cambaceres no se preocupa por disimularlo con elegías (7).

Lucio V. López relata cómo trataba a sus clientas uno de los tenderos criollos: Si él distinguía que era vasca, francesa, italiana, extranjera, en fin, iniciaba la rebaja, el último precio, el ‘se lo doy por lo que me cuesta’, por el tratamiento de madamita. ¡Oh!, ese madamita lanzado entre 7 y 8 de la mañana, con algunas cuantas palabras de imitación de francés que él sabía balbucir, era irresistible. Durante el día, los tratamientos variaban entre hija e hijita, entre tú y usted, entre madamita y madama, según la edad de la gringa, como él la llamaba cuando la compradora no caía en sus redes (8).

En el prólogo a su novela ¿Inocentes o culpables?, Antonio Argerich manifiesta: me opongo franca y decididamente a la inmigración inferior europea, que reputo desastrosa para los destinos a que legítimamente puede y debe aspirar la República Argentina; (...) La intromisión de una masa considerable de inmigrantes, cada año, trae perturbaciones y desequilibra la marcha regular de la sociedad, -y en mi opinión no se consigue el resultado deseado, esto es, que se fusionen estos elementos y que se aumente la población. En efecto, si buscamos unidad, sería importante encontrarla: se habla de colonias aun aquí mismo en la Capital de la República y ya tenemos los oídos taladrados de oír hablar de la patria ausente, lo que implica un estravío moral y hasta una ingratitud, inspirada, muchas veces, por el interés que azuza un sentimiento exótico y apagado para que se ame a una madrastra hasta el fanatismo.

Argerich sostiene que para mejorar los ganados, nuestros hacendados gastan sumas fabulosas trayendo tipos escogidos, -y para aumentar la población argentina atraemos una inmigración inferior. ¿Cómo, pues, de padres mal conformados y de frente deprimida, puede surgir una generación inteligente y apta para la libertad? Creo que la descendencia de esta inmigración inferior no es una raza fuerte para la lucha, ni dará jamás el hombre que necesita el país. Considera que tenemos demasiada ignorancia adentro para traer todavía más de afuera y que es deber de los Gobiernos estimular la selección del hombre argentino impidiendo que surjan poblaciones formadas con los rezagos fisiológicos de la vieja Europa (9).

En la Argentina -sostiene David Viñas-, en los años 1860 y 1870, la secuencia es: paraguayos, montoneros, indios. Liquidados, la búsqueda del otro distinto y peligroso termina en el inmigrante. Desaparecidas las tolderías convencionales, aparecen las ‘tolderías rojas’: los malones ya no vienen del Sur, sino de Barracas, o de La Boca... (10).

Félix Luna explica en un reportaje el origen de la intolerancia: Se había soñado con una inmigración ideal: anglosajona, o franceses de clase más o menos alta, casos que fueron excepcionales. En cambio, los que vinieron fueron en su inmensa mayoría inmigrantes pobres, personas provenientes de zonas más atrasadas de Europa, de España e Italia, fundamentalmente, que huían de la miseria. Por eso, el tipo de inmigración provocó alguna resistencia y, diría, determinados rezongos en gente como Sarmiento, que en algún momento se manifestó con criterios antisemitas (11).

En La Argentina racista, el escritor Pedro Orgambide analiza el costado más intolerante de los argentinos. Y describe cómo han ido cambiando a lo largo de la historia los destinatarios de la discriminación: el indio y los mestizos, primero, luego los españoles, italianos y judíos que llegaron a nuestras tierras y ahora los inmigrantes de los países limítrofes (12).

Una Noticia de la Defensoría del Pueblo acerca de la discriminación de los extranjeros latinoamericanos en 2000, afirma que Los argumentos son viejos. Podría decirse que comenzaron a utilizarse en los últimos años del siglo anterior, cuando se responsabilizaba a los inmigrantes de origen europeo de haber traído al país ideas disolventes. Con esa excusa se dictó la ley de residencia que autorizaba a expulsar a aquellos extranjeros que desarrollaran actividades sindicales y políticas (13).

Bien lo dice Mempo Giardinelli, en Santo Oficio de la Memoria. El año 1896 fue terrible porque ése fue en año en el que se habló mucho y muy mal de las mafias de italianos que llegaban al Río de la Plata, y de la molicie y peligrosidad de los inmigrantes en general. Algo que después fue una constante de este país: hablar de la inseguridad fue hablar pestes de los extranjeros (14).

Larva acusa de xenofobia a los grandes terratenientes ‘dueños’ de gran parte de la Patagonia y de la Pampa húmeda: Ellos mismos son los que frenaron el aluvión de inmigrantes que a fines del siglo pasado y comienzos de éste venían al país, dos tercios de los cuales se vieron obligados a volver a la miseria de su país de origen, después de amontonarse en el Hotel de Inmigrantes. Los que se quedaron poblaron los conventillos de La Boca (15).

La intolerancia se hizo ver en una circunstancia desgraciada: El Aedes prolifera en zonas encharcadas, lo que hace que haya habido epidemias de fiebre amarilla inmediatamente después de inundaciones, (...) –señala Antonio Elio Brailovsky-. La que en 1871 devastó Buenos Aires, obligó a evacuarla en medio de escenas de pánico que recuerdan a las del Exodo y mató a una gran cantidad de su población, se originó en una creciente del Riachuelo, después de una primavera de lluvas excepcionales (16). La gran epidemia de fiebre amarilla de 1870 es uno de los episodios que conserva vívidamente nuestra memoria nacional. Menos conocido es que la inmensa mayoría de las víctimas del ‘vómito negro’ y del terror subsiguiente fueron los inmigrantes (17). Se culpó de la epidemia a los inmigrantes italianos y se los expulsó de sus empleos. Recorrían las calles sin trabajo ni hogar; algunos, incluso, murieron en el pavimento (18).

Hacia 1870 –escribe Alicia Dujovne Ortiz-, en Buenos Aires se desencadenó la fiebre amarilla (...). Fue por el tiempo en que los porteños se volvieron blancos. A los indios los acababan de ultimar, y los negros, con la peste, se acabaron por sí solos (19).

En La última carta de Pellegrini, de Gastón Pérez Izquierdo, escribe el protagonista: La afluencia de inmigrantes seguía transformando la fisonomía física y social de la metrópoli con sus gritos, sus palabras mal pronunciadas, sus risas y sus nostalgias por la tierra dejada. En ese fragor positivista algunas pequeñas señales cada tanto advertían que éramos de carne y hueso y no estábamos en el Paraíso Terrenal. Las condiciones deficientes de alojamiento de los inmensos contingentes de extranjeros que desembarcaban pronto causaron una alarma general: un brote de cólera amenazaba con expandirse como epidemia y salirse de control. Para una ciudad que todavía guardaba en su memoria colectiva los horrores de la fiebre amarilla la noticia cayó como el anuncio de la llegada de los cuatro jinetes. El Presidente convocó de urgencia al gabinete y concurrí a la reunión para proponer medidas intrépidas, como las que se recordaban de los tiempos de la epidemia maldita (20).

La intolerancia causó, quizás, la Masacre de Tandil. Refiriéndose al juez de paz Figueroa, expresó en sus Memorias el pionero danés Juan Fugl: En el fondo de su alma sentía odio a los extranjeros y al creciente agro en la zona del Tandil, tanto porque él, familiares y amigos tenían tierras y grandes estancias lindantes, y se sentían molestos por las leyes que los obligaban a pagar los daños causados por animales en las tierras sembradas, y ahora protegidas. También porque repartía tierras entre criollos o nativos, en general muy simples y sin ningún ánimo de mejorar, no a extranjeros que, aunque vivían pobres con su trabajo y amistoso relacionamiento, pronto formaban un capital y vivían holgadamente (21).

Un asesino recurre a un insólito argumento para evitar ser sentenciado a la pena de muerte. Escribe Alvaro Abós: Luigi Castruccio era oriundo de Rapallo, cerca de Génova, y había llegado a Buenos Aires a sus veinte años, en 1878, mezclado con miles de inmigrantes que anhelaban ‘hacer la América’. (...) Castruccio, cuya omnipotencia rayaba en la megalomanía, decidió solucionar sus problemas económicos mediante un crimen. Estaba seguro de que podría engañar al mundo y salir indemne. Publicó un anuncio en la prensa pidiendo un sirviente. Asì, reclutó a alguien que reunía todas las condiciones requeridas para su plan criminal. El criado era un mocetón francés llamado Alberto Bouchot Constantin, recién llegado a Buenos Aires y que no conocía a nadie en la ciudad. (...) Castruccio confesó. Ensayó, sin embargo, algunas líneas de defensa. Adujo, por ejemplo, que no debía ser castigado porque su víctima era un extranjero. (...) ‘Yo no he hecho nada malo. Nunca maté a un argentino’ (22).

Ocantos no se cierra a la postura común en su época, que consistía en combatir la inmigración. El advierte los rasgos buenos en los criollos y en los inmigrantes, y también sabe ver en ambos grupos los procederes que evidencian la decadencia moral y que llevan a una existencia desgraciada o, incluso, a la muerte. En Quilito escribe que la ola de la emigración europea nos aporta periódicamente lo bueno y lo malo, afirmación que indica una amplitud de criterio que muchos de sus coetáneos no poseen (23).

Miguelín, uno de los personajes de Julián Martel, expresa algo parecido: Es cierto que la inmigración en general nos aporta grandes beneficios, pero también lo es que todo lo que no tiene cabida en el viejo mundo, viene a guarecerse y medrar entre nosotros. El Gobierno debería ocuparse de seleccionar... (24).

Para Estanislao Zeballos, tanto los nativos como los extranjeros se benefician con la apertura a la inmigración, ya que un colono colocado es una fuente de riqueza privada y de renta pública. Condena el sistema de promover y reclutar oficialmente la inmigración y se muestra a favor de estimular la inmigración espontánea, la que se mueve por sí misma y paga su viaje, atraída por noticias adquiridas de las ventajas que le proporcionará nuestro teatro de trabajo, ó decidida por consejos o proposiciones y aun contratos que le brindan sus parientes y amigos establecidos felizmente en la República (25).

5 Alberdi, Juan Bautista: Doña Rita Material, en Varios autores: 20 relatos argentinos 1838-1887. Selección y prólogo de Antonio Pagés Larraya. Ilustración en colores de Horacio Butler. Buenos Aires, Eudeba, 1961.

La apertura de nuestro país a la inmigración es elogiada por la chilena Gabriela Mistral, quien escribió: La Argentina está dando a nuestros países una enseñanza que ellos no quieren oír: la de que un año de inmigración hace más por la raza que diez años de trabajo social gastado en mejorar la carne vieja. Ninguna empresa –educación popular, higiene social, etc.- acelera la evolución de un país nuevo como ésta del injerto (1).

Leopoldo Lugones, en la ‘Oda a los ganados y las mieses’ muestra una expansión jubilosa en la exaltación de la tierra, los hombres y los frutos, sin rehuir prosaísmos certeros de cordial resonancia. Desde el diálogo pintoresco que sitúa con felicidad en su medio al criollo o al extranjero hasta el cuadro familiar a veces íntimo y conmovido de recuerdos, Lugones hace explícita una convivencia con el mundo humano, animal o de humildad biológica que sorprende por la extrema y sutil observación. Hay ternura y gracia en el diminutivo y las imágenes justas multiplican ante el lector la hirviente variedad de ese vivo universo (2).

En La formación de una raza argentina, José Ingenieros se alegra de la adaptación al medio geográfico que se verifica en los inmigrantes: Las variedades de la raza europea aquí trasplantadas sienten ya, en sus hijos argentinos, los efectos de la adaptación a otro medio físico, que engendra otras costumbres sociales. Los Andes, la Pampa, el Litoral, el Atlántico, la Selva, el Iguazú, son cosas nuestras, y solamente nuestras. Viviendo junto a ellas, las razas blancas inmigradas adquieren hábitos e ideas nuevas, hasta engendrar una variedad, distinta de las originarias (3).

En una geografía tan vasta, se encontraban inmigrantes procedentes de diversas latitudes. ’La creencia en que la Argentina era un crisol de razas nunca tuvo el ciento por ciento de adhesión, pero fue una creencia eficaz: sirvió para que los extranjeros se sintieran argentinos’, asegura el antropólogo Pablo Semán, especialista en el tema (4). Los niños y los jóvenes -afirma Guillermo Jaim Etcheverry- adquieren un papel dominante en la vinculación de los mayores a la nueva sociedad.. (5).

’Hay un justificado orgullo por la herencia cultural entre las nuevas generaciones de la comunidad’, dice Juan José Delaney, escritor y profesor universitario, autor de Tréboles del Sur y Moira Sullivan, obras de ficción sobre la inmigración irlandesa en el país. Y agrega que la transmisión de esa herencia ha convertido a la Argentina en una suerte de Arca de Noé lingüística y cultural (6).

La integración entre argentinos y extranjeros suele lograrse armoniosamente. Lo narra Jorge Luis Borges en El sur: El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de una iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por Catriel; en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica (7).

Trude Sarrasani, protagonista, heredera y directora del célebre circo, se siente a gusto en nuestro paìs: ‘La cordialidad y el estilo independiente y divertido de la gente me hicieron sentir bien en la Argentina –afirma Trude-. Aún hoy me sorprendo sintiéndome plenamente argentina’. (...) Definitivamente radicada en la Argentina, alternó su casa de Córdoba con Buenos Aires y San Clemente del Tuyú (8).

También se integran la protagonista de un cuento de Marta Lynch y los Stavros, una familia griega: El mismo apellido desconcertaba de entrada. Como si vinieran de lejos con un confuso prestigio de Medio Oriente acerca del cual no había obligación de estar bien enterado o con un franco y honesto aire de inmigrante en primera generación, exudando inteligencia para abrirse paso y un límpido chusmaje que a fuerza de ser admitido dejaba de estorbar (9).

Ante la creciente transformación que se va operando en los jóvenes, escribe Alberto Gerchunoff en Los gauchos judíos: Bajo el alero, donde se guardan las herramientas, Rebeca se sienta, revuelto el cabello por la siesta, y saluda con voz ronca. Jacobo, cansado del caballo, afila la daga en el alambre del corral, y al oír a Rebeca, comienza a cantar como Remigio: Pensamiento mío... Vidalitá (10).

En sus páginas autobiográficas, se describe a sí mismo vestido a la usanza de la nueva tierra: como todos los mozos de la colonia, tenía yo aspecto de gaucho. Vestía amplia bombacha, chambergo aludo y bota con espuela sonante. Del borrén de mi silla pendía el lazo de luciente argolla y en mi cintura, junto al cuchillo, colgaban las boleadoras. En la colonia entrerriana a la que se trasladan luego de que el padre es asesinado, manifiesta un profundo gusto por el folklore: En Rajil fue donde mi espíritu se llenó de leyendas comarcanas. La tradición del lugar, los hechos memorables del pago, las acciones ilustres de los guerreros locales llenaron mi alma a través de los relatos pintorescos y rústicos de los gauchos, rapsodas ingenuos del pasado argentino, que abrieron mi corazón a la poesía del campo y me comunicaron el gusto de lo regional, de lo autóctono, saturándome de esa libertad orgullosa, de ese amor a lo criollo, a lo nativo que debió, más tarde, fijar mi inclinación mental. En aquella naturaleza incomparable, bajo aquel cielo único, en el vasto sosiego de la campiña surcada de ríos, mi existencia se ungió de fervor, que borró mis orígenes y me hizo argentino (11).

Máximo Yagupsky afirma que A los colonos, no acostumbrados a la vida en esas vastas llanuras, les resultaba muy difícil soportar la soledad, lejos de los centros de civilización. El único aliento a su angustia era ver que el gaucho los acogía con beneplácito. Y se estableció una amistad con el gaucho y hasta, por momentos, un afecto casi fraternal (12).

En su libro, María Arcuschín refleja la gratitud de los ucranios: ¡No olvides que estamos en América! –dice uno de los personajes-. Acá vivimos en paz. Nuestros hijos pudieron haber nacido allá. Pudieron haber sido esclavos. En cambio hoy son libres. Son el futuro de este país hospitalario que recibió a sus padres (13).

En un cuento de Susana Goldemberg, dice un inmigrante al despedirse de su familia: Argentina. El nombre raro. Otro país. Del otro lado del mar. Papá trató de explicarme: -Es un país grande, rico, generoso. Allí respetan a todos los hombres del mundo que quieran trabajar sus tierras. No importa en qué templo o en qué idioma le hablen a Dios (14).

César Tiempo manifiesta su sentimiento en un poema: ¡Yo nací en Dniepropetrovsk!/ No me importan los desaires/ con que me trata la suerte./ ¡Argentino hasta la muerte!/ Yo nací en Dniepropetrovsk (15).

Marcelo Mendieta me cuenta –vía e-mail, desde Washington- una anécdota que ilustra acerca del sentimiento de un inmigrante: Afortunadamente conocí a don Angel Santilli, gracias a quien se constituyó el Día del Inmigrante en la Argentina. El fundó la Asociación Mundial de Emigrantes, pero ese emprendimiento murió con él. (...) ‘Yo soy más argentino que vos –me dijo un día-, porque vos naciste aquí pero yo elegí vivir, trabajar y crecer aquí’ .

Darío Lamazares, representante legal del Instituto Santiago Apóstol, llegó a la Argentina a los catorce años: Fui un autodidacta, me formé en la calle, y como la mayoría de mis compatriotas sufrí la falta de instrucción. Este país nos dio todo, los mismos derechos que sus hijos, y la escuela es una forma de pagar esa deuda (16).

Es en la escuela donde se integran las culturas. Esto sucede, por ejemplo, en el Liceo Franco Argentino, donde, para festejar los treinta años de la institución, los alumnos de primaria bailaron el pericón y los más grandes exhibieron sus investigaciones sobre la vida del piloto Jean Mermoz, que prestó su nombre a la escuela (17).

Maximiliano Matayoshi, autor de la novela Gaijin considera que Quienes tienen mezclas culturales tiene la ventaja de poder elegir qué les gusta más de cada cultura. Yo, elijo de la cultura japonesa el equilibrio, y de lo argentino, la frescura, cierto cinismo, cierta desesperanza (18).

Los argentinos recibimos el aporte de esos inmigrantes. Lo destacó Jorge Luis Borges: en todos aquellos años habíamos hecho muchas cosas. Habíamos hecho de este territorio perdido una gran república por obra ciertamente de la inmigración también, que ha hecho de nosotros un país que difiere de otros de este continente, por el hecho de ser un país de clase media y de población blanca, sin mucha población indígena y casi sin población africana, ya que los esclavos y los descendientes de los esclavos misteriosamente desaparecen (19).

Lo dice Yvonne Fournery, guionista del documental periodístico La otra tierra: La ideología, tanto en la primera oportunidad, en los ’80, como ahora, fue la misma, o sea, no poner el acento para nada en la colectividad o comunidad, sino en la síntesis de las culturas. Es decir, hacer hincapié en el aporte que significó a nuestra identidad esa cultura. Lo cual enriquece al programa, lo hace mucho más vivo y mucho más real. De lo contrario, se transforma en una cosa... te diría que pintoresca o turística... y no es ésa la intención (20).

15. Koremblit, Bernardo Ezequiel: La bohemia cultural judeoargentina en las décadas del ’30, ’40 y ‘50, en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.

En Aventuras de Edmund Ziller, Pedro Orgambide define al xenófobo como el sujeto de apariencia normal que odia a los extranjeros y que suele creer que los judíos adoran la cabeza de chancho y que los negros son una raza inferior, y que Dios estaba pensando en su pinche país cuando creaba el Universo (1).

En su Historia del baile, Sergio Pujol evoca al alborotabailes: Loco Lindo siente náusea por toda esa gente, que es mayoría. Se alarma ante la posibilidad de un futuro poblado de patas sucias y alientos desconocidos. Se siente ajeno a esa promesa de país. Cree que los inmigrantes no deben gozar de derechos civiles. Son un mal cálculo de la clase dirigente. Pero siempre la ambigüedad, la revulsión interior: Loco Lindo no puede disimular la excitación que la sola idea de un contacto con esa gente le provoca. Camina lleno de deseo rumbo al baile. Ya lo dijo Grandmontagne: Loco Lindo es el clásico ‘alborotabailes’ que exhibe descaradamente su éxito con las hembras –hembritas, decía la nota, entre paternalista y despectiva-, ante una sociedad que no sabe cómo contener las energías sexuales que enturbian los juegos de miradas insinuantes y violencias corporales. Cuando los inmigrantes danzan -¡y lo hacen casi todas las noches!-, Loco Lindo irrumpe con su salud de potro a la arena social para molestar (2).

Uno de los líderes criollistas que Leopoldo Marechal crea en Adán Buenosayres, expresa su punto de vista acerca de las consecuencias de la inmigración: La devoción al recuerdo de las cosas nativas –tartamudeó Del Solar, pálido como la muerte- es lo único que nos va quedando a los criollos, desde que la ola extranjera nos invadió el país. ¡Y son los mismos extranjeros los que se burlan de nuestro dolor! ¡Si es para llorar a gritos!. (...) Es verdad que la ola extranjera nos metió en la línea del progreso. En cambio, nos ha destruido la forma tradicional del país: ¡nos ha tentado y corrompido!. Adán Buenosayres, en cambio, piensa que nuestro país es el tentador y el corruptor, que el extranjero es el tentado y el corrompido. El filósofo villacrespense Samuel Tesler, exclama: Estoy harto de oír pavadas criollistas (...). Primero fue la exaltación de un gaucho que, según ustedes y a mí no me consta, haraganeó donde actualmente sudan los chacareros italianos (3).

La confrontación entre extranjeros y nativos en las actividades rurales aparece en varias novelas. Abelardo Arias escribe, en Alamos talados, que don Ramón Osuna sentía un desprecio soberano por los gringos, como él llamaba a cuantos no hablaran el castellano. Desprecio que alcanzaba a toda idea que de ellos proviniera. No quiso alambrar su estancia; sembrar era cosa de gringos y nunca el arado rompió sus tierras. La diferencia entre terratenientes e inmigrantes es señalada por uno de los personajes: Doña Pancha aún no podía comprender cómo abuela había recibido, ‘con aire de visita’, a uno de esos gringos bodegueros, decía ella recalcando la palabra con retintín. Ella no podía entenderlo y menos disculparlo. Entre tener una viña y tener bodega para hacer vino había un abismo infranqueable. Eran dos castas distintas, y la Pancha se había constituido guardián insobornable de esa separación.

Los criollos, que se agrupan bajo la protección de la señora y sus descendientes, ven como algo degradante el trabajo en la viña, pues nacieron para domar potros y para hacer tareas que exijan valor y destreza: ‘Los criollos no somos muy guapos pa’ estos menesteres, eso di’ andar cortando racimitos son cosas pa’ los gringos y las mujeres –había dicho Eulogio-. Ahora, lidiar con toros, jinetear potros, trenzar tientos de cuero crudo, marcar animales, ésas son cosas di’ hombre’ y hasta si se trataba de dar una manito para cargar las canecas, entonces se ajustaban el cinto y la faja, acomodaban el cuchillo en la cintura, ‘y no le hacían asco a juerciar un poco’ (4).

Fausto Burgos, en El gringo, reitera a lo largo de la novela la acusación que los nativos hacen a los extranjeros: ’¿No son ustedes los que nos vienen a quitar la tierra y el vino y el pan y todo? Los peones blancos miran con cariño y con lástima a quien esto dice y comentan: ‘Povero nero’, ‘povero chino’, ‘é una bestia’. Para la familia del protagonista, ser inmigrante es una vergüenza que se debe ocultar, tratando de parecerse en lo posible a los nativos de clase alta: ‘Usted no es un gringo –afirma el yerno que vive a expensas del italiano-; usted ya puede llamarse criollo; ya tiene títulos para ello’. Uno de los peones asegura también que Contadini ya es criollo, pero lo hace en otro sentido: ‘De esas cubas hay que sacar el orujo pa’ llevarlo a las prensas –explica al yerno. Mire vea, ¿y quién saca el orujo?, ¿quién se mete en la cuba sabiendo que adentro de ella puede parar las patas? El peón criollo, señor; el gringo tiene miedo, el gringo no se mete a descubar ni por equivocación. Mi patrón no es gringo; mi patrón es ya criollo; él es capaz de ponerse a descubar también (5).

En algunos de sus cuentos, Benito Lynch presenta una visión desfavorable del extranjero o sus descendientes. En El Hombrecito (6), escribe: A fuerza de transpirado y jadeante, Bustingorri casi no habla, y recuerda, por su aspecto, a un gran buey cansino y sudoroso volviendo del trabajo. En El pozo (7), relata el narrador: Si ‘El Gringo’ estaba en ‘La Fortuna’ a pesar de las múltiples ocupaciones que le reclamaban desde la capital: remar, nadar, levantar pesas, arrojar la bala ‘y hasta’ prepararse para dar alguna materia de ingeniería en los complementarios de febrero; era simplemente por hacer una obra de caridad....

En Amor migrante, de Stella Maris Latorre, un empleado del Hotel de Inmigrantes agrede a un gallego. Le dice: -Ya te oí, crees que soy sordo gallego sucio, muerto de hambre. Avelino, Manuel y todos cruzaron sus miradas: ‘Este era el recibimiento que le hacían los habitantes de ese país que prometía tanto, todos apretaron los labios y endurecieron sus puños, todos... para no responder a esa provocación; pero a todos también se les partió el corazón y quisieron estar en Galicia aunque no encontraran el oro tan prometedor, pero ya era tarde, ahora había que ser fuerte, apechugar ya estaban en el tablao, había que zapatear. Avelino tomó su pequeña valija, un bolsito pequeño también Manuel hizo lo propio, juntos lentamente recorrieron ese largo pasillo, jurando no voltear la cabeza para no ver a sus paisanos, que realmente si estaban mal presentados; pero eran honrados, y venían a trabajar, a poner la espalda para que este país al cual recién llegaban floreciera a fuerza del sacrificio de ellos, que en ese momento necesitaban; la guerra, la mala situación de su país los llevó a cruzar el mar en busca de un futuro mejor, pero en el interior de esos hombres, de esas mujeres de rostros sufridos, existía un rubí en bruto, sí, en bruto, como lo siguieron llamando y muchas veces se mofaron de ellos, haciendo bromas de mal gusto, chistes donde siempre, el tonto, el bruto era el gallego; pero si de algo no podían mofarse era de su honradez, de su fortaleza para el trabajo y la voluntad a pesar de a veces tragarse las lágrimas que estaban prestas a salir de sus pupilas, pero las sujetaban, no fueran a pensar que eran débiles, no, no lo eran, eran más fuertes que un roble (8).

Félix Lima es el autor de Otra vez en la milonga, trágico doblete, artículo en el que incluye su Carta pra alá. La mujer ideada por Lima, escribe: ‘Por aquí con a jerra, nos ponemus jordus, pues o que no suben os mayoristas, os subimus nosotros, por más que el jobiernu aprieta el torniquete a los especuladores y el hornu no está para janancias desmesuradas, pero tú sabés que aquí como en Lojroñu, en Londón como en Juacintón, en Hamburju comu en Ríu de Ganeiro, echa a ley, echa a trampa (9).

Nora Ayala relata que su abuela criolla, que vivía en Misiones, tenía prejuicios contra los extranjeros. Nosotros no vinimos a matarnos el hambre como los gringos –decía-, estuvimos siempre acá. La venta de la casa del Tata proporciona otra evidencia de su actitud; la vivienda fue comprada por una familia turca, aunque Gerónima hubiera preferido que no cayera en manos extranjeras, pero ellos fueron los que pagaron y no había nada que hacer. Se rumoreaba que los compradores habían encontrado allí un cofre con monedas de oro; escuchemos a la criolla: Teniendo en cuenta que los turcos que habían llegado al país poco tiempo antes, si bien eran gente trabajadora y honesta (a pesar de ser extranjeros) no podían tener dinero como para hacer semejante inversión, el rumor tenía visos de realidad.

Otros parientes de Ayala, inmigrantes, discriminaban a los nativos. La bisabuela italiana dice que tiene una hija casada lamentablemente con un criollo. El abuelo de la misma nacionalidad dijo sin vueltas que los criollos eran todos haraganes y que no quería ninguno en su familia, con lo cual Samuel quedaba automáticamente excluido. Samuel, por otra parte, se sentía discriminado en su trabajo: al principio estuvo muy contento hasta que se dio cuenta de que los alemanes discriminaban a favor de los compatriotas en el momento de los ascensos (10).

En el cuento El sortilegio, de Magdalena Ruiz Guiñazú, una pareja de alemanes no ve con buenos ojos a la novia del hijo: Digamos que aquellos germanos, los Sachs, mostraron sólo una educada indiferencia. ¿Qué podía importarles aquella criolla rioplatense, exuberante, alegre y pobre, que ni siquiera sabía hablar el alemán? Sin embargo, guardaron las apariencias con formalidad. Se cumplirían las reglas y sus amistades sólo percibirían que aquella no era la nuera esperada, pero que la vida es tal como es y que las personas inteligentes saben adaptarse a cualquier circunstancia (11).

En Los jardines del Carmelo, novela de Ana María Guerra, Ferrario, un artista florentino que vuelve a su tierra, embriagado, gritaba a los cuatro vientos: Questo é un paese bruto, molto bruto, tutti sono indio, baguale, sporcachone (12).

Un personaje del cuento Los afanes, de Adolfo Bioy Casares, menosprecia a las irlandesas: Milena tenía el pelo castaño –lo llevaba muy corto-, la piel morena, los ojos grandes y verdes (menospreciaba los ojos azules de las Irish porteñas), las manos cubiertas de mataduras (13).

Cuando niña, María Rosa Oliver escuchaba a las institutrices inmigrantes. A criterio de María Rosa Lojo, muestra susceptibilidad ante otros personajes que se consideraban superiores –étnica y culturalmente- a los argentinos, aunque se encontraran muy por debajo de ellos en la escala de la sociedad. No perdía una palabra de las charlas que mantenía Lizzie, su niñera escocesa, con sus colegas british que servían en casas de las afueras, a las que iban de visita y donde tomaban el té de las cinco con scons calientes y sándwiches de berro. Nunca faltaban, en aquellas sesiones, las críticas a los, y sobre todo las natives: mujeres descuidadas y haraganas, que malcriaban a sus hijos y no se tomaban el trabajo de aprender a preparar un buen té a la inglesa (14).

Dos personajes armenios de Bedrossian, Krikor y Ohannés solían hablar del castí, el criollo. Los dos tenían la misma desconfianza frente a lo no armenio, mamada tempranamente como fugitivos, y después como grupo exclusivo en los orfanatorios. Existía algo en el carácter de los argentinos que les resultaba chocante: no eran previsores. (...) . También coincidían en las virtudes del castí. Entre ellas, la solidaridad frente a los necesitados, la aceptación amistosa de los extranjeros. La ‘gauchada’ era la adjetivación más típica de su carácter (15).

Guillermo Saccomanno, autor de El buen dolor, afirma en un reportaje que Aquellos tanos y gallegos que venían con una mano atrás y otra adelante también eran segregados (16). Ellos, a su vez, despreciaban a los provincianos.

Cuando muere Evita, la madre de Jorge Fernández Díaz, asturiana, llevó crespón y fue conducida en ómnibus escolar hasta el Congreso, subió las escaleras y vio de cerca el ataúd con aquella fantástica muñeca dormida. No entendía mucho, pero veía llorar a los cabecitas negras y, a pesar de los desdeñosos comentarios que se pronunciaban en el living de su casa, Carmen asociaba a esa mujer con el esplendor, y supuso que si los pobres morían de pena, ella debía acompañarlos en el sentimiento. No siempre fue así: los españoles desarrapados despreciaron a los ‘negros’ del interior en cuanto pudieron hacer pie, y los españoles que se quedaron en la madre patria despreciaron a los sudacas que osaban regresar en cuanto la economía rescató a España del quebranto. Todo es hijo del miedo, la estupidez humana también .

El padre del narrador, asturiano como su esposa, odiaba a los argentinos, quienes trataban despectivamente a los españoles, y también a la República Argentina, culpable de no ser Asturias. (...) Durante décadas, (...) los argentinos eran los mejores del mundo y los españoles unos muertos de hambre. Ese rencor se cocinó a fuego lento y mi padre lo tomó como un veneno homeopático. Conozco muchísimos ‘argeñoles’ envenenados por esa misma sustancia sin antídotos (17).

Orlando Barone, en El avance de la intolerancia aldeana, narra que algunos italianos segregaban a sus mismos compatriotas, los que, a su vez, segregaban a los provincianos: Mucha gente antiperonista, entre ellos mi abuelo, inmigrante del sur de Italia, se refería con desdén a los ‘cabecitas negras’ venidos del interior y adictos al gobierno. Nunca entendí, después, por qué mi abuelo que para los italianos prósperos del norte era despectivamente uno de tantos africani del sur, discriminaba a los correntinos que trabajaban con él en el puerto. Al lado de su ataúd al morir, estaban sus dos amigos entrañables: uno era de su tierra y el otro era de Corrientes (18).

En El agua, Enrique Wernicke evoca el menosprecio que un personaje evidencia por su descendencia: Era una casa para vivir bien. Ahora que las chicas crecían, tal vez hubiese venido bien otro baño o, por lo menos, un toilette. Pero don Julio pensaba que las chicas algún día se iban a casar y además, no olvidaba, él también tendría que morir. Un baño es suficiente cuando se convive con gente bien educada... como él. O Julito. No se podía decir lo mismo de las nietas, hijas de una hija de un judío polaco, sin eso imperceptible, casi diríamos inexplicable, que se llama ‘tener sangre inglesa en las venas’. (...) El viejo, esta noche, duerme solo. Julio está en el Norte. Bertita, su nuera, y las dos nietas, han ido al centro. Se quedarán ‘donde vive la polaca’ (nunca osó decirlo en voz alta don Julio). Y lo dejarán tranquilo (19).

A veces –y esto debía ser mucho más doloroso- la discriminación venía de los propios inmigrantes, avergonzados de su origen, como el portero asturiano que prohibía a su hermano tocar la gaita (20). O de los hijos argentinos de los inmigrantes, como relata Gloria Pampillo: mi padre y mi tío (...) habían nacido aquí y el 12 octubre jugaban al truco. Estaba puesta la radio y el locutor hablaba de la raza. ‘Sacá esa gallegada’ le dijo mi tío a mi papá y mi abuelo se puso furioso. Esta es otra de las pocas anécdotas que recuerdo y, sin embargo, mi padre me la contó una sola vez (21).

Gladys Onega escribe en su autobiografía: La elle y la ye se igualaban cuando terminábamos la lección, pero era imposible confundir calle con caye porque me las dictaba en castellano y no en argentino; mi padre y mis tíos también lo hablaban, logrando para esas letras dos sonidos distintos que sólo imitábamos para reírnos por lo bajo de la gallegada (22).

En la Semana Trágica de 1919 –cuenta uno de los personajes de Vázquez Ríal- se desató la caza del ruso. Asi lo llamó la prensa. Eso del ruso... es un término muy amplio, que alude al judío, el polaco, el húngaro, al que se supone comerciante, o bolchevique, o terrorista, no importa lo incongruentes que parezcan estos términos... (...) los jóvenes que poco después serían organizados en la Liga Patriótica, armados, tomaron al asalto el barrio de Once, el barrio judío, identificándose con un brazalete celeste y blanco, apedreando tiendas y deteniendo a cuanto peatón con barba se les pusiera a tiro (23).

En agosto de 1932, escribía Jorge Luis Borges acerca del antisemitismo: Quienes recomiendan su empleo, suelen culpar a los judíos, a todos, de la crucifixión de Jesús. Olvidan que su propia fe ha declarado que la cruz operó nuestra redención. Olvidan que inculpar a los judíos equivale a inculpar a los vertebrados, o aún a los mamíferos. Olvidan que cuando Jesucristo quiso ser hombre, prefirió ser judío y que no eligió ser francés ni siquiera porteño. Ni vivir en el año 1932 después de Jesucristo para suscribirse por un año a Le Roseau d’Or. Olvidan que Jesús, ciertamente, no fue un judío converso. La basílica de Luján, para El, hubiera sido tan indescifrable espectáculo como un calentador a gas o un antisemita. Borrajeo con evidente prisa esta nota. En ella no quiero omitir, sin embargo, que instigar odios me parece una tristísima actividad y que hay proyectos edilicios mejores que la delicada reconstrucción, balazo a balazo, de nuestra Semana de Enero –aunque nos quieran sobornar con la vista de la enrojecida calle Junín, hecha una sola llama (24).

En 1945, Gerchunoff ya no siente el optimismo de los primeros años del siglo. Escribe en El crematorio nazi en los cines de Buenos Aires: Yo vivo siempre en un campo de concentración, pues todo judío, por más que ame a su país y por bien que le sirva, con su corazón y con su cabeza, resulta, para una parte de los que lo pueblan y lo gobiernan a menudo, carne de sus empresas inquisitoriales (25).

En 1963, en Córdoba, la historia se repite. Escribe Ricardo Feierstein, en Primera sangre: teníamos un poco de miedo, pero mezclado con sorpresa, esa sorpresa producida por algo inesperado, uno de esos hechos que escapan a la rutina y desconciertan; no entendíamos por qué gritaron heil Hitler cuando pasaron marchando con paso rígido por el camino, vociferaron una, dos, tres veces, cerca de nuestro grupo que conversaba y cantaba sentado en el césped. Y nos levantamos de un salto, porque esas voces recordaban una noche turbulenta, ancianos y niños marchando arracimados, aterrorizados; viejos rabinos con expresión de horror, fuego, sangre, una horrible pesadilla que habían contado nuestros mayores y que guiñaba sus ojos en las películas (26).

En Mujer de facón en la liga, escribe Edgardo Cozarinsky: El nombre del viejo Kutschinski era impronunciable para nosotros; de allí derivó que a su farmacia la llamáramos la farmacia de K. y a su hija Irene K. Sabíamos que eran franceses, los habíamos oído hablar francés entre ellos, aunque otros juraban que en aquella casa hablaban una especie de dialecto alemán. Nos desorientaba la consonancia eslava del apellido. ‘Habrán venido de Francia nomás, pero para mí que son judíos’ murmuraba mi padre antes de añadir, cabizbajo, ‘están en todos lados...’ (27).

Guiora (Jorge) Reichler expresa en un poema: Doy gracias, Argentina/ por tu marco social, único/ pese a que de vez en cuando éramos rusos/ que en argentino era decir judíos,/ (28).

El pueblo gitano –escribe María Eugenia Ludueña- ha soportado persecuciones. Más de 500.000 gitanos murieron en el Holocausto. Miles tuvieron que escapar de la Guerra Civil Española. En la Guerra de los Balcanes fueron una de las principales víctimas. En la Argentina, la discriminacíón existe. En su casa de Saavedra, Mara Ivanovich cuenta un clásico: cuando camina por la calle, la gente aprieta la mano de sus hijos. ‘Creen que la gitanas secuestran niños. Mentira. Además los gitanos tenemos muchos hijos, y son ellos los discriminados’ (29).

En La presencia africana en la Argentina, señala Miriam V. Gomes: La presencia de población africana en la Argentina, junto con su descendencia, ha sido un dato frecuentemente soslayado en la realidad nacional. Sin embargo, el aporte afro a la cultura, a la identidad y a la sociedad ha sido constante e ininterrumpido desde los orígenes del país como nación, incluso varios siglos antes. (...) A lo largo del siglo XIX, se verifica un decrecimiento sostenido de los africanos y afrodescendientes, hasta que hacia fines de ese mismo siglo, el ingreso masivo de la inmigración blanca europea (propiciada por la Constitución Nacional, en su artículo 25) hará bajar drásticamente, en términos relativos, la población negra e indígena en todo el país. De esta manera, en los documentos oficiales, la gama de la población anteriormente denominada negra, parda, morena, de color, pasó a determinarse como trigueña, vocablo ambiguo que puede aplicarse a diferentes grupos étnicos o a ninguno. El período que va de 1838 a 1887, en los registros oficiales, es crucial en este proceso que los miembros de las organizaciones afroargentinas definen como de desaparición artificial, ya que para fines de 1887 el porcentaje oficial de negros es de 1,8%. A partir de ese período, ya no se informa sobre este dato en los censos. Es sumamente importante señalar que, si bien la disminución de la población negra es un hecho real y obedece a múltiples causas, no es legítimo hablar de la desaparición de los negros, como lo vienen haciendo las clases dirigentes, los medios de comunicación y la sociedad en general, desde fines del siglo XIX, y durante todo el siglo XX. Ya muy tempranamente, como lo es 1845, Domingo F. Sarmiento se apresura a festejar el bajísimo número de miembros de este grupo en la Argentina. Esta tendencia se patentiza y asume como misión de estado con la Generación del '80, integrada por Bartolomé Mitre y Julio A. Roca, entre otros. La idea era la de blanquear a la población como requisito par el desarrollo y el progreso del territorio, recurriendo al fomento (desde la Constitución) de la población blanca y europea, a la restricción de la población africana o asiática, y además a la negación de la propia realidad negra dentro del país. (...) Los descendientes actuales de aquellos negros merecen el reconocimiento que tantas veces se les ha negado (30).

Poco antes de finalizar el siglo XX, sostiene Emilio Corbière: En nuestro continente, ya nadie toma demasiado en serio aquella leyenda del crisol y la armonía de las razas. (...) Nuestra Argentina blanca y europea, concentrada en Buenos Aires y en el Litoral, aunque no incurre en actos violentos frecuentes en otros países, mantiene intactos sus prejuicios raciales (31).

La discriminación era frecuente en las escuelas. Recuerda José Cameán Parcero: Yo también fui gallego de m... y también colorado’, porque así es mi color de cabello. Y más de una vez tuve que escuchar a mis compañeros decir que me habían cambiado por un cuero. Pero no me molestaba, quizás porque yo al venir a los cuatro años me sentía uno más. No sabía mi conciencia la diferencia de ser gallego o argentino (32).

Asistiendo a clase sufre una asturiana. Lo cuenta el hijo, Jorge Fernández Díaz: En esas aulas mamá sintió por primera vez los dardos de la discriminación. Todos preguntaban en la escuela, con morbosa curiosidad, quién era esa ‘galleguita’, y sus compañeras, grandulonas y maliciosas, se divertían burlándose de su ignorancia y haciéndole la vida imposible. Entonces intervenía la maestra: La señorita Valenzuela, una maestra cabal y de buen corazón, las retaba con el puntero en la mano y trataba por todos los medios que la campesina se integrara. Pero no era tarea fácil (33).

También en La noche de la cruz de plata, uno de los cuentos por los que Jorge Torres Zavaleta mereció el Premio Fortabat en 1987, se alude a la discriminación que los inmigrantes o sus hijos sufrían en la escuela. Esta se evidencia al narrar que la madre debía consolar al niño cuando los demás alumnos se reían de su mal castellano (34).

No sufre discriminación Edith Aron, la mujer que inspirara el personaje de La Maga, en Rayuela, de Julio Cortázar. Aron nació en el Sarre, una región en el límite entre Francia y Alemania, (...) De familia judía, poco antes de la Segunda Guerra Mundial emigró con sus padres a la Argentina, donde ya tenían parientes. ‘Fui al Colegio Pestalozzi, a cuyos profesores les voy a estar por siempre agradecida. Me permitieron mantener una identidad alemana como la de ellos, profundamente distanciada de la política e ideología nazi (35).

Miguel, un niño gitano, tiene 11 años. Hizo hasta cuarto grado: ‘En la escuela los pibitos me decían: Salí de acá, gitano sucio’. Su hermana, Sabrina (de 15), agrega: ‘Hice hasta segundo grado. Los chicos no se querían juntar conmigo’. Mara recuerda que le mandaron una asistente social: ‘Por más que vuelva, ya le dije, a mis hijos no los mando a la escuela’. Sin embargo, muchos gitanos sí los mandan. Este año, Karina Miguel (de 29), una gitana de Neuquén, fue la primera en la Argentina que se recibió de abogada (36).

La literatura ha encontrado una salida para estos planteos. En el cuento El ancestro, Jorge Torres Zavaleta brinda un enfoque acertado de la cuestión, en el cual nativos e inmigrantes quedan hermanados por un mismo origen (1).

En la Bolsa de Comercio, Julián Martel encuentra Promiscuidad de tipos y promiscuidad de idiomas. Aquí los sonidos ásperos como escupitajos del alemán, mezclándose impíamente a las dulces notas de la lengua italiana; allí los acentos viriles del inglés haciendo dúo con los chisporroteos maliciosos de la terminología criolla; del otro lado las monerías y suavidades del francés, respondiendo al ceceo susurrante de la rancia pronunciación española (1).

María, la gallega que llega a la Argentina en Como si no hubiera que cruzar el mar, novela juvenil de Cecilia Pisos, escribe: Buenos Aires es muy grande. Tiene ruidos y olores extraños y las voces que se escuchan son de muchas partes, así que todos hablan pero no creo que ninguno se entienda. A mí me cuesta: dos o tres veces tengo que intentar hasta que encuentro a alguien que me hable en español y a quien yo pueda preguntar por una calle o un sitio cualquiera (2).

Para algunos inmigrantes –los españoles- y para quienes lo habían aprendido antes de emigrar, el idioma no era un obstáculo más entre tantos que se les presentaban. Para otros, en cambio, era un problema ante el que reaccionaban de distinta manera: intentando hablarlo o negándose deliberadamente a la incorporación del mismo.

En Buenos Aires Siglo XX/ Los conventillos: Un sistema que reproducía a la sociedad en miniatura, Francis Korn se refiere a los conventillos como uno de los lugares en que se daba el aprendizaje: El idioma de esta comunidad aleatoria era un castellano con miles de variaciones que, a pesar de todo sus defectos, forzaba a los recién llegados a aprender a comunicarse por su intermedio (1).

En Aventuras de Edmund Ziller, novela de Pedro Orgambide que obtuvo una Mención en el Premio de Novela México, se evoca el habla de los inmigrantes nucleados en los conventillos. Así los ve un peculiar extranjero: Ellos no sólo hablaban infinidad de idiomas en sus aldeas (que llamaban conventillos) sino que honraban a sus brujos llevándolos a la gran casa de la Palabra: el Congreso (2).

Conocer un idioma no es sólo aprender a expresarse en él, sino que entraña también una visión del mundo. Refiriéndose a quienes debían actuar como inmigrantes, dijo la actriz María Rosa Fugazot, en un reportaje: Me crié entre actores capaces de hacer un italiano perfecto, un gallego, un turco, un judío perfecto. Actores que no imitaban un acento; sabían penetrar una psicología. Los personajes del sainete eran simples en apariencia, pero con nostalgia por su tierra y un gran amor al lugar que los había acogido. Eran seres complejos, que había que saber observar (4).

Mariano Saba, integrante del grupo de teatro del Colegio Nacional Buenos Aires señala que, para componer un personaje: Primero analizamos la obra y luego estudiamos la llegada del inmigrante a la Argentina. Cada uno tenía que bucear en su árbol genealógico y rescatar fotos y recuerdos. Más tardes entrevistamos y grabamos para estudiar sus tonos y encontrarnos con su nostalgia y su tristeza (5).

Carolina de Grinbaum narra en La isla se expande, la forma en la que una niña aprende otra lengua. En un conventillo recalaron una mujer italiana y sus dos hijas, apenadas aún por una desgracia familiar: Tenemos instalada en una habitación próxima a la gentil señora que llega al caserón un día, a acomodar su viudez ya las dos hijas casi adolescentes a un nuevo ambiente, lejos de sus tristezas que permanecían adheridas al duelo paternal. Llenaban las jóvenes sus horas y lúgubres espacios, con cantos entonados en la dulce lengua de su lugar de origen: ‘la alta Italia’. La más grata variedad de composiciones que hasta entonces había tenido Mariana la oportunidad de conocer, vibraban a diario, todas ellas deleitaban sus oídos. No disponía siquiera de un modesto aparato de radio, cuya adquisición en esos momentos en especial, resultaba inaccesible a su padre. En un acompañamiento desafinado pero voluntarioso, hizo Mariana un aprendizaje veloz de las letras y las melodías con las que pudo acceder al conocimiento de un nuevo idioma, canto y música, al mismo tiempo. De esa manera lo entendía cuando intervenía con su voz, haciendo coro (6).

Laura Pariani, escritora italiana que visita a su abuelo establecido en la Argentina, cuenta: Mi abuelo vivía a varios kilómetros de Zapala. El hablaba cocoliche; su mujer, mapuche; sus hijos, castellano; yo, italiano (1). Aunque no tan diversificada, así sería la comunicación hogareña de los inmigrantes.

Roberto Raschella, autor de Si hubiéramos vivido aquí, se refiere en un reportaje a la diferencia entre el idioma que se hablaba en su casa y el que hablaba en la escuela. A visitar a sus padres Iban siempre paisanos emigrados, y ante la mesa de trabajo se hablaba, en dialecto calabrés, de las fiestas del santo del pueblo, de las comidas, de tantas familias con sus apodos, a veces ofensivos. Quizás en esas tardes larguísimas del verano empecé a descubrir la belleza de un idioma que no era el que aprendía en la escuela. Esa fue mi verdadera lengua materna. No recuerdo que mis padres hablaran nada parecido al cocoliche, y hasta diría que habían adquirido una perfecta noción del castellano, que hablaban con fluidez, pero mechando términos del dialecto y del italiano (2).

Rosa Marafioti da algunos ejemplos del habla de ciertos inmigrantes italianos: Pantaleón había llegado a Buenos Aires en el año 1949, después de la guerra infame que diezmó Italia y los obligó a emigrar. Pantaleón no podía decir huevos, ni hasta luego, pero no quiero extenderme sobre él, porque habría mucho que contar. Se empeñaba y porfiaba que los huevos se llamaban huovos, y se decía, hasta luogo. Mi tío Pepe quería vender cascotes, y puso un cartel en su casa: Se vendino cascotie. Mi suegro decía que en Italia se decía monga y cirola, por ciruela y monja, incantato por candado. Una paisana que quería comprar manteca, pedía burro, y el feriante le decía que no vendía burros, ella le mandaba una puteada, al uso nostro, y se iba enojada (3).

En su trabajo Del italiano al cocoliche (4), Fernando Sorrentino escribe: Juan Carlos Rizzo (5), entonces niño de nueve o diez años, testimonia el uso, hacia 1940, del cocoliche (no literario sino espontáneo) por parte de los italianos (los tanos) que jugaban a los naipes en el comercio de su padre: ‘ jugaban al truco, al mus y al tres siete mezclándose con los tanos. Era gracioso escucharlos cuando imitaban los dichos de los gringos tratando de traducirlos… O cuando, a la inversa, eran ellos los que, acriollándose en una imitación muy graciosa del decir de nuestros paisanos, improvisaban sus versos. Muchas veces mi padre me llamó para que los escuchara… Io sono un criocho italiano/ que parla mal la castilla./ ¡Non se caiga de la silla,/ que tengue flor nella mano…!’. En seguida seguía el divertido contrapunto, que terminaba por transformarlos en auténticos payadores: ‘ Y yo soy criollo, no gringo,/ y atajate, que te bocho:/ ¿cómo se dice en tu lengua/ contraflor con treinta y ocho?’. Terminada esa partida, o la siguiente (porque el orden no viene al caso), uno de los truqueadores gringos respondía en tono de milonga pampeana: ‘Aquí me pongo a cantare/ co la guetarra a la mano/ e le canto ¡contraflore!/ Angárresela, paisano’.

En Una estafa en cocoliche, escribe Fernando Sorrentino: En la literatura abundan ejemplos del cocoliche. Para ceñirme a los autores de mayor renombre, recordaré la obra Moneda Falsa (1907), del uruguayo Florencio Sánchez (1875-1910). En complicidad con el Lungo y Batifondo, y con Carmen (la patrona), el pícaro argentino Pedrín se finge italiano y estúpido para estafar al gringo Gamberoni mediante el famoso cuento del billete de lotería. La acción transcurre en un despacho de bebidas del suburbio de Buenos Aires. Urden que Pedrín, el imbécil, ha ganado quinientos pesos a la lotería, pero, como debe indispensablemente tomar el tren para Gálvez (Santa Fe) dentro de un rato, no tiene tiempo de ir a la agencia para cobrar el premio. Entonces el Lungo y Batifondo sugieren una solución (que, con la apariencia de favorecer al tonto de Pedrín, en realidad, beneficiará a Gamberoni): que éste se quede con el billete a cambio de sólo ciento cincuenta pesos más su orologio en garantía de que, más tarde, le enviará a Pedrín el resto del dinero a la ciudad de Gálvez. Para llegar a ese momento, los tres pícaros (que se fingen comedidos y, al mismo tiempo, exacerban la codicia del estafado) construyen una hábil e ingeniosa farsa que se va deslizando «naturalmente» hacia el engaño. (...) Alguien, en apariencia muy sensatamente, podrá objetar: «¿Cómo es posible que Gamberoni, siendo italiano, no se dé cuenta de que Pedrín no lo es?». Ocurre que los inmigrantes solían ser analfabetos, desconocer el italiano y expresarse sólo en el dialecto de su región; de tal manera que, por ejemplo, un genovés y un siciliano no conversaban entre ellos en italiano ni en sus incomprensibles dialectos excluyentes, sino en la lingua franca que les brindaba la nueva tierra, y que no era otra que el español argentino, en mayor o menor medida degradado a cocoliche. Teniendo en cuenta la fluidez de su habla, podemos imaginar lícitamente que Pedrín, aunque argentino, es hijo de italianos (6).

Renata Rocco-Cuzzi se refiere a cocoliche como la lengua que se hablaba en los conventillos: En los mismos años 30, el hermano de ‘Discepolín’, Armando, escribe sus grotescos denunciando el primer fracaso en la Argentina del ascenso social. El fundador del grotesco ríoplatense describe cómo los inmigrantes que vinieron a ‘hacerse la América’ en realidad quedaron encerrados en los conventillos hablando en cocoliche (7).

En 1956, Laura Devetach tenía un segundo grado con cincuenta y seis alumnos que oscilaban entre los siete y los diecisiete años, en un pueblo del norte de Santa Fe. Un día –recuerda- les pedí a los chicos que contaran los cuentos que sabían. Y ese contar fue glorioso porque salieron el lobizón, el zorro, el Pombero, ánimas, asesinatos varios, adulterios en la familia, canciones de Italia, refranes, oraciones (8).

Gladys Onega también habla sobre la influencia de la instrucción pública en los hijos de los inmigrantes: A mí lo que más me atrajo, y me metí en un trabajo muy arduo y gratificante, fue el de la escritura adulta que tiene que crear un narrador niño pero con una escritura adulta. Esta fue una gran tensión que se produjo en mí con el lenguaje; y además tratar de encontrar las voces que me rodeaban en aquel momento, ya que tenía la de mi padre que hablaba en gallego con sus parientes, pero no en mi casa porque mi madre era criolla, y también la de todos los italianos que en ese tiempo hablaban realmente el italiano. Para mí era maravilloso tener todos estos sonidos. Eran todas palabras misteriosas. Los chicos que iban al colegio en el 35 y provenían del campo hablaban en italiano, y en la escuela era donde verdaderamente se nacionalizaban. Ese fue el gran factor unificador de la escuela pública (9).

Francis Korn coincide en esta afirmación: Los chicos (los mayores, de la misma nacionalidad que sus padres y los menores, argentinos) concurrían a las escuelas públicas o a las religiosas de alrededor y, eso sí, entre ellos, el único idioma utilizado era el porteño (10).

Aprendían o mejoraban su castellano, y –afirma Luis Alberto Romero- Gracias a la prosperidad y a la educación pública, era común que los hijos ocuparan posiciones mejores que los padres (11).

Eso era lo que anhelaba Giusseppe el zapatero, protagonista del tango de Guillermo del Ciancio: E tique, tuque, taque,/ se pasa todo el día/ Guiseppe el zapatero,/ alegre remendón;/ masticando el toscano/ y haciendo economía,/ pues quiere que su hijo/ estudie de doctor (12).

En un cuento de Horacio Vaccari, el hijo médico escribe una carta a Giuseppe. Le dice: Cumplí con la voluntad que usted me impuso desde la cuna. Estudié Medicina, fui uno más en el montón, aunque sacaba buenas notas. Tenía que hacerme perdonar mi origen, si bien mis compañeros me respetaban porque era callado y estudioso (13).

Décadas después, la situación cambia. En una viñeta de Fontanarrosa, referida a las perspectivas de los universitarios en la Argentina, un abuelo dice al nieto: Vos, Cachito, tenés que aprovechar las oportunidades que ahora, te brinda el país... Yo, como vine de Italia sin nada, tuve que ir a una escuela pública... Vos, en cambio, hoy por hoy, tenés la posibilidad de ir a levantar la cosecha... (14).

Muchos de estos hijos se dedicaron a la docencia. Qué origen social tuvieron las primeras normalistas?, pregunta Alberto González Toro. Clase media. Hijos de inmigrantes, como la mayoría de los docentes de fines del siglo XIX y principios del XX –explica la licenciada Roxana Perazza, flamante secretaria de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires-. Ellos valoraban la educación como una herramienta de movilidad social y como una forma de acceder a determinados bienes culturales que solamente a través de la escuela se podían conseguir (15).

Estudió magisterio Manuel Sadosky: Uno de los siete hijos de una pareja de inmigrantes rusos (sus padres llegaron en 1905 huyendo del creciente antisemitismo), Manuel es en cierto modo la encarnación de un país pujante y ambicioso: aunque su padre era zapatero, él y sus hermanos varones estudiaron el magisterio y se graduaron en la Universidad de Buenos Aires (16).

González Lanuza recuerda los esfuerzos de su maestra por borrarle la pronunciación española: En su bondadosa preocupación por su alumno me creó, sin sospecharlo, un serio problema, a sus oídos habituados a las dulzuras del decir criollo debieron molestarle las crudezas de mis acentos hispánicos, acaso el entusiasmo patriótico de aquellos años fervorosos del centenario, le inspiraron la urgencia de adaptarme de inmediato a lo argentino. Así sucedió: Ello fue que un cierto día decidió dedicarse durante los recreos a luchar con aquella, su suavidad, tan eficaz en mí, contra una erizada prosodia santanderina, tajante de jotas, capaces de degollar a quien las pronunciara, restallante bajo el doble látigo de las elles, resbaladiza de zetas y ce, para reemplazarla por la tierna indecisión de la ce argentina, vacilante entre la ce y la ese, limar el filo despiadado de las jotas y hacerme deslizar por las blanduras del yeísmo. El alumno aprendió rápidamente: Dócil a su reclamo, que además facilitaría mi trato con los compañeros al eludir las pullas que mi primitiva pronunciación provocaba, adelanté raudamente en el proceso de desintegración de la prosodia ibérica. Mas a los padres no les satisfizo este avance del niño: ¡Pero ay de mí! En mi casa, mis padres opinaban de otra manera y las desacostumbradas inflexiones recién adquiridas por mi voz, eran consideradas pecado mortal, clarísimo índice de que a convertirme en un descastado. De ahí mi temprana condición de bilingüe que me hizo acomodar a modismos distintos, según que tuviera que hablar en casa o en la escuela (17).

Algo similar cuenta María Rosa Lojo: Más allá de la historia y de la fábula, de Rosalía de Castro y de Alfonso el Sabio, lo cierto es que en la vida cotidiana, antes de ir al colegio, yo hablaba con ‘ces’ y con ‘zetas’, de ‘tú’ y de ‘vosotros’, como si acabase de pasar por la Aduana. Extranjera en mí propia tierra, fui un objeto de fascinada curiosidad los primeros días de clase. Por supuesto, pronto me aclimaté y me convertí –linguísticamente- en una argentina más. Pero sólo de puertas afuera. En la intimidad de la casa perduraron, hasta la muerte de mis padres, el ‘tú’ y el ‘vosotros’, el léxico de la Península: ‘cerillas’ y no ‘fósforos’, ‘falda’, en vez de ‘pollera’, ‘acera’, por ‘vereda’ , ‘dentro’ y ‘fuera’, no ‘adentro’ y ‘afuera’. No fui el único caso de ‘doble identidad’ idiomática: ésa era una de las marcas habituales del ‘exiliado hijo’ (18).

Otros descendientes de inmigrantes hablaban siempre igual, ya fuera con su familia o en la escuela. Cuando Jorge Luz fue a conocer a su abuela asturiana, la anciana le dijo: Nin... –que quiere decir nene-. Nin, nenu, nenín, que guapín eres al hablar... me dices de vos, como a los reyes (19).

Lolita Torres, descendiente de inmigrantes, no sabe el motivo de su acento: No puedo explicar –dijo la actriz- el por qué del acento español. No sé, me viene de adentro, y eso que mis padres eran argentinos. Mis abuelos paternos eran navarros y los de mamá eran gallegos. Por un tiempo, todos creyeron que yo era española y eso provocó el estallido en la comunidad hispana. Cuando se enteraron de que era argentina no tuvieron el menor prejuicio y me siguieron apoyando (20).

Mis abuelos paternos, gallegos de Lugo, nunca enseñaron a sus hijos ese idioma, que ellos aprendieron de tanto escucharlo. Mi abuelo materno, de La Coruña, y mi abuela materna, argentina hija de lombardos, tampoco transmitieron sus idiomas a su descendencia.

El padre del poeta Rodolfo Alonso, gallego, cursó estudios primarios siendo ya adulto (22). Otros gallegos –como Darío Lamazares, representante legal del Instituto Santiago Apóstol, que llegó a la Argentina a los catorce años-, no tuvieron acceso a la escolaridad: Fui un autodidacta, me formé en la calle, y como la mayoría de mis compatriotas sufrí la falta de instrucción. Este país nos dio todo, los mismos derechos que sus hijos, y la escuela es una forma de pagar esa deuda (23).

Uno de los personajes de Ana María Shua, hijo de polacos, no podía pronunciar la erre: Cuando el mayor de los hijos de abuelo Gedalia y la babuela, el que llegaría a ser con tiempo el tío Silvestre, empezó a ir a la escuela, todavía (como suele suceder con los hijos mayores en las familias de inmigrantes pobres) no dominaba el idioma del país. Esa desventaja con respecto a sus compañeros le produjo grandes sufrimientos morales. (...) Decí regalo, le decían los otros chicos. Decí erre con erre guitarra, le decían. Decí qué rápido ruedan las ruedas, las ruedas del ferrocarril. Y cuando escribía, Silvestre confundía territorio con teritorrio y la maestra se sorprendía de esa dificultad en un alumno tan bueno, tan brillante, tan reiteradamente abanderado. La solución que se encontró fue terrible: Silvestre llegó ese día de la escuela y sin sacarse el delantal declaró que la señorita había dado orden de que en su casa tenían que hablar solamente castellano. Y así se hizo, porque el padre del niño vio la propia conveniencia de ese cambio, y porque la madre le tenía un poco de miedo a la maestra, que para ella era casi un funcionario de control fronterizo, alguien destacado por las autoridades de inmigración para vigilar desde adentro a las familias inmigrantes y asegurarse de que se fundieran, se disgregaran, se derritieran correctamente hasta desaparecer en el crisol de razas (24).

No sólo a hablar castellano se aprendía en la escuela. La Argentina en 1870 tenía 80 por ciento de analfabetos –afirma Roberto Cortés Conde- y hacia 1919 ese índice se había reducido al 30 por ciento (25). El analfabetismo era común entre los inmigrantes. Lo menciona Lucio V. Mansilla, cuando dice de un personaje: Este San Pío era italiano, casado, muy bonachón y cariñoso. Sus quesos de Goya, y particularmente sus chorizos, allí a la vista, tenían fama (...) No sabía leer ni escribir, ni hablaba italiano, ni español, ni genovés, ni dialecto itálico alguno, sino una media lengua suya propia (26). Analfabetos eran los inmigrantes que llegaban desde Filetto, en Santo Oficio de la Memoria, de Mempo Giardinelli.: Venían porque allá había mucha hambre. Eran... Todos muy pobres, analfabetos. Rústicos (27).

Luis León transcribe el testimonio de Anouj de Bembasat, hija de un sefaradí llegado de Esmirna: Cerca de casa estaba el Colegio José Manuel Estrada, cuyo director el Dr. Armando, iba todos los días al negocio de mi padre para aconsejarle que aprendiera a escribir, aunque él y mi madre rehusaban a hacer el esfuerzo diciéndole ¿...para que sirve?, ¡no kero!...pero con esfuerzo, logró que aprendieran a escribir su nombre y firmar (28).

Félix Luna afirma que los analfabetos eran utilizados con fines políticos. En Soy Roca, relata lo sucedido en 1909 en una mesa electoral, cuando se presenta como austríaco un hombre al que su aspecto y su modo de hablar lo delataban como un bachicha recién desembarcado. Roca le pregunta si es italiano; el inmigrante le responde que sí, y que no sabe lo que dice la libreta: -Io non só niente.... ¡A mí me la datto don Gaetano ! ‘Don Gaetano’, Cayetano Ganghi era el árbitro de la elección, con sus roperos llenos de libretas falsificadas y sus huestes de inmigrantes analfabetos y de atorrantes dispuestos a votar cinco o seis veces en diferentes mesas (29).

En la escuela se transmitían asimismo los valores que la clase dirigente quería inculcar. Miguel de Marco, Presidente de la Academia Nacional de la Historia afirma: en el pasado, la generación de Sarmiento y Mitre quería que el país se poblara con inmigrantes que integraran un crisol de razas. Para formar y unificar a esa sociedad nueva y aluvional se difundían las vidas de determinados personajes, de bronce, que fueran verdaderos ejemplos. No se dieron cuenta de que un San Martín que no duerme no es creíble, lo mismo que un Sarmiento que nunca faltó a la escuela. En las escuelas se mostró esta especie de historia oficial con personajes sin humanidad, quienes por tenerla no pierden grandeza (30).

El grave problema de preservar nuestra identidad en medio de las influencias foráneas, preocupó también a la generación del 80 y a la del Centenario –escribe Lucía Gálvez-, ¿cómo hacer para que los deseados inmigrantes se sintieran argentinos? En aquellos tiempos los medios de comunicación –diarios y libros- no influían tanto a las masas. Fueron las escuelas las encargadas de dar una educación que recalcara aquellos valores que se quería enseñar y preservar (31).

Un personaje de Frontera sur dice que a Sarmiento le parecía mal que se abrieran escuelas italianas, o alemanas, o inglesas. Otro interviene: Era lógico que le pareciera mal. (...) No estaba loco. (...) Un Estado. Quería un Estado, con mayúscula. Y eso se hace con la escuela pública. Esto no puede ser eternamente un centón mal cosido. La gente que llegue tiene que adaptarse, recomponerse, mezclarse para formar una raza argentina (32).

En la colectividad armenia, En el imaginario colectivo, la lengua fue percibida como un factor fundamental para el resguardo de la herencia cultural armenia o, al menos, para la dilación de la asimilación. (...) Esta creencia en que la difusión de la lengua reaseguraría la continuidad de los valores nacionales, indujo a los primeros inmigrantes a fundar sus escuelas (33).

En Canción a Berisso, Matilde Alba Swann recuerda las escuelas de esa localidad: Yo le canto a tus niñas saliendo de la escuela:/ alemanas, rusitas, italianas, armenias,/ distintas lenguas todas e idéntico candor;/ y canto a las pequeñas hijas de mi tierra/ made in argentina levadura extrajera,/ raíces que se prenden a un destino mejor.// Le canto al influjo de tus academias/ alimentando el sueño de tu adolescencia/ por salir del hollín;/ y canto a tus escuelas nocturnas para adultos/ donde padres y abuelos aprenden a escribir (34).

Santó Efendi, un judío que cursó paralelamente la escuela pública y la hebrea, dice: Habiendo tenido la suerte de nacer en la Argentina de finales de la década del 20, y habiendo pasado por la primaria luego de la crisis económica de los años 30, solamente tengo recuerdos gratos de mis maestros y de la calidad de la enseñanza pública, regalo del gran Sarmiento, quien organizó en el siglo anterior las bases de las escuelas públicas del país (35).

En La logia del umbral, de Ricardo Feierstein, narra uno de los personajes, que vivía en Villa Pueyrredón, a mediados del siglo pasado: Por las mañanas, en la escuela pública donde todos concurríamos, conviví con el inglés Stanley y el italiano Badaracco, protagonistas de una pelea memorable donde vi correr sangre por primera vez; con el galleguito Pérez y un francés medio raro que se hacía dibujos en las manos con hojitas de afeitar. Los cinco judíos del colegio íbamos a clase de Moral, pero una vez que faltó el profesor decidimos entrar a la clase de Religión. La maestra de tercero, que dramatizaba el martirio de Cristo, fue tan elocuente en su descripción que yo me quedé llorando un buen rato por la impresión. Eso sí, los alumnos más destacados –con independencia del apellido- fuimos seleccionados para concurrir al velorio de Eva Perón, en representación de la escuela. Ahí lloré otra vez (36).

Décadas después, Marcelo Birmajer evoca su experiencia en la primaria. A propósito de un hecho que está relatando, dice: La historia transcurre en el colegio Doctor Hertzl, una institución judío-laica donde cursé hasta el cuarto grado de la escuela primaria. No pasé de cuarto grado porque el estudio simultáneo del inglés, el hebreo y el castellano, sumado a una confusa situación familiar, me dejó varado en una dislexia consistente en escribir el castellano de derecha a izquierda, como el hebreo; y el hebreo de izquierda a derecha, como el castellano. Sin duda podría haberme presentado como atracción en un circo grafológico, pero no era la habilidad más indicada para cursar regularmente el cuarto grado (37).

David Rotstein, ucranio establecido en La Pampa, contó con la solidaridad de un amigo para poder estudiar: En 1913 se voló el techo de la escuela primaria y ésta quedó inutilizada. Los Novick pudieron mandar a sus hijos a estudiar a otro lado pero David tuvo que abandonar. Para aportar a la familia, se conchabó para cuidar ovejas en una chacra cercana. (...) David tenia gran preocupación por no poder seguir estudiando, un sentimiento que lo persiguió hasta su vejez. Pedro Novick, que sí pudo continuar, trataba de enseñarle cada vez que era posible. Su amistad entrañable continuó el resto de sus vidas (38).

Olga Weyne escribe, con respecto a los inmigrantes afincados en Entre Ríos: Era visible que se iban conformando ‘islas lingüísticas’ en el ámbito rural, pero este fenómeno no fue privativo de los grupos alemanes del Volga; también se verificó entre los colonos judíos y, aunque en menor medida, en las restantes colectividades de habla no hispana. (...) Algunos funcionarios llegaron a sostener que esta resistencia de los extranjeros al aprendizaje del castellano constituía un atentado contra la nacionalidad y contra los principios de la Ley de Educación Común. (...) El inspector Manuel Antequeda afirmaba en 1909 que no debía interpretarse tan ligeramente estas reacciones de los colonos, pretendiendo encontrar sentimientos antiargentinos en toda resistencia al aprendizaje del castellano. Sugirió buscar las verdaderas causas de la misma y hacerse cargo de lo dificultoso de su estudio para los inmigrantes de habla no latina (39).

12. Azzi, María Susana: La contribución de la inmigración italiana al tango, en Archivo Histórico Alberto y Fernando Valverde, Municipalidad de Olavarría, Secretaría de Gobierno, Año 2000, Revista N° 4.

No sólo en el conventillo o en la escuela se aprendían otras lenguas. Gaetano, uno de los personajes de Santo Oficio de la Memoria, lo hace en su lugar de trabajo, el tranguay, donde La gente hablaba en todos los idiomas. Yo aprendí algo de inglés, de francés, de alemán. De polaco también y de yídish. La mayoría de los pasajeros eran inmigrantes. Uno tenía que saludarlos en sus lenguas. Había veinte maneras de decir buen día. Y muchas veces uno tenía que ayudarlos con el cambio, con las monedas (1).

También completa en su trabajo el aprendizaje del castellano uno de los personajes de Vázquez-Rial, una institutriz irlandesa, que se emplea en casa de un gallego. Dice la joven: Llego de Irlanda hace tres días y vengo aquí. Su empleador la corrige: -Llegué –corrigió Roque, mostrando el pasado con el índice, en un lugar situado detrás de su hombro derecho-. Y vine. En esa misma obra, un porteño dice a un alemán: Y le adelanto un consejo, gratis, si se piensa quedar a vivir: agárrese al vos, con fuerza, como hizo antes. Si habla de tú, va a ser siempre un extranjero. Eso, si no lo toman por algo peor. Y otro porteño dice a un gallego: no se dice le acerco, sino lo acerco. Ya sé que es gallego, pero va a cambiar. El gallego le responde: No sé si quiero cambiar. Menos lengua se les pide a los turcos o a los polacos. ¿Por qué se ocupan tanto los argentinos de los españoles? Es distinto –dice el porteño. Esos siempre van a ser ridículos. No tienen remedio. Ustedes sí (2).

A un polaco –personaje de la novela Mestizo, de Ricardo Feierstein-, los paisanos le juegan una mala pasada cuando les pide que le enseñen castellano. Relata uno de los inmigrantes: -Cuando Shmuel vino de Polonia siempre lo embromábamos. El era bruto y no aprendía el idioma. Trabajaba en un taller de sastres. No sabía ni saludar en argentino y eso lo ponía violento. Un día viene y me dice: ‘che, enseñáme a saludar en castellano, por lo menos quiero decir ‘buenos días’ a la gente cuando entro a trabajar por la mañana’. Entonces yo le dije que ‘buenos días’ se dice en castellano ‘la puta que te parió’. Este va, estudia toda la noche en la casa –porque lo llevó escrito- y al otro ía saluda así: ‘la puta que los parió a todos’. Los otros querían matarlo, pensaban que los estaba insultando (3).

Décadas después, escribe Diego Paszkowski: Pienso con infinita tristeza en la gente que desprecia al distinto, al extranjero, al inmigrante, que hoy se refiere a, por ejemplo, coreanos, japoneses y chinos con las mismas expresiones miserables que hace cincuenta años habrán utilizado para con mi abuelo, judío polaco. ‘Hablan en su idioma’, escuché decir de unos y de otros a modo de excusa para segregarlos, pero sé por experiencia que, sólo dos generaciones después, quien esto escribe, nieto de aquel abuelo, enseña a escribir a jóvenes futuros artistas en la mismísima Universidad de Buenos Aires (4).

Antonio Dal Masetto aprendió nuestro idioma mediante la lectura. A los doce años llegó a Salto, donde –afirma en una entrevista- Empezó el duro aprendizaje, la transculturación. Cansado de que lo cargasen por su forma de hablar, decidió esforzarse para aprender el castellano. Para eso recurrió al arte. Su padre se asoció con su tío en una carnicería. Dal Masetto empezó a seleccionar las revistas que llegaban para envolver y, entre los globitos y el dibujo de las historietas, empezó a adentrarse en el idioma.

De los comics, pasará a los libros. Así recuerda esa etapa: Mi camino fue absolutamente argentino. En casa hubo un esfuerzo inmediato por adaptarse. Cuando empecé a aprender el idioma en el pueblo, frecuentaba una biblioteca. Buscaba libros. Elegía al azar. Me los devoraba, junto con la revista Leoplán, que traía novelas cortas enteras. Me alimenté mucho de esa revista, y con ella descubrí que había una literatura inmensa (5).

Esteban Peicovich, hijo de inmigrantes dálmatas nacido en Berisso, leía: esa infancia venía a contrapelo. Primera entrega local de inmigrantes con lengua cambiada. Párvulos doblemente perplejos pues debían traducir el exótico idioma familiar al exótico lenguaje de afuera. No había tío, abuelo o vecino que no pareciese extraído de un relato de London o Turgueniev. La gruesa variedad cultural y el incordio del idioma empujaban a huir del mundo por la ventana del libro o la historieta (6).

Un personaje de Hermana y Sombra, de Bernardo Verbitsky, tiene dificultades con el castellano; el protagonista, un niño hijo de inmigrantes rusos, le presta un libro: Por la calle Campana entraba regularmente un hombre gordo, Jacobo para todos, o Jacoibos para quienes le imitaban el habla, y él a su vez llamaba Doña María a todas sus clientas, que le adquirían ropa, platos, y hasta muebles, siempre en cuotas semanales, nunca muy elevadas. Salí, al notar que la conversación se prolongaba, y también intervine, pues eliminada ya la posibilidad de una venta, apreciamos la simpatía del joven. El explicó que era un judío de Rumania donde había sido estudiante, pero obligado aquí a ganarse la vida, encontró su actual ocupación de cuentenik. Deseaba perfeccionar su mal castellano, y a mí se me ocurrió una excelente idea, la de prestarle mi ejemplar del Quijote, regalo de mi padre unos meses antes. Como yo lo había leído, no tenía inconveniente en facilitárselo por un tiempo. ¿Qué mejor libro para practicar el español? (7).

Casi todos aprendían el idioma por las suyas, ayudándose algunos con el diccionario. ‘Mucho antes de ser diccionarios escolares, de ser llevados en la mochila, equiparados al resto de los útiles, los diccionarios eran un objeto muy valioso para las familias, un texto de consulta’, cuenta el profesor de Historia de la Educación, Rafael Gagliano. (...) También es parte de la cultura inmigrante. El diccionario les solucionaba las crisis que podían tener con su segunda lengua. Está muy conectado con los autodidactas (8).

De uno de sus tíos dice Gladys Onega: Claro es que Eliseo poca escuela tenía, era un autodidacta de aldea y de pueblo como todos los gallegos de mi familia, siempre tratando de pulirse con la lectura del diccionario y de los buenos diarios que a sus manos llegaban, sin desdeñar los más sensacionalistas, por eso de su afición a la grandilocuencia. (...) El Quijote y el diccionario educaron a ese autodidacta, quien los citaba con exactitud pero con exceso pues no había adquirido los moldes que impone la educación formal, por eso no calibraba el uso y abuso de los epítetos ni percibía la risa que provocaban en oyentes que no los habían leído o que ni siquiera tenían referencia de su existencia (9).

Así como algunos aprendían castellano en el tranvía, o leyendo, un personaje de Gabriel Báñez tiene la ocurrencia de recurrir a la religión, aún siendo judío, para dominar el nuevo idioma. Al ver mujeres católicas que se confiesan, la pequeña Sara Divas, en Virgen, imaginó que la fe era un idioma en voz muy baja y que esas mujeres aprendían las lecciones de rodillas, murmurando y repitiendo. (...) Era una buena manera de aprender el idioma que tanto atormentaba a su padre y, llegado el caso, de hablar por él. El sacerdote le da una estampita de la Virgen de Luján, a partir de ese entonces Sarita empezó a comulgar con el castellano, porque lo aprendió a los rezos y gracias a las oraciones que venían en el reverso de las estampitas (10).

En el siglo XIX, Pablo Lantelme, piamontés afincado en Entre Ríos, sostenía: Para el bien general, creo y afirmo que es necesario que la predicación de la Divina Palabra se haga en lengua castellana, o por lo menos, que se predique dos domingos seguidos en castellano y uno en francés, para no cortar de un solo golpe el sistema abusivo. Los Capellanes (de San José) siendo franceses y poco acostumbrados a hablar en lengua castellana, no faltarán de alegar mil pretextos contrarios a lo que acabo de probar (11).

José Brendel, por su parte, relata los problemas que tenía un sacerdote italiano. Olga Weyne transcribe ese testimonio: (En 1913): ‘El tiempo de la ausencia del padre Kotulla (uno de los más recordados sacerdotes del Verbo Divino, en colonia San Miguel), fue cubierto provisoriamente por un sacerdote italiano, recién llegado, que no hablaba ni el alemán ni el castellano, pero que con su bondad y sus expresivos ademanes italianos, se hizo querer, ya que no entender, por la población. Se llamaba Juan Sciortino. Sus sermones eran un acopio pintoresco de varias lenguas, pues también hacía sus ensayos en alemán, que le enseñaban los monaguillos y que él mismo repetía después en el altar, con abundante transpiración aunque con vano intento. Los niños eran sus predilectos y para ellos siempre tenía golosinas; (...) San Miguel guarda un recuerdo cariñoso del Padre Juan y quiere que estas líneas sean un homenaje a su vocinglera bondad (12).

El padre de Máximo Yagupsky encuentra una original forma de aprender castellano: mi padre, que era un judío religioso, tenía gusto por la mañana, antes de que nosotros fuéramos a la escuela, de tomarnos las lecciones. Era una forma indirecta de ir aprendiendo él mismo de los libros de texto un poco de castellano y un poco de la cultura ambiente (13).

También quería aprender el padre de María Esther de Miguel: En mi casa se hablaba mucho de historia, porque mi padre que era un inmigrante español, era muy curioso e inteligente. Siempre quería saber la historia del lugar y se preguntaba sobre Urquiza y yo escuchaba (14).

Ya en el Martín Fierro encontramos referencias al inmigrante que no habla castellano: Era un gringo tan bozal,/ Que nada se le entendía./ ¡Quién sabe de ánde sería!/ Tal vez no juera cristiano,/ Pues lo único que decía/ Es que era papolitano (1).

Por conocer poco el idioma, Carlos Vergiati, padre de Julián Centeya, no pudo ejercer en la nueva tierra su profesión: Llegados al país, se instalaron en San Francisco, pueblo de la provincia de Córdoba, lugar en el que el padre trabajó de carpintero, ya que su escaso conocimiento del idioma le impedía desarrollar su actividad periodística (2).

La madre de Iris Marga utilizó su conocimiento de idiomas para ejercer la docencia. En una entrevista, le preguntaron a la actriz: ¿Es cierto que usted estuvo sentada en las rodillas del general Roca y en esa posición le recitó La avispa Teresa?. Ella respondió: Sí, mi mamá era profesora de idiomas de la familia De Vedia y un día la acompañé a ella y dio la casualidad de que estaba Roca. Parece ser que yo era muy simpática de chica y el general me pidió que le recitara algo. Entonces me senté en sus rodillas y le recité La avispa Teresa en italiano (3).

Ante el desconocimiento del castellano, se acobarda una adolescente inmigrante: A los catorce años –en plena Segunda Guerra Mundial, y sin hablar una gota de español- dejó su Viena natal y se instaló con sus padres en la Argentina. Acá la enviaron al colegio Mallinckrodt, pero abandonó porque el idioma era una barrera difícil de saltar. Mercedes von Dietrichstein se casó a los diecinueve, pero a los treinta se decidió a rendir el secundario libre. Mientras criaba a sus cuatro hijos estudió Psicología en la UBA, y después trabajó en el Hospital Borda (4).

En Diario de ilusiones y naufragios, de María Angélica Scotti, en cambio, el inmigrante intenta hacerse entender: Padrazo chapurreaba bastante el español; lo venía practicando desde antes de embarcarse en Génova (5).

Al parecer, saber italiano facilitaba el aprendizaje del castellano. En el libro de Chuny Anzorreguy, el capitán Kovacic recuerda lo que se planteó al llegar a la Argentina: Primero debíamos aprender el idioma. Habiendo ya aprendido más o menos el italiano, la cosa se nos iba a hacer más fácil. Así fue. En poco tiempo podía comunicarme en un castellano bastante pasable (6).

Como puede habla castellano el inglés que evoca Leopoldo Lugones. No obstante, ejerce una beneficiosa influencia en los ganaderos a los que aconseja: lo cierto es que en su media lengua trajo/ Artes y ciencias que el paisano ignora./El transformó los bárbaros corrales,/ Las torpes hierras, las feroces domas,/ Y aseguró en las chacras invernizas/ que al pronto parecieron anacrónicas,/ Forraje fresco a los costosos padres, que entienden sus maneras y su idioma. Y el tronco muscular del eucalipto/ En que su duro y blanco brazo apoya,/ Se amorata de fuerza parecida/ Al levantarse desgreñado de hojas/ ‘Marido de la Pampa’ como dijo/ Sarmiento, con palabra creadora (7).

En La noche de la cruz de plata, uno de los cuentos por los que Jorge Torres Zavaleta mereció el Premio Fortabat en 1987, será el idioma el medio elegido por el joven para mortificar a su madre: prefería tomarla en broma, imitar su tonada inglesa (hacía una parodia, que deleitaba a sus amigos, de Miss Lucy tomando el té en la embajada), abrazarla al ver que la entristecía (8).

Para algunos, hablar más de un idioma, era testimonio de su condición de inmigrantes. Para otro, en cambio, era un sello de clase. En La noche que me quieras, Torres Zavaleta muestra el conocimiento de otras lenguas vinculado a un estamento social: Arturo era un muchacho educado, se vestía bien, por supuesto, se la arreglaba con los idiomas. Algo te ha quedado de tantas profesoras franchutas e inglesas de cuando eras borrego (10).

Dennis Clifford Crisp, hijo de ingleses, relató: Mis padres vinieron a la Argentina en 1910. Mi padre era empleado de La Forestal y se radicó en el Chaco Santafecino. Yo nací en Guillermina y mi hermano (que es veterano de la RAF) en Tartagal, así que mi primer idioma fue el guaraní (11).

El pobre Ohannés no podía con el castellano –relata Bedrossian-, que entendía poco y hablaba defectuosamente. Lo peor eran los verbos, reducidos al presente del infinitivo y esa letra ‘pe’ que no lograba pronunciar sino como ‘be’ (12).

Le costaba también a los árabes que vivían en el interior: en Tucumán y en Santiago del Estero los legisladores de origen árabe llegaron a ser mayoría. Cuenta Enrique Oliva –Francois Lepot- en La vida cotidiana que en una sesión de la Cámara en una de esas provincias, un diputado expresó: ‘Bara explicar este broyecto, cedo la balabra al baisano Abraham, que habla mejor la castilla’ (13).

Trabajando en el campo entrerriano aprendió castellano la abuela de Catalina Nasenson: Estaban contentos, conformes con el ambiente, a tal punto que mi abuela, que no sabía una palabra de castellano, terminó hablando como los peones (15).

Yagupsky muestra la otra cara de la moneda: Al gaucho, en realidad, como era un elemento primitivo, de poca educación, lo imbuían de cultura judía. No sólo que muchos aprendieron y hablaban el ídish con nosotros, sino que conocían nuestras formas de vida, nuestro folklore y lo cantaban (16).

No tuvo tanto inteligencia o tanto empeño la irlandesa que evoca, en uno de los cuentos de Tréboles del sur, Juan José Delaney: El escritor plantea la situación de una inmigrante que ve frustradas sus ambiciones, principalmente por el obstáculo que es para ella el desconocimiento del lenguaje, aunque, en lo que respecta a lo material, se muestra agradecida: no puedo pasar por alto la buena acogida que los irlandeses todos hemos tenido en este suelo; difícilmente brazos deseosos de trabajar no encuentren recompensa, dice la mujer (17).

En Moira Sullivan, el lenguaje, tan importante como factor sociabilizador, encarna una actitud de la protagonista. Ella nunca se interesó por aprender a comunicarse en castellano y esa negativa suya determina su relación con quienes la rodean. La anciana vive en su mundo y no quiere tener contacto con quien no pertenezca a él. Rechaza evidentemente toda forma de integración, y su repudio se patentiza en el aislamiento en el que se refugia: Lo importante era el silencio. Todas las noches lo buscaba, especialmente los domingos cuando las otras recibían visitas y ella más sentía el acoso de la soledad. En rigor, a nadie tenía pese a haber estado en la vida de muchos y a que, por esa acción secreta y persistente del arte, continuaba gravitando sobre gentes extrañas y lejanas. El silencio de ese anochecer dominical le permitiría entregarse serenamente al ensueño en el que resucitarían vivencias y pensamientos provenientes de zonas postergadas por su memoria, y también secretas conexiones que su visión de la vida, del mundo y de los hombres concertaba con cierta independencia.

Aun cuando quisieran integrarse, el idioma era un serio problema para colectividades como la irlandesa; Delaney presenta dos paliativos para la incomunicación de los extranjeros: el cine mudo (en los Estados Unidos) y el tango, por los que manifiestan gran afición: ‘Tango es el lugar donde los inmigrantes sintieron que no son imprescindibles las palabras’, sentenció solemne Nelly Maguire, en su fonda San Patricio, en Rojas, provincia de Buenos Aires (18).

Los separaba el idioma – afirma Héctor M. Guyot-. Pero aquí, claro, no eran perseguidos por su catolicismo. Enseguida adoptaron las botas y se aficionaron al mate y al asado. Un paseo por los cementerios de Areco y Junín da cuenta no sólo de los muchos irlandeses que allá lejos y hace tiempo confluyeron en la zona, sino también de una curiosa simbiosis: Edward Geoghegan (Gaucho Ted) 1874-1928 reza una lápida, entre cruces celtas y otros apellidos irlandeses como Farrell, O’Neill o Murphy (19).

Tampoco quiso aprender castellano el belga en la novela de Gabriel Báñez, aunque sufrió cuando se enfrentó a la realidad: el viudo de Flora Divas debió salir al nuevo mundo de buscar trabajo y fue entonces cuando cayó en la cuenta de una realidad aterradora y elemental: no sabía una sola palabra de castellano. Ese día sería inolvidable. Sarita lo vio trasponer el portón de la pensión y llegar luego hasta el fondo de la galería para deshacerse en un llanto tibio y cordial a los pies del único árbol que detestaba, la glicina. (...) Nunca antes lo había visto llorar, ni en el funeral de su madre.(...) El viudo dijo algo incomprensible: que lloraba por el castellano que no entendía. No obstante, en su apatía vegetal jamás llegó a interesarse ni a comprender enteramente el castellano. O peor: lo padecía como un idioma oscuro y maldito (20).

Por el contrario, los Fehér, que habían debido emigrar de Hungría, no quisieron que sus hijos aprendieran, en la Argentina, ese idioma. Durante una estadía en la nación de sus mayores, comenzó para Martín, el hijo, su viaje hacia el pasado y la infancia. El recepcionista del hotel se había entendido en inglés con él, pero el mozo del restaurante, que apenas lo hablaba, comenzó a desarrollar un diálogo en húngaro con Luis que Martín escuchaba perplejo. Inesperadamente, lo que estaba oyendo comenzaba a remitirlo hacia su infancia, hacia las conversaciones de su Papá con sus tíos, con sus amigos húngaros, a los discos de csárdás que siempre se habían escuchado en su casa. Ese idioma era para él una especie de clave especial que se escuchaba sólo en el seno de su familia, o en alguna de las charlas de sus padres con otros húngaros. Siempre había tenido la sensación de que era un idioma que no existía realmente, como si no hubiese otra gente que lo pudiese practicar cotidianamente en alguna ciudad. Era un idioma secreto, restringido sólo a los que sus padres se lo permitían. Escuchar hablarlo abiertamente a un desconocido, era una experiencia rara y especial. Por ese odio que sus padres profesaban por los húngaros, nunca le habían querido enseñar a hablar ese idioma (21).

Queda en el inmigrante decidir cuál será su lengua, opción que seguramente obedecerá a razones más afectivas que intelectuales. Syria Poletti, quien emigró a los veintitrés años, afirmaba: uno, como escritor, pertenece al área en cuyo idioma se expresa. El instrumento con que yo me expreso es el idioma de los argentinos, con todo el substratum cultural que ello implica, por lo tanto soy hija del país, porque el idioma es como la sangre de un país. Los otros idiomas que me habitan –italiano y friulano- son herencias que me dejaron mis mayores. Y las herencias sirven si se hace buen uso de ellas (22).

Distinta es la postura de Adelina C. Cela, quien canta nostálgica, en su poema Calabreses: Como un susurro tu lengua/ me acunó toda la vida/ y no le diste abandono/ a tu hija en lejanía (23).

Manifiesta Silvia Plager: nací en Argentina, mi madre nació en Lvov y se crió en Berlín, mi padre era de Tchorkow, Galitzia. Mi familia materna hablaba alemán, mi familia paterna polaco. Todos ellos mezclaban esas lenguas y el idish cuando hablaban en castellano. Mi castellano está perfumado de un mosaico de lenguas, y cuando escribo las huelo y los huelo a ellos, que habitan en mi lengua (24).

Acerca del idioma y de la construcción verbal, afirma Mario Goloboff: creo que es éste el terreno donde se nos marca como escritores judíos a cada uno de nosotros. En mi caso particular, fui un bilingüe auditivo de nacimiento. Lamentablemente, no hablé el idish, pero sin duda fue la primera lengua que oí y escuché en mi infancia. Y entre los dolores y terrores de la infancia y de la guerra (en aquel momento, en su esplendor), y en un pueblo como Carlos Casares (uno de las colonias judías más importantes que hubo en la provincia de Buenos Aires), me tocó vivir desde muy chico los temores familiares y las pocas esperanzas de que las cosas terminaran bien. Creo que esto, junto a la lengua, es lo que me ha marcado más profundamente (25).

El protagonista de la novela Mestizo, de Ricardo Feierstein, recuerda la incomunicación que sufría con respecto a su abuelo polaco: Toda mi historia está en esa foto, aunque yo sólo nacería muchos años después, de este lado del Atlántico. Esa sonrisa indefinida de Moishe Búrej se repetiría en los cuentos que, inútilmente, trataría de relatarme en un patio embaldosado de Villa del Parque. El, sentado, con su silla de inválido y un ídish de acento eslavo repleto de consonantes. Yo sin entenderlo, atrincherado en un exquisito castellano que él nunca comprendería, condenados a incomunicarnos, a no poder jamás cruzar una palabra, sólo gestos amistosos y besos de cariño. Cada uno hablando en su idioma. Nunca lo entendí y ahora lo extraño. ¿Qué habrá querido decirme mi abuelo, doctor? ¿Qué sucesos evocaría, qué lazos pudo haberme transmitido, en esa lengua inentendible? Estoy seguro de que, de haber comprendido entonces, todo me sería mucho más sencillo ahora (26).

Moisés Mochkofsky, nacido, según sus papeles, en Slenin, provincia de Grodne, Rusia, (...) Renunció al ruso y al idish; hablaba castellano como un cordobés de nacimiento. Con la lengua, también renunció al judaísmo (27).

Máximo Yagupsky afirmó: Yo leo hebreo y amo el idioma hebreo. Amo igualmente el idioma castellano, que es nuestro idioma argentino. Amo profundamente a los dos. Porque mucho es lo que me dicen. Son dos vasos comunicantes para mi espíritu. En sus alas puedo levantar vuelo y elevar mi espíritu a mundos siderales. Quiero, pues, mantenerlos vivos en mi espíritu y transmitirlos a mis hijos. Eso me enriquece. Si yo perdiera cualesquiera de estos asideros del alma, yo me habría empobrecido. Y habría empobrecido a la Argentina (28).

15. Londero, Oscar: Historia de la inmigración a principios del siglo XX – Un recorrido por las primeras colonias judías de Entre Ríos, en Clarín, Buenos Aires, 17 de diciembre de 2000.

24. Plager, Silvia: B) Desde el lugar creativo, en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.

25. Goloboff, Mario: Teatro con debate: ‘Tras el paso de los grandes’ , en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.

En el conventillo, en la escuela, en el tranvía, leyendo o rezando, los inmigrantes aprendieron la lengua de la nueva tierra. La lengua que otros rechazaron, quizás por el inmenso dolor de haber dejado su tierra.

En la Colonia San José, donde arribó en 1857, el valesano Juan Bautista Blatter escribe que para la Santa Religión nada había en común el primer año más que el deseo de tener un sacerdote. Al presente tenemos la dicha de tener uno quien nos hace todos los domingos hermosos sermones; la misa se dice hacia las diez y media a fin de que toda la gente de los alrededores puedan llegar a tiempo (1).

Los volguenses celebran con una misa la llegada a la nueva tierra. Era el año 1878, en una calurosa tarde del 18 de febrero, cuando ancló en el puerto de Buenos Aires el trasatlántico ‘Hohenstab’, transportando a su bordo a las diecinueve familias alemanas, que llegaban después de una larga y penosa travesía, desde las lejanas tierras del Volga. (...) Se los alojó en el Hotel de Inmigrantes y allí, en la Santa Misa con que celebraron la llegada al País de la Esperanza, comieron el Pan de la Vida en la Santa Eucaristía y probaron el blanco pan de trigo argentino (2).

El sentimiento religioso estaba presente en la casa del gallego Onega. Para que su hija enferma aceptara comer, él recurría a lo que su imaginación le sugería, incluido el ángel de la guarda: Después de haberme ofrecido el néctar, la leche y la miel, mi padre me alzaba y tomaba la posta en la continuación del rito nutricio; con él las acciones eran lentas y alentadoras, él no estaba agotado de cocinas y de chicos, venía de estar horas con hombres resolviendo problemas de hombres y con su hija menor le cundía la paciencia, que con el correr de las horas a mi madre se le había ido al diablo. Inflexible era sin embargo en darme de comer una cucharadita de sopa por los abuelos de España, otra por los abuelos de Melincué, otra por los huérfanos de la Guerra Civil, otra por el ángel de la guarda dulce compañía y por todos los personajes queridos y sagrados que se le ocurrían (3).

El padre de María Rosa Lojo, en cambio, le dio este consejo: Veo a mi abuela materna pasar una a una las cuentas del rosario, mientras augura la condenación eterna de papá, ese ateo que osa desafiar la Voluntad Divina, sin cuya anuencia no se movería ni la hoja de un árbol. El ateo pierde una batalla cuando mamá logra enviarme al Sagrado Corazón (el Sacre Coeur de Magdalena Barat, las monjas con las que ella había estudiado). Sin embargo, no se desalienta. Unos días antes del ingreso escolar, me llama secretamente: ‘Tu madre y tu abuela se han empeñado en que vayas a ese colegio. Pero tú no seas tonta hija mía. No creas en lo que te dicen las monjas’ (4).

Una inmigrante gallega sufre una desgracia relacionada con la religión. Cuenta Guillermo Saccomanno: A mi abuela le gustaba mucho escuchar y contar historias, y me hablaba de una parienta de ella, que entonces vivía enfrente de mi casa. En su aldea en España, esa mujer había tenido un hijo con el cura, y el chico se le había ahorcado a los treinta y tres años. Cuando yo tenía siete u ocho años, a la tardecita me cruzaba a la casa de esta otra gallega, que me contaba la historia de San Jorge y el dragón mientras me daba pan mojado en vino con azúcar (5).

En una novela de Gabriel Báñez, el catolicismo es una fuerza activa que intenta paliar las necesidades de los inmigrantes, aunque el sacerdote se excede en sus atribuciones: Hacía poco más de quince años que el padre Bernardo Benzano estaba al frente de la parroquia Nuestra Señora de la Merced, pero desde los últimos cuatro sus tareas se habían multiplicado por la enorme cantidad de inmigrantes que llegaban a las costas. Procuraba chapas, documentación y hasta changas y empleos golondrinas a los recién llegados. (...) no sólo daba una mano a los más necesitados, sino que por su cuenta y obra cedía tierras fiscales y fundaba barrios y asentamientos que los funcionarios de la comuna calificaban de ilegales. A las villas las bautizaba con nombres de santos y ante cualquier amenaza argüía que la fe no podía ser expulsada (6).

Un sacerdote ayudó a los Ranni a salir de Trieste. Cuenta Rodolfo: viví muchos años con el recuerdo del rincón donde había dejado mis juguetes, cuando nos escapamos. Fue una fuga como en el cine: mi hermano y yo escondidos en el altillo de la casa de mi padrino, que era el cura del pueblo; mi mamá, en un carro tirado por caballos de un padrino de mi papá. Y como estaba por dar a luz a mi hermano, en la frontera inglesa la dejaron pasar... (7).

Y un obispo facilita la salida de Hungría del judío Lajos Fehér. El emigrante consiguió un pasaporte falso a nombre de Alejandro Gross con una expresa mención del obispo de la zona que la religión profesada por el portador era la católica (8).

Nora Ayala destaca que después del ciclón de la ciudad paraguaya de Encarnación, en 1926, la primera noticia de la magnitud del ciclón, que en Posadas no había sido más que una tormenta un poco más fuerte que las habituales, fue la llegada de dos alemanes: el sacerdote Kreusser, párroco de Encarnación, y el mecánico Memel, que cruzaron el Paraná a remo para pedir ayuda (9).

De esa semana recuerdo vivamente el cuidado en no pecar para evitar el bochorno de confesarme una y otra vez como les sucedía a los varones que decían malas palabras, pegaban trompadas, no perdonaban a sus enemigos y llegaban tarde a la doctrina. Ser buena era bastante fácil porque estaba convencida de que Jesús estaba ansioso de que yo lo comiera y mi ansiedad no era menor por comérmelo; la única preocupación que tenía a ese respecto es que debía tener cuidado de no morderlo. Probarme el vestido una y otra vez para alforzarlo unos centímetros más dada mi menguada estatura, que me armaran la capota en la cabeza y se les escapara algún alfilerazo y ensayar gestos piadosos con la cabeza inclinada, las manos unidas sosteniendo el libro de misa nacarado, calzar los Carlitos y pasarles un trapito si se les veía una mota eran actividades más difíciles pero, en aquellos tiempos, esos ajetreos eran más placenteros que pecar.

Del 8 de diciembre recuerdo vagamente la entrada a la iglesia impregnada de incienso, las voces del coro, el sonido del latín del padre, las campanadas, los murmullos de los fieles. No puedo traer a la memoria el momento mismo de la comunión ni nada más de lo que pasó esa mañana. Sólo recuerdo que el vestido de Maruja era de piqué y que yo me volqué el chocolate sobre el mío (1).

Roberto Raschella es el autor de Si hubiéramos vivido aquí, obra distinguida con el Segundo Premio Nacional de Novela. El protagonista de ese libro viaja a Calabria, la tierra de sus padres; allí, las primas de la madre le dicen que sería bueno que se bautizara. La mención del Bautismo le recuerda unas comuniones: Y la idea del bautismo me llevó al verano. Un verano. Los chicos corrían por las calles mostrando las comuniones. Eran mi envidia. Uno se me acercó. Creía ver en mí a un hombre, porque yo tenía las espaldas anchas y la cabeza plantada y gruesa. Extendió la mano con la imagen: era un niño bello y antiguo, era un niño espantado. Algunas monedas tenía y se las di. No esperé que me agradeciera, y él se alejó como había llegado (2).

En El angel del capitán, de Chuny Anzorreguy, el croata Miro Kovacic expresa: Recuerdo también las Navidades. Blancas, desde ya, con frío y nieve. Pero con una luna grande brillando en el cielo obscuro. Nosotros, los hijos, ayudábamos a preparar el árbol, que por una tradición y como garantía de felices futuras Navidades, debía tener una punta que tocara el techo de la casa. Esa era condición sine qua non. Debajo de él se ubicaban prolijamente los regalos (1).

En Sobre héroes y tumbas, novela de Ernesto Sábato, el viejo D’Arcángelo recuerda la Navidad en Italia: -(...) Le notte di Natale. I fussili tocábano la zambuña. -¿Y qué cantaban lo fusilli, viejo? –Cantábano La notte di Natale/ e una feta principale/ que nascio nostro Signore/ a una povera mangiatura (2).

Ennio Carota recuerda la Navidad italiana, en relación con la figura protectora de la nona: Sólo esas abuelas de ayer daban a las fiestas un toque tan especial. Un mes antes ya estaba haciendo sus galletitas y yo, junto a ella, pelando uvas para il vino cotto, un típico dulce de su Apulia natal. Eramos pobres, pero había alegría, había amor y todo ello nos hacía olvidar la pobreza (3).

Canela evoca esa festividad en el mismo país, durante la guerra: Nací en 1942, fui la última de once hermanos y mis recuerdos son de finales de la Segunda Guerra Mundial. Hacía muchísimo frío y al regreso de la Misa de Gallo había un tentempié –algo de nueces, almendras-, porque lo importante llegaba en el mediodía del 25, alrededor de la mesa familiar. (...) Mi madre amasaba fideos y los servía en caldo bien colado (4).

Agata, la inmigrante creada por Dal Masetto, describe sus sentimientos en esos días: La llegada de la Navidad me colmaba de un manso entusiasmo. La sentía acercarse en el correr de los días y era como si estuviese a punto de acceder a un descubrimiento. Pensándolo bien, jamás ocurría nada nuevo, pero el acontecimiento tal vez estuviese justamente en esa expectativa, en la posibilidad no concretada de un cambio casi milagroso, en esa fiebre que me ponía en el corazón y en las venas una impaciencia feliz. Así había sido siempre. La noche anterior a Navidad solía haber gran movimiento en la casa: se preparaba el almuerzo del día siguiente. Carlo y yo disfrutábamos de aquel clima febril, ayudábamos en lo que podíamos y antes de acostarnos colocábamos un plato vacío en la ventana. Por la mañana encontrábamos un turrón, dos o tres naranjas, algunas mandarinas, castañas, maníes (en una oportunidad en mi plato hubo también un par de zuecos). Juguetes, jamás. Pero incluso con tan poco nos sentíamos contentos y festejábamos como si nos hubiésemos topado con un tesoro. El resto de la jornada se deslizaba en aquel clima apacible y era como si se hubiese establecido una tregua en las inquietudes o en las confusiones del resto del año (5).

Carmen Brey Moure -personaje de Las libres del Sur, de María Rosa Lojo- compara la Navidad gallega y la argentina: La Navidad en Buenos Aires no era Navidad –se entristeció Carmen-. No extrañaba la nieve (en la tierras siempre húmedas y verdes de su infancia rara vez nevaba). Pero sí el aire frío que resonaba como una campana con las exclamaciones y los cánticos y era sensible como una piel retráctil cuando se lo rozaba con el aliento. En Buenos Aires la atmósfera se coagulaba en una nube sofocante que sólo se despejaba de a ratos, con el viento del río. No había castañas que se asaran al amor de la lareira, no había mar, no había ánimas que llegaran a buscar el calor de los vivos en la noche de Nadal, a pedir el perdón de las ofensas que contra ellos habían cometido, o al contrario, a perdonar a los deudos por los viejos pecados o las malas pasiones que aún los atormentaban y que antaño los habían enemistado (6).

Los vascos viven intensamente la Navidad –afirma María Magdalena Castro Marina. La familia entera se reúne alrededor de la mesa para compartir la cena y se cantan tradicionales villancicos, transmitidos de generación en generación. De este modo se rechaza el estilo consumista que estamos acostumbrados a ver en otras partes del mundo para esta celebración. El árbol de Navidad es una de las referencias clave de este tiempo en Euskadi. Muchos ancianos recuerdan haber juntado y guardado madera en el otoño, madera en la que luego es arrastrado el pino entero, desde el monte hasta la casa. Sin embargo, la tradición más arraigada en Euzkadi es el ‘Olentzero’ o el hombre de carbón. En la víspera de Navidad, la figura de un pastor o de un hombre de carbón es levantada, sentado en una canasta, sobre los hombros de gente que lo lleva de casa en casa a través de toda la ciudad o villa, y en todas las casas por las que pasa los jóvenes que lo acompañan se detienen para cantar villancicos. En Navarra, el Olentzero es un hombre de carbón que baja de los montes para repartir castañas, vino y regalos para los niños. Este personaje mítico vasco, es un mensajero, un pstor quien anuncia que la Navidad ha llegado y recorre los rincones más recónditos de Euzkadi, no sólo es un carbonero, o un pastor; sino que también puede ser un granjero. Todos comparten la misión de ser el mensajero que trae la buena noticia de la Navidad. Este mítico personaje tiene cabeza grande, y es también mago de acuerdo con las tradiciones locales. Es capaz de tomar diez arrobas de vino. En Hondarribia (Fuenterrabía), aparete de traer una pipa, una capa, algunos huesos, y un bote de vino, usualmente tiene una cola hecha de bacalao, y si un Olentzero permanece erigido en el pueblo, se coloca junto a él una parrilla donde se asan las sardinas, que son repartidas a los espectadores gratuitamente. Las familias vascas conservan aún hoy la tradición de cantar villancicos, que representan un saludo alegre el cual es llevado de casa en casa, donde un verso es dedicado a una familia entera o a un miembro en particular (7).

La Navidad en la nueva tierra es evocada por los inmigrantes, a veces comparada con la de sus países de origen. La italiana María Cuda escribe: Desde que vivo en la Argentina, mi Navidad es distinta, porque a pesar de ser gran parte de la población de Capital y Gran Buenos Aires de origen europeo, mantiene sus costumbres en forma muy variada. Tal vez por eso y más allá del respeto a los preceptos religiosos que la gente continúa observando, me resulta contradictorio encontrar el clásico pavo, las frutas secas y el pan dulce, en un clima netamente veraniego. Encuentro la justificación en la nostalgia, la tradición y el amor que el inmigrante siente por su tierra lejana, pero tan cercana aquí en el corazón. Por eso, las Fiestas mantienen, también en este país, el espíritu de unidad familiar y son motivo de intercambio de presentes. Algunas expresiones cambian y, en vez de ser la ‘Befana’ y medias, son los zapatos, el pasto, el agua para los camellos de los tres Reyes Magos. Finalizando, diría que el espíritu común es el deseo de buenos augurios y el sentimiento compartido de la creencia en Dios, Nuestro Señor (8).

Alcides J. Bianchi, hijo del empresario fasanés Valentín Bianchi, escribe: Pienso que uno de los recuerdos más gratos de nuestra infancia fue la época de los Reyes Magos. Cuando al aproximarse la finalización del año, mamá nos hablaba de la Navidad recordándonos su significado, predisponiendo nuestro ánimo, para que toda la familia participara de la cotidiana celebración. Hacíanos recomendaciones sobre nuestro buen comportamiento a fin de que se fuese superando cada día, para que la ‘Befana’ (leyenda italiana que ella recordaba de la época de su niñez) o cuando la llegada de los Reyes Magos, pudiésemos recibir un hermoso juguete, en mérito a nuestra buena conducta. Esto nos preocupaba sobremanera, haciéndonos obedientes y diligentes en todo lo que se nos indicaba, para así merecer la bondad de la ‘Befana’, o de Melchor, Gaspar y Baltazar. Ya próximos a la fecha tan ansiosamente esperada, mi madre nos preguntaba de quién habíamos decidido recibir el regalo. La elección era obligatoria pues Jesús entregaba tan sólo uno para cada destinatario (9).

Daniel Yarmolinski y Graciela Pesce relatan una anécdota navideña que tiene como personajes a Discépolo, Tania y un gallego: Nos cuenta Francisco García Giménez que alguna vez escuchó junto con otras oersonas, el siguiente relato de boca de don Enrique Santos Discépolo (Discepolín): En los días que nos llegaban mal barajados por la suerte contraria, un 24 de diciembre estábamos en casa solos, secos y amargados. De repente, llamaron a la puerta. Tania, mi mujer, fue a abrir... ¡Era el gallego del almacén de enfrente con una canasta repleta!... Desde la avellana al turrón, desde las pasas de uva a la sidra: ‘como ustedes no me hicieron ningún pedido, me atreví a traerles esto. No se preocupen me lo pagarán cuando puedan’. ¡Lo machuqué de un abrazo! Tania, emocionada se puso a llorar (10).

En Frontera sur, la Navidad de los gallegos es descripta así: Nadie hacía caso al belén armado en la primera sala, junto al zaguán, con un gordo Jesús tallado que dejaba pequeñas a todas las demás figuras, y cuya tosquedad ratificaba el carácter laico de la celebración de aquel día (11).

En La pradera de los asfódelos, Rubén Benítez evoca una Navidad de las de antes: En Navidad la gente parecía distinta. No como ahora. Todos estaban alegres, salían a la calle y saludaban contentos. Había que pararse en todas las puertas. Hasta los turcos que vivían en la esquina festejaban la Navidad. Don José, el que hizo el aparador, abría una sidra... ‘No es como la de Asturias, pero tampoco está mal’ decía siempre después de probarla (12).

Zulmira, venida de Portugal, manifiesta: ‘Como no recordar la noche de Navidad con mucho frío cerca del hogar, hace 60 años se cocinaba con leña mientras los abuelos le contaban cuentos a los nietos al lado del calorcito, mientras los más grandes ayudaban a armar la mesa. Con ocho años esas cosas se viven intensamente’. Es posible que sean las fiestas la época en que más se extraña el pueblo natal, y quizás esta sea la causa por la que se mantienen vivas las costumbres. Tal vez sea la gastronomía la costumbre que mejor represente esto, si no como explicar que en medio del calor del verano se consuman platos típicos del invierno. ‘Las primeras Navidades en Argentina fueron muy difíciles, pero siempre respetábamos la comida y platos tradicionales que nos traía nostalgia y nos reconfortaba al mismo tiempo‘. Zulmira nos contaba sus recuerdos de los preparativos para la cena de Navidad: ‘se cocinaba bacalao con papas cebolla y cabezas de nabo con ese gustito tan rico tirando a picante. Aparte se hervían el brócoli y las coles a fuego fuerte se condimentaba con aceite de oliva, aceitunas y huevos duros. Se tomaba mucho vino blanco, dorado y verde, y luego antes de las doce se comían los felloses que son unos buñuelos de zapallo dulces y amarillos tirando a naranjas que se acompañan con café, agua ardiente y vino de Oporto. Para el día de Navidad era infaltable el cabrito hecho a leña en el horno de barro acompañado de arroz blanco, y de entrada generalmente, unas almejas y una copita de Cinzano Rosso. Los postres de Navidad son hechos con variedades de dulzuras, nueces almendras, higos secos blancos del sur de Portugal, etc. Con los postres es infaltable el vino de Oporto, o también es infaltable el vino roses. Otra cosa que no puede faltar es el arroz doce (arroz con leche) que se distribuye en platos de postre y con canela se pone las iniciales de cada familiar en el plato y se dibujan las flores de la zona, ¡¡¡qué hermoso recordar estas cosas!!!’. Para Zulmira la Navidad representa siempre una manera de reunir a la familia y de recordar a través de las charlas y de las comidas como fue su pasado, su tierra querida y sus tradiciones que tratan de seguir haciendo en este país a tantos kilómetros de sus raíces (14).

Entre los alemanes del Volga, en la Nochebuena, además del Pesebre y el Niño Dios, cobraba importancia el Pelznikell, notable personaje malévolo con el que se asustaba a los más pequeños, pero que terminaba repartiéndoles dulces y regalos (15).

El padre Benzano detestaba a Papá Noel, le parecía un gordo infame, tan infame como los anuncios de la revista El Hogar cuando lo mostraba de compras navideñas en Gath y Chaves o en la capitalina Avenida Alvear. Decía que era un cerdo explotador de renos, un obeso y presuntuoso oligarca, muy distinto de los desvencijados Reyes Magos que sí podían, con camellos y todo, pasar por el ojo de una aguja (16).

Gladys Onega recuerda el Día de Reyes de su infancia: Todo estaba preparado para el goce y todo el dolor nos esperaba. En los zapatos encontrábamos treinta, cuarenta y hasta cincuenta pesos. Eran cantidades que no hubiéramos soñado tener en aquella patria pastoril. Pero nos esperaba algo peor: tampoco podíamos gastarlas, correr a comprar la bicicleta ni la Marilú. Ese mismo día mi padre depositaba el dinero en la libreta de ahorros que había abierto para cada uno de nosotros en su propia caja fuerte y no lo volvíamos a ver jamás (17).

Máximo Yagupsky se refiere al Día de Reyes en su familia: mi padre me llevaba personalmente a una juguetería para que no me faltase un regalo, pero marcándome, al mismo tiempo, que no había misterio en el hecho de que los juguetes aparecieron por la mañana en los zapatos, porque los judíos no creíamos en eso (18).

Relata la protagonista de Hija del silencio, de Manuela Fingueret: pienso en las Navidades de mis primeros años, los vecinos festejando con regalos, arbolitos, rompeportones y cohetes, y yo armando a escondidas un pesebre –con niño Jesús y todo- con cajas vacías de hilos Tomasito, pasto que había juntado de la plaza Los Andes y unos soldaditos de plomo haciendo de Reyes Magos. La cara que pusieron mis padres cuando descubrieron lo que había hecho me causa gracia todavía. No sabían si retarme o reírse, así que volvieron a explicar otra vez lo de judío y católico; pero algo les pasó, porque a partir de ese episodio empecé a recibir cada 6 de enero un regalo de Reyes. Intenté convencerlos con los años de las bondades de festejar lo que nos gustara de ambas religiones, pero nunca logré discutirlo sin que se enojaran. Vivir en un país de católicos es una cosa –decía mi padre-, asimilarse a sus costumbres es otra. Te estás convirtiendo en una shikse, una conversa, por esas amistades que te llenan la cabeza –se enojaba mi madre (19).

Llegaron los reyes se titula el cuento en el que Luis León relata cómo una pareja de ancianos sefaradíes recibió como regalo de Reyes cochones para reponer los que la lluvia les había mojado, al levantar el techo de chapas del conventillo: Masaltó con un despliegue propio de una actriz dramática, se retiró unos pasos para observarlos al mismo tiempo, y les dijo: alevanten, alevanten que no ´staré akí hasta fikumí. Los conminó a dejar atrás el orgullo mojado por la tormenta, se colocó entre ellos tomándolos de los brazos, más que ayudarlos, buscaba impedirles echarse atrás. Los llevó al local del colchonero junto al Bazar Dos Mundos, allí les sugirió el color del colchón y luego casi les impuso el intenso floreado de las colchas. Al terminar la compra, con la promesa del colchonero de entregarlos antes de cerrar, Masaltó les preguntó burlonamente, si deseaban recibirlos directamente en su casa, o preferían que se los desharan los reies dentro de las zapatetas (20).

El 10 de diciembre, la comunidad italiana se congrega en una procesión por las calles de Floresta en honor a San Sebastián. En esa oportunidad, la orquesta ambulante La Píccola Italia ejecuta piezas frente a las casas de los paisanos.

Los sicilianos marplatenses son devotos de María Santísima della Scala, cuya imagen hicieron entronizar en 2001 en esa ciudad (21). Mi familia materna veneraba a San Alfonso, en Lombardía; esa devoción llegó a América.

Los portugueses son devotos de la Virgen de Fátima. Zulmira es una inmigrante afincada en Villa Elisa acerca de la que leemos: Otra forma que Zulmira se encontró para reforzar sus raíces es la de organizar viajes de peregrinación hasta Tandil donde se encuentra el santuario de la virgen de Fátima. Ella misma se encarga de conseguir los micros, organizar las visitas, buscar la gente para viajar, juntar el dinero, etc. Y todo lo hace sin obligación y con mucho gusto como si de esta forma encontrara una felicidad que sería muy difícil de explicar y entender con palabras (24).

Hace años, se festejaba el día de San Pedro y San Juan haciendo una fogata. Cuenta Goldberg: Otro de los que llevaban la voz cantante levantó una rama de la cual pendía zangoloteándose un monigote que recordaba la forma humana gracias al par de pantalones viejos conseguidos. Lo sostuvo sobre el fuego hasta que empezó a arder. Su caída fue celebrada con gritos y saltos por quienes rodeaban acalorados el montón de troncos pronto convertidos en brasas. Se acostumbraba asar papas en ese fuego: El Polaco le arrebató las papas a un compinche de pelo crespo y las esparció sin cuidarse de dónde caían (25)

El protagonista de Si hubiéramos vivido aquí recuerda otro día, todavía no pasado, cuando encendíamos los fuegos de San Juan, y era el último fuego de paz que recuerdo en la ciudad olvidada de sí misma, como otro sueño de sangre, y el primo Clemar, enflaquecido brutalmente en la prisión, saltaba de un lado a otro (26).

Los valencianos y sus descendientes honraban con su falla a San José, en Buenos Aires. Escribe Jorge Bucay que en Valencia, A la medianoche del 19 de marzo, festejando el último día del invierno y según me cuentan en honor a San José, patrono de todos los artesanos carpinteros, las obras de arte callejeras se encienden al unísono en cada rincón de la aldea. La gente, por miles, valencianos y visitantes, festejan y aplauden lo que en minutos pasa a pertenecer al pasado. La tradición popular nos invita a arrojar a la falla papelitos que contienen palabras o dibujos que representan a aquello que quisiéramos dejar atrás, purificado por la pira de la quema. (...) Yo, en medio de unas 100 mil personas, ensordecido por el estruendo de los fuegos artificiales, lloré emocionado. Seguramente lloraba muchas cosas de mi pasado, pero también recordando con nostalgia que en pleno centro de Buenos Aires, cuando yo era pequeño, también había fallas valencianas. Los inmigrantes recordaban sus tradiciones y las compartían con nosotros, que disfrutábamos sin comprender del todo (27).

En Mar del Plata, este festejo se sigue realizando. Una noticia publicada en el diario La Capital en marzo de 2004 informa: Desde ayer y hasta el sábado próximo se desarrolla en la ciudad de Mar del Plata la 50º edición de la Semana Fallera. La celebración es organizada por la Unión Regional Valenciana y se realiza en la céntrica plaza Colón. Todas las noches se ofrecen delicias gastronómicas y suben al escenario agrupaciones de música y baile de distintos puntos del país. (...) La celebración, con epicentro en la ciudad española de Valencia, alcanzará el máximo esplendor el sábado próximo cuando a partir de las 21 se realice un espectáculo de fuegos artificiales y luego, desde las 22, se proceda a la crema del monumento principal de la Falla 2004. La asistencia se estima entre 80 y 100 mil personas. (...) Este año la estructura del monumento principal instalado en la plaza Colón consiste en enormes castillos que simbolizan al Fondo Monetario Internacional y un galeón, que representa a nuestro país, que intenta alejarse del lugar. Entre los muñecos que forman parte de la escena se destaca la réplica del presidente Néstor Kirchner. La instalación tiene una altura de 31 metros y está confeccionada con madera y cartón. Precisamente el ritual de la crema consiste en prender fuego la obra de arte, que por lo general está inspirada en algún hecho saliente de la escena nacional o internacional. Los valencianos atribuyen el origen de esta fiesta a los carpinteros. Ellos trabajaban durante todo el invierno e iluminaban sus talleres con grandes candiles de aceite, utilizando un artefacto de madera llamado parot. En la víspera de San José, su patrono, los aprendices se encargaban de hacer limpieza general y en la puerta de sus talleres formaban montañas con virutas, restos de madera y el tradicional parot, que convertían en monigote, con caretas sobrantes del carnaval, sombreros y guantes. Luego quemaban los desperdicios y así nacieron las fallas (28).

Santa Francisca Javier Cabrini es venerada por quienes dejaron su tierra. La religiosa recorrió Europa y las tres Américas, fundando colegios, orfanatos, hospitales, asistiendo a los presos, mineros, y en particular a los inmigrantes más indigentes, por eso el Papa Pío XII la proclama ‘Patrona de los Emigrantes’ el 8 de septiembre de 1950 (30).

San Patricio fue obispo y apóstol de Holanda. Nació en Escocia en 385. Por orden del Papa Celestino evangelizó Irlanda, conocida como la ´’Isla de los Santos’. Murió en 493 (31). Su día es la fiesta de todos los celtas. El 17 de marzo, como todos los años, los irlandeses festejan su santo patrono. Pero desde hace tres años se unen a esta celebración, celtas de varias nacionalidades. Sólo bastó dar una recorrida por todos los pubs que se aglutinan, curiosamente, cerca de Retiro –y de la Torre de los Ingleses- para encontrarse con parejas formadas por individuos de diferentes comunidades celtas y una sola idea: beberse toda la cerveza Guiness y todo el whisky irlandés que hallaron durmiendo desde hace justo un año (32).

Santiago Apóstol, es la fiesta de todos los gallegos. Este mes –dice el editorial de julio de 1996- Viajero Celta hace un alto en el camino. El descanso de este peregrino lo hace en Galicia. Porque julio es el mes del Apóstol de España y duerme su sueño eterno en Santiago de Compostela. Desde estas páginas rendimos nuestro homenaje a todos los gallegos celtas (33). En esa misma publicación, se anuncian los festejos que se llevarán a cabo el 25 de ese año, día de Santiago Apóstol: Donación de obras de arte al patrimonio del Centro Gallego por artístas plásticos argentinos, gallegos y sus descendientes. Colocación de ofrendas florales a Castelao y Rosalía de Castro en el hall principal del Centro Gallego de Bs. As., Misa a celebrarse en la Basílica Santa Rosa de Lima (34).

Los vascos festejan el día de San Fermín también en América, aunque sin el encierro taurino. Silvia Iceta y Fernanda Erasún explican que este tradicional festejo navarro ‘combina lo oficial con lo popular, lo religioso con lo profano, lo local con lo foráneo, lo viejo con lo nuevo y el orden con el desorden’. San Fermín se celebra en Pamplona, Navarra, del 6 al 14 de julio y surgió de la conjunción de tres fiestas: las de carácter religioso en honor al santo, las ferias comerciales organizadas a partir del siglo XIV y las taurinas que se sumaban a la celebración de corridas de toros. (...) Explicaron que uno de los distintivos de esta fiesta es el traje blanco, ya que según una teoría los corredores del encierro de principios de siglo eran panaderos, albañiles, carniceros, pintores y otros trabajadores que usaban traje blanco para hacer sus labores. Otro sello del San Fermín es el conocido chupinazo o cohete anunciador de las fiestas que se dispara el día del inicio de la celebración al mediodía. En ese momento los presentes se anudan el pañuelo rojo al cuello y comienzan los cánticos, bailes, músicas y gritos de alegría que señalan el comienzo (35).

La portuguesa Zulmira recuerda otras festividades de su tierra: ‘Ya con poca memoria por los años y los avatares de la vida no puedo sin embargo olvidarme de la pascua, junto con las tradicionales ceremonias de semana santa, Pues en esos días la mayoría come mucho pescado que se elabora de diferentes formas, solo el bacalao tiene 365 recetas, una para cada día, y además se comen también muchas sardinas asadas que solamente se consiguen en Portugal y algunas partes de España. También en el día de todos los santos recuerdo lo lindo que era ver a todos los niños que iban a visitar a todos sus padrinos y madrinas, esperando toda clase de cosas ricas sin que falten hasta el día de hoy las merenduinhas dulces que son como un pancito francés hecho con canela, anís hierba dulce, etc. Además de los piñones torrados y los higos secos picados, almendras y nueces. Bueno basta por que lloro mucho al recordar estos sabores. Se me viene a la mente las siete colinas sobre las cuales se edifica Lisboa con los palacios y jardines que en parte funcionan como posadas o restoranes, ver el mar verde, la desembocadura del río Tajo, la torre de Belén y muchas cosas más’ (36).

La Kerb constituye una de las fiestas máximas de los pueblos alemanes de Coronel Suárez, en su doble dimensión: social (reuniones con música de acordeones y ritmo de polca) y religiosa (por el sentido trascendente de la festividad litúrgica). Su origen, al igual que el nombre, proviene del centro-oeste de Alemania, lugar de donde, hace más de 200 años, emigraron a Rusia los antepasados de los alemanes del Volga que actualmente viven en Coronel Suárez (37).

Relacionada con el catolicismo, encontramos una festividad celta, que también llega a la nueva tierra. La fiesta de Halloween, que parece un carnaval norteamericano es nada menos que una importante celebración celta. El calendario ritual irlandés comienza con el gran festival de SAMAIN, que se celebra el 1° de noviembre. Era una fiesta en la que se realizaban ofrendas a los antepasados para compartir la buena suerte. Hoy los irlandeses en esta fecha hacen una gran limpieza de sus casas, y dejan alimentos para sus antepasados la Víspera de Todos los Santos. Por otra parte, cada 31 de octubre, último día del año según el calendario celta, bajan a la tierra los espíritus de las frutas, los vegetales y los muertos para perseguir y atormentar a los humanos. El término HALLOWEEN surge de la corrupción de la frase All Hallows Eve que significa Víspera de Todos los Santos (38).

En su novela En la sangre, Eugenio Cambaceres describe con desprecio el funeral del tachero italiano. Dice que los amigos del finado habiéndose pasado la voz para el velatorio, poco a poco fueron llegando de a uno, de a dos, en completos de paño negro, con sombreros de panza de burro y botas negras recién lustradas. El comportamiento de los paisanos, afligidos, le merece un comentario despiadado: Zurdamente caminaban, iban y se acomodaban en fila a lo largo de la pared, en derredor del catafalco elevado en la trastienda. Uno que otro, cabizbajo, en puntas de pie, aproximábase al muerto y durante un breve instante lo contemplaba. Algunos daban contra el umbral al entrar, levantaban la pierna y volvían la cara (1).

Hugo Nario evoca el funeral de los hijos de los picapedreros que trabajaban en Tandil, provincia de Buenos Aires: Frecuentemente morían niños. No pasaba día en que el fúnebre blanco no entrase en el Cerro Leones: diarrea estival, viruela, difteria, pulmonía, escarlatina. Como el pueblo quedaba tan lejos, esperaban a ver si el chico mejoraba. Luego, ya era tarde... En un principio los recursos eran escasos, y en los tiempos de suma pobreza velaban a los muertos sobre la mesa de la cocina, cubierta con una sábana. Si el muerto era demasiado corpulento y no entraba sobre la mesa, unían dos bancos largos. Velas plantadas en botellas vacías, el crucifijo que alguien prestaba (los anarquistas lo rechazaban) y flores y helechos de los jardines domésticos y de las piedras, acompañaban el duelo. Con el fúnebre venía el ataúd de pino teñido o pintado de blanco(2).

María Teresa Andruetto evoca un funeral de la colectividad piamontesa en Córdoba: Alguien nos alzó/ hacia el tufo de la muerta/ (se llamaba Elizabeta),/ para que viéramos (3).

Tardío es el funeral de una japonesa. Oshiro Tana, personaje de Báñez, se hizo célebre en una tarde cuando la policía descubrió que convivía con el cadáver de su legítima esposa desde hacía por lo menos dos años. Era tanto el amor del japonés por su mujer que a la hora de su muerte la vació, la limpió con acaroína y formol y la rellenó con estopa para conservarla a su lado. El bonsai conyugal pareció funcionar mejor que el matrimonio mismo, pues durante esos dos años Oshiro Tana no sólo continuó compartiendo el progreso de las flores junto a su esposa sino que además empezó a prepararle sus platos favoritos y a festejarle los aniversarios. El día en que lo descubrieron ella estaba tomando el café con leche en la cama, y parecía tan verídica y lozana en su desayuno que apenas si sospecharon cuando vieron que no mojaba la medialuna. Lo que más le impresionó al padre Bernardo fue la dulzura tranquila de la mujer; tanto, que no supo si rezarle un responso o concederle la extremaunción (4).

En Buenos Aires 1910 – Memoria del Porvenir, vimos una foto de un funeral que nos llamó la atención. En medio de una familia, sentado en una silla está ¡el muerto!. Se sacaban así la foto para mandarla a la tierra natal, para que vieran que efectivamente el fallecido ya no pertenecía al mundo de los vivos (5).

En Madge los viernes, de Juan José Delaney, una inmigrante irlandesa va al cementerio. Al trasponer el umbral del mismo pasaba a ser otra, porque iniciaba la vivencia cuya ejecución la mantenía ansiosa el resto de la semana. Mantenía la severa memoria el exacto lugar que yacían cada uno de sus seres queridos. Delante de esas tumbas alternaba oraciones con monólogos y supuestos diálogos en los que no faltaban las bromas. A veces se hacía la idea de que llevaba de un punto a otro secretos mensajes. Llegado el mediodía, hacía un alto para almorzar, y entonces desplegaba los útiles pertinentes como si se tratara del más divertido pic-nic. No se cansaba. Hablaba y reía y solamente disimulaba cuando algún otro visitante –que no estaba en condiciones de entender- pasaba cerca de ella; superada la interrupción, retomaba la actividad. A las 17:00 en punto se llegaba a la tumba de sus hermanas, al lado de la cual daba cuenta de una tacita de té (7).

Pedro Orgambide describe, en La señorita Wilson, a una inglesa evangelista, acerca de la que manifiesta uno de los personajes: Yo he visto a la señorita Wilson en la terraza, escuchando una sinfonía de Mozart que se empinaba por las paredes grises y subía hasta los cables tendidos y las antenas de televisión y las nubes de un atardecer en Buenos Aires. Y me pareció que la señorita Wilson sonreía. No con la sonrisa de sus sesenta años, sino -¿cómo decirlo?- con una sonrisa joven, la que tendría cuando estudiaba, cuando leía a Marlowe sin entenderlo o cuando veía cruzar, por la pradera inglesa, a uno de esos jinetes como los que tiene en los cuadritos. De ella se dice que ‘tiene costumbres raras. Es espiritista o algo parecido. Y hay días en que viene gente muy rara a visitarla, gente que canta salmos o cosas por el estilo; en fin, gente que no es como nosotros’. Le explico que la señorita Wilson es evangelista. Y que la oí predicar en una plaza. Los vecinos callan, divertidos. ¡Eso sí que no lo sabían! La inglesa predicando en una plaza. Nunca lo hubieran imaginado. Sí: un grupo de hombres y mujeres canta, y de pronto uno de ellos dice que la hermana Wilson (no sé si la llaman por su apellido o le dicen simplemente hermana) hablará para todos (1).

1 Orgambide, Pedro: La señorita Wilson, en La buena gente. Buenos Aires, Sudamericana. Incluido en A. Castillo, D. Sáenz, H. Conti y otros: El cuento argentino 1959-1970 antología. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo, vol. 107).

Ricardo Papadopulos, hijo de griegos y nieto de nómadas nacido en Rosario y afincado en la ciudad de Buenos Aires, Es el pastor pentecostal de la iglesia que convoca a 300 gitanos. Los domingos a la tarde, la vereda es un festín de polleras de colores, ojos preciosos, cabellos recién lavados y bebés regordetes. El pastor Ricardo tiene programa de televisión y de radio, y cada año hace dos viajes internacionales predicando en romaní. ‘Somos un pueblo decente. No van a ver una gitana prostituta. Nuestras costumbres son bíblicas. Un estudio dice que descendemos de Abraham y su tercera mujer, Cetura. La raza gitana es de origen israelita’, asegura el pastor (1).

Oraron los inmigrantes judíos a bordo del Galatz, buque de carga de bandera francesa alquilado por el Barón Hirsch, en 1891. El cuarto día empezó la tormenta con lluvia huracanada. El buque se hamacaba cada vez más fuerte. En la bodega el pasaje empezó a rodar mezclándose con los bultos y fardos. Se levantaban olas de casi ocho metros de alto que barrían la cubierta y se metían en la bodega, cubriendo con agua salada a los niños y mayores. (...) De repente llegó una orden urgiendo a todos los barones a subir a cubierta para rezar. Rezaron los Teilim (salmos) de memoria, con tanto fervor como nunca más he visto en mi vida. Entre nosotros venían tres hermanos Kaplán. El menor de ellos estaba entre los mástiles, seguramente agarrado para no caerse, y al romperse un palo le pegó en la cabeza y lo mató. Después de tres días cesó la tormenta y amaneció un día de sol. Salimos a cubierta a secar las ropas, mientras los marineros barrían y limpiaban los objetos destrozados.

Luego de un viaje en tren, prosiguen la travesía en el vapor Pampa, el cual llevaba unas 5 o 6 vacas en cubierta para ser faenadas por el Shoijet y tener carne kosher cada tanto, pero muchos no la comían pues las ollas eran treif (impuras) En el Hotel de Inmigrantes se suscita otro inconveniente: No sé de dónde surgió la versión que los cocineros y el personal eran judíos españoles y por consiguiente todo era kosher. Y ¡ah! Por primera vez durante todo el viaje, todo el pasaje disfrutó de una buena cena. Al día siguiente una comisión de mujeres fue a investigar a la cocina para ver si salaban la carne y se encontraron con una cabeza de cerdo sobre la mesa. Volvieron amargadas y tratando de vomitar lo que habían comido la noche anterior (1).

Vinculado a la religión recuerda Máximo Yagupsky, judío de Entre Ríos, a su abuelo: Muchos aldeanos plantaban junto a sus casas parrales o higueras. Y cierta vez, siendo yo muy niño aún, pregunté a mi abuelo por qué había plantado una higuera y por qué en el huerto de los Kaplan había una parra. Mi abuelo se sonrió y acariciándome, me dijo: ‘Cuando seas grande y estudies la Biblia, lo comprenderás. En el Libro de Reyes, está dicho que durante el reinado del más sabio de los hombres, el rey Salomón, los judíos gozaban de paz y seguridad y cada cual se solazaba a la sombra de una higuera o de su viña’. No lo entendí cabalmente. Mi abuelo era parco en el hablar. Pero más luego, toda vez que pasaba junto a la chacra del rabí don Israel Halperín, lo encontraba sentado al pie de su higuera, envuelto en su taled, el manto ritual, estudiando Talmud o leyendo los Salmos. Comprendí que don Israel gozaba en la campiña entrerriana del solaz esperado en Sion (2).

Había discriminación hacia quienes no eran judíos. Mauricio Goldberg relata que un judío no quería que su hijo se juntara con católicos: Mario conocía bien las palabras de condena que pronunciaba su padre al observar una cruz, había algo peligroso en ella pero Ernesto del segundo ‘D’ y Fito del primero ’B’ también tenían, ¡y deseaba tanto jugar con ellos! (4).

Chajchir, Mauricio: Viaje al país de la esperanza: Relato de un viajero del Pampa, en La Opinión, Buenos Aires, 8 de agosto de 1976. Reproducido en Asociación de Genealogía Judía de Argentina, Toldot # 8. Noviembre de 1998.

Celebrando la vida Preparamos el ajuar del bebé (Az el Diara) (1), se titula el texto en el que María Ch. de Azar describe una tradición relacionada con la llegada del primer hijo. Ella relata: La celebración es en este caso característica de los judíos de Aleppo que coincide casi exactamente como la festejan los sefardíes de los Balcanes y de Turquía.

Después de anunciar el primer embarazo de la hija, con la alegría que merece y que despierta en la familia (alejando así la fantasía de esterilidad) y pasado ya los cinco meses del mismo, la futura abuela participa a una reunión a las mujeres de la familia para iniciar la preparación del ajuar del bebé, especialmente dedicado a cortar los pañales y las fajas. Están invitadas las hermanas, tías, primas, hasta suegras y cuñadas, vecinas y amigas que conocen a la embarazada, donde además de festejar trabajaban en la confección de las prendas del ajuar.

El Pidión Haben -señala María Ch. de Azar- es una obligación que deben cumplir los padres de los primogénitos que pertenecen a la tribu Israel, quedando excluidos de la misma los padres que pertenecen a las tribus Cohen y Levi. (...) Una de las razones por las que se hace esta ceremonia es para cumplir el precepto positivo de preservar la vida del niño ya que desde tiempos anteriores al Éxodo, los paganos sacrificaban a sus hijos primogénitos, porque los consideraban seres divinos y de esta forma le rendían tributo al ídolo Moloj. (...) La ceremonia se puede realizar en la sinagoga o en la casa ante la presencia de un rabino, familiares y amigos; se desarrolla de la siguiente forma: primero los padres llevan a su hijo ante el rabino invitado, quien les consulta ante los presentes si este niño es fruto del primer embarazo, si no hubo aborto previo y si el parto ha sido natural, no con cesárea. El rabino toma al niño en sus brazos y le pregunta al padre: ¿qué prefieres, entregarme a tu hijo o rescatarlo? El padre responde: rescatarlo! entonces el padre sostiene los cinco selaim equivalente a 96 gramos de plata pura (monedas de plata que los rabinos suelen tener reservadas para esta ceremonia) y pronuncia las bendiciones por el rescate de su hijo, tomando las monedas las pasa sobre la cabeza del niño mientras el rabino enuncia recibí estas cinco monedas por tu rescate, según la fe de Moisés y de Israel. Se realiza un aduz (bendición del vino) con la copa de vino prueban el rabino, los padres y abuelos junto al cohen que es testigo del acto. (...).

La ceremonia Zeved Habat, más conocida entre los sefardíes como de las Siete Candelas se celebra a veces unos días después del nacimiento de la niña, o cuando esta cumple un año. Generalmente se organiza en la sinagoga, eventualmente en la casa con la presencia de un rabino, invitando a sus abuelos y otros familiares, organizando la fiesta y se prepara de la siguiente forma: la madre lleva en sus brazos a la beba y la entrega a la madrina, quien la acuesta sobre un fino almohadón de seda bordado o de encajes y puntillas, y en lento recorrido hacia el lugar de la ceremonia, donde está el rabino, los invitados expresan sus buenos deseos, mientras entregan sus alhajas, anillos y pulseras, aros y gargantillas además de confites y mogadós, como símbolo de abundancia, salud y felicidad. Se dispone una bandeja con siete velas, (en concordancia con el candelabro de 7 brazos) invitando a encenderlas a abuelos y a otras personas presentes. El rabino la bendice y coloca su mano sobre la niña, en brazos de sus padrinos. El sábado siguiente, el padre concurre a la sinagoga y es invitado a leer la Torah, pronuncia el nombre de su hija y el rabino reza el zeved habat, forma poética de referirse a la criatura. (...) Y se festeja con una excelente comida y exquisitos dulces en un brindis de color, aroma y sabor sefardí (1).

En Villa Mantero, Entre Ríos, nació Abraham Chajchir: El bris (circunscisión) fue realizado con gran pompa, había mohel y el administrador fue el padrino. Por eso lo llamaron también Mendel por un antepasado del administrador (1).

En su cuento Mate amargo, Samuel Glusberg evoca el bris del hijo del inmigrante llegado a la Argentina en 1905: Sabido es que: de cien judíos que llegan a juntar algunos miles de pesos, noventa y nueve gustan instalarse como verdaderos ricos. De ahí que el tío Petacovsky, que no era de la excepción, amueblara regiamente su casa, comprara piano a la pequeña Elisa, y con motivo del nacimiento de un hijo argentino, celebrara la circuncisión en una digna fiesta a la manera clásica. Era justo. Desde el asesinato del primogénito, en Rusia, el tío Petacovsky esperaba tamaño acontecimiento. Igual que Jane Guitel, él había soñado siempre un hijo varón que a su muerte dijera en su recuerdo esa oración del huérfano judío, que el mismo Heine recordaba en su tumba de lana: Nadie ha de cantarme misa,/ Nadie ‘cádish’ me dirá,/ Sin cantos y sin plegarias/ Mi aniversario fatal... (2).

La primera salida que hacían con el bebé –señala María Ch. de Azar- generalmente era para visitar a los abuelos. No se acostumbraba llevar el bebé a la calle o salir así como así a tomar un colectivo o al parque, no, sus padres armaban la primera salida, y la familia que la recibía cumplía con el ritual de hacer obsequios especiales. Los padres se engalanaban, el papá guardaba en su bolsillo una pedazo de shebe (piedra de alumbre usada para alejar miradas fuertes), la mamá adornada con sus nuevas joyas, el niño con sus ropitas primorosamente tejidas, sin olvidar de prenderle una manito de oro en el babero y una prenda celeste que podría ser la mantilla, color especialmente usado para evitar el mal de ojo. Esta visita se denomina Abra y los regalos para el varón, consisten en dos huevos duros, unos trozos de algodón y una canasta con dulces, que simbolizan larga vida, el algodón representa las barbas de rabino que esperan él se consagre, y para la niña, los regalos consisten también en dos huevos duros, un costurero y dulces, con lo cual el significado es claro, se desea para ella larga vida y buena ama de casa (1).

Otra celebración muy importante es el Slia, celebración que se cumple cuando al bebé le sale el primer diente inferior. Invitan a familiares y amigos, se prepara un postre a base de trigo cocido, endulzado con almíbar, aromatizado con coco, canela y agua de azahar, adornado con confites de colores, monedas de chocolate, y se coloca una velita en el centro. Los invitados que participan del festejo dejan algunas joyas en la fuente del Slia incitando al bebé que tome algunas con su manito, como augurio de larga vida y en abundancia. La abuela reza unas bendiciones, al tiempo que esparce algunos granos de trigo sobre la cabecita del niño mientras los demás le dedican coplas con buenos deseos que terminan con el típico zagluta de las mujeres presentes (ulular de sonidos que se emite golpeteando la lengua en el paladar, para alejar los malos espíritus) expresando también la alegría y el entusiasmo que sienten por participar en dicho festejo. Si primero le sale un diente superior, es mala señal, la madre debe comprar el equivalente del peso del niño en pan y sal, para luego repartirlo entre la familia (1).

Cuando demoran en hablar, sin entrar en detalles de los motivos de esos atrasos, se consulta al rabino, o bien a una curandera. Esta elección, tal vez entre una prole numerosa, significa en el niño un trato especial que expresa un poco más de afecto con lo cual, a veces, le ayuda a resolver dicho atraso. Incluyo el testimonio de un informante de Aydin (1), que relata una costumbre del lugar: sobre un niño de más de un año y medio de edad, que aún no caminaba, su madre lo metió en un canasto y ambos hermanitos lo llevaban uno a cada lado, lo pasearon por las calles, echando gritos Dale piezes, dale manos, dale piezes para kaminar las mujeres del barrio ya sabían de qué se trataba y qué hacer, echaban trozos de pan, algunas frutas y roscas dulce. Casi siempre la comida es una forma de expresión de buenos deseos, más allá de las palabras en bendiciones, dichos y por sobre todo de la fe religiosa, Los alimentos tienen un significado y un efecto simbólico y mágico que aparece en la mayoría de las celebraciones. Algunos contienen en la raíz de su palabra equivalente en hebreo, el sentido que se le otorga, otras desconozco, pero vemos que la comida además de saciar el hambre y alimentar, contiene ese valor simbólico que acompaña a expresar los buenos augurios o alejar posibles males. En todo caso, con la sabiduría popular de los sefardíes dedicada a celebrar cada uno de los momentos evolutivos del recién nacido realza su lugar en la familia y en el grupo y mantiene atentos a los familiares que ayudan a controlar su crecimiento. (1)(H. Gutkowski , Erase una vez Sefarad, pág.266) (1).

Mauricio Goldberg se refiere al Bar-Mitzvá, en su novela: Mario pensó en la ceremonia con que David había festejado los trece años. A su memoria acudieron los recuerdos del día en que había visto a varios amigos del padre sacando los muebles, colocando largos tablones sobre caballetes y descargando sillas en un camión. Mario permaneció en un rincón, observándolo todo, maravillado de tanto alboroto poco inteligible para sus escasos años. La madre, ayudada por una pariente, se había encargado de llenar la cocina con un humo apetitoso que empañaba los vidrios de la puerta. Y luego el tumulto de la noche con la algarabía de las botellas al ser descorchadas, su padre llevando bandejas y brindando con cada uno a la salud de su primogénito, la madre colorada de emoción y trajín aceptando las felicitaciones, Alberto paseando en brazos de una vecina y el palabrerío que estallaba chisporroteante contra las paredes dejando caer términos polacos, rusos, idish y argentinos en una alegre confusión (1).

En 1891, Mauricio Chajchir, de diez años de edad, llega a la Argentina con su familia. El relató lo siguiente: Nos acomodamos en la casa del inmigrante. Eran los días de Janucah. Uno que otro probó encender velitas, pero venía el sereno y las hacía apagar. Se le trató de explicar que era un asunto religioso, no lo entendía hasta que al final dio su aprobación (1).

María Arcuschín evoca el Pésaj de su infancia entrerriana: Para dicha festividad, nuestracasa se pintaba íntegramente y se cambiaba la vajilla. Todo tenía que ser renovado. Simbólicamente puro. Al despertarnos por la mañana, y ver todo distinto, nos daba la sensación de vivir en una casa nueva. Por la noche empezaba la festividad. Nuestros padres regresaban de la sinagoga, vestidos con sus mejores ropas (...) La mesa estaba puesta con sus mejores galas, iluminada por dos candelabros ubicados en el centro.. Un botellón de grueso cristal dejaba ver el vino que papá había preparado meses antes, haciendo fermentar la uva cultivada en el huerto casero. Esta era depositada en damajuanas colocadas en la galería, y así con el calor del sol fermentaban y se convertían en zumo exquisito. Mamá llenaba las copitas destinadas a cada uno de nosotros y para los invitados que rodeaban nuestra mesa, sobrinos cuyos padres habían muerto. Compartían nuestra cena y disfrutaban el significado de los festejos. A la cabecera, en medio de las copas de papá y mamá, se destacaba muy especialmente una copita de plata, cuya trayectoria fue muy larga. Viajó desde Ucrania traída celosamente y guardada en una caja, como una preciosa carga destinada a continuar la tradición (2).

Máximo Yagupsky evoca –en diálogo con Mario Diament- festividades judías: recuerdo la cena de Pesaj en mi casa con la presencia de don David Garovetzky. (...) Estábamos pues celebrando la Pascua, y don David propuso un aditamento al himno Daieinu, que se canta en esa celebración. Daieinu es el estribillo con el que se cierra cadenciosamente cada uno de los versos que mencionan los portentos que Dios ha hecho a favor de Israel. Don David, levantando la voz y girando su rostro de derecha a izquierda, dijo: ‘Habría que agregar otro verso en el que dijéramos: ‘Si el Señor, a más de habernos dado la libertad de Egipto, la Santa Ley, el día sábado, etcétera, no nos hubiera hecho venir a esta tierra ubérrima, ¿nos habría, acaso, dejado satisfechos?’. Y la concurrencia meneó la cabeza y respondió daieinu, daieinu (3).

Natalia Kohen evoca, en El gran sueño (4), la festividad de Pesaj. Relata la narradora, refiriéndose a su abuela llegada desde Ucrania: Me pide que la ayude ‘aunque sea un poquito’: estamos en Pesaj (1) y me transformo en su ayudante de cocina. Colaboro con el guefilte fish (2), con los farfalaj (3) para la goldene iuj (4), y con los kneidlaj (5). Con qué fruición hundo mis manitas en la harina de matze (6) húmeda, para moldear los bocadillos. Qué trabajo me da pronunciar esas palabras en idisch, la abuela me ayuda, y también a percibir los aromas apetitosos con que se va saturando nuestro entorno. (1) conmemoración de la salida triunfal del pueblo judío de su cautiverio en Egipto / (2) pescado relleno / (3) masa cortada en trocitos para acompañar sopas y guisos / (4) caldo de gallina / (5) bocadillos de harina de matze / (6) pan ácimo.

En La mesa de mis abuelos, Carlos Szwarcer evoca el Pésaj de los judìos inmigrantes: Vivíamos en el corazón de Villa Crespo, un barrio del centro geográfico de la ciudad de Buenos Aires. (...) de todas las fiestas celebradas en ese espacioso comedor espejado, fue Pesaj la que dejó en mí la huella más profunda. Desde chico, algo simple y contundente me marcó en cada conmemoración: el significado de libertad que emanaba de su historia. Trascendió más allá de lo religioso, de la tradición o de lo simbólico, y cada año fue adquiriendo mayor dimensión. Me aferro frecuentemente a la imagen de una familia que se encuentra en algún lugar de la memoria que hoy me parece paradisíaco, eran grandes momentos iluminados por la felicidad. (...)Tal vez una de las más bellas consecuencias de Pesaj sea que a través de sus festejos comencé a entender algo sobre del sentido de la vida. Después me dedicaría a la solitaria indagación sobre mis orígenes y a consolidar una profunda vocación por la historia. Pesaj, al fin, me dejó la libertad como principio y la responsabilidad como modo de vida. Sirva este recuerdo en honor a las familias y sus encuentros, y a ciertas festividades que ayudan a vislumbrar las complejidades de la vida y a modificar los caminos de nuestra existencia (5).

Luis León señala que la costumbre de celebrar la fiesta de Purim llegó al Río de la Plata con la inmigración. Los sefaradíes en esas ocasiones se juntaban con otras comunidades para elegir a la reina Esther en grandes bailes, que por la proximidad con el carnaval comenzaron a llamar los ‘carnavales de Purim’ Uno de los sitios más concurridos en esas ocasiones durante muchos años, era el salón Les Ambassadeurs y sus memorables ‘purim balls’. S.M., nos envía un recuerdo de los años 30’ y 40’. ‘Cuando en la sinagoga sefaradí de Villa Crespo, se nombraba a Amán, los más jóvenes repudiábamos su nombre con signos de rebeldía consistentes en producir fuertes ruidos haciendo caer las tapas de los guardalibros posteriores a nuestros asientos (6).

Juan Jorge Nudel relata que una familia de judíos argentinos observaba tres festividades: Los Goldman eran una familia judía creyente si bien no practicante, que se reunían todos en las fiestas tradicionales que a estas alturas sólo consistían en tres: Pascua judía (una noche), Año nuevo judío y el día del Perdón (7).

Yagupsky evoca asimismo el Iom Kippur, asociado a un acontecimiento desgraciado: Recuerdo cuando en el pueblo de Domínguez, en la noche de Iom Kippur, la más sagrada para el judaísmo, unos vándalos antisemitas penetraron en la sinagoga a altas horas y profanaron los rollos de la Torá, los hombres realmente cultos e ilustrados de la catolicidad de la provincia se hermanaron con nosotros en la indignación.

Relata que en una oportunidad, un criollo hizo una bendición en hebreo: don Manuel del Pozo, que era el criollo que estaba con su rancho junto a nuestra casa, venía todos los viernes a escuchar kiddush. Y cuando cierta vez mi padre se había ausentado a Paraguay, llamado por menesteres religiosos, vinieron don Manuel y su esposa, doña Polonia. Yo le dije: ‘Don Manuel, esta noche no hay kiddush porque papá no está’. Me replicó: Cómo no hay kiddush? Déme una copa’. Le servimos una copa y se hizo toda la bendición consagratoria del sábado en hebreo, de memoria. Y cuando se retiró dijo todavía ‘gut shabes’ (8).

Luis León escribe sobre Rosh Hashaná, el año nuevo hebreo, el cual no obstante el desfasaje del primer día con el del calendario gregoriano, es para toda la gente un momento de esperanza y alegría, donde se concentran expectativas y se busca celebrar con el resto de la familia (9).

Nissin Mayo recuerda las vísperas de Roshana en su casa paterna: Hacíamos selijot en casa, a la madrugada, cansados y con sueño, para exaltar a Dios y solicitarle perdón (selijot) por los pecados cometidos en el año que terminaba. Nos reuníamos mis padres (Marcos y Cadén) y nuestros hermanos, tíos, primos y amigos (los valientes de la madrugada). En los cantos que entonábamos se destacaban algunas voces sonoras y afinadas. Llegaba luego el ansiado desayuno con boios, borrecas, roscas y otras exquisiteces preparadas por mamá, que había aprendido el delicioso arte culinario sefaradí con su madre en Urlá, su pueblo natal de pescadores, en Turquía a orillas del mar Egeo, pegado a Esmirna. Después del selijot, ya estábamos espiritualmente preparados para recibir el nuevo año. Entonces nos deseábamos todos: una añada nueva que tengamos, con salud, alegría, hechos buenos, escritos en libros de vida.........Amén (10).

El sábado es festejado por un inmigrante en la Oda a los ganados y las mieses, de Leopoldo Lugones: Pasa por el camino el ruso Elías/ Con su gabán eslavo y con sus botas,/ En la yegua cebruna que ha vendido/ Al cartero rural de la colonia,/ Manso vecino que fielmente guarda/ Su sábado y sus raras ceremonias,/ Con sencillez sumisa que respetan/ Porque es trabajador y a nadie estorba (11).

Tambièn lo festeja un personaje de Ana María Shua: El tío Sansón llegaba jadeando, los sábados a la tarde, agotado a causa de los esfuerzos que debía hacer para no trabajar. Caminar, primero, cuadras y cuadras, para festejar el sábado en casa de su hermana porque viajar está prohibido. Golpear después con el mango del paraguas en la puerta de hierro hasta que alguien de la casa, desde el primer piso, lo escuchara, porque tocar el timbre está prohibido (12).

El 21 de abril de 1896, en Europa, murió el Barón Hirsch. En la Argentina, Durante largos meses fue llorado aquel inesperado desenlace y reinó luto en las colonias. Uno de los funerales más impresionantes se llevó a cabo en una escuela próxima al pueblo de La Capilla. Crespones negros ponían una muda manifestación de dolor en sus ventanas y en sus puertas; las grandes velas que ardían en su interior arrojaban su luz mortecina sobre el retrato del Barón, cubierto de velos negros –describe también José Liebermann-. Jinetes en briosos caballos, judíos y criollos, avanzaban en medio de un silencio rara vez interrumpido por alguna exclamación de protesta o de pena. (...) El cortejo fúnebre se fue renovando día y noche durante una semana. Eran colonos judíos que llegaban de las más lejanas aldeas para rendir el último homenaje a su redentor y cuyas voces temblaban al decir el kadisch mientras otros musitaban los salmos de David (1).

El funeral judío es evocado por Horacio Vázquez-Rial. El viudo, gallego, maravillado al ver que el cuerpo de Raquel, que él recordaría siempre en otra forma, era entregado a la tierra sin caja, juzgó que su retorno a lo elemental sería rápido y perfecto. Allí, en el cementerio, oyó a un anciano judío decir una frase que le acompañaría en lo que le quedase de vida; ‘Que el espíritu que el Señor le concedió regrese junto a él’ .

En esa misma novela se afirma que los judíos tratantes de blancas no podían ser enterrados junto a sus hermanos de fe. La comunidad judía creó una organización para protegerse de la Zwi Migdal, que atraía la censura de la sociedad hacia quienes profesaban esa religión, aunque la mayoría fueran inocentes. Cuenta un tratante arrepentido: Los judíos siempre se preocuparon mucho por la moral. Y por las apariencias. Había un comité de protección de las mujeres y los niños judíos. Hablaron con el rabino. (...) Y el rabino nos prohibió entrar al templo. Y después prohibió que nos enterraran como Dios manda (2).

María Inés Krimer es la autora de La hija de Singer, obra en la que –escribe Damián Tabarovsky- cuenta una historia sencilla pero potente: la muerte del padre y el duelo de treinta días que según la tradición judía deben transcurrir hasta la despedida (3). La novela fue distinguida con el Premio del Fondo Nacional de las Artes.

Mi duelo, lo que estoy viendo/ es el Gran Buenos Aires desde un cementerio judío./ -escribe Tamara Kamenszain- Con cara de cansado pasa arrugando un rabino/ la página de kaddish en el bolsillo./ En mangas de camisa lejos de esta pira de piedras/ asará los restos del domingo sobre otro mausoleo (4).

Matilde Bensignor se refiere al duelo por su padre, judío sefaradí: Cuando volvieron del cementerio, nos hicieron la Keriá. Desgarraron nuestra ropa y nos sentamos en Shivá, en el suelo, por siete días. Y comimos huevos jaminados, pasas de uva, queso. Y dijimos Kadish: (...) Sirvieron el café, sin adulzar. Y atendieron a los pobres. El que da sedacá, abalda la guizdrá. El Dio no ajarva con dos manos. Bendicho sea. Las mujeres sufús daban consuelo. Los hombres meldaban. Alababan a Dios. El duelo judío, sefaradí. Dar de comer al deudo. Acompañarlo en la Shivá. Siete días no trabajará y once meses, dirá Kadish. Al año, colocará la Matzevá. Y cantaron Salmos de Teilim... Los cánticos de David (5).

Mauricio Goldberg es el autor del Kadish para el hombre de la valija (6), obra en la que Samuel Glezer, un pequeño comerciante casado y con dos hijos adolescentes, es el responsable de exhumar el recuerdo de su padre, súbitamente fallecido. Su hermano es una figura ausente y su madre oscila entre la sobreprotección y la melancolía; ambos parecen desentenderse a su modo del duelo que toda pérdida conlleva. A instancias de su madre, Samuel escribe a los amigos de su padre, como él emigrantes forzados y sobrevivientes del exterminio nazi. A medida que recibe sus respuestas, Samuel se ve involuntariamente impulsado a un viaje en la memoria, que lo llevará a recordar su adolescencia en Colonia Doctor Levin y a rescatar situaciones y voces que resuenan en la identidad del pueblo judío. A través de una voz narradora pródiga en emoción contenida, Mauricio Goldberg ofrece en esta novela una reconstrucción de la figura paterna, al tiempo que reflexiona sobre los ciclos implícitos en toda vida (7).

En Villa Crespo de mi infancia, José Mantel recuerda un midrash, encuentro para homenajear a un difunto que se organiza al cumplirse un aniversario de la muerte de un judío. En esa oportunidad el ‘arrecibido que le sea’ era la infaltable frase para que le llegasen al difunto las oraciones, al terminar. Y ‘cafés alegres’, el deseo de despedida (8).

La religión impone a los musulmanes dos celebraciones importantes. Una es la ‘fiesta del sacrificio’, en la que se recuerda el día en que Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo Isaac para probar su fe en Dios, y que finalmente fue reemplazado por el sacrificio de un cordero. Isaac se considera un antepasado de la raza. La otra fiesta celebra el fin del ayuno del mes de Ramadán. Durante ese mes no se debe comer ni tomar nada durante las horas diurnas. Eso purifica el espíritu y el cuerpo, al tiempo que lleva al fiel a comprender la extrema pobreza y en cierta forma participar de ella (1).

Escribe Muhammad A.R. Ciarla: en medio de una sociedad católica de un país que reconocía la libertad de cultos, pero con una iglesia poderosa y conservadora, los musulmanes de Argentina se reunían discretamente, casi en secreto, en residencias privadas para celebrar las oraciones de las fiestas, y para continuar preservando su identidad islámica. Fue hacia finales de la década de los veinte cuando se fundaron las primeras entidades islámicas registradas legalmente, y en 1928 aparece en Córdoba la Sociedad Árabe Musulmana de Socorros Mutuos, y surgen otras en Buenos Aires, Mendoza y Rosario, hasta fundarse, en 1957, el Centro Islámico de la República Argentina, que era la asociación que representaba a todos los musulmanes del país. Tenía en su sede un gran salón que fue la primera mezquita del país, con un imam enviado por el Ministerio de Culto de Egipto. Veinte años más tarde, se construye en Buenos Aires la primera mezquita, en estilo arquitectónico sirioegipcio, y poco después, la Mezquita de Córdoba, en el centro del país, y luego la mezquita de Mendoza. En 2001 se inaugura en Buenos Aires, a pesar de una fuerte oposición por parte de ciertos sectores, el Centro Cultural Islámico y Mezquita, un monumental complejo en Palermo, una zona muy importante de la capital. El vocablo árabe da'wah, significa invitación, y en el contexto islámico es la prédica o propaganda religiosa. Lanzarse a tal actividad en Argentina algunas décadas atrás, era cosa insólita. En 1970, en la ciudad de Córdoba, un grupo de jóvenes musulmanes incursionó en esa experiencia, y es entonces cuando se producen las primeras conversiones. Los conversos eran jóvenes que provenían en su mayor parte de grupos hippies o de la izquierda. Diez años más tarde se organizan en un grupo, Yama'at ash Shabab al Muslim, la primera organización en Argentina cuyo fin es la da'wah, y por cuyo intermedio se islamizó gran cantidad de personas, en su mayoría jóvenes y de buen nivel intelectual. Otra entidad de Buenos Aires, El Centro de Estudios Islámicos desarrolló también actividades de da'wah con resultados bastante exitosos. Comenzaron también a surgir grupos sufíes, formados en general por personas lectoras de Gurdjief, René Guenon o Idrís Shah, deseosas de tener experiencias internas. La mayor parte de dichos grupos están dirigidos por personas con un conocimiento muy limitado del Islam (2).

El día 9 de diciembre de 1999 al aparecer en el cielo la luna creciente, la Comunidad Musulmana da comienzo a una de las más importantes festividades del Islam: el Ramadán. Esta festividad que transcurre a través de todo un mes, corresponde al año 2000 Cristiano. Al ser el calendario Musulmán puramente lunar, no tiene más de 354 o 355 días, siendo 11 días más corto que el Cristiano; con lo cual puede existir una diferencia de un día en la fecha dada y la aparición del creciente en el horizonte de alguna localidad. El mes Santo de Ramadán, se recibe con gran fervor religioso en el mundo islámico. Las tradiciones religiosas y sociales durante Ramadán han permanecido inalteradas y han unido a los musulmanes de hoy con sus antepasados. Es esta celebración, la más rigurosa disciplina espiritual impuesta: ayuno anual durante todo el mes de Ramadán, el noveno mes del calendario islámico; ayuno que llegó a ser obligatorio para todos los musulmanes adultos, hombres y mujeres (3).

El mes de ramadán (4), nos informa acerca de Los actos preferibles en la noche del decreto: Las noches del 19, 21 y 23: Según numerosas narraciones una de ellas sería la Noche del Decreto. Esta es una noche única en todo el año, ninguna otra tiene tal bendición ni mérito. La adoración en ésta supera a la adoración de mil meses. En esta noche se decreta el destino del ser humano para el año venidero, descienden los ángeles y el espíritu (un ser superior a los ángeles), con la anuencia de Dios y visitan a la Prueba de la época (Imam Mahdi P.) y le presentan lo decretado para los seres humanos. Las prácticas de estas noches se dividen en dos partes, una común a las tres noches y la otra específica a cada una de estas noches. A continuación se detallan las prácticas y se incluyen oraciones en árabe y castellano.

Habla el Arq. Mohamed Hallar, lo hace en idioma árabe y luego lo traduce: (...) Comenzamos analizando la necesidad de difundir el Islam en nuestra propia lengua española, y nos encontramos con que había una falencia muy grande en material en español, no solamente para la Argentina, sino para toda Latinoamérica, una idéntica situación. Entonces nos planteamos objetivos y metas a trazar. Hace 4 o 5 años el auge de la computación era de rigurosa actualidad, entonces ideamos una página de Internet que Alhandullillah ya han visitado más de 10 000 personas. En ella volcamos los conceptos y principios del Islam para los musulmanes que no tienen un buen conocimiento de nuestra doctrina y prácticas, para los que lo tienen y quieren reforzarlo y para las personas que quieren conocer nuestra religión, la religión de Allah Subhana Hua Tahala. Comenzamos con un gran esfuerzo y un gran sacrificio esa Página de Internet, pero lamentablemente caímos en la cuenta que a América Latina todavía le falta un tiempo determinado para que la comunidad pueda acceder a Internet en forma generalizada. Por ese entonces y paralelamente habíamos comenzado a editar algunos libros islámicos: 'Los Funerales en el Islam', porque nos tocó muy de cerca las vicisitudes y la falta de información que teníamos cuando murió Carlitos Menem (h), que como todos recuerdan se veló y se realizaron las prácticas islámicas en su funeral. Entonces dijimos que era necesario que en cada casa de Argentina y América Latina tenga el Libro de los Funerales en el Islam (3).

El pintor Georg Miciu Nicolaevici nació en 1946 en Bludenz, Austria, y llegó al país a los cuatro años, junto con su familia. Entrevistado por Héctor M. Guyot, él afirmó: Huyo de las religiones. Mi padre fue educado como ortodoxo griego y después pasó al protestantismo, pero yo me he salido de cualquier religión. Trato de ser cristiano, pero eso es una vivencia, no una doctrina (1).

El casamiento es una de las formas en las que el inmigrante se integra a la nueva sociedad. En un texto de Fray Mocho vemos a dos argentinas intentando una alianza matrimonial con un inmigrante, mas la misma no se da porque el italiano declara estar casado ya en su país. Ante esta situación, la tía de la joven lo increpa: -¿Y que más quedrá este condenao?... ¡Se necesita ser un gringo afilador, pa crer que una muchacha como mi sobrina sea capaz de fijarse en él si no es para casarse!... ¿Pa qué estarán los criollos?... ¡Aura mismo le habi’avisar al escribiento que no habías sido lo que parecés... condenao!... ¡Si hasta facha e’criminal en tu tierra t’estoy encontrando... verás con quién te has metido a tirar tiros al aire!... (1).

Sabemos que muchos extranjeros regresaron a sus patrias, pero otros dejaron atrás su pasado y crearon familias con mujeres de nuestra tierra. Alrededor de esta situación gira la existencia del protagonista de El mar que nos trajo, de Griselda Gambaro, quien se ve obligado a regresar a su país de origen (2), y del abuelo de la lombarda Laura Pariani, quien abandona a su familia italiana, y forma una familia nueva con una mapuche (3).

En el tango Un gallego, con música de H. Fréderic, escribe Armando Tagini: Los ojazos de una criolla,/ que con frecuencia le vieron,/ en el gaita produjeron/ la llama de la pasión./ Y un puro amor/ nació con gran frenesí (4).

Haberse casado con alguien con una historia distinta, puede volver difícil la convivencia. En Cuando el tiempo era otro, escribe Gladys Onega: otro dolor eran las peleas entre mis padres, y que además los chicos magnificábamos. Estaba el choque de culturas entre un gallego y una criolla que nunca pudo entender la cultura gallega (5). No sucedió lo mismo a los padres de Patricia Palmer. Dijo la actriz: Mi padre era economista y filósofo, un catalán de ideas anarquistas que venía del horror de la guerra. Mi mamá, en cambio, era una nena bien de acá, hija única, y no había vivido nada. Pero cada uno fue el complemento perfecto del otro (6).

Algunas mujeres recibían la llamada de sus novios o maridos. En Amor migrante, de Stella Maris Latorre, un gallego escribe a su novia, en 1943: sabes Olimpia no es tan fácil la vida aquí como la pintan, todo lo que tengo me ha costado mucho sacrificio, sobretodo gran dolor el no tener donde apoyar la cabeza para derramar esas lágrimas a veces por las grandes injusticias, a las cuales no puedes hacerles frente, porque siempre eres uno de afuera y debes agachar la cabeza, ahora estoy muy bien pero pagué mi derecho de piso como le llaman aquí. Ahora soy patrón, este hotel está esperando a su patron, pienso que ya es tiempo de que vengas aquí a Buenos Aires, nos casaremos en una Iglesia que se llama De La Piedad es muy antigua y hermosa, queda cerca de nuestro hotel; ya ves lo que digo ‘nuestro Hotel’, (...) quiero que me contestes pronto, quisiera que para el mes de septiembre a más tardar te decidas a venir, en esa época aquí es primavera, es una época hermosa, donde florecen las plantas, las amarillas se llaman aquí son las xestas nuestras, así florecerá nuestro amor, deseo me contestes pronto, haremos los preparativos, para hacer una boda bonita, como tú te lo mereces, no te ates por tus hermanos, más adelante los podemos traer si ellos quieren venir, Olimpia haz de cuenta que estoy a tu lado acompañándote, pronto lo estaremos de verdad, ya verás te acostumbrarás (...) espero me contestes pronto, disculpa que insista pero necesito poner fecha de casamiento. Me despido de ti con un abrazo de tu Manuel Machado Ocampo (7).

En La Australia argentina, relata Roberto J. Payró: Miss Mary X venía de Londres, se había detenido en Buenos Aires sólo para aguardar la partida del transporte, y se dirigía a Río Gallegos, también en busca de una posición social. Iba a casarse. Ella misma nos hizo la confidencia: en la capital del territorio de Santa Cruz la aguardaba un prometido, un inglés, mister M., bien colocado, estanciero, a cuyo lado pensaba ser feliz. Lo conocía desde muchos años atrás, y no lo había visto hacía largo tiempo. El compromiso se contrajo por medio del correo: ‘Si usted quiere casarse...’ ‘Sí señor; quiero...’ ‘Entonces venga, que la aguardo...’ E iba. Iba sola, defendida únicamente por su valor de inglesa acostumbrada a manejarse por sí misma en el mundo, y por el natural respeto de los demás; los sajones han observado bien y prácticamente: mejor defensa es la educación que el cerrojo, y la mujer modesta y enérgica lleva una égida en que se embota, en medio de la sociedad naturalmente, la grosería y el apetito de los hombres (8).

Algunos extranjeros se casaban por poder, práctica que Syria Poletti consideraba un anacronismo. Su novela Gente conmigo obtuvo el Premio Internacional de Novela convocado por Editorial Losada en 1961, y el Premio Municipal de Buenos Aires en 1962. En esa obra, la traductora Nora Candiani expresa: Jamás pueden llevarse bien los que no se conocían de antemano y resuelven casarse por poder como quien resuelve entre dos males: o eso o la miseria (...) Es una escapatoria, no una elección. Todas esas muchachas que llegan aquí casadas por poder y se enfrentan con la incógnita de un marido desconocido me dan la impresión de seres arrojados por algún éxodo... No sé... Una especie de aluvión acosado por fuerzas oscuras que desborda por el mundo a tontas y a ciegas... (9).

Aurora Fiorentini describe la ceremonia religiosa de casamiento por poder. Una inmigrante italiana llegó a la Argentina en el año 1954, después de casarse por poder con su antiguo novio, su paisano, que había llegado algunos años antes para hacerse una posición y estaba trabajando con mi padre. Cómo se actuaba en estos casos? La novia se casaba en la iglesia de su pueblo y en el lugar del marido actuaba un representante. Por suerte Laura (llamémosla así) se casaba con su novio y en la ceremonia estaba presente su cuñado. Pero tantas muchachas llegaron a la Argentina casándose por poder y habiendo conocido a su esposo sólo por carta y por fotos, recién lo conocían en persona una vez llegadas aquí, jóvenes y solas, habiendo dejado atrás la familia y su patria (10).

En su novela Mientras la luz se va (11), Noemí Cohen relata la historia de Elena, una joven sefardí que viaja desde Alepo a la Argentina, a principios del siglo XX, para encontrarse con su futuro y desconocido esposo (12).

En Moira Sullivan, de Juan José Delaney, la protagonista escribe una carta fechada en 1932, en la que expresa: Debo decir que pese a que los hijos de Erín se jactan de haberse integrado con el resto de la población, la verdad no es exactamente así. Tienen sus propios colegios, sus propios templos y clubes, y quien comete la osadía de casarse con un nap (¿napolitano y por extensión italiano?) o con un gushing (derivado, probablemente, del verbo inglés to gush, que significa hablar con excesivo entusiasmo y que es un neologismo para aludir a los gallegos y también por extensión a los españoles), se aíslan o son lenta pero inexorablemente segregados. En verdad esto ocurre con casi todas las comunidades extranjeras que se han radicado acá: árabes, armenios, ucranios y, muy especialmente, judíos. Para no hablar de los británicos que a su injustificado desdén agregan cierto cinismo ancestral (13).

En Tablero desierto, cuento de Héctor Alvarez Castillo, un alemán contrae enlace en la nueva tierra. Relata el protagonista: La historia familiar que alcancé a conocer es sencilla. Si soy sincero debo confesar que a ella la vi más de un par de veces. Mi amigo descendía de alemanes. Su padre llegó a Buenos Aires durante el segundo gobierno de Irigoyen en un barco que lo trajo de África, de un continente que no era su país, a otro más alejado aún del mundo en el que se había criado. Provenía de una ciudad cercana a Berlín. En ella había logrado un título de ingeniero que lo conectó dentro de la comunidad germana ya instalada en el Río de la Plata y, en una de las reuniones a las que con frecuencia era invitado, la esposa del hombre con quien comenzara a trabajar le presentó a Eloisa. Una joven delgada que vio a su primer hombre en esa velada con el pudor y la ambición en tornadizo vaivén (14).

Cuenta Sara Kinderman: ‘Soy una casamentera de la década del 30 y del 2000. Guardo las fichas de recuerdo –dice ella, que ya cumplió 66-. Casé a varias generaciones de una misma familia’. Lo suyo son los enlaces hebreos. ‘¿Viste las cosas terroríficas que nos pasaron a los judíos? La gente de la colectividad quedó destrozada. Son los que más me necesitan. Nunca discriminé a otras colectividades, pero primero quiero acomodar a mi gente’, asegura sentada frente a una mesa con mantel bordado al crochet (15).

En Frontera sur, un gallego dice al padre de su novia judía: Si usted lo aprueba y ella lo desea, nos casaremos. Entonces Raquel será rica, porque yo soy rico. También debo informarle que si usted no lo aprueba, pero ella lo desea, nos casaremos sin su bendición. Estamos en la Argentina, no en el sur de Polonia. Eso es todo (16). El judío manifiesta no tener prejuicios.

Dina Dolinsky recuerda: En el caso de mi familia la colonia piamontesa fue aquella en la que se dio con mayor énfasis el mestizaje cultural. Era corriente, cuando yo era adolescente, que miembros de aquella comunidad entendieran el idish y la nuestra el piamontés o al menos el italiano. Creo que aún con el gran número de matrimonios mixtos se mantuvo nuestra identidad sin desdibujarse (17).

Un asturiano, personaje de uno de los relatos de Hilel Resnizky, tarda en aceptar a su yerno judío: El viejo José Molinas era testarudo y, para decirte la verdad, tacaño. Por muchos años alejó de sí a su yerno judío, enfrentándose con el rencor de su hija. Al final se rindió y lo hizo socio. Molinas Grun. ‘San Jacobo’. Así llamó Marcos Grun a la estancia que compró en Santa Cruz, en recuerdo de su padre (18).

Para un personaje de Ana María Shua, el casamiento fue el origen de conflictos familiares: Tía Judith contó que un día estaban todos sentados comiendo y el abuelo se paró y dijo que en su mesa no podía comer una hija suya que anduviera con un cristiano. Tía Judith le dijo que no pensaba levantarse y que tampoco pensaba dejar a su novio. Entonces el abuelo Gedalia, que nunca la había tocado para hacerle una caricia o darle un beso (según decía la tía Judith), se levantó de la silla y la agarró del brazo y la llevó al vestíbulo y le pegó, y la tiró al suelo (según decía la tía Judith) y la pateó hasta dejarle todo el cuerpo lleno de moretones y le dijo que ya no era su hija (según decía la tía Judith) (19).

Sufre un judío creado por Mauricio Goldberg, al enterarse de que su hijo está enamorado de una mujer ajena a la colectividad. El hombre se pregunta: ‘¿Acaso no le importan su madre, la gente, los clientes? ¿Qué voy a decir? ¿Qué mi hijo se casó con una ‘goie’ de Chacarita?... ¡Qué me importa la familia!, dirá. ¿Te das cuenta de lo que nos hace? Pero yo debería habérmelo imaginado. Lo único que entienden es una cachetada. Si pudiera darle todas las que olvidé ¡Si pudiera sacarle esas ideas que tiene! Dice que la quiere y que... (20).

Una italiana católica conoce a su futura nuera, alemana protestante: La señora Irene era muy católica, de comunión diaria y colaboraba con el párroco en las labores sociales de Adrogué. El hecho de que Christina fuera protestante no contribuyó a facilitar las cosas (21).

Entre los armenios, la marcada conducta matrimonial endogámica responde a la desaprobación de los matrimonios mixtos en el seno de la comunidad por una cuestión de autodefensa del grupo (22).

Los gitanos también se han aggiornado en otras costumbres. Antes los casamientos o las uniones de pareja las acordaban los padres y debían hacerse entre gitanos. Ahora cada cual tiene derecho de elegir con quien va a formar pareja. Incluso puede hacerlo con alguien que no pertenezca al pueblo. Margarita nació en Catamarca, su marido la conoció en algún punto del viaje a ningún lugar y el amor no se tuvo en cuenta a la hora del casamiento. Los padres de él me pidieron. Lo acepté porque era gente muy buena, me trataba muy bien y me enseñaron todo. Yo no lo quería, pero igual tuve que aceptarlo. Después confiesa que la primera noche me gustó y se quedó con él. Nosotros somos así, respetamos mucho a nuestros padres y suegros. La madre de Margarita no quiso a su marido porque era flojo para los negocios, pero nacimos nosotros y por vergüenza no lo dejó. Los dos están fallecidos. Ella había nacido en Roma y él en Grecia (23).

De la colectividad italiana es el festejo que recuerda Carlos Ibarguren, en La historia que he vivido, sus memorias. Se ha casado Darío Nicodemi: el casamiento fue celebrado con una fiesta en la modesta casa del barrio en que vivía la novia. Concurrió allí invitado el elemento gringo de la vecindad con sus respectivas familias –algunas con hijos argentinos- y varios amigos de Darío, entre los que yo me contaba. Se bailó animadamente hasta la madrugada en el patio, al compás del acordeón, ocarina y flauta; de la cocina, donde se jugaba a la morra, partían vociferaciones en italiano, mientras el moscato y el nebiolo espumante enardecían los ánimos sin distinción de edad, sexo ni nacionalidad; y aún recuerdo cómo nos atrajo a los muchachos la bella Carlota, hermana del desposado, que resultó esa noche, reina indiscutida de aquel regocijo meridional (24).

En Palermo, en las primeras décadas del siglo XX, Fernando Da Salerno, protagonista de un cuento de Fernando Sorrentino, se casa con una descendiente de libaneses. Relata el narrador: En aquella época los árabes –o, al menos, los libaneses de doña Ibrahima- tenían la costumbre de que los recién casados se retirasen temprano de la fiesta para tener su primera cena en su nueva casa (26).

Carlos Szwarcer se refiere a los casamientos sefaradíes: El Izmir ofrecía un ámbito para la magia, el ensueño y la sensualidad a un público casi exclusivamente machista. Aquellos varones que lo frecuentaban para acortar la distancia entre la Reina del Plata y sus lejanos pueblos de mar se casaban. La ceremonia religiosa, con ritual sefaradí, se iniciaba generalmente a la vuelta, en el Gran Templo de Camargo 875 y algunos mozos del lzmir se convertían en ‘mozos de boda’ (27).

La alegría de los esponsales judíos en el litoral es evocada por Máximo Yagupsky, quien dice: El casamiento judío consistía de grandes celebraciones. Se improvisaba una gran tienda hecha con las lonas que se usaban para proteger las parvas de las lluvia. Se hacía un alegre festín con todo el ritual, la jupá, es decir, el palio nupcial, la música y danzas. Y naturalmente había mucha comida y había también comida para los gauchos vecinos, los cuales se reunían afuera a saborear los manjares y dulces. Y mientras los músicos ejecutaban melodía judías o rumanas, los gauchos, afuera, tocaban el bandoneón o la guitarra y bailaban también. En algunas ocasiones se cruzaban las rondas del freilej o la tijera, con el chamamé, el tango y el pericón (28).

En las colonias alemanas del Volga –escribe Olga Weyne- , otra ceremonia realmente pintoresca –en la que parece haber alguna influencia rusa- era el casamiento. Antes de la boda propiamente dicha, se realizaba una teatralización grupal del pedido de mano y hasta se podía simular un rapto de la novia. Toda la aldea participaba en los festejos, todos acudían a la ceremonia religiosa y posteriormente al festín, generosamente servido, que podía durar días (29).

Nos encaminamos al Hotel de la Amistad, buen edificio situado cerca del templo y en la plaza. El Hotel pertenecía a Wart por el día y la noche, pues debían celebrarse allí las bodas, en unión de los numerosos convidados, á los cuales acababan de agregarse las autoridades políticas y judiciales. En un vasto salón estaba preparado el banquete de ciento treinta cubiertos, con un servicio y menú que fue para mí otra sorpresa. Era digno de un restaurant metropolitano de segundo orden y los vinos estarían bien en una mesa de la Confitería del Aguila o del Café de París. (...) El baile tuvo para mí su momento de sorpresa y casi diré de angustia. Los colonos acostumbran hacer un intermedio a media fiesta para tributar homenage a la República Argentina, bailando un aire nacional: el gato. La costumbre exige que sea bailado por el argentino más distinguido que asiste a la fiesta, el cual elije su compañera. El honor correspondía al coronel Rodríguez, pero atenta su edad fui designado yo y no hubo excusas, ni remedio. Consoléme elijiendo una preciosa colona y haciendo la señal de la cruz, evoqué mis recuerdos del Carcarañá y la Candelaria y salí del paso más muerto que vivo, entre los aplausos y aclamaciones del gran círculo de espectadores (30).

8. Payró, Roberto J.: La Australia argentina, fragmento incluido en Wolf, Ema (texto) y Patriarca, Cristina (investigación): La gran inmigración. Ilustraciones de Daniel Rabanal. Buenos Aires, Sudamericana, 1997. Sexta edición. 226 páginas. (Sudamericana Joven Ensayo).

17. Dolinsky, Dina: Argentina, judía, provinciana, médica, narradora..., en Feierstein, Ricardo / Sadow, Stephen (compiladores): Recreando la Cultura Judeoargentina/3 Crecer en el gueto. Crecer en el mundo Tercer Encuentro Internacional de Intelectuales Rosario 2005. Buenos Aires, AMIA, 2005.

¿Cuáles fueron los oficios que desempeñaron quienes llegaron a la Argentina entre 1850 y 1950, en sus tierras natales, en el barco y en nuestro país? Me refiero a ellos, a partir de testimonios de inmigrantes, sus descendientes, escritores, historiadores y periodistas.

Muchos inmigrantes y quienes escribieron sobre ellos nos hablaron de los oficios que desempeñaban en su tierra natal. Salvo contadas excepciones, es constante la referencia a la pobreza de estos hombres y mujeres que buscaron en América una nueva vida.

En El mar que nos trajo, dice Griselda Gambaro que Agostino Cada atardecer, salvo que el tiempo lo impidiera, salía en barca bajo patrón en jornadas que, según la pesca, concluían al amanecer o al mediodía siguiente. Se trabajaba mucho y se ganaba poco. (...) Ellos estarían condenados al mismo ritmo de trabajo toda la vida: la pesca, la venta a precios viles y el ocio destinado al arreglo de las redes (1).

En La noche lombarda, Atilio Betti evoca los oficios de sus mayores: la cría de ganado, la caza de ranas, la hilandería, la tintorería y el cultivo del arroz. Se refiere asimismo a los trabajadores golondrina, quienes viajaban de Europa a América, de la Argentina a Italia, para ganar el jornal en la época de la cosecha (2). (Alberto Sarramone afirma que posiblemente fue el escritor Víctor Gálvez, el que les dio el apelativo, pues decía en 1888, ‘Hay extranjeros que se asemejan a las golondrinas, son aves de paso, vienen cuando el invierno está en sus bolsillos (3).

Agricultores y pastores eran los Dal Masetto en su tierra lombarda. Lo relata el hijo en un reportaje: Cuando retozaba por las montañas de Intra, su padre Narciso y su madre María eran campesinos. Cultivaban todo tipo de verduras y frutas: hileras de vid para hacer vino. (...) él era el encargado de sacar a pastar las ovejas y las cabras (5).

Había también inmigrantes con alguna formación. Un extraño oficio, heredado de su abuela, ejercía Syria Poletti en Friuli: escribía cartas para quienes se habían marchado (6).

La docencia era otra de las profesiones de quienes emigraron. El anarquista Severino Di Giovanni -dice Osvaldo Bayer- había sido maestro en Italia, pero sus estudios no eran universitarios (7), y se había iniciado en el oficio de tipógrafo en su tierra. Había sido maestro asimismo Valentín Bianchi, quien luego sería empresario en Mendoza: La escuelita en la que Valentín ejerce su profesión de maestro queda a poca distancia del pueblo. La responsabilidad asumida lo entusiasma. Su medio de movilidad para llegar a la escuela es una bicicleta que domina con admirable habilidad. La ruta no es fácil por sus pronunciadas bajadas, subidas y curvas a todo lo largo del trayecto (8). El luthier José Yacopi, nacido en la provincia española de Alava, hijo de un genovés, era profesor de guitarra en España (9).

Y personal de servicio, como la madre de la protagonista de Diario de ilusiones y naufragios, que había sido ama de leche en casa de una marquesa (11), en España. Como podían subsistían unas catalanas: En España vivíamos en San Gervasio, a pocos kilómetros de Barcelona –cuenta Remey-. Y yo recuerdo que cuando empezó la guerra, mi papá nos fue a buscar al colegio en bicicleta y ya estaban todos los guardias civiles muertos... yo tenía nueve años. Mi padre falleció en esos días, de apendicitis. Así que mamá se quedó sola con los cuatro hijos. Yo, la mayor y mi hermana menor con nueve meses. Me acuerdo de que para poder vivir, mi mamá hacía estraperlo, contrabando de comida. Iba a los pueblos, compraba comida y la traía en el cuerpo, puesta. (...) en un viaje, en el que traía arroz en unos tubos escondidos en unos corsets, los guardias se dieron cuenta, y entonces mi madre se tajeó todo el corset, porque si la comida no era para nosotros, no se la iba a quedar nadie...Con mi hermana aprendimos y hacíamos estraperlo de carne, en las valijas del colegio... esa carne se vendía y podíamos subsistir (12).

Muy pequeña también empezó a trabajar la asturiana Carmen Díaz: cumplía con su rutina de hierro. Aprendió a ordeñar, llena de prevenciones, en la edad de las primeras muecas. Su madre, que no andaba para remilgos, la obligó de mala manera a perderle respeto a la vaca, ese monstruo gigantesco e imprevisible. Cada madrugada, Carmina andaba a pie cuatro kilómetros hasta una cabaña, ordeñaba la pinta y bajaba con la leche para sus hermanos. Luego regresaba para limpiar la boñiga y cuidar que las vacas de Teresa no pastaran en los sembradíos, hasta que los tábanos del mediodía las picaban y ponían nerviosas, y entonces mamá las metía de nuevo en la cuadra y llenaba de pasto el pesebre. La mayoría de los días madre e hija araban la tierra descalzas. Muy de vez en cuando su tío Rogelio les regalaba un par de alpargatas (13).

Doña Pilar es una inmigrante española casada con un italiano, ambos personajes de Pájaro de barro, de Samuel Eichelbaum. La inmigrante opina acerca de las mujeres argentinas: En este país, las mujeres jóvenes no trabajáis. Eso está mal. En mi tierra... En mi tierra, cuando las mujeres tienen tu edad, las ponen a trabajar en los olivares... (14).

En el orfanato italiano en el que vivía Agata, el personaje de Dal Masetto, trabajaban desde muy corta edad: Todas las mañanas nos levantábamos a las seis para asistir a misa. Después concurríamos a clase y el resto del día teníamos que trabajar. Las mayores bordaban y tejían. Sabíamos que el orfanato vendía esa producción afuera. A las más chicas nos hacían arrancar yuyos, juntar ramas secas, cuidar los animales, acarrear baldes de agua, apilar el heno. Pero lo peor era cuando me mandaban a cuidar que la vaca, mientras pastaba, no se pasara a la parte sembrada. Le tenía miedo.

De vuelta en su casa, Agata colabora en la vendimia: No eran más que un par de días, pero estaban tan llenos de acontecimientos que se me antojaban semanas. Venían dos primas mías a ayudarnos, las hijas de mi tía Giulia, que tenían más o menos mi edad. Se quedaban a dormir y por lo tanto la agitación seguía inclusive durante la noche. Nos enloquecíamos corriendo entre las vides, cortando los racimos y cargando los canastos. Después nos descalzábamos, nos metíamos en la tina y, entre risas y empujones, íbamos pisando la uva.

A los trece años, Agata empieza a buscar trabajo: En realidad, otras personas, amigas de mi padre o de Elsa, lo buscaban por mí. Hablaban con jefes y encargados, venían a vernos para contarnos los resultados de las conversaciones. Tarni no era un pueblo grande, pero había muchas industrias. (...) Para mí la fábrica era (nadie me había sugerido lo contrario) el elemento que aseguraba el salario, la imagen que sostenía una oscura ilusión de progreso (15).

Lajos Fehér, en su Hungría natal, comenzó como cadete en una gran empresa textil donde al cabo de un tiempo llegó a ser Gerente. (...) Una de las primeras leyes que impusieron en Hungría, establecía que no podía haber ninguna empresa en el territorio en el que el número de empleados judíos superase el 1 por ciento del total empleado. El resto del personal debía ser probadamente católico. La empresa donde trabajaba Luis, estaba conformada al revés en los porcentajes. Los judíos eran alrededor del 90 por ciento. (...) De la noche a la mañana, Luis se encontró sin trabajo pero con una importante suma de dinero entregada como indemnización por los dueños de la empresa. Estos, ante la confiscación de la misma y sabiendo que iban a perder todo, decidieron aumentar esos valores hasta los límites máximos, aún a costa de cierto riesgo personal, y entregárselos a toda esa gente que tan fiel le había sido por tantos años, en lugar de dejarla en manos de ese gobierno pro-nazi (17).

En Memorias de Vladimir (18) -novela de Perla Suez galardonada con el White Ravens, 1992, Biblioteca Internacional de la Juventud de Munich, Alemania, y ALIJA, Asociación Argentina de Literatura Infantil, Sección Nacional del IBBY-, relata el protagonista: Nací en la aldea de Porskurov hace mucho tiempo. El zar mandaba en Rusia, el zar Nicolás II. No conocí a mis padres. Fui criado por mi tío Fedor. A los diez años hachaba leña de la mañana a la noche por apenas un copec. (...) Tío Fedor era colchonero, guardaba la máquina de cardar en el cobertizo. A veces para soportar el miedo yo cardaba lana. Cuando oía chirriar el cerrojo de la puerta y reconocía sus pasos, mi corazón volvía a su remanso.

En Rusia se recibió de partera una de las inmigrantes que evoca Bernardo Verbitsky en Hermana y Sombra. Recuerda el hijo La verdadera revolución para la cual necesitó un temple que entonces yo no estaba en condiciones de apreciar la realizó al inscribirse en el primer año de la Escuela de Parteras de la Facultad de Medicina, dispuesta a realizar íntegra la carrera que ya había estudiado en su país natal. Esto resultaba más largo que revalidar el título pero desde el punto de vista de la preparación, más sólido, y simple, pues evitaba la obtención y legalización del diploma y los documentos, entonces imposible por la falta de relaciones diplomáticas (19).

José Mantel: Yaacov Avayú y su esposa, Esther Bensignor, vivían en la Muntaña en los alrededores de Izmir con sus cinco hijos. Donna, la bojora, Shelomo, Muis y las buchukas (1) Clara y Cadén, mi madre. Era un excelente artesano zapatero, con taller propio y varios obreros, con un buen pasar económico. Habilidoso en tareas manuales, había construido un corral donde tenía un macho cabrío negro de gran cornamenta. Pese a la apacible vida de la familia, la inestable situación política y la perspectiva de un servicio militar muy riesgoso, hizo que sus hijos varones emigren a la Argentina, más precisamente a Entre Ríos (20).

El sirio Ale Iussef era colchonero: Manzli, provincia de Lataquia, Siria, primeros años del siglo XX; un aldeano llamado Ale Iussef, nacido un quince (15) de Febrero de 1884, realiza sus oficio de colchonero con alegría, mientras abre la lana piensa en su familia compuesta por su esposa Rabía Ianus Asakhj y tres hijos. Rentaban la casita donde vivían, modesta y linda, con plantas frutales, parral, un jardín y una quinta donde las verduras de la estación, nunca faltaban. Un poco más alejado, el corral con las cabras, leche y lana que diariamente llegaban a pastar en las inmediaciones. Un hogar como tantos otros, en las montañas del norte sirio, si bien tenían lo indispensable para vivir, no les quedaba dinero como para pensar en cuestiones de progreso y futuro (21).

Algunos inmigrantes pagaron el pasaje con su trabajo. Miguel Frías recuerda que su abuelo trabajó durante la travesía. En 2000, en el pueblo de su antepasado, el nieto imagina el día en que partió el italiano: No sé lo que piensa en esa mañana de 1913 y ya no se lo puedo preguntar: tal vez, en el reencuentro con su padre, trabajador en las cosechas argentinas; tal vez, en la leña y las moras que debió robar para sobrevivir al invierno; tal vez, en la cocina del barco donde trabajará para cruzar el Atlántico (1).

Deyacobbi, otro italiano, se embarcó en 1882 como polizón, pero fue descubierto. Entonces, lo pusieron a trabajar: quedó a cargo del panadero del barco que le enseñó su oficio y le dio al llegar a Buenos Aires una recomendación para la empresa Molinos Río de la Plata. Esa vinculación gravitaría en su futuro: en Molinos, comenzó como corredor de comercio y por azar conoció los pagos de Mar del Plata al llegar con un barco cargado de harina que demoró más de un mes en descargar. Su primer emprendimiento fue la compra del Molino Luro en sociedad con Guillermo Roux (2).

En muchos de los textos que leímos aparece el inmigrante como una persona laboriosa, que logra un bienestar económico valiéndose de su habilidad en distintos oficios o en el comercio. En la Argentina, ellos trabajarán duro para lograr un bienestar y para brindarles a sus hijos un futuro mejor, aunque algunos de estos hijos –como los que presentan Cambaceres en su novela En la sangre (1) y Félix Lima en Pedrín (2)- no sepan agradecerlo. Muchos inmigrantes se ocuparán en la misma tarea que en sus países de origen; otros, deberán aprender nuevas formas de ganarse la vida.

Marío Bunge destaca la laboriosidad de los inmigrantes, cuando dice: Me hubiera gustado vivir mi vida adulta entre 1880 y 1930. Esa fue la Edad de Oro del País. Fueron los tiempos en que vinieron montones de gallegos y gringos a trabajar duro y a enseñar a trabajar con su ejemplo. Entonces fue cuando nacieron la agricultura a gran escala, la industria nacional y el Estado moderno. En esa época se pasó de la barbarie a la civilización. (...) Es verdad que también se cometieron crímenes tales como la guerra genocida y rapaz contra los indios. Pero en definitiva lo bueno pesó más que lo malo (3).

En esa época –afirma Carlos Ibarguren en La historia que he vivido- aparecían millonarios que pocos años antes habían llegado al país sin un centavo en el bolsillo o con muy poco capital. Era el caso de Carlos Casado del Alisal, español; de Pedro Luro, vasco francés; de Ramón Santamarina, vasco español; de Eduardo Casey, irlandés, propietarios todos ellos de enormes extensiones de campo; o de Nicolás Mihanovich, dálmata, que empezó como botero y ya era dueño de varias empresas de transporte fluvial, algunas con sede en Londres; o de Antonio De Voto, italiano, fundador de un barrio en Buenos Aires, al igual que Rafael Calzada, español, o de Francisco Soldati, italiano y muchísimos más cuyos apellidos hoy figuran en los rangos de la más alta sociedad (4).

Evoca el sentimiento que impulsaba a todos por igual: Un optimismo irresistible, un frenético entusiasmo contagiaba a todos. A los argentinos, que veíamos la súbita transformación de nuestra modesta República en una nación rica y opulenta. Y también a los extranjeros que estaban embarcados en la aventura fascinante del progreso, la riqueza y la mágica transformación de sus vidas.

Los argentinos conocemos bien las virtudes de los inmigrantes: Quien se sobrepone a grandes dificultades será, posiblemente, una persona valiosa para el país que lo recibe, escribe Clara Obligado (5).

Eduardo L. Holmberg evoca en La pipa de Hoffmann (1) a un judío alemán que Conocía profundamente la historia y la literatura antiguas, las pocas reliquias de la edad media, y era capaz de apreciar los grandes hechos y los grandes hombres de los tiempos modernos y contemporáneos.

En El sur, Borges nos dice de qué trabajaban un inmigrante y uno de sus descendientes: El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino (2).

La inmigración armenia –señala Nélida Bourgoudjian- siguió la tendencia general del flujo migratorio en el siglo XX, es decir, se orientó más hacia las ciudades que hacia el campo. Las ocupaciones fueron evolucionando, y la nueva patria de adopción constituyó un medio de superación social y profesional. Durante las décadas de 1930 y 1940, la gran mayoría, carente de capitales por las circunstancias de su emigración, se dedicó al comercio minorista –mercería, calzado, alimentos- o bien a los oficios por ellos conocidos –joyero, zapatero, sastre, herrero, tejedor-, que les permitieron establecerse por cuenta propia (1).

En la Argentina, los armenios volvieron a prender el brasero, (...) con un trozo de suela en la mano se hicieron zapateros; con un trozo de tela, sastres y textiles, (...) y albañiles, obreros y tantas ocupaciones que dan orgullo al honesto (2).

En su novela Un noviazgo, Bernardo Verbitsky se refiere a la ocupación de un egipcio. El protagonista conoció asimismo a don Alí. Era un individuo de unos 40 años, de cara oscura, nariz aguileña, con mejor humor de lo que dejaba suponer cierta expresión torva de su cara. Sabía reír con ganas. Decían que era egipcio, aunque las mujeres lo designaban entre sí como ‘el Turco’. Venía de otro cabaret y se había propuesto traer con él a las mujeres más lindas, y las fue hablando una a una, para lo cual le servía su perfecto dominio de varios idiomas. Alternaba el inglés y un francés al parecer correctos con un castellano aporteñado de indudable naturalidad. ‘Vas a estar mejor que allá –decía persuasivamente-. Dejáte de embromar, dáte una vuelta por acá. Veníte bien bañada, eso sí. Y a portarse bien, que el nuevo empleo lo vale. Hay que andar derechas, que si no les corto una teta’. ‘Don Alí es el mejor gerente que hemos tenido’, decían todas convencidas (1).

De España era un trabajador evocado por Félix Luna en Soy Roca. Nos referimos a Gumersindo García, mayordomo del presidente, hombre que, de a poco, fue ascendiendo desde su primitiva ocupación de mucamo, gracias a su bonhomía y fidelidad (1).

En Locuras de Isidoro, historieta de Dante Quinterno, aparece un mayordomo gallego. Quién no disfrutó alguna vez –pregunta Marcelo Benini- de los enredos protagonizados por Isidoro, ese porteño de vida disipada que rehuía a cualquier esfuerzo físico, incluido el trabajo, y pasaba sus horas en casinos, hipódromos y boites? Imposible olvidarlo: casi siempre vestía saco cruzado, polera, mocasines y tomaba whisky importado. Vivía disgustando a su pobre tío, el coronel Urbano Cañones, quien sólo confiaba en él cuando estaba acompañado por Cachorra Bazuka, una hermosa rubia de aparente compostura que en realidad era su compañera de juergas. Su otro aliado era Manuel, el mayordomo gallego, que lo apañaba ante el severo militar cuando Isidoro metía la pata. Autos deportivos, ruletas, cartas de póker, cigarrillos y noche componían la iconografía de Locuras de Isidoro, la popular revista que el inolvidable Dante Quinterno (1919-2003) publicó entre 1968 y 1976, año en que empezó a reeditarse (2).

En ¡Al campo!, de Nicolás Granada, aparece Santiago, un criado gallego. El autor lo hace hablar en esta forma: Este señor prejunta por las señoras. (...) –Usted dispense; nu lu sabía. Que no estaban en casa, esu sí; pero que estuvieran en el monte... Si usted quiere que se lu dija... (3).

Muchas mujeres se dedicaban al lavado y al planchado. Lola es una abuela homenajeada por su nieto Fernando de la Orden en la muestra fotográfica Pan y manteca. Ella vino de Logroño con su marido y tres hijas. Aquí nacería la cuarta. Era necesario trabajar para mantener tantas bocas en la nueva tierra: llegó a la Argentina con espanto por todo ropaje y esperanza por toda bandera, y salió a planchar las ropas ajenas para parar la olla (5).

Tampoco le temía al trabajo la abuela gallega de Guillermo Saccomano, quien relató en un reportaje: Mi abuela era una presencia muy fuerte. Trabajó de sirvienta y de lavandera de familias bien de la época. Con todo, acá la pasaba mucho mejor que en su aldea, donde estaban muy sometidos (6).

La gallega –afirman Elguera y Boaglio- era una institución de la época que aspiraba a tener cada familia de la clase media. La ‘gallega’ era una moza robusta, trabajadora, honesta, leal, sensata, frecuentemente analfabeta, que permanecía con la misma familia hasta casarse con su Manuel (que así se llamaba su prometido) o volverse a su pueblo galaico, acosada por la morriña, la morrinha da minha terra (7).

Cuando Fray Mocho presenta a una doméstica gallega, desliza una crítica social, ya que a esta mujer un personaje le dice que la patrona se aprovecha de que sos d’España para sacarte el jugo por unos cuantos centavos (8).

Una inmigrante –que en realidad era leonesa, nacida en Mataluenga del Bierzo- inspira a Niní Marshall: El humor es siempre una salida honorable. Lo supo desde siempre, acaso lo intuyó aquella Marina Esther Traverso, nacida en Caballito hace justo un siglo, sexta hija de un matrimonio asturiano de primera inmigración. Por fatalismo y por elección, fue una chica de barrio. Tertulias de canto y baile son coro y escenario de sus primeros enmascaramientos: deforma las voces, acuchilla al diccionario, le da valor barriero a cada expresión. Con castañuelas y panderetas se sube al palco del Centro Asturiano. Tiene 12 años y su primer público es la gallega Francisca, la empleada doméstica, a la que ella inmortalizaría como ‘Cándida’ (9).

En Departamento para familias, cuento incluido en el volumen Pasos del gran bailarín, el sevillano afincado en la Argentina Guillermo Guerrero Estrella presenta a Inés, una criada gallega (10).

En La pesquisa (11), de Paul Groussac, aparece una sirvienta vasca. La mujer es descripta por el empleado de correo: joven aún, vestida como sirvienta y de aspecto extranjero, había retirado una carta, exhibiendo un pasaporte español a su mismo nombre.

Enrique Larreta canta, en Las criadas y el niño, a las domésticas españolas: Que otros digan de escuelas y de universidades./ Yo canto el cuarto aquel de plancha y de costura/ y sus buenas mujeres. ¡Galicia! ¡Extremadura!/ y las que me enseñaban a palmear soledades.// España de las tierras y no de las ciudades./ También las castellanas de grave catadura./ La blanca, la trigueña; la moza, la madura./ De todas las pellejas, de todas las edades.// ¡Ay, qué cuentos aquellos! Fablas de romería./ Consejas de la lumbre. ¡Y qué linda manera/ de nombrar cada cosa! ¡Cuánta sabiduría!// entre aquellos refajos! Erase que se era/ un juglar que les debe toda su nombradía./ Gaita sentimental y sonaja parlera (12).

Florencio Sánchez es el autor de En familia. Uno de los personajes de esa pieza confiesa: Todavía no me doy cuenta de cómo he podido amoldarme a semejante vida. Con decirte que yo, tu madre, que fue siempre una mujer de orden y delicada, ha llegado hasta robarle a una pobre gallega sirvienta... (...) Hasta robarle, sí señor; hasta robarle a una pobre mujer los ahorros que me había confiado (13).

En Los primeros fríos, de Alberto Novión, uno de los actores expresa: -Ahora me voy a conversar con una mucamita que trabaja en la Legación de España, es galleguita y sin primo, ¿se da cuenta? (14).

En Babilonia, de Armando Discépolo, aparecen varios criados españoles. La mucama madrileña es limpia, espumosa en su tualé de mucama, bella. Se sienta ante su puerta en silla baja y mirándose a un espejo de mano canturrea algo de su tierra, su cintura y sus muslos inquietos (15).

Una andaluza se presenta en casa de Horacio Quiroga. Escriben Ezequiel Adamovsky y Gustavo Bombini: Bastó con ver su aspecto, para que la andaluza que se había acercado a la casa de Vicente López, en busca de empleo, huyera despavorida. Al abrirse la puerta, había visto a un hombre descalzo, vestido con un overol manchado de grasa, con abundante barba y cabellera negras, ojos celestes e inquietantes, muy flaco y de baja estatura. Contra lo que la andaluza y nosotros mismos pudiéramos pensar, contra la imagen habitual del ‘escritor prestigioso’, quien apareció allí era Horacio Quiroga (16).

Relata el narrador, en El convite de Barrientos, texto de Santiago Estrada de 1889: Pero todo lo que llevo referido habría sido tortas y pan pintado, si el portero de mi alojamiento, desconociéndome la voz y tomándola entre sueños por la de un pariente que acababa de morir en El Ferrol, no se hubiera negado a abrirme la puerta, conjurándome a que, ánima en pena, volviera al sitio de donde había salido, en la seguridad de que en cuanto amaneciera daría de limosna a un pobre los cuartos que me adeudaba al embarcarse para América (17).

Enrique Méndez Calzada incluye, entre los personajes de su Cuento de Navidad, a un ordenanza, el leal Lavandeira, quien extrajo de su vieja maleta de inmigrante un haz de folletines amarillecidos ya por el tiempo y corcusidos con hilo negro en su margen izquierdo, a guisa de doméstica encuadernación. Se trataba, según pude observar, de El judío errante, pacientemente coleccionado, y recortado de las hojas de El Heraldo de Madrid, periódico que publicó en folletín esa lata inmortal hace cosa de doce o catorce años (19).

En Verde y negro, cuento incluido en Unidad de lugar, Juan José Saer escribe: Eran como la una y media de la mañana, en pleno enero, y como el Gallego cierra el café a la una en punto, sea invierno o verano, yo me iba para mi casa, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, caminando despacio y silbando bajito bajo los árboles. Era sábado y al otro día no laburaba (20).

En una de sus aguafuertes porteñas, titulada Elogio del lavacopas, Roberto Arlt homenajea a los inmigrantes españoles: Quiero hacer hoy el elogio del lavacopas, del lavacopas como elemento de progreso nacional, del lavacopas como ejemplo de honestidad, de contracción al trabajo, del lavacopas cuya filosofía se la enseñaron los borrachos al borde del mostrador, y cuya feroz y dulce pasión por el dinero se la enseñó la miseria del terruño y la ejemplar conducta del patrón, del patrón que, como los antiguos patrones griegos, sentaba a su mesa al esclavo y le zurraba cuando hacía falta (21).

Un personaje de Lejos de aquí, de Roberto Cossa y Mauricio Kartun, de vuelta en España, dice a un argentino: ¿Cómo te creés que la pasé yo en tu tierra? Trabajaba en un bar dieciocho horas por día... ¡Dos turnos! Sirviendo a tus argentinos... soberbios... maleducados, ¡coño! ¡Dieciocho horas por día! Sin sueldo. Sólo por las propinas y la comida. Dormía en el sótano con una escoba en la mano para espantar las ratas... Treinta años juntando plata... ¡plata y odio! ¿Entendés lo que es eso? ¡Treinta años juntando plata y odio! ¿De qué solidaridad me hablás? (22).

En Carroza y reina, de Isidoro Blaisten, aparece el asturiano Alvarez, mozo del café y bar El Aeroplano: Los parroquianos empujan para llegar hasta las mesas del privilegio y arrastran al mozo, Alvarez el asturiano, el de los enormes pies, que se escurre entre los cuerpos con la bandeja en alto cargada de choppes, express y especiales de matambre que son la especialidad de la casa (23).

Manuel Gálvez presenta, en Nacha Regules, a un aragonés encargado de un conventillo: El encargado era un aragonés testarudo, insolente y entrometido. Su pequeña cabeza desgonzábase sobre un cogote interminable. El tronco, angosto en los hombros, ensanchábase hasta las caderas, cuya anchura contrastaba ridículamente con la longitud de las flacas piernas, movedizas y simiescas. La expresión adusta del semblante y la nariz de perro, caricaturizábanle aún más. Reía explosivamente, empalmando la agonía de una carcajada con el brusco estallido de otra, lleno de gesticulaciones, agitándose íntegro, dando al cuerpo la línea oblícua y caídos los brazos que temblequeaban chocando contra los flancos y subían y bajaban sin ritmo, como émbolos descompuestos. Gustaba hacerse el gracioso, hablando a lo andaluz (25).

El Orensano, un afilador gallego, protagoniza Se abrió el cielo, de Jorge Alberto Reale. El inmigrante es de Orense el pueblo de la chispa y los dulces arpegios. Enjuto, desdentado, recóndito. El pobre está un poco arqueado, su cara afilada, parece disecarse. Nadie sabe si tiene familia. Cuando se lo indaga, dice con orgullo: -Soy descendiente de Rosalía de Castro-, más aún, afirma, ser de cuna noble, dijéramos de escudos y blasones, no solamente porque se lo crea buena persona. Dice de paso y por lo bajo: -Ser bueno no quiere decir ser inofensivo, la bondad sin talento no vale nada. Y así va, así viene y así pasa con su anticuada armadura, entre esmeriles y calderones. Es todo uno con algo de músico y filósofo trashumante (26).

Hubo maestros inmigrantes, como un personaje de La gran aldea, de Lucio V. López: Don Josef era oriundo de Cataluña y se vanagloriaba de haber nacido en el castillo Monjuich, de haber salvado la vida a varias personas, de haber presenciado un naufragio y de haber sido casi víctima del hambre de una tigra mansa; preciábase de haber conocido a la reina de España, doña Cristina, de haberla visto comer una olla podrida en un día de toros. Hacía sacrificio de confesarse descendiente de don Gonzalo de Córdoba, pero no se prestaba a pregonar mucho el parentesco, y lo repudiaba con majestad, porque no quería que nadie sospechase que él aprobaba las rendiciones de cuentas de su poco escrupuloso antepasado. Vivía crónicamente colérico, sin que esto importe decir que no supiera interrumpir sus accesos para hablar con fruición, de los tesoros de Potosí y de fortunas colosales como las de los cuentos de hadas, porque el buen viejo tenía altamente desarrollada la nota de la codicia (27).

Narra el protagonista de Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira, de Roberto J. Payró: Acabé por acostumbrarme un tanto a la escuela. Iba a ella por divertirme, y mi diversión mayor consistía en hacer rabiar al pobre maestro, don Lucas Arba, un infeliz español, cojo y ridículo, que, gracias a mí, se sentó centenares de veces sobre una punta de pluma o en medio de un lago de pega-pega, y otras tantas recibió en el ojo o la nariz bolitas de pan o de papel cuidadosamente masticadas. ¡Era de verle dar el salto o lanzar el chillido provocados por la pluma, o levantarse con la silla pegada a los fondillos, o llevar la mano al órgano acariciado por el húmedo proyectil, mientras la cara se le ponía como un tomate! ¡Qué alboroto, y cómo se desternillaba de risa la escuela entera! Mis tímidos condiscípulos, sin imaginación, ni iniciativa, ni arrojo, como buenos campesinos, hijos de campesinos, veían en mí un ente extraordinario, casi sobrenatural, comprendiendo intuitivamente que para atreverse a tanto era preciso haber nacido con privilegios excepcionales de carácter y de posición (28).

En Los políticos, sainete cómico-lírico en un acto y tres cuadros, en prosa y verso, escrito por Nemesio Trejo, con música de Antonio Reynoso, aparece un barbero andaluz que canta: Con el vito vito vito/ con el vito vito va/ no me haga usted cosquillas/ que me pongo colorá. El se identifica como Benito Pérez y Ciudad Real, barbero, soltero, extranjero, con tres años de residencia en el país (29).

En Canillita, de Florencio Sánchez, aparece un mercero catalán, que pregona su mercadería: ¡Toallas, peinetas, jabones, cinta de hilera, agujas, camisetas, botones de hueso, carreteles de hilo, madapolán, pañueletas! (...) Pañueletas, calzoncillos, alfileres, festones, sombreros de paja, servilletas, libros de misa. (...) Libros de misa, esponjas, corbatas, cortes de vestido, tarjetas postales, jabón... (30).

En Las señoritas de la noche, Marta Lynch presenta un almacenero catalán: El almacenero arreció en su reyerta milagrosa, recrudeció en los gritos y en los golpes con su férrea y antigua furia de anarquista; los vecinos oían ahora incomprensibles vocablos catalanes y su recia decisión de no dejar al cura aquel que hiciera un marica de su hijo (31).

El abuelo de Gloria Pampillo, gallego, era comerciante, y había elegido el mismo nombre para todos sus negocios: Celta, como el nombre que mi abuelo le ponía a cada uno de los bienes que acá se iba ganando, desde su barco hasta los toros. Un toro negro, morrudo, que ahora le dibujo en su escudo de comerciante, como tantos otros dibujaron una espiga en el almacén o en la panadería: La flor de Galicia (33).

Joaquín Coto, el papá de Alfredo, era un inmigrante gallego que tenía una pequeña carnicería en un mercado municipal que funcionaba en Retiro y desde chico Coto acompañaba a su padre en sus recorridas por el Mercado de Liniers (34).

En Agua de nadie –novela distinguida con el Premio Dr. Alfredo A. Roggiano de la Municipalidad de Chivilcoy, 1993-, Mabel Pagano evoca a dos sastres gallegos: Porque era muy chico y recién se iniciaba en el oficio junto a los gallegos López y García, propietarios de un gran taller, no tuvo ocasión de conocer a don Hipólito, aunque quizás Yrigoyen no hubiera gastado en un traje lo que él llegó a cobrar, decían que era tan raro el Peludo... (...) La tarde anterior, los gallegos habían insistido en su intento de llevarlo a Mar del Plata para la inauguración de la tan soñada sucursal y nuevamente él rechazó la invitación, hablando de compromisos impostergables, aunque sin aclarar sobre la naturaleza de los mismos y tratando de que no se ofendieran, ya que era forzoso que lo reconociera, él les debía mucho a los dos. Esa noche, cuando estaba a punto de retirarse del taller, los patrones lo invitaron a comer en un restaurante de Sarandí, donde había ido varias veces acompañándolos. Quiso negarse diciendo que estaba muy cansado de la tarea de toda la semana, cosa que era rigurosamente cierta, pero López insistió, vamos hombre, nos comemos la paella y regresamos temprano, al mismo tiempo que García lo palmeaba empujándolo hacia la puerta (35).

En su cuento Seguir viviendo, Ana María Torres evoca a las modistas españolas: Josefina se hacía los vestidos con una modista. Yo, en cambio, con una que venía a coser a casa. Siempre eran españolas y siempre dificilísimas de conseguir, se las recomendaba pero no mucho, pues de recomendación en recomendación aumentaban su clientela y cuando uno las necesitaba no las conseguía. Los diálogos interminables entre mamá y la modista, los reproches, las promesas de venir, las demoras... hasta que por fin aparecía (36).

En Historia de José Montilla, Fernando Sorrentino da vida a un tendero inmigrante : don José Montilla era, pues, un próspero comerciante español. No era panadero, no era almacenero, no atendía una casa de comidas: queden esos menesteres para los compatriotas de Galicia. En donde mostró escasa originalidad fue en el nombre que eligió para su tienda: Al Caballero Elegante. Aunque en realidad no sé si lo eligió don José o el comercio ya se llamaba así antes de que él lo comprara. Era un local profundo y ancho: brillaban las largas maderas de los pisos y brillaban las olorosas maderas de los cajones y de las estanterías, y brillaban los metales de manijas y llaves y esquineros, y brillaban los cristales y los espejos. ‘Todo para el caballero elegante’: medias, ropa interior, camisas, corbatas, trajes, sobretodos, sombreros, cinturones, tiradores, billeteras (37).

Por la Avenida de Mayo circulaba el vendedor de cigarrillos, un andaluz que pregonaba: ¡Qué distraídos, andéis! ¡Qué distraiídos!/ ¡Miraise bien los bolsillos!/ ¡Habéis orvidao los cigarriyos! (39).

En Juvenilia (44), Miguel Cané –cuyo nombre se recuerda vinculado con la Ley de Residencia-, describe a los quinteros vascos y los medios con los que defendían los frutos que cultivaban: Robustos los tres, ágiles, vigorosos y de una musculatura capaz de ablandar el coraje más probado, eternamente armados con sus horquillas de lucientes puntas, levantando una tonelada de pasto en cada movimiento de sus brazos ciclópeos, aquellos hombres, como todos los mortales, tenían una debilidad suprema: ¡amaban sus sandías, adoraban sus melones!.

En Santo Oficio de la Memoria, de Mempo Giardinelli, se habla de un oficio que desempeñaban los españoles. En 1886, Había muchos policías, allí. Casi todos asturianos, gallegos. No sé por qué. También usaban bigote de manubrio y llevaban pistolas al cinto, capote invernal, quepís duro y alzado y linterna en mano. Cuando se hizo la noche, los policías se movían como luciérnagas nerviosas (46).

Escribe Virginia Messi: ’El Gallego Penitenciario’ ocupó un rol tan destacado en la historia de los primeros penales que fue honrado días atrás con una estatua recordatoria, ubicada en un lugar central del Museo del S.P.F. (47).

En La fuga (48), novela distinguida con el Premio Emecé 1998/99, Eduardo Mignogna presenta, entre otros inmigrantes, a Adela y Angel Villalba, una pareja de carboneros gallegos de Betanzos que tiene un sobrino en Mendoza.

Cuando visitó nuestro país en 1998, José Luis Baltar Pumar, presidente de la diputación de Orense, expresó: hemos mandado a los mejores hombres y mujeres a este país, y Galicia lo ha sentido profundamente. Ellos han tomado la decisión de venir y trabajar de sol a sol para salir adelante (49).

Estaba presente en estos inmigrantes la necesidad de enviar dinero a quienes habían quedado en la tierra natal, muchos de ellos soportando la guerra. Esa realidad es la que refleja Alfredo Navarrine en su tango Galleguita, de 1924, cuando dice: Juntar mucha platita para tu pobre viejita que allá en la aldea quedó (51).

Pero que no ocurra a quienes tanto se esfuerzan como a esos inmigrantes que evoca Elsa Gervasi de Pérez en su Carta a Galicia, en la que narra cómo un argentino de ascendencia española embauca a una familia de gallegos. El Paco escribe a sus padres: La Paquita sapuesto a noviar con un mochacho arjintino hijo de jallejos como nosotros. Es muy bueno y nos va a cuidar la platita. (...) La Paquita se fue por ahí a caminar para ver si lo halla al novio ya que hace unos días se mudó y el pobreciño solvidó de darnos la diricción (52).

También estaban al acecho los pillos oportunistas que sorprendían a los inmigrantes con el cuento ‘del legado’ (53), y los hispanos que los estafaban. En Lunas eléctricas para las noches sin luna, escribe Belén Gache: Bordeando el convento, la calle Viamonte se extiende alternando fondas llenas de marineros con casas de remates, regenteadas por catalanes, gallegos o andaluces que venden objetos dorados por oro fino y piedras transparentes por diamantes (54).

10 Guerrero Estrella, Guillermo: Departamento para familias, en R. J. Payró, J. C. Dávalos, R. Mariani y otros: El cuento argentino 1900-1930 antología. Sel. y pról. de Eduardo Romano, notas de Alberto Ascione. Capítulo. Buenos Aires, CEAL, 1980.

11 Groussac, Paul: La pesquisa, en H. Bustos Domecq, A. Pérez Zelaschi y otros: El cuento policial. Selecc. de Jorge Lafforgue y Jorge B. Rivera. Capítulo. Buenos Aires, CEAL, 1981.

12 Larreta, Enrique: Las criadas y el niño, en Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957.

14 Novión, Alberto: Los primeros fríos, en El teatro argentino. 6.El sainete. Prólogo de Abel Posadas; selección y notas por Marta Speroni y Griselda Vignolo. Capítulo. Buenos Aires, CEAL, 1980.

15 Discépolo, Armando: Babilonia. Una hora entre criados. En Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).

17 Estrada, Santiago: El convite de Barrientos, en 20 relatos argentinos. 1838-1887. Selección y prólogo de Antonio Pagés Larraya. Ilustraciones en colores de Horacio Butler. Buenos Aires, Eudeba, 1969.

19 Méndez Calzada, Enrique: Cuento de Navidad, en R. J. Payró, J. C. Dávalos, R. Mariani y otros: El cuento argentino 1900-1930 antología. Sel. y pról. de Eduardo Romano, notas de Alberto Ascione. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).

20 Saer, Juan José: Verde y negro, en J. J. Hernández, H. Tizón, Isidoro Blaisten y otros: El cuento argentino 1959-1970** antología. Selección, prólogo y notas del Seminario Crítica Literaria Raúl Scalabrini Ortiz. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).

29 Trejo, Nemesio: Los políticos en Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).

30 Sánchez, Florencio: Canillita, en Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).

32 Rodríguez, Andrea: La vida es un dibujo. Cómo les fue de grandes a los verdaderos Felipe, Guille y Manolito, en Veintitres, Año 2, N° 71, Buenos Aires, 18 de noviembre de 1999.

Miguel Cané evoca a Monsieur Jacques, prototipo del educador, al que recuerda con admiración. Destaca su loable acciòn académica: El estado de los estudios en el Colegio era deplorable, hasta que tomó su dirección el hombre más sabio gue hasta el dia haya pisado tierra argentina. Sin documentos a la vista para rehacer su biografia de una manera exacta, me veo forzado a acudir simplemente a mis recuerdos, que, por otra parte, bastan a mi objeto. Amedèe Jacques pertenecìa a la generaciòn que al llegar a la juventud encontrò a la Francia en plena reacciòn filosòfica, cientìfica y literaria. La filosofía se había renovado bajo el espíritu liberal del siglo, que, dando acogida imparcial a todos los sistemas, al lado del cartesianismo estudiaba a Bacon, a Espinosa; a Hobbes, Gassendi y Condillac, como a Leibnitz y a Hegel, a Kant y a Fichte, como a Reid y Dugal-Stewart (1).

En El viejo criado (3) –obra distinguida con el premio Argentores a la mejor comedia de autor nacional estrenada en la temporada de 1980-, Roberto Cossa hace decir a Ivonne: Las condiciones para venir a Buenos Aires fueron: ni cuento mi historia, ni me acuesto con argentinos. Un personaje relata que ella Dejó la profesión, se empleó en una oficina y se convirtió en un ama de casa estupenda. Todo lo que ganaba lo ponía en el bulín. Compró una cocina a gas... Mandó hacer un modular de hierro forjado y madera... lo llenó de frasquitos... ¡Un chiche! Venían los vecinos y quedaban encantados.

3 Cossa, Roberto: El viejo criado, en Cossa, Roberto y Monti, Ricardo: El teatro argentino 16. Cierre de un ciclo. Selección, prólogo y notas de Luis Ordaz. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo, 111).

En su novela Un noviazgo, Bernardo Verbitsky presenta a un griego con ocupaciones no muy claras: El Checato Tenía mandíbula muy ancha, y aunque su cara era flaca, ahondada debajo de los pómulos, sus maxilares estaban recubiertos de fuertes músculos. ‘Un etrusco sonriente con anteojos’, pensaba. Y la verdad era que sus anteojos de cristales sin virola, quedaban incluidos en su ancha risa que le llegaba silenciosa. Los anteojos quedaban en medio de las arruguitas. Era un efecto raro y más bien siniestro. (...) Trigo limpio, no es. Es un vivo que ve bajo el agua. (...) Dicen que anda en veinte asuntos. Pero no anda, corre detrás de los pesos, claro. Vende alhajas de fantasía. Compra no sé qué. Además es amigo de don Alí y lo peor es que los dos lo disimulan. Quién sabe en qué andarán A lo mejor son socios (1).

Josefina Robirosa recuerda a una maestra de esa nacionalidad: cuando pienso en mis comienzos no puedo dejar de recordar a Elisabeth von Rendell, una maestra fabulosa que me ayudó (nos ayudó) mucho. Era húngara y siempre nos daba flores para que las usáramos como modelos. Traía lo que encontraba en el camino hacia el colegio: malvones, geranios, flores del campo. Decía que teníamos que acostumbrarnos a pintar lo vivo porque era una manera de incorporar la naturaleza en nuestras vidas. Nunca nos hacía trabajar con modelos de yeso. Cada clase era un motivo de alegría, siempre nos asombraba enseñándonos cosas nuevas (1).

Al describir al inglés Mister Robert, Ocantos, demuesstra las preferencias de la época hacia la inmigración anglosajona: Allí estaba desde la mañana casi hasta la noche, la espalda encorvada, los dedos agarrotados sobre el lapicero, sentado en el banco de patas largas, sin descanso, sin distracción, esclavo del trabajo, prisionero del deber (1).

Una irlandesa se presenta, en Frontera Sur, para un puesto de maestra en casa de un gallego: Era una muchacha rubia, con pecas, casi una niña. Se sentó ante el tribunal familiar en el borde de una silla, con las manos juntas y las rodillas juntas, paseó sus ojos claros por el fondo de los ojos que la observaban y sonrió. Se llama Mildred Llewellyn y habla castellano con dificultad. Dice la joven: Llego de Irlanda hace tres días y vengo aquí. Su empleador le enseña: -Llegué –corrigió Roque, mostrando el pasado con el índice, en un lugar situado detrás de su hombro derecho-. Y vine (1).

En Juvenilia, Miguel Cané describe, asimismo, al enfermero italiano que trabajaba en el Colegio: Era italiano y su aspecto hacìa imposible un càlculo aproximativo de su edad. Podìa tener treinta años, pero nada impedìa elevar la cifra a veinte unidades màs. Fue siempre para nosotros una grave cuestiòn decir si era gordo o flaco. (...) Empezaba su individuo por una mata de pelo formidable que nos traìa a la idea la confusa y entremezclada vegetaciòn de los bosques primitivos del Paraguay, de que habla Azara; veìamos su frente, estrecha y deprimida, en raras ocasiones y a largos intervalos, como suele entreverse el vago fondo del mar, cuando una ola violenta absorbe en un instante un enorme caudal de agua para levantarlo en espacio. Las cejas formaban un cuerpo unido y compacto con las pestañas ralas y gruesas como si hubieran sido afeitadas desde la infancia. La palabra mejilla era un ser de razòn para el infeliz, que estoy seguro jamàs conociò aquella secciòn de su cara, oculta bajo una barba, cuyo tupido, florescencia y frutos nos traìa a la memoria un ombù frondoso (1) .

En la casa de Quilito, protagonista que da título a la novela de Ocantos, trabajaba una italiana: Un apetitoso olor de guisado salía de la cocina abierta, donde una genovesa cerril movía espátulas y zarandeaba cacerolas, envuelto en el humo espeso del asado, que chirriaba sobre las parrillas Más adelante dirá de esta mujer que cantaba un aire de su país, con acompañamiento de platos y cacerolas. Habla también Ocantos de un italianito vendedor de diarios y de Rocchio, un corredor de Bolsa, un hombrazo con muchas barbas, italiano con sus ribetes de criollo. Al igual que la genovesa, este hombre es descripto por Ocantos con rasgos animales: un italiano atlético, cuadrado, con las crines erizadas, cuya voz era un rugido; (...) Trabajador, eso sí, como una mula de carga, y ahorrativo como una hormiga; Rocchio no perdía un minuto de su día comercial, ni gastaba un centavo más de su cuenta del mes (2).

Carolina de Grinbaum recuerda, entre los habitantes del conventillo, a un italiano que había alcanzado bienestar: Llegada la hora en la cual los vecinos que compartían nuestro patio se sentaban a la mesa, nosotros también lo hacíamos. Al tiempo, los ajenos aromas deliciosos me invadían por entero, en especial los desprendidos de las viandas bien surtidas de la familia de don José, en bonachón italiano, de abultado vientre, propietario de un floreciente puesto de frutas y verduras en el Mercado de Abasto (simbolo de prosperidad en esa época) (3).

El padre de Roberto Raschella, establecido definitivamente en la Argentina en 1925, se dedicó a la sastrería. Cuenta el hijo en un reportaje: En un viaje anterior, mi padre se había iniciado en el oficio de sastre, con un maestro legendario, Cirillo, un italiano que murió de la ‘mala enfermedad’. Yo nací en el mes de la revolución del 30. Después llegaron años duros para la familia, nos mudábamos constantemente, siempre a casas con buena luz natural. Era común entonces ver a un sastre trabajando detrás de una ventana (7).

Hizo la América el italiano evocado por Rubén Héctor Rodríguez, en Extraño chamuyo, al punto de poder ser propietario de un inquilinato: En el conventiyo del tano Giacumín/ se armó la de San Quintín/ a causa de extraño y sórdido chamuyo. (...) Me buchonearon con el patrón/ y, cabrero, desalojó el jaulón (11).

Gustavo Riccio escribió su Elogio de los albañiles italianos (12). Precisamente a uno de estos trabajadores peninsulares, establecido en Mar del Plata, canta Eduardo Martín La Rosa: Probaste todos los trabajos./ Al fin, la cal y el rojo ladrillo/ se metieron en tu sangre./ Volabas por los andamios./ Tu silbido triste, enamoraba a las nubes (13). Italianos eran, asimismo, quienes fabricaban ladrillos. Relata Luis Alposta que los primeros pobladores de Villa Urquiza, en la ciudad de Buenos Aires, fueron Los 120 obreros traídos por Seeber para extraer la tierra, en su mayoría de nacionalidad italiana. Ellos terminaron arraigándose y construyendo sus hogares con los ladrillos fabricados por ellos mismos (14).

Duro era también el trabajo del abuelo de Orlando Barone, quien se había empleado en el puerto (15). Carlos Pellegrini –protagonista de la obra de Gastón Pérez Izquierdo- escribe, refiriéndose a la huelga de 1902: Se los obligaba, bajo el pretexto de las necesidades del comercio o de la producción, a cargar pesos que no podía soportar la máquina humana. ¿Puede haber algo más equitativo de parte de un obrero que negarse a cargar bolsas de cien kilos? (16).

El 2 de junio de 1884 la colectividad italiana fundó el Cuartel de Bomberos Voluntarios de La Boca, el primero del país. (...) El segundo cuartel de bomberos voluntarios en el barrio surgió el 9 de enero de 1935, cuando Francisco Carbonari, capitán de los Bomberos Voluntarios de La Boca, se alejó por diferencias que hoy nadie sabe precisar y fundó el cuartel de Vuelta de Rocha en lo que era su sodería. Cuenta la leyenda que el hombre empezó yendo a apagar los incendios con su camión de reparto y que su primer socio y fundador fue el pintor Quinquela Martín (17).

Lava la italiana que evoca Amalia Olga Lavira en Estampita: Friega lienzos, camisas y vestidos,/ en el fondo, la donna, en la pileta/ y en fuentones y tachos florecidos/ hormiguitas de sol hacen gambeta (18).

Mas no desempeñaron sólo esas tareas. Otras son las ocupaciones de las peninsulares que evoca Oscar González en La anunciación: Pronto supo que América/ No regalaba nada/. Y tranqueó el empedrado camino del taller./ O sentada a la Singer enfrentó los aprietes./ O resistió en las chacras heladas y granizos (19).

El italiano que llega a la Argentina, en Santo Oficio de la Memoria (20), abre una funeraria con su socio, sospechado después de asesinarlo. Ya viuda, su mujer lava ropa para los vecinos, y el hijo de ambos trabajará después en la compañía de trainways y en los Ferrocarriles del Oeste.

Otros italianos eran barrenderos; la Avenida de Mayo de continuo era recorrida por las ‘victorias de plaza’ cuya caballería impuso la necesidad del barrendero municipal, aquel a quien los chicos le gritaban ¡Musolino!, sin saber el por qué del apelativo itálico (21).

María Susana Azzi destaca que Nueva York y Buenos Aires fueron célebres por sus lustrabotas, hubo niños que se ganaron sus primeras monedas haciendo ese trabajo; así empezaron Anselmo Aieta y Francisco Canaro, conocidos músicos de tango (23).

Pero no todos veían cumplidas sus expectativas. Esto es lo que destaca Renata Rocco-Cuzzi: En los mismos años 30, el hermano de ‘Discepolín’, Armando, escribe sus grotescos denunciando el primer fracaso en la Argentina del ascenso social. El fundador del grotesco ríoplatense describe cómo los inmigrantes que vinieron a ‘hacerse la América’ en realidad quedaron encerrados en los conventillos hablando en cocoliche (24).

12 Riccio, Gustavo: Elogio de los albañiles italianos, en J. L. Borges, L. Marechal, C. Mastronardi y otros: La generación poética de 1922 antología. Selección, prólogo y notas por María Raquel Llagostera. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).

23 Azzi, María Susana: La contribución de la inmigración italiana al tango, en Archivo Histórico Alberto y Fernando Valverde, Municipalidad de Olavarría, Secretaría de Gobierno. Año 2000, Revista N° 4.

En el Centenario, ya existía una comunidad importante de japoneses. Eran alrededor de mil. Pero no ejercían el oficio de tintoreros, sino el de mucamos. La aristocracia los prefería por su fama de discretos y de limpios (1).

El primer invernadero de esta colectividad fue instalado en 1925, y en 1940 se fundó la primera cooperativa de fruticultores. Las plantas ornamentales se cultivaron y cultivan mayormente al norte de la ciudad de Buenos Aires, mientras que las flores de corte prevalecen en el sur (2).

Refiriéndose a la laboriosidad de sus ancestros, expresa Daniel Miyagi: Gracias a esta lucha nuestros inmigrantes japoneses lograron el reconocimiento, la confianza y la admiración de todo el pueblo argentino. Esto es lo que nos está jugando más a favor a los descendientes de japoneses en este momento. Aprendamos a mantener este reconocimiento que tanto orgullo nos inspira, por el simple hecho de llevar su sangre (3).

Era obrero del vestido, el padre de Andrés Rivera. Recuerda el hijo: Alrededor de esa mesa se sentaban los responsables sindicales del Partido Comunista argentino, el más incondicionalmente estalinista de América del Sur. Entre ellos estaban Guido Fioravanti, Secretario General de la FONC (Federación Nacional de Obreros de la Construcción), y mi padre (1).

Juan Jorge Nudel presenta la historia de una inmigrante que llegó de Polonia y viajó a Rosario. Contratadas como artistas, pronto descubrieron de qué arte se trataba y siguieron el camino como les fue trazado. Ella le dice a su hija, que se avergüenza del trabajo de la madre: -No me mires con esa cara, escucháme, vinimos con contrato de trabajo para salir de Polonia; era probable que debimos asegurarnos mejor, pero no lo hicimos. Una vez aquí, hubo que defenderse. La hija, a su vez, evoca: Se escucharon rumores de la guerra en Europa, de la persecución a los judíos y mi mamá pensaba en su familia. Nunca supe nada de ellos. Mi mamá sólo sabía lo que recordaba hasta el día anterior a subir al barco. Subió sola y bajó acompañada por otras contratadas. Nadie fue a despedirla y nadie fue a recibirla (2).

Liliana Díaz Mindurry es la autora de Pequeña música nocturna, novela distinguida con el Premio Emecé en 1998. En esa obra, ella se refiere a las ocupaciones de una inmigrante, una rubia gorda y polaca que ha dormido en la calle, que ha sido sirvienta en el colegio de la Santísima Trinidad. Y también prostituta los fines de semana por entretenimiento, por higiene, como dice con su acento extraño (3).

En Permiso, maestro, Isidoro Blaisten presenta a La Colorada, una polaca llamada Vlasta, es la prima de la pollera (4). En Carroza y reina, escribe: Ya se ven las guirnaldas en la laca restallante, las guardas, las cenefas y las volutas de color de fuego, las letras en alegre novecientos en la madera calada, y los lises, las rosas, los tréboles, las fustas con diamantes, los escudos argentinos, las amapolas de cinco pétalos, las guitarras encintadas, los facones con chispitas y el bandoneón desplegado que el maestro filetero León Untroib ha pintado en las cuatro barandas de la carroza, en seis días desde el alba al crepúsculo (5).

Weronicka, la protagonista de un cuento de Natalia Kohen, manifiesta: vinimos a la tierra elegida por nosotros, a la Argentina, donde rehice mi vida y tuve a mi hija. A pesar de eso, a veces añoro mi tierra natal. En Polonia, cuando tenía dieciocho años, soñaba con ser médica. Aquí soy masajista, hice masajes a todos los que me llamaban, a las gentes más dispares. Ahora, gracias a Dios me doy el lujo de poder elegir... (6).

Otro personaje de Quilito, de Ocantos, es el usurero Raimundo de Melo Portas e Azevedo, el ángel protector de empleados impagos y pensionistas atrasados, el agente de funeraria de toda quiebra, el cuervo voraz de toda desgracia, el pastor de los hijos de familia descarriados (1). Vemos que utiliza también en esta oportunidad la comparación con animales, pero el sentido es bien distinto.

La madre de Miriam Becker, rumana conoció en su ancianidad el empleo fuera del hogar. Lo recuerda la hija: doña Catalina terminó su escuela primaria a los sesenta y cinco años: (...) A los setenta años salió a trabajar. Vendía armazones para anteojos. Todos le compraban conmovidos por su dulce sonrisa y su fortaleza (1).

En Hermana y Sombra, de Bernardo Verbitsky, se alude a la ocupación de un turco: Nicola (...) cumplía cada mañana con dignidad su oficio de quinielero, al servicio de un capitalista, el turco Emilio que tenía varios de esos agentes, a comisión. Era una actividad que la policía perseguía pero se desarrollaba públicamente sin dificultades (1).

En su libro de memorias, titulado Ultima carta de Moscú (1), Abrasha Rotemberg relata que,:después de siete años, se reencontró con su padre, que trabajaba como cuenténik, clásica ocupación de los inmigrantes judíos, que consistía en la venta callejera a crédito de todo tipo de prendas. ‘Yo descubrí muchos años después que esa generación de inmigrantes pobres y analfabetos resultó una de gigantes, que supo enfrentar una vida sumamente dura y difícil. No había otra alternativa que sobrevivir y ellos lo hicieron’, dijo Rotemberg (2).

En sus Memorias, Lucio V. Mansilla expresa que no cualquier ocupación está destinada a los inmigrantes: Y el vasto campo de la política, de las aspiraciones que enaltecen, de los anhelos de justicia, ¿quién lo fecundará? ¿El inmigrante? Su misión es otra. Ambos deben ser útiles, en su esfera de acción. Está bien. Pero, como dice Ruskin, ¿qué significa ‘útil’ y cuál es la naturaleza de la utilidad? (1).

En Buenos Aires Siglo XX/ Los conventillos: Un sistema que reproducía a la sociedad en miniatura, escribe Francis Korn: todos los habitantes de este edificio con tres patios tenían ocupaciones variadas, los hombres y las mujeres. Había sastres, modistas, hojalateros, vendedores ambulantes de diversas mercancías, albañiles, lavanderas, verduleros, almaceneros, empleados de zapatería (2).

Francesas e inglesas, probablemente inmigrantes, se empleaban como institutrices. En La noche que me quieras: Arturo era un muchacho educado; se vestía bien, por supuesto, se las arreglaba con los idiomas. Algo le había quedado de tantas profesoras franchutas e inglesas de cuando era borrego (3).

Se recuerda asimismo a las ‘niñeras’ que bajo la promesa de venir a trabajar a la casa de un rico pariente lejano y enseñarlo modales europeos a sus hijos, terminaban pasando sus días y noches en los prostíbulos (4).

Lamentable es el medio de vida de las mujeres que llegaron engañadas a América. Yvette Trochon sostiene que Las organizaciones de traficantes más importantes en el Río de la Plata –las de franceses y judíos- operan en una región que traspone las fronteras nacionales, entre Brasil, la Argentina y Uruguay (5).

En Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, tres personajes discuten acerca de la nacionalidad de unos rufianes. Un personaje afirma: ¡Esos caften son marselleses! (...) y juró que los había visto a montones en las casas del ramo, con sus galeritas melón, sus bigotes mediterráneos y sus pesadas cadenas de oro. Otro personaje sostiene que son polacos, y un tercero, que son rumanos. Doña Venus emite un fallo inapelable, cuando dice De todo hay, como en botica (6).

Inmigrantes eran, asimismo, los propietarios de las confiterías de los Balnearios de la Costanera Sur, evocados por Mauricio Kartun. Al finalizar la temporada, Se hace ruido y se brinda en la despedida con las jarras que convidan esta vez los patrones, invariablemente gallegos y judíos (7).

En Aller simple: Tres Historias del Río de la Plata, coproducción francoargentina de 1994 codirigida por los franceses Noel Burch y Nadine Fischer y el uruguayo Nelson Scartaccini –a quien pertenece la idea original-, la cámara se detiene y quedan tres rostros, elegidos al azar, que nos enfrentan. Dos hombres y una mujer. A partir de esas caras, la película se adentra en las ficticias historias familiares de cada una. Presuponen, los realizadores, que uno es francés, el otro italiano y la tercera española. (...) Aller simple presenta, una por una, las historias familiares. La del francés, que se convirtió en un rico integrante de la Sociedad Rural; el italiano, que se fue al Uruguay y le costó levantar cabeza pese a la solidez económica comparativa de ese país respecto del nuestro; y, por último, la española, que se integró a la clase media cuentapropista poniendo una carnicería (8).

Muchos italianos fueron pescadores, en Mar del Plata. Un descendiente se refiere a la vida cotidiana de uno de estos inmigrantes: A Juan Carlos D’Amico lo llaman Chupete. (...) A Chupete le gusta su profesión, la misma de su padre y de sus dos abuelos italianos. Para ellos, toda la vida giró en torno a la pesca. ‘Mi abuelo llegaba a la casa, se lavaba y preparaba el chupín. Mientras se cocinaba, tejía la red. Todos los días un poquito. Terminaba de coser, comía, y se iba a dormir hasta el otro día, que volvía a pescar. Esa era la vida de él (1).

Hubo comerciantes en la costa, como los gallegos que fundaron la conocida tienda marplatense. José Navarro y Humberto Sánchez Con poca mercadería y muchas ganas de ganar dinero, los dos gallegos dormirían muchas noches sobre los dos únicos mostradores de la tienda vencidos por el cansancio de largas horas de trabajo y temerosos que un desborde del arroyo se llevara rápidamente las ganancias del mes. A ellos se sumaron más tarde los empleados Enrique Martínez y José Vicario. Recuerda doña ‘Conce’, la esposa de José Vicario que ‘cuando ellos (Vicario, Martínez y Navarro) iban al campo a hacer propaganda y vender, nosotras las mujeres, preparábamos las viandas. Es que estaban afuera varios días y debían llevar la comida. Sí, claro que con la señora de Martínez tratábamos de ayudar. Hubo épocas muy malas, como aquella de la crisis del 30... bueno, nosotras confeccionábamos ropa interior, camisetas y todas esas prendas para ser vendidas en la tienda... (2).

Cerca de Médanos abrieron la Proveeduría El Progreso los hermanos Martínez y la esposa de uno de ellos. Tanto Paco como Pepe –relata Isaías Leo Kremer- eran medio duros de entendederas, pro nunca dejaron de pagar sus cuentas, ni de tener preparados los billetes para los proveedores, cuando estos presentaban sus facturas. (...) Los gallegos, no sólo eran muy trabajadores, sino que hacían todo solos, no contrataban personal alguno; esto, unido a una vida austera, hizo que pronto cimentaran su posición (3).

Y hubo comerciantes en el campo. En Matanzas se afincó el gringo Sardetti, a quien Juan Moreira mata por haber negado la deuda que tenía con el gaucho (4). A fines del siglo XIX, en la frontera vive un flamenco, personaje creado por Eugenio Juan Zappietro en De aquí hasta el alba. Roger Bary era mercader en aquella esquina del infierno y entra en tratativas con los indígenas, aún a costa de las vidas de sus hijas, sólo para salvar el pellejo (5).

El desierto alberga los restos de un estadounidense: Un hombre delgado y macilento que era ingeniero del ejèrcito, habìa llegado para estudiar la posibilidad de trasladar el asiento de las tropas un poco màs hacia el mar. Se habìa llamado Jewison y era un americano de Tejas, muy golpeado por la enfermedad que habìa contraido al atravesar la Florida. Jewison tenìa treinta y cinco años y un Colt Forntier a la cintura; vestìa levitòn Prìncipe Alberto y fumaba cigarrillos muy suaves, ambarinos, de Virginia. Una noche, quedò con los ojos abiertos, mirando el techo de paja trenzada, inmòvil como una piedra. Habìa muerto sonriendo, cara a un cielo extraño, tal vez muy semejante al de las interminables noches de su Tejas natal (6).

En Los jardines del Carmelo, escribe Ana María Guerra: El campo se subdividió; la casa y unas parcelas quedaron en manos de los Ruiz, tres hermanos venidos de Galicia, que aconsejados por Marga, establecieron un burdel. Las dificultades de los primeros tiempos fueron incontables; los carros se empantanaban, los jinetes entraban con barro hasta en las fajas, y apenas caían unas gotas la gente se acobardaba, quedando el prostíbulo vacío. Finalmente, los Ruiz decidieron deshacerse de él (7).

Godofredo Daireaux es el autor de Matufia, en el que escribe: Después del confortable almuerzo, se fue don Narciso a siestear, y se sentaron a la sombra de los preciosos aromas que rodeaban la estancia de don Carlos Gutiérrez, hacendado de la vecindad, don Julio Aubert, francés acriollado y mayordomo de una gran estancia vecina y un vasco, ovejero rico de por allá, que llegado a comprar carneros, a la hora de almorzar, había sido convidado por el dueño de casa (8).

En Una conversación interesante, de Conrado Nalé Roxlo, uno de los personajes se refiere a un turco que se va a casar, y afirma que un vasco piensa frustrar ese matrimonio: creo que se le va a aguar la fiesta porque el vasco Indurrimendi se ha enterado de que Flores es casado en Turquía y, como usted sabe que tienen rivalidad por los negocios, ha dado parte al comisario y al registro civil y hasta creo que les ha mandado el pasaje a las esposas turcas del turco para que se presenten el día del casamiento y armen un escándalo. Si vienen todas va a ser divertido (9).

En Los trotadores, de Elías Carpena, dice uno de los personajes: -¡Mire, patrón: de los troteadores que ahí, en la Coronel Roca, corrieron el domingo, ni los que corrieron antes, le hacen ninguna mella... : ni siquiera el del vasco Estévez, que ganó sobrándose por el tiro largo, ni el de la cochería Tarulla, que ganó con el oscuro a la paleta! ¡Usted tiene el oro y lo confunde con el cobre! (11).

Mario, protagonista de Hermana y sombra, de Bernardo Verbitsky, recuerda al español que les vendía leche: Dejamos en Bahía Blanca varias cuentas impagas, pero la que realmente nos preocupaba era la del lechero, un español bajito y menudo, a quien se le formaban unas arruguitas alrededor de los ojos al sonreír, lo que hacía con frecuencia. Vestía algo parecido a un chaleco oscuro, sin magas, usaba faja, y un chambergo negro echado ligeramente hacia la nuca. Teóricamente, lepagábamos mensualmente los cinco litros que nos dejaba cada día pero siempre fue tolerante para el cobro, aceptando los pretextos con que explicábamos nuestra condición de deudores morosos. En los últimos meses no pudimos darle un centavo sin que él suspendiera el suministro de nuestro principal alimento. Nuestra convicción, reafirmada más de una vez por mamá, era que a ese pequeño español bondadoso debíamos el no haber muerto de hambre, sobre todo nuestra hermanita a quien no le faltaron nunca varias mamaderas diarias para suplir los pechos casi secos de mamá (12).

En Barrio Gris, Joaquín Gómez Bas presenta a una española que vende leche en Sarandí: El agua cubre ya la mitad de la calle. La gente comienza a utilizar el puente esquinero para atravesarla. Es un artefacto endeble y cimbreante que se yergue a más de cinco metros sobre el nivel del camino ordinario. Representa una hazaña ascender la escalera de carcomidos peldaños de madera, recorrer su piso de tablas inseguras y bajar por el extremo opuesto aferrándose a la barandilla resquebrajada por el sol y las lluvias. (...) Doña Micaela sube trabajosamente la escalera del puente acarreando un tarro de leche en cada mano. Trastabilla en los tramos y acompaña el peligroso tambaleo con imprecaciones más sucias que su indumentaria. Es grotesca como una vaca que bailara sobre sus patas traseras (13)

En el discurso pronunciado con ocasión de otorgársele la ciudadanía italiana y la Medalla de Oro a la Cultura Italiana en la Argentina, dijo Ernesto Sábato: En el siglo pasado, mis padres llegaron a estas playas con la esperanza de fecundar una tierra de promisión. Se instalaron en la ciudad de Rojas, donde tuvieron un pequeño molino harinero (14).

En su poema La Condra, Fulvio Milano canta: Así la llamaba el abuelo italiano. No sé/ qué significa este nombre. Condra,/ la yegua blanca que atábamos al sulky./ ¿Qué voy a hacer, Dios mío, con este/ nombre raro/ a través de la gente, a través del olvido?/ La Condra, impredecible de caprichos en/ los caminos rurales,/ batía al aire los remos nerviosos, disparaba/ por fantásticos ríos/ tronaba el abuelo, y yo veía palidecer/ en tambaleante escorzo el angustioso sueño/ de la llanura (15).

En Nobleza del pago, Fray Mocho hace referencia a un inmigrante inglés que no era trigo limpio. Recordando la historia de su familia, dice un personaje: Yo no sé, che, si eran nobles, pero sé que les caían y que con algunos hasta tuvo que ver l’autoridá, como le pasó a tu tío Ramón, que al fin se quedó en la calle, y a tu tía Robustiana, mal casada con un inglés que tenía el finao de mi padre de puestero y que lo pilló cerdiándole las yeguas, a medias con el juez de paz... (16).

Un inglés protagoniza el relato que un personaje narra en el cuento Al rescoldo, de Ricardo Güiraldes: -Est’ era un inglés –comenzó el relator-, moso grande y juerte, metido ya en más de una peyejería, y que había criao fama de hombre aveso para salir de un apuro. Iba, en esa ocasión, a comprar una noviyada gorda y mestisona, de una viuda ricacha, y no paraba en descontar los ojos de güey que podía agenciarse en el negosio. Era noche serrada, y el hombre cabilaba sobre los ardiles que emplearía con la viuda pa engordar un capitalito que había amontonao comprando hasienda pa los corrales (17).

Los inmigrantes trabajaron asimismo en el adoquinado de las calles. Lo recuerda José Luis Corsetti, quien afirma: De las canteras de Tandil salió gran parte del empedrado de las calles de nuestro país. Los picapedreros españoles, italianos, montenegrinos y yugoslavos fueron, desde 1870, personajes entrañables que dejaron cuerpo y alma, cuando no la vida, en cada cincelada (18).

Hugo Nario describió la dura vida de los picapedreros: Despeñarse, quedar aplastado por el desprendimiento de piedras o cascajo, perder un ojo reventado por una escalla o por un pinchote mal templado, morir destrozado por una voladura imprevista, caer bajo las ruedas de las zorras que bajaban cargadas de material desde lo alto de la pendiente, o carros cuyo control de descenso se perdía, y volcando arrastraban por el precipicio a caballos y conductor. Y en todo tiempo, el arresto, el allanamiento, las redadas, días y meses de encierro, la amenaza de la deportación, a veces sin proceso (19).

Estos hombres fueron alcanzados por la muerte de a decenas, en un tórrido verano porteño. Escribe Vázquez-Rial: la gente caía muerta en las calles: los cadáveres eran ya cuatrocientos cuando el casi eterno presidente Roca visitó la Asistencia Pública: la mitad correspondía a trabajadores del empedrado público. No había enfermedad: era el sol. Se suspendieron todas las actividades entre las once y las cuatro, y se recomendó higiene y ropa holgada (20).

En José Balbino, el portugués (21), Maria Elena Massa de Larregle relata la historia de este inmigrante. El había nacido en Portugal el 9 de marzo de 1900. Casado con Ana Brígida Ferreyra y padre de una niña (María, hoy señora de Elbey), pasó con ellas a Francia por un breve tiempo, y desde allí vinieron todos a la Argentina en 1930. Su lugar de radicación fue una cantera próxima a Villa Mónica, llamada según referencias Cerro del Aguila, donde trabajó como picapedrero. Era ése un oficio duro pero muy requerido en tiempos en que continuaba avanzando el empedrado en ciudades del interior (recién después del año 1938 fue desplazado por el asfalto, llegando esa tarea de recambio a Olavarría, hasta tiempos de la intendencia de Alfieri, en los años setenta. Por participar en una huelga de obreros, se quedó sin empleo. Una circunstancia fortuita lo constituyó en dueño de un colectivo marca Chevrolet: fue la forma de poder cobrar una suma que le adeudaban por salarios. Y con ese vehículo, tuvo la posibilidad de iniciar lo que sería su ocupación de allí en más: conducir el UNICO medio para viajar entre Bolívar y Olavarría en forma directa y en colectivo. Años más tarde, la muerte se le anunció estando al volante: Continuó en Olavarría un tiempo más en viajes particulares para CORPI, para escuelas de educación especial. En una de estas tareas de transporte, llevando en su viejo colectivo chicos de una Escuela Diferenciada (como se llamaban entonces) lo alcanzó el invisible rayo de su destino. Sintiéndose mal, tuvo lucidez y un último gesto de responsabilidad, por las vidas que transportaba, para quitar el pie del acelerador y llevar con suavidad la marcha hacia el borde de la vereda. Y dejó que el infarto hiciera su obra. Falleció a los cuatro días, el 30 de enero de 1968. Preguntó por ‘los chicos’ –los escolares- y cerró los ojos. Se había cumplido un ciclo en una vida.

En Quilmes, La Plata y Berisso, se desarrolló, durante la década de 1920, una importante concentración de armenios gracias a las fuentes de trabajo en los frigoríficos de la zona. En la localidad de Berisso estaba el frigorífico Armour La Plata S.A. que inició sus operaciones en 1915. Entre dicho año y 1930, el 60% de su población obrera estaba constituida por hombres y mujeres provenientes de Europa y Asia. Los armenios compartieron con los italianos, españoles, rusos y árabes, las pesadas tareas en desfavorables condiciones de trabajo (22).

Un personaje de Barrio gris, de Joaquín Gómez Bas, encuentra una horrible muerte en la Argentina. Dice una noticia publicada en un diario: Avellaneda. En el hospital municipal de esta ciudad falleció esta madrugada el obrero Martín Otero, español, de 23 años... La víctima, mientras trabajaba en los establecimientos de La Sulfúrica, perdió pie y cayó a un estanque de ácidos... siendo infructuosos los auxilios que le prestaron sus compañeros... Intervino la comisaría... (23).

En Flandria, la ciudad-fábrica cuyo espíritu vive en una banda, Jorge Iglesias se refiere al belga Julio Steverlynck; presenta, además, el testimonio de personas que estuvieron vinculadas a la Algodonera Flandria. Iglesias escribe: Por cierto, en la Argentina de finales de los veinte, encontrar un obrero textil calificado era tarea de cíclopes. Así, Steverlynck le abrió las puertas de la fábrica a gran cantidad de inmigrantes españoles e italianos. Toda gente que había dejado sus raíces. Gente que venía a ‘hacer la América’. Mejor, ¿por qué no?: a hacer la Flandria... Pero, como la gente trabajando se hace, de los telares no sólo salieron telas, como se verá, también salieron ‘hombres de Flandria’ (24).

Aurora Alonso de Rocha se refiere a los editores de periódicos de Olavarría, localidad bonaerense: Los españoles, dueños de un buen idioma hablado y, seguramente, monopolizadores del español escrito en un país babélico, eran los editores obligados (25).

Con estudios en su país, llega a la Argentina la alemana Christina, en 1891. Ella se establecerá en Adrogué: Un aviso en el Bremer Zeitung en el que se solicitaba un ama de llaves dispuesta a viajar a Buenos Aires, la había conectado con herr Jantzen y su esposa, que irían a instalarse a un remoto país sudamericano llamado Argentina. El caballero iba como gerente del Deutsche Transatlantik Bank y lo acompañaban su esposa y sus tres pequeños hijos (27).

Respecto de la inmigración en Tigre, afirma Mabel Trifaro: En el período que va desde 1870 hasta 1910, que luego se prolongó en menor escala, fueron entrando al país gran cantidad de inmigrantes de diversas procedencias, que llegaron también hasta Las Conchas (Tigre) y se establecieron formando sus familias. (...) Los inmigrantes se ubicaron en diferentes lugares del país según su procedencia, formando colonias. En el caso del delta, si bien no formaron colonias, se distribuyeron en los ríos con cierta proximidad los que provenían de determinadas regiones de Europa. Enrique Udaondo en su libro Reseña histórica del partido de Las Conchas, menciona que según el Censo de agosto de 1854, la población de Las Conchas era de 960 habitantes, de los cuales: 757 eran porteños, 112 provincianos, 21 españoles, 11 ingleses, 12 franceses, 15 italianos, 2 norteamericanos, 6 portugueses y 20 de otras nacionalidades. En 1886 encontramos registrados 2500 habitantes, en 1890 ya son 8370 y así iría multiplicándose la población con el establecimiento de los inmigrantes. Podemos destacar de modo general a los españoles de diferentes regiones en el comercio, los vascos-franceses en los tambos, los italianos en la industria y la mecánica, los turcos (sirio-libaneses) en el comercio itinerante, los japoneses en la floricultura, por lo que se instalaron en las zonas altas de General Pacheco, Benavidez y Escobar y éstos también se destacaron en la industria tintorera. Se desarrolló en el delta, gracias al impulso de los inmigrantes la fruticultura y la horticultura, y como necesidad para el traslado de la producción, la mimbrería, la cestería y debieron multiplicarse también los aserraderos. La industria naviera tuvo el aporte de importantes familias de inmigrantes y los astilleros fueron la respuesta a la demanda creciente de embarcaciones de diferentes calados (28).

Un griego es el propietario del copetín al paso Acrópolis. Relata el hijo –protagonista de Latas de cerveza en el Río de la Plata, novela de Jorge Stamadianos que fue distinguida con el Premio Emecé 1994/95-: El Acrópolis está ubicado sobre el andén de una estación de la zona norte del Gran Buenos Aires que años atrás, en la década del 50, había conocido su época de esplendor. El lugar había crecido rápidamente en esos años dando origen a una calle principal donde se amontonaron todo tipo de comercios. (...) Mi viejo había hecho pintar el Partenón sobre los vidrios como un símbolo triunfal de su país, pero el paso del tiempo descascaró el dibujo, metamorfoseando esa imagen idílica –pintada de dorado- en la actual del monumento en ruinas (29).

Entre los africanos –afirma Juan Carlos Coria-, Las ocupaciones son muy variadas, pues van desde personal de a bordo, de distintas flotas comerciales o mercantes, hasta empleados en la administración pública, pasando por obreros, comerciantes al menudeo y muy pocos los que se han internado en las provincias, o se han dedicado a la agricultura ya como patrones o peones. (...) De las entrevistas realizadas, ha sido posible obtener un patrón general de las causas porque han emigrado, coincidiendo en líneas generales con la emigración masiva proveniente de Europa: búsqueda de un lugar donde trabajar dignamente para labrarse un porvenir y tener una familia, sin discriminaciones de piel, raza, lengua o dialecto, religión o/y herencia cultural. Esto se ha obtenido en la mayoría de los casos, pues no son excepción los integrantes de la segunda o tercera generación, nacidas en la Argentina, que son propietarios de pequeños negocios o han estudiado y estudian carreras universitarias. Coincidentemente, se encuentran descendientes de africanos o africanos llegados muy niños o jóvenes, desempeñándose en cargos de responsabilidad y jerarquía dentro de las fuerzas de seguridad, armadas o sanitarias. (...) El asentamiento geográfico de la población de origen africano y de su descendencia, se concentra mayoritariamente en el Gran Buenos Aires, siendo muy pocos los que viven en la ciudad de Buenos Aires o en provincias del interior (30).

Los Rotstein, llegados de Ucrania, se establecieron en la provincia de La Pampa. Sus descendientes escriben: En 1913 se voló el techo de la escuela primaria y ésta quedó inutilizada. Los Novick pudieron mandar a sus hijos a estudiar a otro lado pero David tuvo que abandonar. Para aportar a la familia, se conchabó para cuidar ovejas en una chacra cercana. Una anécdota de su primer día de trabajo: el dueño de la chacra lo dejó a la mañana con las ovejas, galleta y una botella de agua y dijo que lo venia a buscar al anochecer. David esperó hasta que decidió que no lo venían a buscar y decidió volver caminando a Villa Alba. En ese entonces no había caminos sino huellas. Enseguida se hizo noche cerrada, pero el sentido de orientación que siempre tuvo lo ayudo a llegar. Esto tomó largo tiempo y, mientras tanto su empleador llegó, en carro o sulky, a buscarlo. Al no encontrarlo, volvió al pueblo. Tampoco estaba en su casa (estaba en tránsito, caminando de vuelta) así que para cuando llegó había una gran alarma esperándolo (31).

De un agricultor judío, Aarón y su esposa dice María Inés Krimer: Nadie pudo explicar por qué terminaron ahí, perdidos en el medio de la pampa, cuando parientes y amigos se habían dirigido a las colonias de Santa Fe, Entre Rios y Chaco (32).

Fausto Burgos y Abelardo Arias evocan a los italianos agricultores que se establecieron en Mendoza. El primero refiere en El gringo (34), los abusos de los que eran víctimas los trabajadores –nativos y extranjeros-, mientras que Arias, en Alamos talados (35), describe –además del trabajo de los viñateros- la pérdida de una posesión familiar a manos de un turco.

Alfredo Bufano canta a los agricultores italianos: ¡Salud a ti, fuerte hijo de la loba romana,/ hijo del heroísmo y de la santidad,/ el que a su espada, dueña de milenaria gloria,/ trueca en armas benditas de trabajo y de paz!/¡Salud a ti, el de la estirpe de César/ y de Virgilio, el que pone el mismo afán/ al labrar tierra propia y al labrar tierra ajena,/ o al esparcir semillas que otros cosecharán!/ ¡Salud a ti que derramas el resplandor de Roma/ por los caminos del mundo con manos de eternidad! (36).

Alcides J. Bianchi recuerda a los trabajadores inmigrantes: Los dos heladeros de mi preferencia eran: uno, el italiano ‘Don Chichillo’, que se ubicaba en la esquina de la ferretería de los Marín; y el otro, el portugués ‘Lurdeos’, cuyo sobrenombre provenia de su forma de expresarse al ofrecer los helados, con la típica ruleta de la suerte, donde uno pagaba cinco centavos, y tenía el derecho a dos tiros de ella. -¡Chicos!, a probar suerte, van a sacar tantus heladus como lurdeos míos –y levantando su rústica mano derecha mostraba sus dedos en pantalla. El almacenero de Rama Caída era árabe: El personaje más importante del lugar, Don Julio el almacenero (único negocio del lugar), nos dio la bienvenida en su dificultoso idioma, como buen paisano árabe. –Aquí ‘baisano’ Julio da bienvenida, ‘baja... baja’, basen al almacén –invitó ceremonioso. Bianchi recuerda asimismo al médico de San Rafael, que también era inmigrante, pero no especifica de qué origen: Por razones de salud –el problema asmático de mi madre-, y por indicaciones del doctor Teodoro Schestakow, los fines de semana o bien en vacaciones de verano, debía ella viajar a un lugar montañoso y de altura, lejos de la ciudad, cuyo aire puro tenía las cualidades curativas para su afligente mal. –Señora, no dejar de ir a montañas, si quiere mejorar- le decía terminante el médico, en su entreverado idioma (37).

En la memoria de la Colonia San José, afirma Alejo Peyret: He visto en esta Colonia, montañeses que nunca se habían aproximado a un buey y les tenían un miedo espantoso, por más mansos que fueran. Habían arado con caballos, y había también algunos que nunca habían arado. Habían solamente carpido algunas varias cuadras de tierra en las faldas de los Alpes. Venían pues a América a hacer su aprendizaje de agricultura (38).

Generalmente todos decían que eran agricultores –manifestó el profesor Jorge Ochoa de Eguileor-, porque una de las condiciones para poder venir a la Argentina era que fuesen agricultores. Nunca habían visto la tierra, y los que la habían visto, la habían visto en su pequeña casa del caserío donde tenían su cerdo, y donde tenían su vaca y alguna gallina (39). Así fue como se vieron obligados a aprender un oficio que les resultaba desconocido, para poder subsistir en la nueva tierra.

El esfuerzo de mucho tiempo se veía destruido por la plaga de langostas. Escribe Ferdinand Constantin, en 1898, en la misma colonia: Hemos salido victoriosos en la destrucción de estos insecto devastadores. La primera nube de langostas ha venido sobre mi viña a la tarde. A la mañana siguiente éramos siete u ocho personas para recoger 295 kilos sobre los troncos de los durazneros y los postes de las viñas. Se ha comenzado con la destrucción de los huevos y enseguida se ha destruido a las recién nacidas. En la Colonia se ha tenido pérdida de cosecha hasta este momento. En los alrededores, donde no se ha podido luchar contra las langostas, el maíz ha sido arrasado. En estos cuarteles no se veía más que correr la policía para infligir amenazas a todos aquellos que no querían participar en la lucha contra los insectos. Se pagaba 50 centavos los 10 kilos de langostas recogidos... (40).

Leopoldo Lugones canta al comerciante sirio: Más allá viene el sirio buhonero,/ Balanceando a la espalda su bicoca,/ Al canto gutural de la sabida/ ‘Cosa linda barata’ que pregona (41).

El ingeniero Walter Rathhof llega a Misiones con un contrato: ‘¿Cómo vine a para acá? Hace tres meses ni sabía que existía este lugar. ¡Misiones!’ Apenas si había visto el nombre de Argentina en el mapa. En Alemania no conocía a nadie que hubiera andado por esta parte del mundo, pero bastó una propuesta para dejar la familia, el empleo seguro, la patria, los amigos, por la aventura. (...) Allá era un ingeniero más, sin mucha experiencia entre tantos otros, en cambio acá estaba todo por hacer. ¡Y justo puentes! Si hubiera sabido que alguna vez tendría que hacer puentes, tan lejos y sin poder consultar con nadie, hubiera prestado más atención a aquel viejo profesor que siempre hablaba de los de la India y de la China. Después de todo, los que tendría que hacer acá tendrían más en común con esos que con los prolijos puentes de hierro que diseñaba en la facultad. Además, había que hacer todo desde el principio, ni siquiera las mensuras estaban y los lugareños medían las distancias en tiempo: dos días de barco, un día de a caballo (42).

En esa misma provincia, los Spasiuk alternaban el trabajo manual con la música: En Apóstoles, un humilde pueblito a 50 km de Misiones, Juan (el tío) y Marcos (el padre) se concedían una pausa en la carpintería, tomaban cada uno su violín y su guitarra y, sobre un tablón, afloraban polcas, valses, rancheras, chacareras y rumbas, como una necesidad de recrear la música que sus antepasados habían importado de Ucrania y de Europa del Este (43).

Los gauchos judíos es el libro que Alberto Gerchunoff escribe para el Centenario. En él, evoca la vida de estos hombres y mujeres que se vieron enfrentados a tareas que nunca habían realizado (44).

En su cuento El cardenal, Márgara Averbach escribe que su abuelo había nacido en una ciudad de Europa y después se había visto obligado a convertirse en gaucho judío, una conjunción inimaginable para él, supongo (45).

El gran cambio en las costumbres de los judíos ortodoxos se produjo cuando la segunda generación en el país, o sea la de mi padre –señala Benedicto Kaplan-. Así como los de la primera generación todos llevaban largas barbas, salvo algunos elegantes que se las recortaban en punta, los de la segunda generación se afeitaron casi sin excepción, cambiaron sus hábitos alimentarios, adoptando los de los gauchos. La religión se siguió practicando en las grandes fiestas. Aparecieron los primeros gauchos verdaderos: bombachas anchas en lugar de pantalones, faja con tiradores y facón, asados, mate y carreras cuadreras. En la generación tercera, o sea la mía, este tipo humano pintoresco se multiplicó en todas las colonias (46).

La finalización de los contratos ocasionaba que familias enteras se trasladaran en busca de otro campo para trabajar. En un viaje por Santa Fe, Gladys Onega y su padre ven a los expulsados de la tierra: vimos un carrito del que tiraban una mujer y un hombre, cada uno de su vara; en ese carrito pequeño y angosto llevaban su casa. Allí habían cargado los muebles, los hierros de labranza, un baúl, atados de ropa y todavía cabía una cama donde unos chicos y la nona se amontonaban y se tapaban del sol con la colcha blanca de algodón ahora ennegrecido, que había formado parte del ajuar europeo y que tantas veces había visto en las casa de chacareros, atada por sus cuatro puntas al respaldo y a la piesera de hierro de la cama. Debajo de ese toldo trataban de salvarse del terrible castigo del sol y del bochorno de la tarde con el aire que debía soplar por los costados libres. Detrás del carrito venían unos muchachos que empujaban aliviando el esfuerzo de sus padres (47).

En Santa Fe se instalan los Vairoleto. El padre, Vittorio, encontró diversas ocupaciones temporarias y también fue arrendatario, con variada suerte. (...) tuvo que buscar conchabo en obras de construcción de las líneas ferroviarias y otras tareas estacionales. Para la trilla se tomaban horquilleros, carreros o ‘pistines’, fogoneros y aguateros; el trabajo era de sol a sol, y los maquinistas lo pagaban a su antojo. También se conseguían changas para embolsar y coser, o en el transporte y almacenamiento de las estaciones, pero había que deslomarse hombreando bultos de setenta kilos por el ‘burro’ y subir al trote cuando se cargaban los vagones (48).

Los agricultores inmigrantes también fueron tema de poesías. En Ese inmigrante, Virginia Rossi canta: Se llenaba de espigas/ los puños y los brazos/ y su paso medía/ la soledad del campo (49).

Vista a la distancia –escribe Hugo Mataloni-, la epopeya de la inmigración parece aureolada por la leyenda y el heroísmo. Cruzar el mar, arar la tierra, levantar el trigo rubio como el cabellos de los inmigrantes, todo suena a poesía y así es presentado el período fundacional por escritores y poetas, como por ejemplo José Pedroni, que cantó como pocos a la gesta civilizadora y sobre todo al nacimiento de Esperanza. Pero si en un principio los agricultores araban con el Rémington a la espalda, teniendo en el horizonte el fantasma del indio, es de imaginar la cantidad de dramas y de fracasos, de renunciamientos y de miedos que se sucedieron y que debieron ser superados para llegar a la victoria final (50).

Viajando de Rosario a Córdoba, Julio A. Roca conoce a un inmigrante. Escribe Félix Luna: me impresionó lo que me dijo un inglés, empleado del ferrocarril. Era el encargado de medir las tierras, una legua a cada lado de la vía, que por concesión se le había otorgado en propiedad a la empresa. En un castellano arrevesado, el gringo me contó que estaban expulsando a los pobladores que vivían en aquellos campos para venderlos en grandes fracciones una vez que la línea hubiera llegado a Córdoba. Sería un negocio enorme –me decía- y se llenaba la boca describiendo las miles de cabezas de ganado que podrían criarse allí y los millones de fanegas de trigo que se cosecharían (51).

En Colonia Caroya -escribe Carmen María Ramos- Alberto Nannini, enólogo y actual director de Bodega Nannini, recuerda que su bisabuelo, en los primeros tiempos, llevaba en carros tirados por caballos el vino que elaboraba hasta la ciudad de Córdoba, donde lo vendía en barriles de 200 litros. (...) La necesidad de maximizar esfuerzos llevó a los minifundistas a unirse en cooperativas, y así nació, en 1930, La Caroyense, con 34 socios fuindadores, todos friulanos o descendientes. (...) Claro que La Caroyense, con su típica fachada que imita la de la catedral de Udine, de donde provienen muchos de los fundadores de la Colonia, es la historia de la producción vitivinícola de Caroya, pero no toda la historia (52).

En Villa General Belgrano, Còrdoba, vive Pierre Cottereau. El nos escribiò: si bien soy extranjero, no soy un inmigrante. Lleguè a este paìs en calidad de turista para conocer a unos familiares emigrados en 1889, entre ellos mi abuelo materno que retornò a Francia en 1900 y que no he conocido. Me quedè por pura casualidad, el haber encontrado un trabajo provisorio que me lanzò hasta independizarme; llegaba con el bagaje de òptico tècnico industrial (53).

En El mundo, una vieja caja de música que tiene que cantar, Héctor Tizón presenta un cura gallego: El cura comienza a pasearse despaciosamente por el salón. Está pensativo, cabizbajo y dice por ahí (sólo el Capataz y el Turco pueden escucharlo, los otros no están en este momento) aludiendo quizás a su pobreza: -Me ha tocado una parroquia estéril como una mula. Y poblada de locos (54).

En Jujuy se afincó el yugoslavo evocado por María Edith Lardapide Olmos en Historia de vida: Don Milo tomó contacto con la empresa de Joseph Kennedy y allí tuvo una importante responsabilidad: hacían el trazado de las líneas férreas en el inmenso altiplano boliviano, donde, cuando cae el sol, pareciera poderse tocar con las manos. Sus empleados eran nativos aimaráes y quichuas (55).

En la Patagonia, administra una estancia un alemán: El 3 de febrero de 1923, después de una travesía de treinta días desde Hamburgo, Ella Hoffman llega con sus tres hijas a Buenos Aires, rumbo a la Patagonia, donde Hermann Brunswig, su marido y padre de las niñas, trabaja como administrador de una estancia y espera ansioso el reencuentro con su familia después de tres años y medio de separación (56).

En Tierra del Fuego vivían los empleados de la penitenciaría (57), y los personajes de Fuegia, novela de Eduardo Belgrano Rawson: Cuando les resultó evidente que habían echado mano a los mejores campos del mundo, los criadores de toda la isla resolvieron cruzar sus mediocres ovejas con padrillos europeos. Para entonces ya nadie soñaba con transformar a los lugareños en sus pastores perfectos. En realidad, a los parrikens les sobraban condiciones para el puesto: corrían treinta kilómetros de un tirón, podían dormir al sereno en invierno y resistían sin probar bocado como el más bruto de los galeses. Pero nada aborrecían más en el mundo que el trabajo de ovejeros, de modo que los criadores olvidaron por fin el asunto y junto con los padrillos importaron pastores de Escocia, quienes trajeron hasta los perros (58).

También a las Islas Malvinas llegaron pioneros escoceses: En 1842 llegaron dieciocho pobladores, en 1849 treinta y en 1859 otros treinta y cinco, con sus respectivas familias. El último contingente llegó en 1867. Poco a poco colonizaron todas las islas. Estos escoceses trasladaron a las Malvinas sus costumbres, entre otras la de criar ovejas, no vacunos. Sus descendientes forman la gran mayoría de la población malvinense nativa, de la población estable actual, porque las Malvinas tienen también una población inestable, de origen no escocés sino inglés: son los funcionarios y los militares (59).

8 Daireaux, Godofredo: Matufia, en Fray Mocho, Félix Lima y otros. Los costumbristas del 900. Sel. y pról. de Eduardo Romano, notas de Marta Bustos. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).

10 Kordon, Bernardo: Hotel Comercio, en R. Arlt, J. L. Borges y otros: El cuento argentino 1930-1959*** antología. Selección y prólogo de Eduardo Romano, notas de Marta Bustos. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).

21 Massa de Larregle, María Elena: José Balbino, el portugués, en Revista N° 4, 2000, Dirección y coordinación: Aurora Alonso de Rocha. Archivo Histórico Alberto y Fernando Valverde, Municipalidad de Olavarría, Secretaría de Gobierno.

54 Tizón, Héctor: El mundo, una vieja caja de música que tiene que cantar, en J. J. Hernández, H. Tizón, Isidoro Blaisten y otros: El cuento argentino 1959-1970** antología. Selección, prólogo y notas del Seminario Crítica Literaria Raúl Scalabrini Ortiz. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).

Los inmigrantes se destacaron en diversas áreas. En las ciencias y las artes, en la fotografía, la comunicación, la traducción, la docencia, el deporte, la colonización, el empresariado, la política, las fuerzas armadas, el sacerdocio y otras profesiones. Algunos llegaron ya formados; otros, vinieron de corta edad y se formaron en la nueva tierra. Mencionaremos sólo a algunos de ellos.

Inmigraron los pioneros (1) Juan Fugl, Diego Zijlstra, Marcos Alpersohn, Angel Vaccarezza, Ángel Médici, Antoine Bonvin, Johann Bodemann, Francisco Izquierdo, Mauricio Chajchir, Juan Szychowski, Juan Faccioli, Alice Le Saige de la Villesbrumme, Andreas Madsen, Primo Capraro, Jarred Jones, Enrique Neil, José Tauschek, Jorge Huber, Carlos Whiederholdt, Jorge y Ralph Newbery, Fermín Salaberry, Manuel Domínguez, los hermanos Goye -Camilo, Felix, y Maria-, Eleonora Britten de Lewis, Thomas Bridges y Karl Popper, Edwyn Berwyn, Clemente Cabanettes, Bautista Heguy, Rachel y Aaron Jenkins, Lewis y Evan Jones y Guillermo Parish Robertson, entre otros.

Inmigraron los empresarios Tomás Armstrong, Manuel y José Arijón, Averza, Juan Berisso, Valentín Bianchi, Gaetano Brenna, Antonio Cabrales, José Canale, José de Carabassa, Antonio Cambaceres, Reinaldo Cano, Nicola Catena, Manuel Corral Vide, Carlos Della Penna, Antonio Devoto, Deyacobbi, Torquato Di Tella, Ida y Walter Eichhorn, Luis Fasoli, Andrés Filippini, Angel Furlotti, Bautista Gargantini, Miguel Georgalos, Juan Giol, Juan Graffigna, Otto Hammerling, Clodomiro Hileret, Alberto Hynes, Franco Macri, Atilio Marasco, Antonino Mastellone, los hermanos Maucci, Hohannes Mergherian, Nicolás y Miguel Mihanovich, Francisco Moreira de Moura, José Navarro, Giuseppe Pedemonte, Paulino Peñalba, Catherine Pere Vergé, Quinto Eduardo Pulenta, Marcelino Riviére, Agostino Rocca, Francisco Rodríguez y Ana Encina, José López Ribas, Leoncio Arizu, Felipe Rutini, Humberto Sánchez, José Saponara, Scannapieco, Guillermina Schwartz, Philippe Schell, Shaw, Alide Speziale, Julio Steverlynck, Juan Szychowski, Humberto F. Terrabusi, Antonio Tomba, Fernanda Torresi de Corradini, Pedro Vasena y Vicente de Vega, entre otros.

Inmigraron los actores Darío Vittori, Rodolfo Ranni, Hedy Crilla, Vicente Ariño, María Luisa Robledo, Héctor Bidonde, José Cibrián, Ana María Campoy, Pierina De Alessi, Golde Flami, Guido Gorgatti, Maurice Jouvet, Gianni Lunadei, Diana Maggi, Iris Marga, Marzenka Nowak, Delfy de Ortega, Pablo Palitos, Rodolfo Ranni, Guido Renni, Luis Tasca, Tania, Tincho Zabala, Bernardo Zalman Ber Dvorkin y Henny Trailes.

Se vincularon al teatro los inmigrantes Antonio Cunil Cabanellas, Pascual E. Carcavallo, Elio Gallipolli, Cecilio Madanes, Nino Fortuna Olazábal, Alberto Novión, Germán Ziclis, Luis Ordaz (crítica) y los titiriteros (2) Sebastián Terranova, Carolina Ligotti, Vito Cantone y Berta Finkel. Trabajaron en televisión, los empresarios Goar Mestre, Pedro Simoncini y Jaime Yankelevich. Inmigraron los cineastas Angel Mentasti, Mario Gallo, Federico Valle, Quirino Cristiani, Mario Soffici, Luis César Amadori, Catrano Catrani, César Ciacchi, Luis Bayón Herrera, Juan Oliva, Manuel García Ferré, Eugenio Py, Max Glücksmann, Daniel Tinayre, Ralph Pappier, Leo Fleider y Román Viñoly Barreto. Fue inmigrante el empresario circense Pablo Rafetto. El catalán Puig era utilero.

Fueron fotógrafos (3), entre otros, los inmigrantes Benito Panunzi, Arístides Stephani, Luigi Bártoli, Pedro Tappa, Arquímedes Imazzio, Félix Corte, Romilda de Consiglio, Antonio Cirigliano, los hermanos Felipe y Santiago Polzinetti, Antonio Pozzo, Angel Paganelli, Cesare Rocca, Samuel Rimathe, Guido Boggiani, Florencio Bixio, Frans Van Riel, Gregorio Ibarra, Christiano Junior, Witcomb, Amadeo Jacques, Alfredo Cossón, Eugenio Py, Rodolfo Kratzenstein, Adolfo Alexander, George Heinrich Alfeld, Rabe, Grete Stern, Annemarie Heinrich, Karl Popper, Sivul Wilenski, Boleslaw Senderowicz, Nicolás Schonfeld, Anatole Saderman y Harry Grant Olds.

Inmigraron los músicos (4) Angelo Ferrari, Santo Discépolo, Edmundo Piazzini, José Zaninetti, Carolina Ligotti, Arturo Luzzatti, Pascual De Rogatis, Vicente Scaramuzza, Adolfo Morpurgo, Alfredo Schiuma, Feliciano Brunelli, Luigi Gusberti, Antonino Malvagni, Silvano Picchi, Salvador Ranieri, José Libertella, Antonio María Russo, Carmelo Saítta, Dino Rawa-Jasinski, León Fontova, José Gil, Manuel de Falla, Julián Bautista, José Martí Llorca, Manuel Dopazo, Cesáreo Rodríguez, Jesús Longarela, Camilo Deus, Jesús Mariño, Manolo Yglesias, Joaquin Vicente, Prosper Fleuriet, Jacqueline Ibels, Julio Miguel Adolfo Perceval, Erwin Leuchter, Teodoro Fuchs, Guillermo Gräetzer, Ljerko Spiller, Jorge de Lalewicz, John Montés, Oleg Kotzarew, Roberto Kinsky, Francisco Kröpfl, Jacobo Ficher, Yascha Galperín, Don Dean, Antonio Pantoja, Hernán Oliva, Alfredo Eusebio Gobbi y Rosita Melo. También los cantantes Nazarena Crimi, Ignacio Corsini, Roberto Maida, Alberto Morán, Alberto Marino, María Altamura, Piero, Florencio Constantino, Tania, Ana María González, Regina Pacini de Alvear, Carlos Gardel, Eugenio Valori, Irina Alexandrova, Jevel Katz, Blackie, Angeles Montilla y José Razzano. Y los bailarines Joaquín Pérez Fernández, Renate Schottelius, Ekatherina Galantha, Ana Itelman. Inmigraron los luthiers Carlos Catelli y José Yacopi.

Inmigraron pintores (5). Entre ellos, Ignacio Manzoni, Epaminonda Chiama, Reinaldo Giudici, Salvador Zaino, Juan Cingolani, Nazareno Orlandi, Guillermo Da Re, Mario Zavattaro, Alfredo Lazzari, Frans Van Riel, Mario Canale, Lorenzo Gigli, Juan Del Prete, Victor Cúnsolo, Alcides Gubellini, Tomás Ditaranto, Víctor Rebuffo, Arturo De Luca, Bruno Venier, Libero Badíi, Aldo Paparella, Primaldo Mónaco, Clorindo Testa, José De Monte, Vito Campanella, Mara Marini, Ester Pilone, Arturo N. Eusevi, Rafael Domingo del Villar, Antonio Ortiz Echagüe, Vicente Nadal Mora, José Planas Casas, Ana María Calvente, Dolores del Olmo de Iribarne, Joaquín Gómez Bas, Araceli Vázquez Málaga, Juan Batlle Planas, Nicolás Rubio, Silvia Torrás, Luis Gowland Moreno, Juan Alais, Violet Skelton de Carelli, Adolphe D’Hastrel, Auguste Raymond, Quinsac de Monvoisin, Jean-León Palliere, Francois P. B. Barry, Carlos Enrique Pellegrini, Ernesto Charton, Emilio B. Coutaret, Fernando Fader, Leónie Matthis, Marie Darnond de Bamberg, Germaine Derbecq, Alberto Nicasio, María Angeles Esles, Martín Blaszco, Adolfo Mettfesel, Gertrudis Chale, Josefina Otilia Nyari de Absy, Otto Durá, Jacques Witjens, Federico Klemm, Milada Voldan de Mc Gaul, Zdravko Ducmelic, Nelly O’Brien de Lacy, Basia Kuperman, Alejandro Kokocinski, Américo Balán, Susana Foldes, Ladislao Magyar, Anikó Szabó, María Szekely, Ludmila Feodorovna de Fioravanti, Bibí Zogbe, Blanca Pastor de Landesberger, Julio Martínez Vázquez, Guillermo Facio Hebequer, Abraham Regino Vigo y Juanillo González. Fueron inmigrantes los grabadores Pablo Cataldi, Víctor Debhez, Alberto Nicasio, Planas Casas, Rebuffo, Sergio Sergi y Vigo.

Entre los inmigrantes que llegaron a la Argentina, hubo arquitectos, ingenieros y constructores (6). Fueron ellos, entre otros, Nicolás Canale, Benito Panunzi, Pedro Fossatti, Luis Giorgi, Luis Caravatti, José Canale, Bernardino Speluzzi, Raúl Levacher, Juan Bautista Arnaldi, Francisco Pinaroli, Francisco Bollini, Juan Antonio Buschiazzo, Cesare Cipolletti, Francisco Tamburini, Juan Pelleschi, Constantino Devoto, Carlos Morra, Luigi Luiggi, Víctor Meano, Hugo Miatello, Ernesto Vespignani, Gino Aloisi, Guido Jacobacci, Alfredo Olivari, Augusto C. Ferrari, Udina, Mosca, Benjamín Pedrotti, Francisco Gianotti, Alula Baldassarini, Torquato Di Tella, Francisco Salamone, Enrico Tedeschi, Clorindo Testa, Raymundo Battle, José Jacinto Eloy de Bassols, Manuel Escasany, Emilio Rebuelto, Fernando Aranda, Francisco Roca y Simó, Angel Pascual, Antonio Bonet Castellana, Thomas Charles Medhurst, Follet, Carlos Enrique Pellegrini, Augusto Ringuelet, Alfredo Ebelot, Carlos Thays, Roberto Maillart, Emilio B. Coutaret, Emilio Hugue, Louis Dubois, Gastón Mallet, Julio Dormal, John Doyer, Otto Von Arnim, Fernando Moog, Adolfo F. Büttner, Carlos Nordmann, George Hagemann, Ernesto Mayer, Hans Schmitt, Jacques Dunant, Walter Moll, Manuel Turner, Walter Loos, Juan Kronfuss, Andrés Kálnay, Anikó Szabó, Viktor Sulcic, Wladimiro Acosta, Luis Dates, Ichiro Mizuno y Tebaldo Ricaldoni.

Llegaron escultores (7). Entre ellos, Luis Giorgi, Pietro Costa, Víctor de Pol, Troiano Troiani, Juan Del Prete, Francisco Parodi, Alcides Gubellini, Libero Badíi, Ferruccio Polacco, Aldo Paparella, Antonio Pujìa, Beatriz Cazzaniga Vicente Nadal Mora, José Planas Casas, David Vallmitjana, Martín Blaszco, Fenia Cherktoff de Repetto, Stephan Erzia y Gyula Kósice.

Inmigraron dibujantes (8). Fueron españoles Eustaquio Pellicer; José María Cao Luces, Manuel Mayol, Alejandro Sirio y Manuel García Ferré. De Italia vinieron Premiani, Quirino Cristiani y Mario Zavattaro. En Polonia nacieron León Poch y Ian.

Inmigraron los escritores José Bonansea, Enriqueta Lebrero de Gandía, Antonio Porchia, Roberto Giusti, Alfonsina Storni, José Portogalo, Renata Donghi de Halperín, Julián Centella, Syria Poletti, Antonio Aliberti, Antonio Dal Masetto, Nisa Forti, Gigliola Zecchin (Canela), Martina Gusberti, Ricardo Monner Sans, Francisco Grandmontagne, José Andrés González Pulido, Antonio Cunil Cabanellas, Matilde Velaz Palacios, Guillermo de Torre, Fermín Estrella Gutiérrez, Eduardo González Lanuza, Antonio de la Torre, Joaquín Gómez Bas, Arturo Cuadrado Moure, Isaura Muguet, William Bulfin, Eluned Morgan, Paul Groussac, Gabriela Laperriere de Coni, Alberto Novión, Alfredo R. Bufano, Godofredo Daireaux, Jovita Epp, Olga Jespersen de Adeler, Alberto Gerchunoff, Jacobo Fijman, Germán Ziclis, Nejama Lapidus, Adelina Ethel Kurlat, Margarita Arsamasseva, Julia Prilutzky Farny, Clara Victoria de Palant, Berta Finkel, Sofía Laski, Roma Mahieu, Luisa Mondschein Halfon, Jacobo Langsner, Alina Diaconú, Pablo Urbanyi, Virginia Rodas, Carolina Freyre de Jaimes, Clorinda Matto de Turner, Esther de Izaguirre, Marta Elena Samatán, Constancio C. Vigil y Roberto Tálice, entre otros.

Hay, entre los inmigrantes, traductores (9). Son ellos Mario Nitti, Antonio Aliberti, Elsa Tabernig de Pucciarelli, Jean Authievre, Marion Kaufmann, Margarita Arsamasseva, Antonio Variu, Jorge C. Primbas, Sissag Kalaidjian, Abraham Azriel, Tine Debeljak, Kehos Kliger, Heriberto Haber, Henryk Mackiewicz, Max Tepp y Bernaldo Souto, entre otros.

Son inmigrantes los filósofos Tomás Abraham, Francisco García Bazán, José Ingenieros y Rodolfo Mondolfo, y los historiadores Roberto Etchepareborda, Clemente Fregeiro y José María Prado.

Editaron libros Jacobo Peuser, Manuel Gleizer, Guillermo Kraft, Constancio Vigil, Emilio Rodrigué, Gonzalo Losada, Antonio Lopez Llausás, Juan Torrendell y Arturo Cuadrado Moure. Fueron libreros Pedro García, Francisco Gil, Carlos Cerboni y Rafael Palumbo.

Inmigraron los periodistas Vicente Bucchieri, J.A. Pisani, Antonio Massone, José Ceppi, Clemente Ricci, Roberto Giusti, Fabiola Tarnassi de Schilken, Victoria Gucovsky de Fikh, Renata Donghi de Halperín, Julián Centella, Syria Poletti, Antonio Dal Masetto, Juan Fazzini, Nisa Forti, Canela (Gigliola Zecchin), Francisco Durá, César Cisnero Luces, Eustaquio Pellicer, Carlos García Landa, Antonio Zamora, Emilio Ramírez, Matilde Velaz Palacios, María Velazco y Arias, Ana María Calvente, Segundino Couso, Lucas Gracia, Lorenzo Varela, Francisco Ayala, María Teresa León, Isaura Muguet, Edward y Michael Mulhall, el Dean Patricio Dillon, William Bulfin, Edward Young Haslam, William Cathcart, Eluned Morgan, Alicia Moreau de Justo, Amadeo Jacques, Joseph Alexandre Bernheim, Gabriela Laperriere de Coni, Alfredo R. Bufano, Godofredo Daireaux, Elsa Tabernig de Pucciarelli, Alfredo M. Du Gratry, Otto Von Klickx, Max Tepp, Marion Kaufmann, Jovita Epp, Enrique Raab, Andreas Madsen, Olga Jespersen de Adeler, María Pascar de Roldán, Bernardo Neustadt, Alina Diaconú, John Montés, Boleslao Lewin, Julia Prilutzky Farny, Jacobo Timerman, Pablo Urbanyi, Alberto Gerchunoff, Adelina Ethel Kurlat, Abdul Latif El Jechin, Harry Grant Olds, Pedro Sonderéguer, Carolina Freyre de Jaimes, Clorinda Matto de Turner, Esther de Izaguirre, Constancio C. Vigil, Natalio Botana, Eduardo Lalo Pelliciari, Roberto Tálice y Fioravanti. (Esta nómina incluye tanto a quienes se desempeñaron como periodistas, cuanto a aquellos que colaboraron en medios al tiempo que realizaban otras actividades).

Se dedicaron a las ciencias –naturales, médicas, exactas, políticas, económicas y otras- los inmigrantes Bernardino Speluzzi, Emilio Rosetti, Pedro Scalabrini, Francisco A. Ricardi, Carlos Spegazzini, Roberto Dabbene, Ardoino Martini, Beppo Levi, José Ingenieros, Clemente Onelli, Julieta Lantieri, Carlos Spada, Irma Vertua de Santoro, Enrique Fossa Mancini, José Imbelloni, Egidio Feruglio, Luis E. Pierini, Eugenia Sacerdote de Lustig, Silvana Casagrande de Zeubner, Renato Radicella, Emilio Tenti Fanfani, Miguel Puiggarí, Juan Bialet Massé, Avelino Gutiérrez, Enrique Herrero Ducloux, Angel Cabrera, Julio Rey Pastor, María Faulín, Salvador Canals Frau, Angel Garma, Angel Lulio Cabrera, Luis A. Santaló, Emiliano Galende, Alicia Moreau de Justo, Juan Kyle, Jorge Duclout, Camilo Meyer, Juan Bréthes, Luis Alberto Quesada Allué, Rafael Voet, Federico Leloir, Abraham Willink, Carlos Hermann Burmeister, Pablo Gunther Lorentz, Federico Schickendantz, Oscar Doering, Adolfo Doering, Luis Brackebusch, Guillermo Bodenbender, Bertha Koessler Ilg, Anselmo Windhausen, Emile Hermann Bose, Juan Keidel, Walther Schiller, Pablo Federico Carlos Groeber, Gustavo Fester, Ricardo Gans, Franz Kühn, Hans Schumacher, Otto Schneider, José Alberto Hoffman, Wolfgang Volkheimer, Santiago Roth, Teodoro Stuckert, Enrique Augusto Samuel Delachaux, Roberto Beder, Eugenio Bachmann, Juan Vucetich, Christian Nelsson, Eric Boman, Oreste Popescu, Esteban Boltovsky, Francisco Latzina, Rosa S. de Herczeg, Matilde Krasting de Michel, Nicolás Alboff, Enrique Feinman, Sara Satanowsky, Carlos Federico Berg, Paulina Satanowsky, Rafael Grinfeld, Sergio Archangelsky, Mauricio Abadi, Juan M. Thome y Carlos Dillon Perrine. Inmigraron los inventores Biró, Ladislao y Di Césare, Angel Alfonso. Y el ajedrecista Miguel Najdorf.

Inmigraron las docentes Sara Chambelain de Eccleston, Mary Olstine Graham, Jennie E. Howard, Isabel King, Jeannette Stevens, Clara Jeannette Armstrong, Mary E. Conway, Frances Armstrong de Bessler y Minnie Armstrong de Ridley.

Fueron militares Juan B. Charlone, Beuf, Griffith George, Buratovich, Cerri, Juan Czetz, Du Gratry, Ignacio Fotheringam, Francisco Fourmartin, Teófilo Ivanowsky, Guillermo Klein, Miro Kovacic, Levalle, Mayer y Friederich Rasenack.

Inmigraron los religiosos (10) Lorenzo Cot, Pablo Lantelme, Luis Giorgi, Juan Cagliero, Fray Marcos Donati, José Fagnano, Ernesto Vespignani, Rafael Gobelli, Fracisco Bibolini, Juan Sciortino, José Zaninetti, Artémides Zatti, Alberto María De Agostini, Mario Pantaleo, Eduardo Gloazzo, Lucio Gera, Antonio Quarracino, Luis Servett, Ismael Quiles, Antonio D. Fahy, el Dean Patricio Dillon, Diego Barbé, Luis María Salvaire, Juan Bréthes, Polidoro A. Segers, Federico Grote, Ludovico Dabrowski, Leonard Ruskovi, B. Stefani, Rafa Capurso y Gabriel Arko entre otros. También las religiosas Sofía del Tor y María Gonzaga Monti.

Inmigraron los políticos Vittorio Codovilla, Adolfo Dickmann, Enrique Dickmann, Alicia Moreau de Justo, Arturo Mor Roig y Rouco Buela. Y los anarquistas Casimir, Severino Di Giovani, Francisco y Pedro Guerri, Planas y Virella, Segabrugo, Solano Rojas y Radowitszky.

En su mayoría sin estudios, los inmigrantes se las ingeniaron para que sus hijos pudieran estudiar. Haciendo lo que sabían o aprendiendo nuevas labores, encontraron una vida digna, en la que el esfuerzo tuvo frutos. El país les ayudó, pero ellos no cejaron.

¿Cuál fue la alimentación de los inmigrantes que llegaron a nuestro país entre 1850 y 1950? Me refiero a ella, a partir de testimonios históricos, literarios y periodísticos.

Los inmigrantes nos hablan, en sus testimonios, de su alimentación en los países de origen. Salvo muy contadas excepciones, la idea de la exigüidad de las comidas se reitera, habiendo algunos – en su mayoría, irlandeses y gallegos- de los que sabemos que hasta debieron soportar hambrunas (1). Esa realidad es evocada por Carlos Penelas en su poema Aldea: Hay sepulturas horadadas en la piedra./ Y una espadaña que es extraña en la tierra./ Hubo batallas, nobles y normandos./ Hubo tégulas, molinos de mano./ Y mitos y hembras y dioses paganos./ Canes pétreos sostienen el alero/ de las ruinas de un cenobio./ Aquí un hombre decidió su exilio/ por la hambruna.

La Navidad es una ocasión muy especial, que se recuerda, por lo general, vinculada a la infancia de quienes debieron dejar su país. Así, encontramos referencias a las comidas que hacían en esta ocasión en su tierra algunas colectividades.

Los manjares navideños croatas son evocados por el narrador en El angel del capitán, de Chuny Anzorreguy. A poco de iniciada la biografía, el capitán Miro Kovacic expresa: En casa, posiblemente por el origen meridional de mi madre, hasta las doce se comía sólo pescado, luego pasábamos a la carne de cerdo. Se refiere a las medialunitas y transcribe la receta de la pita de manzanas para que otras mujeres, en otras Navidades, las vuelvan a cocinar (3.)

Ennio Carota recuerda la Navidad en Italia, en relación con la figura protectora de la nona: Sólo esas abuelas de ayer daban a las fiestas un toque tan especial. Un mes antes ya estaba haciendo sus galletitas y yo, junto a ella, pelando uvas para il vino cotto, un típico dulce de su Apulia natal. Eramos pobres, pero había alegría, había amor y todo ello nos hacía olvidar la pobreza (4).

Canela recuerda sus Navidades en Italia, durante la guerra: Nací en 1942, fui la última de once hermanos y mis recuerdos son de finales de la Segunda Guerra Mundial. Hacía muchísimo frío y al regreso de la Misa de Gallo había un tentempié –algo de nueces, almendras-, porque lo importante llegaba en el mediodía del 25, alrededor de la mesa familiar. (...) Mi madre amasaba fideos y los servía en caldo bien colado.

Cuando el frío desaparecía, eran otras las recetas que cocinaba esta madre italiana: En verano, una sopa de harina quemada con pan tostado. Había tortilla de flores de zapallo y criábamos caracoles de jardín en cajas, que después ella purgaba para hacer unos exquisitos guisos. Salíamos al campo en busca de la planta diente de león, que se agregaba sin su flor a la polenta con panceta.

Había asimismo pequeños placeres, que luego la escritora transmitirá a sus hijos: Se aprendía a sobrevivir con lo que había, tanto para comer como para abrigarse, pero nuestra gran alegría eran los crostoli, una golosina de pobres hecha con masa bien fina y dulce. Cuando mis hijos eran chicos, les hacía algo de mi tiempo, unos caramelos de azúcar quemada con almendras, aunque en mi región se hacían con avellanas que se encontraban en los parques. Y por supuesto, el pan con chocolate cuando había pan y había chocolate (5).

La pobreza llega a extremos patéticos en la novela Stéfano de María Teresa Andruetto. La madre del protagonista ha encontrado un ave. Años después, el hijo recuerda: La veo en la cocina: saca agua de la que hierve en un latón, echa el agua sobre la torcaza muerta y la despluma con dedos diestros, luego la chamusca sobre la llama y la desventra. Lava víscera por víscera, desechando sólo la hiel amarga. Cuando está limpia, la divide en cuatro y dice: Tenemos para cuatro días. Yo no digo nada, sólo miro cómo separa una de las partes y luego oigo que me envía a guardar las tres restantes sobre el techo de la casa, para que el sereno las mantenga frescas. Cuando regreso, está sacando de la bolsa harina de maíz. Mete la mano hasta el fondo y yo escucho el ruido que hace el tazón al raspar la tela. ¿Alcanza?, pregunto. Para esta vez, dice. ¿Y mañana? Dios dirá (6).

Estos alimentos tan significativos para algunos inmigrantes, son mal vistos por otros italianos. Cuando viaja a Italia, el protagonista de La noche lombarda –novela de Atilio Betti-, ve que los descendientes acaudalados de los campesinos desprecian las comidas típicas de la región: A mí me apetecían las ranas. Me apetecían todos los alimentos que nutrieron a mi padre; pero Anna los había proscripto de su mesa. No a la ordinariez de la polenta, no a la selvaggina, los patos silvestres (7).

Durante la guerra, los italianos se veían obligados a consumir animales domésticos: Hasta ese momento la guerra sólo había sido sucesivas noticias de invasiones, amenazas lejanas –recuerda Agata, el personaje de Dal Masetto. En realidad, nos dimos cuenta de que la situación se estaba poniendo mala a medida que comenzaron a escasear los alimentos. Cuando nació mi hija Elsa ya faltaba de todo. El pan, el azúcar, la carne, la harina estaban racionados. Cierta vez que estuve enferma, para obtener unos gramos extra de una carne negra y casi incomible hubo que presentar una receta médica. Pagando muy caro, se conseguían algunos productos en el mercado negro. Había gente que se enriquecía con eso. (...) Llegó el momento en que cierta gente comenzó a comer perros. Eso me comentaba Mario. Que los gatos fuesen a parar a la cacerola era común. Quedaban pocos. Aquellas familias que todavía poseían uno lo cuidaban para que no se lo robaran (8).

En España también se pasaba necesidad. Lo recuerda Ana María Campoy, actriz que vivió en Cataluña. Ella dijo en un reportaje: ¿Tú puedes entender comerte un plato de aceite de oliva, con cuchara? No lo podrías entender. Pero te lo comes, porque no hay otra cosa. Entonces, tienes, al otro día, una descompostura intestinal brutal, pero esa noche dormiste porque has llenado el estómago con algo, y el aceite de oliva es un alimento. El hambre desconoce lazos: Nosotros, que éramos unidos y nos amábamos, cuando llegaba el racionamiento del pan, cada uno agarraba su pedazo y lo escondía. Y lo escondía! Porque no nos fiábamos ni de nuestro padre (9).

La asturiana Carmen Díaz y sus hermanos comían polenta de un plato que apoyaban sobre las piernas, sentados en un escaño de madera que daba vuelta por las cuatro paredes de aquella cocina de campo sin mesa ni sillas. (...) Es que el hambre no era, en aquellos tiempos, una metáfora. Comían en platos esmaltados día tras día el mismo menú: cuecho, polenta sin leche rebajada con agua. Algunas veces cocinaban un potaje de arvejas, papas y garbanzos, y como escaseaba la harina, sólo conocían el pan por referencias. María, cuando iba a alguna amasada, pedía que le pagaran con pancitos, que los niños acompañaban con leche en tazas sin asas. Pero ésos eran días de fiesta. Las más de las veces Carmina y sus amigos y hermanos se agarraban el estómago, hacían cualquier cosa y codiciaban cualquier bocado,. Mamá era como un gato: trepaba los manzanos y los perales ajenos y los sacudía. Luego se cargaba el delantal y echaba a correr antes de que los vecinos la descubrieran. Robaban manzanas, peras, nueces y castañas, y comían las moras que crecían entre espinos al borde de los senderos.

El padre de los niños, esposo de María, a veces volvía de Gijón o de Oviedo, y rechazaba los potajes desabridos que comían todos y pedía huevos fritos, lujo que se comía delante de sus hijos hambrientos y zaparrastrosos. Durante la Guerra Civil, los franquistas entraban por la fuerza a las casas y se robaban las gallinas y los pocos comestibles que los aldeanos almacenaban con temor apocalíptico en sus despensas (10).

Acerca de la abuela gallega de Gladys Onega, contaban que cuando servía el caldo, los cachelos y las coles, al levantar el brazo en ademán inminente de servir la segunda vuelta, las más de las veces se detenía arrepentida y devolvía ese segundo cucharón intacto al pote; ella sabía que cada bocado de más que hartaba a su prole era un día que restaba para comprar o muiño velho e o prado d’arriba y escriturar la tierra que faltaba para unir los pequeños retazos del minifundio en una propiedad mayor (11).

‘A mi abuelo Gaynor –relata Mateo Kelly- lo cargaron los ingleses en un barco a los 19 años, por rebelde, en 1857. Los últimos quince días antes de embarcarse lo único que comió fueron ortigas hervidas, porque no había ni para pan. A su hermano lo mandaron a Tasmania, donde se convirtió en un bandolero legendario. Eran barcos de vela, los cargaban para que se hundieran en el mar, y si llegaban a algún lado era por obra de Dios. La gente venía desnutrida y muchos morían durante el viaje. Mi abuelo fue a dar al Hotel de Inmigrantes, con apenas 45 centavos en el bolsillo’ (12).

En Polonia –cuenta Ana María Shua- siempre hacía mucho frío y no se comía más que papa. (...) Papa los lunes, papa los martes, papa los miércoles, papa los jueves, papa los viernes, pero ¡ah! ¡el sábado! El ´sábado era otra cosa: se comía, el sábado, tortilla de papa. Hubiera sido lógico suponer, entonces, que el abuelo odiaría la papa, que nunca más en esta América llena de carne se vería obligado a comer papa. Y si embargo, la papa era su plato preferido. Los sábados, tortilla de papa. (...) Se comían también la cáscara de las papas. Las papas, sin embargo, tienen muchos hidratos de carbono. ¿Por qué, entonces, el abuelo estaba flaco? Porque comía solamente papas, pero pocas (13).

Un personaje de la novela Mestizo, de Ricardo Feierstein, recuerda el hambre que pasaban en Polonia durante la guerra: en Lemberg venían épocas de hambruna terrible. Era tanto el hambre que teníamos que no puede contarse: uno de mis hermanos, Joel, a quien yo quería muchísimo, estaba enfermo y decía que si aunque sea pudieran conseguirle una papa, él iba a salvarse. Estaba tan débil, pobre. Ahora parece una pavada, pero no pudimos conseguir siquiera una papa. Y Joel murió. Otra vez Jacobo vio pasar unas ratas que llevaban pletzales, pedazos de pan, desde las ruinas de una panadería derrumbada por las bombas. El se metió entre los escombros del sótano, peleó con los roedores hasta espantarlos y consiguió varios trozos de pan para repartir entre nosotros. El que no haya pasado eso no puede entenderlo. Aprovechábamos las pausas de los tiroteos para ir corriendo, dar vuelta los cadáveres de los soldados y sacarles el chocolate que podían llevar en los bolsillos (14).

Décadas después, en esa tierra –recuerda Valeria Rodziewicz-, La comida escaseaba, sólo teníamos arroz y la carne de los caballos muertos esparcidos por las calles. (...) Para poder comer tenía que vender mi sangre para las transfusiones (15). Era el año 1939.

Los húngaros Horogh dejaron su tierra en 1945, y viajaron durante cuatro años antes de poder embarcar. Estuvieron en un campo de refugiados de Austria: En ese país estuvimos cuatro días sobreviviendo; a veces teníamos que hacer trueque de joyas de la familia con os campesinos austríacos por verduras, hortalizas y frutas para poder comer relata Zoltán, el segundo hijo del matrimonio emigrante. El hombre relata: Recuerdo que una vez mis padres pidieron permiso a un campesino para que mi madre cocinara algo para nosotros. Nos dejaron hacerlo junto a un árbol, pero cuando la mujer sintió el olor de la comida que se preparaba, cambiaron de opinión y le ofrecieron la cocina y los enseres de su propia casa.

En otra ocasión, un campesino permitió a Béla juntar algunas manzanas que estaban caídas al pie de un enorme árbol a cambio de que le entregara unos atados de cigarrillos. También tuvimos oportunidad de encontrar hongos comestibles en los bosques aledaños, y como mis padres conocían cuáles no eran tóxicos los podíamos consumir sin temor (1).

En 1855, el colonizador Roberto Zehnder deja Suiza, a bordo del buque ingles Kyle Bristol. El describe su alimentación durante la travesía marítima: De mañana con el café sirvieron galletas duras como piedra, eran de harina de centeno, biscochuelos untado con manteca y azúcar amarilla, a mediodía sopa con arroz y carne salada con papas, de noche sopa con arroz. Algunos días hubo carne de vacunos, después carne de cerdos salada que ya el día antes había que poner al remojo, antes de cocinar sino no se podía comer (1).

Johann Bodemann y su familia emigran desde Valais en 1857. El relata: Si no fuera por el capitán, no hubiéramos tenido nada para comer. Un buen hombre ese capitán, igual que los marineros. Los alimentos que habíamos comprado, no llegaron, de tal forma que tuvimos que conformarnos para el desayuno, de tomar café de malta sin azúcar. En cuanto al almuerzo, nunca fue bueno: carne salada o jamón también muy salado, con arroz, habichuelas, papas o arvejas. Para la cena teníamos que conformarnos con un plato de sopa con arroz. Para el día entero no teníamos más que una galleta, que no era otra cosa que un pedazo de pan negro. Este era el modelo de comida que tuvimos a bordo, desde el principio hasta el fin. En breve, no hemos comido como comíamos en casa. No había vino. Si queríamos tomarlo, hubiéramos tenido que pagarlo tres veces su precio. La botella de vino costaba cuatro francos, y la manteca dos francos la libra. Pueden entender que nos abstuvimos de comprar con semejantes precios (2).

Un contingente de judíos viaja en 1891 en el vapor Pampa, el cual llevaba unas 5 o 6 vacas en cubierta para ser faenadas por el Shoijet y tener carne kosher cada tanto, pero muchos no la comían pues las ollas eran treif (impuras) (3).

Pedro Fernández, asturiano embarcado ilegalmente hacia la Argentina en 1899, recuerda la comida a bordo: dieron a cada viajero un plato de loza y un tarrito también de la misma materia, juntamente con un tenedor y una cuchara. Cada uno iba a buscar su comida en el plato, la cual era bastante buena consistiendo en carne de buey y de cerdo, patatas, garbanzos, arroz, habas, bacalao y algunas otras sustancias alimenticias bien condimentadas por un viejo y divertido cocinero español.

La ansiedad por conseguir alimento provoca pequeños accidentes: ¡y que apretones llevábamos cuando íbamos a buscarla! con dos horas de anticipación ya la mayor parte de nosotros provistos del servicio de mesa que nos habían dado rodeábamos la cocina cuando apenas había principiado a hervir la comida y antes de principiar a repartirla cada uno empujaba a los demás para llegar primero al caldero que contenía el rancho; ¡cuántos con el apuro se quemaban las manos viéndose por este motivo a tirar con plato y comida! Los que como a mí no les gustaba el pan comíamos el primer plato a toda prisa no haciendo caso aunque la comida de tan caliente como estaba llevase consigo pedazos de piel del paladar o de la garganta pues nada se sentía con tal que llegásemos al reenganche, como allí se decía cuando se volvía por otro plato de comida.

La necesidad crea nuevas normas entre los inmigrantes: Por la mañana nos apresurábamos a buscar el café armados cada uno con su tacita, en la cual nos daban también el té al anochecer. Cuando a alguno se le rompía alguno de los servicios de mesa robaba a otro lo que necesitaba, este hacía lo propio con los demás, y así sucesivamente todos de modo que todo se volvía robos de platos y tazas, viéndose uno obligado a guardarlos con más cuidado que si fuesen oro si no quería exponerse a tener que esperar a que alguno de sus amigos comiese para luego servirse él de sus utensilios y para que le prestasen era menester que la amistad fuese íntima. Yo también fui víctima de un robo de esta clase pues aunque tuve buen cuidado de guardar el plato bajo el colchón de mi cama, esto no impidió que me lo robaran viéndome por esto obligado a servir la comida y bebida en la tacita que a lo sumo tendría capacidad para medio cuartillo; en esta situación estuve dos días pero luego comprendí la necesidad de hacer como los demás y en efecto, fingiendo irme a dormir a mi camarote desde él robe un plato de unas alforjas que cerca de mí tenían colgadas unos leoneses y con esto salvé la situación (4).

Pura, la protagonista de Diario de ilusiones y naufragios, de María Angélica Scotti, narra: Había en ese barco, a la vez, mucho hacinamiento y revoltijo. Yo no me acuerdo nada de eso, pero mamita contaba que era imposible encontrar un lugar limpio para sentarse porque el piso estaba lleno de mondaduras de frutas y restos de galletas o de comidas. Contaba que muchos se mareaban por el mal de mar, y que en los dormitorios flotaban olores nauseabundos, por los vómitos y porque las criaturas orinaban en cualquier rincón (5).

En el barco, a Carmen Díaz, como al resto, le daban de comer guisos decentes y bifes duros, pero Carmen vomitaba hasta el café y las tostadas. Parecía como si (...) hubiera olvidado el estómago en Asturias. Entre todos los manjares eligió unas manzanas deliciosas de Río Negro, que la mantuvieron viva, aunque perdió cerca de diez kilos en dos semanas (6).

Gedalia Rimetka, el personaje de Shua, viaja en barco desde Polonia. Durante la travesía se comía mucha pasta. Macarrones y ñoquis pero no ravioles. Fusili, cintitas, fetuccini. A la bolognesa, con tuco, con pesto. Por eso cuando el abuelo llegó a América, ya no era flaco. En veinte días había engordado veinte kilos. El abuelo comía mucha pasta y no vomitaba. También, desde que llegaron a Brasil, comía bananas (7).

Previendo la necesidad, una mujer judía prepara la vianda para su marido emigrante: Mamá acomodó en los atados quesillo dorado y dulce, que había preparado con leche de oveja. Y carne de ganso congelada en la intemperie. ¿Cuántos sacrificios hiciste mamá para conseguir esos manjares? (8).

La alimentación de los pasajeros ha sido registrada en una imagen. En Buenos Aires 1910. Memoria del porvenir pude ver la fotografía de inmigrantes españoles comiendo en la cubierta con platos de latón, antes de desembarcar. La tomó León Lacroix, en 1910 (9).

3. Chajchir, Mauricio: Viaje al país de la esperanza: Relato de un viajero del Pampa, en La Opinión, 8 de agosto de 1976, reproducido en Asociación de Genealogía Judía de Argentina, Toldot N° 8, Noviembre de 1998.

En un reportaje, el actor Ricardo Darín dijo: Creo que todos somos hijos de una inmigración que pasó por circunstancias parecidas en Europa y luego acá. La obsesión por la comida, la búsqueda de ascenso social y cultural son comunes a todas las colectividades. La paradoja es que entonces esa clase de preocupaciones nos parecía exagerada y hoy vemos cómo esa cultura se vuelve otra vez imprescindible, ante la situación del país (1).

Alejandro Sirio llega a Buenos Aires en 1910. Son épocas difíciles y con lo que gana como dependiente apenas araña el existir. Y bebe agua, mucha agua como para ahogar su hambruna. Años más tarde recordará: ‘Cuando comencé a ser conocido, llegué a comer todos los días, y hasta dos veces al día’ (2).

Contrapuestos a la evocación de la pobreza que se vivía de un lado y el otro del mar, encontramos pasajes en los que se alude al asombro de los inmigrantes ante la cantidad de comida que había en la Argentina.

En Guido, Andrés Rivera recrea los relatos de quienes regresaban a Italia: Contaban que había más vacas en una sola de las provincias argentinas que en todas las estrechas lenguas de tierra europeas conquistadas por las legiones romanas. Vacas y vacas y vacas. Y trigo, y más pan del que hubiera podido comer la familia desde los bisabuelos para acá. Había pan en esa tierra, decían, desde la creación del mundo (3).

En Tantas voces, otra historia, estudio acerca de los judíos italianos emigrantes, Smolensky y Vigevani Jarach destacan que Asombraba la limpieza de las veredas, la buena presencia de la gente, la ausencia de mendigos tanto como las desproporcionadas porciones de comidas servidas en los restaurantes y las ‘yapas’ ofrecidas por los carniceros y verduleros. La visión de los tachos de basura, repletos de restos de comida, suscitaba pruritos moralizadores de respeto por ‘los niños que no tienen qué comer en el mundo’ y soplar o besar el trozo de pan caído al piso antes de comerlo (4).

La impresión que siente Maggie Pool es similar. La autora de Where the devil lost his poncho, llega a la Argentina no bien terminada la guerra y queda deslumbrada por la riqueza que ve en Buenos Aires, por el tamaño de los bifes y los postres de un simple restaurant, donde se come lo que ninguna familia inglesa veía desde hacía años. (5)

En sus primeros días en la Argentina, el capitán Kovacic se asombra por lo mismo: Lo que más nos llamaba la atención en la Argentina era la abundancia. Todo era excesivo. Mirábamos comer a la gente en los restaurantes. No lo podíamos creer. Esos bifes enormes. Este país, para alguien que venía de la guerra, era... ¡un parque de diversiones! (6).

La disponibilidad de los alimentos antes negados provoca algunos incidentes, como el que relata Jorge Barón Biza. Su gobernanta era una refugiada del Este, a quien trajeron de su paseo por la ciudad de Río en una camilla. Ella Nunca había probado bananas. Antes de la guerra las había visto, en confiterías europeas, envueltas en celofán. En las calles de Río, los vendedores le ofrecieron docenas de bananitas de oro por centavos (7). Comió tantas que tuvieron que asistirla. Era la consecuencia del contraste entre la pobreza europea y la realidad americana.

La alimentación de quienes dejaron su tierra -además de ser un tema recurrente en la literatura- ha sido estudiada por renombrados especialistas. En La huella del inmigrante, Fernando Devoto se refiere a la cocina nativa como un modo de diferenciarse: Aunque los inmigrantes estuvieron inicialmente deslumbrados por la abundancia de carne mantuvieron sus hábitos alimentarios. Lo revelaban las estadísticas de comercio exterior y el surtido de los almacenes. Aspiraban tanto a conservar sus tradiciones como a diferenciarse socialmente a través de sus consumos. No se producía una fusión o ‘crisol’ culinario con la cocina nativa sino más bien una yuxtaposición. Los distintos componentes coexistían en un menú sin mezclarse en un mismo plato.

La influencia foránea no tardó en hacerse sentir: Algunas de las cocinas de inmigración tuvieron una gran capacidad de irradiación. Sobre todo la italiana, que era una combinación de cocinas regionales con predominio septentrional (8).

Como los mismos inmigrantes –afirman Marcelo Alvarez y Luisa Pinotti-, la aceptación de sus bagajes culinarios por parte de los nativos, cualquiera fuera su clase social, tomó su tiempo. En todo caso, los sectores más altos de la estructura social porteña estaban dispuestos a aceptar los platos propuestos por la cocina francesa, epítome de la civilización gastronómica, que además de reforzar su posición social le daba otro –aunque inesperado- recurso para diferenciarse del mero pueblo. El mero pueblo, por su parte, vio en el recién llegado un advenedizo, cuando no un usurpador de labores y privilegios o un explotador (ya que, por cierto, muchos extranjeros regenteaban comercios tan conspicuos, necesarios y a veces únicos para los sectores populares como las pulperías o los almacenes de ramos generales).

Los inmigrantes desembarcaron con sus baúles y ollas, con las añejas recetas que intentaron repetir mientras ‘hacían la América’ y todos fueron alcanzados por la pasión carnívora. La carne puso fin a la endémica carencia de proteínas de las poblaciones rurales. Imaginemos el cambio que significó para estos campesinos empobrecidos, alimentados con una comida que aquí se consideraba casi forraje, disponer de carne en abundancia. Carne y mate fueron los principales aportes de la cocina porteña a la de los inmigrantes que hasta el momento apenas consumían carne roja (de porcinos u ovinos) y que tenían una dieta esencialmente vegetariana. -La novedad dietética para los inmigrantes consistió en la incorporación de la carne que los nativos tenían como su artículo central. Por su parte, el elemento nativo incorporó artículos de procedencia vegetal como el pan, las pastas y la cerveza (9).

La población que emigraba de Europa trajo su cultura culinaria. Los españoles querían garbanzos y arvejas, y un montón de cosas que aquí no se cultivaban. El gran consumidor de los fideos y los tomates fue el italiano. Todo esto se iba concentrando en los barrios, que se agrandaban cada vez más. Entonces se empiezan a establecer los puestos de las ferias dedicados exclusivamente a vender jamón cocido o jamón crudo, o costillares de vaca, de cerdo, además de las verduras, las frutas, los garbanzos... (10).

Los italianos En la mudanza se trajeron los diversos menúes regionales con sus referencias culturales, los ritos de la mesa y la cocina, y los códigos de orden e integración de las comidas cotidianas; por tanto, la composición del flujo inmigratorio condicionó intensamente la penetración de lo italiano en la dieta de los argentinos y los cambios producidos en ese movimiento actuaron en el mismo sentido, haciendo que ciertos platos se difundieran antes que otros. Puesto en estos términos, los primeros aportes del rubro debieron ser las especialidades gastronómicas de los genoveses afincados en la Boca: ravioles, torta pascualina, albóndigas, cima rellena, pesto, fainá, fugasa, pasta frola, pan dulce y tomates rellenos de pescado.

Entre los españoles, Los nuevos inmigrantes reforzaron el ‘aire de familia’ de la cocina argentina, pero con las pautas alimentarias de la época, que si bien marcan una continuación del patrón tradicional no eran simples cristalizaciones del tiempo de Garay ni de fines del siglo XVIII, cuando arribara la penúltima oleada: los guisos, los pucheros y cocidos, la cebolla y el ajo, el azafrán y el pimentón, chorizos y morcillas están de regreso en su versión original. El puchero a la española, presente en el menú de pensiones y restaurantes de la colectividad, recupera la carne de gallina y los garbanzos que la iconoclasia criolla había reemplazado por carne de vaca, porotos y maíz.

Los gallegos aportaron sus potajes, empanadas, tortillas y la perdiz en pepitoria; los asturianos la fabada (alubias de gran tamaño acompañadas en la olla por morcillas, chorizos, cebollas y tocino); los vascos el marmitako a base de atún y papas y el bacalao en sus cuatro versiones (al pilpil, al ajoarriero, a la vizcaína y ligado); los aragoneses el pollo al chilindrón y las criadillas; los valencianos las paellas, las variedades de arooces y los mejillones salteados con tomates y pimientos; los andaluces el gazpacho, el ajo blanco, la sopa de caldo de gallina, el atún con tomate, las berenjenas con queso, la caldereta de cordero y los jamones de Trévelez y Jabugo. De Madrid y la región central los menúes atrapan cocidos, callos, sopa de ajos, tortillas, cochinillos y perdices; de Cataluña los embutidos, las butifarras, los salchichones de Vic, el conejo marinado, las setas, el lomo frito con alubias, la zarzuela de pescado y el arroz bogavante; de las islas Baleares la sobrasada y la ensaimada.

Fuera de los restaurantes y los clubes de colectividades, en las casas de familia, nada triunfa más que la tortilla, las simples papas peladas, lavadas y cortadas en rajitas delgadas que se fríen en aceite o manteca de cerdo con el complemento de los huevos batidos y salados.

Los árabes constituyen la tercera colectividad, después de la española y de la italiana. Los principales ingredientes utilizados en el país son: la carne vacuna (que sustituyó al cordero utilizado en las diversas geografías de origen), el trigo (con diferentes grados de molido), las hojas de parra, el arroz, las habas, los porotos, los garbanzos, las alubias, el tomate, el pepino agridulce, el vinagre, la cebolla y un enorme surtido de especias.

Una picada árabe necesariamente incluirá hommus, la crema de garbanzos hervido y machacados en mortero, condimentados con pasta de ´sesamo, ajo, limón y agua; babagannush, berenjenas asadas al carbón, enfriadas, sin piel y en un puré con la pulpa de un suave sabor ahumado; y keppi nahie (crudo o cocido), un trozo de pierna de cordero machacado en un mortero durante aproximadamente una hora; luego se condimenta con jugo de tomates, cebollas, morrones, y se mezcla con trigo candeal o burgol, también finamente machacado formando un puré.

Entre los platos calientes contamos con el kebab, el kus kus y las empanadas árabes. El pan árabe, con su masa fina y redondeada hecha a base de levadura y cocinada sobre piedras calientes, se ha constituido en una variante imprescindible en cualquier confitería o bar urbano. Su aceptación como pan para sándwiches obedece, seguramente, a la posibilidad inigualable de admitir un suculento y variado relleno. En cuanto a los postres, son tan dulces que resultan empalagosos para muchos paladares no habituados; consisten en masas de pasta filo, rellenas con frutos secos, dátiles, pasas rubias, ciruelas y rociadas con abundante almíbar.

De la cocina inglesa, los menúes argentinos han incorporado el chiken pie, los scones y el budín inglés, la costumbre del té a las cinco y el roast beef. Los scones, junto con las masas y tortas, han acompañado fielmente varias generaciones de tés saboreados en la Ideal, la Richmond, L’Aiglon, Queen Bes, o alejándose del centro de la ciudad, en Las Violetas o El Blasón (de Pueyrredón y Las Heras).

La cocina francesa fue simplificada en el cruce transatlántico, y fórmulas de simple estima se incorporaron al menú argentino, como los huevos poche o la versión de una omelette de espárragos. La famosa masa de hojaldre conservó su carácter complejo y se utiliza aún hoy como masa básica de las medilunas y en la confección de platos dulces o salados. Otro tanto pasó con la soupe a l’onion que se reserva para los fríos días de invierno

En la cocina portuguesa predominan los ingredientes de origen marino, pero los menúes incluyen tanto pescados y mariscos como animales de criadero, cerdos, leche de cabra, queso de oveja, verduras y frutas. En Argentina, la lejanía del mar hizo variar los ingredientes de la alimentación, consumiéndose más carne y leche de vaca. En la actualidad se incluyen elementos tanto de procedencia de origen como nacional: el bacalao, el salmón, las sardinas, el atún, las almejas, los caracoles, el pulpo, las almendras, el oporto, el aguardiente, el aceite de oliva, el vinagre de manzanas y el pimiento. Los ingredientes más emblemáticos son el bacalao y la papa, condimentados con aceite de oliva y vinagre de manzana.

La inmigración de origen alemán se instaló principalmente en la provincias del litoral: Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y Misiones; algunos contingentes en Córdoba y en Río Negro, donde se hicieron famosas las casa de té con las trdicionales tortas. Dentro de la capital, hay ciertos barrios como Belgrano, Devoto y Villa del Parque, donde incluso se celebra el día de la cerveza con desfile de bandas de músicos veteranos y comidas tradicionales (11).

La hermana Bernarda enseña recetas suizas y alemanas como una forma de acercar más la gente a Dios. (...) es una monja suiza de la congregación de Santa Cruz, quien a los quince años descubrió su vocación de servir al prójimo y a los diecisiete comenzó a andar el camino de la religiosidad. El amor por la cocina lo conoció también de adolescente y lo perfeccionó en Suiza y Alemania, donde afirma que recibió una enseñanza muy particular: ‘Primero te preparan como ser humano y recién después se pasa a la cocina’ (12).

La Argentina heredó múltiples influencias de los diversos pueblos que en un tiempo fueron súbditos del Impero Austro-Húngaro. En todo caso, gran parte de los manjares que integraban el patrimonio gastronómico del centro europeo arribaron a estas costas en la memoria y en las prácticas culinarias de los inmigrantes judíos que huían de las persecuciones y los ghettos étnicos

La cocina eslovena admite utensilios que provienen de las herramientas para cortar leña, como hachas e implementos fabricados en madera (ralladores, cernidores de harina y cucharas de diverso tamaño). Por provenir de climas fríos se utiliza mucho la grasa de cerdo (pura o en chicharrones) y las comidas son fuertes y sustanciosas (con grasa, frutas secas y vinos).

La cocina danesa, en los ámbitos y familias más conservadoras, se basa principalmente en la papa, con agregado de salsas, carne de cerdo –en forma de albóndigas, pan de carne, costillas y asado- y café a todas horas (13).

Las escuelas de cocina griegas fueron siempre una fuente de creación para los alumnos que transitaron sus aulas y llegaron a compararse en sus realizaciones con los máximos hacedores de la arquitectura griega. El aceite de oliva, fundamental en la elaboración de los platos refinados, se complementa con trigo, hierbas, sésamo, hortalizas y frutas. Los pescados en todas sus variedades, las ostras, los mejillones y os camarones –así como las carnes de jabalíes y venados- son, desde la más remota antigüedad, parte de los placeres de los habitantes del Peloponeso. (...) Son muchos y muy variados los dulces en los que la masa fila, el almíbar y los frutos secos tienen una presencia fundamental. Precisamente estos frutos serán parte importante en la elaboración del pan dulce griego que les recomiendo para la mesa de Navidad (14).

Los armenios tenemos una predisposición especial a saborear todo tipo de dulzuras después de las comidas y como acompañamiento del café. Los frutos naturales, de los que se destaca el albaricoque o damasco, así como los higos y uvas (cultivadas en las laderas del mítico monte Ararat), dulces y tiernas para deleitarse comiéndolas recién arrancadas de la vid o degustando el mejor cognac del mundo, son algunos de los placeres de toda mesa tradicional. El almíbar tiene una participación fundamental en la preparación de los dulces elaborados por las abuelas y las madres armenias, que transmitieron de generación en generación los secretos de esta cocina refinada y milenaria. De esos dulces, el pahlavá o pahkí jalvá, muy conocido en nuestro medio como mil hojas de masa fila rellena con nueces, canela y almíbar perfumado, genera entre otros pueblos de la región la eterna discusión de su origen. Dice la leyenda que la exquisita preparación de las manos armenias de antaño hizo que esta exquisitez fuera adoptada como ‘el rey de los dulces’. Para que la imagen de los dulces armenios ea completa vale mencionar el anush abur o sopa dulce. Se ofrece exclusivamente en la festividad de Navidad, que la liturgia armenia conmemora el 5 de enero, en coincidencia con la epifanía (15).

La cocina egipcia nos propone la utilización de arroz, verduras hervidas, carne de cordero, ocras y una extensa variedad de dulces. De esta exótica culinaria les sugerimos el falafel, plato elaborado sobre la base de garbanzos y especias (16).

La gastronomía japonesa utiliza como ingredientes centrales los pescados, mariscos y algas, aunados a los cultivos de gran rendimiento como el arroz integral, el ajo, la soja, batatas, berenjenas, berros, brotes de bambú, castañas, ciruelas, col china, escamas de bonito seco, hojas de crisantemo, jengibre, mostaza seca, nueces de ginkgo, pasta de pescado, sake, semillas de ´sesamo, setas, tallarines de trigo, tallarines de alforfón, taro, tofu, y el vinagre de vino de arroz.

Entre 1869 y 1914 se observa el predominio de la migración limítrofe uruguaya; a partir de 1914 y hasta 1980, es la migración paraguaya la que presenta mayores volúmenes, seguida por la chilena (...). La presencia paraguaya en ámbitos rurales estuvo preferentemente asociada a la recolección del algodón, mientras que la nueva inmigración se localizaría mayormente en ámbitos urbanos, donde los hombres se acomodaron al trabajo en la construcción particular en pequeñas obras y las mujeres en el servicio doméstico. En casi todas las comidas de estos inmigrantes están presentes cereales y legumbres. Tal como se ha visto, muchos platos han compartido desde hace siglos las cocinas de las provincias de Misiones y Corrientes.

En la capital, ya es frecuente encontrar chipá (en sus variantes chipá paraguayo y chipá guazú) en los lugares menos pensados: a la entrada/salida de los medios de transporte, hospitales y facultades, compartiendo el mismo lugar de berlinesas y tortas fritas. Los chipacitos, por su parte, se hornean al paso para comerlos a punto de calientes. Otros yantares más complicados también cruzaron la frontera: el soyo, a base de carne, verduras, tomate, cebolla y morrón; y el bobi borí, un caldo de verduras con carne, harina de maíz, grasa, queso y huevo (17).

Desde el Hotel de Inmigrantes, su primera escala en el país, los hábitos gastronómicos de la inmigración invadieron el país. El protagonismo fue de las pastas en todas sus variaciones formales: ravioles, ñoquis (y por supuesto la preparación de los del 29 y el dinero debajo del plato), canelones, tallarines, macarroni, capelletti, fettuccini, agnolotti y lasagnas; seguidamente la pizza –impulsada por la migración del Mediodía-, la milanesa, el pesceto, los escalopes, los fiambres, los risottos las salsas de tomate como acompañamiento (bolognesas, parmesanas, filetto), el pesto, el aceite de oliva, las frutas secas, y la difusión del consumo de aceitunas, quesos (parmesano, gorgonzola, pecorino, caciocavallo, fontina, ricotta) y vinos (nebiolo, barbera, chianti, toscano) (1).

Los personajes de La logia del umbral, de Ricardo Feierstein, recuerdan que allí les dieron pan y carne, en platos de lata. (...) Y algunos religiosos (...) no querían comer. Decían que la carne era treif, impura. Que no era para nosotros, judíos de fe (2).

En uno de sus cuentos, Luis León presenta un personaje que recuerda que en el Hotel había, además de peleas en idiomas desconocidos y camas altas casi inalcanzables, trozos de matzá pisoteados, molidos por los gruesos zapatones de inmigrantes que iban y venían sin verlos (4).

Al protagonista de un cuento de Santiago Korovsky Lo hospedaron en un hotel sucio y viejo, donde la gente dormía en el suelo, y la comida no era mejor que la del barco. De allí se fue a los cinco días, no porque quisiera sino porque lo echaron (5).

En el 2000, un panel en el Hotel reproduce las palabras de Pablo Nowak. Este hombre, llegado a la Argentina en 1949 recuerda los magníficos asados que se hacían al mediodía y agradece las que califica como sus primeras buenas comidas de toda la vida (6). Sesenta y ocho años después de haberse hospedado allí, José Arias expresa: Nos daban comidas y abundantes (7).Teresa Joan, décadas más tarde, recuerda el olor a pan de trigo (8), y una húngara, protagonista de una anécdota contada por el profesor Jorge Ochoa de Eguileor, estaba muy enojada porque no había encontrado palmeras y cocoteros, ni un hotel lujoso, pero todo su enojo se disipó cuando le sirvieron de comer (9).

Se desayunaba café con leche, mate cocido y pan horneado en la panadería del hotel escribe Horacio Di Stéfano-; los almuerzos consistían en sopas, guisos, maíz pisado o legumbres, puchero criollo, estofado.... Había colas para la entrega de vituallas, luego el cocinero servía los alimentos, y las largas mesas de comensales quedaban ocupadas en medio de un incesante murmullo de voces y chillido de vajillas (10).

Sergio Limiroski escribe: Muchos de estos niños de las familias, hoy convertidos en abuelos, recuerdan al viejo hotel –que funcionó hasta 1952- con aquellos largos tablones donde se comía, los tarros de metal con que se tomaba la leche, las camas marineras donde se dormía, mientras esperaban que sus padres consiguieran el trabajo que les permitiera quedarse (11).

John Argerich afirma que los inmigrantes italianos cazaban pajaritos: se los morfaban con polenta, como hacían los nonos, dejando sin gorriones la zona de Retiro, en que se erigía el Hotel de Inmigrantes, única posada del mundo donde daban catrera y chupi sin pagar (12).

Los judíos que llegaron en 1891 en el Pampa fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes; allí se suscitó otro inconveniente: No sé de dónde surgió la versión que los cocineros y el personal eran judíos españoles y por consiguiente todo era kosher. Y ¡ah! Por primera vez durante todo el viaje, todo el pasaje disfrutó de una buena cena. Al día siguiente una comisión de mujeres fue a investigar a la cocina para ver si salaban la carne y se encontraron con una cabeza de cerdo sobre la mesa. Volvieron amargadas y tratando de vomitar lo que habían comido la noche anterior.

De Buenos Aires viajaron a Miramar (Mar del Sud?) y fueron hospedados en el Hotel Atlántico, donde permanecieron hasta que se inició el traslado a Entre Ríos. Chajchir escribe en sus memorias: Lo que recuerdo de allí y lo conservo aún hoy día, es el gusto del té recocido y endulzado con azúcar negra, la que no era refinada y que hoy la llaman azúcar rubia. Ah! Hasta me parece que siento el gusto y el olor del té recocido con azúcar negra.

Recuerda en otro pasaje: Nos habían dado matze para cuatro días, por lo que una delegación viajó a Villaguay y regresó al otro día en el tren con 5 bolsas de harina. De inmediato, al primer día hábil de la semana de Pésaj, jal-amoed, o mejor dicho la noche antes, calentaron y amasaron con palos improvisados. Una espuela de bota que se quitó un peón sirvió para cortar las hojas.

Cuenta una travesura que hizo con otros compañeros: Yo sí que tomé clandestinamente un vaso de leche. Un día nos juntamos tres muchachos y fuimos por una senda a una casita, de la que habíamos oído que convidaban con leche a los visitantes. Fuimos repitiendo todo el camino la palabra leche para no olvidarnos. Llegamos, el más grande de nosotros dijo –leche-, largaron una carcajada y nos dieron un vaso de leche a cada uno. Como no sabíamos cómo decir gracias, hicimos una reverencia en señal de agradecimiento. Y hubo más carcajadas (13).

3. Ochoa de Eguileor, Jorge y Valdés, Edmundo: Donde durmieron nuestros abuelos. Los Hoteles de Inmigrantes de la Ciudad de Buenos Aires. Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio Argentino.

Según lo que comían, Santiago de Estrada podía reconocer la procedencia de los habitantes de los conventillos: Encienden carbón en la puerta de sus celdillas los que comen pucheros: esos son americanos. Algunos comen legumbres crudas, queso y pan: esos son los piamonteses y genoveses. Otros comen tocino y pan: esos son los asturianos y gallegos. El conventillo es el reino de la ensalada cruda (1).

En La isla se expande, de Carolina de Grinbaum, la pequeña protagonista evoca sus sensaciones ante la comida de una familia italiana: Mi olfato hambriento extendía los tentáculos a fin de transferir los perfumes de la comida cercana, hasta mi desabrido plato. Escudriñaba las sopas que deglutían, el caldo sustancioso rumoreante como las olas del mar, los enormes fideos dedalito que flotaban como infinidad de barcos veleros, el abundante queso rallado, que esparcían como lluvia generosa –esa lluvia que deja un olor feliz sobre las tierras secas.

También habla de la judeo-polaca, quien En un afán constante por tratar de alimentar y alegrar a la familia, la señora Matilde –ése era su nombre- pasaba largas horas dentro de la cocina, manipulando ollas y sartenes de las que finalmente extraía los mejores manjares elaborados a la manera europea (2).

El protagonista de un cuento de Korovsky, en un conventillo de La Boca, Al mediodía bajaba a otro cuartito, donde había unas quince personas más, y comía lentejas en platos sucios, al igual que la cena (3).

La arqueología nos ha proporcionado recientemente datos acerca de la alimentación de los inmigrantes de clase baja: Schavelzon asegura que en una excavación en lo que era un conventillo, en las calles Defensa y San Lorenzo, descubrieron una gran diversidad alimentaria que, en teoría, tenía que ver con los inmigrantes de distinto origen que lo habitaban. ‘Comían cuises, avestruces y lagartos’, informa. Y no tanta carne vacuna: muchas de las vacas eran salvajes y su carne, muy dura (4).

Ya centenaria, María Luisa Cuccetti, hija de un músico genovés inmigrante, recordó en una entrevista la alimentación de sus primeros años. En La Boca, los cumpleaños se festejaban con pastelitos y chocolate caliente. Y todo se hacía en casa, lo que más se comía era risotto. Eso sí, el mejor paseo era ir de noche al puerto a comer castañas calentitas... (1). Un plato inmigrante es evocado por Marina Gambier, a propósito de una muestra pictórica inspirada en ese barrio. Acerca de los cuadros dice: Ellos nos traen al presente esos conventillos con la ropa secándose al viento, las grúas de carbón, y la alegría de los marineros genoveses comiendo tallarines y cantándole al paese desde una típica cantina del puerto (2). Estas imágenes nos remiten al libro La Boca del Riachuelo, donde Orlando Barone expresa: Pienso que la Boca captura parte de la identidad porteña porque Buenos Aires siempre estuvo más cercana a la inmigración que a lo nativo (3).

Luca Filiziu tiene 82 años y es uno de los primeros inmigrantes italianos que a mediados de siglo pasado trajo al país esa costumbre gastronómica que para los nativos resultaba extraña. Ahora ha vuelto a despuntar el vicio: a falta de quinta, cría caracoles en el balcón de su departamento, en el barrio de Constitución. ‘En la Argentina tenemos que buscar los platos con nuestro propio estilo’, dice, mientras saca del horno una fuente con brochettes de caracoles envueltos en panceta y otra con lumaches (como se denominan en italiano) en salsa picante (4).

Los abuelos de la poeta Griselda García eran calabreses. La nieta evoca en un poema los alimentos que cocinaba la italiana: mi abuela preparando conservas/ de casi cualquier cosa que crezca/ en la tierra del fondo;/(...) mi abuela obligándonos a terminar el plato,/ haciendo bocaditos fritos con las sobras porque/ ‘ustedes por suerte no conocen lo que es la guerra, el hambre...’;/ (...) secando en grandes fuentes/ aceitunas, tomates, maníes,/ y otros comestibles que se vendan baratos por kilo;. El abuelo, por su parte, cuidaba los sembrados y criaba conejos (5).

Elizabeth Dellaguerra, nacida en Calabria en 1899, manifiesta: Lo que no me gustaba de acá era la leche y el pan, porque la leche es de vaca y la que tomábamos en Italia era de chiva. Pasaba el lechero con su carro tirado por caballos. Al pan le encontraba otro gusto, pero después me acostumbré. (...) El mate me gusta, pero no tomarlo en la calle (6).

La hija del gallego Joaquín González cuenta que a los inmigrantes de esa procedencia Les gustaba comer jamón, tomar buenos vinos. De esa tierra –afirma Claudio Savoia- llegaban manzanillas y bacalao (7).

Y desde la Argentina, durante la Guerra Civil, se enviaban encomiendas. Los familiares de Gladys Onega, como tantos otros inmigrantes respondían con la acción: armaban, envolvían en lienzo, rotulaban con grueso tinta espesa, ataban con cuerdas, lacraban con sellos y aseguraban con sunchos los paquetes de ropas de abrigo y de alimentos que cruzaban el mar y quién sabe cuándo llegarían y si llegarían hasta a pena. La familia esperaba, y para protegerla acudían a Dios y al diablo. Los niños participaban en los envíos: Los chicos también éramos leales y creíamos que ayudábamos juntando papel plateado de cigarrillos, chocolate y chocolatines, que despegábamos del papel blanco que lleva adherido y con el que íbamos haciendo bolas de papel de plomo que mandábamos a Negrín para que hiciera las balas para la República (8).

Como agradecimiento por las encomiendas de ropa usada que enviaban durante la contienda, mis abuelos paternos recibían chorizos da terra que atravesaban el Atlántico en latas vacías de dulce de batata. Para algún festejo importante, como un casamiento, ellos compraban grandes cantidades de ciruelas, que llenaban un fuentón, y ponían a enfriar el vino en odres, cubiertos con trapos húmedos. Su comida cotidiana consistía en puchero, nabizas, asado con papas, que mi abuela –al igual que sus vecinas- hacía cocinar en el horno de la panadería, y de postre, budín de pan. Desayunaban tazones de café con leche acompañados por pan con manteca y azúcar. Los días de fiesta, ensaimada. Ya anciana, mi abuela nos convidaba mate cuando la visitábamos, pero nadie recuerda a partir de qué fecha adquirió esa costumbre, y si lo hacía en vida del abuelo.

El cumpleaños de uno de los personajes gallegos de Vázquez-Rial coincide con el día de Navidad. El autor de Frontera sur describe los manjares que degustarán los invitados: Las mujeres pusieron las mesas en el último patio, emparrado, de obligado tránsito para quien pretendiera ir de la casa, a la que se entraba por el oeste, desde la calle Pichincha, a la cuadra, abierta al sur, a Garay. Al anochecer, los blanquísimos manteles quedaron sepultados bajo fuentes y más fuentes en que lucían el jamón, las almejas, el pavo fiambre, los ahumados, el lechón adobado, el bacalao o el pulpo con pimentón leonés y aceite de uva del país, espeso y de aroma salvaje. Aparte colocaron las galletas, los turrones partidos y las nueces peladas. Vinos y sidras se enfriaban en tinas de agua. Todo aquello había llegado en un carro del Almacén Buenos Aires, tienda de vinos, licores y comestibles importados de ultramar, que Giacomo Zappa había fundado quince años atrás en Artes y Cuyo.

Otro de los personajes, un pequeño gallego, compara ese espectáculo con el de su propio cumpleaños: Ramón, sentado en el tercer peldaño de una escalera que llevaba del piso de baldosas rojas a los techos, asistió azorado al desembarco de aquellas riquezas. No recordaba haber visto, y de hecho no había visto, nada semejante en toda su corta vida. De hacía poco, del anterior 2 de noviembre, era la más lujosa de sus memorias, la del festejo de su propio cumpleaños, el sexto, en un puesto rural próximo a Durazno, en la Banda Oriental, donde amigos de Roque habían asado un costillar de ternera (9).

En la fonda, Manuel Londeiro -personaje de Hacer la América, de Pedro Orgambide- pide pan y tocino. Después, una sopa con carne, porotos y papas. Se promete ir al almacén de su primo, y firmar una letra, un documento, lo que sea a cambio del dinero para los pasajes. Si comes tanto no podrás ahorrar, dice su primo, si sólo piensas en comer, si El pan de Manuel Londeiro no llega a la boca. Lo coloca en un pañuelo y lo anuda. Ya tiene su cena (10).

Petra, una de las ingratas de Guadalupe Henestrosa empleada como cocinera en una pensión, no soportaba que criticaran sus comidas: El minestrón era la principal fuente de conflictos: los italianos aseguraban que la española era incapaz de captar la naturaleza sutil de la sopa de verduras y que cortaba la zanahoria en rodajas demasiado gruesas. Petra no iba a soportar esas críticas. Ante la menor queja retiraba los platos con el gesto desairado de un artista incomprendido y los inconformes se quedaban con la cuchara suspendida en el aire y sin caldo donde sumergirla. La patrona hacía caso omiso de los desplantes de la cocinera: por su guiso de lentejas hubiera soportado cualquier humillación (11).

En casa de María Rosa Lojo, hija de un gallego y una madrileña, se consumían alimentos que resultaban extraños para los chicos con los que ella se relacionaba, los cuales consumían, a su vez, alimentos que rara vez se veían en casa de estos españoles: También los sabores, los gozos de la comida, se conformaron y se acuñaron fuera de los hábitos de la cocina argentina moderna. Para mí eran absolutamente familiares los pulpos y los langostinos, los calamares, los camarones y mejillones ajenos a los hábitos de las pampas, y que más bien horrorizaban con sus valvas, sus tintas y sus viscosos tentáculos a la mayoría de mis compañeras de escuela. En cambio, durante la infancia y adolescencia consideré como elementos exóticos las pastas y la pizza –‘clásicos’ para un recetario argentino, definido por su neta hibridez ítalo-criolla-. Mi familia consintió únicamente en incorporar el asado. Otros platos locales, compartidos por ambas cocinas, provenían del más antiguo fondo hispánico colonial: el puchero (versión vernácula del ‘cocido’), las natillas, el arroz con leche aromado con canela. Mis padres se resistieron tenazmente al mate, símbolo supremo de argentinidad que también hubiera representado para ellos –creo- un supremo renunciamiento (12).

Manuel Corral Vide llamó Morriña a su restorán, nombre que nos habla sin duda del sentimiento que aúna a chef y comensales: A través de Morriña (palabra entrañable para nosotros) el nombre de Galicia llega a miles de personas que, sin ser gallegas, se interiorizaron de las características de nuestra cocina, lo peculiar de nuestras tradiciones y nuestra milenaria cultura. En cuanto a los paisanos, me consta que se enorgullecen de tanta difusión (14). El publica sus recetas en Galicia en el mundo; en una de las entregas de Cocina gallega, leemos: En Buenos Aires, siempre que se podía en casa, nos agasajábamos con una buena paella en la que difícilmente faltaba el conejo (mi abuela los criaba en nuestros primeros años en la Argentina) (15).

Las recetas de los cocineros de los restaurantes españoles más típicos de Buenos Aires son desarrolladas por Blanca Cotta, en los quince manuales que integran el Gran Libro Clarín de la Cocina Española (16).

En España, un gallego que retornó sin haber podido hacer la América encontró en los manjares argentinos un medio de vida. Lo cuenta Norma Morandini: como la patria es la infancia, el tiempo se evoca con los sabores que se perdieron. En una pastelería de la calle Menéndez y Pelayo, cerca de la plaza Cavia, se forma una fila para comprar. Un pequeño negocio donde se pueden conseguir medialunas, tarta de acelga, yerba, vinos argentinos y esa delicia que se arma como exclusividad nuestra, los sandwiches de miga. (...) lejos de lo que podría pensarse, el negocio no pertenece a ningún argentino. Su dueño, un gallego que vivió veinte años en la Argentina, al regresar encontró la prosperidad que le fue esquiva como inmigrante. Gracias a los sabores que se trajo del Río de la Plata, su negocio crece cada día (17).

En Corrientes esquina gueto, Manuela Fingueret evoca las comidas de su colectividad: Cada quien/ con las voces del mercado/ recién llegado de Varsovia/ pepinos en vinagre/ o el buzón de la esquina// Una tierra prometida/ untada sobre pan Goldstein/ entre pastrom caliente/ y el mar rojo atravesado/ por Corrientes/ o por Serrano/ a la espera de Moisés/ que no sabe idish/ para descifrar los mandamientos (18).

Carlos Szwarcer se refiere a los manjares que se ofrecían en el Café Izmir, donde los clientes se deleitaban con un buen mezé (especie de picadita de platitos típicos: queso blanco, aceitunas, rabanitos, pepinos, huevo duro, etc.), que ayudaba a incorporar más dignamente en el organismo los vapores etílicos’ diversos. El humo permanente del salón se espesaba cuando en la pequeña parrilla de la cocina se asaban trozos de carne, a veces picada para su justa cocción, que hacían girar lentamente en unos pinches metálicos. Colocaban un par de esas albóndigas, acompañadas por un menjunje parecido a una ensalada dentro de un pan árabe (pita) cortado al medio. El shishe como llamaban a ese delicioso sandwich, era saboreado con un invariable ritual de malabares para no man-charse la ropa con el jugo que se escapaba por los costados del pan (19).

Szwarcer cuenta que una familia española había aprendido de los turcos una receta: Pepe cuenta que su ‘hermano trabajaba en la pollería de la calle Gurruchaga, pelaba pollos y mi mamá me mandaba a comprar allá. Los huevos rotos los vendían más baratos y yo iba con una ‘lechera’ y le decía a Gallizy - el dueño del local - ‘Hola, don Juan, dice mi mamá si me puede dar una docena de huevos rotos’. Y él me contestaba ‘Sí, claro, andá, decile al Cholo’. Y yo le decía a mi hermano, que se iba al fondo, agarraba los huevos sanos, los golpeaba y los tiraba a la lechera, pero en vez de 12 tiraba como 50 huevos y cuando salía yo le decía ‘Dice mi hermano que ya está don Juan’. ‘A ver, qué te voy a cobrar si están todos rotos’ y no me cobraba nada’. Con el rostro encendido y nostálgico por el recuerdo de esa artimaña Don Pepe continúa: ‘Y mi mamá pisaba todo, con cáscara y los colaba y hacía una masita que le enseñaron los turcos (sefaradíes), que le llamaban ‘pan esponyado’, pan de España, después con lo que le quedaba le agregaba un poco de harina y estiraba la masa con una cuchara y se hacía como un huevo frito y hacía unas masitas: ‘Mulupitas’ y llevaba la fuente a la panadería para que se la hornearan. Aprendimos de los turcos... comíamos a cuturadas’.(3). Ríe a carcajadas (20).

Máximo Yagupsky explica por qué los judíos comen el guefilte fish, y sobre todo, los sábados. El sábado es un día de reposo, de regocijo familiar, de solaz espiritual, con cantos de amor a la mujer y a la prolongación familiar. Se espera, entonces, que Dios bendiga el matrimonio con promesas de reproducción. Y el pescado es uno de los seres vivos que más se reproducen. Comer guefilte fish significa nuestro deseo de que haya una prolongación de la especie. ¡Esto es muy hermoso! De modo que cada costumbre judía tiene su sentido, su simbolismo, y hacer el pescado picado tiene también su candoroso significado: que se multiplique la prole, la gente menuda en el hogar (22).

Relata Eduardo Bedrossian que, entre los armenios, El sarmá en cualquier lugar, con trigo o con arroz, es una comida exquisita. Pero siempre con hojas de parra, no con hoja de acelga o repollo como lo hacen algunas. Eso no sirve. No tiene gusto. Les gusta también el dolmá, los zapallitos largos rellenos con carne picada, arroz, tomate y cebolla, el pollo con pilav, los fideos tostados con arroz, el koftá (carne picada mezclada con trigo y nueces) y el dirán, el yogurt aguado (23).

En La noche que me quieras, Jorge Torres Zavaleta evoca la intolerancia criolla ante los diferentes paladares. De los gringos y los ingleses afirma el narrador que eran unos animales porque arrimaban hacia un costado del plato los restos del dulce de leche porque no les gustaba. Eso era vivido por el hombre como una verdadera falta de educación (24).

La confluencia de inmigrantes de distinta procedencia y de criollos permite que confraternicen y que conozcan sus cocinas típicas. En una calle porteña vivió doña Catalina, la madre de Miriam Becker. En una sentida evocación que escribe poco después de la muerte de la rumana, comenta que la anciana De sus vecinos -españoles, italianos, argentinos del interior-, había descubierto que el mejor arroz con pollo lo hacía doña María, la gallega, pero sin panceta; lo rico que eran el grelo, la nabiza y la achicoria como los preparaban los Brunetta –los italianos saben comer verduras-, y que las empanadas con la carne cortada a cuchillo de doña Pepa eran mejores que con la picada común (25).

Pero no debe pensarse que todos comían bien en nuestro país. Los colonos, al principio, se alimentaron no con lo que acostumbraban en sus países de origen, sino con lo que había.

Los polacos que se dirigieron a la recién fundada Colonia de Apóstoles debieron esperar dos años para poder comer pan, ya que las hormigas y los carpinchos diezmaban los plantíos de maíz. Se alimentaban principalmente con mandioca, porotos, batata y aprovechaban la abundancia de animales silvestres que les proveían de carne (2).

En El árbol de la gitana, Alicia Dujovne Ortiz se refiere a la alimentación de los rusos en el litoral: La película de don Carlos Dujovne comenzaba en una pampa ilimitada donde, sola y perdida, aparecía una casita de ladrillo con las ventanas cubiertas de enrejado y un horno de barro a la intemperie. El rulito de humo se levantaba hasta chocarse con las nubes, pero no era Fata Morgana sino Colonia Carmel, en Entre Ríos. De pie junto al horno, Carlos y su hermano Saúl miraban a la madre que pintaba los panes con una pluma untada en yema de huevo. Los niños esperaban los quemados. Sara los sacaba del horno y se los tendía tristemente sin dejar de decir, como si fuera necesario: ‘coman’ . Era una orden. Al oírla, un hambre antigua les mordía los jóvenes estómagos, un hambre que pesaba en la conciencia, un hambre trascendente (3).

José Wanza recuerda, en 1891, que en el Hotel de Inmigrantes de Tucumán, al que arribaron hombres mujeres y niños después de haber viajado cuarenta y dos horas desde Buenos Aires, les dieron pan por toda comida. Al llegar a la chacra en la que trabajarían, cada uno recibió una media libra de carne; hacían 58 horas que nadie de nosotros había probado un bocado caliente. En la chacra, la manutención consiste en puchero y maíz, y no alcanza para apaciguar el hambre de un hombre que trabaja. La comida es razón suficiente para emplearse: Hay tantísima gente aquí en busca de trabajo, que vegetan en miseria y hambre, que por el puchero no más se ofrecen a trabajar (4).

Décadas más tarde, Magdalena, uno de los personajes chaqueños de Mempo Giardinelli, en Santo Oficio de la Memoria, disfruta de la prosperidad. Se interesa por los platos de diferentes colectividades y, cuando los cocina, es digna de elogios: Todas cosas judías, deliciosas, bien condimentadas. Arenque ahumado, y unos blintzes, madre mía, para chuparse los dedos. Y no solamente judías porque también hacía unas paellas que te dejaban de cama. Y no te cuento las mermeladas que preparaba: de rosa mosqueta, de grosellas, de granadas, de higos. O las ravioladas con salsa a la bolognesa o la Príncipe di Nápoli, mamma mía. También hacía unos guisos carreros que le enseñó tu papá, muy delicados, porque tenían las dosis exactas de hierbas, especias exótica, pizcas de esto y de lo otro, todo hecho con amor, el morfi con amor es otra cosa (5).

En Mendoza, los Bianchi se las ingeniaban para procurarse sustento: Lo que más motivaba la admiración de Valentín hacia su mujer era cuando, durante el crudo invierno, ella se dedicaba a cazar pajaritos con su viejo rifle de municiones. Colocaba maíz mojado en el patio, frente a la puerta de la cocina, y mientras preparaba el almuerzo, las pequeñas avecillas se aglomeraban ansiosas por comer el alimento que asomaba entre la nieve. Entonces Elsa, de un solo disparo, hacía una buena cacería. Enseguida, con la ayuda de sus pequeños Bibi y Nino, limpiaban las presas obtenidas. Luego doña Teresa se dedicaba a la preparación de una exquisita polenta con pajaritos, que era la delicia de toda la familia (6). Nino retiraba de los nidos pichones de paloma y gorrión, cazaba cuises y pescaba: Sobre los cuises o conejos de cerco, escribe, décadas más tarde: Mi madre o la tía ‘Neta’, complacientes, solían prepararlos a la cacerola, que nosotros saboreábamos con deleite por el sólo hecho de saber que era producto de nuestras sacrificadas cacerías. Los puesteros convidaban al niño con carne de quirquincho y preparaban empanadas de carne de león, a las que atribuían propiedades curativas (7).

Vittorio Petrei, se refiere a la alimentación de los inmigrantes en Jesús María, en una carta enviada en 1878: Nosotros estamos seguros de ganar dinero y no hay que tener miedo a dejar la polenta que aquí se come buena carne, buen pan y buenas palomas. Los señorones de allá decían que en América se encuentran bestias feroces: las bestias están en Italia y son esos señores (8).

Miguel Sánchez Romera, chef y neurólogo nacido en la Córdoba argentina de padres inmigrantes españoles, y residente en Barcelona (9), evocó en un reportaje las recetas de su madre murciana (10).

Entre fines del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX, la pampa se convertiría en ‘pampa gringa’, y la influencia de la cocina italiana prevalecerá en todo el área: pastas, ensaladas crudas, aceite, vegetales y fruta. Las pastas favoritas en pueblos y colonias serán los ravioles, tallarines, ñoquis, polenta, lasagna, capellettis, agnolottis –platos de los domingos y días festivos-, todas matizadas con enormes trozos de carne estofada. El relleno de los ravioles incluía, además de la espinaca,, seso, pollo y salchicha. De la tradición hispano-criolla se mantiene el puchero, un trozo de carne vacuna hervida con el agregado de zapallo, choclo, papas, etc. Las proteínas, vitaminas e hidratos de carbonos así como las grasas se combinan en este plato apto para las tareas pesadas (11).

La familia del ucranio David Rotstein se estableció en La Pampa. Sus descendientes recuerdan que David contaba historias de ‘banquetes’ en que se compartía un pan frotado con ajo o los gajos de una naranja (12).

Escribe Girolamo Bonesso, en Colonia Esperanza, en 1888: Aquí, del más rico al más pobre, todos viven de carne, pan y minestra todos los días, y los días de fiesta todos beben alegremente y hasta el más pobre tiene cincuenta liras en el bolsillo. Nadie se descubre delante de los ricos y se puede hablar con cualquiera. Son muy afables y repetuosos, y tienen mejor corazón que ciertos canallas de Italia. A mi parecer, es bueno emigrar (13).

En Rosario, Luis Fehér, inmigrante húngaro judío, asiste incómodo al refrigerio de su familia política: Era muy común que los Temesvari se juntasen los domingos para ir al cine, y que a Luis se lo incluyera en el programa como uno más de ellos. Protegidos por la oscuridad de la sala, la madre de Betty sacaba a relucir sandwiches del más oloroso bursh judío, cargados de pimientos y tomates, los que acompañaba con una limonada casera llevada en sendos termos, y que repartía equitativamente entre todos. Luis, con costumbres más refinadas y menos expansivas, se sentía un poco avergonzado y trataba de evitar estos eventos (14).

Gladys Onega, santafesina hija de un gallego y una criolla, cuenta: Mi madre no sabía nada de la cocina gallega pero, ante nuestra insistencia, había aprendido a hacer fillohas, delgadísimos discos de harina y huevo cocinados en la sartén con una cucharadita de manteca, que comíamos espolvoreados con azúcar (15).

En las colonias alemanas del Volga, otro aspecto que resistió airosamente el paso del tiempo, pero en este caso sólo en el ámbito rural, fue el de las comidas tradicionales. Por fuerza, al ser las mujeres sus custodias principales, no se ha conservado mayormente la tradición culinaria en las grandes ciudades y todo parece indicar que, en el campo, se asiste a sus últimas manifestaciones. Lo complejo de su preparación y las características de los ingredientes van transformando esas comidas en excepcionales (16).

En la provincia de Buenos Aires, también se encontraban excelentes cocineras. Una de ellas sumaba a su habilidad culinaria, los dotes para la caza. Nos referimos a otra anciana centenaria, Margarita Marc de Soto, hija de franceses afincados en Alberdi, acerca de quien escribe Carolina Muzi: La cocina fue una constante en su vida y las perdices en escabeche, una de las especialidades más celebradas por familiares y amigos. Pero Margarita no sólo las cocinaba: también las cazaba (17).

Hugo Nario describe, en un estudio sobre los picapedreros de Tandil, una de las comidas de los inmigrantes: Algunos de los pobladores más antiguos que entrevisté, recordaban que la hora del desayuno (generalmente mate cocido con leche, galleta y queso) era anunciada por un empleado de la cantera que recorría sus inmediaciones tocando un largo cuerno. Al toque de cuerno los chicos dejaban sus juegos y se congregaban tras quien lo portaba, en una extraña procesión que se repitió diariamente mientras se mantuvo aquella relación de dependencia (18).

En Bahía Blanca se conservan algunas tradiciones españolas. En La pradera de los asfódelos, de Rubén Benítez, dice uno de los personajes: Doña Lorenza la convidaba con rosquillas fritas. Unas rosquillas iguales a las que hacía mi madre en mi pueblo, en España. Doña Lorenza era de Villar del Ciervo, un pueblito vecino al nuestro. ¡Qué hermosas rosquillas! ¡Riquísimas! (19).

Aún hoy perviven las recetas de la abuela. En su restorán marplatense, los hermanos Morales hacen la empanada gallega tal como la hacía Manuela Eiras en Padrón, según la receta que trajeron de La Coruña hace cuarenta y tres años (20). En Las recetas de nuestras abuelas (21), Luján Casaubon e Isabel Chiodo de Perren, Dos fanáticas de la buena mesa rescatan recetas de los cuadernos de sus abuelas. Se trata de exquisitas preparaciones, de origen francés, italiano, español o argentino, que se saboreaban en nuestro país desde fines del 1800, y que se disfrutan todavía hoy (22).

En Villa Elisa vive la portuguesa Zulmira Rosa Alves: Uno de los primeros cambios fue justamente en la dieta ya que pasó de ser a base de pescados y frutos de mar a ser ahora compuesta en su mayoría por frutas y hortalizas. La carne era de muy mala calidad por lo que la mayoría de las familias criaba animales de granja para sacrificarlos y comer. Zulmira no recuerda mucho los postres que comía en los primeros tiempos. Quizás el olvido se deba a que en los tiempos difíciles elaborar un postre era algo que no se hacía habitualmente en una familia de inmigrantes de clase media baja. ‘lo que si recuerdo es estar ayudando a mi madre a hacer las areias que son unos bocaditos dulces para la merienda’. (...) si bien no es un postre tradicional es una masita dulce que se come por las tardes con el mate o con el te. Hablando del mate Zulmira nos contó que al principio le parecía una costumbre muy extraña y no le gustaba, pero sin embargo nos dijo que el mate cocido sí le gustó. (...) ‘El trabajo me quitaba mucho tiempo para atender a mis hijos pero siempre encontraba tiempo para cocinar cosas ricas para ellos. A través de las comidas les relataba historias de mi pueblo para que conozcan mi pasado. Muchas veces no me escuchaban pero si lo hacían cuando les hacía sus comidas preferidas’. En ese entonces ya eran comunes las heladeras y la calidad de la carne había mejorado notablemente. Al ya no tener quinta los productos frescos como las frutas, verduras y huevos se compraban en el mercado y la leche y quesos eran traídos por el lechero todas las mañanas (23).

En la Patagonia –destacan Alvarez y Pinotti- El intercambio con los primeros europeos ha quedado registrado abundantemente, sobre todo en San Julián, en épocas tempranas, así como en Carmen de Patagones, Río Gallegos y Punta Arenas. Desde 1860 se difunde el consumo de yerba, azúcar, farináceos, tabaco, bebidas alcohólicas –con consecuencias catastróficas para el futuro de los diversos grupos-. En nuestros días se continúa denominando ‘vicios’ a los insumos traídos por los blancos (24).

A Bariloche llegaron, provenientes del Cantón de Valais, en Suiza, los hermanos Félix, Camilo y María Goye, después de vivir diez años en Chile, donde conocieron una comida araucana: Allí conocieron el curanto y allí aprendieron a hacerlo. (...) Jorge Rubén Nielsen, al que todos llaman ‘el gringo’, es hijo de una Goye. Es uno de los encargados de preparar el curanto con todos los detalles que hacen de esta forma de cocinar una ceremonia (25).

El curanto –explican Alvarez y Pinotti-es una forma tradicional de preparación de la carne entre los araucanos chilenos, y que del lado argentino se repite especialmente durante las ceremonias. El curanto es tanto el sistema de cocción como la comida; no es exclusivo de los mapuches, ya que desde México al sur, muchos pueblos utilizaron el mismo sistema. Un curanto se realiza cuando son muchas las personas que van a comer (26).

4 Wanza, José: Carta de un inmigrante (a) El Obrero; Nº 36, del 26/9/1891. Tomado de: José Panettieri, Los Trabajadores. Biblioteca argentina fundamental. Serie complementaria: Sociedad y Cultura/18. Centro Editor América Latina. 1982. Págs.101a 104. En www.clarin.com.ar.

En la pobreza o en la abundancia, los inmigrantes mantuvieron la tradición culinaria como una forma más de vincularse a la tierra añorada, de preservar su cultura, y de transmitirla de generación en generación, al tiempo que veían en la cocina nativa un medio para diferenciarse en una sociedad cosmopolita.

La Capital Federal, en 1936, tenía el 88% de extranjeros o hijos de extranjeros –afirma la socióloga Susana Torrado. Es decir, entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX era un pedazo de Europa en la Argentina (1). La actriz Rita Cortese recuerda la presencia inmigrante en la sociedad: Cuando yo era chica, los inmigrantes europeos eran algo vivo y cercano. Tanos y gallegos, como decíamos, estaban allí, al lado nuestro, en la calle, en el barrio. Pesaba su manera de ser y de hablar, sus costumbres, comidas, espectáculos. Formaban parte de nuestra vida cotidiana (2).

De sus países de origen trajeron los inmigrantes sus costumbres, las que perduraron en la nueva tierra. La crianza de los hijos, la celebración de los acontecimientos familiares, diferenciaban a las colectividades y, aún hoy, se siguen observando los mismos lineamientos que hace décadas, aunque influenciados por el medio en que se desarrollan.

La ética era un valor fundamental para los inmigrantes. Lo afirma Eduardo Mignogna, autor de La fuga: Nuestros padres, nuestros abuelos, amaban el apellido, la ética, la responsabilidad civil de tener un trabajo y de hacerse cargo de sus hijos y dejarles un apellido. Con su muerte se pierde un sentido de la ética y el país es testigo de esto. Los nietos saben que no tienen el primer referente a quien pedirle explicaciones y aparece la plata dulce, la financiera, esos hombres con apellidos en los diarios sin que les importen las manchas en una política macabra de robos e impunidad (1).

Patricia Palmer, hija de un catalán y una porteña, manifiesta: En mi casa me inculcaron valores que por un lado me salvan, pero que también me trajeron problemas: fui educada en una burbuja donde la honestidad y el honor eran la regla general, y la vida me fue enseñando duramente que eso tiene más que ver con la utopía que con la realidad (2).

La solidaridad era otro de los bienes espirituales de los inmigrantes. Ema Wolf y Guillermo Saccomanno señalan que La inmigración, por esos años, hacinaba a un grupo humano de orígenes diversos y remotos que convivía con rencores e indiferencias pero unido por esa desgracia común de sentirse pobres y relegados en una tierra extraña (1).

Nacido en Berisso, Esteban Peicovich, hijo de dálmatas, recuerda la localidad como una sociedad compuesta por treinta y siete etnias diversas que, en medio de la crisis, hacía de la vida vecinal un acto religioso. No piqueteaban. Se defendían con el trueque, la huerta y la mano pronta al caído en desgracia mayor. Una red de asistencia que permitía preservar la costumbre traída: mantener lo genuino y sostener a los hijos en medio de la adversidad (2).

Esta condición de los inmigrantes es resaltada por la actriz María Rosa Fugazot: la hija de la legendaria actriz de teatro, revista y cine María Esther Gamas y del músico Antonio Fugazot recordó: ‘De chica, mamá vivió en un conventillo; decía que era como la casa grande de una gran familia. Había un matrimonio siciliano y otro napolitano cuyas mujeres vivían peleando. El marido de una era motorman de tranvía y el de la otra, portuario. ¡Ah, Santa Madonna!, que al marido di questa lo strafuque il tranvia e que non quede niente di niente!, exclamaba la napolitana revolviendo su negra melena. E, que il tuo marito se caiga al aqua e se ahogue, contestaba la siciliana. Sin embargo, cuando llegaba un momento difícil, cuando un hijo se enfermaba o alguno se accidentaba, todos se unían para proteger al que lo necesitaba (3).

Quien carecía de parientes encontraba remedio a su soledad en los vecinos armenios –relata Bedrossian. El vecino era su pariente, su confidente, su ayuda. Podría salir tranquilo de su casa, que cuidarían de la como la propia. Detrás de la soledad, estaba la sombradel infortunio y se consolaban diciendo que: ‘Es mejor vecino cerca que pariente lejano’ (4).

Carlos Barberio, hijo de un italiano y una española, es un ejemplo de solidaridad: Sufrió un accidente gravísimo cuando tenía apenas cuatro años y una mala praxis médica transformó las heridas en lesiones de por vida. A los 76 Carlos Barberio está cuadripléjico, pero lejos de vivir el tema como una tragedia lo toma como una prueba de Dios. Desde su silla de ruedas se preocupa por el prójimo antes que por él mismo (5).

La protección se evidencia en un texto autobiográfico de Luis León, Recuerdos del papú Menajem, que dice: El olor de la comida me embriagaba, a pesar que tenía escasamente cuatro años y pasarían varios para que supiera con certeza que el pishkado con agristada era mi plato predilecto y su guesmo mi debilidad. La abuela Masaltó terminaba de hacer la comida del viernes, y entre su ir y venir me invitó a acompañarla. Salimos de la mano por la enorme puerta de la casa de la calle Malabia. En la otra mano mi abuela llevaba su bolsa para las compras. En el trayecto nos saludaron varias veces; Malabia era una de las calles djudías del barrio de Villa Crespo, y en la esquina con la avenida Corrientes, en el edificio del Banco, vivían numerosas familias sefaradíes. La mañana del final del verano era cálida, y mi abuela me buscaba tema de conversación mientras caminábamos por las veredas sombreadas. Al llegar a la puerta del mercado de Velazco, siguiendo una costumbre de niño, corrí para encarar los escalones, pero ella frenó mi impulso diciéndome: ven ishiko, vamos a lo del papú Menajem . Cruzamos al frente y cerca de la esquina empujó la puerta que daba a un angosto pasillo, y tocó el timbre en el último departamento. Estuvimos esperando un rato largo, ella suponía que el anciano estaba en el baño y tardaría en atender, pero había salido. Con cuidado mi abuela abrió su bolsa, retiró del interior una ollita con tapa, y agachándose la dejo frente a la despintada puerta, para que el hombre la distinguiera con facilidad al volver. Durante la caminata de regreso a casa, la abuela Masaltó me contó que el papú Menajem no tenía hijos y vivía muy solo. Y en esos casos, decía, había que llevarle comida caliente hecha en casa, para que no haya djidiós que en día viernes le falte un plato como el que le preparaba su abuela en su casa de Stambul (6).

Ana María Shua habla de los hermanos de barco (7). Juan José Campanella relata: Aída (Bortnik) nos contaba que un tipo que ella pensaba, hasta los 11 años, que era familia de sangre en realidad era un español que habìa llegado en el barco con su abuelo (8).

En el Hotel de Inmigrantes también se agrupaban los recién llegados. Comenta el profesor Jorge Ochoa de Eguileor: Aquí había inmigrantes de diferentes países, con diferentes idiomas, que hacían sus grupúsculos ya entre sí, se juntaban e iban al mismo lugar del comedor, habían logrado estar en el mismo dormitorio y salían en conjunto a la calle, porque tenían libertad de salir del hotel hasta las siete de la tarde. Las señoras también se juntaban de acuerdo a la nacionalidad en los jardines con los chicos, esperando a sus maridos, se pasaban la mañana en el jardín, en los grandes jardines (9).

Con la oposición del gobierno se encontraron los alemanes del Volga al intentar ubicarse en las chacras según su propia clasificación: Sin considerar las propuestas gubernamentales, comenzaron a elegir los lugares donde levantar cada aldea, de acuerdo con el origen o zona de procedencia y la confesión religiosa, tal como ya se habían previamente autoclasificado. (...)los jefes políticos y el administrador de la colonia les informaron que, si en ocho días no ocupaban sus chacras, serían obligados a hacerlo por medio de la fuerza pública. Finalmente, consiguieron lo que deseaban: Catorce días después llegó la respuesta de Nicolás Avellaneda, quien había optado por resolver el conflicto conforme los deseos de los inmigrantes, ganándose de allí en más el reconocimiento incondicional por parte de éstos y sus descendientes (10).

Esa unión de los primeros tiempos dio origen a asociaciones importantes, a muchas de las cuales se refiere Rosa Majián en su guía (11). Surgieron los medios de las colectividades, estudiados por la antropóloga Viviane Oteiza Gruss: De las publicaciones periódicas publicadas en la ciudad de Buenos Aires en 1887, 82 estaban redactadas en español, 7 en italiano, 5 en francés, 4 en inglés y 4 en alemán. Es decir, estos números indican que la mencionada libertad de expresión, junto con la fuerte inmigración de aquellos años, fue el caldo de cultivo para gran cantidad de publicaciones de colectividades (12). Una publicación tuvo que ver con el origen del Centro Gallego: El Eco de Galicia fue fundado por José María Cao Luaces el 7 de febrero de 1892. Este fue el órgano de los residentes gallegos en la Argentina desde ese momento y uno de los antecedentes de la fundación del Centro Gallego de Buenos Aires (13).

Gloria Pampillo recuerda la voluntad de unión de los emigrantes de esa región: Lo que van a hacer ahora es lo mismo que hizo mi abuelo cuando llegó a la Argentina en 1870. Van a agruparse en cofradías. Que esas cofradías formen un ejército o una Sociedad de Socorros Mutuos, poco importa. Lo que tienen en común es que lejos de la tierra, da mía terra, como dijo una mujer en el seminario con un dolor que me volvió de barro el corazón, van a buscarse entre ellos (14.

Para Jorge Fernández Díaz, el Centro Asturiano de Buenos Aires es esa Asturias de ficción donde los desterrados simulan vivir en aquel tiempo y en aquella patria. Su padre encontraba allí la felicidad perdida: Lidiaba con mi país de lunes a viernes, pero reverdecía con el suyo los sábados y domingos: mi padre se hizo ciudadano ilustre de una patria fantasmal construida por la colonia argentina de asturianos (15).

Un grupo de polacos se asoció con fines ilícitos. Lo cuenta un arrepentido, en Frontera sur: en 1906 se fundó la organización que hay ahora, la Varsovia, la verdadera Migdal. (...) era una sociedad de rufianes... Lo único que se pedía para ser socio, era eso. Valía la pena, era un buen negocio. Agrupados, podíamos defender nuestros intereses, porque hay mucha competencia: franceses, italianos... Los polacos hicimos una sociedad de socorros mutuos. Legal cien por cien. Con comisión directiva elegida y todo.

Los judíos, a su vez, crearon una organización para protegerse de la Zwi Migdal, que atraía la censura de la sociedad hacia quienes profesaban esa religión, aunque la mayoría fueran inocentes: Los judíos siempre se preocuparon mucho por la moral. Y por las apariencias. Había un comité de protección de las mujeres y los niños judíos. Hablaron con el rabino. (...) Y el rabino nos prohibió entrar al templo. Y después prohibió que nos enterraran como Dios manda (16).

Entre los emigrantes armenios, las sociedades compatrióticas o regionales reagrupaban a los originarios de la misma provincia. (...) Todas tenían similares objetivos: atender a las necesidades primarias de los inmigrantes y preservar la identidad mediante la vigencia de los recuerdos de su terruño así como de sus costumbres. Estas asociaciones ofrecían, además un ámbito donde reunirse para recrear las vivencias de la patria lejana, mediante la repetición de los relatos (17).

Las sociedades de socorros mutuos (...) tuvieron un amplio desarrollo, y se extendieron a todo rincón del país donde llegaron los contingentes inmigratorios –comenta Angel Jankilevich. El censo realizado en 1904 en la Capital Federal revelaba la existencia de 97 entidades de socorros mutuos (18).

La llegada del migrante siempre está cargada de esperanzas e incertidumbres. Y la asociación con otros connacionales es una de sus estrategias para cubrir sus necesidades culturales y recreativas –opina Lelio Mármora, director de la Organización Internacional para las Migraciones. Así surgieron entidades que dieron a los recién llegados espacios solidarios en un medio extraño, y varias resultaron centro de excelencia para los argentinos. El deporte tiene que ver con esta realidad: Igual integración se dio en los clubes: a través del fútbol, los extranjeros conservaron su identidad y se sumaron a la sociedad (19).

Los clubes de fútbol fundados específicamente para colectividades surgieron a mediados de los 50. El 7 de mayo de 1955 nació ACIA (sigla de la Asociación Calcio Italiano en la Argentina), actual Deportivo Italiano. Siempre con el ‘Deportivo’ por delante, en 1956 se sumó Español, en el 62 surgió Paraguayo y el último, Armenio, debutó un año después. Este póquer de colectividades fue creciendo hasta alcanzar la cúspide en la década del 80, en la que españoles, armenios e italianos llegaron a Primera División. Después, la debacle. Con escasos socios y suculentas deudas, este cuarteto pasa por una crisis tan profunda como la de la mayoría de los clubes. Lo curioso, en este caso, es que representan a colectividades tan numerosas como futboleras. Y que, sin embargo, les dan la espalda a sus orígenes. ¿Caso grave de amnesia? ¿Falta de identidad? (20).

La preocupación por los hijos está ligada a la inmigración. Es lógico, si pensamos que muchos de los inmigrantes no veían a sus hijos en años, como los padres de Jesús Amorín Varela: Mis padres eran gallegos y fueron a Cuba. Ahí nací yo. A los dos años me llevaron a Galicia y me dejaron al cuidado de mis abuelos maternos. Estuve con ellos hasta los diecisiete y en 1929 me vine para la Argentina (1). En Italia deja la madre a Syria Poletti y a su hermana mayor, quienes llegarán al país mucho después (2); lo mismo sucede a la inolvidable madre de De los Apeninos a los Andes, de Edmondo D’Amicis (3). Otros, no llegan a ver nunca a sus hijos, como la italiana de Santo Oficio de la Memoria, que tanto los echó de menos (4).

Pensemos en las penurias que pasaron esas familias en sus países de origen, durante la travesía y hasta que lograron una mínima situación económica. Entre los armenios, Había una negación de sí mismo casi devota en la consagración a los hijos –escribe Bedrossian- porque en ellos estaba su esperanza. Habían alcanzado el milagro de sobrevivir. Con los hijos quedaba legitimada la supervivencia. Por eso la familia era la tierra santa donde se concentraban los apremiantes sueños de los padres y el escenario de la vida cotidiana (5).

A la Argentina –escribe Graciela Montes-, fueron llegando los inmigrantes. Solteros y muy jòvenes, algunos casi niños, venìan a ‘hacer la Amèrica’. Provenìan de España, de Italia, de Turquìa, de Rusia, de Francia, de Polonia, de Yugoslavia, en general eran muy pobres y estaban dispuestos a trabajar duro... Algunos regresaron a sus pagos, pero la mayorìa, màs de un millòn, se quedò. Para esos inmigrantes, los hijos eran valiosos. El triunfo de esos hijos en la vida era la certificaciòn de su propio èxito (6).

Marcelo A. Moreno considera que En nuestro país el amor hacia los chicos constituye una especie de culto nacional. Casi nada está tan bendecido en nuestra sociedad como hacer cosas –sacrificios incluidos- por nuestros hijos. Desde las historias de inmigración el amor a los chicos se erige en sentimiento supremo y hasta sirve no pocas veces de coartada (7).

Recordemos al respecto un concepto de Guillermo Jaim Etcheverry, quien afirma que, en esa clase de familia, los niños y los jóvenes adquieren un papel dominante. Lo hacen al convertirse en el lazo de unión que vincula a los mayores con el nuevo entorno que, a menudo, les resulta hostil. La función de los menores es la intermediación: Los jóvenes, que se adaptan a gran velocidad, son los encargados de traducir la nueva cultura a sus padres. La familia así conformada, cambia su estructura original: Cuando esa tarea de condescendiente intermediación se convierte en imprescindible, esos jóvenes terminan ejerciendo un poder real sobre sus mayores (8).

El amor por los niños se evidencia en el interés por hacerles pequeños regalos, por cocinar para ellos, por brindarles expresiones de cariño en una comunidad que no recurre al dinero para los placeres. En Mi búho, Elena Guimil recuerda la oportunidad en que su padre, un gallego fornido le trajo un pichón. Cuando el padre volvía de cazar –dice la hija- yo me sentaba en un banquito impaciente, mirando fijamente la bolsa cerrada que descansaba olvidada junto a la puerta. Adentro había algo que se movía, algo que era para mí. Mi padre sólo la abriría después de tomar su café caliente. Unicamente él podía hacerlo. Pero no parecía tener ningún apuro. Me miraba de hito en hito y sonreía detrás de su taza. Creo que disfrutaba con mi impaciencia. El contenido de la bolsa de arpillera era un misterio para mí, aquel que esperaba ansiosa todas las semanas. ¿Qué sería esta vez? ¿Un tero, un lechuzón o un zorrito? La criatura asomó sus gigantescos ojos amarillos y se posó en la mano de mi padre. Emitió una especie de silbido cuando me acerqué (9).

Humberto Costantini escribe acerca de un gringo que quería tener muchos hijos. El italiano manifiesta: Cuando vine a América, ¿sabe?, me soñaba tener una casa y una familia. Muchos hijos, sabe. Así como usted. O más todavía. Ocho, diez. Una mesa larga, larga, y todos allí a la noche comiendo con buen apetito (10).

Los padres inmigrantes son homenajeados por sus hijos. María Granata afirmó: Empecé a escribir siendo muy niña, alentada por mi padre, un médico italiano que me inició en la poesía de Leopardi. Murió cuando yo tenía once años y siempre supe que mi labor literaria sería un constante homenaje a él (11).

Antonio Dal Masetto, en el libro El padre y otras historias, apela a dos herramientas con las que, en obras anteriores, buscó arrancarle al mundo algunas certezas en forma de literatura: la memoria que desanda imágenes de un pasado ligado a la tierra, y la observación de un presente urbano, plasmada en acuarelas de pinceladas certeras que trazan el perfil de personajes noctámbulos y marginales, habitantes de un territorio bien delimitado y reconocible: la zona del Bajo (12).

El periodista Santo Biasatti expresó: mi viejo fue un inmigrante que llegó y estuvo un día en el hotel de inmigrantes de Retiro. Llegó un viernes, el sábado salió, el domingo fue a comer a casa de unas personas del pueblo y el lunes fue a laburar. Y nunca habló bien castellano. Pero como él no había podido quería que su hijo fuese al colegio y se rompió el traste para que su hijo pudiese estudiar (13).

La cantante Estela Raval recuerda a su padre: Mi viejo era un inmigrante italiano que llegó con una bebita en brazos. Su mujer, en Italia, falleció cuando dio a luz a esa criatura. A los pocos meses de llegar conoció a mi mamá, que tenía catorce años, la pidió en matrimonio a mi abuela que no sé cómo se la dio y a los quince la hizo madre. Mi mamá crió al hijo que nacía, Manuel, y a esa nenita que trajo mi papá de Italia (14).

En un reportaje, Leo Vinci contó: Mi padre (...) me puso a prueba y me hizo dibujar, en un papel de almacén y desde una fotografía de una revista, un perfil de Dante Alighieri. Pasaron dos o tres días y me compró una hoja chica de carpeta Canson, con los agujeritos, y me dio la foto del Rey de Italia –porque él era italiano-. Me puse a dibujarlo y no me alcanzó la hoja, entonces mi papá compró otra hoja y lo pegamos para alargarlo. Y parece que aprobé el examen porque a partir de ahí, cuando llegaron los Reyes Magos, a mis siete años, en vez de juguetes yo me encontré con un rollo de papel, colores y todo lo que hace falta para dibujar y pintar (15).

Alfredo Conte evoca a su padre, que llegó desde Cosenza en 1887: Mi viejo, vos hiciste el mundo nuevo/ abriste surcos, criaste hijos/ y fuiste solamente un inmigrante/ No sé cómo decirlo en dos palabras (16).

A su padre evoca el protagonista de Niebla, de José Luis Pérez: De pronto algo conmocionó mi mente, las imágenes se fueron deteniendo lentamente y una escena fue corporizándose ante mí. Era el patio de ladrillos de un inquilinato, pulido por los pasos de fatigados inmigrantes, con enrejados verdes de varillas de maderas entrecruzadas, grandes macetas rojas y amarillas de formas acampanadas llenas de plantas, un gran piletón en el centro, el parral cubriéndolo todo y en una silla baja, sentado, con una chaqueta en su falda y una aguja en su mano, cosiendo con destreza y chupando su pipa, estaba él. Un aroma de uva madura y tabaco fuerte llenaba el espacio, de una vieja radio salía la voz de Beniamino Gigli, cantando ‘Wien, Wien, nur du allein’ (17).

El padre de Gladys Onega era paciente con su hija enferma: Después de haberme ofrecido el néctar, la leche y la miel, mi padre me alzaba y tomaba la posta en la continuación del rito nutricio; con él las acciones eran lentas y alentadoras, él no estaba agotado de cocinas y de chicos, venía de estar horas con hombres resolviendo problemas de hombres y con su hija menor le cundía la paciencia, que con el correr de las horas a mi madre se le había ido al diablo. Inflexible era sin embargo en darme de comer una cucharadita de sopa por los abuelos de España, otra por los abuelos de Melincué, otra por los huérfanos de la Guerra Civil, otra por el ángel de la guarda dulce compañía y por todos los personajes queridos y sagrados que se le ocurrían (18).

Al ver a su padre muerto, dice un personaje de Vázquez-Rial: Mi padre. Aquel gigante que me tomaba de la mano y me llevaba hasta el fin del mundo. Cogido de su mano crucé el océano. Cogido de su mano vi el cortejo de un rey negro. Cogido de su mano encontré a Germán. Cogido de su mano. Cogido. ¡Dios santo! Lo pienso en su lengua (19).

Lo único que recuerda Roberto Arlt de su padre, según sus biógrafos y su propio testimonio, no es muy halagüeño: ‘Mañana te fajo’, decía el prusiano. Arlt no dormía en toda la noche y, a la mañana, sufría la paliza (20).

Mi padre, Moisés o Mauricio Ribak, según uso y costumbre, fue el hijo tardío de un varón santo –escribe Andrés Rivera-. Debe haberlo tenido a los 60 años, con una mujer a quien doblaba en edad. Y lo destinó a que fuera rabino. En medio de sonrisas cómplices, una tarde mi padre me contó como rompió con la religión judía comiendo cerdo en las gradas de la sinagoga de su ciudad natal, en Polonia. Después, la perrsecución a los judíos hizo que se viniera a los 18 años a la Argentina (21).

Acerca de su padre, escribe Juan Gelman: Sabía de todo: economía, historia, ciencias políticas. Lo que ahora se llamaría un tipo culto. Recuerdo que, cuando cumplí 12 años, me regaló la obra completa de Scholem Aleijem. Entonces no lo supe, pero ahora me parece que ahí empezó todo. Nunca pude escribirle nada, y creo que ése fue mi mejor regalo hacia él (22).

También le inculcó el amor por la lectura el padre de Juan José Saer: En mi casa había dos o tres libros en árabe dando vueltas –manifiesta el escritor-. Pero mi padre era un gran lector. Creía en la cultura, y se había suscripto a las Selecciones del Reader’s Digest. Un día nos hizo una bibliotequita para mi hermano y para mí, y allí guardábamos las revistas y las Selecciones que devorábamos (23).

Un padre japonés protagoniza una novela: Gaijin (‘extranjero’), primera novela de Maximiliano Matayoshi, es la historia de un adolescente que en la segunda posguerra deja su Okinawa natal para emprender un viaje geográfico y sentimental a la otra punta del globo. La vida en el barco, los puertos, la amistad iniciática, la comunidad japonesa en Argentina son escalas de una historia familiar, la de su padre, que Matayoshi recrea en cuarenta y nueve breves capítulos de ritmo ágil y prosa sobria y contenida. Por este libro, el autor –veintitrés años, estudiante del traductorado y del taller literario de Diego Paszkowski- ganó el Premio 2002 a la mejor ópera prima de la Universidad Autónoma de México y la editorial Alfaguara, cuyo jurado presidió Mario Bellatin (24).

En Ochenta Orlando Mario Punzi evoca a su madre: A Dios, conmigo se le fue la mano.// Me dio todo: la mamma de primera,/ los amigos en tanda y un hermano,/ y ya de pibe le saqué temprano/ cien sonetos, o más de la galera (25).

En Regreso, Rubén Benítez canta a su madre española: Nuestra madre,/ la pobre exclamaría/ Has vuelto muy cambiado/ como si fueras otro./ Jamás serás el mismo/ que se ha ido./ Naciste con silencio/ de abismo/ en tu costado/ y cuando te mecía/ velaba ya en tu piel la indiferencia./ Tu cuna ya era un barco/ de mares demorados/ y de ausencias.// Pobre madre,/ portaba en su mirada/ distante y abatida/ la luz del desencanto/ triste flor de su tierra prometida (27).

Francisco Luis Bernárdez llora a su madre gallega: Nuestras pequeñas bicicletas iban por aquella carretera de España./ Detrás quedaba Carballino, con sus casas envueltas por la madrugada./ Dejando mi corazón mucho más a obscuras, el amanecer despuntaba./ ¿Era posible que pudiera venir, como todos los días, la mañana?/ El silencio de mis hermanos era el eco de la soledad de sus almas./ Yo sentía sobre mis hombros algo parecido al peso de una montaña./ El paisaje abría los ojos como si no se hubiera enterado de nada./ Nunca olvidaré que en el monte de Corzos había un ruiseñor que cantaba./ Al llegar a Dacón oímos el nombre querido en la voz de la campana./ Mamá y el mundo habían muerto para siempre y sólo aquella voz los lloraba (28).

María Nieves, bailarina de tango, proviene de una familia humilde –ella reafirma ‘más que pobre’-. Fue criada en el barrio de Saavedra. Sus padres eran de Lugo, España y aquí tuvieron cinco hijos.(...) De chica la humildad familiar no la marcó. Asegura que eran muy felices y que eso es imborrable. (...) A veces me dicen, ‘sos demasiado humilde, sos una tonta’. Así me hizo mi mamá, eso me legó. Me enseñó a andar derecha por la vida y no hacerle daño a nadie’. Esa misma mamá –‘la gallega’- cuando era niña le cantaba tangos y valsecitos en vez de una canción de cuna (29).

Eran españoles los padres de Fernando de Querejazu, quien manifiesta haber escrito en su honor El pequeño obispo, evocación de la infancia en el pueblo cordobés de Canals, fundado por un naviero valenciano (30). Y los de Raúl G. Fernández Otero, quien los evoca en el marco de un barrio porteño, allá por el 30 (31). Y los de Jorge y Aída Luz, acerca de quienes dice el hijo: Mamá fue muy cobijadora con nosotros. Papá nos quería pero no era de hacernos caricias, nada. Entonces vos te vas adonde el sol más caliente (32).

A su padre, Jorge Fernández Díaz le dedica un libro con estas palabras: Para Marcial, mi héroe. Y para todos los ‘argeñoles’, esa extraña raza de mártires. Sobre su madre escribe: Había, en esos tiempos, mujeres que al ser madres borraban el gusto, la coquetería, la ambición, la razón, los deseos, el cuerpo, los resentimientos y hasta los viejos temores para fundirlos en una única y magnífica materia: el amor excluyente hacia sus hijos. Mamá fue una de esas mujeres, y lo pagó caro (33).

Un día cualquera de 1981, 18 años después de haber nacido, Federico Andahazi se encontró por primera vez con Bela Andahazi, el húngaro que era su padre y del que sabía pocas cosas: que era psicoanalista y que había escrito un libro de poemas, en cuya solapa había una foto: la única que Federico Andahazi conocía (34).

En Bíblica, Susana Szwarc evoca: Madre es anciana./ Madre es anciana y se ha/ embarazado./ Habrá una hermana nueva. // Madre embarazada/ vomita y sus dedos aprietan./alambres/ del gallinero.// Por su boca sale la nieve/ de Siberia y aquí -lejísimo-/el pueblo entero se llena de blanco/ barro.// Madre ríe y las hijas reímos/ mientras mascamos/ un poco de brea/ como si el mundo la nieve la brea/ fueran/ nuestra pertenencia.// Y madre/ sabia en los vagones/ nos avisa:/ si uno tiene que vivir vive/ si uno tiene que morir se/ muere.// ¿Porqué? le decimos las nacidas/ pero ella se distrae por el buey/ quieto entre las vías./ Y anuncia:/ este tren habrá de detenerse/ Podremos parir (35).

En una entrevista relaizada por Ana Da Costa en 2000, Juan Flloy evoca a su madre, Dominique Granje: Mi madre fue una francesa que vino en una de las promociones de inmigración del siglo pasado, en una inmigración de labriegos franceses que se afincaron en Pigüé, en la provincia de Buenos Aires. Pero ella se independizó ocupándose del servicio doméstico en la Capital Federal, especialmente en el barrio de San Telmo, el barrio Sur de Buenos Aires. Mi madre era francesa, natural de Toulouse, de un pueblo que se llama Gourdan, que está cerca de la línea férrea que liga Toulouse con Lourdes. De modo que ella estaba ahí, en ese pueblo, junto a una localidad que se llama Montesquieu, un lugar famoso en la antigüedad por unas aguas termales, a las cuales asistían muchas figuras próceres de la literatura mundial. Mi madre se casó aquí, en la Argentina, con un español nativo de Galicia y formaron un hogar en el cual fuimos cuatro hermanos. Pero mi madre había tenido primero relaciones matrimoniales con un belga que la abandonó con tres hijos, los cuales fueron acogidos por mi padre. Los siete crecimos y fuimos educados aquí, en la ciudad de Córdoba. Papá y mamá se conocieron en Tandil, cerca de la Piedra Movediza, que es una figura que se hizo sumamente popular en casa, porque mi padre tuvo dos hijos en las proximidades de la Piedra Movediza. Mi madre fue una persona muy vivaz, de genio muy alegre, pero absolutamente analfabeta. Leí un artículo sobre Delich, que apareció en La Nación, en el cual confiesa que su madre fue analfabeta; bueno, yo digo lo mismo: mi mamá fue analfabeta. Nació en Francia el mismo día en que nació el Delfín, vale decir, el hijo de Napoleón III y la Reina de Francia. Por esa razón mi madre tenía derecho a una educación gratuita, tanto para la escuela primaria, como la secundaria y la superior. Pero mamá tuvo que venir al país, de modo que no aprendió jamás a leer. Era una mujer muy inteligente, con toda la inteligencia de los instintos. En el negocio de mi padre atendía una sección de la tienda en la cual ella se manejaba con total exactitud en los cálculos de los efectos que vendía. Por ejemplo, pongamos por caso que un cliente compra siete metros de satén, o de guipure, cuyo precio era $1,75; mamá no necesitaba un lápiz de ninguna especie, ella, mentalmente, en el acto, decía cuánto era. Tenía una capacidad matemática que es muy particular de muchas personas en Francia (36).

6. Montes, Graciela: La infancia y los responsables, en Machado, Ana María y Montes, Graciela: Literatura infantil. Creación, censura y resistencia. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.

En América, por lo general, la familia estaba integrada solamente por los padres y los hijos, ya que los demás habían quedado en la tierra de origen. Esto se evidencia en Frontera sur, novela en la que un gallego inmigrante dice a su padre que no se acostumbra a los líos de parentesco; el padre le responde: Si vives toda tu vida en Buenos Aires, donde no hay más que hijos y padres, cuando los hay, no te acostumbrarás. Pero si un día vas a Galicia, sí (1). Con el correr del tiempo, esa realidad irá cambiando.

La abuela es una figura muy fuerte en la familia inmigrante. Del Piamonte vino la abuela de María Teresa Andruetto, quien contaba a sus nietas los relatos que ella reunió en el libro Benjamino. La escritora dedica este libro, en el que reescribe dos cuentos tradicionales, a la nonna Felicitas. Sobre ella expresa: Mi abuela Felicitas, la mamà de mi mamà, fue colchonera, en el tiempo en que los colchones eran de lana, se apelmazaban y debìan desarmarse y rehacerse cada tanto. De ella recuerdo casi todo, porque la tuve hasta que fui grande: su casa de Arroyo Cabral, donde nacì, el piso fresco de ladrillos de esa casa, las màquinas de tisar lana, sus amigas hablando en una lengua desconocida para mì, sus comidas deliciosas (¡el dulce de leche azucarado!), su cara gordita, las mejillas coloradas, el pelo blanco que prendìa con horquillas en un rodete... Horquillas, rodetes, colchones apelmazados, màquinas de tizar lana... nombres de cosas que ya no existen (2).

Hay una abuela piamontesa en La sed, obra de Hernán Arias galardonada en el Concurso de Novela Daniel Moyano. La sutileza del lenguaje es notable -escribe Carlos Gazzera-. Hernán Arias, se diría, intenta abolir el adjetivo. Una descarnada economía busca dotar a ese niño y a los personajes que lo rodean del lenguaje que mejor les cabe. El ejemplo más logrado es el cocoliche de la abuela piamontesa. Tres, cuatro líneas, nada más, para que esa abuela se convierta en la enigmática figura del dolor trágico que se ciñe sobre la familia. La enfermedad que postra a la abuela organiza las metáforas del dolor en esa familia. No hacen falta lágrimas, palabras de queja. Nada. La economía textual se reduce a marcar los gestos, los diálogos. El dolor –como todo otro sentimiento–se dice por elipsis (3).

Era italiana la abuela de la poeta Griselda García, cuyas costumbres la nieta evoca: mi abuela preparando conservas/ de casi cualquier cosa que crezca/ en la tierra del fondo;/ cuidando de no tirar/ bolsas, corchos, plásticos,/ tapas, bandejas, frascos,/ cartones, papeles, piolines/ porque todavía pueden servir;. Así vivía la mujer a quien trajeron al país engañada/ diciéndole que iba a vivir en un castillo. De su abuelo italiano, afirma la poeta: mi abuelo, que cuando mataba algún conejo nos decía:/ vayan con tu hermana a dar una vuelta/ y en cambio nos dejaba mirar la muerte/ en los ojos de las ratas atrapadas en tramperas,/ escuchar sus chillidos de bebés diminutos/ cuando el agua hirviendo les caía encima. La poeta los corona con un emocionado elogio: más que mis padres,/ abuelos,/ ancianos sabios,/ abuelos,/ ángeles en el camino (4).

De su nona Francesca, dice la actriz Virginia Innocenti: era perfecta. Estaba casada con el abuelo Francesco. Era la típica abuela italiana, de pelo blanco, que jamás se puso una gota de maquillaje; zurcía la ropa, preparaba dulce de uvas y cappelletti. Esa era la mamá de mi papá (5).

Acerca de Angela Grezer de Castun, nacida en Trieste en 1920, escribe Marcelo Benini: Fue una abuela de las antiguas, cariñosa a través de la acción más que con el verbo. Quien esto escribe recuerda con placer los fines de semana en esa esquina luminosa, perfumada por los eucaliptos del vivero municipal y los jacarandáes de Colodrero. Eran amaneceres de café con leche y tostadas con manteca, mediodías de milanesas con papas fritas -las mejores jamás cocinadas- y tardes de cine argentino por ATC. Gran conversadora, Linga hacía todas las preguntas que se le ocurrieran hasta saciar su interés en el tema y luego, aunque transcurrieran décadas, recordaba hasta el mínimo detalle de cualquier diálogo. Jamás la vimos enojada, apenas si apelaba a la ironía para opinar sobre un hecho que no compartía (6).

Estela Pereda recuerda a su abuela italiana: Ana Galiardi, empresaria y artesana fabulosa. Había nacido en Milán y creò un taller de artesanìas para que las ganancias mantuvieran un comedor inf0antil. Tenìan buenos clientes, casi toda la producción se vendìa a la casa Harrods. Entre muchas cosas, hacían los capuchones de chala que coronaban las botellas del mìtico rhum Negrita. (...) Yo hacìa los dibujos, los cartones, y Ana tejìa los tapices. Cuando se lo propuse, tenía 70 años, y siguió tejiéndolos hasta los noventa y tantos (7).

A sus abuelas españolas, inhumadas en tierra americana, canta Ricardo Adúriz: Dulces abuelas trashumadas/ desde estos cielos/ a aquellos cementerios./ Que vuestros nombres, en medio del océano/ de sombra, sajados vivos de la noche larga,/ os devuelvan la luz de un tiempo suave/ en Freas de Eiras –tierra de Galicia-y en el Madrid de fin de siglo.// Vuestras son estas últimas luciérnagas,/ fragmentos puros de un espejo roto,/ donde brillan los rostros del olvido (8).

A su abuela española canta Baldomero Fernández Moreno, en Inicial de oro: Nací, hermanos, en esta dulce tierra argentina,/ pero el primer recuerdo nítido de mi infancia/ es éste: una mañana de oro y de neblina,/ un camino muy blanco y una calesa rancia.// Luego un portal oscuro de caduca arrogancia/ y una abuelita toda temblona y pueblerina,/ que me deja en la cara una agreste fragancia/ y me dice: -¡El mi nieto, que caruca más fina!-// Y me llenó las manos de castañas y nueces,/ el alma de leyendas, el corazón de preces,/ y los labios recientes de un divino parlar.// Un parlar montañés de viejecita bruja/ que narra una conseja mientras mueve la aguja./ El mismo que ennoblece, hermanos, mi cantar (9).

Guadalupe Henestrosa afirmó: Desde hacía años venía pensando en el tema del desarraigo. Me interesaba especialmente el caso de las mujeres jóvenes, el testimonio personal, los sentimientos que se tejen en un apuesta vital tan fuerte. En parte se vincula con la experiencia de mis propias abuelas, ambas inmigrantes españolas. Una de ellas, Carmen Oliveros, cuyo nombre usé como seudónimo para el Premio, llegó a los 19 años, sola, en el año 20. Hoy suena sencillo pero en esa época cruzar el mar implicaba casi irse a otro planeta, no volver a ver a la familia, vivir a una carta por año, en un contexto de gente prácticamente analfabeta. Y tener que cargar además con la gran pregunta: irse para qué. Al sentarme a escribir, todo eso estaba sobre la mesa. (...) María Cruz, mi otra abuela, llegó a la Argentina con sus hermanas. Ese recuerdo fue el puntapié inicial. (10).

En un reportaje, Martín Seefeld evoca a su abuela inmigrante: Aprendí todo de mi abuela Lala. Era gallega y me enseñó a disfrutar de todo, desde un plato de lentejas hasta bailar (12).

En diálogo con Diego Heller, un actor recuerda a su abuela andaluza: Huérfano de padre y madre, Alberto Rodríguez Gallego y González de Mendoza –léase Alberto de Mendoza- fue criado en España. Su abuela lo recibió en Huelva a los cinco años: doña Isidra era una mujer severa, y trató de encarrilar a su nieto, ya de purrete proclive al callejeo. Lo primero que hizo fue anotarlo en la escuela de los escolapios, famosos por su mano dura. No resultó o resultó a medias, cuenta el actor. Le iba bien en literatura, pero las ciencias exactas eran para él un tormento. ‘Me mandé mil cagadas en el colegio, pero lo peor fue una vez que mi abuela me agarró in fraganti –relata nostalgioso-. Resulta que yo tenía muy malas notas en álgebra y una tarde mi abuela me obligó a estudiar la materia. Pasaban las horas y yo, con el libro abierto. Ella iba y venía, y yo seguía concentrado. Le dio por desconfiar: me agarró distraído y con el bastón tiró el libro. Cuando se cayó, vio que tenía escondida una revista pornográfica, encima una de monjas y curas... Me pegó una cachetada tan grande que me puse a llorar. Me dijo: No llore, quedan muchos años para llorar. Tenía razón... Era una gran mujer que murió durante la Guerra Civil. La tengo siempre presente, en la cabeza y en la mesita de luz. Cuando me acuesto, o cuando me subo a un avión, digo: Abuela, protegéme. Y lo hace (13).

Cuando Borges recibiò el Premio Jerusalèn, recordò en una entrevista a su abuela inglesa, protestante, que sabìa de memoria la Biblia (14). A ella se refirió también en un reportaje realizado por Noemì Ulla, recordàndola como una persona estrechamente ligada a los libros con los que se iniciò literariamente. Dijo a la escritora que su verdadera educaciòn fue la biblioteca de su padre, en gran parte de libros ingleses. (...) Yo recuerdo sobre todo la Enciclopedia Britànica, que sigo releyendo y que no he agotado aùn. Mi padre era profesor de Psicologìa en Lenguas Vivas, èl tenìa que dar las lecciones en inglès –mi abuela era inglesa- y era secretario en un Juzgado Civil de los Tribunales, pero èl era ademàs profesor de Literatura Inglesa (15).

Evoca el ambiente literario de su casa, relacionado con la extranjera: Habìa un excelente ambiente en casa, un ambiente literario. Mi abuela era muy lectora, mi abuela inglesa sabìa de memoria la Biblia. Ellos habìan sido predicadores metodistas, gente de clase media en Inglaterra, de modo que Ud. citaba un versìculo bìblico y ella decìa: Libro de los Reyes, capìtulo tal, versìculo tal. O Libro de Job, capìtulo tal, versìculo tal, o El Evangelio segùn Marcos, capìtulo tal, versìculo tal, y seguìa adelante. En alemàn se dice Bibelfest, es una persona que està firme en la Biblia. Creo que Hafiz sabìa de memoria el Coràn, que Hafiz quiere decir ‘el recordador’. Hay mucha gente que sabe de memoria el Coràn y sè que muchos protestantes, como mi abuela, saben de memoria la Biblia. Se sigue la ùnica lectura, puede ser aprendida.

Acerca del arribo de la inglesa a nuestro paìs, dice Alifano: La abuela paterna de Borges, Frances Haslam Arnett, llegò a la Argentina por una serie de curiosas circunstancias. Su ùnica hermana, mayor que ella, se habìa casado con un ingeniero ìtalojudìo, llamado Jorge Suàrez. Al fallecer su madre, los Suarez la hicieron viajar a Amèrica del Sur. Llegò a Paranà, la capital de Entre Rìos, despuès de un accidentado viaje (el barco estuvo a punto de naufragar en las costas del Brasil), a mediados de 1867. En Paranà fue donde Frances Haslam conociò al coronel Francisco Borges.

La ascendencia de Jorge Luis y su hermana, Norah, determinò en què idioma se expresarìan: En casa de los Borges se usaba corrientemente tanto el inglès como el castellano –afirma el biògrafo. Los niños sabìan que con la abuela materna, Leonor Acevedo, tenìan que hablar español; pero con Fanny Haslam lo debìan hacer en inglès. ‘Con el tiempo descubrì que esas dos maneras de hablar de un nieto se llamaban la lengua castellana y la lengua inglesa’, completò Borges.

La abuela Fanny no sòlo le legò el idioma y la aficiòn a la lectura; le dejò tambièn material del que surgirìa algùn texto: Siendo niño –evoca Borges- escuchè a Fanny Hasla muchas historias de la vida de fronteras de aquellos tiempos. Ella habìa vivido experiencias terribles y maravillosas al mismo tiempo, ya que, en los primeros años de la dècada del setenta, mi abuelo fue comandante en jefe de las fronteras norte y oeste de la provincia de Buenos Aires. Una de esas historias sirviò de base para mi relato Historia del guerrero y la cautiva. Mi abuela habìa conocido a varios caciques indios: Namuncurà, Simòn Coliqueo, Pincèn y Catriel (16).

María Elena Walsh conserva las cartas que su abuela inglesa mandó a Inglaterra. La abuela de María Elena Walsh, llamada Agnes, llegó a la Argentina con veinte años recién cumplidos, a trabajar como gobernanta. Se casó, y la vuelta a Inglaterra se fue retrasando. Estas cartas que le envió a su padre -bisabuelo de María Elena- llegaron nuevamente a la Argentina a manos de su papá, por intermedio de un pariente, y éste se las regaló a María Elena cuando niña para que recortara las estampillas. Pasaron más de 50 años en sus manos antes de que sintiera curiosidad por las mismas y decidiera hacerlas traducir, para luego incorporarlas en su libro Novios de Antaño (17).

La decisión de María (18) es el libro que escribieron María Carmen Merbilhaa del Frate y Amalia María Calandra Merbilhaa. Las autoras, al encontrar las cartas de su abuela, hija de inmigrantes bearneses que se establecieron en el campo a mediados del siglo XIX, descubren interesantes testimonios de vida en el pueblo de General Belgrano y en la ciudad de La Plata a principios del siglo XX. Ellas agregan comentarios y anécdotas propias o transferidas por sus familiares. Pretenden homenajear a su querida abuela y contar a sus descendientes, con un toque de humor, vivencias de la infancia que compartieron (19).

Una abuela rumana cocinaba para sus nietos. Lo cuenta Miriam Becker, la hija: La cocina fue su pasión y un modo de dar amor. A mis nietos no les puedo comprar juguetes como otras abuelas, porque no me alcanza la jubilación, pero les hago bizcochitos con jugo de naranja (quilalej) para que conviden a sus amigos (20).

María M. Bjerg es la autora de Entre Sofie y Tovelille Una historia de los inmigrantes daneses en la Argentina (1848-1930), una versión revisada y abreviada de su tesis doctoral, dirigida por Fernando Devoto. En esa obra, ella evoca a su abuela dinamarquesa: Entre mis recuerdos infantiles guardaré para siempre aquellos viajes familiares que hacíamos desde Juan N. Fernández a Necochea para pasar el día en lo de la abuela Frida. Los ochenta kilómetros que separaban esos dos lugares resumían el tránsito imaginario a un mundo mucho más distante por el que yo sentía una profunda fascinación. En el porche de la casa los visitantes éramos recibidos por un elocuente anfitrión: un zueco rojo de madera que la abuela había traído de Dinamarca. Aquel zueco, que colgaba a un costado de la puerta principal y en el que nadie parecía reparar, me señalaba la entrada al mundo de Frida. Un mundo en el que esa mujer –por momentos inescrutable, que no hablaba bien el castellano y que se dirigía a mi padre casi siempre en danés- había recreado una parte de su pasado y de su tierra a la que ya sólo la unía la nostalgia y la certeza de que el retorno al lugar de nuestros orígenes nos condena a movernos en un paisaje de imágenes y sensaciones que ya no podemos reconocer (21).

En Mi abuela Vida, Victoria Mizrahi de Misistrano recuerda a su abuela, llegada desde lejos: Doña Vida, ¡Abuela Victoria!, que personaje!. La conocí por primera vez cuando llegó desde Estambul, cola, con su pelo estirado y un pequeño rodete. Su traje gris de pollera y redingote le daba cierto aire de persona seria. No se por qué a su llegada me escondí detrás de una puerta de la que me sacó para darme caramelos que traía dentro de sus bolsillos. Esta escena nunca la olvidé. Mi hermana menor nació a poco de su arribo a Buenos Aires. Con su llegada nos acostumbramos a escuchar sus cantos. Los entonaba desde que comenzaba con sus tareas en la cocina, hasta la tarde que se dedicaba a pelar chauchas, arvejas, arroz o porotos. Desde su llegada, la cocina fue su ámbito habitual, ya que mamá la reservaba para ocupar los domingos. Tratando de calcular el tiempo, cuando mi abuela llegó, tenía casi sesenta años y yo sólo cinco. Compartimos 34 años de vida en común, ya que en 1963 cuando contaba con 94 años, dejó de existir después de un accidente. Yo ya tenía 39 años y dos hijos varones que la adoraban, fue su bisabuela, y aún hoy la siguen recordando con inmenso cariño (22).

Sobre sus mayores escribe Julio César Sabagh, desde Córdoba: Mis cuatro abuelos eran árabes, de Líbano y Siria. Mi padre tuvo diez hermanos; mi madre, cinco. (...) mis abuelas cumplieron con la exhortación del Corán de parir, al menos, cinco hijos cada una (23).

Cecilia Figaredo se refiere en un reportaje a sus familiares inmigrantes: Figaredo es español; mi abuelo era de Oviedo y mi abuela, de Galicia. Por parte de mamá, son italianos, así que en mi casa, cada vez que nos reunimos es hablar a los gritos, todos juntos (24).

Carlos Alonso nació en Tunuyán, Mendoza, en 1929. Tuvo como abuelo materno a Salvatore Lisandrello, un siciliano de Siracusa, y su abuelo paterno era Sandalio Alonso quien vino de León. España. Ambos llegaron a nuestro país en 1914 (25).

José Alberto Marchi es nieto de inmigrantes italianos y españoles. Gutiérrez Zaldívar se refiere detalladamente al origen del artista: Alberto Marchi, su padre, es el tercer hijo de Carmen Ferreyra, andaluza nacida en Granada, España; y de Sillo Catullo Marchi, lombardo nacido en Mántova, Italia. El oficio del abuelo es recordado por Gutiérrez Zaldívar: Como su padre y sus hermanos, Sillo trabajaba en la sastrería de la familia, ubicada en la Av. Las Heras, entre Ayacucho y Junín, que con orgullo contaba entre sus clientes al Dr. Marcelo Torcuato de Alvear. ‘Benigno Marchi e hijos’, decía el letrero de la puerta del local, lugar simbólico donde José encontró los hilos, ese motivo tan personal que hace inconfundibles a sus obras. Hilos reales que su familia enhebraba en el quehacer diario, y al mismo tiempo, hilos simbólicos que unen a José con su obra. (...) Sus abuelos maternos Nazareno y Angela, eran italianos, nacidos en Ancona y en Chietti respectivamente. Nazareno fue ‘pastero’ –juntaba fardos para dar de comer al ganado-, y luego por largos años trabajó como encargado en una fábrica de dulces, una rudimentaria industria de principios de siglo, que bien podría ser el escenario donde los personajes de José clasifican incansablemente extraños vegetales (26).

A su abuelo recuerda en El saludo Antonio Aliberti, italiano afincado en San Antonio de Padua: Mi abuelo se paraba para saludar;/ se llevaba la mano a la cabeza/ (había usado gorra alguna vez)/ y saludaba con una reverencia./ A veces la gente salía/ sólo para cruzarse con mi abuelo:/ no era un saludo como tantos, sino una ceremonia,/ como cuando uno despierta de mañana/ y ve la punta del sol en la cortina (27).

Inmigrante italiano se titula el poema que Celia Sala dedica a José Longo, su nonno* / y en él a todos los inmigrantes italianos Así comienza: Soy la esperanza que navega/ mares y continentes,/ ríos y morros,/ para encallar en/ alegrías y sueños,/ tristezas y renaceres.// Soy la esperanza que aparca/ entre matas y avestruces,/ rieles, andén y locomotora,/ y que con sus manos levanta/ carpa, rancho, molino y huerto.

A su abuelo recordó en un reportaje Abelardo Arias. El escritor nació en Córdoba, aunque él hubiera preferido ver la luz en San Rafael, Mendoza, en la finca de mi abuela materna, donde pasé casi todos los veranos de mi niñez y adolescencia, en todo caso los más memorables (...) Una criolla casona cerca del Río Diamante y del viejo fortín con foso y puente levadizo que construyó mi abuelo francés, el ingeniero astrónomo Julio Balloffet, el único injerto gringo en cientos de años de criolledad.

Márgara Averbach evoca a un abuelo inmigrante, que hizo a su nieta un regalo muy deseado: Yo siempre había querido un cardenal –dice la protagonista de uno de sus cuentos. En ese entonces, había muchos en los árboles de la casa de las tías, como flores rojas más rápidas que las otras. Y el abuelo –que había nacido en una ciudad de Europa y después se había visto obligado a convertirse en gaucho judío, una conjunción inimaginable para él, supongo- me había prometido cazar uno para mí ese verano (29).

Vinculado a la religión recuerda a su abuelo Máximo Yagupsky, judío de Entre Ríos: Muchos aldeanos plantaban junto a sus casas parrales o higueras. Y cierta vez, siendo yo muy niño aún, pregunté a mi abuelo por qué había plantado una higuera y por qué en el huerto de los Kaplan había una parra. Mi abuelo se sonrió y acariciándome, me dijo: ‘Cuando seas grande y estudies la Biblia, lo comprenderás. En el Libro de Reyes, está dicho que durante el reinado del más sabio de los hombres, el rey Salomón, los judíos gozaban de paz y seguridad y cada cual se solazaba a la sombra de una higuera o de su viña’. No lo entendí cabalmente. Mi abuelo era parco en el hablar. Pero más luego, toda vez que pasaba junto a la chacra del rabí don Israel Halperín, lo encontraba sentado al pie de su higuera, envuelto en su taled, el manto ritual, estudiando Talmud o leyendo los Salmos. Comprendí que don Israel gozaba en la campiña entrerriana del solaz esperado en Sion (30).

De Polonia llegó Moishe Búrej, el abuelo de Ricardo Feierstein, quien lo recuerda en estos versos: judío orgulloso y/ polaco de veinte generaciones/ que huyó hacia América, desde esa/ tierra bordada por antisemitas (31).

A sus mayores evoca Alicia Steimberg: Recuerdo un viejo comedor donde había fotos ovales de los que vinieron en el barco: la bisabuela con el pañuelo en la cabeza que le cubre la frente, el bisabuelo con la gran barba y el sombrero (32).

Federico Andahazi tenía abuelos amorosos pero mayores –Margarita y Samuel Merlin, llegados de Rusia después de la guerra- que recibían al nieto cada tarde, después del colegio (33).

A su abuelo homenajea Gustavo Bedrossian: Este chico, de nacionalidad armenia, que simuló estar muerto, por la noche, cuando se fueron los turcos, pudiendo sacarse algunos cuerpos de encima, logró escapar con otros muchachos más. (...) Ese muchacho se llamó Agop Bedrossian. Fue mi abuelo. Vivió más de cien años. Falleció hace poquito. Mi padre lo homenajeó a él y a su generación con dos libros: Hayrig I y Hayrig II. Pasó por mil problemas más. Pudo llegar a la Argentina. Se casó. Tuvo cinco hijos (falleciendo una de sus hijas siendo muy pequeña de un modo trágico), nueve nietos, En vida conoció a trece bisnietos (hace unos días nacieron la catorce y la quince). Siempre, siempre, siempre siguió luchando. Siempre, siempre, siempre, lo vi orando de rodillas en su idioma a Dios por él y por los demás (34).

Con la superstición, en cambio, se asocia el recuerdo de los antepasados del actor Gabriel Corrado: Los padres transmiten la enseñanzas básicas; entre ellas, algunas difíciles de explicar, como no abrir un paraguas bajo techo o caminar para atrás si te cruzás con un gato negro, que yo recibí de mis ancestros sicilianos (35).

Ernesto Schoo recuerda a su abuelo gallego: En la estancia de mi abuela materna, en Pergamino, hay una vasta biblioteca, en parte heredada de su marido, mi abuelo gallego, y en parte formada por sus hijos. Allí está todavía la famosa Biblioteca de La Nación, con mis lecturas favoritas, Julio Verne y Conan Doyle (las aventuras de Sherlock Holmes, que me llenaban de terror y a las que intentaba exorcizar dibujándolas como historietas) y Alejandro Dumas y H. G. Wells. En otros estantes relucían los lomos dorados de colecciones enteras de revistas españolas, que le mandaban a mi abuelo y que él hacía encuadernar: La Ilustración Artística, el Album Salón, Blanco y Negro. De 1896, 1898 (el año de la pérdida de las últimas colonias españolas, Cuba y las Filipinas), 1900, 1902...Yo leía ávidamente esos mamotretos, enterándome de las alternativas de la guerra de Cuba, o la de los boers en Sudáfrica. No había disciplina o rubro que no me interesara: los comienzos del cinematógrafo, el estreno de La Boheme de Puccini en el Liceo de Barcelona (casi todas esas revistas se editaban, lujosamente, en la capital de Cataluña), la evocación de los bailes de carnaval en el Madrid de 1850. En otra habitación, en un enorme mueble con puertas vidriadas estaba la inabarcable, interminable Enciclopedia Espasa. Por ahí descubrí también los Artículos de costumbres de Mariano José de Larra (Fígaro), modelo para todo aspirante a cronista, aún hoy (36).

A su abuelo, enfurecido por una travesura, se refiere Gloria Pampillo: mi padre me contó muchas veces cómo hizo estallar con un rifle de aire comprimido los sapos de cerámica que mi abuelo había hecho traer de Valencia y que tiraban agua por la boca en la fuente. Después se trepó a un pino y Severiano desde abajo le decía ‘Pancho, baja’ pero él permaneció allí, esperando que al gallego se le calmara la furia (37).

El poeta y ensayista César Fernández Moreno es el autor del poema Argentino hasta la muerte, en el que se refiere a su condición de descendiente de españoles: a buenos aires la fundaron dos veces/ a mí me fundaron dieciséis/ ustedes han visto cuántos tatarabuelos tiene uno/ yo acuso siete españoles seis criollos y tres franceses/ el partido termina así/ combinado hispanoargentino 13 franceses 3/ suerte que los franceses en principe son franceses/ si no que haría yo tan español (38).

Entre los gitanos, Los ancianos gozan de un status diferente del que la sociedad occidental otorga a los suyos. No hay gitanos en los geriátricos. Los mayores revisten, por sobre todo, sabiduría. Y tienen el rol social de hacer justicia por medio del Consejo de Ancianos de la Kris (ley gitana). Los grandes cuidan a los chicos, que al crecer cuidarán a los grandes (39).

No todos los niños tenían familiares que los cuidaran tan amorosamente. El Patronato de la Infancia surgió vinculado con la inmigración, para proteger a los pequeños de los que las familias no podían hacerse cargo. Con motivo de conmemorarse los 110 años de la fundación de esta institución, dice el diario Clarín: El Patronato se fundó el 23 de mayo de 1892, en medio de la gran crisis económica y política que asolaba la Argentina, mientras miles de inmigrantes llegaban al puerto de Buenos Aires con poco más que sus esperanzas en la valija. Un grupo de personas quiso proteger a los niños desamparados que desbordaban los inquilinatos y deambulaban por las calles, y nació el Patronato para cumplir esa misión: desde su creación atendió a más de 1.750.000 niños en situación de riesgo (40).

También fue importante para los inmigrantes la obra de Santa Francisca Javier Cabrini, quien recorrió Europa y las tres Américas, fundando colegios, orfanatos, hospitales, asistiendo a los presos, mineros, y en particular a los inmigrantes más indigentes, por eso el Papa Pío XII la proclama ‘Patrona de los Emigrantes’ el 8 de septiembre de 1950 (41).

9. Fernández Moreno, Baldomero: Inicial de oro, en Varios autores: Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957.

21. Bjerg, María M.: Entre Sofie y Tovelille Una historia de los inmigrantes daneses en la Argentina (1848-1930). Buenos Aires, Editorial Biblos, 2001. 191 pp. (La Argentina plural).

25. Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: Los inmigrantes, Catálogo de la muestra de Alonso y Marchi en Casa FOA 2000, Desembarcadero y Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires, Octubre-Noviembre de 2000.

31. Feierstein, Ricardo: La última carga de los jinetes polacos/ The Last Charge of the Polish Cavalry, en Feierstein, Ricardo: Las Edades/ The Ages. Traducido del español por Jim Kates y Stephen A. Sadow. Buenos Aires, Milá, 2004. 240 pp. (Poesía).

32. Steimberg, Alicia: Teatro con debate: ‘Tras el paso de los grandes’ , en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.

38. Fernández Moreno, César: Argentino hasta la muerte, en L. Lugones, B. Fernández Moreno, R. Molinari y otros: La poesía argentina. Antología, prólogo y notas por Alberto M. Perrone. Buenos Aires, CEAL, 1979. (Capítulo).

En los recuerdos de los inmigrantes se reitera la alusión al gusto que sus mayores sentían por la narración. De estos padres que narran sus historias de la tierra natal, nacen hijos que las relatan en el seno del hogar o profesionalmente, o que las escriben en libros. La vocación se transmite; sólo cambian los medios de expresión.

La tradición oral es cara a los italianos. Lo relata Laura Pariani, lombarda nieta de un emigrante: Mis estudios me alejaron de la cultura campesina; sin embargo, esa cultura quedó ligada al mundo de mi infancia, de los recuerdos, de los afectos, o más bien, de los cuentos. Cuando yo era chica, la única diversión era escuchar historias. Yo me crié rodeada de mujeres que contaban cuentos. Ellas eran las herederas de la tradición oral, las que transmitían el pasado. Como en todas las zonas pobres, los hombres jóvenes se iban solos para encontrar un trabajo mejor y luego nunca regresar. Nosotras permanecíamos apegadas a los hechos que nos llegaban de boca en boca. Mi pueblo estaba diezmado por la partida de los hombres, al menos hasta la Segunda Guerra Mundial. Las mujeres casadas eran las viudas blancas, abandonadas para siempre, como mi abuela, cuyo marido vino de joven a este país (1).

Roberto Raschella escribió Si hubiéramos vivido aquí, novela distinguida con el Segundo Premio Nacional de Novela en 1998. En esa obra, el narrador evoca a su abuela italiana y su afición por la transmisión de historias: La abuela era digna de amor, porque sostená las fiebres de Antonio y revisaba sus ropas gurnas buscando señales de mujeres repudiables y de alcoholes bárbaros, más allá del vino rojo de la región. También su memoria era digna de amor, porque narrar es amar, y ella al contarme me amaba, me amaba como me amaban los amigos de la pubertad que confiaban a mi silencio sus primeros magnicidios de tristeza y de libertad. Debía corresponderle, debía seguir escuchando cada concepto suyo. Debía perderme muchísimas veces todavía, hasta encontrar en ella, o fuera de ella, la palabra más terrible (2).

Ese gusto por la narración llegó a América. Para Ana Padovani, narradora, el momento de mayor auge de la narración oral tuvo lugar en el siglo pasado y a principios del presente. Recuerda algo que escuchó: Mi abuelo me contaba que cuando vino en barco a la Argentina, los pasajeros de la primera clase bajaban a la bodega para oír los relatos de los inmigrantes de tercera clase (3).

Cuando se le otorgó a Ernesto Sábato la ciudadanía italiana y la Medalla de Oro a la Cultura Italiana en la Argentina, expresó el escritor con respecto a sus padres: Al igual que tantos hijos de inmigrantes, crecimos oyendo sus mitos, sus leyendas y sus cantos tradicionales, viendo casi sus montañas y sus ríos de los cuales mi padre me hablaba por las tardes, cuando yo era apenas un niño sentado en sus rodillas (4).

Para Dal Masetto, ser hijo de inmigrantes fue un conflicto que tardó en resolver. Cuando lo logró, se abocó a escuchar historias: La inmigración es un tema. Yo nunca había escrito nada sobre eso. Supongo que durante cuarenta años estuve tratando de pelear para que no me confundieran con un extranjero. Quizás un psicoanalista me hubiera resuelto este problema más rápidamente. Decidí entonces rendir un homenaje a toda esa gente que vino desde tan lejos, y también a mi madre. Un día llegué a Salto y le dije que me contara todo lo que sabía. Al sacar el grabador, la campesina se asustó. Lentamente fue desgranando recuerdos (5).

Griselda Gambaro se basó en el pasado de sus mayores para escribir su novela de inmigración: Desde hacía unos años experimentaba el impulso de escribir la historia de mi familia a partir de su origen, no porque en ella se hubieran producido hechos resonantes, sino porque esa familia guardaba para mí el secreto de sus sentimientos. (...) Develar el secreto, intentar comprender fue mi propósito. Lo logró, ya que al finalizar la escritura, se sentía más cercana a ellos: Cuando concluí El mar que nos trajo percibí el peso y significado de esas raíces que todos tenemos y a las que no prestamos especial atención. En mi caso, los seres borrosos que estaban en mi origen se tornaron presentes y vivos, y pude comprenderlos en sus alegrías, desazones y sueños. Experimenté una especie de gratitud porque de algún modo sentí que me habían preparado el camino, alisado las piedras para que yo pudiera recorrerlo más fácilmente. Agradecí incluso la dura pobreza que marcó sus vidas porque esa pobreza, al cabo de años, me permitió identificarme, no sólo desde el razonamiento sino desde la sangre y su deseo de justicia, con los que en esta época sufren parecidos pesares (6).

María Teresa Andruetto reunió en un libro dos historias que le relató su abuela, acerca de quien escribe: Ella habìa nacido en un pequeño pueblo del Piamonte, al norte de Italia, y de esa regiòn vinieron hasta mì las aventuras de Gioaninn ca boija (Juancito, el que se las ingenia) y Ciavtin cit (el zapatero pequeñito) que nos contaba, tal vez para mostrarnos que, por màs pequeño que uno sea, puede, con algo de astucia y un poco de suerte, engañar a los lobos y a los ogros (7).

En casa de los Villafañe trabajó una señora española, de la que dice Javier, el titiritero: tenía una memoria extraordinaria y decía romances antiguos españoles –aprendí de ella el Romance del cebollero-. Pablo Medina destaca: La insistencia con que Javier Villafañe vuelve de tanto en tanto en sus conversaciones sobre la figura de aquella gallega Rosa, la cuentacuentos, poemas, romances y otros decires, es significativa no sólo por su evocación sino también porque la califica como imagen formadora (8).

Rodolfo Alonso dice que nunca olvidará el legítimo entusiasmo con que su padre gallego les relataba anécdotas para él imborrables de su infancia. Anécdotas que no eran sólo de hombres y de hechos, como las inefables ocurrencias de Novás, el cantero de su pueblo, cachaciento y mordaz, sino también el reiterado recuerdo de ese ruiseñor cantando en lo alto de un pino o la nutria cazada a escondidas, de noche, sobre el lomo del río (9).

Cuanto escuchó en su hogar sirvió a Gladys Onega para escribir Cuando el tiempo era otro, acerca de cuya génesis afirma: Todo parte de un hecho real, pero hay ficción en cuanto hay una creación lingüística muy grande. Nunca junté papeles ni documentos, pero en mi casa todo el tiempo se estaban contando cosas. No había otra manera de conectarse con la gente de España; no los conocíamos. (...) los gallegos siempre contaban historias diferentes y muy amenas, y completamente extrañas sobre el viento, el frío, la nieve, y las contaban en todo el pueblo (10). Responderían al chamado antergo al que aluden Manuel Castro Cambeiro y Eliseo Mauas Pinto, en el poema Soy el llamado ancestral, en el que expresan: Son a voz que pradica, incansabele/ antre os do meu pobo/ lonxe da terra,/ a qu’os exhorta/ a non anuzar de si mesmos (11).

Guillermo Saccomanno, nieto de una gallega, también recuerda esa afición de la anciana, a la que se sumaba la de su parienta: A mi abuela le gustaba mucho escuchar y contar historias, y me hablaba de una parienta de ella, que entonces vivía enfrente de mi casa. En su aldea en España, esa mujer había tenido un hijo con el cura, y el chico se le había ahorcado a los treinta y tres años. Cuando yo tenía siete u ocho años, a la tardecita me cruzaba a la casa de esta otra gallega, que me contaba la historia de San Jorge y el dragón mientras me daba pan mojado en vino con azúcar (12). Narrador él mismo, Saccomano fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura correspondiente al año 2000 por su novela El buen dolor.

Mi abuela gallega contaba el amargo relato de un hijo que abandonaba a su padre bajo el mismo árbol bajo el cual, décadas antes, el anciano había abandonado al suyo. También el del zapatero que tenía una herramienta tan afilada, que se cortó el delantal de cuero, el pecho y a una vieja que estaba del otro lado de la pared.

En la película Luna de Avellaneda, dirigida por Juan José Campanella, don Aquiles, un inmigrante gallego, relata el cuento de los tres galleguitos, a los que se les descompone el coche en el que viajaban, y juegan un picadito a la luz de la luna. Esa circunstancia da origen al club y al nombre que lleva. Cuando la institución corre peligfro, debido a las deudas, le piden al gallego que cuente su cuento, como una manera de hacerlo sentir feliz.

Mi abuela fue una gran narradora de cuentos, una mujer con una gracia muy especial, una castellana con el gracejo de los andaluces en su manera de narrar historias y en la que su tierra tomaba giros místicos. A mi hermana y a mí no dejaba de sorprendernos que aquella mujer hubiera sido testigo de tantas maravillas –recuerda con cariño y admiración Norma Aleandro-. Fue la persona que más influyó en mi vida. Ella me crió y me abrazó en esas noches de miedo, hasta que me quedaba dormida. Porque de chica era muy miedosa. (...) Aleandro confiesa que sigue con la tradición de narradora de cuentos, esa que la formó y que le permitió hoy vivir de lo que ama y seguir soñando (13).

Ana María Bovo menciona a su familia de allende el mar como una influencia decisiva en su carrera. Recuerda a su abuelo Francisco, andaluz de Almería, como un extraordinario conversador, que me enseñó a decir con gracia y humor; pero al mismo tiempo a saber escuchar; comprender que las cosas tienen un tiempo y que en un diálogo hay que saber respetar el tiempo del otro. Se refiere asimismo a una tía: En Andalucía, conocí a una prima de mi madre, mi tía Ana María (igual que yo), otra narradora fabulosa, casi iletrada; había ido a la escuela sólo durante tres semanas. Muy querida, la gente del pueblo decía de ella que era graciosita como ninguna, fina como los corales, que los mayores llegaban hasta su reja en busca de consuelo y oraciones, y los chicos, de coplas y chascarrillos. Esta experiencia fue también muy importante para ella: Me maravilló poder unir el mundo de la literatura de la memoria de aquellos que dicen bonito, aunque no sepan leer, con el mundo que yo había aprendido con estudio y lecturas (14).

Narró sus desventuras una española a su hijo. Así nació el libro Mamá, escrito por Jorge Fernández Díaz: Esta historia se convierte en libro el día que su hijo, editor y periodista, advierte un hecho estremecedor: las experiencias de su madre hacen llorar a la psicóloga que la atiende. Decide entonces entrevistar a mamá, la escucha durante más de cincuenta horas y luego reconstruye este relato emocionante y lúcido, que plantea el gran dilema actual, y de todos los tiempos: irse o quedarse (15).

‘Muchas de las tradiciones que se mantienen aquí, los cuentos, las canciones o los chistes, son los que había en Irlanda en el siglo XIX y no las que hoy imperan en la isla’, dice Guillermo MacLoughlin Bréard, cuyo tatarabuelo llegó a estas tierras en 1851 y que participó, en 1991, del Primer Congreso de Genealogía Irlandesa, en Dublín. ‘Fui una rareza –dice-. Era el único expositor que no venía de un país de habla inglesa (16).

Narraba la madre del protagonista de Crónica de la noche, del irlandés Colm Tóibín: Mi madre vino a la Argentina con su padre y su hermana, Matilda, a principios de la década de 1920, justo después que su madre muriera. Cuando yo era niño, siempre quería que me contara la historia de su viaje otra vez. Días y días en el mar, sin ver tierra, el océano chato y monótono, siempre igual. La historia del hombre que se murió y cuyo cadáver fue arrojado por la borda. Y la tormenta. Y el momento en que pasaron por el Ecuador, y los mareos, y la comida terrible. Y el constante movimiento del barco, y los pasajeros de primera clase. Y después el puerto de Buenos Aires, la larga espera para desembarcar, y ese idioma nuevo, y ellos que no entendían una sola palabra de lo que decía la gente. Yo conocía esa historia como si sus detalles fueran más reales y absolutos que cualquier cosa que sucediera en nuestro departamento, o en la escuela, o en nuestras vidas, durante aquellos años de infancia (17).

Deborah, la protagonista de Letargo, de Perla Suez, recuerda las historias que le contaba su bobe, recolecciones que llevan al lector una gran distancia en el espacio y el tiempo, a la ciudad de Odessa a fines del siglo diecinueve. En aquel entonces, la familia de su abuela huyó de los pogroms del Zar Nicolás II, buscando refugio en Lyon, Francia antes de emigrar a la Argentina, donde se establecieron en una de las colonias agrícolas de Entre Ríos, como miles de otros judíos refugiados, incluso los antepasados de la autora (18).

Los relatos de un húngaro judío perviven en la memoria de sus hijos: Luis siempre había sido un padre muy pródigo en el relato de historias de su vida pasada, las que sus hijos habían escuchado con pasión, considerándolo a él una suerte de super-héroe, quien había logrado vencer a todos sus enemigos y problemas a lo largo de su vida (19).

Una inmigrante turca narra a sus descendientes: Recuerda cuando en su casita de Posadas llenaba un bracero con carbón por las noches, lo dejaba en medio del cuarto y reunía a sus chicos en torno de él. ‘Les contaba historias de cómo vivíamos en Turquía, el viaje en barco a la Argentina o simplemente cuentos‘ (20).

El protagonita de Rubishimón Benyojai, cuento de Luis León, recuerda los relatos de su abuela sefaradí: - Rubí Shimón Ben Iojai, mos acompaña akí y en la kái, Alfridico. Cuando lo bushkaron para matarlo, fuyieron él y su isho a la muntanyia. Era un cuento como cualquier otro. A la abuela Masaltó le agradaba narrarnos trozos bíblicos, que de vez en cuando mechaba con un poco de cábala y fábulas de Esopo. Yo la escuchaba con admiración, y habitualmente, haciendo dibujos sobre cartón, yo levantaba cada tanto mi cabeza, para controlar que no callara, y volvía a bajarla en silencio, para zambullirme en el dibujo, sin saber en realidad si debía entender todo lo que ella me contaba, o simplemente disfrutar del misterio de escucharla (21).

18. Buchanan, Rhonda Dahl: La madriguera de la memoria en ‘Letargo’ de Perla Suez, en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.

Villoldo evoca al gringo que canta: Sos para el canto, che, gringo/, como para el bofe el gato/ tomá una grapa d’Italia/ y descansemos un rato (1). En el tango La Violeta, de Nicolás Olivari, encontramos al inmigrante nostálgico que bebe y canta: Canzoneta de pago lejano/ que idealiza la sucia taberna/ y que brilla en los ojos del tano/con la perla de algún lagrimón... (2). En el poema Antiguo Almacén ‘A la ciudad de Génova’, evoca al italiano Miquelín, quien Mientras le duraba la plata cantaba,/ cantaba las lejanas canciones milanesas de su tierra/ y hombreaba recuerdos como hombreando cereal.../ (3).

Gustavo Riccio, en el poema Elogio de los albañiles italianos, asocia el canto con la realidad social de los inmigrantes. Ellos cantan mientras trabajan, pues en lo alto sienten ellos/ que una canción de Italia se les viene al encuentro (...) Más líricos que el pájaro son estos que yo elogio:/ el nido que construyen no es para su reposo,/ el lecho que levantan no es para sus retoños.../ ¡Ellos cantan haciendo las casas de los otros! (4).

Cantaba un italiano que vivía en Villa Pueyrredón. Escribe Manuel Enrique Pereda: Recuerdo al viejo Don José cuando regresaba del ‘laburo’ en el ferrocarril, previas paradas en fondas y bodegones, gustando con sus paisanos el vino servido directo de la bordalesa, entrar a casa entonando canzonetas de la Italia que un día dejó para venir a ‘hacer la América’ (5).

Roberto Fontanarrosa presenta en una de sus historietas a un italiano amante de la música. Es don Nino, que lleva en el hombro un loro, al que le ha enseñado a cantar el himno de su tierra (6).

Canta uno de los gauchos judíos de Gerchunoff: Jacobo, cansado del caballo, afila la daga en el alambre del corral, y al oír a Rebeca, comienza a cantar como Remigio: Pensamiento mío... Vidalitá (7).

Cantaban los picapedreros en Tandil: Siempre se cantaba en las canteras: en las fiestas, en las huelgas, en las calles, en las casas, en el trabajo, en la soledad y en la compañía (8).

La investigadora Olga Weyne destaca la afición por el canto que sentían los alemanes del Volga que emigraron a América: Parte del cancionero popular fue, por su lado, recuperado por estudios e investigaciones específicas salvándose así del olvido una fuente importante para el rastreo de su cultura. El canto sigue siendo, en efecto, una de las manifestaciones grupales preferidas de esta comunidad. Es de lamentar que mucho de este material existente en nuestro país continúe sin traducción, manteniéndose así el desconocimiento de gran parte de este rico folklore. Tanto en el Volga como aquí, si bien los lugares considerados naturales para cantar eran la iglesia o el templo, siempre tenían una canción adecuada para cualquier circunstancia. Los momentos festivos o de trabajo comunitario: bodas, bautismos, cosechas, o aún las situaciones dramáticas como entierros y funerales, servían para que armonizaran melodías a dos o tres voces, con absoluta naturalidad (9).

Cantan los armenios. En su futuro hogar –piensa el protagonista de una novela de Bedrossian-, seguramente, su padre podría entonar aquellas nostálgicas canciones armenias que canturreaba los sábados, después de cenar. Krikor, extrañamente, sólo cantaba Anush karún (hermosa primavera) en invierno y en las noches de lluvia (13).

Y cantan los gitanos. Algunas de sus composiciones han sido recopiladas por Perla Miguelí y transcriptas musicalmente por Pedro Leguizamón. Escribe Miguelí: las canciones nuestras están basadas siempre en hechos reales, en acontecimientos que han pasado. Son anécdotas cantadas, inspiradas por el protagonista o por algún antepasado que transmitió el caso como canción. Pequeñas historias que pueden haber parecido importantes sólo para el grupo, en el momento de componerse, pero que con el paso de las generaciones adquieren una grandeza especial, una ternura, una bella sencillez, una frescura que nos cautivan a los que tenemos en nuestros oídos mucho más material de música (por discos, cassettes, compactos, radio, televisión, etc) que los que se podrían tener en otras épocas. Muy ocasionalmente, hoy en día en alguna fiesta o reunión se entonan canciones gitanas, para sorpresa y deleite de los presentes (14).

El canto lírico era la pasión de un antepasado de Ana María Shua: un muchacho joven, polaco, bohemio, pobre y enamorado de la música. También un excelente tejedor, especialista en fajas, ducho en la destreza textilera de entrelazar los hilos de goma con los de algodón. No sólo de pan vive el hombre: el tío vivía también de su amor a la música. Se las había arreglado para que lo tomaran como comparsa en el Colón. Sus patrones apreciaban su trabajo, pero cuando había ensayo general, el hombre desaparecía. Inútil amenazarlo con el despido: nada le producía tanta felicidad como estar disfrazado, compartiendo el escenario con los mejores tenores del mundo. ¡Estuve a un metro de Tchaliapin! Gritaba entusiasmado. ¡Ian Kepura me cantó casi al oído! decía, con una alegría inmensa (15).

La afición por el canto se hereda en la familia de Julia Zenko: El abuelo de Julia cantaba en los templos judíos y era actor aficionado. El papá era carnicero y cantante de tangos. Ella jugaba a ser cantante desde que aprendió a hablar (...) ‘Yo fui criada con muchas músicas en mi cabeza’, reflexiona (16).

El tango `La Morocha’, embajador de nuestra cultura, llevado a Europa y Asia en miles de partituras por la fragata Sarmiento, fue también un auténtico vehículo en el proceso de socialización para muchos chicos nacidos en esta tierra, al ser la primera canción de cuna y la primer palabra que en nuestra lengua, pudieron escuchar de sus mamás inmigrantes (17).

No sólo las ocasiones alegres se acompañan con canciones. Cantaba un inmigrante en la cárcel de Neuquén, en 1943. En El árbol de la gitana, escribe Alicia Dujovne Ortiz: Carlos permaneció dos años en esa célebre prisión centenaria de la que parecía haber guardado los mejores recuerdos. Sus relatos eran tan seductores que provocaban la nostaliga de la gente libre: si era así la cárcel, para qué estar afuera. Según él, los comunistas encarcelados en 1943 se habían organizado con su proverbial disciplina, habían hecho gimnasia, habían dejado de fumar y se habían dado los unos a los otros cursos de ruso y de historia argentina. Un camarada ucraniano dirigía un coro. En ese entonces a nadie se le ocurría cantar el folclore de las provincias y, entre los presos políticos, más impensable aún hubiera sido un tango. Años después, la escritora se entera de que la música no salvó a este inmigrante: El ucraniano del coro se había vuelto loco y había terminado sus días en un manicomio (18).

Enrique Novick evoca, en Balada para un padre ausente, el efecto que la música de su tierra tenía en un padre enfermo de Alzheimer: Cuando le/ cantaba,/ próximo/ a su lecho,/ canciones/ antiguas/, sin nombre/ ni dueño,/ que hablan/ de una aldea/ con hornos/ de piedra,/ cerca de las/ casas,/ sus pisos/ de tierra,/ Marc Chagall/ brotando/ de acequias/ y techos;/ que él/ acompañaba/ con su voz/ pausada,/ rescatando/ estrofas/ tras un gesto/ austero,/ y un temblor/ extraño/ que escurría/ en su cuerpo,/ peces abismales/ y negros,/ hasta ser un eco/ más/ entre los ecos,/ que suelen/ merodear/ por mi cerebro (19).

Otra canción es la que evoca, en Celestes ojos italianos, el poeta Francisco de Madariaga, quien pregunta a su madre fallecida: ¿Estarás cantando la canción que cantaban/ tus celestes ojos italianos?/ ¿O estarás escuchando cómo canta mi corazón,/ que fue la única maravilla en tu terror a/ los viejos gauchos bandoleros y en tu/ fracaso? (20).

3. Olivari, Nicolás: Antiguo Almacén ‘A la ciudad de Génova’, en L. Lugones, B. Fernández Moreno, R. Molinari y otros: La poesía argentina. Antología, prólogo y notas por Alberto M. Perrone. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).

5. Pereda, Manuel Enrique: Nuestra querida Villa Pueyrredón. Buenos Aires, Del Carril Impresora, 1986. Citado por Eduardo Criscuolo en Páginas para el recuerdo de Villa Pueyrredón, El Barrio Periódico de Noticias, Año 6, N° 62, Buenos Aires, Mayo de 2004.

La ética, la solidaridad, el amor por los más pequeños, el respeto por los mayores, el recuerdo de quienes quedaron en la tierra natal, el contar y el cantar, son las constantes en las costumbres inmigrantes, que aún perviven en los descendientes americanos.

El Cruce del Ecuador, las Fiestas patrias argentinas, las Fiestas patrias y tradicionales de los inmigrantes, la Fiesta del Inmigrante, los aniversarios, la finalización de las diferentes guerras, la iniciación de la Guerra de las Malvinas, la creación e independencia del Estado de Israel, los cumpleaños, el Año Nuevo, el Carnaval y el Mundial de Fútbol 1978 son algunas de las ocasiones en las que se evidencian las costumbres que los inmigrantes trajeron de sus tierras; son circunstancias en las que ellos y sus descendientes exteriorizan su alegría y su agradecimiento a la nación que los recibió. Me refiero asimismo a festejos rechazados por algunos de los inmigrantes, por diferentes motivos. No me ocupo de los festejos religiosos, ya que reuní información sobre algunos de ellos en el capítulo VII, Religión.

Al pasar la línea del Ecuador –relata el valesano Johann Bodemann, en 1857-, los pasajeros debían someterse a una costumbre marinera: El trece de junio habíamos pasado el ecuador, y estábamos del otro lado del hemisferio. Los marineros hicieron un gran fuego para festejarlo. Al día siguiente nos hicieron saber que todos debíamos someternos al bautismo de la línea, como era la costumbre sobre todos los barcos que cruzaban la línea del ecuador. Las personas adultas tenían que sentarse sobre una silla, mientras los marineros llegaban disfrazados: uno como cura con un gran libro en las manos, otro como peluquero con una navaja de madera, seguido por tres o cuatro hombres con grandes baldes de agua, y un último con una sábana mojada que arrollaba de esta manera: el peluquero pintaba de negro el cuerpo del bautizado y lo rascaba con un cuchillo de madera. De pronto surgían detrás de él, los hombres con baldes de agua que vaciaban sobre la cabeza del bautizado. Después el cura inscribía el nombre y el apellido en el gran libro. Una vez esto cumplido, el capitán llegaba y le hacía beber aguardiente. Fue así con cada uno de los hombres, fueran presidentes de la comuna o simples ciudadanos. Después le tocó el turno a los marineros, y para terminar, al capitán. Muchos rehusaron este juego, pero fueron más maltratados que los voluntarios. En cuanto a las personas del sexo femenino se les pedía solamente descalzarse y mojarse los pies en un balde de agua fría. A los chicos no se les hizo nada. Después los marineros nos pidieron la propina, se vistieron con trajes de fiesta y se divirtieron (1).

En Mestizo (2), novela de Ricardo Feierstein, uno de los personajes se refiere al festejo en el barco: Me dieron el pasaporte hacia Uruguay con visa de salida únicamente. Cosa de enviarme bien lejos y que no regresara. Me fui a Hamburgo y tomé un barco de carga francés, el Aurigne, y de allí recorrí un montón de puertos. Iba parando en todos. Pasé por Amberes, después Marsella, Lisboa, Río de Janeiro... unos treinta días hasta llegar a Montevideo. Al principio estábamos en tercera o cuarta clase, no sé, la última. Eramos unos 35 inmigrantes judíos de Polonia y Lituania, podía hablar con ellos en ídisch, y el capitán tenía una cocina cusher (1) para nosotros. Pero no era gran cosa, no había vino para tomar, así que al tercer día me fui a comer con los marineros y allí la pasaba bien. Viajaban además como 200 inmigrantes españoles en el barco, hacíamos cantos y bailes en el puente, nos entendíamos con señas y algunas palabras. Hubo un festejo grande cuando cruzamos el Ecuador, es una tradición bautizar a los marineros que lo hacen por primera vez. Fue una linda fiesta. (1) Apto para el consumo, según las normas dietéticas de la religión judía.

En su cuento Mate amargo, Samuel Glusberg alude a los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo: Antes del primero de mayo –día señalado para inaugurar su nuevo comercio- el tío Petacovsky descargaba en su casa cerca de un millón de láminas entre estampas para cuadros, retratos, alegorías patrióticas, copias de monumentos y tarjetas postales. Las ventas fueron iniciadas enseguida. Varios viajantes se encargaron de las provincias, y el tío Petacovsky de la capital. Durante seis meses las cosas anduvieron a todo trapo. Mas no obstante esa actividad y las proporciones que alcanzaron las fiestas del centenario en toda la República, el negocio fracasó (1).

Carlos Molina Massey evoca, en su cuento La muerte del pingo (2), un festejo patrio, en el que confraternizan nativos e inmigrantes. Es el 25 de Mayo. En Mercedes se aprestan a conmemorar la fecha patria: En la plaza, embanderada, había música y cueterío. Desfile de escolares. Aglomeración de curiosos. Por las calles jinetes gauchos paseaban el lujo de sus fogosos caballos. Don Contreras realizaba su programa anual desde el almacén de don Quintino, el portugués, situado en la esquina crucera de la plaza. Allí tenía concentrada su gente. -A ver, gringo: atále otra gruesa e cuetes a la cola el colorao –ordenaba el bolichero. O si no: -Al escuro atale una lata e kerosén vacida. Enloquecidas por las deflagraciones, por el olor de la pólvora y el ruido de los tachos, los potrillos de don Contreras obligaban a los peones, y aun al mismo patrón que no rehusaba el número, a soportar las más violentas bellaqueadas.

Francisco Montes es el autor de Leyendas y Aventuras de Alpujarreños. En El desafío relata que, para las fiestas patrias, en Malargue se realizaba una competencia de doma. Un indio puelche desafía a un andaluz de dieciséis años: no se sabe en qué tris fatal Miguel dio una voltereta en el aire y cayó en pie. Un silencio espeso acogió el final inesperado. El desafío había terminado. Miguel saludó al domador (cortesía indígena), reunió su caballada y a sus secuaces y desapareció. Dicen que nunca más volvió por aquellos pagos. El domador con carita de extranjero, flaco, velludo y colorado, de ojos azules era el mismo que desde las Alpujarras había llegado con dos años de edad en la búsqueda de insondables destinos. Y cuentan todavía en los fogones malarguinos el gesto de un huaso chileno que había presenciado el desafío, rico el hombre, que había llegado con una tropill de alazanes y mulas de alzada cordillerana. Montaba un caballo de leyenda con apero chapeado en plata. Se acercó al jinete y ofreciéndole las riendas de su montado, le dijo: -Tome, joven. Este es mi regalo. El apero nada más valía un Perú (3).’

En Entre Ríos vivió su infancia Máximo Yagupsky, quien relata, en diálogo con Mario Diament: como faltaban maestros y el gobierno no podía afrontar ni la demanda ni el presupuesto, los jóvenes más instruidos de la colonia se ofrecían como maestros. De modo que tomaban cursos acelerados en la escuela que allí teníamos – la ‘Alberdi’- y de inmediato se abocaban a la enseñanza. Y pese a esta preparación abreviada, la escuela ‘Alberdi’ produjo maestros de gran calidad, algunos de los cuales llegaron a profesores secundarios, lo que en ese entonces era una cosa tenida en gran jerarquía. Mi maestro, que se había graduado en la Alberdi, sabía que al llegar el 25 de mayo había que cantar el Himno Nacional, porque ésas eran las instrucciones que se le habían impartido. Pero el problema era que habían aprendido la letra, pero no la melodía. De modo que cantábamos el Himno Nacional con la melodía del Hatikva, que era el himno judío. Porque, en cierto modo (Hatikva significa esperanza) esto condecía con lo que eran sus esperanzas: veían en la Argentina una Sion, la Sion de sus sueños (4).

Felipe Fistemberg Adler relata en sus memorias que, en Moisés Ville, provincia de Santa Fe, Cuando llegaban las fiestas patrias, el pueblo se vestía de gala, las ventanas lucían banderas azules y blancas y a la plaza San Martín, en el centro del poblado, concurría toda la población luciendo la escarapela y manifestando con orgullo su agradecimiento a la nueva patria. Por ser uno de los más altos, y seguramente porque mamá me almidonaba para la ocasión el guardapolvo, ya en los grados superiores las maestras me elegían abanderado, y escoltado por otros niños caminando entre aplausos y cálidas sonrisas nos dirigíamos a la plaza. Las autoridades y los directores de todas las instituciones pronunciaban emotivos discursos. Se cerraba el acto con un esperado reparto de golosinas entre los chicos. Con premura, nos despojábamos de los guardapolvos y corríamos al bosque de eucaliptos frente a la administración de la J.C.A. para ver y participar de la fiesta popular que premiaba a los ganadores, con ponchos, frazadas, camisas, camisetas o pantalones (5).

Un acto escolar es una excelente oportunidad para destacar los méritos de una alumna asturiana. Jorge Fernández Díaz, el hijo de la inmigrante, relata que la maestra dijo: ‘Sé que muchas de ustedes no están de acuerdo. Pero quiero gratificar a esta alumna que no es argentina y que tanto perseveró en aprender lo nuestro. Ninguna se atrevió a contradecir a la señorita Valenzuela, y mi madre llevó la bandera de ceremonias en un acto cualquiera que sus tíos observaron uniformados, firmes y solemnes, henchidos de orgullo y de argentinidad (6).

En Tucumán se llevó a cabo un Acto Islámico, un 25 de Mayo. En ese acto, manifestó el Secretario de la Asociación Pan-Islámica Ing. José E. Ibrahim: Quiero agradecer a todos por este Momento Sagrado para el Islam y en el día del Aniversario de la Revolución de Mayo darles la Bienvenida a los Representantes Islámicos de Jujuy y Salta, Santiago del Estero, a los representantes de la Universidad Nacional de Tucumán, a los de la Universidad Tecnológica de Tucumán, a los del Instituto Argentino Árabe, al señor Cónsul de Siria, a los hermanos de la Provincia de Santa Fe, al Señor Iman de Córdoba Sheij Mounnif al Sukaria, a las autoridades políticas y religiosas de nuestra comunidad y a todos los hermanos de fe de nuestra ciudad por responder a nuestra invitación. Dejó para lo último y para darle el relieve que corresponde a la presencia en este acto del Arquitecto Mohamed Iusef Hallar, Director de la Oficina de Cultura y Difusión Islámica Argentina y Miembro de la Liga Mundial Islámica con asiento en la Sagrada Meca que es el artífice del presente acontecimiento (7).

Aunque pocos lo saben –señala Loreley Gaffoglio-, el Día de la Bandera se instituyó en 1938, luego de dos años de intensos debates, y surgió como un acto de desagravio impulsado por jóvenes argentinos ‘afectados e indignados por frecuentes manifestaciones extranjeras’ en los tiempos de la Guerra Civil Española. (...) La historia cuenta que el 1° de mayo de 1936 las calles de Buenos Aires se poblaron de banderas de los grupos que enfrentaban a republicanos y nacionalistas en España y que tuvieron en el alzamiento de Franco en Marruecos el cruento inicio de la Guerra Civil Española. Un grupo de jóvenes argentinos, ‘afectados e indignados por frecuentes manifestaciones extranjeras portando símbolos exóticos de nuestra nacionalidad y que desfilaban impunes por las calles de Buenos Aires’, resolvió entonces donar una bandera a la Municipalidad, a manera de desagravio, para rendirle tributo el 20 de junio de 1936, en un nuevo aniversario de la muerte de Belgrano (8).

En 20 de junio (9), Luis León se refiere al sentimiento patrio de un inmigrante. Cuando Nissim llegó a la Argentina No sabía por qué la ‘djente’ se ponía una cintita celeste en su ropa y la colgaba en el frente de algunas casas, pensó en una fiesta cristiana, él no sabía muchos de eso porque venía de un país musulmán y él mismo era judío, los cristianos que había conocido no usaban esa cinta, eran griegos y armenios, pero debía ser algo así: esas cintitas le agradaron mucho, simpatizó con ellas porque fue lo primero que reparó al recorrer las calles del centro de Buenos Aires, al salir del puerto. (...) Él junto a unos pocos amigos, fundaron el club sefaradí del Centro. Rechazó la presidencia que le ofrecieron, porque no sabía leer ni escribir. Pero en cambio recibió con gran alegría el cargo de presidente de ceremonias. Inauguraba con un discurso las reuniones de cada fecha patria argentina y repartía antes de comenzar, una escarapela a cada concurrente, fijándoselas con un alfiler con sus propias manos.

En La fuga, novela de Eduardo Mignogna distinguida con el Premio Emecé 1998/99, se inaugura el Obelisco: Eran las dos de la tarde del sábado 23 de mayo de 1936, cuando la banda terminó de tocar el Himno y el intendente De Vedia dijo a la multitud un discurso donde vaticinó que el Obelisco sería, con el correr de los años, el alma de Buenos Aires y el recuerdo más auténtico del día en que la ciudad cumplió cuatrocientos años. Todos estábamos muy juntos y mirando hacia el palco de las autoridades que quedaba a los pies del Obelisco. Yo era uno más entre tantos. Toleré un rato aquel discurso, y ya estaba a punto de empezar a forcejear para mandarme mudar, cuando descubrí a un costado al Francés que me saludaba con una mano en alto y una indescifrable expresión de ansiedad en el rostro. El hombre no estaba solo. A su lado, una mujer alta y bella de melena oscura lo abrazaba por los hombros (10).

2. Molina Massey, Carlos: La muerte del pingo, en Luis Gudiño Kramer, J. P. Sáenz y otros: El cuento argentino 1930-1959* antología. Selección, prólogo y notas por Eduardo Romano. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).

Gladys Onega dedica un capítulo de sus memorias a la descripción de un festejo de la comunidad italiana de Acebal, provincia de Santa Fe. Transcribo un fragmento de ese capítulo, titulado De cómo la hija de los Onega llegó a cantar la Giovinezza:

(...) llegado el 20 de septiembre, fui una bambina más invitada a la fiesta de la Sociedad Italiana para celebrar la gran fiesta de los italianos. (...) La maravilla me cundió cuando llegamos al salón de la Sociedad Italiana; no me bastaban los oídos para gozar de ‘faccetta nera, faccetta nera, bella abisinia’, ni los ojos para ver lo que veía. Allí todo eran banderas de seda, todo eran cocardas de papel crepe, todo eran pendones colgados de lámparas, ventanas, puertas y telón, todo eran cintas colgadas de las lámparas y todo eran servilletas de colores que honraban la patria italiana. Por obra de magia, el cine ya no era el cine sino una piazza romana, nuestro conocido escenario de matinés y noche no era escenario sino un gran palco y las mesas hechas de tablones sostenidos por caballetes y cubiertos de papel de blanco de panadería no eran tablones sino mesas cubiertas de manteles adamascados.

Cada primero de agosto –escribe Alejandro Stilman, a partir de un informe de Pablo Bizón y Diana Pazos-, en Colonia Esperanza, conmemoran el aniversario de la Federación Helvética, la fiesta patria suiza y, dos semanas más tarde, el nacimiento de la Asociación Suiza Guillermo Tell. (...) Esta ‘pequeña Europa’, integrada además por alemanes, franceses y belgas, a los que se sumaron italianos, españoles, polacos, rusos, checos, judíos y árabes, se fundó en 1856. La llaman ‘la primera colonia agrícola organizada del país’ (2).

En la colonia Pigüe, fundada por cuarenta familias francesas, se festeja el 14 de julio, la fecha patria, que es comienzo de la gran Semana de Francia (3). Mientras las estrofas del Himno Nacional conmovían el corazón de los judíos de Rajil, otro grupo de inmigrantes arraigados a 130 km al norte de Bahía Blanca ensayaba una versión a su manera: ‘Entendez mortels le cri sacré/ Liberté, liberté, liberté...’ Sólo que allí se cantaba todos los 14 de Julio en conmemoración de la toma de la Bastilla y era seguido por las notas de la Marsellesa. Con desfiles, cañonazos, discursos y premios artísticos, los franceses celebraban solemnemente su fecha patria en Pigüé, un pueblito barroso de la pampa donde todavía se agitaba el fantasma de las chuza indias (4).

El protagonista de Mestizo (5), novela de Ricardo Feierstein, participa en una fiesta sionista: Así pasé varios años, trabajando. Hasta que conocí a mi esposa, en una fiesta sionista, creo que era un aniversario de Herzl. Yo fui y allí estaba ella. Pero eso fue bastante después, cuando era todo un señor, ya tenía el negocio de Boedo.

2. Stilman, Alejandro (texto), Pablo Bizón y Diana Pazos (informe): Suizos Colonia Esperanza / Santa Fe La vida en una pequeña Europa, en COLONIAS Y PUEBLOS DE LA ARGENTINA La ruta de los inmigrantes, en Clarín, Buenos Aires, 7 de setiembre de 2003.

3. Stilman, Alejandro (texto), Pablo Bizón y Diana Pazos (informe): Franceses Pigüé / Pcia. de Buenos Aires La colonia de la omelette gigante, en COLONIAS Y PUEBLOS DE LA ARGENTINA La ruta de los inmigrantes, en Clarín, Buenos Aires, 7 de setiembre de 2003.

4. Wolf, Ema (texto) y Patriarca, Cristina (investigación): La gran inmigración. Ilustraciones: Daniel Rabanal. Buenos Aires, Sudamericana, 1997. 6° ed. (Sudamericana Joven Ensayo).

Los primeros sábados de marzo, Colonia Caroya festeja la Semana de la Vendimia que culmina con un almuerzo popular sobre la avenida San Martín al ritmo de danzas friulanas. En julio, la Fiesta de las Comidas Típicas Caroyenses son la oportunidad de saborear la polenta blanca con codeguín (un chorizo hervido y picante), y la típica bagna cauda (leche con anchoas y ajo). En octubre, la Fiesta del Salame Casero, reafirma su legendaria calidad (1).

En Villa del Parque, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se lleva a cabo la Bierfest, organizada por un colegio del barrio. Escribe al respecto Pablo Hacker, en 2003: Más de 100 tanques de cerveza helada de 30 litros cada uno. Una enorme parrilla con 3.000 chorizos asándose a las brasas. El olor penetrante y tentador del chucrut casero. Cientos de tortas de chocolate y manzana, exquisitos strudels. Música en vivo para todos los gustos, desde un chamamé hasta un rock roll, pasando por una marcha nupcial alemana. Y cerca de 3.500 personas reunidas en una pequeña plaza en el corazón de Villa del Parque. El resultado de la ecuación: una fiesta barrial que generó felicidad, panzas llenas, y a más de uno un poquito de resaca mañanera. La 12° edición de la Fiesta de la Cerveza, organizada por el colegio alemán Schiller el sábado pasado, fue un éxito a pesar de la lluvia que obligó a cerrar los grifos de las choperas una hora antes de lo que muchos hubieran deseado (2).

Entre los galeses, Un histórico evento es, desde hace 109 años, el festival literario-musical de Eisteddfod, que evoca las tertulias de los celtas. Hay dos versiones patagónicas del Eisteddfod: en la segunda semana de septiembre, el de la Juventud, en Gaiman, y en octubre, el de Chubut, en Trelew (5).

Refiriéndose a los daneses, señala María M. Bjerg: En noviembre se organizaba una fiesta de fin de curso a la que llamaban Skovtur, evocando una celebración tradicional en el calendario campesino danés. Tan bien captada por Bille August en su película Pelle el conquistador, en la imagen de las carretas adornadas con flores y banderas transportando hacia el bosque a ufanos campesinos dispuestos a beber, cantar y bailar celebrando la llegada del verano nórdico, el Skovtur encerraba un sentido fuertemente comunitario en las aldeas campesinas de Dinamarca. Resignificado, el Skovtur de las escuelas danesas de la Argentina se celebraba al finalizar el año escolar y era una salida de la que participaba el grueso de los miembros de la cngregación (6).

Los japoneses en la Argentina festejan el Natsu Matsuri (Festival de Verano). Acerca del evento llevado a cabo en 2002, encontramos esta información: Como todos los años la Fundación Cultural Argentino Japonesa invita a todos los argentinos al Festival de Verano en el Jardin Japones (Casares y Figueroa Alcorta ), siguiendo la costumbre japonesa de realizar un festejo popular en cada estación del año. Dos atardeceres recreando las disciplinas y costumbres de la cultura japonesa, música con bandas y tambores japoneses, danzas tradicionales, artes marciales, desfiles de kimonos y feria de comidas y artesanías japonesas. Habrá una galeria de arte y se darán workshops de Sumie (pintura a la tinta china). También se podrá disfrutar de la exposición Kokeshi Ten, Muñecas japonesas, cedidas por la embajada del Japón, shows culturales: danzas, demostraciones de artes, teatro, música y audiovisuales con una pantalla de video gigante, el show Robotech Time –Espectáculo audiovisual con sinfónica de 50 músicos que interpretarán canciones de la famosa serie de dibujos Robotech con proyecciones de la famosa saga-, desfiles de Kimonos y la colección Heiwa Uchi de la escuela de Roberto Piazza, recitales de bandas de anime, pop y rock, exhibiciones de artes marciales, Karaoke, Cosplay (concurso de disfraces) y en la cumbre Otaku se reunirán todos los fans clubes de famosas series, exposición de Bonsái, masajes japoneses y de relax gratuitos, Feria Artesanías y artículos japoneses, platos de la gastronomía japonesa y oriental (7).

El 3 de marzo es el ‘día de las niñas’ o hina matsuri: se exhibe una colección de muñecas que representan la antigua corte imperial y la presencia del bambú garantiza fortaleza y flexibilidad en las futuras mujeres (8).

1 Stilman, Alejandro (texto), Pablo Bizón y Diana Pazos (informe): Italianos Colonia Caroya / Córdoba Los sabores artesanales del Friuli, en COLONIAS Y PUEBLOS DE LA ARGENTINA La ruta de los inmigrantes, en Clarín, Buenos Aires, 7 de setiembre de 2003.

En El Sur y después –obra teatral de Roberto Cossa-, una pareja relata que ha visto los festejos del Centenario: -Lo que nos costó llegar...! - ¡Vieran lo que son los festejos! Tuvimos que dar un rodeo por detrás de la Municipalidad! -¡Pero vi a la Infanta Isabel! ¡La vi! –Y el presidente dijo: Cumplimos cien años de libertad y tendermos libertad por cien años más (1).

La protagonista de Lunas eléctricas para noches sin luna, novela de Belén Gache, relata: Para los festejos del Centenario, nuestro país recibirá una serie de visitas de representaciones diplomáticas, económicas y culturales de países extranjeros. Se han organizado, así mismo, una serie de recepciones de gala, funciones teatrales, desfiles militares, inauguraciones de monumentos, un tedéum en la Catedral e, incluso, una serie de exposiciones internacionales que abarcarán disciplinas como la agricultura, la industria y las bellas artes y que se desarrollarán en distintos puntos de la ciudad. (...) En los alrededores de la Plaza de Mayo han colocado una serie guirnaldas de luces resaltando las líneas arquitectónicas de todos los edificios. Cerca de la Casa de Gobierno han armado un lujoso palco desde el cual la Infanta Isabel saludará al pueblo argentino. La Infanta llega a la Argentina el 18 de mayo de 1910: Los habitantes de Buenos Aires han salido de sus casas y se han convocado en la Plaza de Mayo. Criollos e inmigrantes, italianos y polacos, ricos y pobres se han reunido todos en este día memorable (2).

Años después, llegó a la Argentina Humberto de Saboya: Bajó del barco a sonrisa plena, con el gesto de un joven que se sabe marcado por la realeza y por el destino. El heredero del trono de Italia, Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, llegó a Buenos Aires y sedujo a su auditorio con espontánea simpatía. Era el 6 de agosto de 1924 cuando arribó al puerto de Buenos Aires a bordo del San Giorgio, nave integrante de la marina de guerra italiana. Su garbosa presencia fascinó al público argentino. (...) En Buenos Aires lo recibió el Presidente Marcelo T. de Alvear junto a sus ministros, representantes de la Embajada de Italia, funcionarios, militares y un enorme público deseoso de saludarlo. Ese público estaba conformado sobre todo por italianos nmigrantes que habían venido a la Argentina a hacer ‘L’America’. Para esos trabajadores, ‘era la patria misma que llegaba’. Los agasajos fueron interminables. Bailes, comidas, recepciones, almuerzos en el Hipódromo, funciones de gala en el Teatro Colón y en el Cervantes, unja visita a la estancia San Juan de Pereyra Iraola. Como en toda historia de príncipes, también hubo un baile que él mismo organizó en el Palacio Bosch (donde se alojaba) y hasta apareció una Cenicienta vestida de princesa para la ocasión (3).

La ciudad de Mendoza se engalana para la visita del príncipe italiano: La capital de la provincia, con ser una hermosa ciudad como quiera que se contemple, se vistió de gala y de fiesta embelleciéndose extraordinariamente con motivo de la visita de S:A:R: el Príncipe Humberto de Saboya. En verdad ni aún para las solemnidades en que el patriotismo nacional reclama toda la pompa y el buen gusto de la ornamentación pública, se ha admirado en nuestra ciudad, como en tal circunstancia, el brillante exponente de plausibles inciativas oficiales y particulares adoptadas para probar, en el homenaje al joven y gallardo príncipe, todo el calor y la simpatía que nos merece su persona, su investidura y el nombre de Italia (4).

4. S/F: La ‘Perla Andina’, 1924, en Prov. de Mendoza, A su Alteza Real Umberto di Savoia..., 1927, incluido en Historia de Ciudades Mendoza. Selección y prólogo: Rosa Guaycochea de Onofri. Buenos Aires,Centro Editor de América Latina, 1983. (Historia Testimonial Argentina).

Las Fiestas del Inmigrante se realizan en muchas localidades, y agrupan a quienes llegaron de otras tierras, a sus descendientes y a los nacidos en el país que los recibió. Me refiero a algunos de estos festejos:

El 8 de septiembre de 2002 tuvo lugar en los jardines del Ex Hotel de Inmigrantes la Fiesta de las Colectividades. Semejante a la que se realizó otros años en el Rosedal, incluyó la presentación de conjuntos folklóricos de diferentes comunidades, la venta de productos típicos y la degustación de comidas regionales, así como también el obsequio de posters y folletería. En esa oportunidad, el profesor Jorge Ochoa de Eguileor, la arquitecta Seró Mantero y sus colaboradores presentaron más material del Museo de la Inmigración.

En Berisso se llevó a cabo una nueva Fiesta del inmigrante. Acerca de la realizada en 2004, leemos: La emotiva jornada se vivió en la capital provincial del inmigrante, con motivo del tradicional desfile que, como sucede desde hace 27 años, volvió a reunir a miles de descendientes de aquellos trabajadores que poblaron estas tierras y forjaron la Nación. El encargado de dar las palabras de bienvenida fue el Presidente de la Asociación de Entidades Extranjeras, Jorge Pagano, quien estuvo acompañado por el gobernador Felipe Solá y los intendentes de Berisso y Magdalena, Enrique Slezack y Fernando Carballo. En tanto, se presentó en público, la nueva Reina del Inmigrante, la joven Roma Nerea Bergonzi (colectividad italiana), quien se mostró muy emocionada. Lo mejor de la jornada fue, el desfile de las distintas colectividades, que desde hace años constituye el broche de oro de la Fiesta del Inmigrante. (...). El cierre del tradicional desfile estuvo a cargo de instituciones civiles y tradicionalistas. La emotiva jornada concluyó con un festival y con un show de fuegos artificiales (1).

Se acerca una nueva Fiesta del Inmigrante en Oberá, Misiones, una fiesta que reúne a inmigrantes llegados de otros continentes y de países limítrofes: Del 3 al 17 de septiembre (a excepción de los días 5 y 12 que serán de descanso), se realizará la XXVI Fiesta Nacional del Inmigrante en Oberá. Los atractivos serán varios, y entre ellos se cuenta un stand atendido por personal del Ministerio del Interior que proporcionará información a quienes buscan sus orígenes, además de un mini jurasic park con especímenes de dinosaurios en escala, encontrados en la Patagonia argentina. La incorporación de la colectividad checa y la construcción de un helipuerto son también, novedades para este año. Hemos analizado la situación de prolongar durante 14 días la fiesta, tal cual el año pasado y se decidió organizar mejor, de manera tal, que los visitantes tengan más espacio en el tiempo para apreciarla, dijo Julio Barchuk, presidente de la Federación de Colectividades. (...) Barchuk también dijo que el 29 de mayo viajarán a Buenos Aires, invitados por el Canciller Rafael Bielsa a efectos de exponer en lo que será la conformación de la Asociación Nacional de Colectividades. Esto es muy importante para nosotros, teniendo en cuenta que nos abrirá las puertas a contactos con el exterior u otras organizaciones que implique el acercamiento a las colectividades y sus paises de origen, apuntó. Entre los números que están evaluando para la edición de este año, se analiza traer a los Tucu Tucu, Fito Paez, la Mona Jiménez,entre otros (2).

En 1996, en el marco de las Jornadas Patrióticas Gallegas, los inmigrantes de ese origen y sus descendientes celebraron el 17° aniversario del Centro Galicia de Buenos Aires, con una Gran Romería en el Campo Galicia. La jornada se inició con una misa solemne y procesión, luego hubo danzas gallegas a cargo de los grupos que integran la escuela del Centro Galicia y actuación del grupo de gaitas del Centro Galicia. Más tarde se llevó a cabo el almuerzo 17 aniversario y, finalmente, el baile con la participación de renombradas orquestas de la colectividad gallega y española (1).

Entre las costumbres curiosas de los galeses existía la de celebrar conciertos-exposiciones que atraían la concurrencia de hasta siete leguas a la redonda. Estos festivales (eistedvod) duraban largas horas –se almorzaba en el intervalo- con programas variados: canto declamación, concursos poéticos y exhibición de artesanías elaboradas por los colonos. Un jurado repartía modestos premios. A veces una distinción; otras, una pequeña suma de dinero. La Navidad, el Año Nuevo y la Fiesta de Desembarco –28 de julio, aniversario de la llegada al Chubut- motivaban estos encuentros a los que asistían hasta seiscientas personas (2).

La Cofradía Mundial de los Caballeros de la Omelette Gigante con sede en Pigüé, tiene su gala el primer domingo de diciembre. Se calienta la sartén de cuatro metros de diámetro, se rompen 14 mil huevos, se incorporan 30 litros de aceite y con remos y rastrillos se hace la monumental omelette. A la colonia le sobran celebraciones: (...) en diciembre, la fiesta de la fundación. (...) En octubre de 1884, en Burdeos, cuarenta familias oriundas de Aveyron –en el sudoeste francés- abordaron el barco que los trajo a Buenos Aires. El 4 de diciembre arribaron a esa antigua tierra mapuche y para nombrar a la colonia adoptaron una de sus voces: pi-hue, que significa ‘lugar de encuentro’. No se equivocaron aquellos pioneros al tomar ese nombre. Había encontrado su lugar (3).

Todo empezó el 3 de octubre de 1964 –escribe Mónica Beltrán-. El presidente argentino Arturo Illia y su par de la República Francesa, general Charles De Gaulle, firmaron en Buenos Aires un acuerdo de cooperación cultural, científico y técnico. Dos días después, el jefe de Estado francés, en visita oficial al país, colocó en un terreno de más de una hectárea la piedra fundamental de lo que hoy es el Liceo Franco Argentino Jean Mermoz, en el barrio de Belgrano. (...) La última semana los casi 1.600 alumnos del Liceo organizaron diversas actividades para festejar los 30 años: los chicos de jardín y preescolar soltaron en el patio cientos de globos con los colores de la bandera francesa; los de primaria bailaron el pericón y los más grandes exhibieron sus investigaciones sobre la vida del piloto Jean Mermoz, que prestó su nombre a la escuela (4).

El Club Portugués , en el barrio de Isidro Casanova, reconoce como orígenes fundantes la migración de un grupo de familias durante la dictadura militar de Antonio Oliveira Salazar (entre 1933 y 1968), que se instalaron como quinteros, horneros y comerciantes en el área metropolitana, especialmente en el partido de La Matanza. (...) El aniversario del club se conmemora con platos típicos como la sopa de conquilhas, la cazuela de pulpo con salsa bechamel y salsa de pimientos, y como postre: helado de crema portuguesa con dulce de almendras (5).

El Boletín N 1 (6) de la Familia Lombarda de Paraná informa que En el marco de los festejos por el 140º Aniversario de la Sociedad Italiana en Paraná, se realizó una Convocatoria a formar todas las familias correspondientes a las distintas regiones de Italia en nuestra Ciudad. Se convocó a los descendientes de la Región de Lombardía en fecha 13/12/04. En dicha Reunión –con notable concurrencia – nos conocimos y en otros casos reencontramos, familias de lombardos e intercambiamos opiniones sobre la factibilidad de formar la Familia Lombarda. Se acordó comenzar con un Censo y con la confección de los futuros Estatutos de la Sociedad. Además se trató la posibilidad de elaborar un Boletín – como el presente – a fin de hacernos conocer y convocar a otros descendientes de lombardos. También se hizo hincapié en la voluntad y necesidad de rescatar las tradiciones de nuestros ancestros a través de historias, recetas, recuerdos, etc. En posteriores reuniones se avanzó en estos objetivos y nos estamos preparando para participar de los distintos Actos programados para la Conmemoración de los 140º años de la Sociedad Italiana.

El Boletín N° 2 (7) informa que el 27 de abril de 2005 se realizó en la Sede de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos un café literario, en el marco de los festejos por el 141º Aniversario de la creación de la misma, y destinado a la participación de las diferentes regiones de descendientes de italianos que estuvieran constituyéndose en nuestra ciudad.

Refiriéndose a los daneses, escribe María M. Berg: Frente a la recreación de las tradiciones del pasado, los maestros nativos orientaban su trabajo al desarrollo de una identificación de los niños con la cultura argentina. Gradualmente, la comunidad fue gestando un tenue sentido de pertenencia al país de adopción. En 1923, la participación de la escuela y de la congregación en los actos públicos del centenario de la fundación de Tandil revela la naturaleza de esta identificación. Haciendo gala de las banderas de sus dos patrias, los alumnos desfilaron para honrar al fundador de la ciudad, el general Martín Rodríguez. La congregación ofrendó al pueblo dos valiosos jarrones de porcelana danesa diseñados en Copenhague para la ocasión y el pastor Andresen , por entonces ministro de la iglesia y rector de la escuela, se dirigió a los vecinos de Tandil en un discurso que destacaba la estrecha vinculación de los daneses con la historia de la ciudad (...) (8).

Admirables sinagogas, exquisiteces tradicionales y celebraciones milenarias ambientan el paisaje de Moisés Ville, la primera colonia judía agrícola que se fundó en 1889, al noroeste de Santa Fe. Los inmigrantes venían de Kamenetz, Podolia (hoy Ucrania), región de la ‘Zona de residencia rusa’. (...) Todo el pueblo se reúne en las fiestas patronales (24 de setembre, y en el Aniversario de la Colonia, en octubre (9).

2. Wolf, Ema (texto) y Patriarca, Cristina (investigación): La gran inmigración. Ilustraciones: Daniel Rabanal. Buenos Aires, Sudamericana, 1997. 6° ed. (Sudamericana Joven Ensayo).

3. Stilman, Alejandro (texto), Pablo Bizón y Diana Pazos (informe): Franceses Pigüé / Pcia. de Buenos Aires La colonia de la omelette gigante, en COLONIAS Y PUEBLOS DE LA ARGENTINA La ruta de los inmigrantes, en Clarín, Buenos Aires, 7 de setiembre de 2003.

8. Bjerg, María M.: Entre Sofie y Tovelille Una historia de los inmigrantes daneses en la Argentina (1848-1930). Buenos Aires, Editorial Biblos, 2001. 191 pp. (La Argentina plural).

9. Stilman, Alejandro (texto), Pablo Bizón y Diana Pazos (informe): Judíos Moisés Ville / Santa Fe Los colonos que vinieron de Ucrania, en COLONIAS Y PUEBLOS DE LA ARGENTINA La ruta de los inmigrantes, en Clarín, Buenos Aires, 7 de setiembre de 2003.

Los avatares de las contiendas se vivían con gran tristeza Lo recuerda en una entrevista María Trepicchio de Danna, a los 101 años: Ah, la Primera Guerra se sufrió mucho porque todos los inmigrantes tenían a sus familiares en Europa. La ayuda a los damnificados no se hizo esperar: Con el Círculo de Damas Francesas tejí para los soldados partidarios de De Gaulle. Cuando la guerra llega a su fin, también en la Argentina festejan: la paz se celebró con locura, en casa entonamos La Marsellesa aquel día, con la bandera desplegada en el living (1).

La pequeña descendiente de irlandeses que protagoniza Secretos de familia, novela de Graciela Beatriz Cabal, relata: Mi papá no va a la guerra porque la guerra se acabó. Como ya no hay guerra, todos están contentos y salen a la calle y se abrazan, igual que si fueran parientes. Entonces mi tía la soltera se hace la simpática y pide que me vistan de cumpleaños, que ella y yo nos vamos a parrandear. Mi mamá me pone la blusa de los perritos colorados, que está recién lavada, y los zapatos nuevos de charol, que no se limpian con pomada sino con manteca, porque son carísimos. Mi tía la soltera, que es muy copiona, también quiere estrenarse algo y se estrena una banana. Pero no una banana de comer: una banana para ponerse en la cabeza, con horquillas. (Rellena con pelo de muerto está la banana, pero eso a ella no hay que contárselo nunca jamás para que no vomite, dice la Felisa). Yo quiero y quiero ir de parranda al Zoológico, y andar en elefante y en trencito y comer barquillos. Mi tía la soltera quiere y quiere ir de parranda a la confitería, a tomar copetín con papitas, aceitunas y otras cosas que hacen mal a la salud (2).

Afirma Carlos Szwarcer, en su trabajo “El Café Izmir”: “Pasaron los años y el Café lzmir se consolidó como referente de la colectividad. La Segunda Guerra Mundial agitaba los ánimos de sus habitués y sus paredes pintadas con arabescos —dibujos de palmeras y siluetas orientales que simulaban las Mil y una Noches—, eran parcialmente cubiertas por banderas de los países vencedores de la contienda” (3)

Escribe Felipe Fistemberg Adler, en la evocación de sus años en Moisés Ville: “Cuando la noticia de la finalización de la Segunda Guerra Mundial llegó al pueblo, y el triunfo de los aliados nuevamente traía esperanza al mundo, el Pueblo Judío quería festejar. Pero no era fácil pensar en festejos. No había nadie que no guardara luto por algún ser querido. Toda mi familia esperaba diariamente recibir alguna noticia de algún pariente afortunado. Pero no fue así: abuelos maternos, tíos, primos, y todos los demás sin un lugar donde ir a llorarlos. Las autoridades del pueblo entendieron que somos la “Zarza que Arde y no se Consume” y que debíamos sobreponernos a la masacre y pensar que el día llegaría y el Pueblo Hebreo retornaría a su tierra ancestral, la Tierra de Israel. Hicieron un llamado al pueblo e inmediatamente aparecieron donadas siete gordas vaquillonas, pan, bebidas, frutas y muchísimos voluntarios para organizar un asado gratuito y colectivo que permitiera a toda la población festejar el fin de la guerra. El

El festejo del inicio de la Guerra de las Malvinas irrita a un inmigrante italiano. En su testimonio “16 de Junio de 1982”, escribe Marili Flores: “Esas idas a la Pza. Ramírez con la gurisada del barrio en mi Citroen en manifestaciones multitudinarias con vinchas y banderitas celestes y blancas se convertían ese atardecer en la violada utilería de una puesta de teatro del absurdo y nosotros, actores que grotescamente festejábamos un conflicto bélico. Esos bocinazos me aturdían, ahora. Esos con los que, estertóreamente expresábamos en patrioterismo de mundial de fútbol la dramaturgia horrorosa de una guerra. Lo que me impidió entenderlo al Nonno Juan, cuando en el asado de aquel domingo me preguntaba en su cocoliche, “ma caraco que festeca?! Una guera?” y pensé, cincuenta años en este país, pero no es argentino, no entiende . Esa tarde sentí al Nonno, creciendo otra vez desde su sabiduría, desde mi dolor” (1).

Hija del silencio, novela de Manuela Fingueret. Ella escribe: “La viabilidad de un Estado judío formaba parte de esas discusiones que para ella quedaron truncas, pero era también un espacio de sueños que algunos llevaron adelante como bandera de lucha, un lugar de encuentro para los que pudieron pensar antes o después de los campos de la muerte. Para Pinie, el sionismo se fue convirtiendo en el motivo central de su existencia. No es un tema que discuta con ella, porque no se muestra interesada en ello, aunque verlo tan entusiasmado la conmueve. Van llegando los amigos justo en el momento en que se transmite la votación en las Naciones Unidas. El grito de júbilo final, las lágrimas de todos producen en Tínkele una emoción nueva, que en estos años le resulta más fácil empezar a sentir. Pinie se acerca a la cómoda oscura y saca del tercer cajón un talit brillante de seda. Se coloca el sombrero, abre el libro de oraciones, y con la voz enronquecida por la emoción reza: ‘

En La rabina, escribe Silvia Plager: “Poca atención le había prestado Esther a la música, pero de pronto el solo de violín la arrastró a un misterioso ámbito y en él su madre le volvió a contar que cuando se declaró el Estado de Israel, papá tomó el violín y se puso a tocar, a pesar de que sólo lo había aprendido de chico y mal, como si Shmuel, su virtuoso hermano mayor asesinado por los nazis lo guiara...” (2).

Luis León se refiere a los festejos de la independencia de Israel (3): “Un gran acto en el cine Villa Crespo de Corrientes al 5500, reunió a centenares d personas, aunque el acto central fue organizado en el estadio Luna Park.. En esa ocasión, un número importante de

(2), desde las que exteriorizaba su entusiasmo. Desde temprano, se formó una columna en que se destacaban los jóvenes, reunidos alrededor del mástil que en esa época se alzaba en el encuentro de las avenidas Corrientes y Canning

(1), recuerda “L”. “Desde el balcón del quinto piso de uno de los escasos edificios de altura de esa época, mi abuela, gritaba alentando a la muchedumbre sin reflexionar si era o no escuchada por ellos. Yo que tenía seis años, iba y venía sobre mi triciclo haciendo sonar el timbre del manubrio, por simple entusiasmo de ver a mi abuela en esa actitud. Cuando la columna fue numerosa y comenzó a marchar hacia el centro, ella corrió hacia el ropero, extrajo una gran bolsa de confites de almendra y los arrojó hacia abajo a la gente, fina y cara costumbre que reservaba exclusivamente para los grandes acontecimientos, especialmente los nacimientos”.

Los cumpleaños se festejaban en la colectividad italiana con manjares caseros. Lo recuerda María Luisa Cuccetti, en una entrevista. Cumplidos ya los cien años, relata: “La Boca era un lugar muy lindo a principios de siglo, lleno de inmigrantes y marinos genoveses. Los cumpleaños se festejaban con pastelitos y chocolate caliente” (1).

Frontera Sur, novela de Horacio Vázquez-Rial, festeja su cumpleaños. Dice la hija: “Todavía hay mucho que hacer para esta noche. Es una fiesta muy grande -explicó desde la puerta-, muy importante para nosotros. Mi padre no se lo habrá dicho, pero, amén de la Nochebuena, celebramos su cumpleaños. Y va a estar todo el mundo. Todos los hermanos, y todos los huéspedes, y todos los amigos, que alguna vez fueron huéspedes también. (...) Siempre llega gente de allá, de Galicia, y no la va a dejar en la calle, ¿no?” (2).

Pervive en América la costumbre española de comer doce uvas al tiempo que suenan las campanas en el nuevo año. Silvia Pisani (1) y Rodolfo Ranni (2), quienes lo intentaron en Europa, coinciden en señalar la imposibilidad física de llevarlo a cabo.

Hermana y Sombra, novela de Bernardo Verbitsky, hijo de inmigrantes rusos: “el 1° de enero de 1919 nos encontró juntos. Se brindó con la bebida de rigor, cuando nos aseguraron que se estaba oyendo la ronca sirena de ‘La Prensa’; también yo creí distinguir entre el estrépito creciente el lejano zumbido que efectivamente llegaba desde Plaza de Mayo hasta Flores y el resto de la ciudad. Y allí se desencadenó con mayor fuerza la acostumbrada recepción a balazos, que por primera vez oí, o la primera que recuerdo, aumentando el estruendo de cohetes, gritos, bocinazos, a todo lo cual sumamos una modesta contribución de ruidos, golpeando con palos un fuentón de cinc de los que se usaban para lavar ropa. Vimos cómo partían oblícuamente hacia la altura las rojizas huellas de los tiros que prodigaban los energúmenos de la casa de al lado. Mamá se tapaba los oídos calificando todo eso de salvajismo. Al día siguiente leímos en el diario que en varios lugares de la ciudad hubo heridos por balas perdidas, una de las cuales causó la muerte de una joven que se hallaba en el patio de su casa” (3).

En su cuento “Año nuevo en Buenos Aires”, Luis León relata que, al protagonista: “la lluvia le impidió sentarse en la vereda. Por causas que no alcanzaba a saber, desde la noche anterior Kadén, su mujer, aparecía con frecuencia en sus pensamientos. Cerca de las diez cuando la lluvia interrumpió su intensidad por un rato, decidió salir a comprar algo para el almuerzo. (...) fue hasta el pequeño ropero de roble del espejo roto y sacó la percha de Tienda Los Leones. Allá colgaba su único traje, y comenzó a ponérselo con cuidado, procurando que los tiradores queden parejos, no seas choloja (7) le decía Kaden que tanto cuidaba su aspecto. Esa mujer, Masaltó me recuerda a ella, cuidadosa de la ropa. Llevaré este paquetiko de jalvá para que la djuventú coma algo dulce al llegar las doce. En verdad ellos son fuertes, y tienen derecho a festejar, como yo cuando saqué corriendo a esos muchachones turcos que querían pegarme en el Jan de las Cabras, se dijo con algo de orgullo. Fue nuevamente al ropero para sacar una bolsita de seda con el libro de Ley y su talet (8), por si había oportunidad de meldar (9) un poco se dijo, y la sonrisa se le amplió”. (7) desaliñado en el vestir / (8) manto empleado para la liturgia ju-día / meldar: leer los libros litúrgicos / (9) leer los libros sagrados” (4).

En “Año nuevo con sorpresa”, relata José Mantel: “Los hermanos habían decidido festejar el 31 de diciembre bien a la criolla, con mucha sidra, pan dulce, turrones y frutas secas. Lo iban a hacer en el patio de Mordejai e invitarían a los cuñados con sus esposas e hijos, unas treinta personas. Mordejai se ocuparía de hacer las compras y luego repartirían los gastos” (5).

Entre los alemanes del Volga, había una tradición secular que es descripta de la siguiente manera por José Brendel, en su evocación de San Miguel Arcángel: ‘Para Año Nuevo, existe en la colonia una tradición multisecular, única, no en su fondo sino en su ritual. No en cualquier parte se puede formular el deseo de prosperidad, sino que está sujeto a un estricto código ancestral, sin el cual el augurio no vale nada. No es colectivo, ni siquiera familiar, sino estrictamente personal, de cada uno, ya frente a sus padres o amigos. Entra en la categoría de los actos serios’. “El agraciado, con su esposa, debe estar en su salita de recibo –

Kleine Stube: sala chica- y sentado, en actitud de potestad y con la puerta cerrada. Después de los consabidos golpecitos de llamada y el ‘entre’ correspondiente, se presenta el felicitante con el saludo de ‘Alabado sea Jesucristo’, y acto seguido recita su salutación, que es de un mismo tenor para todos: ‘Les deseo feliz Año Nuevo, larga vida, salud, paz y unión, y después de la muerte la Vida Eterna, y el Niño Dios en sus corazones” (6).

“Según una difundida leyenda -comenta Alejandro Dolina-, el Carnaval fue alguna vez una fiesta popular, con personas disfrazadas, música, baile, bromas y murgas. En verdad, cuesta creer semejante cosa. Como quiera que sea, la legendaria gesta ha muerto ya. Sin embargo, como silenciosas habitaciones vacías, han quedado ciertas fechas del almanaque a las que la terquedad general insiste en adjudicar la condición de carnavalesca. Esos días son utilizados no ya para festejar sino más bien para reflexionar y añorar la ausencia de la fiesta. Se trata, según se ve, de un curioso destino: pasar del entusiasmo a la nostalgia, de la pasión a la meditación, de la alegría a la tristeza” (1).

Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato- añora los carnavales de antaño. El está con Martín “en una antigua cochera que en otro tiempo había sido de alguna casa señorial. (...) Le señaló al fondo, arrumbado, el cadáver de un coche de plaza: sin faroles, sin gomas, agrietada, la capota podrida y desgarrada. (...) Acarició la rueda de la vieja victoria. –La gran puta –dijo con voz quebrada-, cuando venía el carnaval había que ver este coche al corso de Barraca. Y el viejo con la galerita, al pescante. Te garanto que daba golpe, pibe” (2).

En 1871, ataca la peste. Escribe Félix Luna: “En enero ocurrieron los primeros casos, pero el carnaval se aproximaba y hasta el propio presidente se divertía jugando con agua: ¿cómo se iba a ensombrecer la alegría popular advirtiendo el peligro que se cernía sobre Buenos Aires?” (3).

Los disfrazados, un suceso acaecido durante un Carnaval. La escena se desarrolla en el “Patio de un inquilinato. Puerta de calle a foro y puertas laterales. A la derecha escalera que conduce a las habitaciones altas enfrentadas a foro y laterales por una baranda. No es el conventillo porteño sucio y complicado. Es un patio donde el autor toma sus apuntes de la vida popular sin necesidad de taparse las narices. Hay en el ambiente cierto aseo, cierta limpia alegría de día de fiesta, que no se encuentra en las oscuras vecindades cosmopolitas. No es, pues, el conventillo propiamente. Son unos cuantos tipos que en la tarde carnavalesca mueven , ante los ruidos cómicos de la calle, el respectivo cascabel interno. El todo entre paredes y entre perspectiva de azoteas, por encima de las cuales declina el sol” (5).

A criterio de Graciela Villanueva, “la circunstancia (el carnaval) y la peripecia amorosa de engaño y venganza sobre la que se articula la acción dramática sirven sobre todo para que desfilen por el patio del conventillo diversos y pintorescos personajes del pueblo y, naturalmente, muchos inmigrantes -especialmente italianos- que se expresan en aquella particular mezcla de español e italiano bautizada en Argentina con el nombre de cocoliche” (6).

Nacha Regules, un baile en un inquilinato: “de la guitarra y el bandoneón surgían las frases compadronas de un tango. Era una música sensual, canallesca, arrabalera, mezcla de insolencia y bajeza, de tiesura y voluptuosidad, de tristeza secular y alegría burda de prostíbulo, música que hablaba en lengua de germanía y de prisiones, y que hacía pensar en escenas de mala vida, en ambientes de bajo fondo poblados por siluetas de crimen. (...) Linda sonreía mirando a algunas parejas –a Saturnina que era abrazada por un conde lleno de plumas, y a la encargada del inquilinato, una genovesa redonda como una bola, que se zangoloteaba en los brazos de un Moreira feroz-“ (7).

Las ingratas –novela de Guadalupe Henestrosa que mereció el Premio Clarín de Novela 2002-, el carnaval marca el inicio de la relación entre la dueña de la pensión y uno de sus huéspedes, que luego se convertiría en su marido: “Así estaban las cosas, cuando una noche de carnaval, mientras todo el mundo había ido hasta el corso de la avenida para ver pasar las carrozas, Roca prefirió quedarse en el patio fumando un cigarro y silbando bajito. Petra iba de acá para allá con un balde, regando las macetas. (...) Afuera sonaban los gritos de las comparsas, los falsos alaridos de las mascaritas, las bombas de estruendo a lo lejos; adentro, en ese mundo de macetas, baldosas y sillas de mimbre, el silencio era más fuerte. En la atmósfera verde, Petra era otra, más blanda, tierna, casi indefensa: Melchor Roca la miraba embobado, sumergido con ella en el ambiente acuático y levemente corrupto de la noche de carnaval” (8).

Hacer la América, Pedro Orgambide evoca un carnaval de la década del 20: “Sonaban las gaitas de los gallegos. Los vascos (pantalón y camisa blanca, pañuelo al cuello, boinas, alpargatas) bailaban golpeando sus palos, combatiendo en una esgrima de pies que se lanzaban al aire y volvían en un paso de danza. Los cosacos desenvainaban sus sables, degollaban a Israel Mitzer en la puerta de la sinagoga y gritaban, sudados y coléricos, fidelidad al zar y a la zarina. Bailaban los capoeiras del Brasil y los gitanos y los muchachos de Barracas. Bailaban los hombres disfrazados de osos, de monos, de tigres, de gigantescos perros y caballos. Bailaban los hombres disfrazados de mujeres y las mujeres disfrazadas de hombre; bailaba el disfraz hermafrodita: mitad hombre, mitad mujer, mitad novio, mitad novia; danzaba el lanzador de dardos, el salvaje que besaba al explorador en la boca; bailaban los enanitos, los viejos, los enclenques. En el palco, las orquestitas de Retiro, de las viejas romerías, tocaban los tanguitos de otro tiempo, puro flautín, pura guitarra, pero ahora subía una orquesta típica nacional que dirigía el maestro Arrieta” (9).

Barrio Gris, novela del inmigrante asturiano Joaquín Gómez Bas, manifiesta: “En lo que a mí respecta, el carnaval existe para recuadrar en rojo tres días del almanaque. Ahora. Antes existía también para que el pobre Cigüeña se disfrazara de oso carolina. Ni de niño compartí el disloque general. Jamás me exhibí pintarrajeado. Me mantuve siempre ajeno al entusiasta afán de convertirse en bufo gratuito para regodeo del prójimo. Repudio el vocingleo desatado, inútil y bárbaro. Me enferma. La primera vez que pretendí formar parte de la baraúnda en un bailongo de la fecha, originé descomunal batahola cuando un cocoliche de facón y talero casi me deja sordo con su carraca. Por milagro no me ojalaron el pellejo. Lo salvé entero, junto con el propósito de esquivarle el bulto en lo futuro a la jauría de carnestolendas. Definitivamente” (10).

Victor Hugo Ghitta evoca el carnaval de la colectividad gallega. Recuerda “las largas mesas familiares del Centro Lucense, en una Buenos Aires cuyos esplendores y apego por las fiestas populares irían menguando con los años, en bulliciosas noches de carnaval en las que nos peleábamos por una falda con fervor e inocencia mientras nuestros padres batían palmas y meneaban caderas al ritmo del pasodoble o la muñeira, después de haberse atragantado con las sardinas españolas y las morcillas vascas y las batatas asadas al carbón y los jamones tan perfumados como las señoras que atiborraban la pista, atraídas por una estridencia de trompetas y por las toreras de luces y las fabulosas charreteras y los zapatos y los pantalones blancos de los Gavilanes de España, que era el conjunto musical que animaba las tertulias y las verbenas” (12).

Manuel Enrique Pereda evoca los carnavales en Villa Pueyrredón: “Había una vez... allá por los años 1922, una familia formada por Don Clemente Enrique Pereda, argentino, nacido en el Bajo Belgrano, y Doña Estrella Mon, española, de Galicia, con su hijo Manuel Enrique (...), que se radicaron en una pieza alquilada en la calle Argerich 4685 a un matrimonio de italianos de apellido Pettorosi que tenían tres hijos llamados Pascua, Armando y Pepa, siendo estas chicas mis primeras compañeras de juegos (...) Tengo presente a la tana Doña Emilia, de carácter fuerte y cerrado dialecto, cuando al poco tiempo de convivir en su casa, siendo carnaval, mi viejo le tiró un baldazo de agua. ¿Qué ‘rosca’ se armó! Se lo quería comer crudo” (15).

Se disfrazaba Alberto Tarrío, hijo de inmigrantes gallegos. Cuenta su hijo Fabián: “Mi viejo sabía vivir y hacer de cada momento con los demás, un tiempo grato. Lo que me viene a la cabeza es el espíritu que tenía de buena vida. Divertido, atrevido; era de disfrazarse para los carnavales o para fin de año, y viajar disfrazado en un colectivo a los corsos de la Boca. A nosotros nos daba un poco de vergüenza, pero hoy reconozco que lo hacía porque tenía un espíritu muy lindo” (16).

Luna de Avellaneda, película dirigida por Juan José Campanella, se abre con la evocación del carnaval de 1959 en el club -fundado por tres gallegos- que da nombre al film. A criterio de Pablo Scholz, “Los protagonistas de Campanella suelen recorrer un viaje interno. Nunca sienten que pisan en terreno firme. Román (Ricardo Darín, demostrando por enésima vez que solito es capaz de llevar adelante cualquier proyecto, si está bien escrito) se casó con la más linda del barrio (Verónica, Silvia Kutica), fue activista en la Facultad, pero se quedó. Es vocal en el Luna de Avellaneda, el club de barrio donde nació en el carnaval de 1959 —el año en que nació Campanella, otro acierto del guión, y habrá más: incluir a Alberto Castillo, ginecólogo, como quien lo haya traído al mundo—. Por ese motivo y otros más, que el espectador descubrirá si no se le nubla la vista, el club significa mucho para Román” (17). “La nostalgia -escribe Adolfo C. Martínez-, el presente enrarecido por una sociedad siempre dispuesta a agotar las posibilidades del hombre argentino y la fuerza del amor como necesidad vital de recomponer la vida y las angustias son los permanentes temas que Juan José Campanella y sus coguionista Fernando Castets y Juan Pablo Domenech presentan en la pantalla con esa pátina de calidez y de hondura dramática, en la que no están ausentes el humor y los fracasos” (18).

Frontera Sur: “En los primeros años del siglo, Buenos Aires vivía sin sobresaltos. Era noticia comentada el enfrentamiento, en 1903, en los carnavales de Avellaneda, de la comparsa de ‘Los Leales’ con la de ‘Los Pampeanos’, en la que formaban José Razzano, quien con el tiempo haría dúo con Gardel, y el que muy pronto sería intendente municipal de su ciudad, don Alberto Barceló, en compañía de sus sobrinos y de su futuro secretario, Nicanor Salas Chaves” (19).

La clase alta aborrecía esa clase de festejo. Relata María Rosa Oliver, en sus memorias: “En Europa el carnaval nos había pasado inadvertido, quizá porque cae aún en invierno, pero aquí, como broche del verano, era una fiesta. Una fiesta larga e importante que tercamente mis padres y parientes trataban de pasar por alto como, al leer los diarios, salteaban las páginas en que, con semanas de anticipación, se informaba sobre los preparativos para que llegaran a su máximo esplendor las carnestolendas o el reinado del dios Momo, nombres sugestivos que en casa nadie pronunciaba pero que en las revistas iban enmarcados entre guardas que evocaban las futuras serpentinas”. A la pequeña María Rosa le gustaban las máscaras: “Me gustaban las que iban a los bailes infantiles de disfraz organizados en el Hotel Bristol de Mar del Plata. Pero la única vez que a duras penas, y después de insistentes súplicas, nos permitieron ir a la fiesta nos la aguaron bastante porque ‘...eso de ponerse disfraz ¡qué esperanza...! Lo único que faltaría... Eso, jamás...” (20).

También aborrecían los festejos algunos inmigrantes. En “La levita gris”, de Samuel Glusberg, el narrador lleva a sus hermanos al corso de Palermo, que le causa una mala impresión: “Aquello no tenía de infantil más que el nombre; casi todas las máscaras habían dejado de ser niños hacía tiempo; gente grosera que atropellaba a los chicos y profería sandeces que todos celebraban, sólo porque venían de quienes llevaban antifaz. Pero qué otra cosa es el Carnaval? Me volví a casa furioso, con gran descontento de los pequeños, a quienes, para que no lloraran, tuve que hacer promesa de llevarlos por la noche al corso de casa” (21).

Mauricio Kartun, en “El siglo disfrazado”, analiza la relación del Carnaval con la inmigración: “Fue con el vendaval inmigratorio de principio de siglo que la farra desbordó todo orden institucional, la mascarita se independizó, y el disfraz pasó a ser un atributo de fenomenal creatividad individual, un orgullo familiar en el que las mujeres de la casa lucían su solvencia con el molde y la aguja”. Una vez disfrazado el niño, debía fotografiárselo, para enviar esa imagen al país de origen: “Colas de una cuadra en Foto Bixio, o en Pascale, bajo el sol calcinante de febrero, ese que aseguraba con el resplandor de la primera tarde los mejores contrastes en la vidriada galería de pose del estudio. ¿Cómo testimoniar sino allá en el terruño el prodigio de costura, las costumbres, el crecimiento y la belleza de los chicos, engalanados y maquillados?” El afianzamiento de la inmigración hizo que cambiaran los disfraces elegidos por las madres para sus hijos: “Viejas fotos. Sólo eso queda de aquella magnífica pasión por el disfraz. De

Cara mamma: le invio una fotografia del mio Cesarino. Veda come cresce bello e grasso. Chi manca tanto. Sua cara figlia, Renza’. En la foto, un pequeño soldadito garibaldino. Un sombrero emplumado, y una descolorida mirada melancólica” (22).

Se enviaban, para ocasiones especiales, postales con retratos familiares, editadas por los estudios de fotografía. “Hoy, los coleccionistas aún las encuentran circulando en mercados de Italia y España con sellos argentinos: habrían sido enviadas por familiares que emigraron al país” (23).

“Los improvisados –comenta Andrés Carretero- preferían cubrirse con una sábana, lucir algún antifaz o pintarse la cara con corcho quemado. El disfraz más frecuente en todos los corsos fue el de Oso Carolina. También eran comunes los disfraces de Martín Fierro o Juan Moreira, los más valientes aparecían incluso montados a caballo, ganándose el aplauso del público”. Pero no todos los disfraces estaban permitidos: “Las disposiciones municipales prohibían el uso de disfraces de monja o sacerdote y aquellos trajes que parodiaran uniformes militares en vigencia o que representaran costumbres obscenas” (24).

El disfraz de Oso Carolina que menciona Carretero tiene una historia de pobreza. Escribe Podeti: ‘Según tengo entendido, el oso carolina era un disfraz de oso hecho con bolsas de arpillera, en algunos casos bolsas que habian sido usadas para arroz y por lo tanto conservaban el sello de 'carolina 0000' o el que correspondiera. Como ya no hay arpillera, ahora podría manguear unas bolsas de polipropileno blanco y disfrazarme de 'Oso Núcleo de alimento para aves'.’ (Fuente: El lector Javier Unamuno, que no cita fuente alguna ni nada. Probabilidades de exactitud: 85 %, porque es casi una efeméride - o como sea el singular de ‘efemérides’ - y a pesar de que parece inventado y de que empezó su alocución con ‘Según tengo entendido’, frase hecha turbia como pocas)” (25).

Enrique Pinti enumera en una nota periodística algunos de los disfraces que se podían elegir: “Piratas, gauchos, damas antiguas, marqueses versallescos, zorros (negros y blancos), diablitos, hadas, aldeanas, lagarteranas, baturros, tiroleses y andaluces, gitanas y pajes medievales aparecían en esas páginas como un convite a la consagración y apoteosis del hermoso período anual. (...) Vacaciones no tenía, pero disfraces sí, ¡y qué disfraces! Payaso, pollito, holandés, bailarín ruso, gaucho, mexicano, sargento americano y teniente argentino. Las fotos atestiguan mi felicidad y las poses son las de un gordito decidido a ser estrella” (26).

Máximo Yagupsky evoca un carnaval bonaerense: “siendo muchacho –estaba en segundo año del secundario nacional- iba a acompañar a un tío mío que organizó un remate en la provincia de Buenos Aires, en Maza, cerca de La Pampa. Era Carnaval. Y en Maza vivían a la sazón muchos italianos. En esa oportunidad nos han hecho gozar de las canciones líricas italianas como nadie. Aquella noche de carnaval la pasaron viviendo en Italia” (27).

Crónica de la noche (1), del irlandés Colm Tóibín, una inglesa llegada a la Argentina “a principios de la década de 1920” y su hijo, nacido aquí de padre criollo, no prestan atención a los festejos del Mundial de Fútbol. Relata el hijo: “Sé que en 1978 en la Argentina hubo un mundial de fútbol, pero no puedo decir que haya visto alguno de los partidos, ni que sabía cuándo o dónde jugaban, ni quien ganaba. Recuerdo haber visto muchedumbres en las calles, hombres que festejaban y agitaban banderas, y recuerdo haber tomado las calles laterales para evitarlos. No nos enterábamos de nada público; vivíamos en un pequeño espacio”.

Con más voluntad que medios, los inmigrantes festejaron en el barco y en la nueva tierra sus acontecimientos privados y sociales; se incorporaron a la comunidad sin olvidar por ello sus raíces y sus tradiciones. Junto a sus descendientes honran, hoy día, la tierra de sus mayores y la herencia cultural que los vincula a ella, al tiempo que testimonian su gratitud a la Argentina.

No todo era trabajo para los inmigrantes y sus hijos. También tenían sus entretenimientos, a los que se dedicaban en compañía de coterráneos y argentinos, o en la soledad propicia a la lectura y a la música.

Como afirmo en otro capítulo (1), a los inmigrantes les gustaba reunirse. En sus ratos libres se encontraban para comer, conversar, bailar y recordar la tierra que dejaron. Las fiestas de San Patricio, Santiago Apóstol y la Virgen de Fátima, entre otras, y el carnaval eran excelentes oportunidades para entretenerse junto a los paisanos.

Para Jorge Fernández Díaz, el Centro Asturiano de Buenos Aires es esa Asturias de ficción donde los desterrados simulan vivir en aquel tiempo y en aquella patria. Su padre encontraba allí la felicidad perdida: Lidiaba con mi país de lunes a viernes, pero reverdecía con el suyo los sábados y domingos: mi padre se hizo ciudadano ilustre de una patria fantasmal construida por la colonia argentina de asturianos (2).

En el recuerdo de Gladys Onega, las romerías de Acebal tienen el sonido de España, pero las figuras y el escenario que conservo están creados en Hollywood, tal como yo los veía en las matinés de los domingos: los zapateos y castañeteos de Agapo iniciando todas las noches la fiesta con El Gato Montés, El Relicario o cualquier otro pasodoble que bailará también a la madrugada, para dar por terminada la fiesta cuando yo esté dormida en brazos de mi tía Martina; el chanssonier de la orquesta de Buenos Aires, por el que se volvían locas las chicas del pueblo, con traje y zapatos blancos y cantando con una bocina: (...) En ese recuerdo hollywoodense no hay pataduras, sólo se ven las piernas que se entrecruzan, hienden los vestidos y se meten en el cuerpo del otro, rozándose las medias de seda con los brines y palmbeaches y sin pisarse, sin arrugarse, sin que ningún paso en falso rompa la armonía. Todos son artistas de cine, perfectos en esa magia que me hace morir de envidia, pero que me da la certeza de que algún día sería mi turno (3).

‘Para mi siempre fue importante mantener un contacto con la colectividad portuguesa ya que es una forma de traer mi pueblo a la Argentina y de mantener y usar mi idioma. Me gusta juntarme a escuchar fados (folclore portugués) y las famosas melodías de las guitarras de doce cuerdas’ .

Para suerte de Zulmira muy cerca de su casa se encuentra la casa de Portugal ‘Virgen de Fátima’ que organiza reuniones periódicamente donde la gastronomía y música portuguesas siempre dicen presente. La fecha más importante que festeja la colectividad es el 10 de Junio: Día de Portugal y la lengua portuguesa. Se realizan grandes festejos donde conviven los inmigrantes más antiguos con niños que recién comienzan a entender un poco de sus antepasados.

Toda estás diferentes formas de reunirse con la colectividad la han llevado a conocer muchos portugueses o descendientes de portugueses con los que usualmente se reúne los domingos a comer algún que otro bacalao con papas o porque no un regio asadito hecho por ella misma.

’No sé qué haría sino conociera aquí a alguien de mi tierra con quien pueda hablar mi lengua y contar historias de un hogar que hoy se encuentra lejano en distancia pero muy cerca en recuerdos. Por eso me gusta invitar paisanos a comer a casa así de esta forma mantengo viva mi condición de portuguesa. Además siempre fui muy predispuesta a charlar con la gente y tengo amigos en todos los lugares que visito. Siempre alguno pasa por mi casa y se queda algunos días y yo no pierdo la oportunidad para cocinarles algo rico y bien portugués’ (4).

Entre los galeses, sin motivo especial, una pausa a la tarde reunía a la familia de los colonos: la hora del té. Esta antigua costumbre se ha convertido ahora en un rasgo de la hospitalidad que Gaiman brinda a sus visitantes. En distintos ángulos del pueblo, Casas de té brindan un servicio familiar (5).

Otro punto de reunión eran los cafés. El ‘Tortoni’ –señala Carlos Szwarcer- lleva el nombre del famoso café parisino homónimo y fue inaugurado en 1858 por el francés Jean Touan. Hacia 1879 se lo vendió a su familiar y compatriota, Monsieur Celestino Curutchet Este singular hombre, favorecedor de eventos culturales, era quien lo regenteaba hacia 1920, cuando ingresó a trabajar el turco Alboger, aunque en virtud de la avanzada edad del empresario (noventa y dos años), la dirección del local fue recayendo en sus hijos mayores: Mauricio y Pedro Alejo. En 1925 falleció Celestino y un año después se produjo la inesperada muerte de Mauricio, detrás del mostrador, hechos que influyeron para que la familia tomara la decisión de vender el café a la firma Rey Hnos. y Pego (6).

El Café Izmir –afirma Szwarcer-, conocido por la intelectualidad argentina a partir de la novela Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal en 1948, era ya famoso en los años ‘30 como centro inevitable de reunión de las oleadas inmigratorias y verdadera institución en el barrio. El local del lzmir fue construido a fines de 1932 sobre la base de tres habitaciones de un inquilinato de la calle Gurruchaga 432-436; su primer dueño habría sido Jaim Danón, quien le daría ese nombre en recuerdo de lzmir, su ciudad natal. En 1940, Rafael Alboger se hace cargo del fondo de comercio y comienza su larga trayectoria de veinticinco años detrás de su mostrador.

Administrar un sitio plagado de diversidades étnicas, requería un anfitrión que fuera capaz de mantener un sutil equilibrio entre una ligera bonhomía, que atrajera a los parroquianos, y una fuerte personalidad que hiciera respetar su autoridad. Rafael Alboger había nacido el 30 de octubre de 1902 en Esmirna, Turquía. Hijo mayor de Haim Alboher y Reina Mizrahi, matrimonio judío sefaradí que trajo al mundo seis vástagos: Rafael (llamado Bojor o Alejandro), Alegre, Luna, Yaco, Isaac y un varón muerto de escarlatina a los 14 meses. Fue lustrabotas en el histórico Café Tortoni, en Avenida de Mayo al 800 y luego mozo y maître del mismo durante la década del 20 y los primeros años del '30. Destino, providencia o casualidad, también para Leopoldo Marechal el Tortoni y el Izmir serían parte de su historia personal.

Quien regenteaba el lzmir fracasó económicamente, al punto que se fundió y al no pagar los alquileres complicó a Rafael -a quien había pedido el aval para el fondo de comercio-. Es así que Alboger se hizo cargo del café y su misión fue ‘levantar aquel negocio’ pagar lo que se debía y sobre todo, ‘si Dios lo ayudaba’, mantener a flote a su familia. La dueña del predio en el que estaba el café, Estrada viuda de Alvarez, confió en quien finalmente a fuerza de sacrificio y con la experiencia en el rubro gastronómico adquirida en el Tortoni, cumplió con los compromisos y salvó la casa que dejara en garantía.

Este es el origen de la relación entre el Café lzmir y la vida de los Alboger durante casi tres décadas. Allí, en Gurruchaga 432, Villa Crespo, se hizo cargo del legendario y exótico lzmir, en noviembre de 1940.

En el barrio convivían representantes de las tres religiones monoteístas, por lo que algunas disquisiciones teológicas eran frecuentes en el lzmir, como las del judío Abraham, el musulmán Abdalla y el cristiano Jabil que defendían sus diferencias sobre el Mesías: ‘Los tres hombres ocupaban una mesa del Café lzmir, y la discusión mantenida en lenguaje sirio se mezclaba con otras voces de timbre igual en aquel recinto sobresaturado de anises y tabacos fuertes. Junto a la vidriera, un músico abstraído hería, como en sueños, el cordaje de una cítara negra con incrustaciones de nácar’ .

En Gurruchaga al 400, a juzgar por los comentarios de vecinos de aquella época, ‘la gente se cruzaba de vereda de aquí a allᒠcomo si fuera ‘peatonal, una feria, un mercado persa’, relata José L. Los vendedores ambulantes ofrecían sus telas, ropa usada, plumeros y los más diversos artículos que uno pueda imaginarse, aunque lo más codiciado eran los manjares típicos, delicias paradisíacas para los sefaradíes.

En este torbellino urbano cada oficio callejero agregaba su cuota de variedad y así se cruzaban el zapatero remendón, con su caja de herramientas apoyada en la espalda, con el fabricante de yogur casero que hacía firuletes con su bandejón, apurando el reparto a su selecta clientela de los inquilinatos; al mismo tiempo los carros de verduleros, meloneros o cesteros pregonaban su mercancía arrimándose al cordón.

Allí, ‘enclavado en Gurruchaga’, en el centro de aquella febril actividad, se erguía altivo el lzmir, en cuya vereda hacían su parada no pocos de aquellos vendedores. Los testimonios muestran que la generalidad de los sefaradíes sentían orgullo por ese café tan pintoresco y sitio de recreación de gente mayoritariamente humilde. De los pocos que tenían ‘un buen pasar’ cuatro o cinco solían pedir ‘una vuelta’ de café o rakí (anís) para veinte o treinta parroquianos, visto esto como gesto de gentileza, camaradería o jadra (alarde, exhibición).

En verdad muchos se demoraban allí por las charlas, el rakí, la música oriental, los naipes, el table (backgamon), etc., pero, a pesar de ello, la inmensa mayoría lo recuerda como un lugar ameno y respetado, tal como lo podemos recrear a partir del siguiente collage testimonial surgido de antiguos vecinos y habitúes: ‘el café lzmir en su momento era tradición...era importante...era una reliquia de Buenos Aires, de Villa Crespo. Ahí se sentaba gente grande de nuestra colectividad, iban camino al templo... a tomar un café. también la colectividad armenia, la griega, la musulmana...no había odios...en paz...en aquel tiempo eran todos respetados, amables...era un lugar donde gente de Montevideo venia y el lugar para ver a los 'yidios' era el lzmir, como punto de reunión...como punto de referencia’..

De las tantas actividades que ofrecía el café, el esparcimiento obviamente era el Ieit motiv Sin embargo no podemos dejar de reconocerle, especialmente en las décadas del ‘30 y el ‘40, una de tipo social y hasta educativa: ‘se juntaban en una mesa a la mañana y empezaban a hablar, a leer el diario... Habla uno que leía el diario al revés, no me acuerdo el nombre; lo leía todo, todo, se ponía a leer así.. (con la hoja al revés), se ponía en el lzmir, en la ventanita... Se reunía la gente, como muchos no sabían leer’, él agarraba y leía al revés, pero leía como si fuera al derecho, no se equivocaba nunca. Lo ví yo’ afirma Jacobo .C. (7).

7. Szwarcer, Carlos: El Tortoni y el Izmir (Un nexo para la historia), en Cuadernos del Tortoni Nº9 Bs. As. Abril de 2003 Pág. 1 a 9. Reproducido en Letras-Uruguay (

Javier Villafañe evoca los teatros de tìteres a los que asistìan los italianos de La Boca: Teníamos entre diecisiete y diecinueve años y descubrimos los títeres de La Boca, con Wernicke, José P. Correch y José Luis Lanuza. Era un teatro estable con muñecos de origen italiano –‘los pupi’- que hablaban y decían los textos en genovés... A ese ámbito llegué por primera vez a los diecisiete años. ¡Qué impresión, quedé maravillado! Estos marionetistas representaban episodios de obras que duraban hasta un año. En estos espectáculos de los títeres de San Carlino, las marionetas pesaban entre 20 y 30 kilos y eran manipuladas por una barra. Este descubrimiento de los títeres de La Boca, tal vez, selló mi camino. Desde ese momento visité reiteradamente a don Bastián de Terranova y a su mujer doña Carolina Ligotti –eran una pareja muy hermosa-, descendientes de antiguas familias marionetistas –titiriteros sus abuelos y sus padres-, quienes tenían en Sicilia uno de los más famosos teatros de marionetas. Representaban obras clásicas: Ariosto, de Torcuato Tasso, episodios de las aventuras de Orlando y Rinaldo, que duraban en episodios un año entero, y casi siempre, era su público –el mismo público- viejos italianos, nostálgicos marineros, obreros del puerto de La Boca y algunos curiosos como yo y como Raúl González Tuñón, que me había dedicado su libro El violín del diablo, en plena calle y con quien desde ese entonces, además de frecuentar el teatro de San Carlino, nos hicimos muy amigos.

Recuerda la relación que lo unió a los titiriteros: Estos viejos titiriteros de La Boca se convirtieron en grandes amigos míos. Los frecuentaba, y fui testigo de cómo, al igual que sus abuelos y padres, envejecieron y murieron al lado de sus marionetas. Conservo aún fresco en mi memoria el recuerdo imborrable de estos dos pioneros inmigrantes que despertaron en mí la pasión más perdurable por el teatro de muñecos. Desde ese instante y hasta hoy, con 80 años, sigo firme y fiel a ese mandato de la historia en constituirme en un humilde difusor de este arte milenario que es el títere.

También por esos años –relata Pablo Medina- descubrió (Villafañe) el teatro de Vito Cantone, de Catania, Italia, que se instaló en La Boca, en la calle Necochea 1339, sobre el ‘camino viejo’. Ahí estaba el Teatro Sicilia: teatro de títeres, seres de ficción construidos en madera, vestidos y ornamentados con terciopelo, seda y otras telas de múltiples colores. Cantone provenía de una dinastía aggiornada y muy antigua de la historia de los títeres sicilianos. Llegó a la Argentina con la gran inmigración de 1895 (1).

En Buenos Aires, Ibamos mucho al cinematógrafo, que era la moda más impactante –recuerda uno de los personajes de Mempo Giardinelli, en Santo Oficio de la Memoria, novela distinguida con el Premio Rómulo Gallegos en 1993. Veíamos las cintas de Clár Gáble, que a mí me volvía loca. Yo soñaba con Clár. Blanquita, pobre, se enamoró de Rodolfo Valentino la única vez que fue al cine, pobre. Me acuerdo y me pongo toda. Y el amor de Micaela era Yón Bárrimor. También veíamos las películas argentinas con Alippi, Arata, Rosita Quintana, las de Gardel las vimos todas... (1).

Una abuela gallega va al cine con su nieto. Escribe Saccomanno: En el Cine California daban El Conquistador de Mongolia, con John Wayne, una de las primeras películas en cinemascope. Al empezar la proyección, espantada, la abuela se tapó los ojos. Las hordas de mongoles galopaban sobre comarcas incendiadas. Vamos, rapaz, te urgió la abuela. Las cimitarras se alzaban en la pantalla. La abuela se agachaba en la butaca, aterrorizada, protegiéndose. Al terminar la función, todavía temblando, la abuela te dijo que no había venido al cine para sufrir. Porque la película le había resucitado aquel horror de la guerra (2).

Alfredo Alcón fue al cine con su abuela castellana: una vez mi abuela me llevó al cine y descubrí que esos seres que estaban allí no eran sólo luces y sombras, porque Bette Davis en la película estaba resfriada y se sonaba la nariz. Ahí descubrí que eran personas. Y empezó a inisnuarse la idea de que por ahí podía andar mi vocación, gracias al estornudo de Bette Davis (3).

Aun cuando quisieran integrarse, el idioma era un serio problema para colectividades como la irlandesa. Juan José Delaney presenta –en su novela Moira Sullivan- dos paliativos para la incomunicación de los extranjeros: el cine mudo y el tango, por los que sienten gran afición (4).

En Acebal se asistía asimismo a esta clase de funciones. Escribe en su autobiografía Gladys Onega: Por aquellos años en que la gran diversión era el cine, lo que se veía en la pantalla era lo real sin ninguna discusión; sin embargo, tal vez por la desmesura con que se desplegaba ante los ojos, yo llegaba a comprender que el lujo de las películas de teléfono blanco sólo era un mecanismo que me permitía entrar y vivir en la fantasía. Pero, qué pasaba cuando veía cintas con familias, siempre norteamericanas, de padres e hijos que trabajaban e iban a la escuela como nosotros; entonces empezaba a dudar y a preguntarme si eso también no sería fantasía, porque no podía creer que esa gente con hábitos semejantes a los nuestros, viviera en casas de cine; y en cambio, si eso era real, por qué nosotros no teníamos algún sofá, alguna mesita con lámpara, alguna colcha bonita, alguna fotografía o cuadro en las paredes. Nada. Según mi madre, no había necesidad, según papá, no estábamos en condiciones de comprarlos. Lo cierto es que nunca hubo nada hermoso en la casa sino la casa misma (5).

Los húngaros judíos establecidos en Rosario hacían del espectáculo cinematográfico una oportunidad para degustar cuanto llevaban. Luis Fehér, inmigrante de ese origen, asiste incómodo al refrigerio de su familia política: Era muy común que los Temesvari se juntasen los domingos para ir al cine, y que a Luis se lo incluyera en el programa como uno más de ellos. Protegidos por la oscuridad de la sala, la madre de Betty sacaba a relucir sandwiches del más oloroso bursh judío, cargados de pimientos y tomates, los que acompañaba con una limonada casera llevada en sendos termos, y que repartía equitativamente entre todos. Luis, con costumbres más refinadas y menos expansivas, se sentía un poco avergonzado y trataba de evitar estos eventos (6).

En el Chaco, el cine era un entretenimiento para los descendientes de italianos. Escribe Giardinelli: Papi y mami hacían además una vida social muy intensa, esteee, muy linda. Salían casi todas las noches, especialmente en verano. El más amigo de papi era Américo Ferrachia, el oculista. Siempre iban al cine juntos. Al Terraza Chaco iban, esteee, que se llamaba así porque era un cine al aire libre que ocupaba media manzana en pleno centro. Iban con Margarita y con mami y llevaban espirales contra los mosquitos que se ponían entre las piernas, esteee, y también abanicos para apantallarse y a veces hasta sangüichitos. Y Américo que era bastante extravagante solía incluso llevar su termo con agua caliente y el mate preparado. De manera que ir al cine para ellos era como hacer un picnic nocturno.

El cine es un recuerdo asociado al entierro del padre de uno de los personajes de Santo Oficio de la Memoria. El hombre evoca, muchos años más tarde: Yo no podía dejar de pensar que justo esa tarde en la matinée del Marconi pasaban los nuevos capítulos de ‘El Llanero Solitario’ –o era ‘El Zorro’, o era ‘Flash Gordon’?- y que los iba a perder, y tendría que esperar una semana para ver dos capítulos juntos, y por eso sentía una culpa que no me dejaba en paz, y el calor ahí adentro, y mi hermano cómo jodía (7).

Los hijos de los turcos Víctor y Luna iban al cine en Posadas. Recuerda la inmigrante: Los domingos los llevaba al cine. Los venía a buscar el coche a caballo, los metía a todos adentro y todos al cine (8).

En La Pampa, Juancito Vairoleto iba a menudo al pueblo, donde había funciones de circo o de teatro, proyectaban películas mudas o venían a actuar diversos conjuntos musicales. Entre las anécdotas de ese tiempo, nunca olvidaría la vez que llegó Carlos Gardel en gira artística, interpretando aquellos primeros tangos que lo fascinaron, a él y a otros amigos con quienes después aprendió a bailar sus compases con cortes y quebradas. El artista se presentó en el teatro-cine Colón, y aunque todavía no era tan famoso, el recuerdo de su visita se iría agigantando con los años (9).

En una novela de Mauricio Goldberg aparece la televisión como entretenimiento de inmigrantes y criollos. ¿Y no hay algún chico que tenga televisión y no sea ‘goi’? pregunta un judío a su hijo. El único es Bronfman –contesta el niño- y no invita a nadie, los viejos son unos amargados (1).

Una abuela escuchaba la radio con su nieto. En El buen dolor, leemos: Aunque la abuela era madrugadora y de acostarse temprano, sufría de insomnio. Por la noche ella y vos, acostados en su pieza, en la oscuridad, escuchaban Radio Porteña, que transmitía desde los teatros. La obra predilecta de la abuela era La Malquerida, interpretada por Lola Membrives. Ay, esa madre, se desgarraba la Membrives en la oscuridad de la pieza. Ay, repetía la abuela. Apenas terminaba la obra, la abuela apagaba la radio. Y como no podía dormir, te contaba un cuento (1).

Uno de los personajes de Giardinelli relata: a la noche cuando éramos más chicas, cuando todavía estaba mi mamá, nosotras nos quedábamos en la casa tejiendo y escuchando ‘Chispazos de tradición’ que era un programa gauchesco. Y vieras cuando empezaba como todas hacíamos silencio. También pasaban programas de teatro, directamente desde el Cervantes, el París y otras salas que ya no están. Entonces escuchar la radio era algo muy serio, muy importante (3).

El vestíbulo de la casa de los Onega, en Santa Fe, era el sitio de la radio, de donde salían los despropósitos lingüísticos de Catita, la música de moda, los boletines que informaban a los hermanos Onega la cotización de la papa y lo cereales y, tal vez, los radioteatros que todavía no nos interesaban; debíamos esperar a vivir en Rosario para que intercambiáramos lavados de platos por horas de novelas (4).

En Mendoza, los Bianchi escuchaban la radio: entusiasmados escuchábamos la música que emitía la bocina del parlante, en condiciones sumamente precarias, pero que era la locura de todos los radioescuchas allí reunidos. El sonido chillón en las noches de verano, cuando tenía la ventana abierta, se desparramaba hacia la calle, donde no faltaban los vecinos curiosos que se arrimaban para deleitarse con la música que provenía de tan lejanos lugares. Esto producía entre la concurrencia un estado de superioridad, al saberse entre los primeros radioescuchas de San Rafael que tenían tal privilegio (5).

En la Patagonia, los Ayala –descendientes de criollos, italianos y alemanes- también la escuchaban. Recuerda Nora: Por fin llegó papá de vuelta a Sacanana, lleno de regalos y novedades: para mí un triciclo y para Chichín una muñeca negra, y para todos la última novedad de la ciencia que era una radio en forma de capilla, que no se oía muy bien pero transmitía música con mucha descarga y estática y programas chilenos. Allí escuchamos la noticia de la muerte de Gardel, que entristeció mucho a los mayores. Ñanquetrú no se podía convencer de que no hubiese alguien, tal vez enanitos, adentro de la radio, y aunque papá quiso explicarle lo de las ondas hertzianas, nadie lo pudo convencer de que no era gualicho (6).

Algunos viajeros traían libros. El padre de Rodolfo Alonso trajo de España un Juan Moreira, un Quijote, un Martín Fierro y un Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, toda una significativa selección (1).

Acerca de la afición por la lectura que sentían los hermanos Onega, escribe Gladys que su hermano odiaba Lenguaje e Idioma Nacional con la misma decisión con que amaba la lectura, contradicción anárquica que mi hermana y yo no padecimos, pues para nosotros los libros se gozaban, se estudiaban y se aprendían. A Bebo no lo tentaba la lectura silenciosa y apartada, le gustaba contar a los otros o que los otros le contaran e inventar mundos físicos, contantes y sonantes de trompadas, corridas, trepadas, huidas, escaladas, atadas, escapadas y arrastradas por el pastito, que de repente era la pradera (2).

A Antonio Dal Masetto, la lectura le permitió aprender nuestro idioma. A los doce años llegó, procedente de Italia, a Salto, donde Empezó el duro aprendizaje, la transculturación. Cansado de que lo cargasen por su forma de hablar, decidió esforzarse para aprender el castellano. Para eso recurrió al arte. Su padre se asoció con su tío en una carnicería. Dal Masetto empezó a seleccionar las revistas que llegaban para envolver y, entre los globitos y el dibujo de las historietas, empezó a adentrarse en el idioma.

De los comics, pasará a los libros. Así recuerda esa etapa: Mi camino fue absolutamente argentino. En casa hubo un esfuerzo inmediato por adaptarse. Cuando empecé a aprender el idioma en el pueblo, frecuentaba una biblioteca. Buscaba libros. Elegía al azar. Me los devoraba, junto con la revista Leoplán, que traía novelas cortas enteras. Me alimenté mucho de esa revista, y con ella descubrí que había una literatura inmensa (3).

Un personaje de Bedrossian también es aficionado a las revistas: A Nersés le encantaban los días de peluquería. Se sentía todo un hombre. Además aquel lugar, a su modo, era un salón de lecturas para todos los gustos, pronto se convirtió en su primer biblioteca. Allí estaban las revistas más importantes: ‘El Gráfico’, ‘Rico Tipo’, ‘La Chacra’, ‘Billiken’, ‘Intervalo’, ‘Patoruzú’, ‘El Tony’. Mientras esperaba el corte de su padre, tenía acceso al mundo maravilloso de los sueños (4).

Ya en el Martín Fierro, publicado en 1872, aparece un italiano que hace música: Allí un gringo con un órgano/ Y una mona que bailaba/ Haciéndonos ráír estaba/ cuando le tocó el arreo./ ¡Tan grande el gringo y tan feo!/ ¡Lo viera cómo lloraba! (1).

También encontramos un inmigrante en El alma del suburbio, de Evaristo Carriego: Soñoliento, con cara de taciturno,/ cruzando lentamente los arrabales,/ allá va el gringo... ¡Pobre Chopin nocturno/ de las costureritas sentimentales! (2).

Traían desde su tierra la inclinación por este arte. A pesar de la tristeza, La música y las danzas abundaban en el barco –escribe Scotti. Algunos tocaban el acordeón, otros la flauta, y por encima de la baraúnda, el violín diáfano de Padrazo (3). Hacía música el galleguito de González Carbalho: la armónica en los labios/ hice todo el viaje (4). Cuando embarcó en Génova, Valentín Bianchi portaba la vieja valija de la familia y su inseparable mandolina en la espalda (5).

Un napolitano, personaje de Barrio Gris, de Joaquín Gómez Bas, hace música: Madruga diariamente, como vendedor de periódicos que es. Al mediodía llega con una amplia correa cruzada en bandolera. Almuerza; duerme la siesta, riega después un pequeño jardín para despabilarse y practica en la guitarra hasta el atardecer. Entonces se sienta a tocar en el umbral hasta la hora de la cena. Y retorna al instrumento, una pieza tras otra, sin pausa (6).

En uno de sus poemas, María Teresa Andruetto recuerda la afición musical de su padre: El padre toca el banjo en la cocina/ de la casa (...) El padre toca rumbas,/ habaneras, canciones italianas (7).

La música no podía faltar en el festejo del casamiento. De la colectividad italiana es el que recuerda Carlos Ibarguren, en La historia que he vivido. Se ha casado Darío Nicodemi: el casamiento fue celebrado con una fiesta en la modesta casa del barrio en que vivía la novia. Concurrió allí invitado el elemento gringo de la vecindad con sus respectivas familias –algunas con hijos argentinos- y varios amigos de Darío, entre los que yo me contaba. Se bailó animadamente hasta la madrugada en el patio, al compás del acordeón, ocarina y flauta; de la cocina, donde se jugaba a la morra, partían vociferaciones en italiano, mientras el moscato y el nebiolo espumante enardecían los ánimos sin distinción de edad, sexo ni nacionalidad; y aún recuerdo cómo nos atrajo a los muchachos la bella Carlota, hermana del desposado, que resultó esa noche, reina indiscutida de aquel regocijo meridional (8).

Alcides Bianchi tocaba en su infancia la quena Tango: comenzó para mí una nueva era: la del ‘quenista’, que practiqué durante varios años, logrando aprender algunas de las agradables piezas musicales de moda en aquellos tiempos, sobre todo el tango ‘La Cumparsita’. Claro, con mi escaso conocimiento musical, no llegué a ser más que uno de los tantos improvisados aficionados del montón, que abundaban en la barriada de ‘El Porvenir’ (9).

Además de tocar por gusto, algunos hijos de inmigrantes emprendían estudios formales. María Luisa Cuccetti recuerda su iniciación musical: ya cuando estaba en el primario, una amiga mayor me empezó a enseñar piano, pero su padre, un clarinetista profesional genovés que se había instalado en La Boca, la anotó en el conservatorio: Ibamos en tranvía, y como era en el centro, me ponían sombrero... ¡Bah, capotita! Los sombreros eran para las señoritas (10).

Entre los gallegos emigrantes, la gaita era un instrumento muy difundido. El gaitero Carlos Núñez, de paso por nuestro país, dijo en un reportaje que los mejores gaiteros no permanecieron en Galicia sino que la mayoría vino a Buenos Aires, muchas veces exiliada. En la Argentina y en Cuba, entraron en contacto con otros ritmos, al punto que La música gallega se benefició de estas influencias, de estas tradiciones más abiertas (11).

Manuel Castro escribe acerca de Manuel Dopazo: La llegada de una compañía de zarzuela a Buenos aires que ofreciera Maruxa, requería la presencia de un gaitero. Manuel Dopazo era el elegido. Su actividad artística lo hizo llevar la gaita al Teatro Colón que es a lo máximo a lo que se puede aspirar. Fue la noche del 12 de octubre de 1930 estando presente en esa ocasión el Presidente de la República Argentina, don Hipólito Yrigoyen. (...) Además de ser un eximio ejecutante, Dopazo fabricaba gaitas, generalmente para vender y fue aquí en Buenos Aires donde aprendió a tornear. Manuel Dopazo vivió de la gaita y mantuvo una familia de once hijos. Fue el único que pudo hacer eso, otros gaiteros tenían otros trabajos. Soldaba las gaitas con plata, soplando y eso lo llevó a la tumba (12).

Gabriel Deus se refiere a los grandes maestros gaiteros inmigrantes, maestros que han venido a este país con una gaita entre su equipaje. De estos maestros podemos nombrar a Cesáreo Rodríguez, a Jesús Longarela quien ha sido profesor del gaitero Alberto López, y actual integrante del grupo Sete Netos. Entre estos maestros se encuentra también Camilo Deus quien aparte es uno de los pocos artesanos de palletas para gaitas que hay en el país. También lo tenemos a Jesús Mariño quien también es artesano de gaitas. En fín, entiendo que gracias al legado de estas personas que gracias a Dios, a pesar de los años transcurridos, siguen transmitiéndonos esa cultura interpretando en sus gaitas esas jotas y muñeiras que suenan con un aire muy distinto ya que en sus dedos, al ejecutar la gaita, demuestran en cada nota el sentimiento de un inmigrante (13).

José Cameán Parcero cuenta que su padre como buen gallego, era músico, tocaba la gaita y le enseñó a él a tocar la caja. Como esto resultó ser de su gusto tocó con Los Celtas de Vigo y con los Chavales de España. En estos conjuntos tocaba la tumbadora. Estos instrumentos todavía los conserva en su taller de autos antiguos (14).

A escondidas tocaba la gaita un asturiano, pues su hermano, avergonzado del origen de ambos, se lo había prohibido. El anciano cuando su hermano no estaba en casa, entraba en el dormitorio de los tíos, levantaba la trampa del sótano disimulada bajo la cama matrimonial, bajaba cinco escalones, prendía la luz, cerraba la tapa y tocaba su música en la clandestinidad durante horas (15).

Mateo Kelly, descendiente de irlandeses, recuerda que en su casa paterna, las reuniones se animaban con violín y verdulera para entonar The wedding of the green y Mother Machree. ‘Allí donde se juntan dos irlandeses aparece la música, los bailes, los cuentos –agrega Teresa Deane-. En la casa de mi abuelo había gaitas, arpas, piano’ (16).

‘Ya en los años 50 el padre Fidelius Rush y el asturiano Manolo del Campo organizaban festivales de música y baile celta, pero en el 85 se hizo el Primer Encuentro Pan Celta en el Club Fahy’, recuerda Susana Shanahan, periodista y conductora del Plum Pudding (por el budín de ciruela con whisky, plato típico irlandés), un programa de radio que gira, obviamente, alrededor de la cultura celta. ‘Este auge era un eco de lo que pasaba en el mundo, donde The Chieftains, U2, Clannad o Enya ganaban grandes audiencias’ (17).

Amaban la música quienes se establecieron en la Colonia San José, en Entre Ríos. Eran franceses, suizos, alemanes y piamonteses. No todos tenían gran preparación intelectual –dice Celia Vernaz. Si bien vinieron médicos, bachilleres y gente que tenía escuela y que pudo dedicarse a enseñar, otros solamente sabían trabajar, aunque algo que llama la atención es que la mayoría conocía música y formaban parte de la Banda (18).

Entre los alemanes del Volga, La institución del Schulmeister, trasladada también a la Argentina, fue muy importante hasta mediados de siglo. Estos maestros no sólo contribuyeron a la conservación del idioma natal sino que, con su habilidad para organizar coros parroquiales, transmitieron en forma musical relatos e historias antiguas que de otra forma se habrían perdido. Nicolás Dening, alemán del Volga entrevistado en Paraná, recuerda que en su aldea natal, Valle María –Diamante, Entre Ríos-, el Schulmeister era un músico autodidacta que sobresalía en toda la región por sus cualidades de organista (19).

La música alegra a los armenios. Dice una inmigrante: Al principio extrañaba mi pueblo... Después, al reunirnos los sábados a la noche con otros armenios (mi hermano tocaba el violín y yo, el acordeón), no extrañé tanto (20).

Disfrutaban de la mùsica inmigrantes y criollos, en Misiones: Por las noches, despuès de cenar, los martes y viernes en lo de Rathhof se hacìa mùsica. Venìa herr Engelsberg con su esposa y su violoncello y el señor Di Matteo con su violìn, Walter arrimaba su propio viloncello y rodeaban el piano de Zaida, dedicàndose a hacer mùsica durante un poco màs de una hora (21).

Al fallecer su padre, el Chango Spasiuk lo despidió con lo que el hombre amaba: la música: Cuando todos se fueron, le pregunté a mamá qué le parecía y ella me dijo que si quería tocar, que tocara. Entonces le metí nomás. Le dí duro. Te imaginás –dice a Leila Guerriero-, a las tres de la mañana, tocando el acordeón en el velorio de mi papá, es una imagen loca y se puede interpretar mal, pero por qué no iba a tocar, si mi papá amaba la música (22).

Toca el acordeón un inmigrante, en el schotis titulado El Gringo Creñuk, con letra de Teresa Parodi y música de Antonio Tarrago Ros. Transcribo un fragmento: Por la picada, descalzo, Creñuk/ viene cruzando las llamas del sol/ roja la tierra le incendia los pies/ cuando la pisa marcando el talón.// Si voltea un tronco, siente/ que voltea su dolor/ con las mismas manos tala/ árbol, pena y corazón./ Y le arranca melodías/ torpemente al acordeón/ mientras canta para todos/ con ternura esta canción (23).

Un pequeño nieto de rusos intenta aprender por las suyas a tocar el bandoneón que le había prestado un vecino: Al caer la tarde, con los deberes ya hechos, Emilio llevaba el banquito y el bandoneón al patio y se ponía a tocarlo. Mejor dicho, a descubrirlo. Recorría uno tras uno los botones que tenía de cada lado, probaba estirándolo y arrugándolo, lo golpeaba despacito con los nudillos en la madera del costado. Por ahora no le salía nada que se pareciera a un tango, pero esa jaula oscura tenía algún misterio. Por momentos, a Emilio le parecía que se movía sola. ‘Lo que pasa –pensaba- es que todavía no sé regular bien el aire que le meto o le saco’. Pero el bandoneón, como si estuviera vivo, a veces le daba un sacudón sobre sus rodillas y Emilio tenía que sujetarlo para que no se le fuera al suelo (24).

4. González Carbalho, José: Cuando mi padre habló de su infancia, en Requeni, Antonio: Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho. Separata del Boletín Galego de Literatura.

Se bailaba durante la travesía. Bailaba la clase alta; cinco hermanas gallegas recuerdan los oropeles del baile de primera clase que habían espiado colgadas de un ventanuco de la cubierta. En el barco, los brillos y perfumes de los ricos estaban confinados en un salón, bien protegidos de los vahos de la chusma que se apiñaba en la bodega (1). Lo relata Guadalupe Henestrosa en Las ingratas, obra distinguida en 2002 con el V Premio Clarín de Novela.

Bailaban los inmigrantes. Lo recuerda Johann Bodemann, quien dejó Valais en 1857, y escribe: Todo cambiaba cuando mejoraba el tiempo: se bailaba, se cantaba, se jugaba. El tiempo pasaba pronto. Con nosotros viajaban jóvenes alegres, quienes cantaban muy bien, más que todo al anochecer, cuando la luna hermosa alumbraba el mar tranquilo, y la brisa agradable soplaba del océano. Hemos visto una gran variedad de animales marinos. A veces bailábamos farándulas dando vueltas por todo el barco. Hemos pasado así muchas noches sobre el puente, hasta las doce o la una de la mañana, tan era eso hermoso (2).

En el barco se crean lazos que perduran en la nueva tierra; éstos se evidencian, por ejemplo, en la elección de los compañeros de baile. Lo afirma Sergio Pujol: Uno baila con los de su clase social, sus paisanos, los de su provincia, los de su misma edad, con los inmigrantes que llegaron con uno en el barco (3).

El Tango –sostienen Daniel Yarmolinski y Graciela Pesce- desde sus comienzos ha participado en la lucha para la estructuración del sentido que caracterizó a la sociedad argentina. Su música, su poesía, su ejecución ofrecen maneras de ser y de comportamiento y también formas de satisfacción física y emocional. Por ello, abre una brecha para que se encuentren las generaciones brindando diferentes mensajes para reconocernos (4).

A criterio de la antropóloga María Susana Azzi, La sociedad argentina siempre ha sido un melting pot o crisol de razas y todavía lo es: la Argentina es una sociedad abierta donde no existen ghettos. El tango como institución informal que acogió a decenas de miles de inmigrantes –especialmente italianos-, es un ejemplo muy regio de eso. La investigación del tango es la historia del multiculturalismo en la sociedad argentina y es el rescate de redes sociales y de símbolos de identidad cultural. El tango es una experiencia multivocal que cuenta la historia de personas muy diversas; es la aceptación de la diversidad y la inclusión de lo marginal dentro del sistema. No sólo es un vehículo que acelera la integración cultural sino que el tango es un integrador multicultural. En el estudio del tango encontramos una clave para comprender la trama esencial de la sociedad argentina moderna. El tango expresa temas culturales con los cuales el argentino se identifica; el tango moldeó la psicología de mucha gente. En una sociedad de inmigrantes con raíces aún jóvenes, cuando los padres y el estado no brindaron una educación que reflejara las edades del país, el tango fue la respuesta a esta omisión. El tango es un género popular complejo que incluye danza, música, canción, narrativa, gestual y drama. Es filosofía y pathos. En el tango confluyen innumerables elementos culturales y estéticos de origen africano, americano y europeo, que a su vez interactúan y se potencian. (...) (5).

Victor Hugo Ghitta evoca el baile en el carnaval de la colectividad gallega. Recuerda las largas mesas familiares del Centro Lucense, en una Buenos Aires cuyos esplendores y apego por las fiestas populares irían menguando con los años, en bulliciosas noches de carnaval en las que nos peleábamos por una falda con fervor e inocencia mientras nuestros padres batían palmas y meneaban caderas al ritmo del pasodoble o la muñeira, después de haberse atragantado con las sardinas españolas y las morcillas vascas y las batatas asadas al carbón y los jamones tan perfumados como las señoras que atiborraban la pista, atraídas por una estridencia de trompetas y por las toreras de luces y las fabulosas charreteras y los zapatos y los pantalones blancos de los Gavilanes de España, que era el conjunto musical que animaba las tertulias y las verbenas (6).

En Secretos de familia (7), Graciela Cabal recuerda su aprendizaje de muñeira: A mi amiga Rodríguez tampoco la dejan estudiar baile, pero ella igual sabe bailar la muñeira, porque la muñeira se la enseñó la madre. (La madre de Rodríguez es de un lugar donde todos saben bailar la muñeira desde que nacen, sin que nadie se la enseñe). Me da mucha vergüenza, pero igual voy y le digo a la mamá de Rodríguez si por favor, por favor, me enseña a mí a bailar la muñeira. La mamá de Rodríguez dice que ella con mucho gusto me enseñaría, pero hace tanto tiempo que no baila... ’Sea buena, mamita’, le dice Rodríguez a la madre, y la arrastra al patio. Y entonces la madre empieza a cantar bajito mmmmm mmmmm mmmmm y a dar unos pasos. Y después se ve que se anima porque se pone a cantar fuerte y se mueve rápido y hasta se saca las chancletas y el delantal, y sigue, sigue, sigue. Y justo llega el papá del trabajo y primero se asusta y pregunta qué es lo que está pasando en esa casa, y después se ríe y se pone a bailar enfrente de la madre. Y yo ya no aguanto y le digo a Rodríguez si quiere bailar, porque algo aprendí, de mirar. Y todos bailamos, cantamos y nos reímos, hasta la mamá de Rodríguez, que nunca se ríe. A la mamá de Rodríguez, cuando baila la muñeira ni se le notan los bigotes.

El baile ilumina los últimos momentos de una anciana inmigrante. Cuando Doña Conce, la gallega del cuento de Jorge Dietsch, ve que se acerca su fin, pide sus zapatos, e incorporándose en la cama, comenzó a bailar. Bailaba para adentro, se veía en la mirada y la sonrisa, con una gracia joven y movimientos que debían ser de tal agilidad que en la habitación entró un viento fresco de montañas, con olores de campo y de menta. Tarareaba al mismo tiempo una música tan extraña y bella que quienes escuchaban, a pesar de la gravedad de las circunstancias, no pudieron evitar acompañarla con movimientos de pies. Luego, agotada de tanta danza, apoyó la cabeza en la almohada, respiró profundo varias veces, y cerró los ojos sin dejar la sonrisa, como soñando un buen sueño (8).

Susana Casati escribe acerca de su adolescencia en Floresta, en 1943: El Sr. Pérez es bajito y de tez morena. Se sienta en el viejo banco de hierro y madera del patiecito central y por la puerta de doble hoja, abierta de par en par, mira bailar a los jóvenes mientras hace girar, parsimoniosamente, su sombrero Orión. De tanto en tanto, una de sus tres muchachas se le acerca: ‘Un ratito más, Tatita’, y un beso o una masita. Giran y giran muchachos y chicas. El Orión del Sr. Pérez gira y gira... (...) Paula y Cunco Pérez –un ratito más, Tatita- se divierten como locas con los dos vecinos nuevos de la cuadra, los rubios irlandeses Wilfi y Noldo (9).

La danza era muy importante en los esponsales judíos en el litoral. Máximo Yagupsky dice: El casamiento judío consistía de grandes celebraciones. Se improvisaba una gran tienda hecha con las lonas que se usaban para proteger las parvas de las lluvia. Se hacía un alegre festín con todo el ritual, la jupá, es decir, el palio nupcial, la música y danzas. Y naturalmente había mucha comida y había también comida para los gauchos vecinos, los cuales se reunían afuera a saborear los manjares y dulces. Y mientras los músicos ejecutaban melodía judías o rumanas, los gauchos, afuera, tocaban el bandoneón o la guitarra y bailaban también. En algunas ocasiones se cruzaban las rondas del freilej o la tijera, con el chamamé, el tango y el pericón (10).

En la danza se integran las culturas. Esto sucedió, por ejemplo, en el Liceo Franco Argentino Jean Mermoz, donde, para festejar los treinta años del instituto, los alumnos de primaria –muchos de ellos de nacionalidad francesa- bailaron el pericón (11).

5. Azzi, María Susana: Aportes de las colectividades a la cultura nacional: La contribución de la inmigración italiana al tango, en Archivo Histórico Alberto y Fernando Valverde, Municipalidad de Olavarría, Secretaría de Gobierno, Año 2000, Revista N° 4.

En el Hotel de Inmigrantes, los hombres se entretenían con diversos juegos. Escribe María Teresa Andruetto: Por la tarde, después de comer y limpiar, después de averiguar en la Oficina de Trabajo el modo de conseguir algo, los hombres se encuentran con sus mujeres. Un momento nomás, para contarles si han conseguido algo. Después se entretienen jugando a la mura, a los dados o a las bochas (1).

En Gris de ausencia, el Abuelo, ya de vuelta en Italia, habla en sus desvaríos con su adversario en el tute en la Argentina: Cucá osté, don Pascual. Spada e triunfo. Termenamo el partido e dopo no vamo a Piazza Venechia, ¿eh? Agarramo por Almirante Brown... cruzamo Paseo Colón e no vamo a cucar al tute baco lo árbole (2).

Los italianos jugaban a los naipes. Recuerda Fernando Sorrentino que Juan Carlos Rizzo, entonces niño de nueve o diez años, testimonia el uso, hacia 1940,del cocoliche (no literario sino espontáneo) por parte de los italianos (los tanos) que jugaban a los naipes en el comercio de su padre. (Los criollos) jugaban al truco, al mus y al tres siete mezclándose con los tanos. Era gracioso escucharlos cuando imitaban los dichos de los gringos tratando de traducirlos... O cuando, a la inversa, eran ellos los que, acriollándose en una imitación muy graciosa del decir de nuestros paisanos, improvisaban sus versos. Muchas veces mi padre me llamó para que los escuchara… Io sono un criocho italiano/ que parla mal la castilla./ ¡Non se caiga de la silla,/ que tengue flor nella mano…!’. En seguida seguía el divertido contrapunto, que terminaba por transformarlos en auténticos payadores: ‘Y yo soy criollo, no gringo,/ y atajate, que te bocho:/ ¿cómo se dice en tu lengua/ contraflor con treinta y ocho?’. Terminada esa partida, o la siguiente (porque el orden no viene al caso), uno de los truqueadores gringos respondía en tono de milonga pampeana: ‘Aquí me pongo a cantare/ co la guetarra a la mano/ e le canto ¡contraflore!/ Angárresela, paisano’ (3).

Chilo Parisi cuenta que en La Rioja, Los paisanos italianos que vivían en el barrio de Vargas, se reunían en cada caa todos los domingos para jugar a las cartas: Tresette, Biscambra y Patrón y Sotto (patrón y subalterno). Estos juegos eran típicos de Italia. (...) En estos encuentros se estrechaban vínculos de parentesco, amistad y camaradería, siendo los juegos muy cordiales y tomándolos como en entretenimiento, de paso contar anécdotas pasadas durante la 1° Guerra Mundial (1914-1918) en la que combatieron todos estos paisanos.

Estas narraciones, las hacían cuando se tomaban un breve descanso, en la que el dueño de casa invitaba a todos los presentes a comer unas ricas sopresattas, salchichas y un buen queso, acompañado con un pan recién horneado, todo ello, preparado y servido por el anfitrión, en la que no faltaba la damajuanita de vino tinto. Cuando se iniciaba el juego del tresette o la brisocla y finalizado el mismo, se daba comienzo al Patrón y Sotto en la que venían amigos a divertirse, viendo cómo se jugaba este juego tan especial y distinto de otros. Los visitantes podían beber en cualquier momento, no así los jugadores. El juego consistía en dar 2 cartas a cada jugador, ganado el que mayor escalera obtenía, por ejemplo el 11 y el 12 eran las más altas y era elegido Patrón, el que lo seguía en la escalera, se lo designaba ‘Sotto’, estos ganadores eran dueños y encargados de administrar la bebida previo acuerdo, se determinaba la bebida a jugar, lo que era de muy poco monto.

En ciertas ocasiones el Patrón y Sotto, invitaba a beber a todos los jugadores, en otras a algunos, a veces a ninguno y se la tomaban ellos, también se daba el caso, cuando no se ponían de acuerdo el Patrón y Sotto, se tomaba toda la bebida el Patrón. Lo gracioso era cuando se dejaba a uno o dos jugadores durante toda la tarde al ‘Urmo’ (al último) y les daban a beber unas pocas gotas de vino... para que no se les secara la boca... hasta el próximo domingo. Esto era cuando se acercaba el crepúsculo y era hora de ir cada uno a su casa (4).

Victoriano de Miguel jugaba al truco. En un reportaje, María Esther de Miguel expresó: Mi padre era un republicano español que a los 19 años se vino de España para no hacer la conscripción. Autodidacta, gran lector de temas de su especialidad (mecánica, física, ingeniería), preocupado por la política, canalizaba sus inquietudes en la lectura de diarios... y en las discusiones en torno a la mesa de truco los sábados y domingos (5).

Carlos Penelas es el autor del poema Los trasterrados, que dedica a sus abuelos gallegos Pedro Penelas y Tomás Abad. En él dice: Llevaban en la sangre/ el honor, la palabra, la brisca (6).

Juega a los naipes un inmigrante ruso en Rivera, provincia de Buenos Aires. Narra el hijo, protagonista de Hermana y Sombra, de Bernardo Verbitsky: Cuando no lo encontraba en la estación me dirigía a la confitería de Jitrik, una especie de bar donde jugaba al preferans (escribo como se pronuncia un juego ruso de cartas con nombre francés), con algunos conocidos (8).

En Hija del silencio, Manuela Fingueret relata, refiriéndose a bielorrusos: Algunas noches de sábado, los primos se reúnen con amigos, paisanos de barco o pueblos natales, y juegan al veintiuno con cartas de póker, mientras ella los oye reír y conversar, acostada en el sofá, intentando leer algunos diarios para aprender el idioma (9).

En Bariloche, en el Boliche Viejo, Butch Cassidy, Sundance Kid y su banda jugaban al poker. Cuenta Edith Jones: ‘Mi suegro, Jarred Jones, compartió con ellos largas partidas de póquer y cuando se le preguntaba cómo jugaban decía que no jugaban, que eran profesionales, ganaban siempre (11).

Al dominó juega Gurovitz: Mario avanzó hacia el fondo no tardando en divisar la ‘media americana’ de su hermano inclinada cerca de la oreja del padre, quien parecía muy preocupado por las fichas de dominó recibidas (12). El inmigrante decía a sus hijos que el billar era para goim.

Señala Luis León que los sefaradíes trajeron de su tierra la lotería: El tradicional juego de la lotería, era uno de los divertimentos que los djidiós trajeron como costumbre de Turquía. Este pasatiempo lograba interesar, reuniendo desde la generación de los nietos a los abuelos. La atención en torno a una bolsita con las piezas numeradas y los cartones, solía durar un tiempo largo. Los porotos cumplían la función de cubrir en el cartón los números ya cantados. El que extraía y cantaba cada bolilla, era generalmente el que tenía sentido del humor y buena memoria para anticipar cada número que salía con un apodo o frase que la tradición había creado. Por eso ponía su mano dentro de la bolsa de paño cosida por la abuela, removiendo bien como para cambiar la suerte del juego, y con cautela sacaba uno diciendo tirilín keresh o bailar? y los jugadores sabían que había extraído el número tres. Eso prolongaba bastante más cada jugada y la hacía divertida, ya que el premio al que completaba una quintina es decir una línea de cinco números o el cartón entero, solía ser el entusiasmo del afortunado, y algún premio consistente en algunas monedas. Sobre la base de la tradición traída de Turquía, los djidiós agregaron apodos locales, y eso además de un juego, nos muestra la dinámica con que se fue modificando la cultura y la lengua (13).

Los armenios iban a la fonda: Allí se podía jugar al tavlí (backgammon), pasatiempo común entre los orientales. Dos armenios comenzaron jugando entre sí en aquella fonda. Con el tiempo, entre sonrisas y miradas laterales, se fueron incorporando los otros. O faltaba algún árabe que también se agregaba inmediatamente al grupo. El tavlí terminó siendo otro de los miembros infaltables del paisaje de la fonda, donde las denominaciones armenias del juego, bien o mal pronunciadas, se escuchaban con naturalidad pues formaban parte de sus reglas y del vocabulario técnico.

Un armenio recibe un obsequio: Por fin, el papel cedió espacio a su contenido. Era un lujoso tavlí, de ónix. Aigás estaba mudo. Miraba al tío, miraba el costoso regalo y comenzó a temblar mientras contenía un sollozo que pujaba por salir, como si fuera un carretero que tiraba de las riendas para que no escaparan sus locos caballos. Sólo atinó a abrazar al tío, que había dado con el regalo justo. Sentía algo raro, como si con ese tablero y fichas de ónix estuviera recuperando algo de su autoestima (14).

En La grande, Juan José Saer relata que Yusef Había llegado desde Damasco al final de los años veinte, para trabajar como empleado en el negocio de un tío suyo, en plena llanura, no lejos de Rosario, a orillas del Carcarañá. Todavía no había cumplido dieciséis años; unos meses después de llegar; una tarde, el tío lo llamó al fondo del patio y, bajando la voz y mirando a su alrededor para asegurarse de que no había nadie, sacó una taba del bolsillo, explicándole que esa noche iba a haber una partida, y que él iba a tirar a propósito la taba hacia el fondo del patio, en la oscuridad, y que lo iba a mandar a buscarla, de modo que lo único que tenía que hacer era cambiar las tabas y traerle no la que él había tirado al fondo del patio, sino esa que le estaba mostrando y que acababa de sacar del bolsillo del pantalón. Pero Yusef, que sin embargo quería de verdad a su tío y le debía todo, se había negado, diciéndole que no era por miedo, pero que, aunque le hubiera gustado mucho complacerlo, él no podía hacer una cosa semejante. El tío pareció comprender sus razones y le dijo que no se preocupara. Yusef calculó que esa noche debió pasar algo con las dos tabas, porque a su tío le pegaron once tiros: no lo mataron –vivió hasta los noventa y tres años con dos balas en el cuerpo que nunca le pudieron sacar; y murió de golpe una tarde durante una partida de tute- aunque por prudencia tuvo que dejar el pueblo para instalarse en Rosario, que era la capital de la mafia en aquella época (16).

5. Zanetti, Susana (directora): María Esther de Miguel, en Encuesta a la literatura argentina contemporánea. Buenos Aires, CEAL, 1982. Tomo VI de la Historia de la literatura argentina. (Capítulo)

Al gallego Londeiro, personaje de Hacer la América, de Pedro Orgambide, El albanés lo desafía a una pulseada. Uno es fuerte como un caballo, piensa Manuel, pero uno no tiene ganas de pulsear. El albanés ha puesto su dinero sobre la mesa. No, yo no juego por plata. No me importa que mis amigos piensen que el albanés es más fuerte que yo. Yo no me juego el jornal. Sin embargo, lo hace: Manuel Londeiro le dobla el brazo contra la mesa y caen las monedas en el suelo entre el jolgorio y el griterío de los estibadores (1).

Para encontrar a Francisco Rapanaro hay que largarse hasta Lanús Este. Allí vive este artesano, de setenta años, con su familia. Ya jubilado, de su taller salen reproducciones metálicas de autos y carruajes a tracción a sangre a escalas casi perfectas. Nació en Grassano, en la región italiana de Basilicata, y a los diecinueve años llegó a la Argentina (1).

Antonio Calculli nació en la ciudad italiana de Matera y desde muy chico se sintió atraido por mdificar las formas de pequeños objetos. Se considera ‘escultor en madera, en general, y de miniaturas, en particular’. (...) ‘Nunca estudié arte y la Segunda Guerra Mundial me arrancó de mi patria y luego de estar en Libia, Egipto, Sudáfrica e Inglaterra, recalé en la Argentina, donde empecé como albañil y luego me convertí en comerciante. Recién después de jubilarme, me pude dedicar a esta pasión’, cuenta sobre su vida (2).

Carlos Skovgaard señala que "Los clubes River y Boca, nacieron en la Boca. River primero se llamó Rosales, en homenaje a una goleta que se había hundido. Se constituyó el 25 de mayo de 1901, según dice la placa que se encuentra en el atrio de la Iglesia de San Juan Evangelista, en la Boca. Luego, un grupo de jóvenes que practicaban futbol en el baldío de la barraca de carbón Wilson, quiso hacer del equipo un club de futbol, y lo llamó Santa Rosa, por el 30 de agosto, dia que asi lo resolvió. Los dos equipos se unieron y decidieron ponerle un nombre inglés que tomaron de unos cajones amontonados en el puerto de La Boca, y tenían escrito "The River Plate". Los colores de la camiseta fueron tomados de la bandera genovesa, que es blanca con una cruz roja en el medio".

"El club Boca Juniors también puso su placa en el atrio de la Iglesia San Juan Evangelista y dice que fue fundado el 3 de abril de 1905. Su camiseta era a rayas verticales blancas y negras, muy delgadas. Pero otro club de Almagro, tenía la camiseta igual. Decidieron hacer un partido por la tenencia de los colores y perdió Boca, que debió buscarse otros colores. Los componentes de nuevo club no se ponían de acuerdo. Entonces, uno de ellos, Juan Brichetto, que era el encargado de dar paso a los barcos en el dique de la dársena, propuso: "Mañana por la mañana, el primer barco que pase dará, con su bandera, los colores que buscamos". Todos aceptaron. El barco fue sueco: bandera azul y amarilla. Esa fue la camiseta de Boca Juniors".

"El club Boca Juniors nació en un banco de la plaza Solís, de la Boca. Su primera cancha la tuvo en Wilde hasta el año 1916. La cancha de River Plate estaba en Dársena Sud y fue su presidente José Bacigaluppi, auténtico genovés, el que decidió trasladarla al baldío de Nuñez. Desde los mismos comienzos, los encuentros de Boca y River, constituyeron el "clásico" del fútbol argentino" (1).

En Algunas historias con mujeres en los barrios de Buenos Aires allá por 1940, Zulema Buceta recuerda a su padre gallego, hincha de fútbol: Mi papá, este... mirá, era gallego, pero no era... en realidad no era gallego, porque se hizo ciudadano argentino, ¡eh!... Mi mamá, no le hablaras de... pero mi papá, sí... (...) Mi papá nació en el año mil ocho noventa y dos. Mi mamá, en mil ocho noventa y tres... él vino con la madre y con mi tío José (...) No sabés las cosas que hizo mi papá por Chicago... pilas de medias, de los jugadores... porque ahora son medias con los colores, de Chicago... pero esas eran blancas y las traía. No sé quién las lavaría. Mi papá las traía y me decía ayudame a coser. Mi papá en el galpón... que tenía un galpón ahí (señala a la finca lindera, donde Zulema vivió su niñez) y escuchaba las audiciones desde Japón, no sé de qué... y, entonces... te quiero contar todo, viste... y al final, este, algo me queda... bueno, y me decía que yo lo ayudara a coser las medias... (2).

Los argentinos de ascendencia polaca de El libro de los recuerdos organizaban partidos de fútbol en la casa: Cuando se jugaba en el vestíbulo, todos los movimientos del partido eran muy contenidos. Se jugaba con inteligencia y precisión, el control reemplazaba a la potencia y siempre se rompía algo. (...) En el fondo había un gran espacio vacío donde se podía jugar al fútbol maravillosamente. En Polonia, en las aldeas, antes de la Primera Guerra, no se jugaba al fútbol, y sin embargo el abuelo Gedalia no se había opuesto cuando Silvestre, con ayuda de su amigo Verbo Cópula, consiguió los palos y se pasó todo un fin de semana instalando los arcos (3).

En Barracas, el hijo de armenios juega al fútbol en el baldío de la esquina, con una pelota de trapo o de goma... según las disponibilidades de alcancía. Ese terreno pertenecía a los chicos del barrio durante los días hábiles. Los sábados y domingos era territorio de los mayores que jugaban con una pelota de cuero n° 5, como la que pateaban los jugadores de la primera división (4).

En Mendoza, Alcides Bianchi y sus amigos jugaban a la pelota: En el barrio teníamos dos ‘canchas’ para jugar a la pelota –recuerda-. Una estaba ubicada al fondo de la quinta de papá, sobre la calle Civit y la otra al lado de la carnicería de Don Molinuevo, a media cuadra de casa, sobre la Cmte. Torres. Teníamos fijada una hora para hacer los partidos en las tardes, cuando ya habíamos hecho los deberes de la escuela. Allí nos juntábamos los chicos del barrio, de distintas edades, formando los dos equipos y generalmente a los más pequeños nos tocaba ser arqueros (5).

En la provincia de Buenos Aires, como en otras localidades, los descendientes de vascos juegan pelota. El Club de Pelota Chascomús es reducto de calificados pelotaris locales, algunos de ellos de gran fama que traspusiera la frontera nacional. Su construcción, que representa a un típico caserío vasco, se debe a los numerosos descendientes de Euskadi residentes en la ciudad que amantes de su deporte favorito, no escatimaron esfuerzos para hacer realidad esta sede, hace ya setenta y seis años, en el año 1925 (1).

La hija de Londeiro juega a las estatuas con las hijas del árabe: se quedaba inmóvil con un pie en el aire. (...) -¡Míralas! Se creen unas reinas... pero tarde o temprano van a parir como nosotras –vaticina la Carmen y apoya su mano en el hombro de Magdalena (1).

Mario Gurovitz jugaba con su amigo, Coria, hijo de gallegos: Pasaron alegres horas en las que jugaron al ‘Estanciero’ después de recorrer horno y pasillos, depósitos y cuartos blanqueados de harina y haber comido facturas con café con leche. El pequeño Gurovitz no inventó aventuras espaciales, Héctor era más dado a los combates de indios y cowboys. No tardaron demasiado en constituir alternadamente el Llanero Solitario y Toro, Cisco Kid y Pancho, Rin Tin Tin y Rosty (2).

El protagonista de Hermana y Sombra juega al ajedrez: Las nubes se adensaban por minutos ennegreciendo el cielo. Tormenta. Lluvia. Y esto, unido a la sensación de estar bajo seguro techo, creaba anhelos indefinidos. Y de pronto la vaga ansiedad se precisó. Quería jugar al ajedrez, pero lo deseaba apremiado por una necesidad imperiosa, más aún, por un verdadero furor, como si hubiera entrevisto la felicidad y estirara las manos para atraparla ya (3).

En Hayrig II, ensayo de Eduardo Bedrossian, una familia juega al iadés: Con frecuencia participábamos, incluso los niños, en un entretenimiento de sobremesa, un juego inocente que sólo requería disponer de algunos huesos de pollo. (...) Para no perder, era necesario decir ‘me acuerdo’ cada vez que el ocasional adversario le entregaba algo. Perdía quien al recibir en mano cualquier objeto olvidaba repetir la consigna ‘me acuerdo’ o ‘lo tengo en mente’. Recordarlo después de recibido, aunque fuera instantáneo, significaba perder (4).

Krikor, emigrante armenio, No estaba preparado para jugar con su hijo más que al mistán. La mano de uno de los jugadores se apoyaba sobre una mesa o en la cama. La del otro, pasaba su palma sobre el dorso del primero y suavemente le hacía ofrecimientos. ’¿Quieres queso?’ ‘¿Quieres pan?’ Tras varias ofertas podía, sorpresivamente, golpear la mano del contrincante que debía tener la habilidad de retirarla a tiempo, sin dejarse madrugar.

Nersés, el hijo argentino de Krikor, se decía, pronto a casarse: Atrás quedaron los juegos con los chicos del barrio: las figuritas, las bolitas, la competencia por la escupida que llegara más lejos como si fuera una prueba de salto en largo (5).

En Morir en Marash, de Eduardo Bedrossian, el abuelo dice a su nieto: yo te voy a enseñar otro ta te ti más interesante, con nueve fichas. El pícaro abuelo conocía el juego por haberlo aprendido en Oriente. Sobre la tapa de una caja de zapatos comenzó a dibujar displicentemente tres rectángulos, uno dentro del otro, de mayor a menor, unidos en sus mitades por cuatro rectas. A su turno los jugadores colocaban las fichas en la intersección elegida. Al terminar con todas comenzaba el movimiento siguiendo las líneas. Cada vez que el jugador reúne tres fichas en fila horiontal o vertical, dice ‘ta te ti’ y tiene derecho a quitarle una ficha al adversario, siempre que no sea parte de otro ta te ti ya armado (6).

Alcides Bianchi recuerda los juegos de su infancia, en Mendoza: Una época de mi niñez se caracterizó por el hecho de que había una cantidad considerable de juegos infantiles que hacían nuestra delicia por su variedad y atractivos; nos permitíamos el lujo de elegir aquellos que nos proporcionaban mayor diversión por sus características. Los juegos más comunes eran, por ejemplo, ‘las escondidas’, ‘la ladronada’, ‘la mancha’, ‘el luche’, y por supuesto las bolitas, al que nadie podía sustraerse, habiendo tenido siempre vigencia. Jugaban, además, con barriletes, trompos y figuritas y con los animales que se criaban en su casa; organizaban carreras de escarabajos, y hacían muñecos de nieve (7).

Nelvy Bustamante se refiere a los juegos de los galeses, en Chubut: Las niñas solían jugar con muñecas que tenían el cuerpo de trapo y la cara, las manos y los pies de porcelana, y con tacitas y teteras que llegaban en los barcos. (...) Los varones tenían juguetes fabricados en forma artesanal. Con un poco de imaginación, un hueso de animal al que se le ataba un hilo era convertido en carro . (...) Niños y niñas saltaban a la soga y practicaban juegos grupales similares al Martín Pescador y a la mancha. (...) Hay quienes recuerdan que con botellas de distintos tamaños, los chicos representaban una familia. Si alguna botella se rompía simulaban el velorio y el entierro, que incluía cánticos y rezos (8).

Sintió nostalgia por su tierra la mayoría de los inmigrantes que llegaron a nuestro país entre 1850 y 1950. Sintieron, asimismo, nostalgia por la nueva tierra quienes, después de muchos años en la Argentina, regresaron –temporaria o definitivamente- a sus países de origen.

Más allá de los logros obtenidos en la nueva tierra, la nostalgia acompaña siempre al inmigrante. A pocos les sucede como a Nicanor Fernández Montes, quien en verdad, nunca sintió nostalgia. No tuvo una mentalidad anclada, cristalizada en el pasado. Jamás. Siempre prefirió mirar para adelante (1). O como a Francisco Coira, quien nació en España en 1906 y expresa: No creo en la nostalgia... (2).

En el hospital del Hotel de Inmigrantes –afirma Horacio Di Stéfano-, los médicos se enfrentaban a un mal incurable: lo irremediable era la tan común patología de los ‘enfermos de añoranza’, lejos de sus raíces, con la hermosa y triste vista al río que los envolvía desde los ventanales (3).

En su Poema al emigrante universal, Manuel Conde González refleja ese sentimiento en los versos que dicen: Impregnado de nostalgias/ sangrando melancolías/ jamás renuncia a la tierra/ que viera la luz un día.// (...) Lleva siempre en su retina/ los cuadros de ensoñación/ con hermosas alboradas/ y bellas puestas de sol.// El camino a la escuelita/ al maestro preceptor/ la iglesia con sus campanas/ repiqueteando: din don (4).

La evocación de la tierra natal se asocia, generalmente, a la de la infancia, en la que quien emigró se sentía protegido, a pesar de la pobreza o las guerras que pudieran apenarle. La nostalgia por el país de origen se trasunta en relatos, canciones, comidas típicas, costumbres, tradiciones que se heredan imbuidas por ese sentimiento.

A ella se refirió Ernesto Sábato, en La memoria de la tierra, discurso pronunciado al recibir en 1999 la ciudadanía italiana y la Medalla de Oro a la Cultura Italiana en la Argentina. Dijo en esa oportunidad: Yo fui el décimo hijo de una familia de once varones a quienes, junto con el sentido del deber y el amor a estas pampas que los habían cobijado, nuestros padres nos transmitieron la nostalgia de su tierra lejana. El sentimiento se transforma en literatura: Ese desgarro, esa nostalgia del inmigrante le he volcado en un personaje de Sobre héroes y tumbas, el viejo D’Arcángelo, que extrañaba su viejo terruño, sus costumbres milenarias, sus leyendas, sus navidades junto al fuego. Y se asocia a una etapa de la vida: ¿Cómo no comprender la nostalgia del viejo D’Arcángelo? A medida que nos acercamos a la muerte nos acercamos también a la tierra, pero no a la tierra en general sino a aquel ínfimo pedazo de tierra en que transcurrió nuestra infancia. Así también mi padre, descendiente de esos montañeses italianos acostumbrados a las asperezas de la vida, en sus años finales, para defenderse de lo irremediable con el humilde recurso del recuerdo, evocaba la Paola de su infancia. Aquella misma Paola de San Francesco, donde un día se enamoró de mi madre (5).

En Libro extraño, de Francisco A. Sicardi, un inmigrante siente nostalgia. Relata el hijo: muchas veces, cuando volvía de noche de su trabajo y yo estaba al lado de la vela de sebo, leyendo la cartilla, él me contaba las cosas de su tierra, un pueblito todo blanco, al lado de la playa, donde los pescadores cantaban con las piernas desnudas hasta la rodilla, sacando en hileras paso a paso la red, que traía agua verde y pescados; y a mí me enseñaba las cantinelas que tenían como rumores y estruendos de borrascas y bofetadas del mar contra los barcos perdidos y solitarios... (6).

Un inmigrante, antepasado de Nora Ayala, echa de menos su pueblo: ¡Bagnasco! Nunca hubiera creìdo que extrañarìa tanto ese pueblo contra el que tanto habìa despotricado, las tardes con Franco y Luigi mojando los anzuelos en el Tanaro mientras soñaban con tierras lejanas, aventuras, ciudades, fortunas (7).

Una italiana trae un puñado de tierra de su patria; es la madre de Antonio Dal Masetto, transformada en Agata, protagonista de dos novelas. Ella recuerda: Hasta último momento, yo seguía formulándome preguntas que no encontraban respuesta. Teníamos lo que habíamos querido siempre: la casa, el terreno, la posibilidad de trabajar. Habíamos defendido esas cosas, las habíamos mantenido durante esos años difíciles. Ahora, cuando aparentemente todo tendía a normalizarse, ¿por qué debíamos dejarlas? Me costaba imaginar un futuro que no estuviese ligado a esas paredes, esos árboles, esas montañas y esos ríos. Había algo en mí que se resistía, que no entendía. Sentía como si una voluntad ajena me hubiese tomado por sorpresa y me estuviese arrastrando a una aventura para la cual no estaba preparada. (...) Llevaba en la mano una bolsita de tela y la llené de tierra. Me acordé de mi abuelo abonando esa tierra, de mi padre punteando, sembrando hortalizas. (...) Entré en la casa, abrí una valija y guardé la bolsita con la tierra. Recorrí las habitaciones como había recorrido el terreno. Con el brazo extendido rocé las paredes, las puertas, las ventanas. Me senté en un rincón y me quedé ahí, sin moverme, hasta que fue la hora de despertar a Elsa y Guido (8).

Doménico, un campesino italiano herido durante una huelga en Buenos Aires, en 1919, siente nostalgia de su país. El personaje creado por María del Carmen García Se quedó pensando en su casa de Pescara, la casa de sus padres, las paredes amarillas, las viejas tejas rotas, descoloridas, que cobijaban en una cocina y en una sola habitación a una numerosa familia de doce almas. Su casa estaba entre colinas, de forma que desde allí no podía ver el mar, pero bastaba con que subiera hasta una cumbre vecina para que apareciera, como en una visión divina, el brillo enceguecedoramente azul de las aguas del golfo, la alta y diáfana línea del horizonte, tan alta que daba la impresión de un mar suspendido en el aire. Y los barcos de todos los calados y los veleros con una fiesta de velas al viento que semejaban una eterna despedida. (...) Esa tarde de verano, agobiante y triste, en que se sentía tan solo y tan dolorido, el recuerdo de su ‘paese’ lo envolvía en una nube dulce de nostalgia (9).

La nostalgia agobia a algunos italianos. Susana Aguad, en Al bajar del barco, escribe: El sol es tan fuerte como en Oleggio, donde se festeja este mismo día el comienzo del verano, mientras que aquí, en el confín del mundo, hace un frío polar. Cuando suben los agentes del Commissariato dell’Emigrazione ya están todos alineados frente al desembarcadero. A la derecha de la oficina de registro se levanta el edificio blanco del Hotel de Inmigrantes. Podrán alojarse gratuitamente durante cinco días y con sus tarjetas numeradas, entrar y salir libremente. Se disipa la angustia de una travesía de dos meses que les quitó fuerza y salud. Sin embargo, a algunos se les llenan los ojos de lágrimas cuando miran por última vez al ‘Génova’ con sus dos banderas trenzando azules y verdes (10).

Las distancias son sólo un pretexto para ejercitar la nostalgia -afirma Mónica López Ocón en Interior italiano, uno de los textos ganadores en el certamen convocado por la Asociación Premio Grinzane Cavour y los diarios Clarín y La Repubblica. Es necesario que lo que se sueña y lo que se ama sean siempre una ausencia, requisito imprescindible del deseo. (...) Yo heredé la nostalgia de mi abuela sin necesidad de trámites burocráticos. Lo hice a través de una canción de cuna en italiano y de algunos relatos sobre el aroma y el sabor sorprendentes que tenían las frutas del otro lado del mar. Las añoranzas y los recuerdos pasan de generación en generación igual que los cubiertos de plata o la loza inglesa. A mí me tocó en el reparto un paraíso perdido del mismo modo que hubieran podido tocarme las cucharitas de té o los platos de postre; también se hereda lo que falta. (...) Regresar, sin embargo, no redime de la nostalgia. La nostalgia no se cura porque sólo se curan los males –continúa- y mi nostalgia figura en el inventario de los bienes heredados. A su vez, alguien la heredará de mí (11).

Acerca de Ramón Gómez de la Serna, escribió Jorge Luis Borges: La guerra civil española lo impulsó a Buenos Aires, donde moriría en 1963. Sospecho que nunca estuvo aquí; siempre llevó consigo a su Madrid, como Joyce a su Dublín (12).

Un vasco, personaje del dramaturgo Alberto Novión, recuerda su tierra. Dice la hija: papá, a pesar de que ya está viejo y que ha formado en esta tierra su hogar, su fortuna, su tranquilidad; viera Ud. cuántas veces lo he sorprendido cantando bajito los aires de su tierra natal, y cuántos suspiros, mensajeros de muchos besos, han ido desde sus labios hasta sus montañas, para morir en los muros de su casa, allá en la aldea de la falda (13).

En Asturias, Valentín Andrés Alvarez escribe qué sucedería si todos los asturianos nostálgicos cumplieran su deseo: Puede asegurarse que si un buen día todos los asturianos realizasen el sueño de regresar a la ‘Tierrina’, no cabrían en ella; habría que ensanchar las ciudades, aumentar las villas y multiplicar las aldeas; y si trajesen consigo las riquezas que poseen, Asturias sería, además de la tierra más poblada, la más rica (14).

Se titula precisamente Nostalgia uno de los cantos del poema Cuando mi padre habló de su infancia, de José González Carbalho. En ese texto enumera las posesiones que el niño inmigrante tenía en Galicia: un río, un monte, un horizonte, su perro y sus canciones. En América, ya nada tiene de eso, y se lamenta: Ay, el dueño de valles/ y misteriosos bosques/ por el que andaba yo/ mi perro y mis canciones./ Mis canciones que vuelven sólo para que llore/. Mi perro ya olvidado/ de obedecer al nombre./ Yo, que perdí mis cielos, / ¡y soy tan pobre! (15).

Carmen, la gallega que viaja con sus hijos a la Argentina en Hacer la América, de Pedro Orgambide, expresa: Es como si nunca hubiera tenido una casa, Manuel. Como si nunca más pudiera pisar la tierra firme y Dios nos condenara a vagar por el mundo en este barco. No pienses que estoy loca, Manuel. A otras mujeres que viajan aquí les ocurre lo mismo. Extrañan el olor de sus cocinas y el calor de sus camas. Una vieja me contó que todas las noches soñaba con su corral y sus puercos; otra, con un jardín de Andalucía. En América ¿tú sueñas con la casa, Manuel? Los hombres se ríen de esos sueños, son cosas de hembras, dicen, haremos otras casas allí, sembraremos el trigo, cuidaremos las viñas, vamos a trabajar en los aserraderos, en los muelles... Es que los hombres son más parecidos al mar, les gusta andar de un lado a otro. Algunos, sin embargo, se asoman al océano como si trataran de ver o que dejaron. Una les ve las caras de viudos de la tierra, caras de hombres como tú, Manuel, trabajadas por el sol y el granizo, por los días de labranza ¿no se extraña la tierra, Manuel? ¿el olor de la tierra? (16).

Seis gallegas llegan a buenos Aires; son Las ingratas, de Guadalupe Henestrosa, quien ganó el V Premio Clarín de Novela en 2002. Recién bajadas del barco, llegan a una pensión en la que la mayor se empleará como cocinera. Allí las asalta la nostalgia: Esa noche entre esas paredes húmedas, escuchando las palabrotas que venían desde el patio, las chicas extrañaron la casa de piedra en las montañas. Por primera vez desde aquella madrugada cuando dejaron a su padre, Vicente, solito junto al fogón, se sintieron lejos de todo, perdidas, a merced de unas gentes desconocidas, con quién sabe qué costumbres. ¿Cómo encontrar el alma en una tierra donde todas las cosas tenían otro olor? (17).

Otros gallegos, los padres de Esther Goris, también sentían nostalgia por su tierra. Dice la hija: De chica, escuché tanto a mis padres añorar su tierra gallega, que, a fuerza de ser tan nombrada, Galicia se convirtió para mí en una región mítica (18).

Antonio D’Argenio testimonia la nostalgia de su madre: Cuando era yo un chiquillo de ocho o nueve años, mi madre, que había llegado a nuestro país en 1920 desde su Lugo natal, en Santiago de Compostela, escuchaba todas las tardes por la desaparecida Radio Prieto, una audición llamada ‘Por los caminos de España’. En esos momentos yo no entendía cómo el rostro de mi madre se cubría de lágrimas cada vez que sintonizaba aquel programa y escuchaba, por ejemplo, el sonido de una gaita (19).

En Tríptico a Galicia, Enrique Urbina García canta la nostalgia del inmigrante de esa región: Y aquel que por Vigo, apabulló su sombra;/ en su misterio –pompas de luna- ocultará olvido/ y por las vides de Galicia como raíz sangrante/ tendrá su mente endulzando retornos válidos. (...) Todo el que con un gallego trata, alcanza/ sólo un poco lo que el corazón de ese hombre/ desparrama, porque el amor, vive en su España (2